Disclaimer: Inuyasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.
¡Buenas noches! Disculpen por desaparecer, pero tuve problemas personales, pero ya volví para terminar la historia. UJUUUUU. Al releer el capítulo, note varios errores, y agregue una escena que me parecía importante para el desarrollo de la historia. El capítulo 4 ya está en el horno y en pocas horas, lo tendrán para ustedes!
En serio, mil disculpas.
Capítulo 3
Cabeza a pájaros
—Está hecho, Señor— La voz fría de su súbdito más fiel resonó por la estancia. Abrí mis ojos y los enfoque en su figura. Su cara miraba hacia el piso, en una reverencia muy pronunciada. Sonreí.
—Perfecto— Susurré maliciosamente, me levante de mi trono y caminé hacia él. La madera rechinaba con cada paso que daba. Apreté mi mandíbula… Paciencia, ya estarás en el lugar al que perteneces verdaderamente y no en esta apestosa pocilga.
Cuando estuve a dos pasos de distancia, coloque una mano en su coronilla, mis garras rozaban su cuero cabelludo y se perdían en sus sedosos cabellos rojizos como el fuego. Un escalofrió recorrió su espalda y una risa abandono mis labios, ja cobarde…
—Puedes tomarte el día Warui— susurré mientras seguía acariciándolo. Sentí su tensión en cada uno de sus músculos y el aroma a miedo llego a mis fosas nasales. Que dulce y hermoso aroma.
—H-Hai, gracias Amo— Tartamudeó. Aleje mi mano de su cabeza y al instante se incorporó, inclino su cabeza y salió como alma que lleva el diablo.
Un suspiro abandonó mis labios y me encamine a mi trono nuevamente. Una vez allí, mi mano viajo hasta mi mejilla y mis ojos se cerraron nuevamente.
Espero que estés preparado, Sesshomaru, sufrirás, sufrirás como nunca antes lo has hecho. Morirás de angustia ante la impotencia. Suplicarás que pare. Que lo detenga. Una sonrisa maliciosa y retorcida se formó en mis labios. De rodillas, de rodillas imploraras tomar el lugar de tus seres queridos, querrás tomar su lugar… Pero no lo permitiré. Tendrás que tomar sus vidas una por una, con tus propias manos.
—Ya quiero ver tu cara, Sesshomaru—
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Oscuridad. Todo estaba oscuro, no había luz. No había salida. No había nada. La nada misma.
¿Otra vez?
¿La misma pesadilla?
¿Qué es esta sensación?
Por favor, no, no quiero sufrir más, no quiero más dolor, no quiero más oscuridad. No podía ver nada. Y lo peor, no podía sentir nada, pero el ambiente era frio, desolador, desconsolado. No quiero estar aquí. Quiero salir. Papá, mamá, Senshimaru, Hiroshi… ¿por qué no vienen a salvarme? Otra vez quería llorar, pero no sabía ni sentía donde estaba su rostro. Miedo. Dolor. Angustia.
Sentí que alguien me cargaba en vilo. ¿Quién era? ¿Por qué no podía verlo? ¿Por qué podía sentir aquello y no a su propio cuerpo? Me removí o por lo menos lo intenté.
De golpe me vinieron varios sonidos, como si alguien hubiese destapado mis oídos. Primero escuché todos los movimientos, eran rápidos, como si algo o alguien los persiguiera, y muchos. Muchos pasos, golpes, muebles corriéndose, corridas y… voces. Eran varias y distintas, sonaban agitadas y preocupadas. Hablaban, murmuraban y otras gritaban, no podía decodificar que era lo que sucedía y de que estaban, hablando, pero sí que algo había sucedido. Algo muy malo. ¿Qué había pasado? No sé porque quería tranquilizarlos, decirles que todo estaba bien, aunque no lo sintiera de esa manera.
