N. de la A.: ¡Bienvenidos a este nuevo one-shot!

Antes de leer, debo contarles que este capítulo es la continuación de «Born to die», centrado exclusivamente en la relación de Piers Nivans y Deborah Harper. Al igual que dicho capítulo, este está completamente dedicado a mi mejor amiga Jill Filth, que hace poco estuvo de cumpleaños. No diré su edad, pero sí que amo a esta parejita por culpa suya xD

Si no han leído el fic «Resurrección», corran ya, porque es fantástico y uno de mis favoritos.

Amiga: Sí, yo te había dicho que eran 7K palabras... pero ¡te engañé! XD era una sorpresa.
Cada palabra de este fic va en tu honor. ¡Te adoro! Feliz cumpleaños.

Y a todos quienes pasen por aquí: ¡Gracias por leer!

Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Capcom.

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Love – Lana del Rey

El ruido sordo de un golpe contra la pared resonó en los alrededores, coronado por sonoros jadeos que revelaban una situación muy distinta de la que podría haberse percibido en primera instancia; aquello era goce puro, placer en su versión más primitiva.

—Piers… no… —susurró Deborah, aunque ese no era una expresión equívoca de lo que en realidad quería decir. Ella hubiera gemido «Sigue, por favor», pero su cerebro estaba medio desconectado, perdido en la espiral de infinito deleite que le regalaba su amante.

—¿Estás segura? —Por suerte para ella, su joven compañero ya no necesitaba escucharla para saber qué le gustaba.

Piers apretó los pezones de Deborah con dedos firmes, aplicando la cantidad justa de presión que no llegaba a doler, sino que enviaba descargas eléctricas de placer sin descanso a su zona sur.

La habitación de hotel en la que ambos se revolcaban era tan impersonal como cualquiera: una cama grande y sobria, algunos muebles, un par de lámparas, cortinas a juego, y una televisión que ninguno de los dos siquiera notó. Tras un marco abierto se encontraba el baño, en donde una tina de hidromasaje funcionaba sin sus ocupantes eventuales, quienes no habían alcanzado a utilizarla antes de que la pasión se desatara sin freno como cada vez que se veían.

El cuerpo de Deborah golpeó otra pared, que en su larga vida dentro de aquella habitación había presenciado contadas veces una cantidad tal de lascivia en dos personas.

—Déjate ir —dijo Piers en su oído, y su voz sonó como una orden muy dulce.

El soldado no solo concentró sus esfuerzos en los pechos grandes y firmes de Deborah, también una de sus manos acariciaba rítmicamente su entrepierna a través de las finas bragas de encaje que adornaban su piel acaramelada, un toque agresivo que aumentaba su placer, ya que el roce de la tela en la cumbre de su vulva intensificaba las sensaciones de gozo puro y estas, a su vez, recorrían su cuerpo de arriba abajo, de un lado a otro, volviéndola loca. Piers parecía no cansarse; de pronto le rompió las bragas y le introdujo dos dedos que continuó moviendo en su interior, con la boca fue trazando un sendero de besos y lametones que concluyeron en los pezones de Deborah, succionándolos con mayor fuerza cada vez. La muchacha emitió un quejido ronco, placentero, incapaz de expresar con palabras el intenso placer que estaba adueñándose de su cuerpo. Sus brazos envolvieron los hombros de su galán con fuerza y sus labios continuaban entreabiertos, temblorosos, con rastros de sudor en ellos. Resopló al percibir que Piers volvía a succionarle los pechos y redoblaba la fricción de su carne más sensible con dedos diestros; no pudo evitar el orgasmo y se corrió muy pronto entre gemidos interminables de pura pasión. Piers era un amante consumado, de eso no cabía duda, y su impecable estado físico contribuía a su casi inagotable resistencia.

El soldado continuó extrayendo hasta la última gota de placer de su cuerpo, que se estremecía aún con las réplicas del maravilloso orgasmo que le había regalado.

—Eres una bestia —musitó ella de pronto, en tono juguetón.

—Nunca me habían dicho algo así —respondió en el mismo tono.

—Entonces, no has estado con chicas que pudieran apreciar tu potencial como yo. —Caminó hacia la cama y se sentó en ella, cruzando las piernas—. Ven —lo llamó con el dedo índice. Su interior aún no dejaba de latir por completo.

Cuando tuvo a Piers cerca, le quitó los pantalones, la ropa interior, y se llevó su pene a la boca con ansias, como si estuviera desesperada por devorarlo. Comenzó a rodearle el capullo con la lengua, dando giros lentos y rápidos; luego, lo apretó un poco con los labios, escondiendo los dientes al inicio y luego asomándolos un poco, regalándole algo de rudeza que resultaba extremadamente erótica. Le introdujo la lengua en la pequeña abertura del glande y terminó succionándolo con desesperación, engulléndolo hasta el fondo de su garganta con movimientos cada vez más rápidos.

—Maldita sea, Deborah, no pares… —Piers no se encontraba muy capaz de hilar bien sus frases, pero contaba con el entendimiento de la chica.

Tenía mucha razón. Él y Deborah llevaban varias semanas saliendo juntos y habían conseguido acoplarse muy bien en el plano sexual. Eran totalmente compatibles en ese punto y aunque todavía estaban conociéndose como personas, llevaban al menos un buen terreno ganado.

La muchacha pronto cambió la succión para enloquecerlo con otra de sus maniobras favoritas. Empujó a Piers a la cama, se colocó arriba de él y utilizó la unión de sus senos para masturbarlo incrementando el ritmo de a poco, luego aplicando variaciones de velocidad precisas.

—Hazlo tú ahora —sugirió embebida de lujuria.

Deborah aprovechó que el soldado debía incorporarse un poco si quería jugar con sus pechos para morderlo en el cuello unas cuantas veces, y cuando el joven dejó caer la espalda sobre el colchón para no correrse aún, se inclinó rápidamente hacia su torso y se puso a lamerle los pequeños pezones oscuros con una sonrisa pícara. Piers se estremeció aún más. Ninguna chica le había hecho eso, y no podía negar que se le antojaba tan novedoso como excitante.

—¡Oye! —exclamó Deborah con la vista fija en uno de los pezones de Piers—. Esa es la marca de un piercing, ¿no?

Él respondió con una carcajada.

—Fue en mi época de mayor rebeldía, antes de ingresar a la milicia —señaló al terminar de reír. Deborah ronroneó.

—Me habría encantado conocer a ese chico. ¿Crees que lo hubiera conquistado?

Mientras finalizaba la frase, Deborah le hizo cosquillas torturándole el pecho que no había dejado de lamer. Piers se tapó la cara con un brazo.

—Se habría vuelto loco por ti —murmuró.

Ella creyó escuchar mal, aunque tanta pasión la atribuyó al buen sexo y no a algo realmente serio. Igual se quedó con la idea de no ser solo ella la que estaba cayendo rápidamente en sentimientos profundos por el sensato joven de cejas angulosas y mirada penetrante, sino que este la correspondía de maneras asombrosas. Se sentía muy dichosa, más de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo, y para recompensarlo se propuso regalarle un orgasmo que lo hiciera gritar de puro placer.

Sin despegar los labios de su piel tostada, se desplazó por su pecho hacia sus abdominales marcados, que besó y mordisqueó suavemente. Terminó el camino en su sexo endurecido para volver a introducírselo en la boca. Estaba tan hinchado que le costaba un poco llevarlo al final de su garganta, los ojos le escocían por el esfuerzo y la mandíbula ya le reclamaba un poco de descanso, pero para Deborah era fundamental reafirmar los lazos que la estaban uniendo poco a poco al destino de Piers con la única forma que ella utilizaba para ese fin: el sexo. Inconscientemente, creía que el deseo era un equivalente al amor, por eso odiaba cada vez que su terapeuta insistía en que debía buscarse a alguien que se interesara por su persona tanto como para verla fuera de la cama, no solo dentro.

Era posible que hubiera dado en el clavo al fin, ya que Piers no solo aparecía para acostarse con ella sino que también la llamaba habitualmente para saber cómo le iba en sus estudios y si se encontraba bien. Un día fue a buscarla a la universidad para llevarla de paseo, así conoció a la buena de Amy, su mejor amiga, que de inmediato se alió a él y le dijo a Deborah que ese era el hombre de su vida. Amy era una mujer muy centrada, pero también corría por sus venas una fuerte veta romántica, así que ver a quien consideraba una hermana emparejada con un fuerte soldado de mirada justiciera y músculos por doquier la emocionaba en niveles insospechados.

Deborah, tras varios tropezones, había aprendido a confiar en el sexto sentido de Amy. Mejor dicho, se había obligado a sí misma a seguirlo como si fuera la santa biblia luego del episodio ocurrido con Michael. Desde ese instante se juró nunca más cuestionar a su amiga, por lo que cuando esta le manifestó su felicidad al ver quién era el famoso Piers Nivans, prácticamente se desinfló de alivio.

—D-Deborah… —suspiró el joven soldado, sacándola de sus ensoñaciones.

