Capítulo 6: Paréntesis.
Recorrió sus labios con la punta de los dedos, nunca pensó que un beso pudiera sentirse así de intenso. Tampoco creyó que sería ella la primera en actuar. Por primera vez, no había pensado en nada, por primera vez se dejó conducir por su corazón, y este la llevó directo a los labios de André. Se sentó a la orilla de la cama, aún empapada por la escena anterior. Las manos de André, los labios de André, el cuerpo de André… sintió que desaparecía por un breve, pero a la vez, infinito momento, que su cuerpo ya no era su cuerpo, sino que una fusión de latidos, humedad, temblores, ansias… deseos - ¿En qué estaba pensando? - si es que acaso estaba pensando - No, no, no - se dijo a sí misma - ¿Cómo lo miraré mañana a la cara? - pero ya no tenía espacio a dónde huir; ya no tenía tiempo en donde perderse. Se tumbó de espaldas sobre la mullida cama poniendo sus manos sobre el comprimido abdomen - ¡Uf! - resopló para poder continuar respirando, le estaba sobrando el aire, así como el amor, ya no podía guardarlo sólo para sí misma. Intentó cerrar los ojos, pero la imagen de la boca de André era recurrente, luego sus encendidos ojos que parecían de fuego y, después, también sus manos sosteniéndola con firmeza - ¡basta! - se regañó a sí misma - esto no puede ser real - intentó convencerse. Se giró nuevamente para restregar su rostro contra el cobertor, quería desaparecer de la faz de la tierra, pero en realidad, ¿cómo podría seguir viviendo sin él? Se sentó bruscamente en la cama. El sólo hecho de sentir que podía perderlo la había hecho enloquecer días atrás, entonces, ¿cómo imaginar su existencia sin él? No tenía más opciones. Había elegido a André, no ahora, sino desde siempre, quizás desde antes de tener conciencia de esta vida. Esto era la confirmación que su corazón necesitaba para continuar. Había elegido amarlo y entregarle su cuerpo y su vida. No había otra opción, no había más dudas. Tampoco vuelta atrás. Sonrió al sentir un desconocido cosquilleo en el estómago. Se recostó de costado abrazando la almohada - el amor es algo maravilloso - pensó recordando todas aquellas noches en que deseó sentir en su corazón la libertad de amar a quien ella quisiera. Lágrimas surcaron sus pálidas mejillas - gracias - dijo en voz alta. Hoy, comenzaba a vivir.
…
Estabas tan silenciosa y brillante como la noche,
pero tú eres el sol que da vida a todo lo que te rodea.
Yo, en cambio, soy simplemente una planta, un arbusto,
la más pequeña criatura que necesita de tu luz para seguir viviendo.
O quizás sólo sea una gota de mar, un grano de arena,
pero tú, tú eres todo el océano, la brisa, la vasta playa, la vida entera.
¡Oh, Oscar! Estabas tan silenciosa como la noche,
pero tus ojos brillaban encendidos por la chispa de la vida y el amor
y me hablaban con dulces palabras que nunca escuchamos,
que sólo entendimos.
Una vez te dije "te amo tanto que duele",
hoy quiero decirte simplemente "te amo, te amo, te amo"
porque este amor no puede ser de otra forma que por amor.
Te amo, te amo, te amo
que aún, si no pudiera verte nunca más
y me quedara sumergido entre las sombras,
en todas mis existencias recordaría este momento
en que te tuve entre mis brazos por vez primera,
en que tu boca maduró en la mía.
Si quieres que te proteja lo haré,
si quieres que me arrastre a tus pies lo haré,
cualquier cosa que me pidas, la haré para ti,
incluso, morir y venir desde el infierno a morir nuevamente por ti.
Oscar, Oscar, Oscar, estabas tan silenciosa como la noche,
pero eras la estrella con mayor fulgor del universo,
dame de tu vida, no me dejes morir sin beber un poco más de ti,
no me dejes vivir sin probar una vez más de ti.
Cubre toda mi insignificancia con tus manos,
méceme en tus sueños,
abrázame cada día,
vivamos, por favor te lo ruego, vivamos para esto,
para el amor que hemos recuperado del prejuicio y del miedo.
Toma, aquí está mi corazón, mi alma, mi orgullo,
toda mi vida y las siguientes que aún no he vivido.
Te daré hasta mi último aliento, si me aceptas.
….
Ambos jóvenes se levantaron temprano aquella mañana posterior al baile. Tenían miedo de encontrarse, por lo que cada uno por su parte hizo lo posible para evitarlo. Oscar, desayunó rápidamente y se fue a recorrer los jardines. André, se quedó en su habitación hasta que el hambre lo venció y salió casi como un delincuente a buscar algo de comida. Se arrepintió al ver a la abuela en la cocina.
-André, ¿por qué no te levantaste a desayunar? La niña Oscar lo hizo muy temprano y tú de remolón en cama.
-Lo siento abuela, es que ayer llegamos muy tarde y me quedé dormido - se justificó mientras se rascaba la nuca - ¿Qué miras con tanta atención? - preguntó André al ver pegada a la anciana junto a la ventana.
- Mírala - le dijo haciéndole un gesto para que se acercara - se levantó esta mañana y ni siquiera probó bocado, parece un alma en pena - Al otro lado se veía a Oscar caminando por los jardines, parecía totalmente sumida en sus pensamientos - tú tienes que saber qué le pasa, ¡vamos, habla! – lo increpó amenazante.
André se dirigió hacia la puerta para evitar la furia de su abuela.
