N. de la A.: No es domingo, pero no importa xD igual ha pasado muchísimo tiempo desde la última vez que subí un capítulo a este "fic". Lo peor de todo es que la mayoría están listos para salir al mundo, pero nope, los miro y siempre encuentro algo que no me gusta... así que siguen esperando, jajaja.
Pero hoy es diferente. Hoy es una ocasión especial.
Inicialmente este one-shot iba a ser un regalo de navidad xD me pasé poh jajajaj, me pasé un poco de la fecha :P pero ¡aquí estoy!
Este capítulo, en toda su extensión, es un regalo para mi mejor amiga Jill Filth. Porque amo su fic "Resurrección" y quiero leer ese final ¡pero ya!
Amiga, te adoro, te amo y te quiero con todo mi oscuro corazón. Eres la mejor del universo, y aunque me he demorado más que la csm en publicar este fic, quiero que sepas que cada palabra ha nacido para darte un gusto. ¡Te amo hasta el infinito!

Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Capcom.

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Born to die – Lana del Rey

En las afueras del palacio de gobierno estadounidense, la gente caminaba con su ritmo acelerado típico de la capital. Todos ensimismados en sus propios problemas, ajenos a cualquier asunto que no tuviera directa relación con sus vidas. En medio de aquel caos ordenado que constituía el tránsito peatonal de las calles aledañas al palacete, un par de soldados se abría paso con ligereza. El más alto y fornido se desplazaba con cara de pocos amigos; el otro, menos corpulento pero aun así fibroso, caminaba con el paso seguro de quien no debe nada a nadie.

Ellos eran Chris Redfield y Piers Nivans, quienes apenas pusieron un pie en la Casa Blanca fueron recibidos casi con vítores por todos los empleados del lugar, que se desvivieron inmediatamente en atenderlos: agua, galletas, cómodos sillones… Ellos se mostraron humildes y aceptaron los mimos con agrado mientras se dirigían a su destino.

Chris sacó su teléfono móvil y marcó el número de Claire con la intención de preguntarle en donde se juntarían. Aprovechando que estaba ahí mismo, saludaría también a Leon Kennedy, ya que hace meses no lo veía.

—Hola, Claire. Sí, estoy aquí. ¿Cinco minutos? Vale, no hay problema. Dile a Leon que se asome también. Okay, te espero —colgó rápidamente—. Siento haberte pedido que me acompañaras, Piers —dijo a su compañero.

—No hay problema, tampoco es que tuviera mucho que hacer —respondió alegremente.

—Uhm… Casi te creo —observó Chris con sus ojos llenos de agudeza—, pero luego de lo ocurrido con Jenna te has vuelto de lo más playboy. ¿No tienes algún pub que visitar hoy? ¿Chicas que se rindan a tus pies?

Piers no podía enfadarse con su capitán cuando le hablaba en ese tono socarrón, porque sabía que en el fondo se preocupaba por él.

—Me estoy portando bien, señor —replicó con una sonrisa bufona.

—Eso espero, porque el único que sale perdiendo eres tú.

—¿Me va a sermonear, capitán? ¿Me va a dar la charla?

—¡Oh, vamos! —Chris le dio unas palmaditas en el hombro—. Ya sabes a qué me refiero. Es solo que no te veo como… como un chico de esos. Pero si quieres divertirte un rato, nadie va a juzgarte.

Ambos tomaron asiento en un mullido sofá. Piers estaba en silencio, porque las palabras de Chris siempre conseguían hacerlo sentir como un hermano menor apabullado por la sabiduría del mayor. Tal vez él era capaz de ver en su interior; lo herido que se encontraba tras haber deseado casarse con una chica preciosa como Jenna… solo para descubrir que era una arpía sin corazón, que estuvo a punto de comerle las entrañas y desechar los despojos por el ducto de la basura. Ahora huía de los ojos grises y cabellos rubios, porque le recordaban a quien jugó con él por algo más de dos años. Al menos ella tuvo la decencia de rechazar su propuesta de matrimonio, o además su vida se habría transformado en un jodido infierno.

Piers sacudió la cabeza y murmuró: —¿Sabes, Chris? De repente me dieron ganas de ir a un pub para que las chicas caigan a mis pies.

