LXXXVI. La trampa

"Si encuentras una forma de vivir, sin servir a un maestro, a cualquier maestro… entonces háznoslo saber, por favor"

The master.

Nowaki levantó las manos lentamente para que Akihiko viera que estaba desarmado.

Algo en el fondo de su mente le dio claras señales de que aquello era una trampa, siempre lo había sido, de eso estaba seguro, pero quería encontrar a Hatori, quería confrontar a aquel a quien llamó "señor" por tantos años y ponerle un cierre a esa etapa en su vida, para avanzar finalmente, para perdonarse finalmente.

— ¡Vaya que eres ingenuo!— le dijo Akihiko sin disimular su arrogancia—. Aunque francamente no sé decir con exactitud si esto es otra de tus insolencias.

Estaba más preocupado por el estado de Hatori que requería atención urgente. No solo su salud, si no su cordura parecían pender de un hilo muy fino. Lo miraba con el pecho agitado. Nowaki sentía que podría perder el ojo si no lo atendían rápido.

— Estamos rodeados de policías— respondió Nowaki— déjelo ir. Quizás así…

— ¿Obtendré clemencia? — Completó Akihiko con sarcasmo—. No me interesa. Todo lo que está pasando es lo que merece. Y no imaginas lo que tengo preparado para ti y Masamune.

— Por favor, se- se detuvo a mitad de la frase ¿Aún podía llamarlo señor?

Akihiko comenzó a reir.

— Ya veo… las cosas han cambiado mucho. Levántate.

Ordenó aquello intentando infundir el temor de antaño, pero Nowaki obedeció más por lo que pudiese hacerle a Hatori que porque aún le tuviese algo de temor… o respeto.

Se giró lentamente hasta darle el frente. Akihiko ya no lucía prolijo como cuando abandonó el clan. Tenía el cabello mucho más largo y menos arreglado, unas profundas ojeras marcaban su rostro hasta casi hundir sus ojos, no llevaba corbata ni saco y tenía una herida sanguinolenta en el hombro derecho solo cubierta por un pedazo de tela rasgado.

Eso le generaba un profundo sentimiento de lástima. Todos, incluso él, no soportarían el peso de sus mentiras por demasiado tiempo.

— Le pido por favor que detenga esta locura— intentó razonar—. Esta herido y dudo que pueda escapar con todos los policías allí afuera rodeándolo.

— Es que no vamos a escapar— le dijo en un tono tranquilo y pausado que le dio escalofríos—. Nadie saldrá vivo de esta casa… ¿Verdad Hatori?


— ¿Puedo saber por qué le acaba de decir que la casa está rodeada de policías? — Iida le preguntó a Shinobu quien trataba aun de entender porqué Nowaki acababa de revelarle a Usami tan importante información— ¡Acaba de tirar a la basura todo el plan!

— Debe tener algo entre manos— musitó Shinobu más para sí mismo que para responder. Nowaki era impulsivo, sí, pero dudó en que se jugara su única vía de escape de una manera tan arriesgada—. Debe estar tratando de negociar.

— ¿Negociar? — Iida le respondió aún más irritado— ¡Estamos hablando de Akihiko Usami! Ese hombre es un monstruo, un asesino, un criminal. ¿Está usted seguro que ese hombre aún no trabaja para él? Porque de otra manera…

— Iida, ya basta— Kirishima les interrumpió—. Los hombres que están allí adentro son de nuestra entera confianza y conocen mucho mejor a Akihiko Usami de lo que nosotros podemos asumir. Seguramente Nowaki sabe lo que está haciendo, por lo que te sugiero que mantengas la calma… y las presunciones al mínimo ¿podrás?

— Sí, señor— contestó el oficial y Shinobu en el fondo le agradeció a Kirishima que pudiese manejar la situación de manera mucho más elegante que él.

— ¿Estará intentando negociar con él? — esta vez se dirigió a Shinobu quien asintió no del todo seguro.

— Kirishima, no es conveniente que usted esté aquí— le dijo alejándolo este último, alejándolo un poco del resto, donde no llamaran demasiado la atención—. Puede poner en peligro su posición si el fiscal de distrito…

— Yo no voy a hacer nada, Joven Takatsuki— El fiscal de distrito Sumi entro por la puerta principal junto a Yokozawa—. Mi hijo está en esa casa y le pedí a Kirishima que hiciera todo lo que estuviese en sus manos por sacarlo vivo de allí sin escándalos. Por eso, nadie se enterará de que los está ayudando.

Shinobu miró a Kirishima y luego al fiscal de distrito, y luego volvió a mirar fijamente a Kirishima.

