Capítulo 3: trazando un destino
Tres meses transcurrieron desde la partida de André. Nadie sabía absolutamente nada de él, ni siquiera su abuela que ya estaba bastante preocupada por su abrupta ausencia. Antes de partir de la mansión, habló con ella contándole que iba a tomar unos días de vacaciones con el permiso de Oscar. Algo que a la mujer le pareció por demás extraño, ya que jamás había salido sin la compañía de la joven o de la familia. Sin embargo, no quiso mortificarlo con sus preguntas. Durante los últimos días lo había visto bastante triste, casi deprimido, por eso prefirió calmarse y no insistir en las razones de su viaje. Su preocupación real comenzó cuando no apareció dentro de los días que había programado para volver. Entonces, se percató que también había visto muy extraña a Oscar, ya que solo se aparecía por la mansión por las noches, deambulando por la casa casi como un espectro. En su corazón, sabía que algo extraño estaba ocurriendo entre ambos jóvenes y eso la atemorizó implacablemente. Siempre habían sido muy cercanos, tanto, que cuando comenzaron a crecer y hacerse adolescentes, había tenido que mantenerlos muy vigilados, porque a pesar de que Oscar no lo pareciera, era una mujer y una mujer muy hermosa. Durante esa época se había despertado en ella ese instinto de protección hacia sus adorados niños y se propuso como objetivo que su relación no fuera más que de amigos o de hermanos, especialmente pensando en André que, si llegaba a sentir algo más por Oscar, estaría en graves problemas. Por eso, siempre insistió en que André llamara a Oscar Lady, pensando que si mantenían las formalidades, los salvaría de formar un lazo mucho más íntimo y cercano. Pero los años le demostraron que esa fue una batalla perdida para ella, André nunca intentó decirle Lady y Oscar jamás se lo permitió. Aun así, creyó durante todos estos años, que su propósito se había cumplido, que los había salvado de encariñarse más allá de la cuenta. sin embargo, al ver la partida de André en forma tan inesperada y a Oscar con una actitud tan deprimente, comenzó a dudar de si su protección había sido tan efectiva. Lamentablemente, su intuición le decía que no, por eso decidió finalmente guardar silencio frente a la partida de André y no insistir en buscarlo. Era su único nieto, por lo que lo prefería lejos de sus cuidados, pero seguro.
Durante las noches en que Oscar volvía a la mansión, luego de comer y hablar trivialidades con su nana, se iba a la habitación de André. Esos momentos en los que debía disimular indiferencia ante su partida, se convertían en una tortura, porque lo único que ansiaba durante todo el día, era estar cerca de todo lo que le recordara a su querido amigo. Esperaba hasta que toda la gente del servicio estuviera durmiendo, especialmente la nana, y se dedicaba a recorrer la habitación con nostalgia. Pasaba sus finos dedos por los muebles, se sentaba en su cama, aspiraba con intensidad el aroma de su almohada, pero muy poco quedaba de André en esa casa. En realidad, jamás pensó que su actitud impulsiva al tratar de proteger a André y a ella de sí misma, tendría tales consecuencias. Se cuestionaba muchas veces cuál era la verdadera naturaleza de su sentir y de su carácter y, por qué, no había sido capaz de mostrar sus verdaderos sentimientos a André. Confiaba en él, de eso no había duda, pero quizás ya no confiaba tanto en sí misma. Toda su vida se había basado en desarrollar la confianza y seguridad que debía tener un hombre para pelear, permanecer firme ante las dificultades y dar órdenes. Había creado a su alrededor una fortaleza de orgullo y resistencia, había tenido que hacerlo para poder cumplir con las expectativas de su padre y creía, hasta ese momento, que lo había logrado muy bien. Pero nunca había reparado en que su naturaleza femenina también tenía exigencias para ella. Nunca creyó que su propio corazón la podía traicionar, todo aquello que había reprimido hasta entonces, hoy estaba en su contra y no sabía cómo luchar contra sí misma. No tenía estrategias, ni planes de cómo seguir negando la verdad que su espíritu le reclamaba por escuchar. Su cabeza era un remolino constante y, el tormento por sus acciones, no le daba tregua.