Pensé que lo peor había sido sentir ese frio y esa nada, pero cuan equivocada estaba cuando de pronto sentí un ardor fuerte en el centro de mi cuerpo. Al igual que antes, como si alguien hubiese corrido un velo o desbloqueado una clave, sentí todo mi cuerpo en llamas. Quemaba, ardía y mierda…Dolía. Lleve mis brazos hacia mi pecho, intentado de quitar o alivianar lo que sea que hiciera arder mi cuerpo de esa manera. Juraría que me hallaba en el centro mismo de una hoguera encendida en su máximo punto.
Escuche mis gemidos y quejidos como si no vinieran de mí, como si fuera otra persona y eso fue muy, muy escalofriante. Mis manos seguían buscando y apretaban afanosamente mi pecho el lugar en donde sentía más dolor y en donde había impactado la maldita flecha. Esperen.
¡La maldita flecha!
Y como si el último velo cayera, mis ojos se abrieron de golpe. Solté un jadeo. Sombras, lo único que podía distinguir eran sombras. ¿Acaso me había quedado ciega? Sentí mis lágrimas caer por mis mejillas y el ardor volver a atacar. Las sombras parecieron agitarse y moverse más rápidamente alrededor mío, las voces se habían elevado aún más y la preocupación, el miedo y el enojo ya eran tangibles.
Sentí una caricia en mi mejilla, alguien estaba limpiando mis lágrimas. Cerré mis ojos, acción que provocó que más lágrimas rebeldes salieran. La mano seguía limpiándome suavemente, con gentileza, con amor, era pequeña y cálida. Escuché mi sollozo y el ardor se volvió insoportable. El fuego en mi pecho se arremolinaba y encendía cada vez más. Un alarido de dolor abandonó mis labios y reinó el silencio.
Luego todo el ruido volvió de golpe. Sentí que dos manos, grandes y frías, muy diferentes a las anteriores tomaban mi rostro. Uki, los… Al parecer mis sentidos volvían poco a poco, pero no podía concentrarme por el dolor. Uki, abre… Otro alarido quiso abandonar mis labios pero apreté mi mandíbula y mis manos se volvieron puños. Sentí el aroma de la sangre.
— ¡Mitzuki, abre los ojos, maldita sea! — La voz angustiada y preocupada de Hiroshi resonó en mis oídos y como si eso me despertara de un largo ensueño, volví a abrir mis ojos. La cara empapada de sudor, junto con unos cabellos platinados despeinados y la mirada llena de preocupación de Hiroshi, fue lo primero que distinguí. Sus manos acunaban mi rostro y se encontraba hincado sobre mi costado derecho, con sus ropas desarregladas. Me miraba esperando a que dijera algo, pero no hallaba mi voz. Otro ramalazo de ardor me hizo arquear la espalda y apretar más mis puños, mi vista se desvió hacia mi cuerpo…
— Detenlo, por favor…— Mi voz sonó rasposa y dolida. Su agarre se intensifico y levanto mi rostro.
— ¿El qué? — Me sentía muy cansada. Tal vez había llegado mi hora, si tan solo le hubiese hecho caso a Gentokka… Hiroshi me sacudió y el ardor se intensifico —No te atrevas a dormirte, dime que debo detener Mitzuki, por favor…— Su voz sonaba dolida y preocupada. —Mitzuki— repitió. Con un gran esfuerzo, busqué sus orbes doradas. Mi respiración era pesada, muy pesada, me costaba respirar. La sola idea de llenar mis pulmones de aire era dolorosa.
—Arde…—Dije con esfuerzo — Mi pecho, me quemo— Mis manos se aprisionaron la ropa del lugar en donde sentía que un volcán se hallaba en ebullición. Rápidamente Hiroshi movió sus manos a ese lugar y sin consideración alguna, rasgo mi ropa.
