LXXXI. Que Dios te perdone, porque yo no.

"Miré, y he aquí un caballo pálido, el que lo montaba tenía por nombre Muerte.

Y el infierno le seguía"

Apocalipsis 6: 8

Cuando Ijuuin llegó al edificio donde los grises solían esconderse, destapó una de las botellas de la licorera y se la llevó a la boca sin ceremonias, bebiendo todo lo que pudo de un trago hasta que la garganta comenzó a arderle.

Ver a alguien morir a su alrededor era algo que, estaba convencido; no le importaba. Él mismo le tendió esa trampa a Aikawa sólo porque tendría la oportunidad de por fin verla muerta; sin embargo, ahora…

¡Maldición! — masculló entre dientes antes de volver a beber. Luego rasgó parte de las viejas cortinas del despacho y se envolvió la herida en el brazo.

Pensó que el idiota realmente no tendría tan buena puntería, que no dispararía con tanta precisión. Él pensaba que podía leer a la gente con claridad. Pero lo que pasó le demostró todo lo contrario.

Yanase disparando para proteger a su jefe, Shizukuishi interponiéndose… Ese giro de tuerca lo descolocó. No podían ser así de imprevisibles.

Y lo único que hizo Shizukuishi antes de morirse fue un escueto gesto de la mano indicando que corriera aprovechando la conmoción. Qué poco elegante, qué aburrido.

—Maldito estúpido — balbució de nuevo, como escupiendo las palabras con rabia, mientras recordaba el empujón que lo salvó de morir—. Nadie te pidió ser un héroe.

Escuchó la puerta abrirse. Haruhiko lo miró con sorpresa al entrar.

— ¿Te siguió alguien? — Fue lo primero que preguntó.

—No— respondió antes de volverse a llevar la botella a la boca.

—Qué interesante— comentó, sentándose frente a él para disfrutar el espectáculo—. ¿Estás conmovido?

—Por supuesto que no—. Respondió disimulando—. No me imaginé que el idiota se arriesgaría a matar a alguien de nuevo. Y menos que…

— ¿Que Shizukuishi daría la vida por ti? — completó— La gente actúa de maneras imprevistas, Ijuiin. No siempre puedes leerlas. Eso es lo que las hace fascinantes y es lo que, según tú… hace esto divertido.

Ijuuin volvió a tomar.

— Pero al parecer sólo es divertido hasta que te toca vivirlo— comentó sin inmutarse demasiado.

Yuu despertó en el hospital acostado sobre su pecho y con unas terribles puntadas en la cabeza.

Si cerraba los ojos podía recordar todo con extrema claridad. Shinoda le gritó que huyera, pero no podía dejarlo allí así que disparó y se lanzó encima de él, usando su cuerpo y el escudo antimotines como una especie de búnker para protegerles. La explosión los dejó a ambos inconscientes por bastante rato. Y para cuando Yuu despertó, ya Ijuuin había huido y el cadáver de Shizukuishi estaba en el suelo, con un disparo en medio del pecho. Como el que le había dado a Yukina.

Dejó a Shinoda donde estaba, corrió hacia el convoy y pidió ayuda. Sólo pudo sostenerse en pie hasta que vio a las patrullas detenerse donde estaban, mientras un frenético Miyagi pedía que se llevaran a Shinoda a un hospital.

—Gracias al cielo — susurró antes de desvanecerse.

Cuando abrió los ojos de nuevo, Miyagi estaba junto a él. Aquello le alertó un poco, pero sabía lo que sucedería en cuanto recobrara la conciencia.

Miyagi lo miraba con una mezcla de tristeza y compasión. Yuu comenzó a ponerse nervioso ¿Había quedado paralítico? ¿Shinoda había muerto? ¿Acaso Chiaki…?

—Chiaki… empezó a llamar— ¿Qué le pasó a Chiaki? ¿Dónde está? Miyagi, dígame.

Pero aunque sabía que eso era lo que estaba diciendo, no lograba escuchar sus propias palabras, ni lo que Miyagi respondía, ni siquiera los pitidos de las máquinas a las que estaba conectado en la habitación.

Hizo señas desesperadas para que Miyagi le diera su teléfono y poder garabatear todo lo que quería preguntar.

"¿Qué me pasa?" — escribió en la pantalla y se la mostró a Miyagi.

"Tu oído… no sabemos si es reversible" — leyó una vez Miyagi le devolvió el teléfono— "Tu espalda también está bastante mal".

— ¿Shinoda? ¿Está bien? ¿Chiaki? — tecleó rápidamente sin siquiera fijarse si estaba escribiendo con los kanji correctos.