Intentaba seguir haciendo una vida normal, pero ya nada tenía mucho sentido para ella, era prácticamente una autómata. Al principio, todo el mundo se extrañó al verla sin su fiel valet, sin embargo, con el transcurso de las semanas, se acostumbraron a que la comandante de la guardia imperial, caminara sola por los pasillos del palacio de Versalles. No faltaron las murmuraciones acerca de cuál había sido el destino de André, pero Oscar se encargó de guardar un silencio totalmente hermético en relación al tema. Si alguien preguntaba, simplemente se daba media vuelta sin responder a nada ni nadie considerando, además, que ni siquiera ella sabía en donde estaba el joven, ni qué había sido de él. Realmente había sido muy insensata y torpe en su proceder, pero el objetivo de su accionar se había cumplido a cabalidad, lo había alejado totalmente de ella.
Se dedicó a trabajar día y noche, haciendo guardias extras que no le correspondían, patrullaba, dirigía comitivas de vigilancia y orden, hacia trabajo administrativo hasta altas horas y cuando algo salía mal, descargaba toda su frustración y furia con sus subordinados. Ellos también comentaban entre sí, el cambio en el humor de la comandante desde que se le veía sin su valet. Se había vuelto implacable con el fin de apagar cualquier instinto femenino que quedara en ella. Había tomado la firme decisión de seguir viviendo como un varón desde el momento en que André se fue de la mansión, rechazando con mayor vehemencia todo lo que le recordara que era una mujer y, por, sobre todo, una mujer que amaba y sentía como tal.
Cuando estaba en casa, su padre, el General Jarjayes, la sentía deambular como un fantasma por los pasillos y realmente le preocupaba. Le inundaba la culpa por no haberla aceptado por lo que era y haberla transformado en lo que su orgullo le dictaminó. Se sentía inmensamente orgulloso de su hija, ya que le había dado muchas satisfacciones en su desempeño como comandante de la guardia imperial, pero también sabía que, en silencio, ella sufría. Aunque no entendía muy bien el motivo de su tormento, se convenció a sí mismo que ya era suficiente, que su hija menor merecía vivir de otra forma, como una mujer normal, lejos de tantas responsabilidades y obligaciones. Recordó al joven y apuesto caballero sueco que la visitaba con cierta regularidad, quizás ahí habría una luz de esperanza para Óscar de encontrar el amor y ser amada. Esa misma noche hablaría con ella, había decido, una vez más por su hija, que tenía que contraer matrimonio lo antes posible.
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Luego de su regreso a Francia, los encuentros a escondidas entre la reina María Antonieta y el conde Fersen, se habían vuelto más frecuentes e intensos. No pudieron seguir negando sus sentimientos y decidieron entregarse a la pasión del amor que los unía. María Antonieta, ahora más madura al ser madre de dos niños, se lo tomaba con calma. Esperaba pacientemente cada noche para poder reunirse en secreto con su amado Fersen. Él, por su parte, no podía negar el profundo amor que prodigaba a Antonieta, no obstante, le era inevitable sentir el vértigo que le provocaba cada encuentro. Si eran descubiertos, ¿qué sería de ellos? Para muchos de los aristócratas de la corte, los rumores acerca de su relación se habían convertido en certezas. Estaba consciente de eso, incluso, el mismo rey podría ya estar enterado, pero se había vuelto una tarea imposible para él no seguir cayendo en los brazos de la reina de Francia. Estaba consciente de estar provocándole un profundo daño, tanto a ella, como a él mismo. Esa sensación siempre lo confundía. Aún era un hombre joven y se consideraba capaz de conquistar a la mujer que quisiera, sin contar que ya tenía a la mujer más importante de Francia. Sin embargo, sus intereses en cuanto a mujeres se referían, se habían vuelto más exigentes y, en ese sentido, la indiferencia de su amiga Oscar siempre le era algo misteriosamente atractivo. Consideró que era la única mujer que podría interesarle luego de María Antonieta y, con quien, podría formar una familia. Ambos eran libres y ella era hermosa, inteligente, noble y apasionada. Pensó que, tal vez con ella, tendría la oportunidad de olvidar a la reina y de esta forma, salvarlos a ambos de caer en la desdicha que provoca un amor prohibido destinado a la angustia y el fracaso.