-Yo no sé nada abuela - respondió nervioso y sin pensarlo más, salió por la dirección hacia donde estaba Oscar. Cuando estuvo afuera, dejó que la muchacha se alejara lo suficiente para que no lo viera. Aún no sabía cómo enfrentarla y el pensarlo lo ponía extremadamente nervioso. Tal vez se había arrepentido de lo ocurrido la noche anterior, pensó. Cuando la vio desaparecer, esperó con tranquilidad, sabía hacia dónde se dirigía. Finalmente se armó de valor, cualquier cosa que pasara debía enfrentarla. Evitarlo, sería sólo aumentar una agonía innecesaria. La encontró sentada en la hierba, en el lugar a donde siempre iba cuando necesitaba aclarar sus pensamientos. Se acercó con paso ligero hacia ella, sentándose silenciosamente a su lado. Ella pareció no percatarse de su presencia.
-En ese árbol - dijo André indicando con su dedo - cuando tenías siete años enterraste un tesoro, ¿lo recuerdas?
-Sí - respondió la chica sin mirarlo - un puñal rojo, la punta de plomo de un trompo y un oso de juguete.
- ¿Crees que todavía estén allí? – preguntó André buscando su mirada.
-No lo sé - contestó abrazando sus rodillas.
Se quedaron en silencio observando y recordando todas las veces que ese viejo roble los había guarecido de la lluvia. Oscar, liberó sus rodillas, acercándose tímidamente un poco más al muchacho, lo miró por el rabillo del ojo, parecía perdido en la nada. Tanteó con su mano en la hierba, hasta encontrar otra mano grande y fuerte, entrelazó sus dedos entre los de él y reposó su cabeza en su hombro.
André se sobresaltó.
-Lo siento - le dijo.
- ¿Por qué? - preguntó él sin entender.
-Por haber guardado silencio - suspiró con profundidad - Te amo desde hace mucho tiempo, pero mi orgullo y soberbia no me permitían admitirlo. - sintió un gran alivio al decirlo.
André se volteó para abrazarla. Ella se acomodó en su pecho, ocultando su rostro en él.
-Siempre lo supe - le dijo el muchacho besando la coronilla - También sé que tienes miedo – acarició con ternura el cabello de la mujer, que se aferraba a su cuerpo cada vez con más fuerza.
Oscar sonrió aun escondida en su pecho, como si lo que fuera a decir, le produjera mucha vergüenza - Yo nunca tengo miedo – André también sonrió al escucharla - pero debo admitir que sí. No podría soportar que te pase algo - levantó la cabeza para mirarlo a los ojos - esas horas que estuviste inconsciente, fueron un tormento para mí. Me sentí aterrada de perderte - volvió a acomodarse en el pecho del muchacho atormentada, nuevamente, por la visión del joven malherido - ¡no quiero perderte! – exclamó aferrándose con más fuerza.
André la separó con suavidad, tomándola de los brazos para poder verla mejor. Quería reconocer en su rostro cada uno de sus gestos y este, era uno nuevo para él.
-Oscar… - le dijo - ¿confías en mí? - la muchacha afirmó con la cabeza - entonces no debes preocuparte más. Buscaremos las soluciones cuando las necesitemos, ¿sí? - la abrazó nuevamente con toda su fuerza.
Se quedaron fundidos en ese abrazo durante largo tiempo, aspirando sus respectivos aromas, acostumbrándose al acople de sus cuerpos, sincronizando el latir de sus corazones. Ese abrazo representaba para ellos, la promesa implícita de que estarían siempre el uno para el otro, cuidándose, acompañándose, como siempre había sido. Cuando esa unión ya no les permitió expresar más, se separaron lentamente. André, tomó entre sus manos el hermoso rostro de la joven y, con extrema dulzura, le brindó un beso suave y delicado en los labios. Los ojos de Oscar brillaban con tanta intensidad, como si lágrimas estuvieran a punto de brotar de ellos. Pero no, sólo era el brillo que le daba la felicidad. Esa forma de contacto la hacía sentir completa.
La joven rubia se levantó rápidamente del piso, impulsando a André de su mano para que se levantara.
-Ven - le pidió con entusiasmo - vamos a desenterrar nuestro tesoro antes de que la nana nos sorprenda haciendo hoyos en el jardín - André le sonrió levantándose con rapidez y agilidad - Sí, vamos - le dijo sonriendo.
Corrieron de la mano hacia los recuerdos, por primera vez no como amigos ni competidores, sino como dos personas que se están amando. El viejo roble guardaría un nuevo tesoro para ellos.
….
Llegada la noche, Oscar estuvo por largo tiempo tocando el piano. André, aprovechó para atender a los caballos, actividas que lograba relajarlo más que cualquier otra cosa. Ese nunca sería un trabajo para él. Se había quitado los zapatos y arremangado los pantalones para asear, primero, al caballo de Oscar, que se notaba había sido descuidado durante su ausencia. Puso su atención a las melodías emanadas del instrumento que, generalmente y sin saber por qué, siempre lo transportaban a breves y difusos escenarios vividos junto a sus padres. No era mucho lo que recordaba de ellos, pero aún conservaba en su memoria el suave aroma del cabello de su madre, las manos fuertes de su padre, su pequeño pueblo, su humilde y acogedora casa. El verdadero hogar, que hoy estaba representado en una sola figura, ese era su anhelo más cercano de vivir junto a la mujer que amaba: un cálido hogar en donde sólo hubiese amor. Cuando terminó en la caballeriza, se dirigió hacia la cocina a beber agua. Su abuela lo estaba esperando a la luz de las velas.
- Mi niña te está esperando en su habitación André - dijo la abuela cabizbaja.
- Iré a cambiarme y subo. Gracias abuela - contestó dándole un beso en la mejilla.
-André… - habló con tono preocupado la anciana - por favor, ten cuidado.
André la miró sorprendido. Se sentó a su lado.
- ¿A qué te refieres abuela? ¿Qué es lo que te preocupa?
-Eres mi único nieto, la única familia que tengo. No quiero que sufras ni que te hagan daño - terminó enjugando las lágrimas de sus ojos con la punta de su delantal.
André entendió. Su querida abuela siempre había tenido sus aprehensiones en relación a que se convirtiera en el valet de Oscar.
