"Estoy soñando" se dijo en algún momento, desde algún punto indefinido de su habitación envuelta en aquella luz verdusca que hacía que de cada objeto se desplegaran sombras disformes. Castiel lo observaba recargado en la barandilla del balcón. Como respuesta a su pregunta ladeó el rostro, regalándole un gesto que no parecía una sonrisa: era una invitación que dejaba al descubierto su cuello pálido; no había en sus ojos aquel azul cielo, sus pupilas no eran más que pozos de oscuridad. Quizás sólo era la falta de luz. A sus espaldas, alguien había remplazado el cielo por una de las lámparas verdosas de la bodega de la tienda.

Dean tuvo la sensación de que había estado ahí esperándolo; que el Castiel onírico se movía en una dimensión paralela desde donde lo espiaba mientras permanecía despierto, y se había recargado ahí, tamborileando con sus dedos sobre la barandilla, esperando se quedara dormido y ahogara a besos los celos que sentía del verdadero, envolviéndolo y tratando de arrastrarlo a su propia oscuridad.

Él no tenía aroma a caramelo, labios resecos que podía humedecer e inflamar a besos, porque al atender a su llamado, Dean no encontró sensación alguna en aquella boca; la tela se convirtió en un laberinto que lo separaba de su piel, pero no había calor en ella, no había "nada" y aquella nada que poseía la figura del ojiazul se aferraba a su cuerpo; sabía que sus manos estaban ahí, pero no podía sentirlas; que sus dedos se hundían con la misma ansiedad con la que él lo deseaba.

La desesperación de Dean se hinchaba cada vez más en su interior; deseaba tenerlo, lo ansiaba tanto que sus movimientos se tornaban cada vez más bruscos. Mordía con más fuerza aquellos labios, empujando su cuerpo contra la pared, y aunque lo sabía retorciéndose debajo de su peso, ahí no había nada. Lo arrastró por las solapas del sobretodo hasta la cama, lo empujó, observándolo un momento, desmadejado y jadeante sobre sus colchas medio revueltas.

Decirle cuánto lo necesitaba con el simple poder de las palabras no sería jamás suficiente, del mismo modo que le era imposible soportar la frustración que tocar la piel que había dejado al descubierto a fuerza de arrancar los botones de su camisa no encontrara nada. No podía detenerse. A pesar de todo, entre ambos había un extraño magnetismo; no importaba si aquellos labios le ofrecían besos desabridos, sin calor y sin textura; el los atendía con devoción. Era lo único que tenía, como si en ellos encontrara la quinta esencia del placer. Unía su cuerpo al suyo como si con eso aplacara el vacío que a pesar de todo sentía. Dean era ajeno al concepto de hacer el amor; Dean jamás había amado a nadie, esa necesidad nunca la había saciado. La última vez que sus brazos habían rodeado el cuerpo de alguien para sentirse seguro y reconfortado en manos de alguien, ésa había sido su madre y eso había sucedido hacía ya muchísimos años.

Castiel lo sabía. Podía ver todos y cada uno de sus sentimientos. Por eso, cuando se detuvo, cuando ese pensamiento logró sofocar todos sus deseos, lo rodeó en un abrazo que intentó consolarlo en vano, con unos besos que deberían caer cálidos y húmedos. Desarmado, incapaz de incitar de nuevo su deseo, no le quedó más remedio que cerrar los ojos con resignación.

Fue cuando Dean descubrió que no estaban solos en la habitación. Probablemente nunca estuvieron solos. Ahí estaba Castiel, de pie en el umbral de la puerta, observándolos a ambos. No era un Castiel ordinario, era el que aparecía en la foto en la vidriera del estrecho comedor en la tienda de Chuck; con esa misma expresión, la que se había quedado rebotando en lo más profundo de su subconsciente.

Era la misma que aparecía en sus sueños cada noche; era la misma que estaba seguro había encontrado en los ojos de Castiel la noche de su accidente. ¿Qué era?, ¿lástima?, ¿ira?, ¿dolor?

¿Impotencia?

Dean se encontró ridículo y totalmente avergonzado bajo el peso de esa mirada.

Fue cuando despertó, con la boca seca y el cuerpo tembloroso. Se levantó en busca de agua fresca de la cocina. A cada paso que daba el sueño se volvía borroso, y después de beber el contenido de un vaso entero fue incapaz de recordar los detalles, pero recordaba la fotografía… cosa extraña, en realidad, pues no había soñado con ella.