Redfield soltó una risita suave.

—Haz lo que debas, pero antes saluda a Claire, porque ahí viene.

Ambos hombres se levantaron del sofá al mismo tiempo mientras la menor de los Redfield avanzaba con rapidez para dar a su hermano un abrazo apretado, el cual concretó en pocos segundos.

—Cada vez que te veo estás más musculoso —bromeó la pelirroja plantando un besito tierno en su áspera mejilla.

—Deja de recordármelo; estoy en el peak de mi estado físico. —Soltó a Claire para dar un apretón de mano a Leon, que aparecía en ese instante—. ¿Cómo estás?

—Bien, ¿y tú? —respondió Leon tras saludar a Piers con una inclinación de cabeza.

—Algo preocupado —Chris resopló—, ¿te contó Hunnigan que…?

Ambos se enfrascaron en una rápida conversación en la que Claire no tuvo ningún interés de participar. Sus orbes azul grisáceo estaban fijos en Piers, quien se veía bastante silencioso y distraído.

—Estoy aquí —canturreó agitando una mano en la cara del soldado.

—Perdona… —Nivans abrazó a la activista y le dio un beso en la frente—. Tu hermano no se callaba nunca.

—Sé lo que es eso. —Preocupada, Claire peinó con los pulgares las cejas de Piers—. Oye… ¿estás bien?

—Sí. —Ella le dedicó una miradita escéptica—. No empieces tú también.

—Todavía no he dicho nada.

Ambos rieron al mismo tiempo, sin que ello distrajera a Chris y Leon de su parloteo incesante.

—Tengo cosas que hacer ahora, pero quería saludarte —dijo el joven Nivans.

—¡Eres tan dulce! Hace mucho que no nos veíamos. ¿Quedamos mañana? Todavía no me iré de Washington.

—Vale, te llamo y nos juntamos. —Volvió a abrazar a la pelirroja. Su calidez siempre le daba mucha calma. —Nos vemos, Chris, Leon —se despidió con un gesto de la mano para luego retroceder y abandonar la habitación.

¿Por qué había salido huyendo? No lo sabía muy bien, pero sí tenía bastante claro que deseaba un cigarrillo con locura y una buena botella de bourbon. Lástima que hubiera dejado de fumar hace años… Ahora le estaba haciendo mucha falta una agradable dosis de tabaco. Al menos el bourbon sí podría disfrutarlo, o eso esperaba, antes de que apareciera alguna chica que despertara su instinto sexual y se la follara como un loco en cualquier rincón.

Piers salió por una de las puertas laterales del palacete. Antes de ir a ninguna parte tenía que cambiarse de ropa, ¿cómo se le había olvidado que llevaba puesto el uniforme?

"Tranquilo, Nivans. Ha pasado tiempo como para que sigas apuñalándote con lo de Jenna, así que ahora irás al hotel, te pondrás la camisa más sexy de tu armario y saldrás a dominar el mercado."

Estaba pensando en ello cuando sus ojos, por inercia, se fijaron en una agraciada jovencita de cabellos castaños que se paseaba de un lugar a otro hablando por celular. No tendría más de veinte años según su parecer; llevaba el pelo corto hasta los hombros, pantalones y chaqueta tipo vaquero de color azul, camiseta diminuta que revelaba un bonito estómago, y por último un cuerpo curvilíneo tan bien formado que obligó al soldado a detenerse un momento. ¿Quién era esa muchachita tan linda?

Ella, por su lado, no paraba de gesticular mientras caminaba en círculos por el pasto que rodeaba la Casa Blanca. De pronto se giró hacia Piers y lo miró, clavándole unos ojos azules… ¿o verdes?, coquetos como ellos solos. Ambos se miraron por algunos segundos; ella muy concentrada, él tragando saliva repetidamente, hasta que la chica rompió el contacto y volvió a manotear con aparente rabia. Con quien fuera que estuviera peleando la cosa parecía no tener remedio, así que Piers se encogió de hombros y continuó caminando. Tenía en mente visitar un local que quedaba bastante cerca de su hotel, así podría llevarse a la chica de turno sin tener que esperar por una habitación disponible. Sonrió sin darse cuenta de que la desconocida había vuelto a observarlo a la distancia, y no lo perdió de vista hasta que su figura se difuminó en las calles de Washington.