- Por favor abuela, ya no soy un niño…
- No, pero sigues siendo mi nieto - le interrumpió - siempre me preocuparé por ti. Sólo ten cuidado. Mientras estés en esta casa, le debes respeto al general y a madame Jarjayes. Ahora ve con Lady Oscar, te debe estar esperando.
- Sí abuela - se levantó apesadumbrado de su asiento y se dirigió hacia su habitación - perdóname - pensó - tampoco quiero que sufras.
…
Estoy dormida para encontrarte en mis sueños. Estoy dormida porque así te tengo doblemente: en sueños y en la realidad.
No me gusta más una que la otra, me gustan ambas porque estás tú, aquí, conmigo.
Dios me ha permitido ir contigo al país de los sueños. A veces eres un ángel, otras un niño de ocho años, un pájaro blanquecino o simplemente tú.
Anoche, por ejemplo, soñé que estabas dentro de mi corazón y tu voz salía de mi garganta, develando el secreto.
Sí, te amo.
Te amo.
Te amo.
Lo digo con pausa para no despertarme. Quiero seguir soñándote hasta que estés nuevamente a mi lado. Cuando llegues, quiero despertar para poder abrazarte. Ya no te quiero ser más ajena.
Mi corazón está enloquecido, tengo hecha miel la sangre, hechos música los sentidos.
Ayer, tu boca develó un misterio y tu amor se quedó conmigo.
Quizás ya no hayan días, ni noches, ni tardes como aquellas en las que reímos y jugamos sin reconocer nuestros destinos. Cuando la urgencia era asaltar un árbol con la espada, escalarlos, mirar el mundo con tus ojos y los míos...
¡No, no te vayas! Aún no amanece y mis palabras no se han terminado. La vida tal vez ya no tenga dudas, pero yo, que soy apenas la muerte, necesito resolverme en tu presencia.
No te vayas, déjame decirte por última vez "Amor mío", "Querido", "Te amo".
Rugen los cañones en París, un ave dorada se asoma en el cielo surcando mi mirada.
Nuestro Amor flamea al viento.
Nuestro Amor es libre, al fin.
…..
Recostada a oscuras sobre la cama, Oscar no podía detener las imágenes de su nueva vida con André. No tenía ganas de dormir, ni de comer, ni siquiera de caminar, sólo quería vivir cada instante en que se sentía capaz de amar, con la mayor intensidad posible. Su corazón palpitaba con tanta fuerza, que no podía de detenerlo, como muchas veces lo hizo antes. Aún sentía las pulsaciones del beso de despedida. Sus dedos, automáticamente se fueron a acariciar el contorno de sus labios. Ese último beso, había sido diferente a los demás. Las sensaciones en su cuerpo habían sido tan poderosas que sintió que iba a estallar desde dentro. Las bocas abiertas, el contacto de las lenguas, la respiración agitada, la impetuosidad con la que luchaban para no separarse, había sido algo revelador, increíble, una mezcla de placer, dolor, deseo, angustia… nunca se había sentido tan viva, tan llena de energía y, al mismo tiempo, pensativa, anhelante y expectante. ¿Podría haber algo más bello y profundo que lo que estaba viviendo? Silenció sus pensamientos al escuchar que se abría la puerta. Se acomodó rápidamente en la cama y cerró los ojos. Sabía que era él y, con su llegada, se despertaban todas las llamas de su cuerpo. Escuchó sus pasos acercarse, percibiendo el cercano aroma, la respiración pausada, su mirada verde y hermosa.
-Te quedaste dormida – susurró el muchacho mientras cubría tiernamente el cuerpo de Oscar con una sábana – a veces eres tan descuidada – acarició su frente para despejarla de unos rizos que caían desparramados. La besó con suavidad para no despertarla.
Oscar, abrió los ojos y con fuerza lo tomó de la muñeca, luego, rodeó con su otro brazo el cuello y de un solo impulso, lo obligó a tumbarse a su lado en la cama.
André quedó sin poder reaccionar - ¡Hey! - sólo pudo exclamar - pensé que dormías.
-Quería sorprenderte... Te estaba esperando – dijo riendo con malicia, casi coqueta, acercando su cuerpo al del muchacho. Su mirada centelleaba goce y felicidad.
-Cuando éramos pequeños hacías lo mismo. Fingías dormir, me atrapabas y luego no me dejabas ir.
Oscar se sonrojó – es cierto… - reconoció - hasta que la nana nos descubrió y se quedaba vigilándome hasta que me dormía.
- ¿Tenías miedo? – preguntó André con curiosidad, mientras entrelazaba su mano a la de Oscar.
-No lo sé… - pensó por algunos segundos – la verdad es que no lo recuerdo muy bien, teníamos unos siete u ocho años. Quizás sí, pero no se me estaba permitido expresar ese tipo de emociones. Probablemente sí, todos los niños sienten miedo alguna vez, ¿no?
-Yo sí me acuerdo – sonrió al recordar esos momentos – una noche me dijiste que tenías miedo de que viniera el lobo feroz y te comiera como a caperucita – dijo tocándole con su dedo la punta de la nariz. Oscar se sacudió molesta al sentir el contacto.
- ¡No hagas eso! Sabes que no me gusta… y lo que dices no es cierto – sentenció.
- ¿No? – preguntó André en tono burlesco – Cuando te conté esa historia por primera vez, quedaste pasmada de miedo. No dormiste en toda la noche.
Oscar lo miró incrédula - Tenía miedo de la noche, de las figuras que se creaban entre la oscuridad y la luz porque, además, tenía mucha imaginación. La verdad, es que todo lo que me era desconocido me asustaba…
-A esa edad no teníamos idea de cuáles eran nuestros destinos. Ahora arriesgas tu vida por los demás… eres una mujer valiente.
