LXXXIV. Rezar
"Levanto la cabeza y el mundo está en llamas.
Hay pavor en mi corazón y miedo en mis huesos
Y no sé qué más puedo decir…
Tal vez rezaré…"
Pray- Sam Smith
Hiroki miraba a Miyagi reunido con el comandante de la policía y sentía que estaba viendo una escena lejana, algo a lo que él no pertenecía.
Habían pasado algunos meses desde que todo había comenzado y ahora que sentía el final tan cerca y el costo que este podía tener, comenzaba a llenarse de nuevo de ansiedad, pues siempre que creían tener a Akihiko Usami donde querían pasaba algo; se sacaba algún truco del sombrero mágico y volvía a huir, dejándolos con más desventajas. Ahora sentía que la pérdida de esta ocasión podía serlo todo. Incluyendo a Nowaki.
También sabía que esto era algo que debía hacer, que debía enfrentar y que había pospuesto por demasiado tiempo. Para que todo esto tuviese una clausura para ellos, debían plantarle cara a Akihiko Usami y cerrar ese capítulo en sus vidas antes de poder comenzar de nuevo.
Pero cuando los Usami fueran a la cárcel… ellos también debían entregarse. Aquello le oprimió el corazón.
Miró hacia donde estaba Ritsu y también halló en su expresión algo de incertidumbre. Caminaba de un lado al otro llevando papeles, leyendo cualquier cosa que se pudiese atravesar por su vista, manteniéndose ocupado quizás para no pensar demasiado.
— ¿Puedes acompañarme un momento, por favor?— sintió la mano de Miyagi sobre su hombro y lo acompañó a la terraza.
Tienes que confiar en nosotros— dijo, sacando un cigarrillo de su bolsillo y llevándoselo a los labios—. Y en él.
— No puedo evitar preguntarme qué pasará si fallamos otra vez— respondió en un suspiro.
— Es nuestra última oportunidad, Kamijô. No podemos fallar— su expresión era muy seria mientras exhalaba el humo—. No puedo darme ese lujo.
Hiroki sabía que por muy ansioso que se sintiese ya no había vuelta atrás, aquello por lo que había esperado desde aquella primavera se acercaba y ya no podía evitarse. Tomó una profunda bocanada de aire para serenarse y pese a todo su miedo y todas sus dudas, había decidido enfrentarlo, igual que Miyagi, igual que Nowaki.
— Vamos por ellos— sentenció.
— Vamos por ellos— Miyagi le palmeó el hombro un par de veces antes de volver a la sala. Ya Kirishima estaba allí.
— Detesto esta actitud tuya de querer resolver todo a balazos— dijo mientras continuaba apuntándole—, pero si esa es la única forma de dialogar contigo… supongo que no hay de otra.
Akihiko miraba de reojo al pasillo por donde Ijuiiin acababa de marcharse, sabía que si encontraba a Misaki en el despacho sabría defenderse bien, pero la idea de que lo lastimara, aunque fuese un poco, le generaba mucha ansiedad.
Estás ciego por ese muchacho— le dijo leyendo sus intenciones—. Eso ha sido tu ruina.
— Supongo que eso nos diferencia— le dijo—. Yo no voy por ahí matando a la gente a la que supuestamente amo.
— ¿Crees que me hieres con eso? — Preguntó con sorna— No seas ridículo. Nuestro padre nos enseñó a no tener apegos hacía nada, ese era el camino hacia el poder… Por eso intentaste matarme ¿no?
— Pudiste dejar a Takahiro en paz y de haberlo querido todo este basurero habría sido tuyo.
— Sabes que no es cierto. El favorito de nuestro padre siempre fuiste tú— respondió—. Por eso siempre terminaba haciendo tu voluntad, como dejar a esos dos aquí— dijo con un poco de rencor— pero bueno, lo hecho, hecho está… voy a acabar contigo como debí haberlo hecho desde un principio… adiós, hermanito.
Ambos dispararon casi al mismo tiempo. Haruhiko sintió como algo atravesaba su estómago a gran velocidad; mientras Akihiko sintió lo mismo, pero en el pecho, cerca del pectoral derecho.
Haruhiko se llevó la mano al estómago para contener la herida y apuntó de nuevo.
— Así muera en este lugar— jadeó— voy a matarte.
