Capítulo 4: morir

Esa noche, Oscar tuvo un sueño. André era un ángel de grandes alas azules que volaba a su alrededor. Ella estaba de pie y al mirar hacia abajo, flotaba por sobre el agua. André le extendía la mano, mirándola con extrema dulzura, pero ella, por más que se esforzaba, no lograba alcanzarlo. De pronto, sentía como el agua comenzaba a subir por sus piernas, succionándola con fuerza. Pedía ayuda a André desesperadamente, pero él y su sonrisa se desvanecían en el cielo, ya no podía salvarla. Despertó antes de que el agua la absorbiera por completo. Bañada en sudor, se sentó en la cama para poder respirar, su corazón latía con fuerza, como si quisiera escapar de su pecho. Estaba totalmente alterada y, a la vez, paralizada por las imágenes del sueño - ¿dónde estás, André? – se preguntó. Nunca llegó a pensar que se sentiría tan sola y huérfana de afectos. Más que nunca necesitaba de su fuerza y tranquilidad. Mañana, comenzaba una nueva vida alejada de la corte, de Versalles y de su padre. Su cuerpo tembló, volvió a meterse a la cama, abrazando la mullida almohada, pensando que se sentía así por frío, pero su cuerpo continuaba temblando. Reconoció en lo más profundo de su ser que en realidad, por primera vez en su vida, tenía miedo, miedo a todo lo desconocido que estaba por venir y, por sobre todo, miedo de no volver a ver a André.

Aquella mañana se levantó más temprano de lo habitual. No desayunó, sólo bebió algo de té, saliendo apresurada por la puerta principal de la mansión. La nana salió detrás de ella a despedirla y desearle buena suerte en su primer día.

-Hoy comienzas en tu nuevo puesto en el ejército mi niña.

-Así es Nana – afirmó Oscar montando su caballo.

-Cuídate, por favor, ya sabes lo que se dice de esos hombres y ya no está André para protegerte – la chica la miró con tristeza, por su culpa, nana había tenido que separarse de su único nieto.

-Así lo haré nana, no te preocupes – dijo regalándole una fingida sonrisa, luego, rápidamente, emprendió camino hacia su nuevo destino, el cuartel de la guardia del ejército, el Regimiento B.

El coronel asistente del ejército Dagout la recibió en su oficina. Era un hombre mayor, pero con un cuerpo esbelto y ágil y un bigote que a Oscar le causó mucha gracia. Se cuadró frente a ella apenas la vio, informando sin mayor preámbulo, que los soldados no esperaban su visita, ya que su incorporación se suponía sería para el día siguiente.

-La revista a las tropas se había programado para el día de mañana – le explicó – temo que ha llegado con un día de anticipación comandante – dijo con firmeza sin mirarla a los ojos.

-Así es – habló Oscar – pero acaban de comisionarme y es mucho lo que debo aprender. Le ruego que me acompañe a las barracas de los guardias.

El hombre la miró sorprendido – pero, pero es que… - titubeó, mientras Oscar sin esperar su respuesta salió por la puerta camino a los dormitorios de los soldados. En el pasillo, el hombre insistía en que no debía visitar un lugar tan sórdido en su primer día.

-No se preocupe coronel – lo tranquilizó Oscar – estoy acostumbrado a este tipo de revisiones.

Cuando ingresaron a la habitación, los hombres estaban perfectamente alineados en dos hileras para recibir al nuevo comandante. Oscar, caminó entre ellos, observándolos con detenimiento.

-Quiero presentarme, soy su nuevo comandante, Oscar Francoise de Jarjayes. Me alegra poder conocerlos – dijo con voz firme y segura. Dio unos pasos avanzando por entre los hombres, cuando volteó para girar hacia el costado de la otra fila, no pudo evitar su desconcierto. Unos ojos verdes la miraban con atención, unos ojos que ella conocía perfectamente. Se quedó petrificada por un momento, creyendo que lo que estaba viendo era una alucinación producto de su imaginación y el cansancio de no haber dormido bien durante los últimos días. Se puso frente a él, para verificar que era real y no un fantasma. Su corazón dio un vuelco completamente, tanto así que, por unos momentos, se quedó sorda al saludo al unísono que realizaban los brigadieres. Si no hubiese estado consciente del lugar en el que estaba, sin duda, se hubiese desarmado ahí mismo. Tragó saliva para acallar el llanto inminente en su garganta, retirándose rápidamente del lugar. Una vez en su despacho, pudo dar rienda suelta a sus emociones. La conmoción que le producía el volver a ver a André, la había alterado por completo, jamás se lo hubiera esperado. Quería llorar y, al mismo tiempo, saltar de alegría. Se sentó frente a su escritorio para tranquilizarse y pensar mejor. ¿Qué jugarreta del destino era esa? ¿cómo era posible que André se hubiera enterado de que ella ingresaría al ejército? No lograba entender, sin embargo, al verlo sentía que había recuperado una parte de su vida que se había ido junto con él aquel día en que se marchó. Se puso de pie frente a la ventana, necesitaba calmarse y aclarar sus ideas. Necesitaba saber por la propia boca de André que había ocurrido con él. Pidió, sin pensar en nada más, que se presentara inmediatamente en su oficina.