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El general Jarjayes, mandó a llamar a Oscar apenas la vio entrar a la mansión. Se sentía nervioso e intranquilo, porque conocía a su hija y la educación que le había dado y, de antemano, sabía que su propuesta no sería de su agrado, sin embargo, decidió asumir el riesgo de ello con el fin de que Oscar pudiera ser feliz bajo sus propias expectativas de lo que era la felicidad.
- ¿Y mi padre? - preguntó la joven a su nana apenas llegó.
-Te está esperando en la biblioteca mi niña.
Oscar subió hasta el lugar, extrañada por la urgencia con la que su padre la buscaba. Lo vio sentado ahí, frente al escritorio y pudo percatarse que ya no tenía el semblante de antaño, un hombre lleno de dureza y orgullo. Se acercó hacia él, dejando entrever en su rostro preocupación y algo similar a la tristeza.
-Aquí estoy padre – el hombre, se quedó mirándola por algunos segundos.
-Debes perdonarme Oscar, he sido tan cruel… – dijo tapando con una de las manos sus ojos, llorando amargamente. La joven, quedó pasmada ante la reacción del hombre – es preciso que me perdones por no haber permitido que crecieras como una mujer normal. No debería hablarte así, pero si hubiera aceptado que eras una mujer, habrías crecido feliz sin estar sometida a tantas presiones. ¡He sido un torpe! – empuñó su mano para consumir su rabia – he fracasado como padre y solo he conseguido que sufras por mi egoísmo. Perdóname, por favor hija, perdóname.
-Padre, no quiero que te preocupes – dijo con suma serenidad Oscar tomando una de las rosas que se encontraban sobre el escritorio – no siempre he representado el papel de varón que tú me asignaste al nacer. Reconozco que te he desobedecido. Hace mucho tiempo me enamoré profundamente de un joven muy noble y apuesto – su padre la miró sorprendido.
En realidad – continuó – hace tiempo que debí haberte dado las gracias. Al haberme educado como un hombre, me has permitido ser fuerte, audaz y he tenido la oportunidad de olvidarme de aspectos por demás triviales.
El general se levantó de su silla poniendo las manos sobre el escritorio. Habló con vehemencia– Oscar, no quisiera que hablaras en ese tono. Si alguien te hizo daño emocionalmente, quiero que luches como lo que eres, una mujer. ¡No seas tímida Oscar!, no te engañes pensando que eres un hombre, ¡eres una mujer! Y como tal debes actuar. Eres una hermosa mujer – dijo con dulzura bajando la cabeza – y eres mi hija. Puedes compararte con las mujeres más bellas del reino… te juro hija que desearía que alcanzaras la felicidad. Quiero que te cases. Hay excelentes prospectos para una joven bella e inteligente como tú.
Oscar no pudo decir nada, las palabras de su padre retumbaban en su cabeza. Se sentía como la rosa que había terminado de deshojar entre sus manos: totalmente fragmentada. Su padre seguía siendo el mismo, ya fuera que le hablara con dulzura o rudeza, no había cambiado. Se lamentó de ello, porque a pesar de todo, lo amaba, pero no iba a seguir permitiendo que la usara como una marioneta.
-Quiero que des a esta casa un heredero fuerte e inteligente en quien poder descansar mis preocupaciones.
- ¡Yo soy tu heredero padre! – gritó y golpeó la mesa con sus manos. Luego de mirarse fijamente con el general por un largo rato, volvió a tranquilizarse, sumergiéndose en sus propios pensamientos. ¿Qué significado ha tenido mi vida? – pensó para sí misma - Nunca fui considerada lo suficientemente buena para vivir como una mujer y amar a mi primer y único amor y ahora, ¿finalmente lo soy? ¿Para qué, con qué motivo? ¿se supone que debo volver a ser una mujer ahora? – maldijo para sí su destino.
Ante la fiereza de su mirada, el general se mostró totalmente desconcertado.
-Padre, debo informarte algo – dijo Oscar con total tranquilidad – he decidido renunciar a mi puesto como comandante de la Guardia Imperial - la muchacha iba a jugar su última carta.
- ¿Qué? ¿Qué estás diciendo Oscar? – el general se acercó a ella tomándola de los hombros.