— Traje lo que me pediste— le dijo sacando un objeto largo y delgado de una envoltura. Era de color negro y era quizá el último vestigio de aquel vínculo que una vez hubo entre ellos, por lo que desprenderse de él, aunque ya no sintiera lo mismo que cuando se lo dio a guardar, le producía nostalgia.
— Gracias— contestó Masamune desenvainando una larga espada plateada. Su filo estaba intacto, como si no tuviera diez años escondida—. Has sabido cuidarla bien por mí.
— Esperaba que nunca tuviese que entregártela— confesó con algo de pesar.
— Igual yo— le acompañó en un suspiro—. Esperaba nunca tener que pedírtela. Pero… en el fondo de mí mismo, sabía que no podríamos huir por siempre. Esto tenía que pasar… era inevitable.
— Trata de volver vivo— le pidió—. Ese muchacho se va a morir si no regresas.
— ¿Estás preocupado por mí? — bromeó—. Pensé que ahora te gustaba más la gente de la ley.
— ¡No seas idiota! — le respondió un poco avergonzado—. Hablo en serio, Masamune. Ten cuidado.
— Lo sé, lo sé— le sonrió como en aquellos días, sólo que esta vez había más calidez en su mirada—. En esta ocasión tengo a donde regresar.
Guardó la espada a sus espaldas y le dio un abrazo muy fuerte.
Gracias por siempre cuidar de mí— susurró con cariño— Yokozawa.
Takafumi le abrazó de vuelta. Siempre sería su más preciado amigo.
— No te despidas, idiota— le dijo— Vuelve y come con nosotros. Y trae a ese periodista contigo.
Masamune asintió con una sonrisa y salió de la habitación. Por alguna razón, Takafumi se sintió un poco asustado; como si aquello realmente hubiese sido una despedida.
Dios, si estás allí… por favor haz que regresen sanos y salvos— Pensó.
Nowaki estaba colocándose el chaleco antibalas cuando Hiroki se acercó.
— Todo está listo— le dijo con algo de preocupación, pero manteniéndose firme—. Te vigilaremos desde afuera de la casa.
— Volveré— le dijo acunando una de sus mejillas en sus manos. Hiroki sintió como temblaban un poco también.
— ¡Por supuesto que tienes que volver, idiota! — exclamó con un poco de vergüenza—N-no puedes faltar a tu promesa…
— Nunca. Sin importar lo que pase— susurró acercándose a su rostro—. Siempre volveré a donde Hiro esté.
Y lo besó antes de marcharse a reunirse con el resto.
Dios, si puedes oírme… tráelo de vuelta a casa— clamó en su interior mientras enlazaba los dedos casi por instinto.
— Bueno, entonces con esto estamos listos— dijo Yamazaki mientras se acomodaba el chaleco antibalas— ¿Están seguros de que ellos no son peligrosos?
— En lo absoluto, Yamazaki— contestó Miyagi. Habían decidido contarle todo al nuevo comandante de la policía puesto que igualmente lo descubriría una vez debieran arrestarlos. Además, lo sintió como una manera de ganar su confianza y de que no le pasara lo mismo que a Shinoda sólo por no conocer la magnitud del peligro al que estaba expuesto— confiamos en ellos con nuestras vidas… además, son los únicos que pueden ayudarlos a sacar a Hatori vivo de allí.
— Bueno, en ese caso entonces creeré en usted— respondió antes de mirarlos—. Escuchen siempre nuestras instrucciones y apenas divisen algo sospechoso avisen al resto para que todos podamos salir vivos, ¿está claro?
Nowaki y Masamune asintieron a la vez.
— Bien, Miyagi y Kamijô se quedarán con el escuadrón que está afuera de la casa en caso de necesitar refuerzos— explicó— Takatsuki se quedará aquí con Iida para mantener vigilados a Yoshino y al Dr. Tsumori.
Iida; tienes a tu cargo al escuadrón 1B— le dijo a un muchacho alto de cabello negro— Haz que el comandante Shinoda se sienta orgulloso.
— ¡Sí, señor! — exclamó Iida con firmeza mientras se ponía en posición firme.
— Ustedes dos entrarán con el escuadrón 1A y abordarán la casa— ordenó a Masamune y a Nowaki— Su prioridad es sacar a Hatori con vida. El resto tratará de capturar a Akihiko Usami y a Misaki Takahashi.