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Una hora más tarde, Piers Nivans entró con paso decidido al St. Regis Bar, famoso por su fina decoración y buena comida. Sin perder ni un segundo, caminó hacia la barra para pedir una cerveza; con ello partiría la noche. No había necesidad de embriagarse, quería tener la cabeza fresca… al menos de momento.

Tomó asiento en el taburete y pidió la cerveza que más le gustaba. Llevaba una camisa gris, pantalones de mezclilla oscuros que le marcaban el trasero, zapatos negros y una cazadora beis que había abandonado despreocupadamente en el respaldo del taburete. Cuando se inclinó en la barra, sus brazos mostraron que había mucho más que ver debajo de la camisa; eran musculosos, bien formados, y Piers estaba muy orgulloso de ellos. Recibió el bebestible con gusto, le dio un largo trago, se giró… Y vio a la chica de hace rato, la que peleaba por el teléfono móvil, a unas mesas de distancia. Estaba solo acompañada por un Cosmopolitan casi vacío, lo cual podía significar dos cosas: o esperaba a alguien, o andaba de ligues como él. Piers se sorprendió a sí mismo deseando que fuera la segunda opción, pero no había cómo saberlo a menos que se acercara a conversarle un rato. No iba a darle muchas vueltas; se aclaró la garganta un par de veces y caminó hacia la chica desconocida llevando la cerveza y su cazadora en una mano. Cuando pasó por su lado fingió que se tropezaba para poder agarrarse de la mesa con una excusa, aunque fuera ridícula.

—Perdona —dijo Piers—. No estoy borracho, te lo aseguro.

—Está bien —respondió ella. Sus ojos azul-verdoso afinaron la expresión cuando le vieron la cara, como si estuviera rebuscando en su registro mental dónde había encontrado antes esos rasgos masculinos.

Piers le dedicó una sonrisa al decir: —¿Te molesta si me siento aquí un momento? Me llamo Piers.

—Yo soy Deborah… aunque… —Se mordió el labio, sin duda con justificada desconfianza.

—Te aseguro que si me pongo pesado, podrás echarme sin ningún esfuerzo.

—Claro… —Su memoria pareció encajar de pronto como una pieza de lego: ¡era el atractivo soldado que pasó cerca de ella mientras discutía por teléfono hace rato!—, eh, no creo que me molestes, la verdad.

—Eso es bueno. —Tomó del brazo a un mesero que pasaba casualmente por la mesa y le pidió otra cerveza y un nuevo Cosmo—. Ese corre por mi cuenta. ¿Charlamos?

—Mamá me enseñó que no debo hablar con extraños —dijo Deborah con cierta altivez, mas su sincera sonrisa botó por tierra sus intenciones de parecer indiferente.

—Ella tenía mucha razón, pero yo no soy un desconocido. Me viste afuera de la Casa Blanca, ¿no?

—Puede ser… Pero, ¿cómo sé que no eres un sicópata?

—¿Lo parezco? —Piers se señaló a sí mismo con ambas manos, provocando que Deborah sintiera un rápido escalofrío atravesando su columna vertebral. Dios, qué sexy resultaba mirar un cuerpo tan esbelto.

—Bueno, pues… —la muchacha fingió que se tomaba su tiempo pensando, pero lo que en realidad hacía era analizar aquellos ojos cafés, más transparentes y cálidos que cualquiera en su memoria. No recordaba a alguien que tuviera una mirada tan llena de confianza como la del joven Piers. Si es que ese era su nombre real, aunque, ¿por qué mentiría?

—Yo creo que deberías confiar en tu instinto —sentenció él.

—Mi instinto ha sido un asco varias veces.

Piers alzó ambas cejas, un poco sorprendido por la respuesta. Sonaba sincera, era fácil dilucidarlo por su lenguaje corporal, pero el tono herido que usó encendió todas sus alertas.