Podrían haber pasado minutos u horas, no estaba segura, pero de lo que si era consciente era que Hiroshi me revisaba y no hablaba. No emitía ningún sonido. Y cuando no lo hacía, era algo malo. Muy malo. Nuevas lágrimas brotaron de mis ojos. Haría sufrir a mi familia, solo por un capricho idiota. Solo entonces, al recordar a mi familia, inspeccione el lugar en donde me hallaba. Y mis ojos se agrandaron con horror. Estaba en la cámara de guerra, recostada en un futón improvisado con, por lo menos, quince soldados custodiando la puerta y las ventanas. Unos pasos atrás de Hiroshi, se hallaban Takeshi, Akira y Gentokka, este último apenas me miraba, aunque los tres expedían preocupación e ira por cada poro de su piel.
Sentí una mano cálida acariciando mi cabello y mis ojos se ampliaron más. ¿Cómo pude no ser consciente de toda la gente que había a mi alrededor, hasta ahora? Mi madre lloraba silenciosamente, arrodillada sobre el costado izquierdo del futón, mientras seguía acariciando mis cabellos y trataba de hacer que relaje mi puño con su otra mano libre.
Hiroshi de pronto cubrió mi cuerpo con su haori, y se incorporó. Se dirigió directamente a una persona que no había notado tampoco, hasta ahora.
—Kentaro, ¿dónde fue que la hallaste? — Su voz sonaba fría, calculadora. Igual a la de papá. Esto no me estaba gustando.
— ¿Qué tengo? — Pregunté. Mi voz volvió a sonar rasposa. Akira tomo el lugar de Hiroshi, ofreciéndome un vaso de agua. Lo tomé, pero el ardor en mi pecho continuaba. Apreté mis puños.
—Estaba en el jardín Este, temblando, y completamente inconsciente— Replicó el tercer y último general al mando, ignorándome en el proceso.
—Hiroshi— volví a replicar más alto. El agua, había logrado calmar el ardor y como si alguien hubiese apagado un interruptor, este empezaba a disminuir. Me sorprendí. De acuerdo, no estaba entendiendo nada.
— ¿No notaste nada extraño? — Mi hermano volvió a ignorarme. Intenté de incorporarme, pero las manos de mi madre y Akira me lo impidieron.
—No, pero la Princesa lucia verdaderamente mal. No encontré nada, ningún arma, ni rastro…—
—Eso es mentira— dije como pude. Todos, incluidos los soldados voltearon a mirarme como si un cuerno hubiese brotado de mi frente.
—Alguien me ataco, lo sentí, antes de que lanzara la flecha— Explique rápidamente, me incorpore tomando el haori para cubrir la parte rasgada de mi kimono y esta vez ninguna de las dos me lo impidió.
El general Kentaro me miro extrañado.
—Princesa, no halle ninguna flecha. Ni en su cuerpo, ni por los alrededores. Los soldados estaban patrullando esa zona y no notaron ni sintieron ninguna presencia extraña.
—Pero…— Volví a replicar.
—Silencio— Hiroshi me interrumpió. Lo mire con el ceño fruncido. ¿Qué demonios estaba pasando? Jamás se había comportado de esta manera. Finalmente, Hiroshi me miro a los ojos. —No tienes ninguna marca en tu pecho Mitzuki, ninguna herida, ni un proceso de cicatrización, nada. No tienes absolutamente nada— susurro exasperado. No podía ser cierto, había sentido el maldito impacto de la flecha. Removí un poco el haori, mirándome el pecho. Mis ojos se abrieron. Era cierto, no tenía nada.
— ¿Cómo…?
—Puede que sea otra de tus pesadillas— explico. Me ruborice. No todos conocían lo vividas que podían llegar a ser. Sentí la mirada penetrante de mi madre sobre mí. ¿Todo había sido un sueño? ¿Desde lo de Gentokka? No podía ser cierto, porque me rehuía la mirada, se notaba que la culpa lo carcomía. Pero ¿cómo explicaba la falta de una cicatriz o herida en mi cuerpo? Me toque el lugar en donde minutos atrás, me estaba prácticamente incendiando. No podía haber sido una pesadilla, jamás una pesadilla me había privado de mis sentidos, es más estos se multiplicaban. Lo sentía todo mucho más vivido. Esto había sido distinto. Había sido tenebroso y escalofriante desde el instante en que sentí que alguien me apuntaba.
