LXXVII. Equipo fracturado
Como solo una palabra,
Puede abrir un corazón
Puedo tener solo una mecha
Pero puedo hacer una enorme explosión…
Fight Song- Rachel Platten
— ¿Un canal dedicado?— preguntó Shinoda.
— Aislé el resto de los radios para que Ijuiin no escuchara que la bomba estaba ya desarmada. Pensé que Shinobu era la persona más indicada para seguir mis indicaciones, ya que siempre está bastante calmado, pero…
Hiroki miró a Shinobu con el ceño fruncido en un rincón de la oficina.
Creo que esta vez me equivoqué— completó.
— Entonces Yanase...— comenzó de nuevo Miyagi.
— Está otra vez bajo custodia. Pero hay que trasladarlos, Miyagi, es arriesgado dejarlos aquí.
— Tienes razón.
Ambos quedaron en silencio unos segundos.
Gracias, Kamijō. — Dijo con sinceridad—. No sé qué habríamos hecho sin tu ayuda.
— Es mi trabajo, Miyagi. Además no puedo darme el lujo de quedarme sin equipo.
Miyagi levantó las comisuras de sus labios solo un poco y Kirishima entró a la oficina.
— Yo también quiero darle las gracias, Kamijō— hizo una leve reverencia— Estaríamos todos muertos de no ser por usted.
Hiroki se sentía contrariado; por un lado seguía enojado con Kirishima por involucrar a Ijuiin y ocasionar este desastre, pero… por el otro, sentía que los sucesos recientes eran suficiente castigo para el pobre hombre.
Y al mismo tiempo quiero disculparme— continuó al entender el silencio de Hiroki y compañía. —Lo que hice estuvo muy mal y… entiendo que en parte pudo ser cierto lo que dijiste hace un rato en la oficina, Shinobu… aunque fuese para distraer a Ijuiin.
Shinobu se levantó de la mesa y caminó hacia donde Kirishima se encontraba; mirándolo fijamente. Sus ojos se enrojecieron de furia, apretó las manos en un puño hasta que le dolieron y antes de darse cuenta le asestó un puñetazo que aterrizó de lleno en la mandíbula, rompiéndole la comisura de sus labios.
— Si nunca hubiese involucrado a Ijuiin en esto… yo nunca hubiese tenido que decir lo que dije, ni estaría sintiéndome como me siento.
Salió de la oficina dando un portazo, dejando a Kirishima con el sentimiento de culpa mucho más grande, además del sabor de la sangre en sus labios.
— Hablaré con él, pero igual tienes muchas cosas que explicar— dijo Miyagi antes de seguirle.
Shinobu estaba en uno de los balcones que usualmente usaba Miyagi para fumar. Estaba un piso antes de la terraza. Comenzaba a caer la tarde y el muchacho se miraba los nudillos de la mano derecha.
Miyagi se acercó por su espalda sin saber por dónde comenzar. Su tiempo junto a Takatsuki le enseñó que siempre vivía tratando de madurar más rápido que el resto de la gente para poder seguirles el paso, algunas veces al precio de reprimir sus sentimientos o auto flagelarse por sentirlos.
Sintió un poco de pena por él, Shinobu había pasado por mucho en los últimos meses: perder a su padre, ser raptado y enfrentarse cara a cara con el asesino de su padre no habían sido cosas sencillas de vivir, y sin embargo estas experiencias no lo derrumbaron, al contrario, aumentaron su madurez, su sabiduría, su tolerancia.
Miyagi sentía que Shinobu perdía el alma de niño… y eso le causaba algo de culpa.
Se colocó a su lado sin decir nada. Solo se paró allí y miró los colores de la tarde, lanzando un largo suspiro. Anhelaba mucho un cigarrillo en ese momento.
— ¿Cómo estás?— preguntó finalmente el más joven, luego de varios minutos en silencio.
— Estoy bien— Contestó Miyagi con franqueza—. Es más el daño moral que el físico ¿Tú cómo estás?
Shinobu no respondió, simplemente miró hacia abajo, hacia las calles tras el edificio de tribunales mientras apretaba la mano izquierda. La única que podía apretar.
¿Sabes algo?— comenzó Miyagi— Creo que te debo una disculpa.
Shinobu se volvió hacia él.
Sí, porque… creo que la incomodidad que me genera que entre nosotros haya tanta diferencia en edad… te la he traspasado y no he respetado ciertas cosas.
— No entiendo— dijo Shinobu.
— Verás… Desde que comenzamos a estar juntos, te has esforzado mucho en llevarme el paso, Shinobu… Vamos a museos que me gustan, vamos a ver películas que me gustan, me acompañas a comprar libros de segunda mano, incluso escuchamos discos que me gustan y nunca he puesto interés en hacer algo que te guste… a ti.
— ¿Y eso a qué viene ahora?
— Bueno, que incluso desde que comenzó todo esto te seguí tratando como un niño porque eras muy joven e ingenuo… o eso creía yo. Cuando has demostrado tener mejor control sobre las cosas… incluso en los peores momentos.