—Diría que el mío también ha dejado mucho que desear. —No deseaba revelar lo de Jenna a una extraña, pero afirmar aquello en voz alta le resultó más agradable de lo que habría imaginado.

—Entonces, quizás no sea una completa coincidencia que nos encontremos en este lugar, ¿verdad?

—Puede ser, así que voy a presentarme de nuevo. Me llamo Piers Nivans —le tendió la mano, que Deborah estrechó sin titubear—, soy un soldado de la BSAA, y hace rato estaba acompañando a mi capitán.

—Hola, soy Deborah Harper. ¿Por qué estabas con tu capitán? —Imitó el tono respetuoso que usó el joven para referirse a su superior.

—Él tenía una reunión con su hermana, que casualmente se encontraba en la Casa Blanca. ¿Y tú, qué hacías ahí?

—Esperar a mi hermana, que trabaja para el gobierno. —Deborah se mordió la lengua disimuladamente, esperando no haber revelado demasiado, pero la verdad era que le agradaba mucho la voz de su interlocutor; tenía un tono tranquilo que la animaba a confiar. Agitó las manos rápidamente—. Hace poco la transfirieron —añadió, porque tenía la sensación de que debía explicarse un poco más.

—Ya veo. —Piers vació su botella y la dejó a un lado, esperando que llegara la nueva que había pedido—. ¿Puedo preguntar a qué te dedicas, Deborah? Te ves muy joven.

—Estoy en la universidad —sonrió complacida—, cumpliré veinte años en unos cuantos meses.

—¡Vaya! ¿Debería preocuparme de que pronto lleguen tus compañeros de clase y me despachen a patadas?

—Para nada… De hecho, vengo escapando de ellos, un poco… —Soltó una risita ligera.

—Aún recuerdo mi época de estudiante… ¡Eh, que no fue hace tanto tiempo! No hace falta mirarme así.

Pero la advertencia cayó en saco roto, porque Deborah cruzó los brazos alrededor de su estómago y rió con ganas. A Piers le encantó que pareciera una chiquilla tan alegre; le hacía falta de eso en su vida, un poco de sana despreocupación.

En ese momento volvió el mesero con la botella de cerveza y una nueva copa de Cosmopolitan para Deborah. Ambos brindaron antes de dar un sorbo a sus respectivos bebestibles.

—Tengo veintiséis años —murmuró Piers haciéndose el ofendido.

—Oh… Bueno, te conservas bastante bien para ser un viejo —bromeó Deborah mordiéndose el labio inferior. Observó con atención el duro perfilado de sus cejas, que se veían aún más angulosas debido a la expresión escéptica que había adoptado su rostro.

—¿Podría un viejo hacer esto? —Encogió su brazo derecho apoyándolo en la mesa, para así realizar una absurda demostración de sus grandes bíceps. Deborah volvió a reír.

—Déjame tocarlo, no vaya a ser algún truco para que se vea tan grande…

Piers se unió a sus risas cuando la chica palpó repetidamente el duro músculo, convencida finalmente de que allí no había truco alguno, solo muchos años de gimnasio y buena alimentación.

—De acuerdo, me rindo: tus brazos son perfectos —sentenció Deborah.

—Así está mejor. ¿Ya dejé de ser viejo?

—No tan rápido, solo he aceptado que tienes un físico espectacular. —Al ver que Piers hacía amago de desabrocharse la camisa, se apresuró a exclamar: —¡Eres joven, eres joven!

La gente del bar estuvo a punto de enmudecer al escuchar un simpático dúo de risas que parecían adquirir cada vez más volumen.

—Parece que estamos haciendo un poco de escándalo —dijo el joven soldado observando a su alrededor—, pero no dejes de reírte. Te ves preciosa.

Deborah acentuó su sonrisa, dejando ver un pequeño hoyuelo que se le formaba en la mejilla izquierda cuando se encontraba particularmente contenta.

—Tú eres muy guapo, Piers. —Él agradeció el halago con una breve inclinación de cabeza, tras lo cual su rostro pareció muy sereno.