-Mmmm… - pensó la muchacha – no sé si llamarlo valentía, porque no me preocupa ni asusta perder mi vida. Mis peores pesadillas han sido que otro pierda la vida por mi o por mi mano. Quitarle la vida a otro ser humano es más mortificante que arriesgar lo que te pertenece. Por eso no pude tolerar la muerte de esa inocente criatura, aquella vez en París, a manos de ese desgraciado – su mirada se oscureció.
-Lo sé – le dijo André con ternura – Sé que cualquier injusticia es algo mortificante para ti, pero lamentablemente, vivimos en un mundo totalmente injusto – concluyó.
-Y tú, ¿tuviste miedo alguna vez? – preguntó acariciándole el rostro. André detuvo la caricia para besarle con adoración la palma de la mano.
-Sí, cuando murieron mis padres - respondió con seguridad - Por un momento, creí que estaría solo para siempre. Cuando se es niño, se ven las cosas mucho más grandes de lo que son…
-La muerte de los padres siempre es algo doloroso, aun si eres un adulto.
-Me refiero a esa sensación de soledad… cuando llegué a la mansión y te conocí, de cierta forma tu presencia llenó ese vacío – dijo besándole la frente – cuando somos niños, las cosas también son mucho más simples. Jugar y ser feliz junto a ti durante mi infancia, me salvó de crecer con angustias y miedos innecesarios. Así que le agradezco eso a mí petit Oscar.
Oscar lo miró con infinita admiración. A pesar de todo, André había logrado ser feliz y convertirse en un hombre de nobles sentimientos, seguro, valiente.
- ¿Recuerdas a tus padres? ¿Cómo eran?
-Muy poco – dijo enrollando en sus dedos un mechón de pelo de Oscar – el cabello de mi madre era suave, como el tuyo… y tenía un aroma muy particular, a lavanda. De mi padre, recuerdo que sus manos eran fuertes y callosas… trabajaba duro en el campo. A veces me permitía ir con él. Yo más que ayudarlo, me dedicaba a jugar. Me encantaba quitarme los zapatos y correr por la tierra – André suspiró – siempre cargaba con él un libro y, cuando llegaba la hora del descanso luego de comer, nos sentábamos bajo la sombra de algún árbol y me leía alguna historia. Era un excelente lector y un hombre bondadoso.
-Como tú… - dijo Oscar sonriendo – tu corazón debe ser tan noble como el de tu padre.
-Para mí todo fue mucho más fácil. No podría comparar la vida que he tenido hasta ahora con la de él.
Juntaron sus frentes mientras ella se amarraba a su cintura y él acomodaba con delicadeza su cabellera larga y rubia hacia la espalda, dejando al descubierto la piel translúcida de su cuello. No pudo evitar dejar su mano en él, absorbiendo la calidez que emanaba. Se quedaron así algunos momentos, callados, a ojos cerrados, con la respiración agitada, vibrando en cada célula el amor que una vez había sido sometido al silencio y al miedo. Ese sentimiento, en ambos, ahora había adquirido una fuerza que aumentaba con cada encuentro.
-Muchas veces, soñé tenerte entre mis brazos y poder mirarte así... – musitó André besando con cuidado los párpados de la muchacha – besarte así... – posó un suave beso en la comisura de los finos labios - abrazarte así - finalizó acercándola con fuerza hacia su cuerpo, escondiendo su nariz en la fragilidad del cuello de la joven. Oscar suspiró sin saber qué decir. Sólo pudo tomar la mano del muchacho llevándola a su corazón. Fue la única forma que encontró de expresar lo que las palabras no podían dilucidar. Después, movió su mano hacia su cintura para que la volviera a abrazar y reposó en su pecho, dejándose acunar por el suave latido del corazón de ese hombre que había cambiado su vida por completo.
-Oscar, debo decirte algo. Hoy mi abuela… - hizo una pausa al ver que la chica se separaba y lo miraba preocupada – Hoy me hizo una advertencia.
- ¿Qué advertencia? – preguntó ansiosa.
- Me dijo que tuviera cuidado, que no quería verme sufrir… o lastimado.
- Crees que…
-No lo sé. Es decir, siempre se sintió desconfiada, aún sin motivos.
- ¡Oh, Nana! – exclamó Oscar apenada. El afecto que sentía hacia ella, la hacía sentir como una segunda madre. Entendía hasta cierto punto que, su intuición de madre y abuela, la volvían desconfiada hasta el extremo y que su único objetivo era protegerlos – mañana hablaré con ella, la tranquilizaré – dijo sin quitar la vista de los ojos de André. Sostuvieron sus miradas por unos segundos en completo silencio – vámonos a Normandia… - Oscar hizo una pausa para tomar entre sus manos el rostro del joven - por unos días, por favor André, vamos – le suplicó con urgencia.
André sonrió con ternura
- ¿Crees que eso hará que la abuela deje de sospechar?
- ¡Claro que no! – contestó ella - Pero no soporto estar así – dijo bajando la mirada.
- ¿Así cómo? – preguntó él.
-Con el peso de las miradas en nuestros hombros. Necesito sentirme libre de estar contigo, de tomarte la mano, de abrazarte… besarte. Aunque sea sólo por un momento – terminó en un hilo de voz.
André suspiró – debemos volver al regimiento, Oscar – le recordó.
-Lo sé, no nos quedaremos mucho tiempo, te lo prometo – dijo abrazándolo aun con más fuerza.
André sintió ese abrazo como la última súplica que podía hacerle la joven.
-Está bien, vamos – negarse era imposible. Tampoco podía decirle que él también tenía miedo y que se moría de ganas de gritar a los cuatro vientos cuánto la amaba y lo feliz que se sentía por el solo hecho de estar cerca de ella. En cambio de eso, simplemente, besó largamente su frente.
- Gracias – le dijo Oscar acomodándose nuevamente en el centro de su pecho – este lugar es tan cálido y tranquilo que creo que podría quedarme así para siempre – se estremeció al sentir una caricia en la espalda – no sé si podré pasar un día sin abrazarte o sin sentir la calidez de tu mano. Ahora que sé lo que es la felicidad, no puedo dejarla ir. Mi egoísmo siempre me supera.