Verlo así, con las mejillas rojas de placer, la boca entreabierta, la respiración pesada y el cuerpo tembloroso, entero a su merced, la hacía sentir muy afortunada. Se empleó a fondo otra vez, con toda la intención de vaciarlo en su boca para disfrutar de su sabor. Mientras succionaba le recorrió el cuerpo con las uñas, por completo en éxtasis y entregada a la deliciosa sensación de controlar todo su placer. Piers no hacía sino gemir guiando los movimientos de su cabeza con la mano engarfiada a sus cabellos de chocolate, lacios hasta la altura de los hombros.

—Voy a correrme —anunció.

La chica ya se había dado cuenta de que estaba muy cerca del orgasmo, pues el pene se le hinchó aún más y parecía furioso, como si fuera a echar lava en cualquier momento. A riesgo de ahogarse, Deborah se aventuró a rodearlo con la lengua, apretando los labios al mismo tiempo sin asomar los dientes. Batió incansablemente el músculo bucal hasta que sintió un fuerte latido. Apresuró el ritmo. Piers se estremeció con un rugido satisfecho mientras vaciaba toda su excitación en Deborah, que tragó rápidamente sin cuestionárselo.

Un silencio confortable se impuso entre ellos. El soldado alzó ligeramente la cabeza para sonreír a su chica, que parecía mansa como un gato cerca de la estufa.

—Creo que la tina de hidromasaje está lista hace un rato, podríamos continuar allí —dijo Piers.

—¡Eres insaciable! —se quejó Deborah en broma, mas su semblante pronto delató su verdadero ánimo—. Deja recuperarme antes de que me ataques en el agua. —Miró a la entrepierna masculina, sin evitar pasarse la lengua por el labio inferior—. Chico, cuánta energía —murmuró asombrada.

—Es que necesito despedirme apropiadamente; a saber lo que harás estas semanas sin mí.

Deborah controló su decepción rápidamente antes de que se le notara en el rostro. Odiaba aquellas cortas separaciones a pesar de comprenderlas gracias a la experiencia ganada con el trabajo de Helena, aun así, su lado egoísta reclamaba la presencia de Piers en su vida. Era una especie de sanación, y la buscaba como la panacea que representaba cada vez a más grandes pasos.

De todas formas, la sesión de sexo en la tina fue fabulosa. Sus cuerpos terminaron completamente saciados tras explorarse con manos y juguetes, por lo que cuando se despidieron en la puerta de la habitación que Deborah compartía con Amy, sus miradas reflejaron poderosos deseos de reencuentro apenas Piers regresara de su misión.

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Para Deborah, el periodo de clases transcurría en un rápido borrón. Prestaba una cantidad de atención mesurada, mientras que el resto de su mente divagaba pensando en el fuerte soldado. No podía negar que una de las cosas que más le gustaba de Piers era que no efectuaba preguntas personales ni la acosaba buscando respuestas acerca de su vida o de quién era. Sabía lo suficiente y estaba conforme… pero ella era caso aparte. Quería saber más de él, consciente de que era un poco injusto esperar que Piers estuviera dispuesto a contestar sus dudas siendo que ella no develaba mucho, por eso trataba siempre de irse por las ramas cuando se encontraba con alguna situación en la que el soldado no profundizaba respuestas, para ver si podía armar el rompecabezas con algunas de sus medias palabras.

Pero el sexo era genial, y Deborah prefería concentrarse en eso, porque la verdad más cruda era que le daba horror el momento en que debiera abrir sus sentimientos más profundos a él. Sabía que no podría eludirlo por mucho tiempo. Tenía muchas heridas sin cerrar, y estas no tardarían en salpicarles hiel apenas se relajara un poco.

—Necesito saber más de ti, Piers. Quiero conocerte por completo, pero no puedo si me apartas cada vez que intento acercarme —se atrevió a susurrarle una noche, con ambos cuerpos aún entrelazados tras una sesión de delicioso sexo sazonado de reencuentro.

Él compuso una mueca.

—No entiendo para qué quieres saberlo todo. Mi vida no es tan interesante como lo parece.

—Solo… quiero comprenderte, ¿vale? —continuó con lentitud—. Dame la oportunidad… ¿Me hablarás de tus cicatrices alguna vez?

—Sí, puede ser. No quiero llenarte la cabeza con esa mierda.

—Es importante para mí. Me gustas mucho…

Y mientras confesaba esa verdad que cada vez se hacía más poderosa, su mano derecha recorría dibujando círculos el estómago marcado de abdominales que lucía el soldado sin vergüenza alguna.

Piers giró un poco la cabeza, que mantenía recostada encima de su propio antebrazo, y miró fijamente a Deborah antes de responder.

—Porque me gustas —explicó con voz ronca y tranquila— es que trato de no mostrarte esa parte de mí. Un soldado a veces hace cosas de las que después se arrepiente. Sacrificamos mucho, pero el bien mayor lo vale todo.

Su otro brazo rodeaba apretadamente el cuerpo saciado de la muchacha mientras que esa linda cabeza castaña, apoyada en su hombro, parecía maquinar a mil por hora. Ya iba conociéndola bastante bien y sabía que intentaría darle un rodeo a ver si conseguía saciar un poco su curiosidad, pero Piers no tenía intenciones de relajar la guardia. Deborah le parecía una chica demasiado inocente como para enfrentarse a recuerdos oscuros de su pasado.

—Todos tenemos nuestra cuota de arrepentimiento en la vida, solo que tú seguías órdenes. Llámame crédula, pero estoy convencida de que esas cosas que quieres olvidar no fueron decisiones tuyas.

Piers no contestó exactamente con palabras, sino que movió la mano que mantenía detrás de su nuca y la trasladó a la boca de su chica para acariciarla en silencio. Le enternecía sobremanera que estuviera tan dispuesta a ponerse de su lado; incluso cuando él no le había dado información, siempre terminaba apoyándolo. Era una sensación distinta y no podía negar que le gustaba. Así que la recompensó con caricias de manual romántico perfecto, tan intensas que Deborah no pudo más que olvidar todas las preguntas que tenía al borde de sus labios, demasiado ocupados en llenarse de Piers como para emitir sonidos de cierta coherencia.

Algunas semanas después de la última despedida, Deborah recibió un mensaje a su teléfono móvil que la hizo sonreír llena de luz.

«Mi vuelo llega mañana. ¿Quieres pasar la noche conmigo?».

Sí, maldita sea, claro que quería. Había aguantado el paso de los días con cierta ansiedad, pero saber que se encontraba a pocas horas de tenerlo entre sus brazos tuvo el efecto de acelerarle el pulso rápidamente. Amy, coincidentemente a su lado pues ambas estaban estudiando para un examen de una clase en la que coincidían, supo de inmediato por qué el semblante de su amiga había pasado de la concentración a un estado casi zen.

—Supongo que tu soldado apareció, ¿no? —dijo mordisqueando un lápiz del que se servía para redactar concienzudos apuntes.

Deborah asintió con el labio inferior atrapado entre sus dientes. No había cómo borrarle la sonrisa. Y mientras tecleaba una respuesta rápida dando su aprobación al plan propuesto, llamó a Helena para ponerse al día con ella. Llevaban un buen rato sin hablar puesto que la agente había sido transferida al Servicio Secreto después del incidente con Michael, y aún se sentía un poco culpable por ello. Su hermana podía ser un dolor en el culo, pero su única intención era protegerla, labor que le había dificultado un montón de veces pues Deborah amaba meterse en problemas solo para molestarla. Su espíritu libre y rebelde sufría mucho con las limitaciones a las que se veía encasillada desde que sus padres fallecieron. Helena creyó que era su obligación velar por su hermana pequeña; así llevó su obsesión a límites insospechados, se puso peor cuando fue testigo de los abusos de Michael, y le costó sangre, sudor y lágrimas sacar a Deborah de esa espiral autodestructiva. En el fondo, la muchachita le estaba agradecida por todos sus sacrificios, solo deseaba tener un poco de libertad.

La conversación entre ambas duró alrededor de quince minutos, toda una hazaña, con Amy observando sin ocultar su alegría.

El tiempo siguió su curso con ritmo vibrante. La ansiedad de Deborah era tal que no pudo esperar a Piers en su departamento; fue a buscarlo al aeropuerto, anhelante de esas caricias de palmas ásperas, ávida de esos besos húmedos, deseosa de perderse entre los pliegues seguros de su piel aromática con matices a pólvora, madera y notas almizcladas.

Piers, por su parte, también se encontraba necesitado de su compañía, tanto que sus compañeros bromearon a su costa durante todo el vuelo. «Marica» fue uno de los epítetos más finos que se ganó.

—Son un montón de envidiosos —señaló con inflexión digna apenas pudo hacerse oír—, cualquiera de ustedes moriría por tener a una chica tan hermosa con Deborah en su vida. Supérenlo. —Y remató sus palabras con unas cuantas risitas, porque sabía bien que sus compañeros no lo hacían con mala intención. Simplemente, esa era la forma en que los hombres se demostraban cariño entre ellos, una costumbre de antigüedad milenaria que no perdía terreno con el correr de los años.