Cuando avisaron a André, que el nuevo comandante lo había mandado a llamar, sabía de antemano para qué. Oscar no se quedaría tranquila hasta averiguar qué había sucedido con él y, por sobre todo, cómo había llegado hasta ese lugar.

Durante mucho tiempo había preparado un discurso para explicar su presencia en el cuartel, sin embargo, sabía que Oscar no le creería. Decirle la verdad ahora era la única opción, a pesar de que había prometido alejarse definitivamente de ella. Caminó lentamente por el pasillo hacia el despacho, rememorando el día en que se encontró con el ex -asistente de Oscar en la guardia imperial, el capitán Girodelle, y un grupo de sus guardias celebrando su nuevo nombramiento. Nadie se había percatado de su presencia ahí, por lo que se quedó escuchando hasta obtener la información que necesitaba: Oscar había renunciado y su nuevo puesto sería en el ejército. Eso le bastó para saber que, aunque lo negara, lo necesitaría más que nunca. Una mujer en ese lugar, sería presa fácil de la furia y frustración de cualquiera de esos hombres que sentían aversión hacia los nobles y, más aún, a una comandante aristócrata y mujer. Cuando entró a la oficina, Oscar estaba mirando a través de la ventana, como solía hacerlo siempre. Pudo detenerse a observarla por algunos segundos y concluyó que seguía tan hermosa como siempre. Sintió en ese momento, que la herida provocada por la separación, se sanaba totalmente. Volver a verla y tenerla cerca era lo único que necesitaba para respirar otra vez. Tragó saliva cuando vio a la joven acercarse a é;, enmudecido sólo pudo admirarla en su desconcertante belleza. Despertó de su ensueño violentamente, al sentir un ardor intenso en la mejilla y la mandíbula un poco desencajada. Le había dolido la bofetada, pero se mantuvo firme mirándola a los ojos.

- ¡Ingrato! – le gritó Oscar con furia – nana ha estado muy preocupada por ti, ni siquiera le escribiste una carta o diste aviso de que estabas bien. ¿Por qué André, dime por qué? – lo tomó de la guerrera y totalmente enajenada lo comenzó a sacudir.

-No creo que sea algo que tú y yo queramos recordar, Oscar – respondió rodeando con sus manos las muñecas de la joven, sin quitarle ni por un segundo la vista de encima. Sintió el impulso de acercarla hacia su cuerpo y abrazarla con fuerza, pero al ver que ella lo miraba con ira y confusión, desistió y la soltó.

Oscar se sintió estremecer al sentir las manos de André, por lo que apenas se vio liberada, se volteó nuevamente hacia la ventana acariciando sus muñecas. El solo contacto con su piel, la había hecho recordar la locura de lo que sentía por él, pero ahora eran las dudas las que la estaban quemando por dentro - ¿Qué haces aquí? ¿Por qué estás aquí? – lo interrogó controlándose por no seguir gritándole.

-Lo que me pediste que hiciera, mi vida – respondió André bajando nuevamente la mirada.

-Supongo que no sabías que yo estaría aquí.

André cerró los ojos y suspiró, no podía mentirle -Sí, lo sabía – reconoció avergonzado.

Al escuchar esto, Oscar se dio media vuelta en forma estrepitosa para mirarlo a los ojos. Sus mejillas estaban encendidas, en una mezcla de vergüenza y rabia; sus manos se encontraban empuñadas, lista para atacar.

- ¿Te has vuelto loco? Te dije que ya no te necesito – dijo acercándose más a él.

André sólo la miró a los ojos, con la calma y serenidad que lo caracterizaba - No he venido a cuidarte, Oscar. Soy un guardia más al servicio del ejército. Tengo un amigo aquí y gracias a él pude ingresar.

Oscar no supo qué responder, solo apretaba los puños para contener su rabia.

Como siempre, él esperó por alguna palabra de su parte, pero seguía muda. Decidió retirarse – con su permiso, comandante – dijo cuadrándose frente a la mujer.

Oscar abrió los ojos de par en par, no podía moverse. Se limitó a seguir con la vista el recorrido que el soldado hacía hacia la puerta, apenas reaccionando ante su partida –¡André, espera! – le ordenó.

El soldado se detuvo al escuchar su voz, tomando aire para poder hablar –Aun así, te quiero recordar que ya no soy tu sirviente, por lo que no me puedes dar órdenes acerca de qué hacer con mi vida – iba a marcharse, pero se arrepintió y continuó hablando sin voltear para mirarla - Oscar, pase lo que pase, pienses lo que pienses, soy la única persona capaz de protegerte y eso es lo que haré, aun en contra de tu voluntad– sentenció cerrando la puerta tras de sí.