¿Quién cojones se detenía a tomar una fotografía así? Es decir… sabía que había algo extraño en ellas, la madre de Castiel parecía haberse quedado dormida después de llorar un largo rato; conocía esa expresión, la había visto en el rostro de su madre.

"Mi doctor dijo que soy incapaz de sentir"

Y esa horrible fotografía era la prueba máxima de que Castiel no era un robot insensible... ¿pero qué sentimiento había ahí? Regresó a su habitación, tirándose a la cama para entregarse con docilidad a una pesadilla de la que despertaría a gritos un par de horas más tarde.

Mientras tanto, en la acera de enfrente y ajeno al mundo de los sueños y las pesadillas, Castiel estaba totalmente entregado al insomnio, rodando en su cama. No podía dejar de pensar en Dean y en el extraño cosquilleo que se había posado en su cuerpo cuando ambos estuvieron en aquel estrecho cubículo. Recordaba su aroma, a cuero, musgo y flores…

No había nada que conociera que sumara esos tres aromas. El cuero era la piel de un animal, frío y reseco, o al menos así eran todas las piezas de cuero que conocía; pero lo había sentido tan suave y tibio sobre el cuerpo de Dean. Había percibido su respiración volverse irregular, y sus labios abriéndose un poco y acercándose casi imperceptiblemente contra los suyos, mientras sus brazos alrededor de su cintura lo estrechaban contra sí un poco más.

Le daba la sensación de que algo iba a suceder, y se cubría con sus mantas hasta la cabeza, llenando involuntariamente sus pulmones al recordar la expresión de pánico que embargó a Dean por un par de segundos cuando fueron descubiertos.

Lejos de aquel edificio la gente dormía con el ventilador encendido y ligeras sabanas; ahí dentro, Castiel dormía envuelto en gruesas mantas, respirando de aquella gélida refrigeración artificial y constante que mantenía las antigüedades de la tienda protegidas de los elementos (y a Castiel siempre abrigado, incluso en los días más cálidos del verano), pero que no podía evitar que se destapara de un tirón pensando en los dedos de Dean hurgando entre sus cabellos, o delineando sus facciones… aunque inmediatamente después su piel se enfriaba hasta hacerlo tiritar, se envolvía de nuevo, rodando sobre la cama, cada vez más exasperado, soltando el aire de sus pulmones en bufidos que bien podrían pasar por pucheros.

Se puso de pie y se echó a andar por su habitación, sólo porque era incapaz de estar quieto o quedarse dormido. Cuando lo hacía, aun podía sentir a Dean contra su cuerpo, como si hubiera dejado marcas en cada sitio que había tocado, y en ellas un ejército de hormigas invisibles hubiera construido su parque de diversiones. No le dio importancia a la oscuridad a su alrededor cuando abrió la puerta y se alejó por el pasillo; no estaba seguro si tenía un rumbo fijo, pero sí un objetivo en mente.

Avanzaba en silencio, como un fantasma, del modo que era natural en él; descalzo sobre el suelo helado, cada paso lo ponía más cerca de su objetivo y de aquella gripe de mediados de verano que tardaría una semana en irse y alimentaría su mal humor, pero de momento estaba más interesado en encontrar el llavero maestro de la tienda.

El sótano era el único lugar del edificio donde Castiel no tenía permitido ir; ahí era donde Chuck guardaba todos los cachivaches dañados, prohibidos y peligrosos. Sabía que cualquier cosa que entrara ahí era un tema tabú de conversación, y nunca preguntó porque. El piso ahí estaba gélido y rugoso, el olor a moho picaba en la nariz y no había luz alguna; sus dedos recorrieron la pared de pintura vetusta que se desconchaba y pegaba a sus dedos a medida que tanteaba en busca del interruptor.

Si hubiese ahí una segunda persona observándolo subir sobre el barril donde se encuentra medio embalada aquella momia peruana, y sostenerse en su cabeza pelada para alcanzar su cometido, y que una vez iluminada la habitación el joven siquiera diera un parpadeo al descubrir la osamenta a milímetros de sí, comprendería lo lejano que está de comprender cómo es que funciona el mundo. Las cosas a las que las personas suelen temer de manera infundada, el pensamiento místico, la superstición, la moral que a veces da razones para esconder ciertos libros y aspectos de la vida humana que son naturales o inevitables, como la sexualidad y la muerte.