Todos los oficiales se pusieron en marcha hacia la puerta principal. Ritsu vio la espalda de Masamune alejarse de él y sintió la imperante necesidad de detenerlo, de rogarle que no se fuera, pero también sabía que nunca podría tener una vida normal si no enfrentaba esto de una vez por todas.
"Quisiera dejar de temer a los atardeceres"
Tomó aire apretando las manos sobre el pecho y cerrando los ojos rezó a cualquiera que pudiese apiadarse de él.
Por favor, Dios… te lo suplico…devuélvemelo vivo
— Ya se fueron— dijo Tsumori mientras miraba a Chiaki con las manos enlazadas murmurar.
— Dios, sé que ha cometido muchos errores, pero Tori es lo único que tengo— casi lloraba—. Tráelo de vuelta, por favor.
Aun con la herida en el estómago no dejaba de apuntarle. Akihiko sentía que el pecho le escocia, pero también se mantenía allí; quizás movido por el mismo resentimiento que le causaba tenerlo allí en frente. Después de tantos años.
— Tienes pésima puntería— jadeó mientras la mano en su estómago se llenaba de sangre—. Estar demasiados años detrás de un escritorio te ha hecho débil.
—Si quisiera matarte de un solo disparo lo habría conseguido— respondió—; pero sería hacerte un favor.
Haruhiko iba a disparar de nuevo, pero comenzó a marearse, sentía náuseas y la visión se le nublaba mientras la fuerza en sus piernas comenzaba a ceder.
Una sonrisa perversa se dibujó en los labios de Akihiko Usami mientras su hermano mayor caía de rodillas, sin poder resistir más la herida que lo estaba desangrando.
— No sé si sabías— comenzó a decirle mientras se cubría la herida en el pecho—, que durante todos estos años desarrollé muchas cosas para poder protegerme de ti.
Escuchó los pasos de Akihiko acercarse hacia él, y cada uno de ellos retumbaba en el eco del salón haciéndose más desesperante, más terrorífico. Mientras sentía que sus manos temblaban y le costaba respirar.
— Mira tu estómago— le ordenó— y sin pensarlo demasiado Haruhiko se rasgó la camisa. Donde había recibido el disparo comenzaba a gangrenarse en medio de rojos y violetas mientras no pudo contener más las náuseas.
— Me envenenaste— jadeó de nuevo después de vomitar—. Eres un maldito…
Akihiko se hincó delante de él y le tomó de los cabellos. Haruhiko sentía como le costaba mantener los ojos abiertos y sus órganos comenzaron a retorcerse dentro de él haciéndolo gritar de dolor.
— Quiero que sufras tanto como sufrió Takahiro— susurró mirándolo con expresión impávida, como si su dolor no fuese suficiente— Que te retuerzas, que te desesperes como él se desesperó al morir.
Haruhiko sintió como sus dedos se entumecían y como su garganta se cerraba impidiéndole respirar. Desesperado comenzó a extender los brazos tratando de tomarlo del cuello.
— Mal….na…cido— alcanzó a gemir, pero ya no lograba ver nada, sólo sentía un dolor galopante en las venas.
— Mate— susurró Akihiko en su oído y lo dejó caer; justo antes de que comenzara a convulsionar.
Poniéndose de pie frente a él vio su boca llenarse de espuma blanca mientras las convulsiones duraron un par de minutos antes de dejar de moverse. Tenía los ojos vidriosos, inyectados de sangre y la cara hinchada hasta casi desfigurarse.
— Nos vemos en el infierno— sentenció antes de volver a dispararle en la cabeza. Sólo por si acaso.
Ijuiin escuchó disparos, pero no se devolvió a averiguar qué había pasado. Después de todo, Haruhiko ya había dejado de ser interesante en el momento en el que puso un pie en esa casa y, por ende, su interés se había movido hacia algo mucho más fascinante.
Algo en él había cambiado desde que sintió que podía poner sus manos en torno a la reina negra. Sin ninguna atadura o nada que perder podía simplemente darse el gusto de explorar cada una de sus respuestas mientras lo estuviese cazando, mientras peleara con él, cuando al fin lograse capturarlo, cuando pudiese poner sus manos en torno a su cuello, cerrándole el aire hasta que no pudiese respirar.
Se relamió los labios, casi podía saborearlo.
Entró al despacho y sintió una ráfaga cerca de él cuando el filo de un cuchillo se detuvo en su cuello.
— Al fin solos… Misaki— susurró mientras sonreía extasiado.