Había sido real. Y lo sabía. Si decía que había sido real, sabía de antemano que le creerían y claramente la mínima o escaza paz y felicidad que había dentro del castillo se acabaría en el instante en que insistiera con ese tema. Alguien había logrado burlar toda la seguridad, alguien había logrado apuntarle y dispararle sin ser detectado y sin que ella pudiera detenerlo, alguien había logrado hacerla vivir un infierno, alguien podría haber matado a su madre con mucha facilidad. La realidad me golpeo de lleno. No, no podía decírselo. Averiguaría por su cuenta que era lo que había sucedido. Y vigilaría más de cerca a su madre, no iba a permitir que algo malo le pasara. Ya estaba decidido.
Mire a Hiroshi, que todavía me observaba, expectante a lo que yo dijera.
—Tienes razón—Susurre finalmente y sus ojos se entrecerraron y sus brazos se cruzaron sobre su pecho — Ha sido otras de mis pesadillas, lo lamento, lamento haberlos preocupados a todos— dije con la cabeza gacha. Sentí su mirada unos minutos más y luego escuche lo que vendría a ser el quinto suspiro de Hiroshi. Levante mi rostro y vi el momento exacto en que se giró hacia los tres generales presentes.
—Dupliquen las rondas de seguridad y quiero que uno de ustedes acompañen, todo el tiempo, a mi madre y a mi hermana — ¿Qué había dicho que? — Por lo menos, hasta que regresen mi padre y hermano— sentenció.
—Hiroshi…— Empecé a reclamar.
—Es una orden— me cortó. Se giró y rápidamente se colocó frente a mí. Su rostro estaba serio, muy serio, tanto, que acallo cualquier queja de mi parte. — No puedes salir de noche a cualquiera de los jardines, ni siquiera a tu balcón, luego de cenar iras directamente a tus aposentos— Mis ojos se abrieron, el no podía poner reglas… ¿o sí? Al notar mi confusión, sus ojos se dulcificaron y la pequeña sonrisa que lo caracterizaba surgió en su rostro, su mano se posó en mi coronilla y me acaricio el cabello tiernamente —Es por tu bien — susurro y beso mi frente. Sin darme tiempo a responderle, se irguió y se dirigió a los soldados.
—Sigan con sus rondas, gracias por su servicio— Espetó. Los soldados inclinaron sus cabezas y se marcharon. Kentaro adelantó un paso.
—Me haré cargo de la Princesa— dijo serio. Hiroshi lo miró. Y yo mire a Gentokka… Que se ofrezca, que se ofrezca, que se ofrezca. Si el lo pedía, al ser el segundo al mando, Kentaro perdía toda posibilidad. No era que me disgustara que el tercer general hiciese de mi guardaespaldas, pensé con sarcasmo, todo lo contrario, era alguien con el que charlaba regularmente y era muy divertido. Bueno, pensándolo bien, tal vez me vendría bien un poco de distracción. Hiroshi iba a hablar, cuando…
—Yo me haré cargo. No debí dejar a la Princesa sola, de noche— espeto Gentokka, con una reverencia— Ha sido mi error y me haré cargo— Hiroshi lo miró con comprensión. Y yo con furia. Maldito infeliz. ¿Solo por eso? De acuerdo, tampoco esperaba que se me declarara con tanta gente alrededor. Pero vamos, estaba siendo muy frio.
—No— dije fuertemente, con los puños cerrados. Sentí las miradas de todos sobre mí. Me concentré en el entramado del haori —No ha sido la culpa de nadie, estaré bien con Kentaro— finalice y levanté mi mirada, observando a Hiroshi. Por el rabillo del ojo, vi a Gentokka apretando sus puños.
—Pero Princesa…— comenzó Gentokka con voz ácida.