— Lo sé, pero es necesario— respondió Zen prácticamente leyendo su mente. Shinobu sintió la necesidad de responder algo más; de decir que aquello no podía considerarse honesto cuando escuchó a través de su auricular un carraspeo.

— Asumo que quien está escuchándome debe ser un policía… o Kirishima, o Miyagi… o Kamijô Hiroki— dijo la voz al micrófono.

Shinobu la reconoció de inmediato.

— Akihiko Usami— espetó.

— Bueno, sea quien sea— continuó Akihiko con arrogancia—. Comienzo por decirle que considero una grosería que se aparezcan en mi casa y pretendan invadirla sin haber sido invitados.

Sepan que en este momento todos los que están dentro de esta casa son mis rehenes. Incluyendo al hijo del fiscal de distrito—. Continuó hablando con el micrófono que le había arrebatado a Nowaki mientras le apuntaba—. Frente a mí está Yoshiyuki Hatori, quien está bastante herido, la verdad… pero lo peor no es eso… es lo que hay junto a él.

Shinobu comenzó a sentir como los nervios subían por sus manos erizándole la piel. Esa sensación conocida de estar en un pozo de agua helada.

En la habitación donde esta Hatori hay una bomba y digamos que él es… el detonador— sonrío. Nowaki miró a Hatori con una expresión de terror y desconsuelo—. Si se llega a mover de donde está, o bueno, debido a la gravedad de sus heridas, se muere… todos volaremos en pedazos.

Shinobu sintió como el aire se cerraba en su garganta. Aquél hombre era un monstruo, un psicópata. Era capaz hasta de volarse a sí mismo en pedazos con tal de no rendirse, de no enfrentar lo que había hecho.

— ¡Es un maldito enfermo!— susurró mientras sus manos temblaban.

Las rodillas de Hiroki cedieron en cuanto terminó de escuchar todo y dio a parar al suelo. Aquello no podía ser posible.

— Nowaki…— suspiró en un hilo de voz, sintiendo como se iba la existencia.

— Esto es malo, es terrible— Yamazaki miró a Miyagi—. Ese hombre está loco.

— Debemos pensar en cómo sacarlos de allí— Respondió Miyagi con las ideas a mil por hora—. Tienen que salir todos vivos. Es como lo que le sucedió a Kirishima. Necesitamos que Nowaki o el mismo Hatori nos expliquen cómo funciona la bomba… Kamijô, comunícate con Shinobu y dile…

Hiroki no respondía. Seguía mirando con los ojos perdidos hacia la casa.

— yo…. Tengo que ir allí— susurraba levantándose—. Tengo que sacar a Nowaki de allí.

Estuvo a punto de correr hacia la entrada cuando lo retuvieron del brazo. Era Miyagi.

— No puedes entrar— le dijo con firmeza—. Tienes que confiar en que los sacaremos. No puedes arriesgarnos más.

Hiroki sentía las lágrimas correr por su rostro. Nowaki estaba adentro, solo; con un demente que había decidido matarlos a todos. Sentía que sus peores miedos de nuevo se harían realidad.

Confía en nosotros, Kamijô — le dijo mirándolo a los ojos mientras lo sostenía de los hombros. No podía darse el lujo de perder el control esta vez; no podía cedérselo a Akihiko Usami —… confía en él… y confía en ti. Vamos a sacarlos.

Hiroki dejó caer los brazos a sus costados y suspiró levemente apretando la mano contra el peto del chaleco antibalas. De nuevo, solo podía confiar.

Takano es el único que nos puede ayudar ahora — agregó Miyagi tratando de idear un plan— pero si no está con Nowaki… ¿Entonces dónde está?


— ¿Por- que- no- te- mueres- de- una- vez? — preguntaba Haitani mientras lanzaba golpes con su espada. A diferencia de la última vez, era más torpe y sus movimientos eran más lentos, supuso que como consecuencia de sus heridas. Masamune lo hallaba lastimero en ese punto. Sentía que si él no moría; Haitani no tendría motivos para vivir, todo habría sido en vano, todo se perdería.

Conocía el sentimiento pues él lo vivió cuando pensó que Ritsu moriría.

Con la espada que Takafumi le había guardado, Masamune se sentía mucho más seguro que la primera vez. Sin embargo, sabía que debía tener mucho más cuidado; un corte de aquella espada solo lo lastimaría pues estaba dañada, esta otra definitivamente lo mataría.

Masamune había tomado la decisión de solo defenderse hasta donde pudiese, pero sabía que Nowaki necesitaba su ayuda, y si Misaki aparecía posiblemente estaría en peligro y necesitaría refuerzos. No podía permanecer demasiado tiempo allí. Tenía que demostrarle a Haitani que lo sentía y que ya no era el mismo, y si por la espada era la única manera de que entendiera, entonces por la espada se lo haría saber.