Luego de aquel divertido intercambio, Piers y Deborah continuaron bebiendo y conversando como si se conocieran de toda la vida. La muchacha se preguntaba por qué sentía una química tan fuerte, sin saber que él estaba pensando lo mismo. Les parecía raro, pero inevitablemente sucumbieron al hecho de que tenían mucho en común: libros, películas, música, pasatiempos varios… Hablaron por horas, bromeando incluso con la forma en que se las arregló Piers para iniciar la conversación. Deborah difícilmente podía recordar una cita improvisada tan perfecta como aquella afortunada coincidencia.

—… y entonces le escondieron las ropas a Chris en lo alto de un árbol. ¡Te habrías reído un montón! El pobre salió corriendo del camarín como Dios lo trajo al mundo, vociferando improperios, mientras Finn grababa la escena. Unos días después le enseñamos el video y pensamos que le había dado un ataque o algo, porque se puso morado y no dijo palabra… hasta que soltó una carcajada tan fuerte que escupió saliva hacia todos lados. ¿Te lo puedes creer? Nuestro capitán tiene sus momentos.

Deborah ya tenía dolor de estómago por haberse pasado las últimas dos horas y media riendo sin parar.

—¡Todo un personaje diría yo!, ¿y se vengó?

—Claro que sí. Nos puso chile molido en la ropa de entrenamiento, ¡fue espantoso! —Instintivamente, Piers se rascó el torso mientras recordaba.

—¡No! —Se llevó una mano a la boca—. Como para no volver a hacerle una bromita ¿eh?

—La verdad es que vivimos tomándonos el pelo entre todos, si no, estaríamos bastante estresados —explicó acariciando el cuello de la botella.

—Creo que le falta algo de eso a mi hermana Helena. Siempre la he encontrado un poco amargada… y nunca se ha llevado particularmente bien con sus compañeros.

—Tal vez ella se toma la vida más en serio y por eso la ves así.

Deborah alzó la mirada.

—Puede ser. —Ambos sonrieron—. ¿Y tú, siempre has estado en la milicia?

—Sí, toda mi familia está compuesta por militares. Es el único camino que he querido seguir desde que tengo uso de razón, pero hubo un tiempo en que estuve algo perdido… Chris me sacó de allí y me integró a la BSAA. No me malinterpretes, pero estaba desilusionado de la milicia; la mayoría trabajan para los políticos y no para el país. Entrar a la BSAA, conocer la forma en que Chris lleva a su equipo, fue justo lo que necesitaba. No somos solo compañeros, somos familia.

—Definitivamente eso es lo que le falta a Helena. Pero no he podido convencerla nunca.

—Tal vez ahora encuentre un mejor compañero, ya que ha cambiado de trabajo.

—¡Ojalá! Tal vez incluso la obligue a ir de ligues; este bar está cerca de la Casa Blanca. Podría partir por aquí.

Ambos volvieron a sonreírse al mismo tiempo.

—Y hablando de eso… ¿por qué viniste a este bar, Deborah?

—Esa es una pregunta muy fácil de responder.

Ambos se observaron fijamente en ese instante. El lugar pareció adquirir un ritmo diferente, como si estuvieran en una dimensión en la cual el tiempo corría más lento. Lo único que mantenía un compás constante eran los latidos de sus corazones, que de pronto parecieron fusionarse en una sola respiración. Sí, los dos querían lo mismo. Ambos acudieron a aquel local con idénticas intenciones. ¿Por qué no concretar sus deseos juntos, ya que estaban comunicándose sin problemas?

De improviso, el teléfono móvil de Deborah comenzó a sonar insistentemente. Piers reconoció la canción como una de las favoritas de su hermana Christie: Born to die, de Lana del Rey.

—Dame un segundo —pidió Deborah, levantando un dedo frente a Piers—. Hola, Helena. Sí, todo está bien. Estoy en un bar… Uhm… No empieces, por favor —comenzó a golpear la mesa con los dedos—. Ya sabes que no me gusta que me controles; soy un adulto y hago lo que quiero…

—Eh… ¿Deborah? Dame tu teléfono —dijo Piers extendiendo una mano. Ella le hizo caso sin saber por qué—. ¿Helena? Me llamo Piers Nivans y estoy con tu hermana en este momento. Nos conocimos en la Casa Blanca mientras ella te esperaba. Soy un soldado de la BSAA y mi número de registro es el veinticuatro doscientos cincuenta y seis. Sí… —Repitió la última parte para que Helena pudiera anotarlo, y también le dictó su número de teléfono móvil—. Llámame para que sigamos conversando. Bien.

