Capítulo 5: Amar

Al día siguiente, Oscar llegó al cuartel mucho más temprano de lo habitual. Quería preparar unos documentos antes de comenzar con la revista y el entrenamiento. Escuchó la puerta.

-Adelante - dijo sin levantar la vista de los papeles.

-Comandante - saludó Dagout cuadrándose -espero se encuentre mejor.

-Así es. Le agradezco me haya podido reemplazar ayer. ¿Alguna novedad?

El hombre dió un paso adelante y carraspeó para llamar la atención de Oscar. Esta lo miró.

-¿Qué sucede coronel?

-Ehmm… - sólo pudo articular nervioso.

-Vamos coronel, hable, no me haga perder mi tiempo.

-Lo siento, comandante, es que ayer hubo un altercado en la bodega...

-Haga un informe de lo sucedido - le indicó volviendo a mirar los documentos .

-Y hay un soldado herido

-¿Es muy grave? - preguntó sin mayor interés, terminando de firmar los últimos documentos.

-Bastante - dijo el hombre con preocupación - Desde anoche está inconsciente.

-¿Y quién es el soldado?

-Grandier, comandante.

- ¡¿Qué?! - Oscar soltó de golpe la pluma que tenía en la mano, no podía creer lo que estaba escuchando - por Dios, André, André... - repitió en su interior. Luego de algunos segundos reaccionó - ¿Dónde está? - preguntó mientras se ponía de pie y salía a paso ligero de la oficina.

-En la enfermería - alcanzó a hablar el hombre antes de ver desaparecer a la comandante por el pasillo.

Oscar abrió de un solo golpe la puerta de la enfermería. Alain estaba junto a un malogrado André. El soldado se giró a mirarla cuando la vio inmovilizada en el umbral.

-¿Está vivo? - fue lo único que atinó a preguntar.

Alain se puso de pie y caminó hasta ella.

-Sí, aún vive.

Oscar respiró aliviada.

-Este hombre la ama tanto, que arriesgó su vida por usted.

-¿Quién fue?- preguntó sin dejar de mirar a André espantada. Alain sólo bajó la mirada -¡Quién fue! - le gritó tomándolo de la chaqueta y atrayéndolo hacia sí con violencia.

-Comandante, puedo ser cualquier cosa, menos un traidor.

-Quédate con él - le ordenó y salió corriendo camino a las barracas.

…..

- Muy bien, déjame probar a mí - decía uno de los soldados, lanzando un cuchillo al blanco que estaba al lado de la puerta. Se sobresaltó cuando la vio abrirse violentamente y el arma pasó casi rozando por la mejilla de la comandante.

-Debería golpear la puerta antes de entrar - dijo en tono despreocupado.

Sin decir una palabra, Oscar quitó con fuerza el cuchillo de la pared y se acercó con paso firme al hombre. Éste, al ver la furia de la mujer en su mirada, comenzó a retroceder.

-Golpear la puerta es para personas educadas - le dijo encajándole con rapidez y precisión el cuchillo en el cinturón. El soldado quedó totalmente mudo y paralizado, una gota de sudor resbaló por su sien y bajó hasta su barbilla. Oscar observó con detenimiento a cada uno de los soldados que se encontraban allí, tres estaban arrinconados en el fondo de la habitación, con evidentes moretones en el rostro - No soy estúpida, sé quiénes fueron los que golpearon al brigadier Grandier - los tres hombres sólo se limitaron a abrir los ojos y mirarse entre sí - si lo que esperan es que renuncie, ¡lamento decirles que no lo haré! - les advirtió con firmeza, cerró los ojos por un instante para contener la rabia que crecía en su cuerpo - no vine aquí a soportar sus niñerías, pero al parecer ustedes no saben lo que es el honor, ya que se comportan como unos cobardes - los soldados comenzaron a murmurar entre sí, al sentirse ofendidos por los dichos de la comandante - el hombre al que acaban de golpear, es una persona como ustedes. Sus padres eran honestos y trabajadores, como los suyos, pero murieron cuando él era apenas un niño. Su abuela, me cuidó como si yo fuera su nieta y él creció junto a mí siendo como mi hermano, díganme, por favor, ¿qué culpa tiene de ser un hombre de honor?

Los brigadieres estaban conmocionados, simplemente bajaron la mirada incapaces de articular palabra.

-Por eso, en nombre de esas dos personas ¡jamás permitiré que les vuelvan a hacer daño! ¡Cualquier ofensa que hagan a André será como si me la hicieran a mí y esa persona deberá prepararse para recibir un castigo ejemplar! - tomó aire para continuar -¿He sido lo suficientemente clara, soldados? - dijo mirando fijamente a los hombres que habían atacado a su amigo - No tendrán días libres hasta que André se recupere - sentenció dando media vuelta para salir, pero antes agregó - eso es para que aprendan lo que es ser una persona de honor - finalizó cerrando violentamente la puerta tras de sí.

Cuando salió de la habitación tuvo que buscar apoyo en la pared para no derrumbarse. Cada músculo de su cuerpo se sacudía, pero no de miedo, sino por la impotencia de no poder vengar a André y castigar como se lo merecían a los malditos que lo habían golpeado. A duras penas fue hasta la enfermería nuevamente, André aún yacía inconsciente.

- ¿Cómo sigue? - preguntó a Alain que aún se encontraba allí.

-Igual, comandante.

Oscar se puso junto a la camilla que sostenía el cuerpo de André. Lo observó por un momento. Su ojo derecho estaba totalmente inflamado, casi deforme, sus pómulos amoratados, y en las comisuras labiales aún había sangre seca. Tomó su mano entre las suyas, estaban frías y magulladas por la pelea. Sintió una profunda tristeza y, al mismo tiempo, una rabia que se estaba volviendo casi incontenible.

-André, André, debes despertar… Por favor - habló con una voz muy suave cerca del oído del joven soldado, acariciándole la frente con su mano, pero este no presentaba ninguna reacción.

Recordó entonces la presencia del amigo de André -Alain, pídele a uno de los soldados que vaya a buscar al doctor Lassone. Ha sido nuestro médico durante años, díganle que van de mi parte y que es una emergencia.

