N. de la A.: ¡Hola! Antes de leer este capítulo, quiero contarte que para comprenderlo es necesario que hayas leído mi antiguo fic «Ojos color cielo», ya que los dos personajes originales de este corto escrito son de esa historia.
Nuevamente la dedicatoria va para mi mejor amiga Nicky, también conocida en estos lares como JillFilth. Cuando escribía los diálogos de Sam, me acordaba de nosotras xD ¡te amo muchísimo! Pronto tu continuación del Debiers ;)
Disclaimer: Leon Kennedy pertenece a Capcom.

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You get what you give – New Radicals

—Ay, nena, es que estoy tan contenta de que volvieras que tengo ganas de saltar. ¡No vuelvas a irte de esa manera! —Sam Reynolds regañaba así a su mejor amiga, Noiholt Maüser, por desaparecer un año sin previo aviso.

—Lo siento. —Noiholt realmente lamentaba lo sucedido, pero ya estaba hecho. Disculparse mil veces no sería suficiente, pero era lo único que podía hacer.

—Ya, bueno… Igual lo entiendo. Pero no más.

—No más —repitió la alemana en tono cansino.

Cuando Noiholt volvió con Leon a Estados Unidos tras abandonar su misión de encubierto en Inglaterra, Sam apenas había podido verla pues la muchacha fue suspendida de sus funciones, y con ello de por medio, aprovechó de escaparse a su país natal acompañada de su novio, con quien pasó finalmente un mes en el caribe. Al regresar, Sam no perdió un instante y se la llevó por el fin de semana a un conocido hotel en Las Vegas, donde disfrutaron de la hermosa playa artificial que constituía la mayor atracción turística del enorme complejo. Leon despidió a su novia con un «que te diviertas» juguetón, ya que sabía de sobra que Noiholt odiaba las aglomeraciones de público.

Así pues, esa tarde, ambas mujeres bebían sin parar mientras se contaban todo lo que había ocurrido durante aquellos doce meses de separación. Llevaban horas conversando, lo que las convirtió en un bonito espectáculo para todos los presentes, pues se divertían notando lo extrovertida que parecía una, mientras la otra gesticulaba con breves movimientos de manos y cabeza.

—¡David es un idiota imposible! —exclamó Sam de improviso.

—No me digas que volviste a terminar con él…

—Pues sí. Y esta vez es la definitiva.

—Claro. —Noiholt meneó la cabeza y tragó de una sentada media botella de cerveza marca Weihenstephaner, su favorita, agradecida de que el hotel contara con ellas en la carta de consumo.

—No pongas esa cara. Te prometo que no volveré con él —insistió Sam.

—Claro.

Sam se cruzó de brazos, repentinamente enfadada. Noiholt le sonrió.

—¿Qué quieres que te diga, si cada vez que me juras eso vuelves con David a la semana siguiente?

—Es un idiota.

—Tú también.

—¡Pero bueno…! —Sam abrió sus ojos color verde mar desmesuradamente—. ¿Eres mi amiga o no?

—No digas tonterías. Los dos se han estado volviendo locos el uno al otro hace años; eso no tiene nada que ver con nuestra amistad.

—De la que te salvaste, querida —divagó la australiana, recordando que inicialmente su ex novio iba detrás de Noiholt.

—Oh, no, con Leon ya tengo más que suficiente —rió.

—Otro idiota más… Creo que tenemos mal ojo —dio un sorbo a su daiquirí de fresa, relamiéndose de gusto por el sabor ácido del trago.

—Nos gustan los desafíos.

—Probablemente. ¡Salud por nuestra terquedad!

Ambas chocaron sus bebestibles sonriendo. En ese momento, el barman se acercó a ellas llevando réplicas de lo que estaban consumiendo.

—Cortesía de la mesa quince —indicó con un guiño. Tenía bonitos ojos pardos, cuerpo bronceado y un cabello semejante al que llevaba en sus mejores años el famoso muñeco Ken.

Sam miró en dirección a la mesa señalada. Al ver que su ocupante alzaba su copa en honor a ella, decidió mostrarle un pequeño agradecimiento arreglándose la parte de arriba del biquini sin ningún pudor.

—¡Samantha! —Un violento sonrojo se apoderó de la pobre Noiholt mientras trataba de no ponerse a gritar.

—No te portes como una monja, por favor. Solo las está mirando —jugueteó un poco más con sus tetas, sacudiéndolas graciosamente por debajo de la diminuta tela que las cubría.

—Tú no conoces la vergüenza —protestó.

