Capítulo 2
Transcurrieron cuatro largos años desde la salida de Fersen. María Antonieta se había sumido en una tristeza que intentaba aplacar comprando vestidos, asistiendo a todos los bailes que podían darse en Versalles y en su nueva mejor amiga: Madame de Polignac, una mujer evidentemente fría y con muy pocos escrúpulos. Había conducido a la reina de Francia a refugiarse en apuestas, actividad de la cual, la única favorecida era ella misma y sus amistades. Cada noche, María Antonieta perdía grandes sumas de dinero que debía cubrir con los impuestos recolectados con el trabajo y sacrificio de un pueblo cansado y hambriento. Nada había cambiado para ellos, seguían siendo tan pobres y miserables, como hace años atrás. La decepción e indignación se colaba por cada familia plebeya de Francia. Eran una olla a presión que no tardaría en estallar. Pero María Antonieta permanecía ajena al sufrimiento de su pueblo. No tenía límites y tampoco aceptaba los consejos de madame Noaelles o del Conde Mercy. Ella era la reina de Francia y absolutamente nadie podía estar por sobre sus decisiones y autoridad. Sin duda, María Antonieta hubiese sido más dichosa, si en su corazón no se hubiera albergado el amor hacia un hombre que le era prohibido, pero que la hacía sentir como un ser humano. Ese dolor, era lo único que estaba por sobre su estatus y posición.
Durante este tiempo, Oscar se había vuelto su sombra. Sabía que la amistad con Polignac era algo que perjudicaba su reinado, pero ante la obstinación y necesidad de cariño de la reina, no tenía cómo intervenir. La reina se empeñaba en seguir apostando, a pesar de que el mismo rey se lo había prohibido. Los caprichos de su mejor amiga tampoco tenían límites. Vestidos, terrenos, joyas, cualquier deseo de madame de Polignac, era cumplido por la reina. Ante esto, Oscar se dedicó simplemente a acompañarla y protegerla, tal como lo había prometido. A pesar de no intervenir en la relación de ambas mujeres, sentía la mirada recelosa de la condesa, quien sospechaba que Oscar sabía de sus sucios trucos y maniobras para manipular a la reina. André muchas veces se lo había advertido, pero no quiso darle más importancia de la que tenía. Luego de la reina, Madame de Polignac se había convertido en la mujer más poderosa de la corte.
….
Ya hace algunas horas había amanecido, cuando André se dio cuenta que Oscar no había bajado a desayunar. Sabía que tenía el día libre, pero no era mujer de quedarse mucho tiempo en cama. Inevitablemente se preocupó. Habían estado varias noches seguidas patrullando por los alrededores de Versalles. Oscar se preocupaba en demasía por la seguridad de la reina, ya que los rumores de sus apuestas a expensas de los impuestos cobrados al pueblo, habían llegado a oídos del tercer estado. Eso podía resultar muy peligroso. Un pueblo hambriento y decepcionado, era más terrorífico que cualquier arma.
-Abuela, ¿sabes si Oscar ya salió de su habitación?
-No André, no la he visto – respondió la Nana arreglando una bandeja – toma, si no tienes nada mejor que hacer, llévale el té a mi niña – le ordenó la anciana.
-Tu "niña" ya está grande, ¿no crees abuela? – dijo cubriéndose la cabeza al ver la amenazante mano de su abuela directo hacia su cabeza.
- ¡Chiquillo malcriado! – le gritó palmoteándolo en forma reiterada - mi niña siempre será mi niña, y punto. Haz lo que te mandé a hacer antes que me arrepienta y te deje sin comer en todo el día.
André sólo se limitó a sonreír, sabía del cariño inconmensurable que la abuela sentía por Oscar y disfrutaba provocarle esos ataques de ira, haciendo bromas acerca de su "niña". Acto seguido, ágilmente tomó la bandeja y subió las escaleras hacia la habitación. Primero, se acercó hacia la puerta para escuchar si había algún ruido, quizás Oscar ya se había levantado, se dijo. Al no recibir respuesta, golpeó con fuerza, algo le hizo desesperarse al ver que todo permanecía en completo silencio. Sin ni siquiera esperar respuesta, abrió la puerta de par en par, dejó la bandeja en el tocador y se acercó a la cama de Oscar. Esta aún dormía, sin percatarse de su presencia en la habitación.
- ¡Oscar, Oscar! – le gritó. Luego, con una de sus manos le apartó el pelo de la cara, pasando a rozar una de sus mejillas. Estaba ardiendo en fiebre. De forma casi automática, la destapó. Se había dormido con las botas y el uniforme. Se los quitó rápidamente y corrió a solicitar que llenaran la tina de agua fría. Había visto a su abuela hacerlo cuando la pequeña Lady Oscar, como se empeñaba en llamar ella, caía enferma luego de sus largos entrenamientos. La tomó entre sus brazos y comenzó a dar suaves golpes en sus mejillas.
- ¡Oscar, despierta, Oscar! – André detuvo su maniobra al ver que comenzaba a reaccionar. La joven comenzó a quejarse sin abrir los ojos.