—Rotaran por turnos— Cortó por lo sano Hiroshi — Padre y Senshimaru vuelven en cuatro días, su viaje se ha extendido— sentenció e informó Hiroshi. Mamá bajo su cabeza, y yo también, no nos había gustado para nada aquello.
Kentaro, Gentokka y Takeshi asintieron.
—Si me permiten— comenzó Takeshi, era como un abuelo para nosotros— creo que las damas deben retirarse a descansar, acordaremos las horas de guardia entre nosotros— Los hombres presentes en la habitación asintieron.
—Rin— Sonrió Takeshi extendiendo su mano, mi madre sonrió y la tomo. Takeshi la ayudo a incorporarse y flexionó su brazo, mi madre acepto — Llevaré a mi hija— Gentokka roló los ojos— a su habitación y ustedes traten de comportarse como hombres civilizados, cachorros— los retó con sorna mientras se encaminaba hacia la puerta.
—Si el Lord te viera, te arrancaría la cabeza, padre— Susurro Gentokka sonriendo, provocando que el ambiente tenso se relajara y que se escaparan unas leves risas en todos, incluyéndome.
— ¡Ja! Le he cambiado los pañales a ese cachorro, no se atrevería a tocarme— Una idea surgió en mi cabeza.
Riéndome, me incorporé y ante la mirada atónita de la mayoría, menos para Hiroshi y Akira, salí disparada hacia Takeshi y mamá.
—Espera, abuelo— grite sonriendo. Takeshi frenó ladeando su cabeza con una sonrisa cincelada en su rostro y extendió su otro brazo, apuré mis pasos y enganche mi brazo con el suyo.
—Sabía yo, que mi belleza posee niveles insospechables, ni mi nieta puede resistirse a mí— Mi madre sonrió y yo reí ante su ocurrencia.
—Exactamente por eso, el Lord te cortaría la cabeza— Escupió Akira por lo bajo, lo que causo que un escalofrió le recorriera la espalda a Takeshi, provocando una nueva ronda de risas.
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Llegamos en completa calma a los aposentos de mamá. Extrañamente se hallaba muy callada, al igual que Takeshi. Claramente, todos se habían llevado un buen susto.
—Bien, primera parada— Dijo Takeshi sonriendo.
—Y la última— Agregué yo tímidamente. Ambos se giraron a verme, su cara parecía un poema. Traté de no reírme. Desde que cumplíamos los 10 años, no se nos permitía dormir con nuestros padres, salvo en contadas ocasiones. Bueno, quería que esta fuera una de ellas. Si es que lo lograba, aunque puede que la ausencia de papá facilite las cosas.
Iba a utilizar mi técnica especial de soborno, al ver que ninguno de los dos decía nada, cuando mi madre sonrió.
—Está bien, solo por hoy— susurro.
—Eres débil— dijo riéndose suavemente Takeshi, mi madre se soltó de su brazo y se cruzó de brazos, enarcando una ceja.
— ¿Tu vienes a decirme débil? Si andas de baboso con Haruka— Una risotada salió de mi boca, inmediatamente tape mi boca con mis manos, pero ya era tarde, Takeshi había cruzado sus brazos y se disponía a rebatirle cuando…
— ¿Qué hacen todos despiertos tan tarde? Mocosa infernal, eres una descarada, no te comportas ni como compañera del amo bonito— Nos giramos en dirección de esa anciana y gruñona voz.
— ¡Jaken-sama! — gritamos mi madre y yo a la vez. Íbamos a abrazarlo cuando la cara de este se desformó.
—¡¿Qué demonios sucedió?! ¡¿Por qué Mitzuki está llevando el haori de Hiroshi?! ¡Takeshi se supone que debes cuidar de ellas! —La cara del mencionado paso de sonreír a ser el rostro mismo de la frialdad.