El hombre se puso de pie inmediatamente y se cuadró frente a Oscar.

-A sus órdenes, comandante - y salió al trote sin dudar.

Cuando Alain se retiró, Oscar no pudo contener el llanto. Su André, su adorado André estaba en peligro por su causa. Puso la mano del soldado en su mejilla para darle calor. Lloró por largo rato, ahí junto a su amigo de toda la vida, sentía, en realidad ganas de gritar, pero logró reprimir esa reacción casi instintiva que nació en ella al ver a André moribundo a su lado.

-Aquí está el doctor, comandante -dijo la voz de Alain desde el fondo de la habitación. Lassone entró al lugar guardando la calma que lo caracterizaba, miró a Oscar con una sonrisa.

-Ya me contaron lo sucedido, lo examinaré, necesito que salga de la habitación por favor Lady Oscar.

-Pero… - masculló la joven, quería quedarse junto a su amigo y saber de primera fuente cómo estaba.

-Quédese tranquila. André es fuerte, se recuperará.

Oscar, asintió con la cabeza y salió de la habitación seguida por Alain. Ambos se quedaron en el pasillo, frente a frente con la cabeza gacha. Alain ni siquiera tenía ánimo para bromear o decir algo que pudiera animar a la comandante. A sus ojos, se veía totalmente derrotada. El tiempo que duró el examen se le hizo eterno a Oscar. Comenzó a deambular por el pasillo como un león enjaulado, para ella, el doctor había demorado demasiado. Estaba decidida a entrar cuando el hombre se asomó por la puerta.

-¿Cómo está? - preguntó ansiosa.

-Mmmm...

-Doctor Lassone, por favor, no se ande con rodeos y dígame cómo está André - le suplicó con desesperación.

-Tiene múltiples hematomas en todo el cuerpo, pero son leves. Lo que me preocupa ahora es un golpe en la cabeza, que es lo que al parecer lo mantiene inconsciente - Oscar lo miró con terror, no fue capaz de hablar - necesita ser trasladado de inmediato a otro lugar, aquí no están las condiciones para que sea atendido.

-¿Cuándo despertará? - el doctor puso una mano en el hombro de Oscar. Ella sospechó por su gesto, que no tenía muy buen pronóstico.

-Las próximas veinticuatro horas son cruciales. Si no despierta en ese período de tiempo, es posible sospechar que tenga daño permanente en el cerebro. Si fuera así, sólo nos queda esperar lo peor. Lo lamento mucho - dijo con tristeza, después de todo, conocía a ambos jóvenes desde que eran unos niños, los había visto crecer y convertirse en adultos. André siempre le pareció un niño muy hábil y saludable, de hecho, tan solo una vez tuvo que atenderlo debido a un fuerte resfrío. Confiaba en que fuera lo suficientemente fuerte para superar esta crisis.

Oscar miró a André desde la puerta. No podía ser cierto lo que estaba viviendo. Debía ser una pesadilla de la que no despertaba. Lágrimas brotaron por sus mejillas que no se preocupó por contener. Alain, solo pudo observar la dramática escena, estaba terriblemente apenado por el destino de su amigo.

-Me quedaré para supervisar el traslado. Es preciso que se mueva lo menos posible - indicó el doctor mirando a Alain, ya que Oscar parecía estar en shock.

- Me haré cargo - dijo Alain retirándose rápidamente.

-Lady Oscar - el doctor la giró levemente de los hombros para hacerla reaccionar - Vaya con él. Aunque pareciera estar inconsciente, le hará bien sentir que hay alguien cercano a su lado. Los dejaré a solas.

Oscar caminó casi a ciegas hasta la camilla, tenía los ojos anegados en lágrimas. Cuando estuvo al lado del magullado muchacho, se sentó y apoyó la cabeza en su pecho, llorando totalmente descontrolada, sin poder detener la angustia que oprimía su corazón.

-Oh André, mi querido André - repetía una y otra vez - perdóname por favor, jamás debí permitir que te quedaras en este lugar. Perdóname, perdóname…

….

- ¡Oscar, Oscar! - gritaba André buscando a su pequeña amiga, pero no la encontraba por ningún lugar de la mansión. Pensó, que el juego ya se había pasado de la raya y que era hora que Oscar apareciera, se sentía solo y asustado. Caminó lentamente por los pasillos del gran palacete, con la idea de no ser sorprendido y perder, una vez más, el juego. Cuando pasó frente a un espejo se sorprendió al ver a un niño de unos ocho años en el reflejo - ¡qué extraño! - exclamó al desconocer sus facciones - pensaba que ya había crecido y que era un hombre - se miró con atención las manos y se tocó con curiosidad el rostro y el cuerpo para comprobar que era real. ¡Era tan pequeño y delgado! Se preguntó, cómo podría proteger a Oscar con ese cuerpo tan débil. De pronto, lo distrajo de sus divagaciones la etérea y dulcísima risa de Oscar, que reverberaba por todos los rincones de la casa. Siempre que reía de esa forma, André sentía que entraba en una especie de hechizo, como en ese libro de piratas que habían leído con Oscar a escondidas del general y de la nana, en el cual las hermosas sirenas de las imágenes encantaban a los hombres con sus canciones. Para él, la risa de Oscar era eso: una melodía hechizante. Siguiendo esa huella, subió la escalera y llegó hasta la habitación de la niña. Miró por la ventana que daba hacia los jardínes y ahí estaba al fin, con su hermosa cabellera rubia ondeando al compás del viento. André abrió muy grandes sus ojos cuando la niña se giró mirando en dirección hacia la ventana, realizando un gesto de llamado con su pequeña mano.

-Atrápame André, atrápame- decía con una voz que cada vez le costaba más escuchar.

-¡Oscaaaaaaar! - gritó desde el otro lado de la ventana poniendo sus manos alrededor de la boca para amplificar el sonido de su voz, cuando de pronto y sin saber cómo, se vio en un hermoso jardín lleno de rosas blancas cristalinas, cubiertas por el frío rocío de la mañana. Miró hacia todas las direcciones, pero no lograba ver a la pequeña - ¿dónde estás? ¡No te veo! - dijo desesperado.