—"Chiaki está bien, está con nosotros" "Shinoda está fuera de peligro, pero su pierna… está muy dañada. Los médicos han decidido amputarla"

Yuu sintió una contracción muy fuerte en el pecho. Shinoda perdería la pierna, era un hombre joven, enérgico… con una hija…

Comenzó a golpear la cama a pesar del dolor en sus manos mientras rompía a llorar. Él no merecía sus piernas. Había matado a dos personas, en cambio Shinoda…

Arrugó con fuerza las sábanas entre sus manos y sintió como Miyagi le colocaba la mano en el hombro para reconfortarlo.


—Está bien, eso haremos. Adiós— dijo Shinobu antes de colgar.

— ¿Y bien? — preguntó Hiroki.

—Miyagi dice que Yanase no está en estado para responder un interrogatorio en este momento. La operación de Shinoda es esta tarde y como mínimo le tomará una semana recuperarse.

— ¿Operación? — intervino Kirishima.

—Los médicos han decidido amputarle la pierna derecha. Las quemaduras alcanzaron gran parte del tejido y… no pueden recuperarla.

Hiroki sintió como los órganos en su pecho bajaban a su estómago.

—Maldito Ijuuin… ¿Qué dijo balística? — preguntó Kirishima.

—Los explosivos que utilizaron son de fabricación casera. Lo suficientemente pequeños para que no los detectáramos cuando los trasladamos y lo suficientemente potentes para causar lo que causaron— Le entregó un archivador con el reporte—. Tenemos 7 oficiales muertos: los 4 que custodiaban a Ijuuin y Shizukuishi y 3 que resguardaban a Shinoda durante la segunda explosión. Hay un oficial en el hospital en condiciones críticas, mientras que Shinoda y Yanase pueden considerarse fuera de peligro, a pesar de que uno va a perder la pierna y el otro tiene quemaduras de segundo grado en la espalda y además no sabemos si recuperará el oído.

Kirishima leyó algunas de las hojas del informe.

— ¿Shizukuishi? — preguntó.

—Murió de un impacto de bala en el pecho— contestó Shinobu. Balística dice que fue Yanase al intentar detenerlos. En medio de la tercera explosión disparó y así fue como falleció.

— ¿Y de Ijuuin?

—No hay rastro. Están explorando los alrededores desde esta mañana, pero no han encontrado nada.

Kirishima asintió y continuó leyendo el informe. Yokozawa miraba en su rostro una mezcla de rabia, confusión y reflexión.

— ¿Qué más te dijo Miyagi? — preguntó Hiroki.

—Que lo más prudente es que todos cambiemos de teléfono, de ser posible inmediatamente. Y utilicemos plataformas con mensajes encriptados y mensajería instantánea en lugar de llamarnos convencionalmente. No sabemos si cualquiera de los dos Usami tiene intervenidas nuestras líneas telefónicas.

—Entiendo— contestó Hiroki.

—Yokozawa. Tú también deberías— dijo Kirishima. Él solo asintió.

Le tomó un par de segundos a Hiroki procesar todo. Y no pudo evitar sentir que de nuevo volvían al principio. Era frustrante saber que cada vez que sentía que estaba cerca, algo pasaba que lo devolvía al principio del juego, con cada vez menos posibilidades de lograr algo mientras que cada uno de sus aliados perdían y perdían. Algunos sin posibilidades siquiera de volver.

—Voy por un café— dijo en un suspiro antes de salir.

Recordó el día que conoció a Shinoda. Sonreía ampliamente y estaba lleno de energía. Hiroki se sintió abrumado por su excesivo entusiasmo. En algunas ocasiones se hallaba mirándolo con demasiada atención, quizás sí, pudo sentirse en algún momento un poco interesado por él, pero era demasiado retraído como para intentar algo tan atrevido como acercarse.

Cuando invitó a todo el departamento a su boda, Hiroki casi no fue. Miyagi insistió en que debían ir, pues Shinoda siempre les ayudaba en los casos y no podían darse el lujo de hacerle semejante desaire. Sonreía demasiado en su traje de gala de la policía y cada vez que miraba a su esposa, sus ojos brillaban con tanta luz que lo hacía conmoverse. Luz que sólo se hizo más brillante cuando nació su hija.

— Cada vez que miro a Sayu siento que tengo que mejorar este mundo para ella— decía. Y por eso era que volcaba tanto tiempo y tanta dedicación a su trabajo. Hiroki sintió ganas de llorar.

— ¿Cuánto más vamos a perder antes de lograr algo? — se dijo con pena.