—Lady Rin, Princesa, por favor, entren a la habitación— Ambas nos giramos a mirarlo. Takeshi se adelantó y observo al sapo —Hay reunión en la cámara de guerra, vamos, te lo explicaré allí. No ha sido nada grave— fue lo que necesito para que Jaken se calmará.
—Pero…— comencé. Mamá colocó una mano enfrente de mí para acallarme.
—De acuerdo Takeshi, pero acuérdate que al ser la esposa y Señora de las Tierras del Oeste, nada se me puede ocultar— Dijo mamá seria. Me encogí, de algo me estaba perdiendo, pero por lo visto mamá no. Y vaya que generaba respeto cuando se imponía. —Tu tampoco lo olvides, Jaken — Takeshi asintió y Jaken trago duró asintiendo. — Bien, buenas noches— susurro mi madre.
—Buenas noches— repetí en un susurro.
—Buenas noches— susurro Takeshi con una sonrisa— Ni creas que se me ha olvidado lo que has dicho, Rin— Vaya bipolaridad, la de ambos.
— ¡Deja tus tontos juegos ya! —Replicó Jaken— Buenas noches Rin, Mitzuki— Y con eso entramos en el cuarto de mis padres. Mi habitación era espaciosa, pero la de mis padres… Era el espacio de un maldito comedor, decorado con un millón de piezas finísimas. Había jarrones y flores por doquier. Y su futón contaba con hermosísimas sabanas bordadas con diferentes colores. Sonriendo me deje caer sobre ese futón, el mismo en el que había pasado noches enteras jugando o disfrutando del amor y el cariño de mis padres y hermanos.
—Ponte la ropa de dormir antes de recostarte, Mitzuki— Mamá me recordó con dulzura desde su vestidor — Dejaré uno aquí para que te cambies, ¿sí? —
—Si mamá— respondí suavemente. Antes de levantarme, me permití abrazar las almohadas y hundí mi nariz en ellas. El aroma de mi padre y mi madre mezclados generaban una sensación de protección y calidez abrumantemente encantadora. Sonreí entre las almohadas, después de todo, tal vez podría lograr dormir un poco.
Sentí el peso del futón hundirse y la esencia de mi madre me llego a mi nariz, alce la viste y la vi mirarme con una expresión en su rostro que nunca había visto. Me senté inmediatamente y la observe. Iba a preguntarle que sucedía cuando me hablo primero.
—Ve a cambiarte, luego quiero hablarte— susurro y abrió las sabanas de su lado del futón. Nerviosa, me encamine al vestidor y me cambie lo más rápido que pude.
Al regresar, mi madre se encontraba ya acostada y observaba a la luna, que se hallaba en su punto máximo. Su luz plateada alumbrara el cuarto desde el majestuoso jardín interno que poseía. Sin decir nada, me acosté a su lado, apoyando mi cabeza en su hombro.
Sentí la mano de mi madre acariciar mi cabellera.
—Debes saber, que puedes confiar en nosotros Mitzuki — susurro de pronto— Tu sabes que siempre estaremos abiertos a escucharte y siempre te creeremos ¿verdad? — Vaya, ¿acaso tiene una maldita bola de cristal escondida entre sus ropas?
—Si mamá, lo sé— susurre con voz queda.
—Bien—Dijo—Ahora, ¿verdaderamente crees que fue una pesadilla? —De acuerdo, directo al grano.
—Si— Mentí. No quería preocuparla, no ahora, más adelante, si lograba juntar todas las piezas de lo que verdaderamente había pasado, le diría la verdad. Mi preocupación empezó a aflorar, ¿qué contenía esa flecha? Tal vez, solo había sido un veneno que paralizaba, para secuestrarme y me habían salvado de casualidad. Esa opción era la que había estado dando vueltas por mi cabeza y era la más lógica. La mano en mi cabeza se detuvo y yo me encogí.
—Mitzuki— comenzó, y yo estaba nerviosa, mamá no podría oler las mentiras, pero si era muy intuitiva, demasiado — Por favor, ten más cuidado, nos has dado un susto de muerte a todos— me retó suavemente y yo me relaje. Me sentía culpable. Solo un poco.
