2.
-¿Tú lo sabías?
-Sí, desde el inicio.
-¿Por qué…?
-Ella me lo pidió.
-.-.-.-.-.-
Resopló levemente, aunque en el silencio ambiental se escuchó con fuerza, apresurándose a fingir que se encontraba aburrida para evitar cualquier conversación incómoda; sin embargo, igualmente atrajo la mirada de su pelirroja e indeseable compañera de trabajo, quien decía estar entretenida entre todos los monitores que tenía delante. Eso la puso aun más nerviosa de lo que ya estaba, tras haber recibido la tarjeta con el gato negro pintado. Tras el robo de materiales al almacén, la misteriosa pérdida de varios sistemas de curación rápida, armas, entre otras cosas. Ella no había hecho nada fuera de la legalidad, hasta ahora, pero aun así se sentía parcialmente culpable por ello, como si las palabras que se hablaban por fuera estuvieran a punto de alcanzarla con esa tarjeta.
-¿Estás bien? -Cuestionó entonces, sin dejar de observarla fijamente.
Ella sabía que su compañera sabía, y viceversa, pero estaban en lados opuestos de la balanza actual de una manera no dicha; en el hospital eran compañeras cercanas (mucho más de lo que ella hubiese deseado), pero fuera de éste, su compañera no estaba precisamente en buenos pasos.
-Estoy cansada, he estado parada durante tres días. -Sonrió con la usual cortesía.
-¿Has estado usando los sueros experimentales, Ángela?
-Ha dado excelentes resultados. -Tomó su tableta electrónica de la cromada mesa que estaba en medio del estrecho laboratorio, comenzando a pasar el dedo sobre ésta. -El desempeño físico ha sido óptimo.
-Pero no el mental. -La pelirroja caminó hacia ella y le quitó la tableta de manera cuidadosa. -Ve a dormir un poco, come, date una ducha. Si preguntan por ti hablaré de tus horas extra.
-Moira…
-No es una sugerencia.
Era extraña esa relación que tenían, pero no iba a indagar en ello para así evitar un posible conflicto, además de que estaban el un hospital y centro de investigación haciendo lo que más amaban, ambas; terminó asintiendo con levedad.
-Lo que me hace falta es salir de aquí, aunque sea media hora.
-Lo tendré en cuenta.
¿Qué lo tendría en cuenta? Ángela soltó un resoplido mientras dibujaba media sonrisa, girándose para comenzar a salir del estrecho laboratorio donde laboraba ocho de su dieciséis horas de trabajo, entre la atención a pacientes que llegaban y el desarrollo de sus curas novedosas; tomó el elevador externo, sonriendo con cortesía a todo el que se le atravesara, acabando en la zona habitacional destinada para los que permanecían 24 horas: un edificio adyacente dentro del mismo terreno hospitalario, separados el uno del otro por casi cien metros de estacionamientos y áreas verdes. Tenía una bella vista hacia la montaña, así su gélido clima correspondiente que la agotaba más que despertarla de su agotamiento mental.
-He tenido peores días. -Se dijo, recordado el día del atentado.
El cubículo que servía como habitación era estrecho, extrañamente metalizado, y contenía solamente lo más indispensable, haciéndola sentir que se encontraba en prisión nuevamente; no lo usaba con normalidad, era más el tiempo que se quedaba en su laboratorio, tomándole bastante afecto al sofá y aprovechando la ducha que estaba instalada. Se quitó la bata del laboratorio y se arrojó sobre la cama individual, con cuidado de no golpearse la cabeza tal como le había pasado antes. Miró el número escrito a mano al dorso de la tarjeta con pluma fuente color azul (Ana era amante de esas plumas antiguas), sin significado alguno si no eras parte de la organización, por eso tuvo tanto cuidado con Moira. Era para sintonizar un canal de comunicación privado.
-El método antiguo siempre es mejor, ¿no es así? -Y hubo un dejo de nostalgia en su voz.
Había recibido el llamado de Winston, lo había correspondido de forma discreta, pero de eso a hablar con un muerto… en un arranque de valor, pasó la mano bajo la cama, abriendo uno de los cajones ocultos en la base de ésta, para sacar un viejo transmisor que guardaba celosamente, para comenzar a cuadrar ese canal de comunicación.
"Hablar con un muerto".
Hubo silencio e el transmisor, uno demasiado terrorífico para ella. No había recibimiento de llamada, un tono, nada. Su cabeza le impulsó a apartarse el pequeño aparato del oído, pero su boca hizo algo que, años atrás, hubiese sido algo cotidiano tras el clic reglamentario.
-Sprechstunde bei der Frau Doktor.
Su voz sonó tan natural, suave, tal como cuando estaba con ellos… y le dolió demasiado; se llevó la mano al comunicador, al borde del llanto, dispuesta a arrojarlo lejos de ella.
-Es bueno volver a escucharte, Ángela.
Se quedó helada, las lágrimas corriendo por sus mejillas de manera incontrolada, de las que no se percató hasta que la vista se le empañó completamente.
-Yo… no creo en fantasmas.
-Lo sé, eres una mujer de ciencia, siempre lo has sido.
-¿Por qué Ana? -Y no pudo evitar sollozar.
-¿Por qué? Verás… necesitaba hacerlo. Podría darte miles de excusas, pero ninguna sería capaz de borrar el dolor que sientes ahora.
-No lloro de dolor, sino de alegría. -Sonrió con sinceridad, tras estar tanto tiempo fingiendo. -Sabes que jamás podría estar molesta con ust… contigo.
Hubo silencio. Estaba seguirá de que había pensado en el equipo completo, del que ahora quedaban solamente fragmentos.
-¿Puedes salir, Ángela? Sería bueno tener una charla con una taza de té caliente. Vernos las caras nuevamente.
-¿Estará bien si sucede?
-Tengo un lugar que quiero que conozcas. Te enviaré la ubicación.
-¡Por supuesto! -Se levantó con impulsividad de la cama.