-Tengo... frío… – dijo en apenas un hilo de voz. Instintivamente André la abrazó fuertemente, sintiendo en su cuerpo la calidez del cuerpo de Oscar bajo la fina camisa de seda.
-Oscar, ¡abre los ojos por favor! – le suplicó con un nudo en la garganta. Le dolía verla así, sabía cuánto se esforzaba en cada cosa que se proponía hacer, tanto así que, si no estaba él cerca, se olvidaría hasta de comer por estar cumpliendo con sus obligaciones de comandante de la guardia imperial.
La joven se estremeció de frío en sus brazos. André posó una de sus manos en su mejilla, para verificar la temperatura, aún ardía, pudo notar.
En un gran esfuerzo, Oscar apenas abrió los ojos logrando reconocer la figura de André, sonrió al darse cuenta que estaba en sus brazos. Su pecho era cálido y firme y su aroma familiar. Se sintió completamente segura. En su delirio febril, pensó en que quizás así de agradable se sentiría el pecho de su padre, si alguna vez la hubiese acunado en alguna de sus recaídas. Volvió a retorcerse al sentir un bombeo constante en la cabeza.
-André… - alcanzó a pronunciar antes de caer nuevamente inconsciente, presa de la fiebre y espasmos
Cuando una de las mucamas avisó al valet que había terminado de llenar la tina, éste levantó a la joven rubia en sus brazos. Se atemorizó al comprobar la liviandad de su cuerpo. Se dirigió con ella bajo la mirada penetrante de la muchacha.
-No te preocupes – le dijo con voz firme – yo me haré cargo. No le digas nada a mi abuela, sabes cómo se pone con los asuntos de Oscar. Por favor, trae ropa limpia y quédate cerca de la puerta. Te llamaré para que la cambies.
Sin dudar de la indicación, la mujer hizo una reverencia y se retiró.
Cuando André introdujo a Oscar dentro de la tina, esta comenzó a temblar.
-Lo siento Oscar – le dijo con dulzura – pero es la única forma. Por favor, aguanta un poco más, sólo un poco más.
El cuerpo de Oscar poco a poco fue cediendo a la temperatura del agua. Delicadamente, André, recogió su cabello para que no se mojara. Seguía inconsciente, pero la temperatura ya había bajado lo suficiente como para retirarla de la bañera. Volvió a sostenerla en sus brazos, no sin antes avisar a la mucama para que lo ayudara a secarla y posteriormente vestirla. Cuando el muchacho volvió a ingresar a la habitación, Oscar aun dormía.
- ¿Cómo sigue? – preguntó a la mucama.
-No ha despertado, pero la fiebre bajó un poco.
Se sentó a su lado y tocó su frente para asegurarse que la fiebre había cedido. Oscar siempre se reponía, a pesar de todo, era fuerte como un roble. Entrelazó sus manos a la mano de la joven, estaba tibia-
– Es suave como el terciopelo - pensó. Delicadamente, despejó unos mechones de pelo de su frente y, casi sin darse cuenta, su mano siguió el contorno del bello y fino rostro de Oscar. Siempre la había considerado hermosa, pero al verla así tan frágil y vulnerable sintió, por un momento, que su corazón daba un vuelco en ciento ochenta grados. Cerró los ojos para percibir con mayor intensidad el suave tacto de su mano. Hacía mucho tiempo que no estaba por tanto tiempo tan cerca de ella. Pensar en eso lo puso inexplicablemente nervioso. Volvió a abrir los ojos para seguir apreciando las finas facciones de la muchacha: su boca rosada y pequeña, sus pestañas largas y felinas, sus pómulos afilados, ahora apagados por la enfermedad. Todo en ella era hermoso y no entendía cómo, su propio padre, había sido capaz de no ver eso, intentando coartar cualquier signo de feminidad en ella. Agradeció que eso no sucediera. Cualquiera podía notar la belleza de la muchacha que, unida a su inteligencia, valentía y nobleza de espíritu la convertía en una mujer sin igual. Sin saber por qué, volvió a su mente aquel día del lamentable incidente con la entonces princesa María Antonieta. Oscar había sido capaz de enfrentarse al mismísimo rey de Francia, ofreciendo su propia vida para salvar la de él. Racionalmente, entendía el comportamiento de la joven, sabía que su corazón latía con fiereza ante las injusticias y habían sido criados prácticamente como hermanos. Desde esa arista, era lógica su defensa ante el rey, sin embargo, algo en su interior le decía que la actitud desmesurada de ese día, tenía un significado que no podía explicarse a través de la lógica ni la racionalidad. Por su parte, desde ese día, había jurado que daría su vida por la comandante. En silencio y sin proponérselo, habían hecho un pacto de cuidarse mutuamente, aun a costa de sus propias vidas. Se preguntó entonces, qué significado podía tener. Era innegable, había cariño entre ambos, pero a eso, ¿se le podía llamar amor?