Las palabras de Piers se vieron respaldadas en el momento en que todos pasaron a recoger sus maletas tras bajarse del avión. Una preciosa mujer de cabellos en tono chocolate, mirada entre azul y verde expectante, con su cuerpo curvilíneo cubierto por unos pantalones vaqueros que se apegaban a la perfección en sus glúteos y una camiseta corta que destacaba sus grandes pechos y cintura estrecha, se adelantó a paso rápido para lanzarse juguetonamente a los brazos de Piers. Este la recibió alzándola un poco del suelo, una escena que parecía calcada de alguna película romántica no apta para amargados.

—¡Te perdimos, Nivans! —exclamó uno a la distancia.

—Despídete de tus testículos —agregó otro, maleta en mano.

—¡La envidia es un veneno, estúpidos! —Y, para dar énfasis a sus palabras, asomó el dedo medio de una de sus manos al tiempo que besaba apretadamente a la muchacha, en ese momento solo para provocar a sus compañeros.

A Deborah no le importaba. Ya tendrían tiempo de darse el lote para ellos, sin espectadores.

Y aquel tiempo llegó muy pronto. Piers condujo como un loco por las calles de Washington con un solo objetivo en su mente: desnudarla y hartarse de ella. Lo último no lo creía posible, pues tras algunos meses de acostarse solo con Deborah seguía deseándola con la misma intensidad del inicio, y sabía que no era el único en sentirse así. Ese día, viendo las ansias con que lo esperó en el mismo aeropuerto, eran suficiente muestra de lo que intuía.

En cuanto Piers cerró la puerta de su departamento, la chica se arrojó a sus brazos caóticamente. Él dejó caer su maleta y muy pronto se encontró desnudo, besándola apasionadamente, incrustándola contra la pared más próxima con su miembro duro como un fierro palpitante.

Hicieron el amor una y otra vez, en ocasiones de forma violenta, otras con ternura; dormían de tanto en tanto y revivían para volver a follar. Ni siquiera se acordaron de comer, y eso que el joven tenía diversas alarmas en su teléfono móvil debido a su estricta alimentación como soldado. Ese día, las ignoró todas.

En la madrugada, Piers despertó a su amante lamiendo la carne abultada de su entrepierna, guiándola pacientemente hacia un orgasmo delicioso, lento, que ambos disfrutaron de principio a fin. Deborah le devolvió el favor torturándolo con su lengua, luego frotándose contra él en todas las posiciones imaginables; cuando ya no pudo aguantar más se montó encima de su pelvis y lo cabalgó hasta llegar a la cima en oleadas suaves, no por ello menos gratificantes que los clímax anteriores.

Se quedaron en silencio acariciándose, disfrutando de la compañía del otro sabiendo que cada momento juntos era único, valioso.

La habitación, iluminada débilmente por la blanca luz de la luna, jugaba con las sombras y realzaba huellas en el cuerpo de Piers que él evitaba siempre explicar. Deborah recorrió las marcas con las yemas de los dedos, aprendiendo sus contornos irregulares, sus relieves, deseando borrarlas gracias al toque sanador de sus caricias.

—Estas cicatrices… ¿de qué son? —preguntó súbitamente. Su voz tembló un poco.

Piers emitió un profundo suspiro, mas Deborah intuyó que quizás, a diferencia de otras ocasiones, esta vez obtendría las respuestas que había buscado por meses

—Te mentiría si dijera que las recuerdo todas, pero están relacionadas con mi trabajo. Hay algunas que marcan un antes y un después en mi vida, como esta… —señaló la parte trasera de su brazo izquierdo—, fue salvando una pequeña niña secuestrada. Pero los soldados llevamos la mayor parte de nuestras heridas por dentro, eso nos une entre nosotros, o nos destruye.

—¿Alguna vez has visto morir a alguien?

—Más de lo recomendable para una buena salud mental. Te he hablado un poco de los sacrificios… la tranquilidad es un lujo que no siempre tenemos a nuestro favor.

—¿Y alguien…? —se detuvo para tragar saliva. Le estaba costando mucho hablar en ese momento—. ¿Alguien ha sacrificado algo por ti?

A Piers se le oscurecieron los ojos, marcados en ese momento por una profunda tristeza.

—Tú querías saber de mis cicatrices… —suspiró—. Merah.

—¿Merah?

El soldado enfocó la vista hacia la ventana. Se frotó los pectorales, una forma relativamente efectiva de disipar un poco la tensión que estaba sintiendo.

—Ella dio la vida por mí.

Los ojos de Deborah se humedecieron lentamente. Al mismo tiempo que sentía un agradecimiento infinito por esa chica desconocida, causante de que hubiera podido conocer a Piers, también percibía la sombra de unos celos mezquinos que no comprendía. De pronto se vio en desventaja, puesto que nunca conseguiría superar la huella que Merah había dejado en su acompañante. Quiso preguntarle qué había significado aquella mujer en su vida, ¿había sido solo quien lo salvó de morir, o algo más?, pero las palabras se negaron a emerger, porque decirlo exteriorizaba inseguridades que no estaba preparada para enfrentar. Hablarlo las volvía reales, palpables,

—¿Y tú, princesa? —Deborah alzó la mirada al escuchar esa dulce voz masculina deslizarse entre el silencio reinante—, ¿cuáles son tus cicatrices?

En ese momento, dos lágrimas resbalaron por las mejillas de la muchacha; lágrimas que fueron rápidamente interceptadas por los hábiles dedos de Piers.

—Las mías no se ven a simple vista —dijo Deborah tras unos segundos.

—Muchas de las mías tampoco —matizó, acariciando suavemente su rostro húmedo.

—Es mejor así… quizás no te guste lo que encuentres. —Aunque su tono era lento y suave, Piers pudo percibir miedo en él.

—Pero tú me encantas. —No se explicaba a qué parecía temerle tanto—. Ten más confianza en nosotros.

—No creo ser capaz de retenerte a mi lado si llegas a saber todo de mí, Piers.

Él ladeó un poco la cabeza.

—¿Vas a decirme que en realidad eres una criminal, que se ha cambiado el nombre para proteger su identidad y que en cualquier momento los Federales van a derribar esa puerta? —señaló la salida de su habitación con el mentón. Deborah negó, aún con su mejilla en poder de Piers—. Entonces no veo qué me haría pensar diferente sobre ti.

Los ojos femeninos brillaron como joyas reflectantes.

—Tú me das esperanza —afirmó antes de acurrucarse entre sus fuertes brazos y volver a dormirse, más tranquila de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo.

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Las separaciones obligadas por el trabajo de Piers en la BSAA no minaron el deseo que sentían el uno por el otro; por el contrario, de alguna forma los unió más, ya que cada vez que se encontraban era para saciar sus necesidades físicas y conectarse emocionalmente; conocerse tanto como les era posible sin darle un nombre a los profundos sentimientos que estaban arraigándose en sus corazones con fuerza de hiedra, pero dulzura de miel.

Uno de esos encuentros fue particularmente salvaje. Luego de cuatro semanas sin poder hablar ni siquiera por teléfono móvil, Deborah estaba a punto de subirse por las paredes. En aquella oportunidad también fue a esperar a Piers al aeropuerto y apenas arribó, partieron en el vehículo de él sobándose disimuladamente, aumentando la expectación del encuentro sexual a un nivel que les recordaba el punto de ebullición.

Entraron al departamento tropezando con todo, tanto que un jarrón no resistió la energía de los embistes y cayó estrepitosamente al suelo sin que ninguno le prestara la más mínima atención. Lo único que hicieron fue arrojarle un abrigo encima para no pisar los trozos de porcelana por error y aumentar el estropicio.

No eran muy conscientes de la sensual energía que desprendían sus cuerpos, todo lo que deseaban era explorarse, morderse y lamerse desesperadamente. La química entre ellos era tangible como el jarrón que habían tirado o la muralla con la que aún estaban chocando. Se besaban con impaciencia, respirando agitadamente al tiempo que sus lenguas batallaban por dominar el ósculo. Sin proponérselo, Deborah intentaba llevar la voz cantante cada vez que estaban juntos, lo que no le suponía problema a Piers, tan solo le causaba extrañeza. ¿Por qué se esforzaba tanto por hacer todo a su manera? A lo mejor su personalidad era esencialmente dominante. De momento, no tenía nada de malo para él.

Piers recorrió la cintura de Deborah con las manos abiertas, sintiendo cada detalle en su piel, deleitándose con la vibración de su respiración entrecortada. Subió de a poco y le amasó los senos con fuerza, estrujándolos mientras ella respondía con gemidos de auténtico gozo. La respiración se le volvió aún más irregular; sus pechos subían y bajaban cada vez más rápido. Piers la hizo retroceder contra la pared contraria y le acarició el cuello con una mano mientras le hundía la lengua profundamente en la boca.