El libro empastado en piel teñida de rojo que está lleno de "personas abrazadas unas a otras", o al menos así era como él lo había visto el día en que apareció en el embalaje, y él ojeara un par de páginas antes de que Chuck se lo arrebatara de las manos, asegurándole que esas no eran cosas de niños.

La mente de Castiel quizás funcionaba de un modo distinto, pero su cuerpo era tan ordinario como el del resto; la adolescencia llegó a su debido tiempo y era ahora cuando sus hormonas decidían hacer una revolución en su cuerpo, a la edad en la que la mayoría ya las tenía bajo control. Chuck trató de ignorar que su chiquillo ahora era más alto que él, que la voz que usaba bien poco ya no era la misma, pero tuvo que aceptar lo inevitable: que Castiel ya no era un niño y que debía enseñarle como afeitarse, aunque ése fue el único cambio que hizo; no preguntó nunca de dónde venían los bebes, así que su padre jamás toco el tema; nunca le interesó la televisión, ni los libros de cuentos, o novelas; en los tratados de física, matemáticas, geografía, e incluso en los de anatomía no se mencionaba jamás nada sobre abrazos y el efecto que estos tenían en las personas; efectos que estaban causando estragos en su mente y en su cuerpo en ese preciso momento en que buscaba con la mirada aquel lomo carmesí en aquella habitación que poseía menos orden que el resto.

Chuck no dormiría tan plácidamente cinco pisos por encima de aquella escena si supiera que su hijo estaba en el sótano, buscando la antigua copia del Kamasutra que Gabriel le mandara de su primer viaje a la India: "una preciosidad de valor artístico incalculable, con láminas coloreadas a mano".

De vuelta bajo el techo de los Winchester, Sam había aguantado la respiración al escuchar a su hermano levantarse; sabía que le reclamaría estar despierto tan tarde, pero al mismo tiempo, tras recordar su última charla, se moría de ganas de hacerle saber sus más recientes descubrimientos, porque era cierto que había encontrado a su hermano mayor utilizando su laptop y en su historial no había ninguna página que tuviera nada que ver con asiáticas tetonas.

"¡Hey, Sammy!, ¿no habías dicho que salí en las noticias?"

"¿Eh? Claro que lo hiciste; llegaron varios reporteros, con cámaras y todo."

Dean asintió con un puchero, parecía totalmente concentrado en el asunto.

"Pues no encuentro nada. Bueno, un par de renglones aquí; fotografías, nada."

"¿Estas molesto porque no te dieron la primera plana?"

"Tomando en cuenta que la primera plana fue para "Clint, el perro policía será homenajeado en la feria del pie", que un borrachín estrellara un camión lleno de chatarra contra un adolescente tan bien parecido como yo tiene más potencial, ¿no crees?"

"Ese perro es más adorable que tú."

"Teto."

"Idiota."

"Hablando un poco más en serio, las noticias de antes y después ponen en la primera plana jaleos más pequeños y le dedican dos renglones a la jodida feria del pie… Por cierto, ¿no queda algo de pie? Me da la sensación de que alguien trató de minimizar la noticia; además, hace rato me encontré con una reportera que sabía mi nombre."

"¿Te encontraste con una reportera en la tienda de Chuck?"

"Pie Sammy, consígueme algo de pie y deja de preguntar tonterías."

Lo cierto era que aún quedaba un poco del que Chuck le había regalado en su visita, y Dean le dio cuenta alegremente mientras Sam se adueñaba de vuelta de su portátil, confirmando lo que su hermano acababa de contarle.

"Por cierto, ¿sabías que papá y Chuck no se llevan bien?"

"Dean, ellos son buenos amigos."

"Pues al parecer no están en buenos términos."

"La última vez que los vi se llevaban bastante bien, aunque…"

"¿Qué?"

"Bueno, me pareció que estaban evitándose… Las veces que Chuck me preguntó cómo seguías, pensé que había tratado de preguntárselo a papá, pero no lo encontró. Aunque quizás…"

"Espero que él se fuera. - Dean se había guardado el: "Y se fue antes de que él volviera" – Déjame adivinar: la última vez que estuvieron juntos fue el día del accidente."

"Quizás"

"¿Quizás?, ¿no estabas ahí?"

Y ambos se guardaron el resto de la conversación porque el tercero de los Winchester anunció su llegada. Antes de que Dean volviera a su rutina de ser un buen hijo frente a los ojos de su padre, le susurró a Sam no decirle una palabra al respecto al viejo.