— Miyagi, no entiendo a dónde quieres llegar con todo esto.
— Que no tienes que contenerte tanto ¿Sabes?— Dijo mirándolo a los ojos—. No tienes que reprimirte de sentir ciertas cosas o martirizarte por sentirlas… es normal. Todos sentimos molestia y frustración. A todos… se nos escapan ciertas cosas que no queremos decir a veces.
Shinobu al fin entendió que se refería a lo que había dicho delante de Ijuiin.
— Es que…— bajó la mirada— en el fondo… yo… lo sentí. Me enojó tanto que la única persona que sentí que nos podía ayudar nos usara así… Sentí que nos estaba mintiendo… que la persona en la que mi padre había puesto su confianza nos engañó.
— Está bien sentirse enojado a veces— dijo—. No tienes que demostrar aplomo todo el tiempo, Shinobu. No eres un robot.
— Pero… el Señor Yokozawa…
— Estoy seguro de que entenderá.
Shinobu volvió a guardar silencio y miró de nuevo hacia la calle.
¿Recuerdas el día que me gritaste todas esas cosas en la playa?— Preguntó Miyagi.
— ¡Claro que las recuerdo!— exclamó rojo hasta las orejas— ¿Pero a qué viene eso ahora?
— Ese día me percaté que una de las cosas que más me gustan de ti son esos momentos volátiles— Dijo con una sonrisa—. No temes decir la verdad, no temes decir lo que sientes. Así las cosas no resulten como esperas no te guardas lo que piensas y esa es una de las cosas que más me gustan de ti. Es como volver a ser joven.
Shinobu se volvió a mirarlo con la cara encendida debido a la vergüenza, pero el corazón enternecido con semejante declaración.
Por eso no creo que lo que hayas dicho sea imperdonable… te sentiste traicionado y a pesar de eso nos salvaste a todos. Dijiste algunas cosas duras, sí ¿Pero quién no lo ha hecho?
Sintió como todos los sentimientos lo rebosaban hasta salir por sus ojos, mientras el pecho se le contraía.
Además, lloras como todo un hombrecito— bromeó al escuchar los primeros sollozos para luego abrazarlo.
Shinobu se aferró a su espalda, arrugando los pliegues de la camisa, como le era costumbre. Y dejó salir todo, incluso algunas frustraciones pasadas… que él creía caducadas, pero en su alma de niño seguían doliendo como el primer día.
Esta bien, déjalo salir todo— dijo Miyagi acariciando su espalda de arriba hacia abajo— Luego iremos a ponerte algo de hielo en esa mano… se está inflamando.
Sintió a Shinobu asentir sobre su pecho.
Ese es mi Shinobu— sonrió.
— Entonces eso es todo lo que ha pasado— comentó después de escucharle atentamente.
— Sí— respondió Masamune. Ritsu permaneció en silencio unos minutos— Nosotros estamos en el medio de lo que sea que quieran Akihiko Usami o su hermano, y tienen a Hatori como rehén.
— ¿A cambio de qué?
— No lo sé— Caminó hacia la ventana— Hatori sabe demasiadas cosas. De todos, sabía de Asahina, de su plan para acabar con Akihiko Usami, sabía que Haruhiko estaba vivo… sabía que… nosotros estábamos vivos…
— Pueden aprovecharse de la buena voluntad de Nowaki y tenderle una trampa.
— Ese idiota— dejó escapar entre dientes— Tiene la necesidad de salvarnos a todos… no entiende que simplemente no pue-
— ¿Tú lo dejarías morir?— le interrumpió Ritsu— ¿Tú dejarías morir a Hatori?
Lo miró fijamente a los ojos.
— ¡No! ¿Está bien?— Exclamó ofuscado— No voy a dejarlo morir. No voy a quedarme sin hacer nada… ¿Estás contento?
— Yo no he dicho nada— replicó encogiéndose de hombros antes de sonreír un poco.
— Pero— se acercó a él con el dedo índice levantado; a Ritsu le pareció una madre regañona— Tú, te quedas aquí… no soportaría tener que traerte de nuevo a este lugar.
— De acuerdo— asintió— no seré de mucha utilidad tampoco con estas heridas.
A Masamune le resultó un poco sorprendente que dejara la obstinación a un lado.
— Además…
— ¿Qué?
— Quiero hablar con Chiaki Yoshino — respondió Ritsu con seguridad.
Desde que llegaron a casa, tomó asiento en el sofá de siempre; en silencio.
Yokozawa le alcanzó una lata fría de cerveza y la abrió de inmediato. El frío le refrescó la garganta, pero no deshizo el nudo que le apretaba desde hacía un rato. Sostuvo la lata con ambas manos y escuchó a Yokozawa tomar asiento frente a él; en silencio también. Ambos rodeados de la oscuridad de aquella casa en donde no había nadie más.
— ¿Q-Quieres que llame a Hiyo?— preguntó Yokozawa en voz baja— Seguramente quieres hablar con ella.