- ¿En qué estás pensando André? – se reprendió a si mismo al tomar conciencia de sus pensamientos – Oscar es ni más ni menos que el comandante de la guardia imperial. Su carrera va en ascenso y yo soy un sirviente – detuvo un momento sus propios pensamientos para observar nuevamente a la joven dormida - ¿cómo pude pensar que la amistad que nos une desde la infancia, podría transformarse en algo más. Soy un insensato.
Un movimiento de Oscar terminó con sus cavilaciones. Al ver que débilmente comenzaba a abrir los ojos, se alegró, sintiendo que el alma le volvía al cuerpo.
- ¿Cómo te sientes? – preguntó.
La muchacha no respondía, aun no volvía completamente en sí. André la miró con preocupación.
- ¿Tienes sed? - preguntó nuevamente. Oscar asintió levemente con su cabeza sin abrir completamente los ojos.
Tomó con una de sus manos la nuca de la joven y la acercó para darle de beber agua.
-Gracias… respondió ella apenas en un murmullo.
-Oscar, debes descansar – le explicó - le diré a la abuela que te prepare algo de comer. Ya es de noche y no has probado bocado en todo el día. Te despertaré cuando esté listo.
El joven valet se puso de pie dispuesto a dejarla descansando, pero al sentir una mano cálida y suave que lo detenía se congeló por algunos segundos. Se volteó lentamente hacia donde estaba Oscar, percatándose que tenía los ojos abiertos, pero la mirada algo perdida.
-No te vayas… por favor – dijo esta suavemente – quédate aquí… conmigo – lo miró con ojos suplicantes, aferrándose con las pocas fuerzas que tenía a la mano de André. Este, volvió a sentarse a su lado, no sabía muy bien cómo reaccionar.
Estuvieron en silencio por varios minutos, pero al parecer Oscar comenzaba a delirar nuevamente. Tomó la temperatura en su frente y, efectivamente, la fiebre había vuelto. Decidió que no tendría más remedio que avisarle a su abuela, ella hacía un jarabe muy efectivo para bajar la fiebre. Cuando volvió de conversar con la Nana, escuchar sus regaños y soportar los golpes que le había propinado por no haberle avisado antes, puso paños fríos sobre la frente de la joven. Esta temblaba nuevamente y murmuraba cosas al parecer sin sentido. André acercó su oído a su boca para escucharla mejor.
-Veamos… el atardecer… juntos… André – alcanzó apenas a entender. Sus ojos se humedecieron, deseaba con todo su corazón que se recuperara y volviera a ser la chica mandona y exigente.
-Iremos Oscar, apenas estés mejor te llevaré a que veamos el atardecer juntos– le dijo al oído para tranquilizarla – no te dejaré, estoy y estaré contigo mientras tenga vida – siguió murmurando en el oído de Oscar.
Luego de administrarle el jarabe y darle de beber más agua, André convenció a la nana que se fuera a su habitación a descansar, ya que él se quedaría junto a Oscar si es que necesitaba algo. Se arrodilló junto a la cama de la joven suplicando a Dios porque se recuperara pronto. En ese momento se dio cuenta que la vida, su vida sin ella no tenía sentido. Si Oscar no estaba, nada tenía significado para él. Se durmió pensando en ello, al compás del suave vaivén de la respiración de la hermosa comandante.
….
Los ojos de Oscar se abrieron junto a los primeros rayos de sol de la mañana. Sintió la garganta seca y la cabeza abombada, como si viniera despertando con una fuerte resaca. Intentó moverse, pero su mano estaba apresada por las manos de André. Sonrió con ternura al verlo dormido a su lado. Tenía algunos leves recuerdos del día anterior, pero la mayoría de ellos cubiertos por una espesa neblina. Recordaba haber sentido mucho frio, pero otro cuerpo le había dado su calor en un fuerte abrazo. Sintió una infinita tranquilidad al recordar esa sensación. Estaba segura que esa figura había sido la de André, no había duda de ello. Muy sigilosamente, quito su fina mano de entre las manos del valet. Se incorporó lentamente, quedando sentada en la cama. Suavemente, comenzó a mover el brazo de su amigo.
-André, André – repitió con suavidad – André, despierta, André – siguió moviéndolo hasta que finalmente este abrió los ojos. Se sorprendió de ver a la joven sentada y notablemente más recuperada. Se puso de pie rápidamente, sin poder evitar una sonrisa en su rostro.
-Gracias a Dios ya estás mejor – le dijo alegremente.
-Así es… pero, ¿qué me pasó? – preguntó poniendo una de sus manos sobre su frente. Prácticamente su último recuerdo había sido desplomarse en la cama, le dolía terriblemente la cabeza y el cuerpo.
-Tuviste mucha fiebre. Tuve que ponerte en la bañera con agua fría y la abuela te preparó uno de esos jarabes especiales para estos casos.
- ¿Dónde está mi Nana? ¿Por qué no se quedó aquí conmigo?
-Oscar, estuviste todo el día de ayer con fiebre y parte de la noche también. Prácticamente la tuve que obligar a que se fuera a descansar. Le tuve que prometer que no dormiría en toda la noche para estar al pendiente de ti.