—Lo siento mamá— susurre y no solo por el susto…
—Está bien — mi madre sonrió, conciliadoramente— Estas bien y eso es lo que importa, vamos a dormir—
Me acomodé al lado suyo y me cubrí con las sabanas.
—Buenas noches mamá, te quiero— susurre y besé su mejilla.
—Buenas noches, mi pequeña, también lo hago, más que a cualquier cosa sobre este mundo— susurro y besó una de mis orejas, que habían quedado a su alcance, mientras seguía acariciando mi pelo.
Y así, con un montón de dudas rondando mi cabeza y la preocupación carcomiéndome por dentro, cerré mis ojos entregándome a Morfeo.
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—¡¿DEJARON A LA PRINCESA SOLA EN EL JARDIN?!¡¿Y DE NOCHE?!¿¡Y ENCIMA LA ATACARON?!
—Ya, cálmate Jaken.
—¡¿CÓMO QUIERES QUE ME CALME?!¡GENERAL DE PACOTILLA!¡SE SUPONE QUE TIENE QUE CUIDARLAS!...
Jaken seguía despotricando, Takeshi suspiro por enésima vez y Hiroshi observaba el pergamino en sus manos muy detenidamente, sin inmutarse. Hacia dos horas que habían mandado a todo el mundo a sus habitaciones y hacia una hora que Hiroshi, o más bien, él ponía al corriente de lo ocurrido a Jaken. Y claramente no se lo estaba tomando muy bien.
—Cuida tu lengua, sapo apestoso — corto por lo sano el general — No ha sucedido nada, fue una pesadilla de la princesa, debe de haberse quedado dorm…
—No fue una pesadilla.
Dos pares de ojos se posaron sobre él, uno sobresaltado y el otro con curiosidad.
—Hiroshi…
Totalmente serio, el Príncipe del Oeste, levanto la vista del pergamino y clavo sus irises dorados sobre sus dos oyentes.
—La he visto cuando tiene pesadillas, y créeme, reacciona mucho más rápido. No fue normal lo que sucedió hoy.
—Pero tú mismo la revisaste, tú mismo viste que no tenía nada…
—Estaba sufriendo en carne propia Takeshi, tú lo viste… ¿Acaso te parece normal que una persona tenga y sufra a ese nivel, pesadillas?
Takeshi trago duro, quedándose sin palabras. Era muy lógico. Y si lo pensaba un poco, sí verdaderamente era muy extraño. Frunció su ceño.
—¿Entonces qué fue lo que sucedió?
—No lo sé— Gruño frustrado Hiroshi. Lanzo el pergamino con fuerza a la mesa, mientras cerraba los ojos y masajeaba sus sienes. Estaba enojado. Y mucho más que enojado, estaba furioso, alguien había lastimado a su hermanita y bajo sus propias narices. Otro gruñido surgió de su garganta, y la preocupación empezó a correr libremente por sus venas, si alguien había logrado dañar de alguna manera a su hermana, estando él, tres generales imperiales y todos los guardias de palacio ¿había algo que les impidiera, sea quienes sean los que habían hecho esto, secuestrar o incluso asesinar a su madre o a su hermana? Sus manos se deslizaron de sus sienes hasta su rostro. No soportaría que algo así pasara estando él. Hace horas que se había puesto a investigar si había alguna clase de flecha o hechizo que generara lo de esta noche, pero nada. Cero. Cuando se lo tuviera que informar a su padre… Suspiró. Se pondría hecho una furia.
—Creo…—Jaken rompió el silencio tan denso que se había formado hacia unos minutos, cuando los tres se habían sumido en sus propios pensamientos, tratando de sacar sus propias conjeturas— Creo que una vez, escuche hablar de un hechizo que era capaz de generar y recrear tus propios miedos y hacerlos reales, muy reales.
Hiroshi y Takeshi lo observaron atentamente.