Nivans cortó la comunicación y le devolvió el móvil a Deborah, que lo miraba bastante impresionada.

—¿Por qué esa cara? Es mejor que ella esté segura de que no estás con un sicópata.

—Piers… —No pudo continuar la idea, puesto que el celular del joven empezó a sonar en ese instante.

Deborah sabía perfectamente que Helena no se quedaría tranquila hasta saber con quién se estaba metiendo. Siempre había sido sobreprotectora, pero ese empeño se intensificó desde que estuvo a punto de morir asfixiada por cortesía del estúpido de Michael, su último ex novio. Gracias a él anduvo un par de semanas con bonitas marcas en el cuello y un ojo morado que el maquillaje escondía bastante bien, excepto por el sangrado interno de su orbe, por el que no tuvo más remedio que usar lentes de sol en todas sus clases de la universidad. Deborah odiaba acordarse de ese imbécil, pero Helena y su actitud maternal no la permitían dar vuelta la página. Apreciaba que su hermana fuera tan preocupada, pero la muchacha ya comenzaba a gritar por un poco de independencia conforme avanzaba el tiempo y todo seguía igual.

A pesar de todo, Michael también sufrió lo suyo cuando Deborah le rompió un brazo y le estrujó los testículos hasta hacerlo vomitar. Era un verdadero consuelo saber que ese idiota no había salido indemne del altercado.

Deborah miró a Piers, que parecía muy cómodo lidiando con los nervios de Helena. De seguro era un buen muchacho, no solo guapo, sino alguien en quien se podía confiar. Eso, o realmente deseaba meterse en sus pantalones… Cualquiera de las dos opciones era buena para ella.

Cuando Piers finalmente cortó la comunicación y devolvió su móvil al bolsillo trasero, Deborah decidió que no seguiría perdiendo el tiempo pensando.

—Me gustas —afirmó bebiendo de su Cosmo—. Eres lindo.

—Tú eres preciosa. —Piers sonrió de medio lado—. ¿Quieres venir conmigo?

—Sí —un ligero sonrojo le cubrió las mejillas—, conozco un hotel cerca de aquí.

—De acuerdo. —Ni siquiera sugirió usar la habitación de su hotel, ya que comprendía que la chica necesitaba sentirse segura, en terreno neutral.

Los siguientes minutos pasaron de manera vertiginosa. A pesar de las protestas de Deborah, Piers pagó las bebidas sin escuchar ningún reclamo. Estaba tan concentrado en lo que se venía que no le importó nada, solo se distrajo un poco mientras esperaba que llegara el taxi que había llamado mientras pagaba en el bar.

—Deborah…

—¿Sí, Piers…?

La chica apenas alcanzó a preguntar qué ocurría, pues su acompañante la sujetó por la cintura con firmeza para besarla; tan evidente era su intención que ella pudo leerla en sus ojos sin ningún problema. Alzó la barbilla para mostrar su consentimiento implícito, señal que Piers esperaba ansioso, por lo que apenas la vio se inclinó para poder tomar la boca de Deborah tal y como venía deseando desde que la vio en las afueras de la Casa Blanca. Sujetó su carnoso labio inferior mientras lo lamía lentamente, para luego usar la lengua con erotismo consumado contra sus dientes y, prontamente, también contra todo el interior de su boca. Sabía a vodka, a arándanos, y a mujer. Esa combinación hizo que su entrepierna saltara de felicidad, expectante por lo que ocurriría después.

La reacción de Deborah no se hizo esperar. Se sujetó a los musculosos brazos de Piers como si la vida le fuera en ello; forcejeó con él por mostrarle que también podía besar con maestría, danzando primitivamente sus lenguas la una contra la otra en una muestra de instinto salvaje, y cuando notó que él se excitaba notoriamente, alzó una pierna y la enrolló alrededor de su cintura. Si él la tomaba como un poseso en el callejón cercano no iba a tener ningún problema; lo deseaba tan intensamente que le dolían los pezones, era como si gritaran por un poco de placentera presión.