-Aquí estoy, aquí estoy. Ven André, ven… - El pequeño sólo alcanzó a ver como la melena rubia de Oscar se perdía entre los espesos rosales.

Sin dudar, caminó hasta allí, apartando con sus propias manos los grandes y abundantes tallos de las rosas cubiertas de espinas que aparecían frente a él uno tras otro, uno tras otro. No le importó continuar abriéndose paso a través de las espinas, tenía que encontrar a Oscar, pero su cuerpo y sus manos estaban cubiertos de magulladuras. Sintió la sangre correr por todo su rostro, ya no podía más.

- ¡André, André! - seguía escuchando a lo lejos el llamado de su amiga.

- ¡Ya voy Oscar! ¡Espérame!

- ¡André, André…!

El muchachito cayó al piso, y ahí quedó sin poder moverse mientras una lluvia de suaves pétalos de rosa cubría por completo su pequeño cuerpo. Gritando se tomó la cabeza, un fuerte dolor no lo dejaba continuar, no lo dejaba ir por Oscar, pero a lo lejos seguía escuchando su diáfana voz.

- ¡André, André!

-André, no te muevas por favor, André - le pedía Oscar angustiada al ver que el muchacho se tomaba con las manos la cabeza y la giraba de un lado a otro - tranquilízate por favor, estoy aquí, contigo, estás en casa.

Poco a poco André se fue calmando y tomando conciencia de sí. Intentó abrir los ojos, pero los cerró bruscamente al sentir en sus pupilas la luz del lugar. No sabía dónde estaba, ni qué había pasado, estaba totalmente desorientado. Volvió a intentar abrir los ojos lentamente, lo que lo obligó a pestañear con efusividad. Entre la luz y la sombra de su dolor, pudo distinguir la mirada azul zafiro de Oscar.

-André, al fin despiertas, ¡qué alegría! - dijo la joven enjugando las lágrimas de sus ojos - ¿Puedes hablar? - André la miraba confundido, no sabía si era un sueño o realidad.

- ¿Dón… de … es… toy…? - murmuró apenas.

-En tu habitación, André. Mira, aquí está la nana y mi madre. Hemos estado muy preocupadas por ti - dijo Oscar apartándose para que las mujeres se pudieran acercar. El joven intentó sentarse, pero el dolor lo devolvió inmediatamente a su lugar.

-Mi cabeza - se quejó tocando con sus manos el vendaje. De pronto, vinieron a su mente imágenes de la pelea - esos malditos…

-No André, no te debes esforzar - le pidió dulcemente madame Jarjayes.

-Chiquillo imprudente, en qué estabas pensando al enfrentarte a esos hombres. No sabes el susto que nos has hecho pasar - lo regañó su abuela con los ojos llenos de lágrimas.

Oscar la miró con ternura e intervino antes de que la anciana se alterara más -Nana, no es momento de llamarle la atención a André - dijo mientras la apartaba de la cama - Vamos, debemos dejar que descanse - decía mientras la dirigía hacia la puerta - Nana, por favor envía a alguien que busque al doctor. André debe ser revisado inmediatamente -

Las dos mujeres se retiraron y Oscar volvió al lado de André. Se sentó al lado de la cama tomándolo de la mano - ¿Cómo te sientes? - le preguntó.

-Todo me da vueltas - contestó poniendo su mano libre en su frente - pero creo que sobreviviré - intentó bromear al ver la cara de angustia de Oscar. Se alegró al darse cuenta que ya había recobrado completamente la consciencia.

Oscar se sintió sorprendida - ¿Cómo puedes estar tan tranquilo aún en estos momentos? Tu vida estuvo en grave peligro.

-Mientras estés conmigo, nada malo me puede pasar. Tú me salvaste - le dijo aprisionando con fuerza la mano de la joven.

- ¿A qué te refieres? - preguntó confundida. André la miraba con dulzura.

-Nada… es algo que te contaré después - la chica bajó la mirada con tristeza, ahora que sabía que André estaba a salvo, no podía evitar sentirse culpable por lo ocurrido -¿Qué pasa Oscar, por qué te pones así?

-Esto te pasó por mi culpa, André. ¡Casi mueres por mí!

-Oscar… - dijo sonriendo levemente el muchacho - Fue mi decisión, no debes culparte por eso - fue la única forma que encontró en ese momento de apaciguarla. Ambos se quedaron en silencio sosteniendo sus miradas - te quiero pedir algo - habló André.

- ¿Qué cosa? – preguntó frunciendo el ceño.

-Por favor, que los hombres que me atacaron no sean castigados.

Oscar lo miró con resignación. A veces, le costaba entender la capacidad que tenía de perdonar todo con infinita bondad. André, no era un hombre fácil de ofender y, en ese sentido lo consideraba una persona muy fuerte, lo que le afectaba era porque realmente tenía importancia en su vida y, definitivamente, el haber sido gravemente golpeado por esos hombres, no tenía ninguna importancia para él.

- No te preocupes - lo tranquilizó - sabía de antemano que me lo pedirías. Esos hombres ya fueron trasladados a otro cuartel.

-Gracias Oscar - dijo esbozando una sonrisa. Se quedó mirando a la muchacha que aún sostenía firme su mano entre las de ella, pero totalmente cabizbaja. André sabía que la culpa y la preocupación la estaban consumiendo por dentro, conocía el corazón de esa mujer como ningún otro y no toleraba la idea que hubiese sufrimiento en él - Mírame - le pidió. Oscar levantó la cabeza, pero no podía mirarlo a los ojos - Todo estará bien, no quiero que te preocupes. Estaremos bien, confía en mí - intentó tranquilizarla.

Oscar lo miró finalmente, necesitaba ese momento de honestidad en su corazón - Es la única certeza que tengo hoy. Tu confianza - dijo sin evitar la hermosura y el brillo en los ojos de André al escuchar esas palabras.