Haitani notaba que los movimientos de Takano eran mucho más decididos que la última vez. No era como que sintiera que iba a matarlo, sino como si tratase de enmendar sus errores durante la pelea. Halló su forma de pelear como si quisiera redención y eso le enfureció; no eran unos malditos samuráis; el solo lo quería muerto para vengarse de lo que le había hecho a Satoru, solo así podría morir en paz.

Tomó la espada con ambas manos y se lanzó hacia él. Quería cortarle la cabeza de un tajo, quería que se desangrara hasta morir; rebanar su garganta y verlo suplicar por aire para respirar.

Masamune notó la furia con la que se lanzaba hacía él y se giró por su flanco derecho para esquivarlo, pero Haitani liberando la espada de una de sus manos lanzó el filo en su dirección, cortándole algunos cabellos. Sin darle oportunidad de pensar su próximo movimiento, comenzó a abanicar el filo hacia su cabeza, haciéndole defenderse con los puños a lo alto, ensordeciéndolo con el chocar del acero de su filo contra el suyo.

— ¿Qué pretendes conseguir con esto? — Preguntó mientras de nuevo cubría su cabeza con el filo de su espada—. Matarme no va a devolverte a tu amante, ni va a darte paz… solamente tomarás un camino del que ya no podrás volver.

— ¡¿Y quién dijo que puedo volver ahora?! — Replicó un frustrado Haitani esta vez lanzando el filo hacia su torso, logrando un corte poco profundo— ¡No tengo a donde ir, ni con quien volver! ¡Todo se acabó el día que lo mataste!

Masamune sintió mucha culpa después de escuchar eso. Lo sabía, sabía que gracias a él había escogido un camino de donde ya no podía regresar, había tomado decisiones terribles que no podía enmendar.

— Sin embargo— susurró tomando con firmeza la vaina de su espada— lamento decirte, que no voy a darte mi vida… hay alguien que está esperándome.

— Tonterías— respondió Haitani colérico y se lanzó de nuevo contra él, esta vez tratando de asestarle con el filo de su espada en la cabeza. Masamune le rechazó con la suya con fuerza, lo que le hizo retroceder de un salto. Sentía su respiración agitada y las heridas de sus brazos comenzaban nuevamente a sangrar.

Haitani sentía como le dolía de nuevo el brazo que se lastimó la primera vez que lo enfrentó, pero debía ignorarlo. Sabía que después de esto no habría otra oportunidad. Así muriera en el intento; Takano debía morir, no era justo que pudiese seguir campante con su vida después de robar la de Satoru, no era justo que tuviera un futuro cuando él ya no tenía uno.

Ignorando por completo el dolor en sus articulaciones; tomó la espada con las dos manos para resistir y se volvió a lanzar hacia él. Intentando por el flanco izquierdo; Masamune lo evadió agachándose y arrastrando los pies para tumbarlo al suelo con una zancadilla que Shin logró esquivar dando un salto hacia atrás. Cuando aterrizó sintió como sus piernas flaqueaban. Allí fue donde Haruhiko le había golpeado.

Sabía que no le quedaba mucho tiempo, así que tornó su ataque más agresivo. No se iba a dejar vencer tan fácilmente como la primera vez.

— Solo uno de los dos saldrá vivo de aquí— masculló y de nuevo se lanzó a atacar.


— ¿Una bomba? — Kirishima sentía como todos sus órganos bajaban a su estómago.

— Está usando a Hatori como una especie de detonador— Shinobu le explicó—. Si se mueve, o se muere… explotará la casa.

— Está usando al hijo del fiscal de distrito para manipularnos; para que no entremos allí. Infeliz— respondió indignado Kirishima.

— Por eso se lo he dicho a usted primero. Yamazaki ha ordenado a la policía que no intenten nada de momento. Pero por lo que dijo el mismo Usami, Hatori está muy grave… no tenemos demasiado tiempo.

Shinobu parecía angustiado, y no era para menos. No importaba por donde lo viese, tenían todas las de perder. Por muy culpable que fuese de todo, el hijo del fiscal de distrito estaba allí; y dejar morir a Hatori significaba también hacerle un daño terrible a Chiaki.

— ¿Qué saben de Haruhiko Usami?

— Aún nada— respondió Shinobu.

— Debemos ayudar a Nowaki a desarmar la bomba— dijo Kirishima resuelto—. Solo así podrán salir.


Nowaki sentía como las manos le sudaban mientras miraba a Hatori tratando de no contraerse del dolor.

— ¡Ah, pero que falta de modales los míos! — Exclamó Akihiko mientras caminaba hacia Hatori—. Supongo que con esto puesto no puedes hablar.

