LXXXVIII. Yô Miyagi

"¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente.

¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo.

¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal?

¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?"

Paradoja de Epicuro

Misaki bajo el arma lentamente, mirando a Masamune con los ojos encendidos de furia. Éste agradecía que fuesen tan oportunos porque sus probabilidades de sobrevivir ya no eran muchas, y se dejó caer al suelo mientras sentía que el corazón se le saldría del pecho.

Miyagi no apartaba la mirada de Misaki a pesar de haber cumplido la orden sin chistar, sabía que no podía fiarse de alguien que hubiese podido matar a su único boleto de salida con tanta sangre fría.

—Suelta el arma y levanta las manos, Misaki— le ordenó sin dejar de apuntarle a la espalda. El muchacho separó las palmas y comenzó a levantarlas cuando se giró hacia él rápidamente y le disparó tumbándolo de espaldas al suelo.

— ¡Oficial herido! ¡Oficial herido! — Alcanzó a escuchar mientras se escurría entre ellos como un roedor hasta que tres policías lograron contenerlo.

— ¿Estás bien? — le preguntó Yamazaki mientras le extendía la mano para que se levantara. Todavía el chaleco antibalas desprendía humo donde había penetrado la bala.

Escuchó forcejeos mientras se levantaba lentamente. Tres oficiales contenían a Misaki. Aún estaba un poco mareado y sentía una leve punzada en el pecho, pero de resto sabía que estaría bien.

— Sí. Dios bendiga al que inventó esta cosa— suspiró tocando el chaleco mientras el oído le seguía zumbando

— ¡Miyagi! — la voz de Shinobu le estremeció el tímpano desde el auricular— Se escucharon disparos ¿Estás bien?

— Si, Shinobu. Estamos bien— respondió con parsimonia volviendo la mirada a donde estaba Misaki. Ya le habían puesto las esposas y parecía desesperado por liberarse tratando de separarlas hasta maltratarse las manos.

Detente— no las podrás romper— le dijo casi con paciencia paternal—. No tienes tanta fuerza, muchacho.

Apretó los dientes con toda la frustración contenida y seguía separando las manos que ya empezaban a cortarse al tiempo que los ojos se le llenaban de lágrimas.

— Debemos encontrar a Usami— le dijo Yamazaki a Miyagi sacándolo de su letargo— Pediré refuerzos para que cuiden el perímetro, pero lo más probable es que siga dentro de la casa.

— Sigamos buscando— contestó Miyagi dándole la espalda a Misaki mientras escuchaba como lo hacían andar a sus espaldas.

Al continuar recorriendo el resto de la mansión, sentía que algo no andaba del todo bien. Todo había resultado mejor de lo que había planeado y eso, para alguien de su experiencia y en pleno conocimiento de lo que estaba enfrentando, le resultó sospechoso.

Miyagi sabía que Usami no era alguien que dejase cosas al azar. Era un muy buen estratega y aunque se equivocara, siempre Misaki había demostrado ser su principal prioridad. Al menos era lo que le había dado a entender al resto de sus mercenarios.

Apuntaba el arma hacia el frente; mirando en todas las direcciones. Alerta a cualquier movimiento, al más pequeño indicio de que los papeles podían voltearse en cualquier momento.

— Miyagi, algo le está pasando al muchacho— dijo Yamazaki haciéndole voltear hacia donde estaba Misaki que se desplomó al piso en medio de agresivas convulsiones mientras una espuma blanquecina brotaba de su boca.

— Maldita sea— escupió Miyagi mientras se acercaba a ellos. Sabía que los aliados de Usami tenían esta tendencia a acabar con sus vidas o con las de otros cuando se veían acorralados. Y no quería volver a vivir el día que vio a Kisa morir ante sus ojos por no responder a tiempo.

Se hincó frente a él y removió las esposas de sus manos con cuidado para que no se siguiera lastimando con los movimientos de su cuerpo.

— Es usted demasiado ingenuo, Miyagi— le susurró cuando se acercó a medir su pulso, para luego golpear su frente con la suya haciéndole retroceder. Cuando tomó su arma para inmovilizarlo; se percató de que ya no la tenía y vio disparar rápidamente y con precisión casi sobrehumana a todos los policías que le rodeaban; dándole a uno de ellos en la cabeza.