—Eso siempre lo has sabido. ¡Salud! —Tragó con avidez—. Ahora cuéntame qué tal es trabajar de encubierto.

Noiholt dejó la botella de cerveza en la barra, adoptando un aire melancólico que llamó la atención de Sam.

—Nunca debí aceptar ese trabajo. Creo… que estaba mal de la cabeza.

—No; tenías demasiado en la cabeza. No te culpes. —Miró a la alemana un rato, luego rompió el silencio con una frase dulce—: Estabas embarazada de Kennedy…

—Sam, ¿alguna vez te has preguntado cómo sería tener un hijo con Ortiz? —la interrumpió. Ella sacudió rápidamente la cabeza—. Yo tampoco había imaginado algo así con Leon, hasta que vi los test de embarazo. Nunca me han interesado los niños, pero… la idea de tener una parte de Leon creciendo dentro de mí… Creo que si vuelvo a embarazarme, seré muy feliz.

—¿Se lo has propuesto?

—Si tiene que pasar, pasará.

—Eres una chiquilla loca. —Sam le revolvió el pelo a Noiholt—. Te quiero.

—Yo también, pero deja de avergonzarme…

Sam soltó una carcajada que resonó sin esfuerzo por todo el bar. Tomó su teléfono móvil y abrió por enésima vez cierto archivo adjunto que no podía dejar de mirar.

—En verdad te veías muy diferente caracterizada como la doctora Dankworth —comentó mientras agrandaba la imagen en la pantalla de su celular.

En ella, se veía a Noiholt durante sus meses de encubierto. Su cabello rubio había sido reemplazado por una larga peluca negra y sus ojos celestes cubiertos por lentillas marrones. Llevaba una bata blanca en la cual colgaba la obligatoria identificación del recinto, que rezaba «Dra. Elizabeth Dankworth». La foto fue tomada delante del extinto hospital Saint Thomas, en Londres, antes de que este explotara junto con todos los experimentos biológicos que albergaban sus pisos inferiores.

—A Leon no le gusta verme así. Siempre se queja de que casi le dio un ataque cuando yo lo abracé el día que me encontró, porque él no pudo ver a través de mi disfraz —dijo Noiholt, dando un sorbo a su cerveza antes de que comenzara a entibiarse.

Nadie podría reconocerte así. ¡Si no pareces tú! Te ves como una auténtica mujer inglesa —se burló cariñosamente.

—¡Ja! Gracias. La verdad es que cuando me miraba al espejo en las mañanas, sentía como si estuviera en una permanente obra de teatro. Era lo único que me ayudaba a no volverme loca; ya sabes lo tímida que soy. Ocultar mi verdadera personalidad fue una tortura. Te echaba de menos a ti, y Leon… no pude dejar de pensar en él ni un solo día.

—Siempre obsesionada ¿eh?

—¡Mira quién lo dice! Australiana hipócrita —bromeó—. Salud, porque en menos de lo que canta un gallo, volverás con el idiota de tu novio.

Sam chocó su copa contra la botella de Noiholt emitiendo un sonoro quejido de disconformidad.

—No pienso hacerlo —dijo Sam luego de beber un largo sorbo.

—Apostemos.

—Cállate.

—¿No que estabas tan segura recién? —Sam le respondió con una serie de gruñidos inconexos—. Apuesto mil dólares a que vuelves con él antes del próximo fin de semana.

—¡Mil dólares! Estás más loca que una cabra si crees que voy a apostar esa cantidad de dinero contigo. ¡No soy tan rica como tú!

—Pero si me prometiste no volver con él… vas a ganar mil dólares fácilmente —replicó con una sonrisita llena de suficiencia—. ¿No dijiste que querías cambiar la cama?

—Noiholt: cierra la maldita boca. Ni en mil años conseguirás que apueste contra ti, ¡tienes sangre judía! ¡Olvídalo!

Noiholt soltó en ese momento una carcajada poco habitual para su carácter retraído. Había echado de menos a Sam más de lo que podía reconocer abiertamente, aunque esta echara chispas de furia por su desafío. Ambas se conocían lo suficiente como para importunarse mutuamente y por ello la amistad había sobrevivido ya tanto tiempo para sorpresa de su entorno, que no comprendía cómo una muchachita que apenas hablaba y una mujer que no callaba ni debajo del agua habían conseguido una unión tan poderosa.

Cuando Noiholt pudo calmarse un poco le sacó la lengua a Sam.

—Qué madura —respondió, riendo ahora también.

Tal vez el alcohol estuviera mostrando sus efectos más simpáticos por fin, ya que no pudieron volver a serenarse en toda la tarde.