—Prosigue—Le indicó Hiroshi. Jaken llevo un dedo a su barbilla, mientras meneaba el báculo de dos cabezas entre sus brazos.
—Sé que la persona no puede salir de ese estado a menos que alguien o algo interrumpa su sueño. La persona afectada no sabe que está soñando, lo que lo hace muy real y espantoso, creo que era utilizado como meto de tortura— Hiroshi inspiro hondo, cerrando sus puños, iba a asesinar a los bastardos que habían hecho sufrir a su hermana de esa manera. No, no. Los torturaría hasta que suplicaran piedad—No recuerdo bien, como sería la aplicación o que se requiere para llevarlo a cabo, pero podría investigar.
Takeshi observó y sintió el aura de Hiroshi. El también sentía lo mismo, pero debía aplacarlo, no podía perder los estribos. Por lo menos, hasta que Sesshomaru regresara. Lo necesitaba con la cabeza fría.
Levantándose de su asiento se dirigió hacia el escritorio donde se hallaba Hiroshi y coloco una mano en su hombro. Estaba plenamente tensionado.
—Sé lo que sientes y también tengo ganas de ir y hacerles tragar sus propias pelotas, pero necesitamos estar con la cabeza fría. Y mucho más importante que eso, no debemos de preocupar a las damas.
Paulatinamente la tensión de Hiroshi, fue disminuyendo hasta el punto de suspirar y cerrar los ojos, liberando sus puños. La habitación volvió a sumirse en un incómodo silencio, expectantes de la reacción del menor en la sala.
—Tienes razón— concordó luego de unos extensos minutos, sobresaltando a sus acompañantes. —Jaken, por favor, investiga bien ese hechizo— Dijo mirando fijamente al fiel sirviente de la familia. Este se enderezó e infló su pecho.
—Por supuesto, joven amo— Exclamó muy seriamente. Hiroshi hizo una mueca, odiaba que lo llamara de esa forma, pero ni modo. Jaken era Jaken, y así de atolondrado y latoso, lo quería.
—Takeshi, por favor, cuida de madre, sospecho que están arremetiendo contra ellas primero— El general apretó el hombro del que consideraba como su nieto e inclino la cabeza.
—Con mi vida, Hiroshi.
El Príncipe del Oeste, observo a sus dos amigos y sonrió levemente.
—Gracias…
Con mucha parsimonia, dieron por concluida la reunión. Y lentamente cada uno se retiró a sus habitaciones. Mañana debían realizar un montón de cosas, teniendo en cuenta este problema que había surgido. Lo mantendrían en secreto para el resto del castillo, ni siquiera se lo mencionarían a las damas ni a los generales. Aunque de lo primero, Hiroshi, verdaderamente dudaba de que su hermana se haya creído que era una pesadilla. Era despistada, sí, pero no tonta. Ya dentro de su futón y envuelto en el calor de sus sabanas, se permitió fruncir el ceño nuevamente. Realmente, la actitud que había tomado su hermana lo había desconcertado de sobremanera. Ella no era una persona que ocultara lo que sintiera o sus preocupaciones, y se notaba lo decidida y convencida que estaba acerca de ese ataque. Giró su cabeza hacia la ventana de su cuarto, observando la noche. Sea lo que sea, lo que haya hecho que su hermana mintiera o no expresara lo que pensaba, esperaba de todo corazón que haya sido algo del momento. Esperaba que, si algo se empezara a poner muy feo, ella pudiera confiar y decirlo directamente. En serio esperaba que su hermana lo hiciera, de lo contrario, no sabría si algo ocurría o no. Podría sacar conjeturas, sí, pero si ella no decía nada, nunca sabría al cien por cien que era lo que le sucedía. Estaría más atento a ella, de eso, no cabían dudas, la protegería con su propia vida. Y así, con un sabor amargo en la boca y una preocupación latente en su corazón, el joven Príncipe del Oeste, cerró finalmente sus ojos.