Espontáneamente, el malherido soldado acercó la mano de la chica a sus labios y la besó largamente y con suavidad, ella respondió cerrando los ojos para simplemente sentir su boca en la piel traslúcida de su mano. Las sensaciones que le produjo el beso de André, se acumularon todas en sus mejillas, enrojeciéndolas por completo. Ese beso la estaba quemando por dentro.

-Iré a ver si llegó el doctor Lassone - dijo rompiendo ese momento mágico entre ambos. Se puso de pie con rapidez y salió de la habitación, intentando controlar las sensaciones que su cuerpo le estaba pidiendo manifestar. Cuando cerró la puerta tras de sí, no pudo seguir caminando, apoyó su espalda en la pared y se llevó la mano que André había besado al pecho, cubriéndola con la otra, como si tuviera un tesoro entre sus manos. Su corazón latía con fuerza y entusiasmo, con alegría y miedo, con la clara certeza de que así se sentía el amor.

…..

A la semana siguiente, por indicación del médico, André se pudo levantar para salir a caminar. Según los pronósticos, aún quedaban al menos dos semanas para que su recuperación fuera completa. Oscar, decidió que lo mejor era tomarse unas vacaciones para poder acompañarlo. La culpa aún no la dejaba, por lo que tomó esa semana como un descanso para sí misma de todo lo que ocurría en el regimiento, se convenció de que los ánimos estarían más tranquilos a su regreso. Salieron juntos al jardín a tomar un poco de té que la abuela les había preparado. Aquellos días habían transcurrido con total serenidad para ambos jóvenes, conversaban, reían y bromeaban igual que en los viejos tiempos, cuando sus sentimientos aún no influían en su forma de relacionarse. Oscar, dejó de estar tan preocupada por cómo controlar sus emociones hacia André y él, por su parte, percibía el esfuerzo que hacía su amiga para relajarse y volver a ser la misma. Ahora, todo volvía a estar en orden, incluso sus mentes habían logrado apaciguarse de malos presagios y de la ansiedad por el futuro incierto.

-André, estoy preocupada por la reina María Antonieta - habló Oscar de la nada.

- ¿Por qué, qué pasa? - preguntó él curioso.

-Creo que, incluso los nobles han perdido el respeto hacia su majestad. Desde que dejó las audiencias, muchos aristócratas fieles a la corona han dejado de ir a Versalles - hizo una pausa para tomar un sorbo de té - es una excelente madre. La he visto cómo actúa con los príncipes y el amor que les profesa, pero se ha olvidado por completo de su deber como la Madre de toda Francia - suspiró profundamente - lamento no poder estar a su lado para protegerla.

-Quizás deberías hacerle una visita - sugirió André - siempre tu compañía ha sido una alegría para ella.

-Mmmm sí, quizás tengas razón - La joven quedó totalmente sumida en sus pensamientos. Sólo salió de ellos cuando vio a la abuela parada junto a ella - ¿Qué pasa nana?

-Mi niña, está aquí el conde Fersen - Oscar sólo sonrió pensando en la habilidad que tenía de llegar en los mejores momentos - dice que desea saber por la salud de André y tratar unos asuntos contigo.

-Dile que pase por favor nana - dijo Oscar dejando la taza de té sobre la mesa. Recordó su último encuentro con el joven sueco, el cual había sido terriblemente incómodo para ambos. Cruzó los dedos de las manos y comenzó a moverlos nerviosa.

André se percató de ese gesto en la joven rubia, ¿por qué la incomodaba tanto la presencia de Fersen? Se preguntó.

Cuando estuvo frente a ambos, Fersen realizó una sutil reverencia a Oscar y extendió la mano para saludar a André.

- ¿Cómo sigues querido André? Veo que ya estás recuperado, lo cual me alegra muchísimo.

-Por favor, siéntate - pidió Oscar - pediré que te sirvan té.

-Gracias - sonrió el conde sin quitarle la vista de encima, luego se dirigió a André - bien, cuéntame, ¿ya puedes comenzar a hacer tu vida normal?

André lo miró con desconfianza. Sentía que había una tensión entre el sueco y Oscar, como si algo ocultaran, pero no podía explicar qué - aún no - habló finalmente - según el pronóstico del doctor, son dos semanas de recuperación, pero yo me siento en perfectas condiciones, saldría corriendo a cabalgar - dijo cruzando sus manos por detrás de la nuca.

-André, no seas irresponsable - intervino Oscar - debes esperar a que el doctor te dé el alta. Antes, ni sueñes que saldrás de esta casa o que harás otra cosa que no sea descansar.

-Pero… - titubeó André.

-Sé lo que estás pensando - lo interrumpió la joven - y te he dicho mil veces que me sé cuidar perfectamente - sentenció con un gesto que André no se atrevió a contradecir.

Fersen, miró fascinado el breve diálogo entre ambos muchachos. Sus miradas, gestos y palabras, todo indicaba que eran el uno para el otro. Si no los conociera, pensó, creería que son una feliz pareja de recién casados. Al tener este pensamiento, no pudo evitar volver a sentir esa pulsación dolorosa en su pecho, al saber que jamás tendría un momento así con la mujer que amaba.

-Ya escuchaste André. La comandante ha dado su veredicto. No creo que te convenga refutarlo - los interrumpió Fersen.

Los tres jóvenes se miraron entre sí, sin poder evitar reír prácticamente al unísono, hasta que la abuela volvió a aparecer ante ellos.

-Vamos André, debo cambiarte los vendajes - le ordenó con dulzura.

-Sí abuela - dijo decepcionado. No quería dejar sola a Oscar con Fersen - con permiso - solicitó, dando una última mirada a la joven.

-Creo que lo mejor será que vayamos adentro - sugirió Oscar ante la ausencia de André.

-Oscar… antes, quisiera explicarte…

-No hay nada que explicar, Fersen. No estoy molesta contigo por lo ocurrido en nuestro último encuentro, pero es algo que he decidido olvidar - sentenció con total frialdad.

El sueco, bajó la mirada avergonzado - entiendo - dijo con un hilo de voz.