Deborah reaccionó como si hubiera sufrido un cortocircuito cerebral. Se agitó de pronto y sintió que se ahogaba, aunque su amante no había apretado el agarre de su cuello en absoluto; lo cierto era que sus pechos sí estaban aprisionados, pero la muchacha no podía respirar. Empujó a Piers hacia un costado y trastabilló, dejándose caer de rodillas en el sofá.

En una zancada y media tuvo a su amante detrás de ella pensando que estaba sufriendo una reacción alérgica o algo así, porque no se explicaba nada de lo que estaba pasando.

—¡Deborah! —exclamó al borde de la histeria—. ¡Deborah! ¿Qué pasa?

La tomó por los hombros, pero ella se resistió.

—¡Maldita sea, no me asustes así! ¿Qué rayos te pasa? —Ahora sí estaba desesperado, y la falta de explicaciones comenzaba a fastidiarlo.

Entonces, la oyó sollozar. Retrocedió unos pasos con cara de horror. ¿Qué significaba eso? ¿Le había hecho daño sin darse cuenta? Recapituló mentalmente lo que estuvieron haciendo, pero no recordaba haber sido más brusco que en otras ocasiones. A Deborah le gustaba el sexo duro, lo había comprobado en innumerables instancias. Agotado, se revolvió el pelo con un largo suspiro. Como Deborah parecía un poco más tranquila, tomó asiento en el sillón esperando que ella dijera alguna cosa.

Pero pasaron dos o tres minutos y nada cambió.

—Te voy a traer agua —dijo Piers cuando ya no aguantó más el silencio.

Se levantó, caminó hasta la cocina y volvió con el vaso rebosante de líquido. Se lo ofreció reparando en que ahora estaba de pie y tiritaba como si estuviera pasando mucho frío.

Ella tomó el vaso y bebió, salpicando agua al suelo de alfombra por su temblor involuntario. Intentó disculparse, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta; lo único que sí emergió de ella fueron algunas lágrimas de tristeza.

—Mierda… ¿qué te hice? —le preguntó Piers con voz estrangulada.

Pero los segundos pasaban y ella no daba señales de contestar. Vencido, el joven se dejó caer nuevamente en el sillón y se agarró la cabeza a dos manos.

—T-tengo que irme —tartamudeó Deborah por fin; Piers alzó la cabeza de golpe en su dirección—. ¿Me pasas la chaqueta…?

—De ninguna manera —la cortó bruscamente—, mírate cómo estás, ¡no puedes ir a ningún lugar así!

Piers se inclinó hacia delante, pero no hizo ademán de aproximarse a la muchacha porque parecía muerta de miedo. Supuso que su cercanía haría las cosas mucho peor.

—Tienes que hablar conmigo, Deborah. Así no puedo ayudarte.

—¡Nadie puede ayudarme! —explotó—. De veras, tengo que irme. Hablamos mañana.

—Dios… no me jodas, ¿crees que voy a permitir que salgas de mi departamento en esas condiciones, arriesgándote a que te ocurra algo allá afuera?

—Tomaré un taxi; déjame tranquila.

Era primera vez que ambos discutían de modo. Para Piers fue toda una novedad verse obligado a emplear un tono acerado con ella, ya que en sus pocas desavenencias habían conseguido llegar a un punto medio sin necesidad de recurrir a las exclamaciones. Pero en esta ocasión, la muchacha se estaba portando de forma obstinada y ahí no había buen tono que valiera. Piers se encontró de pronto a centímetros de perder la paciencia, más preocupado que otra cosa, devanándose los sesos sin comprender qué había enviado una linda velada por delante al mismísimo infierno.

—Permíteme acompañarte a tu habitación —sugirió, así podría asegurarse de que llegara sin contratiempos. Solo le preocupaba su seguridad.

—¡No te quiero cerca, Piers!

Su mirada decía lo contrario, pero todo su lenguaje corporal gritaba de terror, y lo que más lo frustraba era no saber la razón para todo ese miedo. Le recordaba un poco al estrés post traumático del que había sido testigo muchas veces en sus compañeros de milicia, pero Deborah no tenía entrenamiento de ese tipo, entonces ¿por qué?

Sentía que la respuesta estaba cerca, casi podía percibir los bordes de una verdad llena de dolor, pero no la podía alcanzar por mucho que se estrujara las neuronas.

Así estaba, paralizado, cuando Deborah simplemente salió corriendo de su departamento y él ni siquiera consiguió seguirla. Tenía los pies apernados al suelo. A lo único que atinó fue a tomar su teléfono móvil y llamar rápidamente a Amy para contarle que Deborah iba en muy mal estado camino a su cuarto del campus. Le pareció muy curioso que, tras darle un resumen de los hechos, la mujer no hubiera mostrado sorpresa.

—¿Qué está pasando, Amy? Me voy a volver loco con toda esta situación.

Lo siento, pero solo ella puede darte esa respuesta. —Suspiró—. La cuidas y me caes bien. Espero que puedan superarlo.

—¿Superar qué, exactamente? ¿Cómo puedo saberlo si Deborah ni siquiera es capaz de hablar conmigo?

Amy vaciló, algo que el joven no tuvo problemas en captar a pesar de estar hablando con ella sin verle la cara.

Te… te avisaré cuando esté aquí para que no te preocupes.

Cuando la comunicación se cortó, Piers tuvo la contundente sensación de estar metido en una especie de laberinto lleno de trampas escondidas. Su único interés era saber en dónde pisar para no encontrar otras minas que pudieran explotarles en la cara.

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Habiendo transcurrido algunos días desde aquel confuso incidente y sin recibir la más mínima señal de vida por parte de Deborah –aunque sí de Amy, que cumplió con dejarle saber que se encontraba en la habitación sana y salva–, el soldado decidió que era momento de ir a verla y aclarar las cosas entre ellos. Era de noche, por lo que mandó un mensaje a la amiga de su chica preguntando si estaba mejor, y esta le respondió aseverando que Deborah no había salido, aunque no le hizo comentarios acerca de su estado de ánimo.

No lo pensó más. Tomó su vehículo e hizo el camino de quince minutos en menos de diez. Lo dejó aparcado en el campus y llegó prontamente al dormitorio. Aún desde lejos pudo escuchar música que sonaba muy fuerte, sin saber aún que provenía de la habitación que tenía intenciones de visitar. Estaba a punto de llamar a la puerta cuando justo emergió Amy vestida como para salir a una disco o algo.

—Hola, Piers —le saludó la agraciada chica con una sonrisa triste.

—Hola, ¿sigue ahí?

Ella le confirmó con un gesto afirmativo muy breve. El soldado hizo ademán de entrar, pero fue detenido con unas palabras que le congelaron el corazón.

—Deborah lo ha pasado muy mal. Veo que eres un buen tipo (otro se habría ido sin pensarlo), y por eso te encargo que hables con ella. Si crees que es demasiado para ti, haz lo que debas, pero no le rompas el corazón. No quiero verla sufrir de nuevo.

—Me gusta —respondió Piers—; no sé si pueda ayudarla, pero lo intentaré.

Amy suspiró. Sabía que a Deborah también le gustaba él, y se notaba que no seguiría por un camino autodestructivo como con Michael, pero la duda estaba clavada en sus entrañas, agarrándose como la peste: si las cosas no resultaban, ¿qué pasaría? ¿Cuál sería la reacción de Deborah? ¿Podría aguantar un nuevo fracaso de esa magnitud sin desmoronarse por completo?

Sacudió levemente la cabeza. Por mucho que quisiera proteger a su amiga, todo lo que podía hacer era brindarle su apoyo incondicional. Pensó que, tal vez, Piers conseguiría llegar al fondo del asunto como ella no lo logró, por lo que le apretó levemente un brazo y le explicó que iba a juntarse con unos amigos y que volvería al día siguiente. Piers entendió que le estaba dando la noche libre, así que le agradeció con una sonrisa que mantuvo hasta que la vio salir por las escaleras.

Entró a la habitación y cerró la puerta. Siguió la dirección del sonido para encontrarla –una mezcla de música átona disonante que parecía exteriorizar la desesperación que mantenía oculta– hasta que dio con el cuarto personal de la chica. Encontró la puerta entreabierta, así que la empujó suavemente para poder ingresar.

Deborah se encontraba sentada encima de la cama. Abrazaba fuertemente un cojín, y Piers tuvo la impresión de que intentaba sujetarse a algo por razones que todavía no conocía. Ella alzó la mirada y sus ojos mostraron emoción por un microsegundo, luego, se apagaron rápidamente. Recogió las piernas como si quisiera establecer un muro entre ella y Piers, que estaba acomodándose a los pies de la cama para no invadir su espacio personal.

—Estoy preocupado —dijo tras bajarle el volumen a la música hasta dejarla como sonido ambiental.

La muchacha no respondió con palabras, pero su cuerpo tembló. Abrazó más fuerte el cojín, fijando los ojos en su interlocutor, como si intentara transmitirle todo lo que estaba ocurriendo en su interior.

