Frustración 3.

La ciudad se miraba impecable, pero terriblemente silenciosa tras los atentados ocurridos recientemente; los vehículos seguían su camino con velocidad moderada, y los escasos peatones andaban por las veredas como paranoicos a paso acelerado, a diferencia de ella que caminaba con la calma nacida del extremo nerviosismo que le provocaba la idea de volver a verla.

No tardó ni cinco minutos en percatarse de que estaban siguiéndola de forma discreta, tres sujetos si no se equivocaba.

-No quiero tener problemas. -Resopló, aunque notaba que los sujetos mantenían una distancia constante con ella, como si solamente la resguardaran. -Salir del hospital para esto…

Finalmente llegó a un edificio departamental bastante normal, de cuatro pisos, pintado en un ocre muy opaco; se aproximó a la puerta, sin tener la certeza de cómo llamar a ésta, o si los hombres que la seguían estaban cerca de ella.

-Doctora, llega temprano.

Aquella voz femenina provenía del estrecho callejón al lado del edificio, oscuro por la penumbra que el mismo edificio proyectaba; arrodillada en el suelo estaba una persona, cubierta con una capa color negro y oro, portando una extraña máscara egipcia.

-Como siempre. -Y sonrió, aliviada.

Bastet (así era como se hacía llamar) la condujo por ese callejón hacia la mitad de este, siendo ambas escoltadas por cuatro hombres que parecían ser guerrilleros o algo así, tres de ellos (los que parecían haberla seguido desde hacía unos metros) jóvenes en apariencia, y no más adulto, con los rostros cubiertos por caretas, pañoletas, etcétera. Abrieron una puerta de servicio y entraron con extraña calma, como si la rubia doctora no fuese una amenaza para ellos; envueltos en silencio, bajaron unas amplias escaleras de herrería entre una tenue oscuridad, hasta una amplia puerta cromada cerrada con el reglamentario código de seguridad al costado.

-Bienvenida a nuestra base provisional, Ángela. -Bastet tecleó una combinación sin mayor cuidado.

La puerta se abrió en ese momento, dejando ver una especie de bunker perfectamente ordenado; computadoras con geolocalización, las armas desaparecidas, pizarrones con escritos, asientos improvisados… era pequeño, sí, pero todo aquello le trajo una nostalgia que le fue imposible de ocultar. Bastet se había quitado entonces la careta, dejando ver a su compañera y amiga ya atrapada entre los años transcurridos, denotándose en las tenues arrugas de su piel morena, el blanco cabello trenzado con descuido… además de un parche cubriendo su ojo.

-Ana. -La llamó, y el momento fue demasiado mágico para ella.

-Pareciera que el tiempo se detuvo en su cara, doctora.

-No importa el tiempo, solo el momento.

-.-.-.-.-.-

Ana le había llevado un té humeante, tal como en los viejos tiempos, mientras permanecía sentada en uno de esos asientos improvisados; los tres jóvenes que le acompañaban se habían repartido a hacer labores, mientras el mayor permanecía tras la antigua capitana como si fuera una especie de guardaespaldas.

-Lamento la incomodidad. -Dijo la sniper, mientras tomaba asiento frente a la rubia de forma impecable.

-¿Están reuniéndose tras el llamado?

-Lo intentamos, pero la mayor parte está desaparecido o muerto. -Dio un sorbo a su té con tranquilidad. -Sin embargo, hay nuevos reclutas deseosos de ayudar, dispuestos a sacrificarse por el bien común…

Ángela estaba temblorosa, se notaba en sus manos que sostenían la delicada taza de porcelana… ¿hablaba en serio? ¿Traerlo de vuelta? El hombre tras ella se había percatado de su temblor, pudo saberlo a pesar de tener el rostro cubierto.

-¿Estás… segura de ello?

-Observa a tu alrededor, Ángela. Existe esperanza. -Ana dejó la taza sobre su regazo, sosteniéndola con esa habilidad que la doctora no comprendía. -No solamente en estos tantos metros cuadrados, sino en cada lugar donde el llamado de Winston significó algo. Podemos seguir adelante, sin secretos ni traiciones.

El pitido de su reloj comunicador los calló abruptamente. Era un mensaje del hospital, de Moira para ser exacta. "¿Dónde estás?"

-Tengo que irme. -Se incorporó, dejando su taza sobre una mesa cercana, entre planos y documentos. -Lo último que quiero es levantar sospechas entre mis compañeros.

El hombre mayor se movió con cierta impulsividad tras escuchar aquello, como si fuera a decir algo, pero acabó sin hacer sonido alguno; Ana bebió un poco más de té, sin inmutarse demasiado.

-¿Te están monitoreando?

-No, nada de eso. -Tensó levemente los labios. -Es solo que… la doctora O'Deorain está trabajando en el mismo edificio, y ella sabe que estoy allí, tal como yo sé lo que hace ella por fuera del hospital.

-¿Moira está allí también? ¿Por qué?

-Tienen mayor interés en las investigaciones de ella que en su labor como genetista. -Resopló. -Estaremos en contacto, ¿cierto?

-Sabes que sí.

Otro pitido más, el cual ni siquiera se molestó en verificar. Angela se apresuró a caminar hacia la salida, mientras uno de los jóvenes se disponía a seguirla.

-Déjenla. -Exigió Ana.

La rubia se alejó por la escalinata, mientras la puerta eléctrica se cerraba tras ella.

-Imagino que has desistido de decirle.

-Sí. -Contestó el hombre mayor, con voz ronca.

-¿Puedo preguntar por qué?

-No pude. -Hubo destellos de recuerdos, de sus dedos cediendo al concreto. -El tiempo no pasó en ella, y fue… demasiado difícil.

-Sabes lo feliz que la harías si lo supiera, Jack.

-Después. -Cortó abruptamente.

La mujer tan solo sonrió con levedad, para volver a probar su té.

-La culpa es peligrosa, amigo mío.