Pero el taxi arribó pronto, así que ambos tuvieron que recomponerse antes de ingresar al vehículo. Piers escuchó a Deborah dar la dirección con voz algo trémula; lo cierto era que sentía su miembro vibrando por debajo de los pantalones y le costaba mucho mantener la concentración. Sorpresivamente, Deborah emitió un gemido bajo y su delicada mano femenina viajó rápidamente hasta su paquete. Él la miró, maravillado por su osadía, y también miró al conductor, pero este no parecía enterarse de nada. Deborah se acercó con naturalidad y siguió acariciando su miembro a través de la ropa, ocultando el movimiento de su brazo con la mitad de su cuerpo mientras Piers le mordisqueaba una oreja.

Aunque ellos no lo supieran, el taxista entendía perfectamente lo que estaba ocurriendo —le sobraba experiencia y, desde luego, no era ciego—, así que de vez en cuando echaba vistazos por el espejo retrovisor sonriendo, recordando su propia juventud alocada. Anunció que había llegado a su destino con suavidad para no asustar a sus pasajeros y, cuando estos se bajaron, aceleró atravesando la oscuridad reinante sin poder quitarse una sensación agradable del pecho.

Piers pidió una habitación en la recepción del hotel. Tras pagar le dieron la llave, con lo que ambos jóvenes salieron casi corriendo hacia el elevador. Dentro disfrutaron de una nueva sesión de besos desesperados y manoseos mutuos hasta que pudieron concentrarse dentro de la habitación privada que los albergaría por esa noche.

Deborah arremetió contra la camisa de Piers, desabrochando los botones con dedos ansiosos. Mientras le quitaba la prenda lo besó repetidamente en la boca, tironeando de su labio inferior con los dientes. Cuando consiguió su objetivo bajó las manos y se concentró en el paso siguiente: su cinturón. Piers permitió que ella lo desvistiera para así hacer él un poco de lo suyo acariciándole los pechos por encima de la camiseta. Le quitó la chaqueta cuando se dio cuenta de que ya no aguantaba más tanta ropa encima.

—Los… pantalones… —jadeó Deborah.

—Tú también…

Cuando ambos quedaron en ropa interior se observaron por unos segundos, deleitándose con lo que sus ojos veían. Piers notó que su miembro se endurecía cada vez más al contemplar la hermosa figura de Deborah, su piel ligeramente tostada, su cintura estrecha, sus grandes senos, y Deborah a su vez apenas podía contener la emoción de ver el cuerpo trabajado y musculoso de su amante. Comenzó a abrir y cerrar las manos con impaciencia, desesperada por tocarlo, apretarlo, lamer cada centímetro de piel que tuviera a su alcance…

Ambos se lanzaron a besarse nuevamente al mismo tiempo, colisionando los cuerpos como un choque de asteroides. Piers sentía su estómago invadido de fuegos artificiales al tiempo que sus manos apretaban los glúteos de Deborah. No pudo contenerse más y de un solo tirón convirtió en añicos las bragas de ella, relegándolas a un rincón de la habitación.

—Vas a pagar por eso —prometió la muchacha, con un brillo demencial en los ojos.

Deborah cayó de rodillas al suelo, tironeó los calzoncillos de Piers para bajarlos y cuando lo consiguió, se llevó su pene a la boca y se lo introdujo hasta el fondo de la garganta.

—¡Epa! —alcanzó a exclamar Piers antes de sentir, nuevamente, los labios de Deborah rozando la piel de su bajo vientre.

Por inercia, el muchacho tomó la cabeza castaña y empezó a guiar sus movimientos. No dejaba de pensar en lo buena que era dándole placer oral… ¡Perfecta! Tan perfecta que no le importó sentir que sus uñas le estaban arañando el trasero. ¿Qué más daba?