-Veo que no pudiste cumplir con tu promesa – dijo regalándole una hermosa sonrisa al joven. Este sintió que se caía de a pedazos, por lo que decidió sentarse junto a la cama nuevamente.
- ¿Cómo te sientes? – sin reparos André tocó la frente de la joven con el dorso de la mano. Oscar no pudo evitar el rubor en sus mejillas – ya no tienes fiebre – sentenció finalmente.
-Me siento bien – dijo Oscar avergonzada – tengo que ir a trabajar – hizo el ademán de levantarse, frente a lo cual André la detuvo de los hombros inmediatamente.
- ¿Acaso estás loca o todavía tienes fiebre? – bromeó tocándole las mejillas. Oscar volvió a ruborizarse. Con suavidad se quitó las manos de André del rostro – ¿no escuchaste lo que te dije? – habló buscando la mirada de la rubia - Ya envié una carta a la reina avisándole que estabas enferma y que necesitarías al menos tres días de recuperación.
-Pero…
-Pero nada – sentenció el joven valet – deja de hacer idioteces Oscar. Estuviste así porque llevaste tu cuerpo al extremo. Agradece que el general no está en la ciudad, se hubiese puesto furioso al verte así.
-Está bien – masculló entre dientes, resignada a las indicaciones de su nuevo doctor.
-Ahora iré a avisarle a la abuela que ya despertaste y estás mejor, aunque parece que lo de tu cabeza no tiene remedio –bromeó mientras se levantaba. Oscar, casi en forma automática, tomo la mano de su amigo para detenerlo, tal como lo había hecho el día anterior, en medio de su delirio. André no pudo evitar volver a congelarse. Dio media vuelta para mirarla a la cara.
-Gracias – dijo Oscar mirándolo directamente a los ojos – a veces me siento tan impotente, no puedo hacer nada por mí misma, ni siquiera cuidarme.
André la miró con una dulzura que partió el corazón a Oscar. Se preguntó entonces cómo podía permanecer siempre tan prudente y tranquilo. Admiraba esa virtud en él, tanto como su criterio para resolver cualquier dificultad. Todas sus decisiones eran honestas, venían desde su corazón.
-Descansa, Oscar – le dijo con suavidad acomodándole las almohadas en la espalda para que se recostara – ni siquiera cuando duermes puedes estar tranquila, ¿sabías eso? Así que ahora, por una vez en tu vida, me harás caso y no te levantarás de la cama hasta que yo considere que estas en condiciones de hacerlo, ¿de acuerdo?
Por tercera vez, la joven volvía a ruborizarse. No salieron palabras de su boca, solo pudo mirar a André, dándole permiso con la mirada para que hiciera con ella lo que quisiera. Estaba tan débil y a la vez entregada a las manos de su amigo, que no tenía energía para luchar contra absolutamente nada.
-Muy bien – André comprendió inmediatamente el silencio de Oscar –iré por comida y comerás todo lo que la abuela te sirva.
Oscar lo observó hasta que salió de la habitación. Sonrió aliviada. Agradecía la presencia de esas personas en su vida, ya que la habían salvado de convertirse en una réplica exacta de su orgulloso padre. Muchas veces se sentía viviendo una vida que no le pertenecía, la vida que otra persona había elegido para ella. Se cuestionaba en esos momentos de confusión, cómo hubiese sido su existencia si hubiera tenido la oportunidad de elegir. Estaba atada a los mandatos de su padre, de su formación militar, linaje y estatus social. En lo único que difería su vida, es que había tenido la oportunidad de vivir como un hombre, sin realmente serlo. Eso le brindaba ciertos privilegios, que otras mujeres de su alcurnia jamás hubiesen tenido. Concluyó que María Antonieta y ella, en el fondo, no eran muy diferentes. Para ambas, sus sentimientos y acciones estaban subordinados a sus respectivos destinos. No eran tratadas como seres humanos, sino como marionetas que movían a conveniencia de cada quien, sin importar sus verdaderos deseos. La única libertad que había conocido en su vida, había sido durante una parte de su niñez junto a André. En esa época se les permitía jugar y perderse por los jardines y habitaciones de la gran mansión. Sonreía, lloraba y expresaba lo que quería, sin tener que ceñirse a un comportamiento digno de su rango o de su género.
La presencia de su Nana en la habitación la sacó de sus pensamientos.
-Mi querida niña, ¿Cómo te encuentras? – le preguntó la anciana con lágrimas en los ojos.
-Ya estoy bien Nana, por favor no llores – extendió su mano para tomar la mano de su querida Nana - ¿Dónde está André? – no pudo evitar preguntar al darse cuenta que no venía con la abuela.
-Fue a atender a los caballos. Ayer estuvo todo el día junto a ti y no pudo verlos – hizo una pausa para pensar –ya sabes que no le gusta que otros se hagan cargo de ellos, nadie lo hace como él.
-Es cierto – pensó Oscar – por favor Nana, cuando vuelva dile que se vaya a descansar. No durmió en toda la noche. Yo luego de comer dormiré un rato.