- ¡Maldición! – masculló entre dientes Oscar aferrando sus manos empuñadas al trepitar en su pecho, sentía que el corazón se le iba a escapar en cualquier momento.

Cuando André dejó a Oscar en la oficina, las piernas le temblaban. No pensó que ella iba a reaccionar de esa forma tan intensa y descontrolada, en realidad no estaba consciente de cuánto la podía perturbar su presencia. Antes de ingresar a las barracas, tomó aire para reponerse, el ardor en la mejilla le recordó el contacto que había tenido con la piel de Oscar luego de tantos meses. Mientras permaneció fuera, pudo escuchar el cuchicheo de los soldados acerca del nuevo comandante. Susurraban entre ellos que era evidente que era una mujer y que no estaban dispuestos a seguir sus órdenes. Al ingresar, el líder del grupo y amigo de André, un hombre alto y fornido limpiaba su espada. Le extrañó que no emitiera comentarios acerca de Oscar, sin embargo, pudo percibir en su mirada, un dejo de desconfianza y suspicacia.

Durante la guardia nocturna, Alain y André se dispusieron a realizar el recorrido habitual. Comenzaron a caminar con calma, siempre listos con el rifle en las manos.

-Así que es ella – dijo Alain de pronto en un tono totalmente despreocupado.

- ¿A qué te refieres? – preguntó André mientras seguían caminando.

-A nuestra hermosa comandante – sonrió deteniéndose y mirando a André – es por ella que me pediste ingresar aquí, ¿verdad? – André no dijo nada, sólo se limitó a mirarlo a los ojos. Alain abrió una botella de licor y tomó un gran sorbo –André, debo advertirte algo. Aquí hay muchos que aborrecen tan solo escuchar la palabra aristócrata – volvió a dar otro sorbo - No creas que no nos hemos dado cuenta de tus modales y educación y, mucho menos, que hoy estuviste en la oficina de la comandante. Ten cuidado, te están vigilando desde muy cerca.

-No soy un aristócrata, si es eso lo que crees.

-Quizás sí, quizás no. Todos guardamos algún secreto, pero todo lo que te rodea tiene un halo a aristocracia. Y eso a muchos los puede enfurecer. Y muy especialmente si se trata de una mujer en el ejército – finalizó alejándose de André.

André se preguntó si bajo estas circunstancias, había alguna forma de proteger a Oscar. Jamás iba a renunciar a su puesto, aunque el mundo se le viniera encima. La conocía muy bien y se anticipó a la tozudez que presentaría si los hombres se negaban a seguir sus órdenes. Los enfrentaría, muy seguramente, pero dudaba del actuar inescrupuloso de algunos soldados. Temía por su seguridad. Estos hombres no eran nobles como en la Guardia Imperial y actuarían impulsados por la frustración y rabia que les producía el ver a sus familias hambrientas, más que por honor o deber. ¿Qué debía hacer? se sentía tremendamente confundido y angustiado. Prefirió tranquilizarse, se mentalizó en que aún era muy pronto para hacer conjeturas y que el espíritu inquebrantable de Oscar sería capaz de sobreponerse a cualquier cosa. Suspiró profundamente y luego corrió para darle alcance a Alain.

…..

- ¡Nana, Nana! - gritaba Oscar por todos los rincones de la casa - ¿Dónde estás Nana? ¿Dónde…? – se silenció cuando vio a su nana limpiando la habitación de André –Nana, ¿qué haces aquí? – le preguntó al verla acomodando la ropa que ya estaba ordenada en el cajón. Oscar, sintió en su corazón un pequeño estremecimiento. Sentía pena por su querida Nana, pero al menos hoy le traía buenas noticias – Ven – le dijo tomándola de los hombros y dirigiéndola hacia la cama, en la cual ambas se sentaron.

- ¿Qué pasó mi niña? – preguntó la anciana con curiosidad – ¿te ha ocurrido algo en tu nuevo puesto? – exclamó con preocupación, sin darle tiempo a Oscar de hablar – porque si es así, yo misma iré a poner a esos hombrecitos en su lugar. ¡Qué se han creído!

Oscar no pudo evitar reír al imaginarse a su Nana con un cucharón en la mano dándoles de golpes a los soldados, tal como lo hacía con André – tranquilízate Nana, no es nada de eso, pero pediré tu ayuda si es que la necesito – bromeó ante la mirada de preocupación de la abuela.

-Ay mi niña, entonces ¿qué pasa? Me tienes con el alma en un hilo.