-Vayamos adentro, está haciendo frío - insistió la joven poniéndose de pie sin esperar por Fersen que se había quedado sin reaccionar.

Una vez dentro, se produjo un incómodo silencio que el sueco fue el primero en romper.

-Oscar - dijo haciendo una pausa - Necesito de tu ayuda en un caso que me ha sido encomendado por los reyes.

La joven lo miró con sorpresa.

-Te recuerdo que ya no pertenezco a la guardia imperial - dijo poniéndose de pie frente a la ventana.

-Lo sé, pero fue la misma reina quien me ordenó que solicitara tu ayuda.

-Entiendo - suspiró Oscar - ¿De qué se trata?

- ¿Has oído hablar del caballero negro?

- ¿Te refieres al hombre enmascarado que roba en las mansiones de nobles? - preguntó con tono sarcástico.

-Sí - respondió el sueco un poco inseguro.

- ¿Aún no han sido capaces de atraparlo? - rió a carcajadas - ¡Qué tropa de inútiles! - se sorprendió al darse cuenta que había dicho ese último pensamiento en voz alta. Fersen sonrió divertido.

-Por eso la reina quiere solucionar esto lo antes posible, se está volviendo una situación muy peligrosa y nos encomendó esta misión, confía en nosotros.

-Bueno, ¿y qué sabes de él? además de que es un ladrón. No veo lo peligroso en ello - dijo Oscar volviendo a la silla

-Yo diría que, si está enfocado en los nobles, probablemente sea un miembro del tercer estado y su base de operaciones esté en París - hizo una pausa para pensar - este sujeto viene y se va corriendo raudo como un halcón… y se lleva consigo joyas y armas de fuego…

-Espera - lo interrumpió Oscar - las joyas probablemente las vende, pero ¿para qué quiere las armas de fuego? - preguntó con preocupación.

-No lo sé, pero así como están los ánimos en Francia, no se necesita mucha imaginación para saber que no es para venderlas. Ahí radica lo peligroso de su acción.

-Tienes razón. Debemos atrapar a ese ladrón lo antes posible - afirmó con vehemencia la joven comandante - ¿Y cómo quieres que te ayude?

-Tengo un plan, pero no sé si estés de acuerdo - pausó esperando alguna reacción de Oscar - correremos la voz de que una familiar política, viene a Francia a visitarme y que traerá con ella un cofre con preciosas joyas desde su país de origen y que, un collar muy valioso, será lucido por dicha familiar en una fiesta que se dará en su honor - tomó aire para continuar - este caballero negro es inteligente y astuto, por lo que no se ha aparecido en aquellas fiestas en las que se ha redoblado la seguridad, así que la idea es infiltrarnos en la fiesta como civiles para pasar desapercibidos. Lo atraparemos nosotros mismos con las manos en la masa, sin causar demasiado alboroto - finalizó con entusiasmo.

-Me parece un excelente plan, pero aún no veo cómo ayudarte Fersen.

-Serás la falsa duquesa. Lucirás el supuesto valiosísimo collar… en tu cuello.

- ¿Qué? - preguntó arqueando una ceja - ¿Estás loco? ¿Seré una duquesa vestida de hombre y además llevaré un collar como adorno? - la idea le causó tanta gracia que rió hasta que salieron lágrimas de sus ojos. Fersen está vez la miró seriamente.

-No, tú irás con un vestido - dijo de golpe.

El rostro de Oscar se transformó automáticamente de la alegría a la indignación - ¡Jamás! -comenzó a vociferar en forma descontrolada - Antes, prefiero morir en la horca por traición que usar un vestido- gritó poniéndose de pie, totalmente enfurecida - ¡estás completamente loco si crees que haré eso! -

- ¡Oscar! - escuchó que la llamaron desde la puerta de la habitación. André, que había oído parte de la conversación se acercó a ella mirándola fijamente a los ojos - ¿acaso no entiendes, insensata? esto no es por ti, es por la seguridad de Francia, de la reina María Antonieta, de todos. Esto va más allá de tu orgullo, de mi orgullo e, incluso, de mis propios ideales - dijo bajando la mirada - el caballero negro es un delincuente para los nobles, pero un héroe para los más pobres de Francia…

- ¡André! - exclamó impactado Fersen. Luego miró a la joven - Oscar, por favor, debes calmarte.

- ¡Estoy calmada, soy la viva imagen de la racionalidad! ¡Pero lo que me pides es totalmente absurdo!

-Un oficial no debe actuar en función de sus emociones, sino por el deber que juró cumplir - le recordó André sin bajar la mirada de sus ojos llenos de cólera y frustración. Sabía lo difícil que podía ser para Oscar hacer algo así, pero la única forma que tenía de convencerla, era usando su propia lógica, de lo contrario, podría estar en graves problemas por desobedecer una orden imperial.

-Un oficial no debe actuar en función de sus emociones… - repitió esa frase en su cabeza la joven - ¡maldición, demonios! - vociferó empuñando sus manos - lo haré - dijo finalmente con resignación - pero me las pagarás, caballero negro.

…..

Una semana después, la mansión de los Jarjayes, era todo un caos. La nana iba de un lado para otro, absolutamente nerviosa.

-Abuela, cálmate - le pidió André al verla tan ansiosa.

-No puedo, al fin veré a mi niña Oscar con un vestido - dijo la anciana imaginándola hermosa y brillante con el vestido que, junto a madame Jarjayes, habían elegido para ella.

- ¡Ay abuela! - exclamó André - esto no lo hace porque quiere, sino porque es una orden de la reina, así que no te hagas tantas ilusiones - dijo riendo para sí.

- ¡Chiquillo malcriado! - dijo levantándole la mano en señal de amenaza - No te doy lo que mereces sólo porque aún estás convaleciente… de lo contrario... - hizo una pausa para recordar lo que estaba buscando - aah si, las medias, dónde están las medias… - dijo olvidando por completo a André.

El joven soldado se limitó a sonreír divertido por la actitud de su abuela, pero en el fondo de su corazón, se escondía algo muy diferente a la alegría. No temió en reconocer los celos que le producía imaginar al sueco bailando con Oscar y además ella usando un vestido. Suspiró totalmente derrotado. Su destino era mirar por siempre desde lejos cómo Oscar se transformaba en cada una de sus diferentes etapas.