Masamune, Nowaki, Ritsu y Tsumori estaban en una especie de acuartelamiento desde la noche anterior en la casa de los Takatsuki donde se refugiaba Chiaki. Aún a sabiendas de que Usami podría enterarse de que estaban allí, les pareció mejor estar todos reunidos por si algo ocurría. Y todos sabían que por lógica no podría moverse de donde estaba, por lo que era como un tablero detenido con todas las fichas esperando un movimiento.

Ritsu los había puesto al tanto del escape de Ijuuin y la muerte de Shizukuishi, y desde entonces todos se hallaban sumergidos en un silencio muy tenso. El mismo Ritsu luchaba contra su propia frustración de no poder hacer nada más que estar sentado allí viéndolos a todos en sus propias cavilaciones.

—Bien, ¿Qué haremos para acabar con esto antes de que más gente se muera o pierdan extremidades? — preguntó Masamune poniendo fin al silencio.

—Tenemos que diseñar un plan…— comenzó Nowaki

— ¿Un plan? — replicó— ¿Cuántas veces te he escuchado decir eso? Cada vez que ocurre algo como esto escucho lo mismo "Debemos diseñar un plan", pero mientras lo hacemos, hay gente que termina gravemente herida, o desaparece o muere… Mientras esperamos el plan perfecto, corremos el riesgo de que a cualquiera de los dos Usami no les importe nada más y se aparezcan aquí con el cuerpo lleno de bombas y nos maten a todos. Mientras estamos esperando "el plan" no sabremos si Hatori vivirá para contarlo.

—Masamune, baja la voz— pidió Ritsu señalando la puerta de Chiaki.

—Estoy tan frustrado como tú, pero ¿Qué esperas que hagamos? ¿Nos armamos hasta los dientes y vamos a matarlo? Empezando por no saber dónde está, vamos a cometer los mismos errores que tratamos de enmendar.

— ¿Entonces vamos a dejar que más gente muera? — Masamune se había puesto de pie y lo estaba confrontando— ¿Como Asahina, como Yukina, como Yui?

—Creo que todos debemos calmarnos— intervino Ritsu sintiendo que todo se estaba volviendo más y más tenso— Todos estamos muy indignados por lo que está pasando, pero Nowaki tiene razón, Masamune. No podemos simplemente ir a buscar a Hatori sin un plan. Podemos morir nosotros también y todo será en vano.

Tsumori veía todo aquello como quien mira un experimento y anota los resultados. Se sentía un poco extraño, pero para él era imposible conmoverse aún a sabiendas de que estaba mal. Quería ver como este nuevo giro de los acontecimientos impactaba en Nowaki y si por fin lo impulsaba a actuar.

Masamune caminó hacia la terraza con Ritsu tras él dejando a Nowaki y Tsumori solos en la sala.

— ¿Sabes algo? —comenzó sin que nadie se lo preguntara—. Todo esto de no querer matar a nadie te ha convertido en un blandengue y por eso continúas perdiendo.

Nowaki lo miró con el rostro compungido, no estaba de humor para sus impertinencias.

Y no, no me mires así— continúo—. Vives pensando que sólo actuando desde tu posición de redimirte y desde tu promesa de no matar a nadie Usami se va a condoler de ti, o se siente inspirado a entregarse y querer cambiar de vida, y créeme. Te morirás esperando que eso pase.

— ¿Y qué esperas que haga entonces? — Por fin respondió— ¿Qué me vuelva a subir en una azotea y le dispare a la cabeza?

—Que lo confrontes. Porque eso es lo que debiste haber hecho desde un principio. Todo esto, todos los que han muerto han pagado las consecuencias de lo que tu egoístamente decidiste. Y si sigues en tu posición privilegiada de ser protegido por Kamijô mientras te escondes cada vez que sientes que Akihiko Usami está cerca de tu espalda, un día lo vas a perder a él también. Y será causado por tu propia cobardía.

No tienes que ir a matarlo— hizo una pausa camino a la puerta de Chiaki—, pero haz algo, lo que sea. Antes de que Hatori muera creyendo en ti, como todos los demás.

Y entró a la habitación de Chiaki dejándolo solo.


Masamune dio una larga calada al cigarrillo antes de expulsar todo el aire. Estaba comenzando a caer la tarde en la terraza y al estar rodeado de árboles y lejos de la ciudad, sentía que sus ideas fluían mejor. Pero la sensación de estar aún escondido continuaba en su pecho junto con la incertidumbre de todos los días; no saber si ese sería el último atardecer que lograría ver.