De los cinco policías que acompañaban a Yô Miyagi, solo él y Yamazaki quedaron de pie.

Misaki lo miraba con los ojos perdidos, como si dentro de su cuerpo no hubiese una persona sino una máquina de matar.

Miyagi levantó las manos entregándose a su destino. Ahora sabía que de esta no saldría vivo. Y si de algo se arrepentía era de no haberle expresado lo suficiente a Shinobu cuan orgulloso estaba de él, lamentándose no poder ver el buen oficial que podría llegar a convertirse. Podría incluso llegar a ser comisionado, o fiscal de distrito.

— Si no quiere que mate a estos policías, venga conmigo— escuchó que le ordenó en una voz baja, pero lo suficientemente escalofriante para calarse en su piel y erizarle la espalda.

— ¡Miyagi escuchamos disparos! ¿Qué paso? — de nuevo la voz alarmada de Shinobu llenó sus oídos. Iba a extrañarla, también sus manos y su rostro.

— Obedezca— dijo apuntando hacia Yamazaki. Miyagi recordó a Shinoda y a Yanase; afectados de manera irreversible por un conflicto que no les pertenecía.

— ¡¿Miyagi, Qué paso?! — volvió a llamar Shinobu— Miyagi, contesta ¡Miyagi!

— Déjalos ir a todos y yo iré contigo— respondió aún con las manos en alto.

Misaki bajó el arma.

— Levántese y camine— ordenó mientras le apuntaba—. Y no intente nada o los mataré.

Se levantó del piso con las manos en un lugar visible en todo momento y le dio la espalda para comenzar a caminar.


Hiroki continuaba caminando sin rumbo dentro de la casa después de encontrar a Ijuiin y al hijo del fiscal de distrito. Dudaba aún del objetivo de Usami ahora que había acabado con su único boleto de salida. Matar a Sumi había sido un error, se había quedado sin qué negociar.

A menos, que nunca hubiese pensado en negociar. Entonces ¿Qué pretendía?

La bomba debajo de Hatori podía ser meramente un truco, pero si pensaba matarlos a todos ¿Cuál era la idea de decirles quienes estaban en la casa?

Escuchó disparos desde uno de los flancos del jardín. Donde se encontraban Miyagi y Yamazaki. Hizo una seña para que parte de los oficiales fueran hacia allá para servirles de refuerzos.

— Todo esto está muy raro— susurró para sí mientras caminaba hacia adelante, cerca del salón.

— ¡¿Miyagi, Qué paso?! — escuchó a Shinobu por segunda vez— Miyagi, contesta ¡Miyagi!

Temió que le hubiese pasado algo a Miyagi, sin embargo no podía regresar. Le había prometido confiar en él, por eso debía seguir adelante.

Luego todas las luces se apagaron, dejando la casa a oscuras. Hiroki encendió la linterna en su hombro y notó como los oficiales que le acompañaban las encendieron también.

— No tenemos luces, Shinobu— dijo al radio— dime donde estamos.

Nadie respondía.

Comando a central. No tenemos iluminación en la casa, precisamos ubicación— repitió. De nuevo nadie respondió.

¿Shinobu? ¿Miyagi? ¿Yamazaki?

Se comenzó a sentir ansioso en medio de la inacabable oscuridad de la casa cuando escuchó movimiento tras él y dos disparos de silenciador.

Cuando se giró hacia dónde provenía el ruido, un cañón plateado le daba de lleno en medio de los ojos.

— Bienvenido a tu tumba, Kamijô— le dijeron en una voz rasposa y espeluznante.

— Usami.

— Camina— le ordenó, Hiroki notó como los policías que le acompañaban estaban tendidos en el suelo.

Están muertos, si— respondió intuyendo su pregunta—; pero no te preocupes, pronto los vas a acompañar. Ahora, sé un chico bueno y camina.

Hiroki se quedó petrificado en el suelo por un instante.

Hiroki— trajó su atención de nuevo hacia él retirando el seguro del arma—. Ca-mi-na.

Se dio la vuelta y sintiendo aun el cañón en la parte posterior de su cabeza comenzó a caminar.


— Perdimos toda señal de la casa— avisó uno de los oficiales desde su puesto de control. Shinobu sentía como el aire se le cerraba en la garganta.