- No es egoísmo, Oscar, es vivir en consecuencia a lo que sientes – la joven sonrió. André, como siempre, tenía razón, antes vivía según los mandatos de los demás, empezando por los de su padre. Ahora quería vivir por lo que le ordenara su corazón.
-Quédate hasta que me duerma, por favor – le pidió en un susurro que se extinguió en la oscuridad.
-Aquí estaré, siempre a tu lado, velando tus sueños, amor mío.
…...
Las rosas tienen tu mirada en el corazón. Las flores también pueden dormir bajo el frío rocío nocturno, esa hora en la que las almas que han sido separadas, se funden en los sueños.
¿Por qué te has dormido mi petit Oscar? Yo venía a contarte de mi amor y me estoy quedando a solas con tu respiración, con el grito tenebroso, con mis recuerdos. Como el de aquella noche en que viniste a mi habitación y me pediste que te abrazara como te estoy abrazando ahora. Tu pequeño cuerpo temblaba y yo no era lo suficientemente fuerte ni grande para protegerte. Aun así, te calmabas, dormías con las mejillas arreboladas de miedo o de frío, y mi corazón palpitaba al ritmo de tus sueños. Eras como un ángel que había caído en mis brazos y yo… sólo pensaba en que la vida sería eterna así, que el destino, ni la lucha, ni tu padre podría separarnos.
Por mucho tiempo creí que los sueños no se cumplían, hoy, la vida me permite decir que sí, que mi sueño se ha cumplido.
Mi dulce Oscar, mi valiente rosa, mi razón, mi dolor, mi alma, mi diosa de la muerte, mi ángel caído… te amo hasta que se acabe el tiempo, hasta que se consuma mi vida en el espacio infinito de este universo. Te amo hasta esos confines inexplorados, vírgenes de la mente del hombre, sólo tocados por la mano de Dios.
¿Por qué te has ido con el hermoso Morfeo, mi petit Oscar?
¿Qué hago ahora con mis palabras, con mi amor incondicional? ¿Cómo te transmito esta pasión arrebatadora? Dime, ¿cómo puedo esperar hasta que la aurora cante su llegada?
…..
Partieron antes del amanecer aquél día. Nana, aún no se había levantado. Quedaría una conversación pendiente entre ella y Oscar. Galoparon incansables hacia su destinos. Estaban ansiosos y felices; atemorizados y felices. Estaban juntos, desafiando a la vida, una vez más.
Llegando a la casa de Normandia, los recibió una mujer regordeta en la entrada, de rostro amable y cariñoso.
- ¡Lady Oscar! - exclamó la mujer - ¿por qué no nos avisó que vendría? La hubiésemos esperado como corresponde.
-No te preocupes Margarette, venimos solo por un par de días - dijo Oscar tomando la mano de la mujer - tan sólo prepáranos ese delicioso estofado que muero por volver a saborear.
- ¡Claro que sí! - dijo la mujer con entusiasmo. Luego miró al muchacho - y tu André, ¿cómo estás?
-André tuvo un accidente - interrumpió Oscar sin dejar hablar al joven - terminará de recuperarse aquí, el aire fresco le hará bien. Fueron indicaciones del doctor - miró a André con una sonrisa en los labios - por favor, prepara para él la habitación de huéspedes, debemos estar al pendiente, sufrió un fuerte golpe en la cabeza.
La mujer se quedó mirándola incrédula, pero al mismo tiempo, sorprendida por lo que le contaba.
-Como usted ordene, mi Lady - dijo esperando las siguientes instrucciones.
-Que lleven nuestras cosas arriba, iremos a caminar a la playa. Avísanos cuando esté listo el almuerzo - dijo alejándose de la casa - vamos André - le ordenó al ver que se quedaba atrás.
Cuando el muchacho la alcanzó, no pudo evitar reír.
-Oscar, cada día me sorprendes más - comentó ahogando una carcajada.
- ¿A qué te refieres? - preguntó ella haciéndose la desentendida.
- ¿Un accidente? ¿Recuperación?
- ¿Acaso eso es mentira, André Grandier?
- No, pero…
- ¡Ya sé! - exclamó ella dándose vuelta para mirarlo - lo tuyo es irrecuperable… ¡pobre de ti! - dijo burlándose mientras seguía caminando y bajando una pequeña duna. André se quedó observándola por un momento. Su indomable cabello rubio iba de un lado a otro sin control, parecía la visión de una diosa. Se veía increíblemente hermosa, libre, salvaje. Luego, corrió sorprendiéndola por la espalda.
- Tienes razón… Es irrecuperable - dijo lanzándose sobre ella y tirándola en la arena. Se puso a horcajadas afirmándola de las muñecas - ¿así que estoy loco? - preguntó besando con frenesí el cuello de la joven que no podía parar de reír.
- ¡Sí, sí…! - decía ella entre carcajadas - ¡suéltame! - le pedía a gritos - ¡suéltame o te vas a arrepentir!
Él la miró desde arriba con sus ojos verdes encendidos de alegría. Ella se detuvo en esa mirada. Esos ojos le daban vida.
- No te tengo miedo Oscar - advirtió sonriendo y acercando su rostro al de ella, sin quitar la vista de la boca de la muchacha. Cuando iba a tocar sus labios con su boca, ella se giró rápidamente por sobre él, tomando el mando de sus gruesas muñecas, entrelazando con firmeza sus dedos a sus manos.
- ¿Cuántas veces te he dicho que no debes bajar la guardia? A esta altura ya estarías muerto.