Oscar le dio una mirada cariñosa – creo que igualmente tendrás que preparar tu cucharón, porque encontré a André – dijo Oscar sin poder evitar una gran sonrisa en su rostro. Luego la abrazó acurrucándose en su pecho, tal como lo hacía cuando era una niña. El regazo de su nana era tan cálido y amoroso que se sentía en absoluta paz – está trabajando como soldado en el regimiento B y estará bajo mis órdenes desde ahora en adelante, así que lo primero que hará será venir a visitarte, porque será una orden – Oscar, se quedó esperando alguna reacción de la mujer, pero esta ni se había inmutado, por lo que se levantó para mirarla - ¿qué pasa Nana, acaso no te alegras?

La anciana pudo percibir un brillo especial en la mirada de Oscar al darle la noticia y sintió pena por ambos jóvenes – claro que sí mi niña, estoy muy feliz – lágrimas corrieron por su rostro, pero no por André, sino porque ahora desconocía qué sería del destino de su nieto y de su adorada niña.

Oscar la besó en la frente y secó con sus propias manos las lágrimas de la anciana – todo estará bien, Nana, ya no debes preocuparte más. André está bien – dijo como leyendo los pensamientos de la abuela, quien sólo se limitó a sonreír.

- ¿Tienes hambre mi niña? Preparé un estofado delicioso.

- ¡Claro que sí! – respondió Oscar con entusiasmo, quien apenas probaba bocado hacía semanas – Tengo muchísima hambre.

Se pusieron de pie y Oscar se le adelantó dirigiéndose rápidamente a la cocina. La anciana la observó alejarse, casi daba brincos de alegría. Antes de cerrar la puerta de la habitación de André dio una última ojeada. Al parecer, pronto esa habitación volvería a ser ocupada.

Luego de comer, Oscar se fue rápidamente a su habitación. No tenía deseos de encontrarse con su padre luego de lo sucedido en la supuesta fiesta de compromiso. Luego del encuentro con André, su mundo se había transformado de gris a colores y eso la alegraba.

Se quitó las botas y se lanzó sobre la cama. Abrazó su almohada sin poder dejar de sonreír. ¿Cómo era posible que la alterara de esa forma? Recordó los momentos vividos en su oficina, analizando con mayor detalle la figura de André. Estaba más delgado, quizás no había comido muy bien durante esos meses. Su mirada, seguía siendo tan intensa como siempre. El uniforme le sentaba bien. Y su cabello… ¡se había cortado el cabello! Consideró que también era un cambio favorable, ya que lo hacía ver mucho más maduro y no como un chiquillo. Lo que más le sorprendía y atraía de André, sin embargo, era su capacidad para seguir sus convicciones, eso no había cambiado, seguía siendo el mismo. Un suspiró se le escapó sin ni siquiera advertirlo y, junto con él, nuevamente la preocupación por sus destinos. Sacudió la cabeza para espantar esas ideas oscuras de su mente, quería disfrutar de su alegría. Esa noche durmió como hacía semanas no lo hacía.

…..

Los días en el ejército transcurrieron no exentos de dificultades. Los soldados quisieron demostrar a su nueva comandante la rudeza que los caracterizaba, pero Oscar se empeñó en ser totalmente intransigente en su actuar. Por ningún motivo cedería para darles la razón en sus juicios hacia ella. Confiaba plenamente en su formación como militar y en sus habilidades para liderar incluso, a hombres violentos y con poca educación. Su cambio de puesto, más allá de ser una vía de escape de las presiones de su padre, se había convertido en un real desafío del cual no esperaba más que resultar airosa. No había otra opción para ella. Si tenía que morir para defender su honor, lo haría.

Con André, desde su primer encuentro, habían cruzado muy pocas palabras. Evitaba a toda costa encontrarse con él y, al parecer, él hacía lo mismo, porque escasas veces se veían en momentos que no fueran de entrenamiento o revista y, cuando eso ocurría, rehuían sus miradas. Tampoco habían coincidido en sus días libres, por lo que lo que sabía de él era a través de los comentarios de su Nana cuando ella se encontraba en casa. Sí tenía claro que no había vuelto a poner un pie en la mansión, todos los encuentros con su abuela habían sido en el cuartel o en los alrededores de París. La verdad era que no sabía a dónde iba en sus días libres, lo cual la hacía sentir intranquila e inevitablemente sospechosa. Entonces tomó conciencia de que tampoco sabía qué había hecho André antes de ingresar al ejército. Un mar de dudas se le vino encima, dudas que tenía que aplacar como fuera.

Aquel día planificó un encuentro fortuito con André en el patio principal del cuartel. Había hablado con Dagout para que la reemplazara, aludiendo a que no se sentía muy bien y que debía descansar. De antemano sabía que ese era el día libre del joven soldado y quería ponerlo a prueba. Cuando lo vio salir apresuradamente vestido de civil le llamó la atención.

- ¡André! – lo llamó desde una esquina del patio. El soldado se detuvo al escuchar la voz de Oscar. Se acercó a ella hasta quedar frente a frente. Sostuvieron sus miradas por algunos segundos, como intentando decir algo que ni siquiera ellos sabían que era.

-Vamos juntos a la mansión – pidió Oscar con una dulzura que hace tiempo André no veía en ella.