-Lo que escuchaste padre. Necesito nuevos desafíos y en la guardia imperial todo funciona en forma ordenada y previsible. Mañana mismo solicitaré a la reina que me asigne un nuevo puesto, no me importa cuál sea, incluso si fuera como soldado raso. Aceptaré cualquier puesto que se me asigne – lo miró desafiante a los ojos - creíste, padre, que te saldrías con la tuya – se dijo a sí misma – ¡jamás me casaré y no volveré a permitir que me uses para tus impulsos egoístas, no volveré a ser tu juguete!
el general respiró profundo para no perder los estribos -Oscar, no me opondré a tus deseos, no obstante, pasado mañana daremos una fiesta en tu honor a la cual se invitará a los jóvenes solteros más nobles de todo Versalles. Debes presentarte, lo quieras o no, aun soy tu padre y debes obedecerme – se dio media vuelta para no seguir mirando la furia en los ojos de su hija– usa tu mejor vestido y péinate adecuadamente.
La muchacha no dijo nada, sólo salió enfurecida del lugar. Entró a su habitación, se quitó el uniforme y las botas y se miró al espejo por largo rato.
- ¿Un vestido? ¿Yo con un vestido? – comenzó a reír con desenfreno. Cuando se detuvo, continuó con su monólogo - ¿acaso no lo entiendes padre? Así me creaste, tengo el poder de hacer con mi vida lo que se me dé la gana. ¡No me casaré, jamás me casaré! – cayó totalmente abatida sobre la silla y suspiró sin poder sacar de su mente la figura de su amigo - ¡Oh, André! – cubrió con la mano su frente, estaba tan cansada.
– Sálvame André, sálvame.
…
- ¿Por qué deseáis renunciar a vuestro puesto, querida Oscar? Dime por qué. Necesito conocer las razones- la reina de Francia estaba totalmente desconcertada.
-Por ahora, no puedo comentaros mis motivos… pero os suplico, como vuestra humilde servidora, que me permitáis desempeñarme en otro lugar – dijo Oscar bajando la mirada – necesito que mi carta de renuncia sea aprobada por vuestra majestad. Será la última vez que pida algo para mi persona, os suplico que accedáis a mi petición - María Antonieta la miró con tristeza
- Al abandonar la guardia imperial, aceptaré cualquier puesto que se me asigne en la frontera o en la armada, os lo pido.
María Antonieta suspiró con resignación -Si ya lo has decidido y ese es vuestro deseo, no me puedo oponer. Os concederé lo que me pides, sin embargo, no creo que haya algún puesto disponible que esté a vuestra altura.
-Muchas gracias su majestad, jamás podré olvidar vuestra bondad. siempre seré fiel a mi reina María Antonieta.
La carta de renuncia de Oscar fue aprobada inmediatamente por la reina y, junto con ella, el aviso de su nueva asignación y cargo. Esta vez, como comandante del Regimiento B del ejército, cuya fama se había extendido debido a la violencia de los hombres que lo conformaban. Pero ya nada importaba para Oscar, si debía enfrentarse a esa clase de personas para liberarse al fin de los mandatos de su padre, lo haría. Al fin comenzaba a vivir por sí misma, estaba trazando su propio camino.
…
Durante la siguiente noche, se celebraría la fiesta de compromiso de Oscar, en la casa del general Bouille. Su padre, se encontraba inquieto, temía que no se presentara, lo cual lo haría quedar en un completo ridículo. Cuando la escuchó llegar, solicitó a la abuela que le ayudará a arreglarse.
La anciana, con dificultad subió las escaleras y entró a la habitación de Oscar. Esta, yacía recostada sobre la cama.
-Mi niña Oscar, tu padre me ha enviado para que te ayude a prepararte para la fiesta.
-Nana – dijo Oscar sin moverse – Aun tenemos tiempo, no te preocupes.
-Pero mi niña, debes cambiarte de ropa y peinarte – la abuela, que bien la conocía, sabía que algo escondía – no me digas que no te presentarás – dijo con angustia en la voz – tu padre se pondrá furioso.
-Me presentaré nana, no te preocupes- habló sentándose en la cama - Ahora, quiero estar sola, por favor – se dejó caer sobre las almohadas.
-Como tú digas ni niña – masculló la anciana con resignación retirándose de la habitación.