- ¡Ay, no lo ates tan fuerte! - se escuchaban las quejas de Oscar por toda la casa.

- ¡Quédate quieta! - la regañaba la abuela, empujándola con la palma de su mano hacia adelante para atar con más fuerza las cintas.

- ¡Esto es como una armadura! - volvió a quejarse para despertar la compasión de la anciana, pero ésta estaba tan emocionada, que hacía caso omiso de sus súplicas.

-Muy bien niña, ahora, a peinarte- dijo con un cepillo en la mano, casi a modo de arma. Oscar abrió los ojos de par en par, parecía una terrorista a punto de cometer su acto más espantoso. La comenzó a peinar con total efusividad, poniendo pinzas por aquí y por allá.

- ¡Nana, me dejarás sin un solo cabello en la cabeza! - reclamaba tratando de poner sus manos para evitar que la siguiera tironeando.

-Tranquila, ya casi terminamos - dijo al fin la nana - Ya estás lista mi preciosa niña, ¡te ves tan hermosa! Serás la más bella del baile - sentenció secándose las lágrimas con un pañuelo al verla resplandeciente como una reina salida de un cuento de hadas.

Oscar, caminó lentamente hacia el espejo, probando primero cómo se sentía caminar con un vestido - ¡Qué horrible! - pensó. Cuando estuvo frente a su reflejo, se miró con curiosidad de pies a cabeza - esta no soy yo - concluyó sin poder reconocerse, pero sonrió al darse cuenta que no se veía tan mal. De pronto, sintió un leve mareo que la hizo tambalear.

-Me voy a desmayar nana, no puedo respirar - dijo poniendo su mano en el estómago, con apenas un hilo de voz y la piel del rostro totalmente pálida.

-Mi niña, no seas exagerada, has hecho cosas peores,!no te quejes tanto! - replicó la anciana sin hacerle caso.

La joven respiró profundo para evitar esa terrible sensación. Después se volvió a mirar en el reflejo- qué extraño - pensó. Luego de un momento, ya se sentía más adaptada a su atuendo -Nana, dile a André que venga, necesito afinar con él los últimos detalles.

André dio tres golpes a la puerta y entró cuando tuvo respuesta. Abrió despacio, Oscar estaba frente a la ventana, se giró al escucharlo entrar.

- ¿Están listos los caballos? - preguntó olvidándose por completo que estaba con un vestido y un peinado digno de una princesa. André quedó totalmente anonadado al ver la belleza de Oscar en todo su esplendor. Brillaba tanto como las rosas blancas de su sueño, se veía absolutamente cristalina, casi, como una visión de una diosa griega o, mejor aún, como un ángel recién caído del cielo - ¡André! - le llamó la atención Oscar - No te quedes mirándome así, pregunté que si están listos los caballos.

-Sí, están listos - respondió sin poder cerrar la boca - Te ves tan hermosa, Oscar.

-Si… - dijo con indiferencia, pero en realidad le producía una extraña vergüenza recibir ese tipo de halagos - ¿Quedó claro en donde me esperarás en caso de que haya que salir tras ese famoso caballero negro? - insistió para cambiar de tema.

-Sí, quédate tranquila. Todo saldrá como ha sido planificado.

-Bien - dijo mirando al joven de ojos verdes, luego, extrañamente se sintió sonrojar - André… - dijo con las mejillas arreboladas.

- ¿Si? - respondió él prematuramente al verla ruborizada.

- ¡No soporto estos zapatos! - exclamó levantando el ruedo del vestido y moviendo los pies de un lado a otro.

André la miró con expresión divertida. Con o sin vestido, Oscar seguía siendo la misma persona. Eso, era un gran alivio para él.

-Has soportado una espada en tu cadera desde los cinco años, duros entrenamientos, golpes y ¿no puedes usar por unas horas unos zapatos femeninos? - André se acercó a ella para verla mejor. Tenía una oportunidad de seguir burlándose.

- ¡No es lo mismo! - replicó la joven - Tendré que bailar con estos elementos de tortura… - suspiró cansada dejando caer con fuerza la falda que había mantenido alzada. Al sentir el casco de los caballos se volteó nuevamente hacia la ventana - Llegó el carruaje de Fersen - dijo caminando lentamente hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo para mirar a André - Síguenos con cautela, no quiero que te vaya a pasar algo, aún no estás totalmente recuperado - lo miró con un especial brillo en la mirada y una sonrisa - vamos - dijo abandonando la habitación.

André, sin dudarlo, fue detrás de ella como siempre lo hacía, como una sombra.

…...

- ¿Has oído? El caballero negro irrumpió en la mansión de la duquesa de Lanbarre la noche anterior - decía una mujer a otra con cara de espanto - ¡todos los diamantes de la duquesa fueron robados en el baile!

-Espero que hoy no se aparezca, la joya que lucirá la misteriosa duquesa, según dicen, es de gran valor- la otra mujer hizo una pausa al ver entrar al salón al conde Fersen con la hermosa duquesa.

-Bueno, mira eso - dijo dándole un pequeño golpe con el codo a su interlocutora - ¡Son tan hermosos!

Oscar y Fersen entraron al salón, causando un gran revuelo entre los invitados. Nadie conocía la identidad de la duquesa, la cual les dijeron se mantendría en secreto por su seguridad con el fin de evitar ser descubiertos por delincuentes ocasionales y por el temido caballero negro. A medida que iban avanzando por entre la multitud, esta les abría paso sin dejar de murmurar acerca de la belleza de la duquesa, su gracia, delgadez y su buen gusto para vestir. Muchas mujeres también la observaron con envidia y recelo por ser la compañía del apuesto conde. Para Oscar, todos los comentarios hacían aún más evidente la superficialidad que existía en la corte francesa.

Sonó la primera pieza de baile, la cual fue cedida por los asistentes al conde Fersen con su atractiva pareja.