André permaneció en silencio y aquellos segundos se le hicieron eternos a Oscar.

-Lo siento, no puedo – respondió finalmente con indiferencia. Oscar sólo abrió los ojos. Tenía un nudo en la garganta – ¿por qué? – preguntó decepcionada.

El joven dudó en responder, pero luego decidió que era lo mejor – tengo un compromiso y no puedo faltar – esas palabras fueron como un cuchillo en el corazón de Oscar.

-Entiendo – le dijo apenas en un susurro. André dio media vuelta y caminó hasta donde se encontraba su caballo, montó y se fue al galope sin pensar en nada más.

Oscar, se quedó mirándolo hasta que desapareció. No lloró, pero no podía salir de su impacto y su único pensamiento fue que había perdido a su amigo para siempre. Ya no había barreras físicas, pero algo peor se había puesto entre ambos: la indiferencia de André. Recorrió el mismo trecho que el joven minutos antes hacia su caballo. Montó sobre él marchándose rápidamente, empeñada en alcanzarlo y averiguar hacia dónde se dirigía, desconociendo por completo la presencia de un tercer hombre a sus espaldas que los había estado mirando con furia.

…..

André dejó su caballo cercano a una estrecha calle, lo amarró y le dio algunas monedas al muchachito flaco que se encontraba allí. Oscar lo observó silenciosa y con sumo cuidado para no ser descubierta. Pudo darse cuenta que caminaba con total seguridad a su destino, por lo que infirió que no era la primera vez que iba a ese lugar. Cuando André dobló por la esquina, desapareció por algunos segundos de la vista de Oscar. La comandante apresuró el paso y se quedó observando desde la esquina por donde había girado anteriormente André. Unas casas más allá, estaba André frente a una pequeña casita con un floreado balcón. Una hermosa jovencita de grandes ojos azules y cabello rubio se asomó por él al escuchar los golpes en la puerta.

- ¡André! – exclamó con total entusiasmo – bajo inmediatamente.

El joven hizo un gesto de saludo con su mano, ignorando por completo la presencia de Oscar un poco más allá.

Oscar apretó sus manos contra su pecho, sentía un fuerte dolor que subía por su garganta hasta la cabeza. Cuando André ingresó a la casa, se paró en medio de la calle para observar mejor. Se quedó ahí por varios minutos con la esperanza de que fuera solo un lugar de paso, pero eso no ocurrió. Cerró los ojos intentando controlar sus emociones. Algo se había fragmentado nuevamente en su mundo. Caminó cabizbaja hasta su caballo, pero antes de montarlo lo acarició con infinita ternura, necesitaba de su consuelo silencioso. Lo había perdido. Y quizás para siempre.

….

Mientras André esperaba a que Rosalie le abriera la puerta no pudo evitar traer a su mente el recuerdo de la expresión de Oscar. Lo había mirado con tanta ilusión, que le había partido el alma negarse a su petición. Sin embargo, todo en Oscar lo confundía. Luego de su confesión, hacía tres meses atrás, ella no había dicho absolutamente nada, pero al mismo tiempo manifestaba sentir preocupación por él. Le decía hasta el cansancio que no lo necesitaba y, al mismo tiempo, lo invitaba a ir con ella a la mansión. ¿Qué pretendía? ¿Enloquecerlo? La muchacha segura e intransigente en sus ideas que había conocido al parecer se había extinguido. ¿Cómo podía alterarla tanto su presencia y, a la vez, permanecer totalmente indiferente e, incluso, evitar su presencia?

- ¡André, André! - la dulce Rosalie lo miraba divertida desde el umbral de la puerta - ¿Estás bien?

André abrió los ojos de par en par al ver la expresión burlesca de Rosalie.

-Hace rato que te llamo. ¿O ya no quieres pasar?

André sonrió avergonzado y se rascó la nuca – sí, lo siento, estaba distraído – se disculpó con las mejillas encendidas frente a la muchacha.

-Más bien tenías cara de enamorado – bromeó Rosalie.

André no emitió ningún comentario, ya había sido suficientemente avergonzado, al ser sorprendido de esa forma en sus cavilaciones. Con un gesto Rosalie le abrió espacio para que ingresara a la casa. Sentado en la mesa atiborrado de papeles se encontraba su amigo Bernard.

- ¡Querido André! – lo saludó levantándose y extendiéndole la mano - ¿Qué tal estás? ¿Cómo te trata la vida en el ejército? – dijo volviendo a sentarse e indicándole a André que hiciera lo mismo.

-Estoy bien. Gracias a Dios tuve una formación muy similar a la de un militar – no pudo evitar sonreír al pensar en la figura de Oscar con su espada incitándolo a enfrentarla.

-Me alegro, mi buen amigo. Espero que algún día me cuentes más sobre eso – habló mientras terminaba de escribir un documento - Supongo que esta noche te quedas con nosotros, Rosalie ya preparó tu habitación.