Sin dejar de apuntar a Nowaki con el arma removió la cinta aislante de los labios de Hatori de un tirón.

Mucho mejor ¿Verdad? — preguntó.

— Eres un malnacido… estás enfermo— espetó Hatori apenas pudo hablar. Ya no le importaba nada más… haberlo usado para algo tan macabro, tan retorcido—. Eres un maldito monstruo.

— Vaya, vaya, Hatori… que modales— le reprochó moviendo el dedo índice de un lado al otro en una negativa— ¿Qué va a pensar nuestro invitado?

Nowaki le miró con el rostro contraído de furia. Ya no le cabía duda; era un monstruo.

La verdad es que el error fue mío al pensar que la lealtad simplemente se puede comprar— su tono de voz se tornó mucho más serio—. La ambición lleva al poder, el poder lleva a la desesperación y la desesperación a la locura, Nowaki.

— No podía retenernos toda la vida— le respondió Nowaki—. Somos humanos, no máquinas.

— Por eso no debí dejar que Kaoru los escogiera—. Su mirada se hizo mucho más sombría, casi apática—. Solo me rodeó de traidores… Bueno, nada que hacer ya. Pronto todo esto se va a acabar… solo necesito el tiempo necesario para finiquitar unos asuntos.

Se hincó junto a Nowaki y se acercó a su oído.

Matarte sería muy sencillo— susurró—. Quiero que los veas morir. Así me rogarás que te mate para no sufrir más por lo que has causado.

Se levantó para marcharse; llevándose el arma que Nowaki llevaba en la cintura.

Gracias por tus servicios, Hatori—le sonrió con sorna—. Finalmente has sido de utilidad.

Y cerró la puerta dejándolos en la luz tenue de la habitación.


Masamune comenzaba a agitarse, pero Haitani se veía aún peor.

En su desesperación por herirlo, se había infligido algunas heridas nuevas y se había lastimado otras. Sentía el peso de sus costillas en el estómago y las rodillas le recordaban que no estaba del todo bien.

Masamune también llevaba algunas heridas nuevas en su cuenta. Sentía las manos inflamadas en torno al mango de la espada y algo caliente escurrirse por sus piernas, supuso era sangre.

También notó como Haitani se hacía más lento con cada ataque y supo que debía parar. Más que buscar matarlo, estaba haciéndose daño a sí mismo.

— Suficiente de juegos— le escuchó jadear mientras de nuevo empuñaba la espada en las dos manos, tomando impulso para un ataque final—. Voy a matarte, Takano.

Corrió hacía él a toda velocidad empuñando la espada en alto con las ultimas fuerzas que le quedaban. Masamune leyó sus movimientos esquivándolo por el lado derecho, golpeándolo con fuerza con el filo opuesto de la espada en las muñecas.

Haitani sintió algo parecido a un clic y luego un dolor insoportable que le hizo caer al suelo.

Sus manos cayeron hacia adelante sin que fuese capaz de moverlas, los dedos comenzaban a inflamarse poniéndose morados y el dolor le hizo morderse el labio para no comenzar a gritar.

— Tuve que romper tus muñecas porque de lo contrario no te detendrías— le dijo con voz comprensiva mientras se acercaba a él—. No vas a conseguir matarme y estás haciéndote daño.

— Maldición— comenzó a gemir y los ojos se le llenaron de lágrimas—. Maldición, maldición, maldición… maldito… Hasta el último momento… te muestras superior... maldito asesino…

— No voy a pedir tu perdón, pero no voy a matarte— le dijo tomando su espada del suelo para luego partirla en dos con la suya—. Y tampoco permitiré que me mates. Si lo que quieres es que pague por lo que hice… tendrás que confiar en la justicia de la misma manera en que lo haré yo.

— Tú… vas a volver con Onodera— reprochó— ¡Y yo no tendré nada!

Haitani recordó los ojos de Satoru mirándole con picardía durante el desayuno, el lunar sobre sus labios, su perfume, la forma de su espalda. Apoyó la cabeza de la pared y dejó sus lágrimas correr un poco.

Deseo seas muy infeliz, Takano… solo así la vida podrá recompensarme— maldijo.

Masamune estuvo a punto de decirle algo más, pero escuchó un disparo que rozó su rostro para terminar incrustándose en la frente de Haitani; acabando con su vida sin mayores ceremonias.

Unos pasos se acercaron a él, llevaba la ropa llena de sangre, incluso las manos.

Masamune había olvidado la sensación de incomodidad que le producía su expresión. Como un miedo indescriptible.

— Misaki— susurró girando la espada de nuevo.

— Takano— respondió—. El primer traidor.