Él sonrió con ternura - Hace mucho que morí, Oscar… Sólo vuelvo a vivir por y para ti - La joven sonrió y sin soltarlo ni dejar de mirarlo, besó suavemente sus mejillas, su frente, la nariz, su boca. Sólo cuando estuvo ahí, liberó las manos de André, quien la tomó con fuerza de las caderas, obligándola a sentarse en sus muslos. Cuando logró someterla, la abrazó con ímpetu, casi con desesperación, mientras ella se agarraba a su cuello con firmeza. Se besaron por largo rato, sin dejar espacio ni siquiera para respirar. En cada beso, la fusión era más completa y profunda. Al terminar, se reencontraron sus miradas, que seguían hablando el lenguaje de la pasión.
-Te amo, te amo, te amo…- repetía André con las manos en el rostro de la mujer - cada vez que te veo siento que muero y nazco de nuevo, es un vértigo constante, un gozo que mi alma no sabe cómo explicar…- dijo terminando casi en un susurro de voz.
Se abrazaron nuevamente sin mayores explicaciones, aferrándose el uno al otro como quien se aferra a la vida para no volver a perderla, mientras la brisa del mar de Normandía se llevaba las lágrimas que corrían por sus rostros. Sí, ambos lloraban, pero no de tristeza ni de pesadumbre, sino por la felicidad de haberse encontrado, por la alegría de tener la certeza de que sus almas estarían unidas por toda la eternidad.
…
De regreso a la mansión, el almuerzo los esperaba en el comedor. Ambos subieron a refrescarse y cambiarse de ropa. Cuando Margarette los vio entrar, le pareció por un momento que irradiaban felicidad, se veían diferentes, tan sonrientes, cómplices, se veían… enamorados. Cuando la mujer tuvo este último pensamiento, no pudo evitar sentir una estocada en el corazón. Al igual que el resto de la servidumbre, los conocía desde pequeños, había visto sus juegos, travesuras… como volvían cada verano, cada vez más transformados en un hombre y en una mujer. Muchas veces había tenido ese tipo de conversación con la abuela. Fue oído de las aprehensiones de la anciana, de sus miedos más profundos. Nunca entendió cómo el general les permitía ir de un lado a otro siempre juntos. Lady Oscar era una mujer y André un hombre; Lady Oscar era noble y André un plebeyo, al cual, además, se le permitía tener contacto directo con la corte francesa, eso tampoco era admisible, de ninguna manera lo era. Con todo eso, pensó, era lógico que la hija menor del general estuviera confundida y se permitiera este tipo de deslices con quien fuera su valet. Se comportaba como un varón, creyendo que podía hacer lo que le diera la gana, pero en el fondo, seguía siendo una mujer. Sintió su mente tan confusa, quizás sólo eran especulaciones, se dijo, tal vez… estaba equivocada, pero no. La excusa de su presencia en la mansión, tampoco era lógica, y esa forma en la que se miraban y sonreían tampoco. – No puede ser – pensó. El miedo se apoderó de ella al imaginar la molestia del general, si se enteraba que su hija estaba bajo esas circunstancias en su casa. Y lo que pasaría con ella, al guardar silencio. Su cabeza era un remolino de ideas que no sabía cómo apaciguar.
…
Apenas terminaron de almorzar, ambos muchachos se encerraron en la pequeña biblioteca de la casa. Mientras Oscar tocaba afanosamente el violín, André tomaba notas en una especie de diario. Se quedó mirándola por un rato.
-La música de Mozart no pone en manifiesto tu talento por completo – dijo André – tus manos son más adecuadas para las piezas más dinámicas – se puso de pie y se acercó a la muchacha tomando una de sus manos para besarla.
Oscar sonrió - Vaya, tus oídos se están haciendo más agudos – dijo mientras veía como André volvía a ensimismarse, ahora, en la lectura de un libro. Por unos instantes, observó ese momento cotidiano que muchas otras veces habían tenido, pero ahora lo veía como algo totalmente nuevo. Se sintió paralizada en el tiempo porque quizás, por primera vez, disfrutaba de vivir cada segundo con total intensidad. Estar así con André, en un acto tan sencillo y doméstico, simplemente acompañándose, le provocaba una profunda paz. Continuó tocando una melodía de Mozart, haciendo caso omiso de la apreciación de su compañero. Sólo cuando terminó la pieza por completo se detuvo, notando que André ni siquiera lo había advertido.
Dejó el violín sobre la mesa y se acercó al muchacho, abrazándolo por detrás. Afirmó su barbilla en su hombro.
- Pareces muy concentrado – habló Oscar con curiosidad, tratando de ver el contenido del libro que le quitaba la atención del chico. André lo cerró poniéndolo sobre el escritorio.
-Porque tu música me hipnotiza – dijo acariciándole las manos que rodeaban su cuello – ven acá – se giró levemente en la silla, tomando de la cintura a Oscar para atraerla hacía sí. Puso su mejilla en su vientre, mientras ella, con ternura, le acariciaba el cabello.
- ¿Por qué te lo cortaste?
-Porque quería estar a la moda y parecerme al caballero negro… - bromeó. Oscar sonrió. – Fue cuando ingresé al regimiento. Supuse que eso me daría un aspecto más militar.
-Me gusta así – comentó pasando sus dedos por entre los mechones color azabache.
- ¡Ouch! – se quejó el muchacho, haciendo una pequeña mueca de dolor con el rostro, había pasado a rozar, sin querer, la cicatriz del golpe que había recibido semanas atrás.