-Sí, muchas gracias Rosalie – dijo André mirando a la joven que les servía una taza de té. André aspiró el aroma de este, agradeciendo el calor que emanaba hacia su rostro – que agradable. Sabe a calor de hogar – comentó con evidente nostalgia por aquellos días en la mansión en los cuales se quedaban hasta altas horas de la noche con Oscar, hablando de diferentes temas, bebiendo té, vino o un chocolate preparado por su abuela. Ella representaba para él todo lo que deseaba en la vida. No necesitaba nada más si ella estaba a su lado.

- ¿Estás preparado para esta noche? – interrumpió sus pensamientos Bernard.

-Claro que sí, pero mañana debo volver a primera hora a realizar mi guardia.

- ¿Sobrevivirás a todo eso? – dijo bromeando el periodista.

-Creo que sí – respondió sonriendo – tengo que hacerlo – pensó para sí mismo – no puedo abandonarla ahora.

…..

-Parece que dormiste poco anoche, André – dijo en tono pícaro Alain. Ya habían terminado su guardia y se dirigían hacia las barracas - ¿tuviste al fin un encuentro con nuestra hermosa comandante? – continuó bromeando. André solo lo miró extrañado – no te hagas el desentendido, todos comentan que los vieron hablando en el patio principal, y que salieron prácticamente juntos hacia la misma dirección.

-No deberías escuchar tantos rumores Alain – dijo con absoluta seriedad – lo que haga Os… la comandante, no es mi asunto.

-Mmm que extraño – murmuró Alain tocándose el mentón con la mano – porque la comandante aun no llega y llegar tarde a una revista es algo que no va con su personalidad – comentó suspicaz.

André se detuvo, mientras veía que Alain se alejaba y desde lejos le hacía un gesto con la mano para que avanzara, pero André no respondió. El soldado siguió su camino dejando atrás a su amigo. El joven soldado quedó preocupado, primero, porque los habían visto hablar y, en segundo lugar, porque Oscar no llegaba. ¿Estaría enferma? ¿se habrá caído del caballo? ¿la habrán asaltado? Todas esas ideas pasaron por su mente en apenas unos minutos. Decidió cambiar de rumbo y se dirigió hacia la oficina del coronel Dagout.

Se cuadró frente al hombre que lo miraba desde el escritorio.

- ¿Qué necesita, soldado? – preguntó el coronel con seriedad.

-Confirmar la revista de hoy, señor, ya que la comandante no está en su oficina.

-Avisó que hoy no se presentaría a trabajar, por lo que la revista la haré yo. Informe a sus compañeros que se preparen, será en diez minutos.

- ¿Se encuentra enferma la comandante? – preguntó arriesgando su integridad.

-Eso no es de su incumbencia. Vaya y cumpla con mis órdenes – sentenció el hombre con severidad.

André se dirigió nuevamente hacia las barracas. Oscar lograba llevarlo hacia extremos en los que le era muy difícil distinguir el peligro al que se debería enfrentar. Cuando ingresó a los dormitorios, todos guardaron silencio, cosa que para André no tuvo mayor importancia. Se dirigió directamente hacia Alain, era el único que podría ayudarlo en esos momentos. Se sentó junto a él en la cama.

-Necesito pedirte un favor – susurró sin hablarle directamente.

- ¿Qué pasa? – preguntó Alain

-Ocurrió una emergencia y tengo que salir – explicó. Alain se giró para mirarlo.

- ¿A qué emergencia te refieres? ¿le ocurrió algo a la comandante?

-No seas tan suspicaz y ayúdame, por favor – André lo miró con angustia. Alain comprendía la preocupación de su amigo, aunque nunca lo había reconocido, sabía que amaba con locura a esa mujer.

-Está bien, te cubriré, pero debes ser rápido – dijo guiñándole un ojo.

-Gracias, gracias Alain. Prometo recompensarte por esto. Me iré luego de la revista.

…..

André cabalgó con furia hacia la mansión Jarjayes, tenía que hablar con Oscar y comprobar con sus propios ojos que estaba bien. Cuando llegó, dejó su caballo en las caballerizas para no ser visto. Aprovechó de acariciar al caballo de Oscar y de echar una mirada al resto de los animales que hace un tiempo atrás habían estado a su cuidado… se dio cuenta que extrañaba terriblemente ese lugar. Sigilosamente entró por la puerta principal, por toda la casa retumbaba una melodía de Mozart. Suspiró aliviado, al menos pudo comprobar que estaba viva. Subió las escaleras rápidamente y abrió la puerta de la habitación sin golpear, Oscar ni siquiera se percató de su presencia.

-Oscar… - habló casi en un susurro. La joven detuvo sus manos sin dejar de acariciar las teclas. Lo miró con tristeza - ¿estás bien? – preguntó André con tono preocupado.