- ¿Me concede esta pieza, mi lady? - dijo Fersen haciendo relucir toda su caballerosidad. Oscar, sólo asintió con la cabeza. Este, la tomó suavemente de la cintura, atrayéndola hacia sí. Sus manos se unieron en completa sincronía, encajando perfectamente la una con la otra, como si hubiesen sido pareja de baile de toda la vida. Comenzaron a moverse al compás de la música. El sueco, estaba completamente extasiado con la hermosura de Oscar. Todos sus devaneos en relación a la joven comandante, fueron confirmados en ese momento. Era mucho más bella y elegante de lo que había soñado.

-Siempre me he preguntado el por qué siendo tan hermosa, insistes en esconderte detrás de un uniforme.

Oscar sonrió -Creí que habíamos aclarado eso, Fersen - dijo mirando hacia otro lado para evitar su mirada.

-Eres un ser tan admirable, mi querida Oscar - dijo sin poder evitar expresar sus verdaderos sentimientos - sé que haces esto sólo por defender tus ideales de justicia… pero me siento afortunado de poder vivirlo junto a ti.

La joven lo miró con recelo, debía ser drástica para evitar confusiones - Fersen, que estemos tú y yo aquí, en estas condiciones, es algo circunstancial, vinimos a atrapar un delincuente no a sanar tu orgullo de macho herido por haber sido rechazado, así que por favor, cálmate o tendré que retirarme antes de cumplir con nuestra misión - el hombre bajó la cabeza una vez más avergonzado por su impetuosidad ante los ojos de la comandante - Ahora, hagamos lo que vinimos a hacer, abramos bien los ojos para ver si ese hombre es capaz de aparecerse hoy por aquí - le ordenó mientras seguían bailando. Fersen guardó silencio.

De pronto, todas las luces del salón se apagaron, escuchándose el grito de terror de los asistentes. Oscar y Fersen dejaron de bailar, separándose levemente para poder ver qué había ocurrido, las mujeres gritaban despavoridas al sentirse despojadas de sus joyas.

-Caíste en la trampa - murmuró Oscar con una sonrisa en los labios, no tenía duda de que eso era obra del caballero negro. De pronto, sintió un tirón en la garganta, por el dolor, sólo atinó a llevarse las manos al cuello. Le había arrebatado el collar. Oscar miró hacia todos lados, con la esperanza de ver algo, entonces, por encima de su cabeza, parado en la lámpara, se percató que había una sombra que reía a carcajadas y que se balanceaba de un lado otro - quiere escapar por el ventanal - se dijo. Entonces, sin pensarlo dos veces, se quitó apenas los zapatos, dejándolos tirados en medio del salón, levantó el ruedo del vestido más allá de lo permitido y salió corriendo fuera del salón, bajo la mirada sorprendida de Fersen. André había ido hasta la salida al escuchar los gritos, la esperaba listo con su caballo, al cual sin saber cómo, la muchacha subió rápidamente. Escucharon al otro lado del palacete el estallar de cristales y galoparon hasta allí. La figura de un hombre con capa y a caballo se perdió por entre los árboles.

-¡Sigámoslo! - le ordenó a André, fustigando su caballo.

Galoparon lo más rápido que pudieron detrás del ladrón, pero ya les llevaba mucha ventaja, no obstante, pudieron percatarse que se dirigía hacia los suburbios de París, cosa que no se le hizo extraña a Oscar, ya que sus sospechas estaban en que, en algún lugar de la ciudad, se escondía. Lo que si le sorprendió, fue la habilidad del hombre para perderse por las estrechas calles. Se detuvieron sorpresivamente al escuchar el relinchar de un caballo en la siguiente calle que doblaba la esquina.

-Lo tenemos - susurró Oscar a André. Se acercaron lentamente al lugar, pero sólo estaba allí el caballo, sin ninguna pista del hombre - ¡Demonios, lo perdimos! - vociferó enojada. Dieron la vuelta para salir del callejón, cuando escucharon, ahora por la calle de enfrente, el sonido de unos pasos corriendo. Rápidamente fueron hasta allí, pero no había rastro del hombre.

- Estoy segura que era él - comentó Oscar a su acompañante, pero André estaba en completo silencio al reconocer que era la calle en donde vivía su amigo Bernard y Rosalie. Por la oscuridad, no se había podido ubicar en dónde estaba, pero al estar ahí y observar con más calma, era la calle de la joven pareja.

Se quedaron recorriendo el lugar por un rato, con la esperanza de que el hombre volviera por su caballo, pero ni luces había del caballero negro. En la cabeza de Oscar, empezaron a surgir cientos de dudas en relación a la figura de este hombre. Aún había muchos cabos sin atar, entre ellos y el más urgente, era que si se había perdido en esa calle, ¿significaba que ese era su centro de operaciones o solo contaba con la protección de las personas del lugar? Prefirió calmar sus pensamientos para tener más claridad en sus ideas. Lo mejor era volver a casa, estaba totalmente decepcionada por su fracaso, pero al menos ya tenía una pista de donde comenzar a buscar.

-André, vamos a casa, ya casi amanece - dijo adelantándose.

André se quedó mirando hacia la calle en donde habían perdido al caballero negro. La sombra de la desconfianza se había instalado en su mente, sin poderlo evitar.

Durante el camino a la mansión no cruzaron palabras, ambos iban imbuidos en sus propias preocupaciones.

-Ya no soporto esto - dijo Oscar rompiendo el silencio y desarmándose el hermoso peinado que le había hecho su nana. André la observó con detenimiento mientras seguían avanzando. Concluyó que ahora, así despeinada y todo, se veía mucho más hermosa que antes, con su largo y suave cabello rubio flameando al viento, cubriéndole el rostro a su antojo.

-Creo que lo mejor será que mi abuela no te vea llegar en estas condiciones - utilizó la broma como vía de escape para ahogar el deseo que tenía de besarla y acariciar su rostro, tal como lo hacía el viento.

Oscar lo miró divertida - Pero tú eres el responsable de protegerme, André, así que es a ti a quien le conviene que mi nana no me vea.