-Aún te duele…
-Un poco. Creo que la herida todavía está sensible, pero ya pasará – dijo dándole un beso en el vientre – ven - se puso de pie tomando con una mano a Oscar y, con la otra, el libro que había dejado momentos antes sobre el escritorio. Se sentó en una orilla del amplio sofá. Oscar se recostó, acomodando su cabeza en las piernas del muchacho. André, sin preguntarle nada comenzó a leer:
"Aquí es, mi adorada Julia, donde tu desgraciado amante goza de los quizá últimos placeres que le quedan en el mundo. Aquí es desde donde, atravesando el viento y los muros, osa en secreto penetrar hasta tu habitación. Tu imagen adorada, tu tierna mirada reanima su corazón desfallecido; oye el sonido de tu dulce voz, osa aún encontrar en tus brazos el mismo delirio que encontró en el bosquecillo. ¡Vano fantasma de un alma agitada que se pierde en sus deseos! Obligado pronto a volver en sí, te contemplo incluso en el detalle de tu inocente vida: sigo de lejos las diversas ocupaciones del día, y me las imagino en el tiempo y en el lugar donde alguna vez fui testigo. Siempre te veo en ocupaciones que te hacen más estimable, y mi corazón se enternece con delicia de la inagotable bondad del tuyo…"
-¿Qué libro es ese? Nunca había escuchado algo así – interrumpió curiosa la joven.
-Para algunos es una simple historia de amor, de un amor imposible, entre Julia d'Etange y su preceptor pobre, Saint Preux. Este, sin poder evitarlo, cae bajo los encantos de su joven alumna, por lo que comienzan a escribirse cartas, al tener que estar separados, aunque se amaban.
- ¿Por qué para algunos? ¿Acaso para ti no es una novela de amor?
-Sí, lo es, pero también mucho más que eso. Estas dos personas, someten su autonomía e identidad a los preceptos sociales impuestos. No ven otro camino más que el vivir su amor desde la clandestinidad, desconociendo por completo que, como seres humanos, tienen el valor, la voluntad y hasta el derecho de actuar según sus propios sentimientos y valores. Es una visión totalmente renovada de la sociedad, en la que existe la igualdad entre los hombres, sin importar su clase social.
Oscar se quedó impactada. Nunca había escuchado a André hablar de esa forma y mucho menos había pensado en cuestionar las normas y valores entregados durante toda su vida, en cambio él, a pesar de tener prácticamente su misma educación, tenía otro tipo de percepciones en relación al mundo en que vivían.
- ¿Quién es el escritor?
- Rousseau… - respondió - ¿quieres que continúe?
-Sí, por favor.
"Ahora, me digo por la mañana, sale de su apacible sueño, su tez tiene el frescor de la rosa, su espíritu goza de una dulce paz; ofrece a la que le dio el ser un día que no será inútil para la virtud. Ahora pasa a ver a su madre: los tiernos afectos de su corazón se expanden con los autores de sus días; les ayuda en pequeñas ocupaciones domésticas; quizá pone paz entre algún criado imprudente; le hace quizá alguna exhortación en secreto; quizá pide un favor para otro. En otro momento se ocupa, sin problemas, de los trabajos propios de su sexo; adorna su alma de conocimientos útiles; añade a su exquisito gusto los ornamentos de las bellas artes, y los de la danza a su ligereza natural…"
Un llamado en la puerta interrumpió la lectura. Oscar, más rápido de lo que pudo pensar, se sentó al otro extremo del sofá, acomodándose con rapidez el cabello y la ropa.
-Adelante – dijo con tranquilidad.
La mujer entró a la habitación, inspeccionando rápidamente la escena. André estaba con los ojos pegados en el libro.
-Está lista la cena, mi lady. ¿Bajarán o quiere que la sirvamos acá?
-Yo la serviré, no te preocupes Margarette – dijo André cerrando el libro.
-Sí, váyanse a descansar, es todo por hoy – agregó la joven.
La mujer se quedó en silencio, sin moverse de su puesto, con los ojos muy abiertos, casi con expresión asustada. Oscar y André se miraron extrañados.
- ¿Qué sucede Margarette, estás bien? – preguntó Oscar.
En ese momento, la mujer pareció despabilar.
-Sí madame… discúlpeme. Con su permiso – finalizó haciendo una pequeña reverencia y se marchó con rapidez de la habitación.
- ¿Qué le sucede? – preguntó André a Oscar.
-No lo sé, pero en la hora del almuerzo también estaba extraña. Generalmente es muy parlanchina y cariñosa y hoy fue más bien fría.
-Es cierto… quizás nuestra llegada fue muy sorpresiva.
-Tal vez… - Oscar tuvo una extraña sensación en el estómago.
- ¿Tienes hambre?
- Sí… - respondió ella aun cabizbaja.
- Vuelvo enseguida – dijo André con entusiasmo.
- André… - lo llamó desde su lugar. El muchacho se devolvió para mirarla. Ella se puso de pie y le dio un beso. El muchacho sonrió.
-Ya vuelvo.
Oscar, se volvió a sentar, casi desplomándose en el sofá. Estaba preocupada, pero no sabía por qué. Tomó el libro que minutos antes André había estado leyendo, acariciando con su mano la portada. Las palabras del joven daban vueltas en su cabeza "una nueva sociedad", "voluntad y derecho" "igualdad". ¿Qué había estado llenando su mente hasta ahora? Sólo reglas, compromisos, deberes… negando por completo todo aquello que su verdadero ser anhelaba, teniendo, además, que ser testigo impotente del abuso que ejercían algunos miembros de la nobleza e, incluso, de la misma reina, a quien ella amaba con sinceridad, pero la veía como una persona incapaz de empatizar con el sufrimiento y desgaste de su pueblo. Y ahora ella, que quería vivir un amor socialmente "prohibido", ¿cuál sería su lucha? Y, por sobre todo, ¿hasta dónde la llevaría? Se levantó y se acercó a la ventana. Prefirió no seguir pensando y quedarse solo con la certeza de que tenía el coraje suficiente para enfrentarse al mundo entero, si lo ameritaba. Amar y ser amada como lo estaba siendo ahora, le daba las fuerzas para continuar su camino. Ya había pasado algunos obstáculos. Renunció a su exitosa carrera en la guardia imperial, se enfrentó a su padre negándose a un matrimonio arreglado y, ahora, vivía el momento más feliz de su vida. Decidió que eso era suficiente. Aun no necesitaba soluciones, sólo vivir y compartir cada momento con su adorado André.