Oscar se puso de pie y se acercó a él – ¿qué haces aquí? – habló bajando la mirada, con el remolino de las imágenes de la escena que había presenciado la noche anterior en su cabeza.

-Vine a asegurarme de que estabas bien.

-No debiste, no era necesario. No quiero que sigas preocupándote por mí – se volteó para enjugar las lágrimas en sus ojos.

-Oscar, mírame – le dijo André tomándola del brazo - ¿qué es lo que te pasa, por qué te comportas así? – André mantuvo su mano en el brazo de Oscar, pero ella no se atrevía voltear, pensó que si lo volvía a mirar, quizás no podría reprimir sus sentimientos como siempre lo hacía – suéltame por favor – le pidió casi en un murmullo, pero André no obedeció, la afirmó aún con más fuerza, estaba temblando – suéltame – pidió nuevamente. André finalmente accedió. La joven se dirigió hacia la ventana.

Guardaron silencio por mucho rato. Oscar no podía hablar y André no sabía cómo ayudarla a que expresara lo que realmente le pasaba.

-Quiero estar sola – articuló la muchacha luego de varios minutos – puedes ser castigado en una corte marcial si se enteran que saliste a hurtadillas del cuartel. Vete por favor – el soldado bajó la mirada y luego, con decisión, caminó hasta ella quedando frente a frente.

- ¿Por qué estás tan empeñada en apartarme de ti y de tu vida? – hizo una pausa para buscar la mirada de la joven rubia. Ella le correspondió y finalmente lo miró a los ojos - Oscar, prácticamente toda nuestra vida hemos estado juntos… ¿por qué quieres obligarme a hacer algo que no quiero hacer? No te estoy pidiendo nada, solo que me dejas estar cerca de ti sin hacernos daño. Nunca me atrevería a pedirte algo más que tu compañía y amistad – se quedó en silencio al ver que la comandante nuevamente bajaba la mirada.

-Lo sé, André… - apenas articuló.

-Entonces no te comportes como tu padre intentando controlar la vida de todo el mundo. Déjame estar contigo para cuidarte y protegerte como siempre lo he hecho – Oscar abrió sus hermosos ojos azules, mirando con terror a su amigo. Lo que menos quería era ser como su padre, por eso había hecho tantas cosas, por eso estaba intentando cambiar su vida.

Al ver que el cuerpo de Oscar temblaba nuevamente, sin pensarlo dos veces, André la rodeó tiernamente con sus brazos, permitiéndole que se acurrucara en su pecho. Se quedaron así por largos minutos, hasta que los temblores cedieron y Oscar, también lo hacía al abrazo de André, aferrándose a su pecho como si fuera lo último que le quedara. Ese era el lugar que la joven siempre había sentido, desde que era una niña, como un lugar seguro y tranquilo, al igual que todo lo que representaba André en su vida. Entonces entendió que, por sobre todas las cosas, él había sido la persona que le había dado afecto y comprensión y la cual le permitía expresarse como un ser humano, sin importar si lo hacía como un hombre o una mujer. Con André, podía ser simplemente ella.

Transcurridos esos largos minutos, que para ambos jóvenes fueron apenas unos instantes, André la separó de su cuerpo para poder mirarla - ¿dejaremos esta tontería y trabajaremos juntos otra vez? – Oscar no supo que responder - ¿Recuerdas cómo nos reconciliábamos cuando éramos niños?

-Si lo recuerdo, pero ya no somos unos niños, André.

-Tal vez – argumentó él - pero éramos mucho más simples y resolvíamos nuestras diferencias fácilmente.

Oscar sonrió y pensó que, como siempre, la calma de su compañero era mucho más sensata que su arrebato e impetuosidad y decidió dejarse llevar por el momento - tienes razón, ¡vamos al jardín y pelea conmigo, André Grandier! – dijo Oscar al fin con un renovado entusiasmo.

-Esta vez no tendré compasión de ti, Oscar – le advirtió - Así que prepárate para perder.

-En tus sueños, André.

Ambos tomaron sus espadas y bajaron corriendo las escaleras, peleando por quien llegaba primero, tal como lo hacían hace muchos años atrás. Lucharon en los jardines de la mansión con todas sus fuerzas, hasta quedar completamente exhaustos. Al finalizar la contienda, ninguno se había dado por vencido, simplemente, ya no podían más. Se lanzaron de espaldas sobre la hierba al mismo tiempo, mirando hacia el cielo azul de esa tarde. Respiraban agitadamente, tanto, que no pudieron hablar, necesitaban recuperar el aliento. Pasaron varios minutos, hasta que ambos pudieron regularizar su respiración.

- ¿Cómo te sientes ahora, Oscar? – preguntó André volteándose de costado para poder mirarla. La chica seguía imbuida en el transitar de las escasas nubes que esa tarde soleada aparecían por el cielo. Se veía tranquila, la tristeza y ansiedad habían desaparecido de su semblante.