-Como tú quieras mi niña – contestó la anciana –ahora, siéntate para que puedas comer. Debes intentar alimentarte mejor para que esto no vuelva a suceder, ¿de acuerdo? – dijo sentándose a su lado – yo te ayudaré, aún estás muy débil.
-Si Nana.
Oscar la miró con infinito amor, sin replicar a ninguna de sus indicaciones.
…
Atardecía cuando Oscar volvió a despertar. Sin darse cuenta, había dormido toda la tarde. Miró hacia su costado y ahí estaba André leyendo sentado junto a ella.
- ¿Qué haces aquí? – le reclamó – ¿acaso no te dije que fueras a descansar?
El joven con movimientos parsimoniosos, cerró el libro y la miró con paciencia.
-Ya descansé – respondió cortante – me iré a dormir ahora que veo que estás lo suficientemente bien como para darme ordenes – se levantó de la silla haciéndose el ofendido.
-No, espera – suplicó Oscar – siéntate - André la miró serio por un instante esperando la palabra siguiente - por favor … ¿Qué estabas leyendo? – preguntó con curiosidad.
André abrió sus grandes ojos verdes -nada importante – respondió evidentemente avergonzado por la temática de su libro- mañana podrás levantarte, pero no debes esforzarte mucho - dijo desviando el tema.
-Está bien, necesito tomar aire. Me siento como una rea en esta habitación. Salgamos a caminar por el bosque. No supondrá mucho esfuerzo para mí.
Se miraron en silencio - me quedaré hasta que te duermas – sentenció André. La joven, no tuvo ganas de contradecir su decisión.
No siguieron hablando. Oscar volvió a cerrar los ojos, quiso rendirse al sueño, pero con André observándola se le hizo imposible, igualmente fingió dormir para que el valet se fuera a dormir. Este, al verla tranquila, se acercó un poco más para observarla, comprobando que efectivamente dormía profundamente. Mientras la miraba dormir, pensó en que hubiese querido quedarse junto a ella por siempre. Pero la comandante ya se estaba recuperando y no admitiría tenerlo ahí todo el tiempo. La arropó con las cobijas y se retiró de la habitación. Oscar abrió los ojos sintiendo un gran vacío en su corazón. Le dolía separarse de él, pero también se sentía egoísta. André siempre estaba con ella y para ella y consideró lo injusto de la situación, en este caso, para él. Sabía de su incondicionalidad y de la nobleza de su corazón. También reconocía su cariño y devoción hacia ella y eso era lo que más le asustaba: las consecuencias de que ambos se relacionaran cada vez con mayor intimidad. Sin duda el único perjudicado en esa ecuación, nuevamente, sería su querido André. Debía dejar su soberbia, egoísmo y, por sobre todo, sus sentimientos de lado. Debía darle la oportunidad al hombre que amaba de elegir su propio destino, de que pudiera saborear la libertad que ella no podía tener, aunque apartados uno del otro. Aún estaba a tiempo de hacerlo.
A la mañana siguiente, Oscar estaba en pie desde temprano. Se sentía totalmente renovada luego del obligado descanso. Desayunaron juntos con André, mientras éste la ponía al día con las noticias de la corte.
-Se comenta que todas las noches grandes sumas provenientes de las arcas de la nación, pasan a engrosar los bolsillos de Madame de Polignac – André se arrepintió de su comentario al notar que la expresión de Oscar cambiaba – pero hoy no debes preocuparte por eso, Oscar. Vayamos a cabalgar, te hará bien tomar aire fresco.
-Tienes razón – dijo esta con un semblante de tristeza en el rostro.
Cabalgaron por largo rato a través de llanuras y campos. André la obligó cada cierto rato a detenerse para verificar su salud, no obstante, la comandante ya estaba repuesta del todo y desbordaba energía. André se alegró por eso.
Ya cayendo la tarde, se quedaron a la orilla del rio, recostados sobre sus espaldas tal como lo hacían de niños. En ese lugar, se sentían libres para ser simplemente ellos mismos.
-André – se sentó para aclarar sus pensamientos - ¿recuerdas cuando casi nos ahogamos aquí, en este lado del rio?
El joven se quedó unos segundos en silencio para traer esos lejanos recuerdos a su mente -Sí, eso fue cuando tenías cinco y yo seis años – dijo rascándose la nuca – Dios, estábamos tomados de la mano y nadando desesperados por salvarnos.
Oscar sonrió levemente y luego de unos largos minutos volvió a hablar - ¿te has enamorado alguna vez, André?
Este, la miró extrañado - ¿de qué estás hablando? – contrapreguntó con mucha seriedad. Oscar se quedó en silencio, sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos – prácticamente desde que tengo memoria has estado a mi lado, has sido mi único amigo y compañero… – volvió a hacer una pausa que a André le pareció eterna. El valet se incorporó para entender mejor las palabras de Oscar – haces todo lo que te digo, sólo te falta respirar por mi… - tuvo que tomar aliento para continuar – y nunca te he preguntado qué es lo que realmente quieres hacer – finalizó con apenas un suspiro de aire sintiendo, por un momento, que su estómago había subido hasta su garganta y le impedía respirar. Se puso de pie para rearmarse.