—Habla conmigo, no voy a juzgarte. ¿Confías en mí? —Deborah asintió—. Bien, porque yo confío plenamente en ti. No quisiera que perdiéramos esto —señaló a ambos con su mano—, es demasiado bueno…

Piers se arriesgó a acercarse a ella trasladándose un poco hacia el centro de la cama. Alzó una mano y la dejó sobre la rodilla femenina, provocándole nuevos estremecimientos que captó a la perfección. ¿Le tenía miedo? ¿Por qué? Buscó alguna respuesta en sus ojos, pero solo vio alarma en ellos.

—No me mires así, yo jamás te haría daño y lo sabes. —Deborah cambió la expresión de su rostro a una que parecía disculparse—. Lo sabes —repitió—, pero… no puedes evitarlo porque hubo alguien que sí te hizo daño… —aventuró, y el tono de su voz, inicialmente en declive, fue ganando ira conforme la idea se refinaba en su mente—. ¿Tengo razón, Deborah?

Ella agachó la cabeza para esconder lágrimas colmadas de vergüenza que se atrevían a caer por sus mejillas arreboladas. Piers, no obstante, acortó más la distancia entre ellos y le alzó la cara delicadamente.

—Todas las pistas estaban allí, y no las vi… —Arrastró la humedad de sus párpados inferiores con la yema del pulgar—. Qué tonto soy. Lo siento mucho, princesa.

—No quería que lo supieras —admitió con la voz ahogada.

—Entiendo muy bien la razón. Por eso, si algún día deseas contármelo, estaré aquí para escucharte.

Deborah encontró el camino hacia sus ojos oscuros, y los celestes de ella refulgieron de temor. En su cuerpo comenzó a formarse una sensación de plenitud y seguridad que solo sentía en su compañía, y dado que él le había hablado de sus cicatrices, bien podía tomar el riesgo de dejarlo entrar a su alma.

—A… a veces me da miedo estar sola. Creo oír sus pasos buscándome —murmuró sin dejar de mirarlo—… y tengo miedo de que me encuentre. Si estoy durmiendo, me encojo y subo las sábanas hasta que me tapan por completo. Así estoy a salvo.

Piers tragó saliva. A duras penas consiguió controlar la rabia que sentía por dentro y, para distraerse un poco de lo negativo, se dedicó a infundirle valor secándole las lágrimas lentamente.

—Helena y yo vivíamos juntas en ese tiempo —continuó—. Ella y su sobreprotección me volvían loca; quería ser libre, mandar sobre mí, ir al cine tranquila sin encontrar al salir diez llamadas perdidas de ella preguntándome que dónde estaba. «No sabes lo que es estar en mi lugar», me decía cuando yo le reclamaba un poco de espacio, «tengo que protegerte; si te pasara algo me moriría». Y yo entiendo a mi hermana porque también la amo por sobre todo, pero me ahogaba tanto que comencé a alejarme de ella. Sé que me comporté como una cría pues hacía todo lo que a ella le molestaba. —La barbilla le tembló duramente—. Así conocí a Michael.

Piers anotó mentalmente ese nombre.

—Me lo encontraba continuamente entre clases. Amy siempre me advirtió que tuviera cuidado con lo que hacía, pero no la escuché porque me gustaba más la idea de castigar a Helena saliendo con él. Estuvimos juntos algunos meses. Al principio era maravilloso… y luego, su verdadero carácter comenzó a emerger. —Deborah inspiró hondo antes de proseguir su relato—. Me celaba. Me obligaba a salir siempre con él; me alejaba de mi círculo cercano. Si no estábamos juntos, enviaba a sus amigos a espiarme. Llegó el momento en que me sentí aún más ahogada que con mi hermana. Discutíamos todo el tiempo. Me castigaba con el sexo —se sonrojó furiosamente—, y yo se lo permití todo. No me gusta recordar quién fui con él.

Piers intuyó que el relato estaba cerca de llegar a su punto cúlmine.

—Un día le planté cara. Terminamos, pero continuó buscándome. Se me aparecía en todos lados y comencé a temer por mí. Fue hasta mi casa, y yo… pobre estúpida, lo dejé entrar. Forcejeamos, me abofeteó… me… —vaciló, y el soldado sintió que la furia le calentaba la sangre rápidamente—. Finalmente, me agarró del cuello para asfixiarme. Por suerte, Helena estaba conmigo ese día y escuchó que peleábamos. Le rompió un brazo. Cuando Michael intentó golpearla, le disparó. Tengo recuerdos muy confusos de ese día ya que el ahogo hizo que me desmayara.

»Desperté en una ambulancia. Helena dijo que me había golpeado la cabeza al caer y que probablemente tenía una contusión; cuando le pregunté por Michael, se limitó a decir que estaba vivo. Unos días más tarde supe que lo habían expulsado de la universidad por su comportamiento conmigo. —Tragó intentando deshacer la opresión de su garganta—. Estuve mucho tiempo aterrada de encontrármelo en mi casa o afuera del campus, y que terminara lo que había dejado inconcluso; que me matara, incluso, por su expulsión. Dejé de vivir con Helena y me vine con Amy porque necesitaba un respiro; mi hermana andaba aún más paranoica que yo, sobre todo porque la reubicaron al Servicio Secreto por salvarme de Michael y, con su nuevo horario, no podía vigilarme con la libertad a la que estaba acostumbrada.

»Pero nada ocurrió, así que fui relajándome conforme pasaba el tiempo y mi exnovio continuaba desaparecido. Volví a salir, a beber, hice una vida lo más normal posible, haciendo caso omiso de un dolor que me negaba a reconocer. Ese dolor salió a flote cuando estábamos en tu departamento. Piers —dejó el cojín a un lado y le tomó ambas manos, percatándose de que una de ellas se encontraba húmeda por haber secado continuamente su rostro—, tú no hiciste nada malo. Yo soy el problema… lo siento tanto…

Piers no quería seguir escuchándola disculparse por algo en que él no la consideraba culpable en absoluto. La atrajo hacia sí para envolverla con un apretado abrazo en el que ella se abandonó por completo, desahogando todas sus penas en los fuertes hombros que la contenían, deshaciéndose con esas caricias que no parecían surgir de la lástima sino de la comprensión más profunda. Sintió que le besaba el pelo y estuvo a punto de tener otra crisis por la ternura del gesto.

—¿Creíste que iba a dejarte por haber sido una víctima? —susurró sin esconder su conmoción.

—No sabía cómo ibas a reaccionar.

—Cielos, Deb… —Hizo una pausa breve para controlar esa ira que continuaba creciendo—; el tipo estaba loco y me alegro de que hayas salido bien de eso. Muchas mujeres no tienen tanta suerte.

—¿Bien? —Enderezó la postura para verlo directo a los ojos; fuego y hielo al mismo tiempo—. ¡Sabía que no me harías daño, pero mi mente reaccionó por sí sola y sentí que ibas a matarme tú también! Ahora mismo puedes ver el miedo que tengo, pero no es de ti… no te temo a ti, temo que te vayas porque no soy la mujer que esperabas…

La muchacha no pudo seguir hablando porque Piers atajó sus labios con un beso lento, dedicado a hacerla temblar de emoción y placer. La angustia estaba desapareciendo lentamente de su cuerpo para dar paso a otra sensación bien conocida, muchísimo más agradable, intensa, como solo aquel dulce hombre podía. Se besaron por mucho rato, tanto que a Deborah comenzaron a temblarle las manos de pura expectación. Sentía el cuerpo en llamas, ya listo para recibir toda la longitud de la hombría de Piers en su interior, aunque una pequeñísima parte de ella no había olvidado por completo la angustia que la había acompañado fielmente por varios días.

Pero Piers tenía planes muy específicos para ayudar a Deborah en su curación. Fue apartándose suavemente hasta quedar nuevamente frente a ella; la peinó un poco con los dedos de la mano derecha, mientras que su izquierda rozaba suavemente el pómulo femenino con el dorso.

—Tienes que recuperar el control de tu cuerpo, princesa —mencionó sonriendo para infundirle confianza.

—¿Cómo hago eso? —La esperanza era una sensación maravillosa, y ahí precisamente recaía una sucia trampa, porque cuando todo se iba al carajo la sensación de vacío era insoportable.

—Yo partiría de esta forma…

El joven se puso de pie, dejando a Deborah aún encima de la cama. Lentamente comenzó a quitarse la ropa partiendo por la camisa en color tierra, similar al tono desierto de un amplio lugar lleno de vida escondida, continuando luego con sus pantalones grises, sus zapatos, quedando solo en ropa interior… y que tampoco le duraría mucho tiempo puesta. Deborah le observaba en silencio, fascinada por la hombría que exudaba en cada uno de sus movimientos. No comprendía cuál era su idea, pero presenciar un striptease privado de aquel espécimen tan único valía la pena cualquier precio.

Piers se acarició lentamente el miembro por encima del bóxer, que se veía como un bonito paquete listo para ser desenvuelto.

—¿Qué dices? —Se pasó la mano también por los testículos, grandes y firmes—. ¿Te gusta esto?