-Tienes razón - aceptó el muchacho sonriendo - me encargaré de que no te vea.

Cruzaron en completo silencio la entrada a la mansión, cuando estuvieron frente a la puerta principal, André bajó de su caballo y se quedó junto al de Oscar esperando a que bajara para llevarlos a la caballeriza. Ella se mantuvo inmóvil, entonces el muchacho, miró hacia sus pies, estaba descalza.

- ¿Dónde están tus zapatos? ¿Por qué estás sin zapatos? - preguntó sin poder evitar sonreír.

-Me los quité para poder correr hasta donde me estabas esperando. De lo contrario, jamás hubiese llegado hasta allí a tiempo - respondió intentando bajarse del caballo, pero el amplio vestido se lo impedía. André se quedó mirándola disfrutando de la escena - ¡Maldito vestido! – rezongó enojada - ¡incluso haberlo hecho una sola vez en mi vida es demasiado!

-Déjame ayudarte - le dijo André dejando a su caballo y acercándose a ella.

Impactada, Oscar abrió sus grandes ojos azules - ¡¿Qué?! - exclamó asustada. Jamás había necesitado ayuda para bajar de un caballo.

-Lo que escuchaste, te ayudaré a bajar - repitió con paciencia André.

-No… - pero no pudo continuar hablando al sentir las manos de André en su cintura. Sin previo aviso ya la había levantado con firmeza por sobre el caballo - … quiero - alcanzó a murmurar cuando se vio con los pies en el piso, acorralada por la presión de las fuertes manos del hombre en su cintura, embriagada con su aroma familiar, hechizada por el deseo que estallaba a través de la hermosura de sus ojos verdes.

Hacía tiempo que Oscar había reconocido lo que provocaba en André y este momento que compartían hoy, sin prejuicios ni miedos interfiriendo en su juicio, era la confirmación que había buscado dentro de sí misma para comenzar a sentir y dejarse llevar por todo aquello que le acontecía. Deseó, con todas las fuerzas que podían existir en su espíritu, en su cuerpo, en todo lo que era y creía ser, que el hombre que la hacía soñar y a la vez desvelarse, la besara. Le suplicó con la mirada que lo hiciera, porque no necesitaba nada más que sentir la febril y suave necesidad de su adorado André. Él, que había aprendido a leer desde siempre la mirada de la muchacha, en un acto de total valentía, la atrajo hacia sí con fuerza, casi con violencia, ahogado por el deseo que había escondido por tantos años. Vibró en cada fibra de su ser, el quejido que se escapó de Oscar cuando rodeó con su brazo la estrecha cintura y hundió sus dedos en la abundante melena; bebió del silencio que se produjo al acercar su boca, sin atreverse a tocar el misterio de sus labios; aspiró su aliento agitado y apresó para sí el ritmo apresurado de su pecho debido al corsé que nunca había acostumbrado a usar. Sintió la fragilidad de su cuerpo temblar entre sus brazos, como aquella vez en que la había cuidado de una alta fiebre. Entonces, las dudas se apoderaron de él al percatarse de lo que iba a suceder, quizás usaba demasiada fuerza para retenerla, quizás lo que sentía Oscar era miedo. Vencido por sus pensamientos, recurrió a todo el control que podía tener de sí mismo y se separó suavemente de ella, la tomó en brazos, como a una novia, y se dirigió con ella al interior de la casa.

- Me aseguraré que no despiertes a nadie - susurró - con ese vestido puede que ruedes por las escaleras y no quiero asumir las consecuencias de ello.

Oscar estaba totalmente desencajada. En un segundo, André la había llevado al cielo y luego bajado. Pensó en exigirle que la bajara, su orgullo se lo decía, pero él iba con un paso tan firme y apresurado, que finalmente desistió a toda idea de resistencia y se entregó al momento, rodeando con sus brazos el cuello de André. Reclinó su cabeza en su ancho hombro y se dejó llevar hasta su habitación. Sólo una vez que estuvieron dentro, André la depositó delicadamente en el piso, la miró con nostalgia y, quizás, por última vez hermosa y angelical en su vestido y se prestó a marchar.

-Buenas noches Oscar - dijo caminando rápidamente hasta la puerta, si se volteaba o la miraba nuevamente, no estaba seguro de lo que sería capaz de hacer.

Oscar, se quedó parada en medio de la habitación, en donde mismo André la había dejado, sin saber qué hacer o decir. Esa noche, definitivamente se había convertido en una noche especial: usó un vestido por primera vez, bailó con un hombre, persiguió a un ladrón y, ahora, estaba frente a una de las personas más importantes de su vida, sin saber qué hacer.

- Sólo por esta vez - se convenció a sí misma y corrió con rapidez hacia la puerta y, antes de que el muchacho saliera, lo tomó de la chaqueta y lo atrajo con urgencia hacia su cuerpo. Posó con una soltura recién descubierta sus labios en los de él, cerrando los ojos para sentir la húmeda suavidad del tan ansiado contacto, comprobando que, ese primer beso, era tan dulce como siempre lo había imaginado. André, sin tiempo para pensar en nada, respondió inmediatamente envolviendo entre sus labios la tersura de los de Oscar, intentando alargar ese breve momento de ternura, el mayor tiempo posible en su cuerpo y memoria. Cuando abrieron los ojos y apartaron sus cuerpos, comprendieron que, desde ese momento, no podrían volver a separarse, estaban unidos por la alegría de un amor completamente correspondido.

-Buenas noches, André -dijo Oscar con extrema dulzura, casi en un susurro de voz.

El muchacho, sin embargo, no pudo contestar nada, simplemente salió y cerró la puerta tras de sí. Bajó las escaleras casi en forma automática y entró a su habitación embriagado aún, por aquel fortuito beso. Se quitó la chaqueta y zapatos con premura, se lanzó sobre la cama y comenzó a reír a carcajadas. Nunca antes había sido tan feliz.

Otra vez, muchas gracias por sus comentarios, especialmente a las chicas del grupo LO Perú, con mucha buena onda me entusiasmaron a continuar y terminarlo pronto.

Espero lo disfrute!