-Oscar, no entiendo… - musitó preocupado. Su corazón comenzó a latir con fuerza, dándole aviso que lo que venía, no era algo muy bueno.
La joven rubia seguía sin despegar la mirada del rio – Quiero que seas feliz, André, que puedas vivir tu propia vida y no la vida de otra persona, como lo has hecho hasta ahora. Deseo eso más que nada en el mundo.
El joven sonrió quitándole la importancia y seriedad que estaba tomando el asunto -Vamos Oscar. Creo que la fiebre realmente te ha afectado. Volvamos a casa, ya es tarde y pronto oscurecerá – dijo con aire despreocupado, invitando a Oscar a que subiera a su caballo.
Ambos jóvenes emprendieron camino en completo silencio y calma. Durante el trayecto, André aprovechó de analizar las palabras de su amiga. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué se mostraba tan insegura? O es que acaso, ¿pensaba deshacerse de él? Desechó esa idea de inmediato. Ella misma lo había dicho. Toda su vida era la vida de Oscar, no conocía otro camino y ella no sería capaz de apartarlo de su lado. Era imposible.
-Yo llevaré a los caballos – informó apenas entraron por los jardines de la mansión. Oscar esperó a que entrara a la caballeriza, eso le daba tiempo para armarse de valor para decir lo que tenía que decir. Cuando entró, el valet daba de beber y comer a los animales.
-No respondiste a ninguna de mis preguntas – lo encaró con severidad – quiero que tengas una vida, tu propia vida André. No quiero que sigas sirviendo en esta casa – sentenció ahogando el llanto en su garganta. No podía demostrar debilidad en ese momento crucial. Estaba convencida de que eso era lo mejor para ambos, ya que su relación, estaba destinada al fracaso. André ni siquiera la miraba. No quería dar crédito a las palabras de Oscar – ¿me escuchaste? Quiero que te vayas, que te cases y tengas una vida normal.
André se dio vuelta para mirarla a los ojos, estaba enfurecido. ¡Cuánta imprudencia y egoísmo había en las palabras de Oscar! No podía creerlo pero, al mismo tiempo, sabía que la chica hablaba en serio. Caminó hacia ella, sin quitarle los ojos de encima. La joven, pudo percibir su frustración y rabia, su respiración era agitada. Muy pocas veces había visto esa expresión en él y, en el fondo de su corazón, comprendía cualquier reacción que este pudiera tener. No había medido sus palabras, lo había echado – ¡Oh Dios! – pensó para sí misma, ¿en qué estaba pensando?
-Y tú, ¿cuándo vas a vivir tu propia vida? - Oscar lo miró impactada, nunca la había enfrentado de esa forma.
-Yo… este es mi destino André. Nunca he tenido ni deseado una vida ordinaria.
-No te estoy hablando de una vida normal, Oscar, sino a cuando vas a comenzar a tomar tus propias decisiones y a hacerle caso a tus sentimientos.
Se quedaron mirando en un silencio que parecía un abismo oscuro y eterno. Sus miradas irradiaban tristeza, amor, enojo… rabia, era un duelo de emociones y sensaciones que habían sido reprimidas por ambos. Esos eran sus verdaderos sentimientos. Se acercaron más, tanto, que sus alientos se combinaban, sin poder distinguir el de cada cual. En otra ocasión, André hubiera guardado silencio, pero esta vez el silencio no era una opción, él esperaba una respuesta. Necesitaba saber qué sentía Oscar de verdad.
-Está bien, lo haré. Me iré y tendré mi propia vida – dijo rompiendo el silencio con una tranquilidad disimulada – porque eso es lo que quieres, ¿no? – ella permanecía impávida ante la respuesta de su valet, solo atinó a desviar su rostro para evitar su mirada. Este, la tomó de los brazos y la sacudió para hacerla reaccionar – respóndeme, ¿es eso lo que quieres? ¡Mírame a los ojos y pídeme que me vaya, Oscar, pídemelo! – el joven había perdido todo el control de sí.
La muchacha mantuvo su vista a un lado. No era capaz de hacerlo, no, no podía ser capaz de separarse de su amigo, compañero y amor. Pero la sombra de la desdicha ante un amor prohibido, se había apoderado de ella y la consumía por completo. Prefería morir de tristeza, antes de que a André le pasara algo por haber puesto sus ojos en ella, en una aristócrata. De partida, su padre sería capaz de matarlo si se enteraba. Tomó aire para evitar el llanto y no titubear. Giró su rostro hacia el de André y lo miró con fuerza directamente a los ojos.
-Puedes hacer con tu vida lo que mejor te plazca – André la soltó inmediatamente con algo de violencia. Lo había dicho, había pronunciado aquellas palabras mirándolo a los ojos.
-Si eso es lo que quieres, lo haré Oscar – dijo totalmente derrotado – pero antes, tienes que saber algo.