Deborah tragó saliva.

—Muéstrame cuánto te gusta.

El joven soldado continuó frotando su piel tostada, paseando entre sus pectorales perfectos, su abdomen esculpido, sus pezones pequeños y oscuros, su cuello…

Ahí la chica se paralizó, porque no se había dado cuenta de que estuvo imitando los movimientos de su amante durante todo el espectáculo hasta que avanzó por su esternón hacia la zona que desataba recuerdos traumáticos y confusos.

—Hey, Deb, mírame —la llamó Piers—. No pasa nada. Esto es lo que iba a hacerte ese día.

Habiendo obtenido su atención de nuevo, reanudó el roce en su cuello áspero para luego detenerse un momento en su manzana de Adán. El movimiento que hizo al tragar activó un nuevo petardo de deseo dentro de Deborah, que volvió a copiar lo que veían sus ojos, como un espejo. Deglutió también, salivando de manera inconsciente. Jamás pensó que ver a un hombre acariciarse sería tan erótico.

—¿Crees que te haría daño si aprieto un poco? —Materializó el ejemplo sujetándose firmemente el cuello, pero sin dificultarse la respiración.

—N-no…

—¿Te gustaría que lo hiciera algún día?

—Oh, dios… —Creía que era incapaz de derramar más lágrimas ese día y allí estaba, dejando que el placer derribara todos sus muros—. Sí, por favor.

—Entonces, cuando llegue ese día, házmelo saber.

Esta Deborah era muy diferente a la que había compartido cama con él por cuatro meses. Aquí no le acompañaba la joven vibrante, ocurrente y divertida de siempre, sino que quien ocupaba su lugar era una muchacha asustada y excitada al mismo tiempo, como si no supiera qué hacer o cómo reaccionar a todas las sensaciones que estaban recorriendo su cuerpo. Piers se descubrió fascinado tanto por ella como por la chica de siempre. Supo que ambas eran perfectas para él, y las raíces sin nombre que se habían aferrado a su corazón lo envolvieron de nuevo para remecerle el centro de su universo. No quería definir lo que sentía por ella, pero también sabía que no podría ignorarlo por mucho más tiempo y que, eventualmente, tendría que enfrentarlo. Pero eso no sería hoy.

Hoy era para Deborah. Para que recuperara un poco de control sobre su cuerpo, el que había perdido cuando Michael decidió abusar de su bondad y su confianza.

—Piers, por favor… te necesito —susurró de pronto, al mismo tiempo que se quitaba la parte de arriba del pijama y sus pechos quedaban completamente expuestos.

Piers se acercó a ella con cuidado, arrodillándose en la cama para hacerle sentir que no pensaba dejarla en desventaja; ambos se encontraban en el mismo escalón dentro de esa relación.

—¿Estás segura de que debo tocarte? No me digas lo que quiero escuchar, solo sé sincera.

—Voy a estar bien. —Avanzó de rodillas y se arrojó para abrazarlo—. Tú nunca me harías daño. Hazlo, Piers. Haz que me sienta yo misma otra vez.

No tuvo que pedírselo de nuevo. Nivans se giró de tal forma que ella quedó arriba y le quitó lentamente la parte de abajo del pijama, más la ropa interior. Deborah hizo otro tanto con él; de esa forma, ambos quedaron completamente desnudos muy pronto.

Piers se llevó a la boca los grandes senos de Deborah para chuparlos. Les pasó la lengua con reverencia, y avanzó con ella por todo el pecho y llegó al cuello, en donde no usó sus manos pero sí su boca. Lamió y succionó para marcarla sin presionar demasiado pues sabía que aún estaba en camino a recuperarse por completo, pero que se mantuviera estable, sin ahogarse, fue una excelente señal para él y se sintió complacido por haber acertado por instinto en sus caricias.

Deborah simplemente se dejó querer. Gimió una y otra vez, gruñó, frotó su entrepierna contra el muslo de Piers hasta que estuvo empapada y allí se llevó su miembro al interior, tan grueso y duro que parecía irreal. Comenzó a moverse rítmicamente con las manos apoyadas en su pecho, bamboleando los senos al compás de la danza. Rápidamente sintió que el clímax la envolvía; Piers se dio cuenta fácilmente pues siempre le clavaba las uñas cuando estaba cerca, así que aprovechó de redoblar el ritmo y estocarla profundamente describiendo círculos con las caderas. La tomó con firmeza por la cintura y fue guiándola para incrustarla aún más profundo justo en el instante en que Deborah comenzaba a balbucir incoherencias. No se detuvo, continuó extrayendo hasta el último pálpito de su interior y cuando percibió que se calmaba volvió a la carga, incansable, cambiando la posición al clásico misionero. Inclinó la cara y la besó nuevamente, distrayéndola de no tener el control pero explicándole sin palabras que él jamás tomaría ventaja de su fuerza. Al fin Piers pudo comprender por qué Deborah siempre trataba de dominar sus encuentros sexuales. No le importaba en lo más mínimo que lo hiciera, siempre y cuando fuera una decisión propia y no algo nacido del miedo.

Deborah supo todo aquello por instinto. Con la espalda sudorosa manchando el edredón, aferrándose a los bordes de la cama utilizando toda la reserva de sus fuerzas, volvió a sentir temor pero no por los motivos de antes –que ahora le parecían banales–, sino por la profundidad con que Piers se había incrustado en su interior. Sabía que iba a sanar sus heridas, y temió perderse por completo en él… perderse a sí misma en el proceso de enamorarse.

.

.

Las cosas entre ambos amantes se mantenían nuevamente en alza. Tras superar aquel difícil traspié, decidieron que más valía seguir disfrutando de la compañía del otro tanto como les fuera posible puesto que para dificultades la vida tenía de sobra, como pudieron comprobarlo algunas semanas más tarde.

Aún en periodo de clases, Deborah miraba distraída por la ventana prestando una cantidad mínima de atención al profesor que, en su afán de captar el interés de sus alumnos, casi no tomaba aire para hablar y sus frases se extendían infinitamente, por lo que cada vez que concluía alguna oración su rostro estaba de un color morado preocupante. Amy solía bromear con que cualquier día deberían llamar al número de emergencias y hacerle respiración boca a boca. Deborah se espantaba con la sola idea de hacerle masaje cardiaco al anticuado docente, ni hablar de acercar su rostro al de él, así que cada vez que coincidían en sus clases se mofaban de la otra arrojándose papelitos con mensajes sugerentes que hubieran provocado un ataque cardiaco a cualquier lector ajeno al origen de las burlas.

Amy se encontraba redactando a toda velocidad una nueva frase que tenía por objetivo arrancarle una carcajada incontrolable a su amiga; si tenía suerte el profesor se molestaría y la echaría de la sala, y si era realmente afortunada, la llamaría para conversar después de que terminara la hora de clases. Estaba concentrada buscando las más rebuscadas palabras, pero no tan absorta como para dejar de notar con el rabillo del ojo una sombra de contextura bien conocida para ella.

«Hijo de…», pensó dejando caer el lápiz sobre la mesa. Ese era Michael, sin ninguna duda. Sus ojos se volvieron bruscamente hacia Deborah, sentada justo delante de ella, pero no parecía haber notado nada porque continuaba con cara de aburrimiento. Volvió a mirar por la ventana. El tipo se paseaba por la entrada del campus cuidándose de que no lo vieran los guardias y en la inflexión de su postura pudo identificar una clara agresividad. Temió por la integridad física de Deborah casi tanto como la sicológica, que tras mucho sufrir había por fin conseguido un poco de estabilidad, en gran parte gracias a la compañía curativa del soldado Nivans. Si Michael llegaba a encontrarse con su amiga sabía que aquel precario equilibrio terminaría hecho trizas, por lo que sacó su teléfono móvil y le envió un mensaje rápido a Piers pidiéndole que las fuera a buscar. Sabía que los tortolitos iban a juntarse al término de las clases, por lo que no se sintió culpable de obligarlo a apurarse.

«¿Está todo bien?», preguntó el soldado en su mensaje de respuesta.

«De momento sí, pero Michael está aquí, lo veo».

Hubo un instante, más bien corto, en que no obtuvo contestación. Comenzaba a ponerse nerviosa cuando su teléfono volvió a vibrar.

«No salgan de la universidad hasta que yo llegue».

Amy suspiró y guardó el móvil. Pasó el resto de la clase mordisqueándose nerviosamente los labios, pensando en lo que podría haber ocurrido si Piers no se hubiera encontrado cerca. Las posibilidades hacían que le recorrieran repetidos escalofríos por toda la espalda.

Sacudió la cabeza cuando escuchó que el profesor, más rojo que morado, anunciaba que la clase había concluido. Deborah se desperezó lentamente para luego comenzar a guardar sus cuadernos en el bolso. A la primera mirada que compartió con Amy supo que estaba ocurriendo algo que no quería que supiera. La conocía demasiado bien como para engañarse con su pestañeo inocente o su encogimiento de hombros.