— ¿Qué está pasando? — preguntó Iida tras él.

— No lo sé— susurró en un hilo de voz—. No lo sé.

— Debemos enviar otro perímetro a que revise la casa—dijo Kirishima con voz firme—. Quizás algo está interfiriendo con la señal.

— Muévanse a las redes auxiliares—. Ordenó Shinobu sin apartar la vista del computador de su puesto. No iba a enloquecer, iba a sacar a Miyagi vivo de esa casa costara lo que costara.

— Iniciando sistemas infrarrojos— respondió Iida mientras los oficiales a su alrededor tecleaban sin parar—. Cambiando señales de comunicación de móviles a CDMA.

Shinobu esperó unos segundos que se le antojaron eternos mientras apretaba las manos sin despegar los ojos de la pantalla.

— Infrarrojos activos. Cambio a CDMA en tres… dos…— escuchó a uno de los oficiales cerca de él.

— Aquí Yamazaki ¿Alguien puede oirme? — escuchó Shinobu apenas se logró la conexión.

— Yamazaki, aquí central— respondió con toda la poca calma que podía conservar— Escuchamos disparos ¿Qué pasó?

— Takahashi— respondió— fingió que se había envenenado… no lo vimos venir.

Shinobu sintió como sus órganos bajaban a su estómago.

Tenemos un oficial caído… y dos heridos— continuó. Shinobu notó el pesar en su voz—. Y… Takahashi se llevó a Miyagi. Lo tienen de rehén.

Shinobu se desplomó sobre la silla.

— Enviaremos a una cuadrilla para que los saquen de allí, capitán— respondió Iida.

Shinobu sintió como el corazón se le encogía en un dolor y desesperación inexplicables; como un vacío que lo tragaba sin que pudiese gritar o dar brazadas para salir.

— Lo sacaremos de allí— la mano de Kirishima se cerró en su hombro.


Hiroki caminó hasta un salón en el segundo piso de la casa. Era como una oficina enorme, donde una de las paredes era una ventana panorámica que daba hacia un enorme bosque con la luna llena iluminándolo todo.

Akihiko lo dejó desarmado antes de entrar y cerrando la puerta tras de ellos, caminó al escritorio sin dejar de apuntarle.

— Toma asiento, por favor— señaló la silla frente a la suya. Hiroki no pudo contenerse de recorrer el lugar con la mirada—. Esta solía ser la oficina de mi padre.

Hiroki obedeció y se sentó frente a él sin dejar de mirarlo. Se veía muy distinto a aquel al que arrestó luego de la debacle de Yui Fujikawa. Incluso notó que estaba herido.

¿Esto? — Señaló su herida al notar como se quedaba mirando la mancha en su camisa—. Lo hizo mi hermano, pero no es grave… no te preocupes. De todos modos quedó peor que yo, pero eso ya tú lo sabes.

Hiroki sintió como se le erizaba la espalda al recordar cómo había encontrado a Haruhiko Usami.

Ahora que estamos frente a frente ¿Crees que todo esto valió la pena, Hiroki? — Extendió los brazos con dramatismo—. Todo este tiempo, todo el peligro, todos los riesgos, todos los policías muertos, los que están heridos… ¿Valió la pena?

— Cuando pueda ponerte tras las rejas valdrá cada maldito segundo— respondió en un gruñido con los dientes apretados. Usami rio.

— Hiroki, Hiroki, Hiroki…— chasqueó la lengua en negativa—. Pero si nadie es del todo inocente aquí… Te enamoraste de un asesino y terminaste protegiéndolo de mí aunque somos iguales…

— Nowaki no es igual que tú— respondió tajante. Usami se carcajeó.

— No, claro que no— respondió con media sonrisa socarrona—. Claro que no.

Hiroki escuchó la puerta abrirse para que Miyagi entrara a la oficina seguido de Misaki quien le apuntaba por la espalda. Ambos se mostraron sorprendidos al verse. Usami se levantó de la silla y se acercó a Misaki.

Buen trabajo— le palmeó la cabeza con cariño—. Ahora que llegó nuestro invitado podemos comenzar la reunión.

Miyagi tuvo un muy mal presentimiento.

— Caballeros, bienvenidos a nuestra muerte— anunció sonriente Akihiko Usami.