Oscar lo miraba con terror, no por su reacción, sino por la tristeza que lo inundaba.
-Eres una insensata, toda mi vida he estado al pendiente de ti, amándote en silencio, negando mis sentimientos para poder estar cerca de ti. Te amo Oscar, te amo. ¿Acaso no puedes entenderlo? Desde que tengo uso de razón te amo. No necesito otra vida porque tú eres mi vida. Eres el aire que respiro, eres todo para mí. Haría cualquier cosa por ti – lagrimas inundaron sus mejillas – me enfrentaría al mundo entero, a tu padre o a quien fuese necesario para estar contigo. Me haría tu esclavo si eso me permitiera permanecer por siempre junto a ti – agachó la mirada y continuó – sin embargo, hay algo que no puedo hacer y eso es, luchar contra ti y tus deseos. Antes que provocarte algún daño preferiría morir- la joven abrió los ojos de par en par, no quería imaginar que eso pudiera suceder. André, sorpresivamente, la tomó de la mano y la puso en su mejilla – te amo tanto que me duele mirarte de lejos o estar cerca de ti sin poder tocarte, no lo soporto. Aun así, eso ha sido suficiente para mí, no pido más– dejó su mano y se volteó apoyando las propias en los troncos de los corrales, necesita aferrarse a algo con urgencia.
Oscar permaneció impávida, estaba totalmente desconcertada. No fue capaz de moverse ni de articular palabra. Sus grandes ojos azules estaban inundados en lágrimas. Deseó decir lo que había guardado en su corazón durante tanto tiempo, pero le fue imposible. Si se movía, caería de a pedazos y todo habría sido en vano.
-Mi lady – escuchó desde la puerta de la caballeriza. La joven mucama permanecía de pie junto a la puerta, evidentemente incomoda por interrumpirlos y ser testigo involuntario de la escena que se estaba desarrollando en el lugar – tiene una visita. Dice que le urge verla.
Oscar aprovechó esos breves instantes para reponerse. Miró de reojo a André. Este seguía inmovilizado, ni se había inmutado con la presencia de la muchacha.
- ¿Quién es?
-El Conde Fersen. La espera en la biblioteca.
Oscar cerró los ojos y suspiró, la llegada de Fersen era lo último que esperaba.
-Por favor, dile que enseguida voy. Sírvenos vino.
-Como usted diga madame – dijo la sirvienta haciendo una reverencia y marchándose.
La joven cerró los ojos y tomó aire. Intentó acercarse a André para explicar su comportamiento, aun respiraba en forma agitada.
-André – dijo en un susurro, pero el joven se alejó de ella sin ninguna mesura.
-Por favor, déjame solo. Necesito pensar – su corazón estaba definitivamente herido y destrozado - hay alguien que te espera.
Oscar reprimió sus deseos de abrazarlo y pedirle que la perdonara por haberle causado tanto dolor, que era su mismo dolor.
-Lo siento – solo alcanzó a decir, saliendo de la caballeriza.
André cayó de rodillas al piso. Toda su vida había transcurrido en ese lugar, junto a Oscar y ahora, ahora tenía que dejar todo atrás por la cobardía de ambos. Le era imposible quedarse un segundo más así, estaba muriendo por dentro. Tomó su caballo y salió al galope dejando atrás la mansión de los Jarjayes.
…
Antes de ver a Fersen, Oscar pasó por su habitación para recuperarse. Lavó su rostro con agua fresca y cepilló su cabello. Todavía estaba tensa. Se miró por largo rato en el espejo. No podía aun creer lo que había pasado. Las escenas de lo acontecido la acosaban a cada segundo, no tenía cabeza ni corazón para otra cosa. Finalmente, se puso de pie, acomodó su ropa y se dirigió hacia la biblioteca.
Cuando el conde la vio entrar, quedó sorprendido. Su belleza había aumentado considerablemente, dándole un aire mucho más maduro. Desbordaba seguridad y elegancia. Oscar era como una flor completamente abierta. La admiraba profundamente, era totalmente diferente a cualquier mujer que hubiese conocido antes. Se puso rápidamente de pie para saludarla.
-Querida Oscar, aquí estoy tal como te lo prometí. Sabía que nos volveríamos a ver.
-Es bueno volver a verte, Fersen, ¿cuándo volviste a Francia?
-Recién esta mañana. Quise pasar a verte de inmediato – se miraron por largo rato. El sueco pudo percibir en ella una tristeza y melancolía que antes no tenía. Su rostro estaba pálido y cansado, los ojos enrojecidos, su cuerpo, parecía derrotado –y, ¿dónde está André? Me gustaría saludarlo – pudo notar el cambio de expresión en la joven, la incomodidad de alguien que no sabe qué responder.
Ella aclaró su garganta antes de hablar – está en las caballerizas. Acabamos de llegar de un largo paseo y los caballos necesitaban atención.
-Entonces iré a verlo allá.
- ¡No! – habló en un grito ahogado. Fersen la miró con sorpresa –me refiero a que no se sentía muy bien y quería descansar.