Zen miró la hora en su muñeca y negó con la cabeza.
— Es tarde. Ya debe estar dormida— respondió— la buscaré mañana a primera hora.
Yokozawa asintió y entre los dos se hizo de nuevo el silencio.
Ninguno de los dos sabía por dónde comenzar a hablar o qué debían decir. Había tanto por lo cual disculparse, tanto que reconocer, tanto que perdonar y tanto que agradecer por estar allí, frente a frente. Después de todo.
Zen encendió la lámpara junto al sofá, y lo observó detenidamente antes de tomar las manos del otro lado, por encima de la mesa.
Iba a preguntar si pasaba algo, pero le pidió que callara.
— Lo siento— dijo en voz baja. En un hilo de voz— No tienes idea de cuánto yo…
Bajó la cabeza y Yokozawa miró las gotitas cristalinas caer al suelo. Zen estrechaba sus manos como si en cualquier momento lo fueran a arrancar de allí, privándolo de ese calor familiar.
Takafumi soltó sus manos y lo abrazó. Descansó su cabeza en su hombro y lo estrechó tan fuerte como pudo. Él también tuvo mucho miedo de perderlo, de morir allí sin decirle que lo sentía, que no debió dejarlo solo…
— Sin decirte que te amo— pensó en voz alta. Zen se hundió más en su hombro y se aferró a su chaqueta.
— Idiota… — dejó escapar— justo cuando no puedo fotografiarte, lo dices.
Yokozawa solo peinó sus cabellos sin decir más nada. Sintió que ya no hacía ninguna falta.
Hiroki sintió que podía llorar de emoción cuando se halló frente a la cena. Con una toalla sobre los hombros; sentía que no solo el baño le había quitado toda la suciedad acumulada durante días, sino también le había aliviado algo el espíritu.
— Buen provecho, Hiro— escuchó la voz familiar de Nowaki junto a él, y aunque no lo expresara, ese momento en particular le daba tanto valor a su regreso. En medio de todo el desastre que le esperaba al día siguiente en la oficina, agradecía que Miyagi reconociera la necesidad de un descanso antes de proseguir.
"Vayan a sus casas a comer con sus familias, dense un baño y duerman un par de horas… sino nos volveremos locos aquí"
Miyagi era un buen hombre, sin duda. Solo que él no iba a admitirlo en voz alta; no era apropiado.
— Gracias, Nowaki— contestó con más ternura de la usual. Últimamente sentía que sus ideas divagaban y que se perdía a sí mismo en medio del estrés de la calamidad, pero la presencia de Nowaki le resultaba, más que tranquilizadora, motivante. Como un recordatorio de que debía terminar lo que empezó… pero debía terminarlo de la manera correcta.
— Onodera despertó hoy— comentó Hiroki a manera de iniciar conversación con una buena noticia. De esas que eran necesarias.
— Gracias al cielo— dijo con sinceridad— ¿Está bien?
— Sí. En medio de todo lo está— contestó— Dijo que quería hablar con el Joven Takatsuki… quiere hablar con Chiaki Yoshino.
Hiroki recordó la situación con Hatori.
— Es algo entendible… pero debe tener cuidado con su salud— respondió antes de tomar un sorbo de té— y no es mucho lo que puede decirnos de Hatori. El hombre es un misterio.
— Hiro… yo quiero salvarlo— dijo Nowaki mirando la taza— No quiero ver morir a nadie más.
— Lo sé, lo sé— Suspiró— Debemos terminar esto tratando de salvar todas las vidas que podamos… eso incluye a Hatori. No es de mi agrado, pero su información sin duda fue valiosa.
Nowaki bajó un poco la cabeza.
No te sientas mal por lo que ha pasado— dijo Hiroki rápidamente al notar su actitud— Por nada. Sentirte mal te impide actuar, y no puedes darte ese lujo ahora, Nowaki… te necesito.
Esa última frase la dijo casi sin pensarla, pero la sentía. Los necesitaba a todos y a cada uno de ellos en sus cinco sentidos. Porque si alguno se derrumbaba… sabía que el resto caería como dominós… hasta él.
Nowaki le sonrió de vuelta con esa sonrisa cálida que le era conocida y le tomó la mano sobre la mesa.
— Aquí me tienes, Hiro— dijo mirándolo a los ojos—. Siempre.
Escucharon que llamaban a la puerta y Nowaki fue el primero en levantarse para abrirla, haciendo una seña a Hiroki para que se quedara en un lugar seguro.
Tomó un bate dentro de la cesta de los paraguas (medidas de precaución que tomó mientras Hiroki no dormía en casa. Que hubiese prometido no matar, no implicaba dejarse matar fácilmente); y con mucho cuidado abrió la puerta con el bate a su espalda.
Un hombre alto, delgado y de cabellos castaños muy claros estaba frente a él.
— Te encontré, Nowaki— dijo con una sonrisa mínima, pero no menos escalofriante—. He venido a que me mates.