—Anda, escúpelo —la instó.

—Será mejor que nos quedemos por aquí de momento.

—Amy, dime la verdad.

—No quieres saberlo.

Tenía razón, no quería. Su amiga no era paranoica como Helena, así que algo grave debía de estar ocurriendo como para que estuviera sudando la gota gorda en pleno otoño. Intuyó que Michael podría estar cerca, pero trató de descartarlo apenas la idea le rondó el cerebro. ¿Para qué, después de tanto tiempo? ¿Qué lograba ya a estas alturas? Si solo quería descomponerle el estómago podía cantar victoria; solo de imaginarlo cerca sintió que el almuerzo se le había devuelto a la garganta.

Ambas se mantuvieron relativamente inmóviles por un rato, tras el cual Deborah reaccionó bruscamente diciendo que no iba a pasarse la vida teniéndole miedo a Michael, y que si estaba allá afuera daba igual, porque no iba a joderle la vida nunca más. Salió a paso rápido de la sala con Amy pisándole los talones.

—¡Espera, Debbie! —exclamó la chica, en absoluto sorprendida de que Deborah hubiera descubierto la causa de su preocupación.

Bajaron corriendo los amplios peldaños del campus en dirección a la cafetería, un lugar bastante neutro y lleno de estudiantes que iban y venían con mucha frecuencia. No notaron la mirada enfurecida que una sombra entre los árboles les dedicó durante todo el trayecto.

Continuaron su recorrido buscando dar un rodeo hacia la salida. Amy calculaba que Piers ya debía estar allí, o a lo menos llegando. Cruzó los dedos para que no se toparan y todo pudiera quedar como una mera anécdota.

—¡Deborah! —exclamó una voz ronca que ella hubiera querido nunca volver a escuchar.

La nombrada se paralizó. Toda la ira que había sentido antes desapareció de un plumazo; aquella voz que alguna vez creyó dulce parecía teñida de maldad, lo que la transformaba en algo execrable, siniestro.

Amy, no obstante, usó el vuelo de su caminata para devolverse en dirección a la voz. Apenas tuvo al despreciable espécimen masculino frente a ella, le plantó un bofetón tan fuerte que consiguió darle vuelta la cara. Deborah no cabía en sí de la sorpresa.

—¡Bastardo! —No contenta con el golpe, preparó su otra mano para abofetearlo de nuevo—. ¡Ojalá Helena te hubiera matado!

—¡Tú no te metas, puta!

Deborah reaccionó al ver que Michael estaba a punto de devolverle la cachetada a Amy. La agarró por la cintura y, haciendo acopio de todas sus fuerzas, la empujó rápidamente hacia atrás para esquivar el vuelo que la mano masculina había alcanzado a coger.

—¡Eres un maldito, Michael! —sollozó asegurándose de que Amy no tenía daños.

—Y tú me hiciste la vida una puta mierda. —Cambió el tono por uno extrañamente suave y tranquilo, cosa que alertó aún más a las dos mujeres—. Me expulsaron por tu culpa. ¿Crees que he conseguido matricularme en alguna otra universidad? ¡No, porque tu estúpida hermana se encargó de mancharme los papeles para siempre!

Alrededor de la tensa escena los alumnos del campus comenzaron a correrse la voz de que habría pelea. Algunas chicas comentaron entre ellas que podrían ayudar a Deborah y Amy, pero todas llegaron a la misma conclusión: Michael daba mucho miedo, y los hombres no querían meterse en problemas, así que optaron por dividirse para buscar ayuda con profesores o guardias, estos últimos de preferencia.

—Ni se te ocurra culpar a Helena por ser un vago asqueroso —escupió entre lágrimas—, ¡me golpeaste, me asfixiaste, trataste de… de…! —No pudo seguir. Aquello no se lo había contado a nadie, y no iba a hacerlo público jamás en la vida. Tragó para volver a gritar—. ¡Te mereces todo lo que te ha pasado!

Deborah miró a Michael con atención. Casi no podía creer que había compartido meses con alguien que, si bien era guapo según los estándares comunes de belleza, no dejaba de tener una mirada agresiva en sus ojos azules, y una mandíbula cuadrada que mostraba cuánta testosterona sin control recorría ese cuerpo musculoso por practicar fútbol americano prácticamente sin parar. Había perdido el respeto por sí misma mucho tiempo, y tenía claro que aquellos meses jamás volverían; nunca podría deshacer lo que hizo, pero podía asegurarse de no caer nunca más en aquella tendencia autodestructiva que pudo costarle la vida.

Amy, abrazada a Deborah, vio a Piers de reojo avanzando como un tren y respiró despacio. No tuvo ninguna duda de que él iba a solucionar la horrible situación que estaban viviendo.

Deborah captó el cambio en la respiración de Amy. Apretó la mandíbula para no buscar con la mirada a quien iba a ayudarlos. No se le pasó por la cabeza que fuera su chico, por lo que cuando lo vio emerger desde una esquina casi se desmayó de alivio.

Piers se dio cuenta de que Michael estaba completamente fuera de sí. Caminó en diagonal hacia él para posicionarse a su espalda y murmuró: —Ten cuidado con lo que haces, mocoso.

El muchacho giró la cabeza hacia atrás y se encontró cara a cara con Piers, que lo miraba dominado por una expresión amenazante. Tragó saliva con lentitud.

—¿Quién rayos eres? —habló al fin.

—Alguien que acabará fácilmente con tu prepotencia si no te controlas.

Deborah había dejado de respirar rato atrás, por lo que cuando volvió a coger aire, lo hizo con un ruido extraño, similar a un silbido tenue. El miedo que sentía fue reemplazado por cierta euforia, ya que, aunque consideraba que Michael había recibido su merecido a manos de Helena, no le preocupaba que le sacudieran la ropa una vez más por lo que le había hecho. Se merecía eso y mucho más. Redobló el agarre de su amiga y continuó observando la escena como si fuera una película en el cine.

Michael cuadró los hombros.

Esa es una puta —siseó apuntando a Deborah con un dedo.

Piers no dijo nada, simplemente actuó con la rapidez del rayo: tacleó al chico haciendo que cayera de rodillas al suelo y le pisó una pierna, cogiéndolo por los trapecios con ambas manos.

—Piensa lo que quieras —dijo el soldado en tono apacible—, pero si vuelvo a verte cerca de ella no tendrás tanta suerte como hoy. Supe que una mujer te había disparado; qué humillante para alguien como tú, ¿no?

—¡Suéltame!

—¿Por qué? Pensé que te gustaba esto —se burló.

—¡Ella tuvo la culpa de todo! —Michael intentó zafarse del agarre, sin éxito—. ¡Ella me obligó!

A Piers le bastó con darle un rápido vistazo a Deborah para saber que estaba a punto de vomitar. Redobló la fuerza del agarre y aumentó la presión de su pie sobre la pierna del joven. Él volvió a quejarse y a intentar liberarse, pero todos sus esfuerzos fueron infructuosos.

—Bastardo… —Piers apretó la mandíbula.

—No dirás lo mismo en un tiempo más, cuando te saque de quicio a ti también.

—Eres el que está acabando con mi paciencia, maldito cerdo asqueroso…

—Me las va a pagar… —murmuró, y su rostro lentamente se transformó en el de un sicópata completo—. Tal vez no hoy, ni mañana, pero lo hará, y cuando…

Piers emitió un gruñido bajo, incapaz de seguir escuchando aquellas amenazas en contra de su chica. ¿Cuántas otras mujeres sufrirían por culpa de ese bastardo? Sin pensarlo más, lo agarró del pelo y lo obligó a ponerse de pie. Eran del mismo alto.

—Considera esto como una mera advertencia —anunció el soldado.

Acto seguido, estrelló su puño entrenado justo en la boca de Michael. Este ni siquiera había conseguido respirar y ya tenía otro golpe más en la mandíbula, y un tercero cerca del ojo. Pero cuando le llegó un rodillazo seco en el hígado, cayó al suelo en posición fetal tosiendo y escupiendo sangre con dientes, quejándose lastimosamente.

—¡Levántate, basura! —exclamó Piers, ahora dándole un zapatazo en la cabeza, quebrándole la nariz de paso.

—¡Piers! Ya es suficiente, déjalo —le rogó Amy, que estaba en éxtasis de ver a Michael convertido en una masa sanguinolenta, pero también temía que el joven sufriera alguna consecuencia al utilizar sus habilidades de soldado para reducir a un civil sin provocación previa.

Michael continuó lloriqueando, ahogado con su saliva y la sangre que emergía de su boca, pero guardó un relativo silencio lleno de miedo cuando Piers volvió a acercarse a él.

—Ahora te vas a largar de aquí y no pondrás un pie cerca de Deborah nunca más, ¿está claro? Como me entere de que la miraste, aunque sea de lejos, voy a ir por ti y te torturaré hasta matarte. No voy a repetírtelo.