Luego de unos minutos, Piers la apartó para poder corresponder a sus acciones. La guió hasta la cama para que se sentara y, esta vez, fue él quien se arrodilló para hundir la cara en la entrepierna femenina. Batió la lengua con frenesí contra su clítoris, arrancándole sonoros gemidos una y otra vez, succionando, mordiendo despacio, penetrándola ligeramente con la punta de la lengua. Hizo que Deborah se estirara en la cama para tener un mejor acceso a su cavidad expectante, con la que siguió jugueteando sin descanso. Lamió y lamió hasta que no le dejó más remedio que rendirse a un delicioso orgasmo que la pilló desprevenida.

A tientas, Piers buscó la mesita de noche donde estaban los condones; tomó uno y lo dejó encima del cobertor. Deborah gimoteó desconsolada apenas percibió que la boca de Piers se apartaba de su vagina.

—Hey… —Piers la consoló dándole un beso largo y profundo, mezcla de eróticos sabores, haciéndole el amor a su boca tan bien como lo había hecho con su entrepierna—. Ahora mismo vuelvo ahí, pero… —levantó el condón y se lo mostró—, ¿quieres ponerlo tú?

—Dámelo —pidió con una sonrisa.

Sin moverse de su posición, Deborah rasgó con los dientes el paquete plateado y apretó la punta con firmeza, deslizando el látex por todo el largo y ancho tronco de Piers, quien de solo contemplar su concentración estuvo a punto de correrse irremediablemente. A punto.

—Hermoso —suspiró la chica—, pero te necesito dentro. ¡Ya!

Piers obedeció de inmediato, frotándole el clítoris con su capullo para luego introducirse sin esfuerzo en ella, moviéndose despacio al inicio para que se acostumbrara a la deliciosa invasión que se estaba produciendo en su cuerpo. Cuando consiguieron acoplar sus ritmos, todo lo demás se fue dando con la misma naturalidad con que conversaron en el bar. Piers, sabedor de que el orgasmo había dejado a la chica hipersensible, se concentró en embestirla cada vez con mayor fuerza, pujando ligeramente hacia arriba, con la intención de encontrar su punto G. Deborah meneó las caderas para ayudarlo con su búsqueda, lo cual resultó en un nuevo orgasmo demoledor para ella.

—¡Piers! —exclamó mientras el placer se derramaba por toda su zona sur.

Las contracciones de su interior aceleraron el orgasmo que se estaba gestando en Piers, por lo que pocos segundos después él también se corrió rugiendo de puro placer. Rodó hacia un costado de la cama, respirando agitadamente. Deborah giró la cabeza para mirarlo, para deleitarse con la visión de sus abdominales marcados sacudiéndose suavemente en su estómago. Estaba segura de que podría volver a correrse simplemente observándolo.

—Eres buenísimo —admitió en un susurro.

—Todavía no me he esforzado de verdad.

—¡Oh…!

Piers volvió a rodar por la cama para quedar casi encima de Deborah. Mirándola directo a los ojos, la besó primero en la mejilla y luego en la boca, incitándola a dejarlo entrar, cosa que no tardó mucho en ocurrir. Usó su lengua persuasiva por algunos minutos hasta que la dejó más excitada que al inicio, si cabía.

—Dime que podemos hacerlo de nuevo —gimió sofocada.

—Toda la noche.

Deborah se mordió el labio. Por una milésima de segundo temió hacerse adicta a él, porque intuía que no solo era magnífico en el sexo. Tuvo miedo de que fuera siempre tan dulce y gracioso como en el bar, pero esa inquietud pasó pronto. Nunca se había amedrentado por ningún hombre, bueno o malo, y este tampoco sería el caso. Recorrería el camino que le tocara vivir, y si él estaba en ese trayecto, mejor aún.

Piers sonrió en ese momento; sus ojos se iluminaron. Como Deborah, también intuía que podría no ser solo sexo con ella; como fuera, recibía con los brazos abiertos al destino.

Deborah lo besó nuevamente. Era maravilloso estar vivo.

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¡Sexo, sexo, sexo! XD jajajajajaja.
¡Muchas gracias a todos los que me leen! Prometo que pronto volverán a saber de mí :D
Y Nicky, espero que lo hayas disfrutado tanto como yo amé escribirlo. Te adoro muchísimo.
¡Publica ese final pronto!