—Me frustra mucho la gente que elige ser cobarde— confesó a Ritsu tras él — No es algo que tienes que hacer para protegerte, es algo que elegiste. Sé que está mal, pero me frustra la gente que elige esperar que existan las condiciones ideales para solucionar algo cuando todo lo que deben hacer es tener las agallas de intentarlo.

Podía parecer una confesión al azar, pero Ritsu entendía totalmente lo que estaba diciendo.

—Y sé que está mal— continuó —. Y sé también que Hatori fue un imbécil, pero… ver esas fotos me recordó que, al final… nadie va a resolver esto sino nosotros. Los que nunca nos enfrentamos frente a frente con Usami. Los que nunca le dimos un derechazo en la cara y le dijimos que no nos iba a controlar más. Fuimos unos cobardes y estamos pagando por ello con todo esto. Y gente inocente está pagando por ello… como ese hombre de la policía.

Ritsu no supo que decir. No halló nada que pudiese consolarlo.

—Y escuché a Nowaki decir que necesitábamos un plan otra vez y… pensé de nuevo en lo que me preguntaste aquella vez ¿Cuánto más tenemos que esperar? ¿Cuántos planes más vamos a probar? ¿Cuánta gente más tiene que pasar por todo esto?

Ritsu tomó su mano y se recostó en su espalda, esperando que eso sirviera de algo.

Quisiera que algún día este miedo a los atardeceres desapareciera.


Se sentó en la sala de espera fuera del quirófano y sentía todo el peso del mundo encima de los hombros.

Su esposa no dejó de llorar cuando la llamó a darle la noticia. Lamentó tanto lo que pasaría con su pierna, pero agradeció en medio de las lágrimas que estaba vivo y corrió al hospital a verle. Miyagi sentía que se le caía el rostro de la vergüenza al verla llegar.

—Gracias— le dijo en medio de los sollozos en un abrazo trémulo y nervioso— Gracias por estar aquí, Miyagi.

Se sentía muy mal. Shinoda era uno de sus amigos más cercanos; habían ido juntos a la universidad e incluso Miyagi había sido su compañero durante el tiempo que estuvo en la policía antes de terminar sus estudios. Cuando Miyagi se divorció de Risako, fue Shinoda quien se sentó a escucharle y quien le prestó su apoyo en todo momento.

Apretó las manos en dos puños. Todo lo que podía pensar o incluso decir, eran maldiciones a los Usami, a ambos.

Sintió algo cálido arroparle los hombros y alguien se colocó a su lado. Cuando se volvió era Shinobu.

—Shinoda estará bien— dijo— Lo que merece es nuestro respeto. No nuestra lástima.

Miyagi entendía cuanto Shinobu había madurado a través de este proceso y como sus palabras habían impactado en su actitud devolviéndoselas cuando más las necesitaba.

Se pasó ambas manos por la cara cuando el médico salió del quirófano.

—Está bien— dijo con alivio—. Luego de unos meses de recuperación y terapia podrá usar una prótesis. Por ahora, dejemos que descanse. Ha sido un día largo.

Ambos asintieron y el médico se alejó. Sólo pudo mirar hacia el pasillo, imaginando todo lo que vendría después.

—Vamos a casa a descansar un poco, Shinobu— dijo dando media vuelta—. Necesitaremos mucha energía de ahora en adelante.

Shinobu entendió lo que quería decir.

Así levante esta ciudad piedra por piedra— Susurró— Voy a encontrarte, Usami.


Haruhiko Usami miraba el tablero de ajedrez en su escritorio. Sólo quedaban unas cuantas piezas.

Él mismo había sufrido importantes pérdidas, exponiéndose demasiado y ahora que lo miraba desde una perspectiva más fría, la cacería comenzaba a hacerse tediosa, siguiendo los mismos pasos de su padre sabía que a la larga permanecer escondido lo llevaría a una derrota inminente.

Si conocía lo suficiente a Akihiko sabía qué pensaría lo mismo, de todas formas habían sido educados de la misma manera. El enfrentamiento frente a frente era inevitable a estas alturas.

Habían pasado casi nueve años desde ese día.

— Bueno, supongo tendrá que ser a las malas— dijo encogiéndose de hombros—. Igual ya no hay nada que quiera en esta ciudad.

Ijuiin lo miró un poco confundido mientras derramaba un poco de licor sobre el tablero para luego arrojar un cerillo encendido.

— ¿Qué haces? — preguntó mientras lo veía caminar hacia la puerta. El fuego había llegado a las cortinas.

—Es el momento del jaque, Ijuiin— sonrió un poco—. Vamos a visitar a mi hermanito.