Piers le dio un manotazo en la cabeza como para reforzar sus palabras y volvió a erguirse. Iba a decir algo, pero Deborah corrió hacia él y lo abrazó de un salto, emocionada hasta lo más profundo. ¿Qué más daba ya el miedo a enamorarse? Si iba a sufrir igualmente, que fuera a manos de él le parecía casi poético.

—Te quiero —exclamó, todavía llorando—. De verdad, te quiero.

Agradecido de aquellas hermosas palabras, Piers olvidó lo que iba a decir hace unos instantes. Miró a Amy y esta le dedicó un gesto bastante claro: señalo con la barbilla en dirección a la salida del campus. Era mejor que se fueran antes de que llegaran los guardias de la universidad. «Yo me quedo», articuló. Piers negó; también temía por ella, pero Amy desestimó sus pensamientos rápidamente señalando que, a lo lejos, ya comenzaba a llegar el cuerpo de seguridad. Así que el joven no tuvo más remedio que tomar en brazos a su chica, que no se le despegaba con nada, y llevársela a otro lugar para intentar calmarla un poco. Concluyó que lo mejor era ir a su departamento, por lo que la subió a su vehículo y partieron en esa dirección.

—¿Cómo supiste que estaba en problemas? —murmuró Deborah de pronto, cuando ya estaban por llegar al departamento de Piers.

—Amy me escribió pidiéndome que fuera.

—Esa mujer… —Aunque parecía queja, estaba sonriendo.

Él la miró con ternura. Cuando se bajaron del vehículo y subieron al departamento, la muchacha volvió a echarse encima de él para agradecerle todo, desde su iniciativa por sanarle las heridas hasta haberla rescatado de un tipo que, tal vez, la habría matado.

No volvieron a hablar, sino que solo se dedicaron a saciar sus ganas de explorarse mutuamente. Había cosas más importantes, y una de ellas era sentirse plenamente en la piel del otro, embriagados de placer y amor.

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Poco después del incidente con Michael, entrando de lleno en la navidad, Deborah se enteró de que Piers no pasaría con ella las festividades de año nuevo. Se entristeció, pero al mismo tiempo, se obligó a no echarle encima su decepción. Debía aceptar que así era su trabajo de soldado, y aunque ella quisiera tenerlo cerca más seguido, también debía agradecer que siempre volvía. Así que se despidieron en el aeropuerto con un largo beso, un abrazo apretado, y una promesa de comunicarse cada vez que les fuera posible.

La agraciada muchachita tuvo días tranquilos en compañía de Helena, que no se acostumbraba aún al Servicio Secreto. No paraban de reubicarla, algo que la tenía de un ánimo bastante gruñón, pero intentó olvidar esas pequeñas dificultades para disfrutar de un tiempo con su hermana pequeña. Parecía más madura de lo que recordaba, pero Deborah no le contó que mantenía con Piers algo más que un ligue de tan solo una noche. De todas formas, lo único que le importaba realmente a Helena era que Michael hubiera desaparecido de su vida y para siempre; tampoco supo que aquello fue gracias a Piers.

A pocas horas del año nuevo, Deborah por fin recibió el mensaje que esperaba: corrió hacia su teléfono para abrirlo, pero al leerlo se dio cuenta de que parecía un poco frío.

«Feliz año nuevo, princesa. Llego en el vuelo de mañana. Iré a buscarte a la universidad. Piers».

Tragó saliva. Tal vez la misión no había resultado bien y por eso estaba decaído. Bueno, nada que una buena sesión de sexo no pudiera curar, pensó mientras bebía champaña y se preparaba para gritar «¡Feliz año nuevo!» a todo pulmón. Conocer a Piers había sido lo más destacable de aquellos últimos doce meses y jamás dejaría de estarle agradecida, incluso si la relación amorosa llegaba a su fin por algún motivo. Impulsivamente le había dicho que lo quería aunque prefería guardárselo, pero era completamente cierto, lo adoraba con todas sus fuerzas. Sin embargo, que Piers no hubiera respondido con palabras a sus sentimientos la había hecho sentir un poco abandonada, al menos cuando pudo analizar todo lo que había ocurrido tras la golpiza al estúpido de Michael. Tal vez había sido demasiado pronto; enamorarse de él en cinco meses…

Pero aquellas reflexiones no fueron impedimento para que Deborah sintiera la ansiedad de ver a su hombre de nuevo. Lo esperó en el campus, tal como él le había pedido, y le explicó a Amy que parecía no estar de buen ánimo tras la última misión. Amy se alejó con una sonrisa satisfecha. Le parecía increíble lo mucho que su amiga había madurado en el transcurso de un año.

Deborah notó de inmediato que el Piers que había regresado de su última misión no era el mismo que ella despidió con un beso desesperado apenas se presentó en su campo de visión. No dijo palabra y su saludo fue frío, casi como si la hubiera besado por compromiso. Se mantuvo en un silencio respetuoso, aunque por dentro se moría de ganas por saber qué le ocurrió. Tenía cara de haber presenciado una tragedia.

Caminaron por mucho rato tomados de la mano, un gesto automático que mantenía a la muchacha con los nervios a flor de piel. Quería decirle algo, pero intuía que era mejor cerrar la boca, pues la energía que desprendía su chico distaba varios kilómetros de ser positiva.

En el transcurso de su caminata la luz solar se ocultó de forma progresiva entre las montañas, y dio paso a la luna que cambió el ambiente de tonos anaranjados a unos fríos azulados. Estaban en pleno invierno, por lo que ambos iban muy abrigados.

De pronto, arribaron a un parque deshabitado a esas horas de la noche. Los adultos procuraban mantenerse lejos de los juegos preferidos por los niños, así que Piers caminó derecho con Deborah intentando seguirle el paso y se detuvo frente a un columpio algo oxidado. Lo miró por un rato como si escondiera algo importante, tal vez una respuesta que le ayudara a comprender lo que pasaba por su cabeza, hasta que finalmente tomó asiento en él. Inclinó la cabeza y descansó una mano sobre su frente; parecía tener ganas de arrancarse la piel.

Los minutos siguieron su curso, y Deborah continuó en el más profundo silencio. De pie frente a él, sintió densos escalofríos recorrerle la espalda. Su instinto le advertía que algo muy grave había ocurrido en esa misión.

Entonces, vio un rastro húmedo en su mejilla. Ahogó un gemido.

La luna, que había estado escondida tras ciertos nubarrones portadores de un mal presagio, brilló de pronto liberada de su prisión. Gracias a eso, el rostro de Piers quedó al descubierto y así supo que estaba llorando sin emitir ningún quejido. Aquello fue más de lo que pudo soportar. Cayó de rodillas frente a él, a punto de echarse a llorar también por lo que fuera que estaba carcomiéndole el alma. En ese momento, Piers pareció despertar un poco pues al ver a Deborah agachada a su altura, la cogió por la cintura para instalarla en sus piernas mientras la abrazaba apretadamente.

—Por favor, dime algo… —susurró vencida, acariciándole el pelo.

Piers tembló.

—Todos… —comenzó muy lentamente—, todos están muertos… y Chris… mi capitán perdió la razón… —Volvió a estremecerse—. ¡Esa maldita mujer fue la culpable, que se pudra en el infierno! —Su rugido tomó a Deborah por sorpresa y sintió miedo, no por ella, sino por aquel lado tan oscuro que estaba viendo de Piers, el mismo que trató de ocultarle por tanto tiempo—. Finn… él solo era un novato… ¡Que me jodan! Nadie merecía morir de esa forma, Deb…

La muchacha no pudo contener más las lágrimas, que se deslizaron rápidamente por su rostro para unirse a las de Piers. Lo abrazó con fuerza y hundió la cara en su cuello, mientras que él la tenía escondida en su pecho agitado.

—Lo siento tanto, cariño —sollozó—. Ojalá pudiera ayudarte con todo esto… No puedo hacer nada por ti…

—Tú… aquí, conmigo, es todo lo que necesito. —Apartó la cara de su pecho para mostrarle sus ojos cafés, desiertos de emoción pero tintados de dulzura—. Te quiero, Deborah. Eres todo lo que necesito —susurró.

—Oh, dios… —No supo qué decir a esa simple declaración impregnada de dulzura; ella le amaba con todo su ser y saber que la correspondía era como un sueño. Ese hombre bueno, noble, justiciero, honesto, leal, la amaba también.

Deborah lo abrazó compulsivamente. No podía borrarle las heridas, pero sí podía estar con él y apoyarlo, devolverle la mano luego de que él la salvara de Michael en todo sentido.

Se mantuvieron unidos, llorando a ratos, besándose otros tantos, y sellaron su unión acompañándose en sus dolores. Habían descubierto una nueva forma de comunicarse que no tenía relación con el sexo, y por ello era mucho más profunda, más duradera, y más valiosa.

Aquella noche fue la consolidación de promesas sin palabras; promesas que ambos cumplieron incluso sin saberlo, tras los fatídicos hechos ocurridos en junio del año 2013.

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Sí, queridos: habrá una tercera y última parte.

Amor y felicidad para todos.

Stacy Adler.