-Tenías razón, es más fácil solucionar las cosas así. Me siento renovada – dijo girando levemente su rostro hacia el de André – gracias – le regaló una hermosa sonrisa, que al muchacho lo hizo estremecer por dentro.

-Ahora, sólo nos queda resolver una cosa – recalcó André fingiendo preocupación y recostándose de espaldas nuevamente.

- ¿Qué cosa? – preguntó la joven con preocupación.

-Definir quién es el ganador de este enfrentamiento.

Oscar rió con ganas. Luego, se puso de pie y ofreció su mano a André para ayudarlo a que hiciera lo mismo. El muchacho, aceptó la mano de su amiga de buena gana, totalmente embobado con su sonrisa.

-Ya sé quién es el ganador de esta pelea – afirmó Oscar con plena seguridad. André sólo frunció el ceño - Por supuesto que yo, ¡tonto! – dijo empujándolo hacia atrás y mostrándole la lengua. Luego, corrió, dejando al muchacho tirado nuevamente sobre el césped.

André sólo la miró hasta que su risa y su figura se disolvieron en el aire, como un hermoso sueño quería guardar ese momento en lo más profundo de su corazón. La felicidad de Oscar, era para él como la brisa refrescante de primavera, le daba nuevas fuerzas para continuar. No necesitaba tener su amor si la tenía a ella, aunque fuera solo como una amiga. Eso era suficiente para él.

André volvió al cuartel cuando la tarde ya estaba cayendo. Intentó ser lo más cauteloso posible, si era visto, el castigo era inevitable, tal como se lo había advertido Oscar. Una vez dentro, respiró tranquilo, al parecer nadie se había percatado de su ausencia. Agradeció eso a Alain internamente. Caminando ya tranquilo, tomo rumbo hacia las barracas. De pronto, se cruzó en su camino un soldado, un hombre extremadamente alto, musculoso y con una gran cicatriz en la mejilla.

- ¿Cómo estás, Grandier? - preguntó con voz grave.

André sólo lo miró, presentía que algo no andaba bien.

-Vaya, ¿acaso no puedes saludar a tus colegas, te lo prohibió la comandante?

-Déjame pasar - pidió secamente.

- Pero si yo te quería invitar a dar un paseo a la bodega - dijo el hombre en tono burlesco.

En ese momento, apareció otro soldado ocultando un cuchillo en la manga de la guerrera.

-Es mejor que no te resistas, Grandier, ya sabemos tu secreto.

-Sí - dijo un tercer hombre -sabemos que eres un maldito lacayo de aristócratas… incluso, quizás seas un asqueroso espía de la comandante. ¡Un traidor!

André abrió los ojos, no estaba de humor para juegos.

-Si es lo que quieren, vamos, pero les advierto que sólo me han hecho enfurecer. ¡Me enfrentaré a los tres!

Los tres hombres rieron al unísono.

-Eso lo veremos- dijo el hombre de la cicatriz, empujándolo del brazo a medida que era rodeado por el resto de los hombres – eso lo veremos – repitió con vehemencia.

…..

Un crujir de vidrios y el grito de los hombres alertó a Alain de la pelea. Corrió hasta la bodega y se encontró a los tres hombres que habían interceptado a André saliendo del lugar. Cuando vieron a Alain caminando hacia ellos, abrieron los ojos de par en par.

-Vaya, vaya. Como líder de este grupo, me gustaría que me inviten a las fiestas - dijo Alain mirando por entre los hombres para ver quien estaba tirado en el piso. Se sorprendió al ver que era André.

-No quisimos molestarte en tu descanso, Alain - replicó nervioso el soldado de la cicatriz en el rostro.

- ¿Acaso no saben que este muchacho es mi amigo? - dijo mientras jugaba con un cuchillo en la mano.

-Si… Claro que sí… -titubeó - sólo estábamos jugando - Alain los miró con furia.

-Lárguense de aquí antes de que yo quiera jugar con ustedes.

Los tres hombres se alejaron rápidamente, mientras el resto de los testigos que habían presenciado la pelea, murmuraban entre sí los detalles de lo ocurrido.

-Ya, ya, muchachos, se acabó el espectáculo. Vuelvan a sus puestos – les ordenó el soldado. Luego, se acercó hacia el cuerpo inerte que yacía en el piso. Se puso de cuclillas y lo volteó. Estaba bañado en sangre y totalmente inconsciente. Se inclinó cerca de la nariz para comprobar si aún respiraba, luego, miró a su alrededor para ver si quedaba alguien. Un hombrecito pequeño y rechoncho miraba con ojos de espanto el cuerpo de André.

-Lasalle, avísale a Dagout, al parecer está muerto.

Gracias por sus comentarios, ellos me ayudan a seguir con esta historia… que no sé aún como terminará, pero tendrá mucho de aquello que siempre quise ver en la serie. He intentado conservar la esencia de cada personaje, espero no haber transgredido sus personalidades y carácter.