-Por supuesto que me presentaré – dijo esbozando una sonrisa.
…..
La fiesta, en cuanto a concurrencia, había sido un completo éxito. Se habían presentado jóvenes aristócratas de todos los alrededores de Francia, movidos por la curiosidad de ver a la comandante Oscar en su faceta de mujer. Muchos se preguntaban cómo luciría la bella Lady Oscar con un vestido. Estaban expectantes.
Cuando Oscar fue anunciada, todo quedó en un completo silencio. Apenas se asomó al salón, se escuchó una exclamación de sorpresa. Se había presentado, efectivamente, pero con su uniforme de militar. Los hombres se acercaron a ella, como si fuera un espectáculo en exhibición. Oscar, los miró con una mueca de burla en la cara. Solo por darse el gusto, se quedó observando las expresiones de los hombres que la rodeaban por algunos segundos, advirtiendo con sorpresa, que entre la multitud se encontraba su asistente en la guardia imperial, el capitán Girodelle y Fersen.
– Maldito traidor – pensó con furia - ¡Qué fiesta tan particular! – dijo riendo a carcajadas– al parecer se les ha olvidado invitar a las damas – se silenció esperando alguna reacción ante sus dichos - Creo que lo mejor será que me retire para no seguir importunándolos. Con vuestro permiso – dijo realizando una pequeña reverencia. Antes de dar media vuelta, miró a Fersen con los ojos llenos de ira.
Bajó las escaleras del palacete con total tranquilidad. Unos pasos más allá se encontraba su caballo y pronto todo el circo creado por su padre, se acabaría. Estaba a punto de montar cuando una mano en el brazo la detuvo.
- ¡Suéltame! – gritó con furia al ver a Fersen – veo que no pudiste perderte el espectáculo de hoy… ¿Qué pretendías? ¿Pedir mi mano? ¡Eres un maldito! No te vuelvas a acercar a mi – Fersen se sorprendió al verla totalmente encolerizada.
-Oscar, perdóname. No sé en qué estaba pensando cuando acepté la invitación de tu padre – dijo bajando la mirada –Aunque, debo ser sincero contigo… si tú me aceptabas, estaba dispuesto a pedir tu mano.
- ¿Qué? – la joven abrió los ojos de par en par.
-Sí Oscar. Somos amigos, nos conocemos hace tantos años. Sabemos qué pasa por el corazón del otro. Pensé que quizá juntos, podríamos olvidar y rehacer nuestras vidas, como compañeros y amantes. Te admiro profundamente, eres hermosa, inteligente, apasionada… ¿hay algo más que podría pedir?
Oscar cerró los ojos para tomar aire y pensar. Necesitaba encontrar su centro.
-Amor, Fersen. Tú no me amas… y yo tampoco – el sueco la miró con curiosidad al ver ese brillo tan especial en sus ojos al decir la palabra amor –Fersen – continuó Oscar - Desde hoy comenzaré a vivir sólo por lo que me dicta mi consciencia y mi corazón. Me opongo a esta ridiculez creada por la vanidad de mi padre, ¡y me opongo también a la tuya! – dijo con gran ímpetu – jamás me casaré con alguien a quien no amo, lo siento mucho, pero no soy un títere a disposición de quien quiera manipularlo. Acepto que soy una mujer y que como tal puedo tener algunas limitaciones, pero también soy un ser humano con consciencia y poder de decisión. Y así es como quiero vivir. Adiós – subió a su caballo y sin mirar a quien fuera su amigo, se fue al galope, pensando que jamás volvería atrás. Su corazón latía con tanta fuerza, al fin se sentía viva.
Fersen quedó pasmado ante la honestidad de la joven. Oscar no era un hombre, era mucho más que eso, era mucho mejor que cualquier otra persona que hubiese conocido en su vida. Él también haría lo mismo, viviría desde ahora, según los mandatos de su corazón y si eso implicaba tener que estar cerca de la reina sólo como un sirviente de la corona francesa, lo haría, apagaría las llamas de su corazón para proteger a la mujer que amaba.
-Gracias Oscar – sintió en su pecho una estocada. Había perdido y no quería reconocerlo -Adiós – se atrevió a decir finalmente. Presentía en su corazón, que no se volverían a ver en mucho tiempo.