-Entiendo, por favor, dale mis saludos
-Por supuesto – murmuró con tristeza. Se levantó para mirar hacia la ventana.
El sueco, comenzó a sospechar que no había llegado en un buen momento.
-Háblame de ti, ¿qué ha pasado contigo en estos cuatro años? – Oscar prefería cambiar de tema.
Fersen, se acercó a ella, obligándola a mirarlo a los ojos.
-Oscar, no te noto muy animada. ¿Estás bien?
La joven permanecía con la mirada baja. No aguantaba más, necesitaba llorar y de ninguna forma lo pudo evitar. Lágrimas desbordantes inundaron su rostro, que cubrió avergonzada con sus manos. Fersen se acercó a ella y la abrazó suavemente. Por primera vez, podía sentir su frágil y delicado cuerpo, toda la belleza que escondía tras el uniforme militar. Olía a rosas y su cabello rubio, era suave y había crecido hasta la cintura durante esos años. Se sintió conmovido por la fragilidad de su amiga, nunca se imaginó que podría verla así, vulnerable ante sus propios sentimientos. Supuso que la tristeza que empañaba a Oscar tenía que ver con André. Sabía que nadie más tenía el poder de remover en sus emociones. Él podía sacarla de su alegría, así como de su tristeza. Cuando se calmó, él mismo con su pañuelo, le limpió el rostro con ternura, como si fuera una niña pequeña.
-Sabes que puedes confiar en mí, Oscar. Por favor, háblame – suplicó Fersen.
-Perdóname, por favor perdóname – fue lo único que pudo decir Oscar en ese momento –necesito estar sola… te buscaré cuando me sienta mejor, querido amigo.
-Querido amigo – pensó Fersen, ¿por qué le dolía ser para Oscar solo un amigo? Durante su permanencia en Suecia, su corazón había estado con María Antonieta, pero la sombra de Oscar siempre lo perseguía. ¿qué sentía realmente por ella? Supo que no era momento de analizar sus sentimientos, pero sabía que esas palabras habían sido como un puñal en su pecho.
- ¿Estás segura? – preguntó mirándola a los ojos.
-Sí, lo siento – respondió Oscar apenada.
El conde, en un gesto de máxima caballerosidad, tomó la mano de Oscar y la besó. Se sintió incómoda, por lo general los hombres no tenían ese tipo de gestos con ella.
-Nos veremos pronto, mi querida Oscar – Fersen se marchó regalándole una bella sonrisa a la joven.
Oscar bajó las escaleras como un alma en pena. Se instaló frente a la chimenea a observar el fuego. Esperaría a André, lo había visto salir cuando subió a su habitación.
-Dónde habrá ido- se preguntó.
La noche había caído completamente. André, a mitad de camino, se bajó del caballo para caminar lo que le quedaba de trayecto de regreso a la mansión. Había bebido demasiado y no quería llegar en esas condiciones. Pensó en que había logrado ahogar sus pensamientos, pero no el dolor que sentía en el centro del pecho. Oscar, su amada Oscar, lo apartaba de su lado. ¿Podría haber un dolor más intenso que ese? Se convenció a si mismo de que no. ¿Qué significado tendría su vida de ahora en adelante, sin Oscar? No supo que responder. Sólo quería olvidar, pero sabía que no era posible, ni siquiera la bebida podía hacer ese milagro por él. Estaba sumido en las tinieblas, sin la mujer que amaba el sólo era un fantasma.
Cuando entró a la casa se sorprendió de ver a Oscar esperándolo. Se veía tranquila, imponente frente al fuego, como una diosa salida del Olimpo.
- ¿Dónde habías estado André? La nana estaba preocupada por ti – le preguntó con total tranquilidad, aunque su corazón estaba retorciéndose por dentro.
-Necesitaba tomar aire – respondió André indiferente – mira Oscar, el fuego se está apagando, te vas a congelar – dijo mientras se acercaba al fuego para avivarlo.
-Hueles a alcohol, André.
-Sí, es así. Me iré a dormir, buenas noches.
-André, espera – Oscar se puso de pie para mirarlo de cerca - Lamento lo que sucedió esta tarde, pero es lo mejor para ti…
-No sigas, por favor – le interrumpió en forma drástica – ya tomé una decisión, me voy en dos días. Dejaré todo en orden antes de irme.
- ¿A dónde irás?
-Ese ya no es tu asunto.
Oscar, solo atinó a abrir los ojos y, a pesar del dolor que le provocaba la partida de André, ya no podía retroceder. Debían mantenerse alejados.
-Entiendo – dijo la joven bajando la mirada.
-Buenas noches, Oscar – André se retiró del salón sin decir ni una sola palabra más.
La comandante volvió a sentarse frente al fuego, que rugía con fuerza frente a sus ojos, gracias a André.
- ¿Te das cuenta? No puedo hacer nada por mí misma - sonrió ante sus propios pensamientos. Estaba sola, como nunca lo había estado y, ahora, solo podía aferrarse a sus decisiones, que era lo único que le quedaba. Había comenzado a trazar un camino, no podía seguir desviándose de él.