…
En el cielo, el sol mira para atrás. Sólo tú conoces las señales, los vientos, la dirección de las aves. ¿Por qué estás tan silencioso? Aún falta mucho por andar para llegar al lugar que me prometiste. La tarde se está sonrojando, pronto llegarán las nubes. ¿Alcanzaremos a llegar? Te pregunto, pero tu boca está sellada por un hilo invisible.
En cambio, tus ojos hablan, me muestran un abismo de sombras. Tiemblo de sólo mirar tu verdor oscurecido. Tus ojos se ahogan en la infinidad de la tierra. Me hundo contigo, caigo contigo al fin de este mundo. Me uno a ti con desesperación. Tu cuerpo se ancla al mío y quema, me quema por dentro. La noche se nos cae encima, como un manto extendido por Dios, sólo para nosotros.
No llegamos, te digo. Y tú no respondes nada por tu boca, sólo tus ojos me hablan de oscuridad. Lloro. No llegamos, y yo lloro.
…
- ¡Noooo! – se sentó en la cama empapada en sudor. Cubrió la frente con su mano, una pesadilla, otra vez. Respiró profundo para calmar el palpitar de su corazón. Trató de ver algo a su alrededor, pero estaba todo en tinieblas. Se puso de pie con lentitud, para no errar en sus pasos. Caminó descalza hasta el tocador y encendió una vela. Se observó por un rato en el espejo recreando en su mente las imágenes del sueño. Tenía miedo. Siempre que tenía ese tipo de sueños, ocurría algo. ¿Qué pasa Oscar? Se preguntó a sí misma. - Todo está bien - pensó tratando de convencerse. Se humedeció la frente con agua fresca para espabilar de su cabeza esos oscuros pensamientos – todo está bien – repitió en voz alta. Salió de la habitación y caminó por el largo pasillo hasta llegar a la puerta del fondo. Abrió con sigilo la puerta. André dormía profundamente en posición fetal. Se puso de pie a su lado, acercando la vela hacia su rostro para observarlo por un rato. Parecía un niño, ese niño sonriente y sereno que siempre fue. Dio la vuelta por el otro lado del lecho, apagó la luz dejándola en la mesa de noche y se introdujo por debajo de las sábanas con mucho cuidado. Abrazó por la espalda al joven que aún no notaba su presencia y apoyo su cabeza en su fuerte espalda. Enganchó sus manos a las de él, estaba segura, al fin. Cuando André la sintió a su lado no se sorprendió, movió un poco más su cuerpo hacia ella para quedar totalmente unidos.
- Estás fría – dijo en un murmuro al sentir sus pies en los de él – ¿te sientes bien?
-Sí – respondió ella plantándole un beso en la nuca – sigue durmiendo - André se quedó en silencio, sin responder nada – André… - lo llamó en voz muy baja.
- ¿Mmmm…? - apenas respondió el muchacho sin abrir los ojos.
-Creo que lo mejor es que mañana volvamos a casa.
-Está bien… ahora duérmete – le pidió.
-Sí… - respondió ella cerrando los ojos, con su mejilla pegada a la espalda de él.
Cuando André sintió que ya estaba totalmente dormida, con delicadeza, levantó el brazo de la joven que aún mantenía alrededor de su cuerpo y se giró para mirarla. ¿Por qué estás tan inquieta? Se preguntó mientras acariciaba su pálido rostro. - Sé que algo te está perturbando - susurró - ¿por qué no me lo dices? Amor mío, cuándo aprenderás que no debes solucionar todo tu sola… que para eso estoy aquí contigo. Enfrentaremos cualquier cosa, pero juntos, te lo prometo - Le dio un delicado beso en la frente, apenas la veía, pero podía sentir su respiración. Se tomó de su fina cintura, ella emitió un suspiro que, al escucharlo, despertó todo ese deseo de poseerla, toda esa pasión que ella despertaba en él y que había guardado durante años - ¡Oh, Oscar! - exclamó silenciosamente - vienes aquí, tan inocente, tan pura, olvidándote por completo que soy un hombre y que te amo intensamente, con locura… - la abrazó con delicadeza, arrullándola entre sus brazos. Finalmente, también se entregó al sueño.
Frunció el ceño al sentir la cálida luz en su cara. Llevó su mano hacia los ojos para evitarla. De pronto, no sabía dónde estaba, hasta que miró hacia el lado y su querido André dormía profundamente. Se incorporó frente a él para observarlo con detenimiento. Sus pestañas eran tan largas y tupidas, su nariz perfilada y varonil y su boca… sin ni siquiera pensarlo, sus dedos se fueron a recorrer con suavidad los labios del muchacho, pero tuvo que quitarse con rapidez, ante el movimiento brusco que realizó él. Sonrió en silencio divertida. Con ganas de jugar, nuevamente, acercó su mano y, con el dedo índice, dibujó con lentitud el hueso de su nariz, ejerciendo en la punta una leve presión reiterada. El joven giró su rostro para evitar el contacto - ¡basta! – le dijo a sabiendas que era ella. Oscar sólo podía reír, fascinada con las expresiones de su André. Cuando vió que se quedaba tranquilo nuevamente, llevó sus dedos a las pestañas, levantándolas de su base, expectante ante cualquier reacción. Él, abrió un ojo y al ver el gesto divertido de Oscar, la tomó de las muñecas tumbándola en la cama. Sin mayores preámbulos, la besó con fuerza, a lo que ella respondió con la misma pasión e intensidad. Recorrió con una de sus manos el contorno de su cadera, buscando con desesperación el contacto con su piel bajo la ropa, mientras que con la otra le afirmaba el brazo por sobre la cabeza. Al sentir las manos de André en su piel al descubierto, no pudo evitar exclamar un quejido de placer. El muchacho, siguió recorriendo con su mano el cuerpo cálido de la chica hasta llegar al cuello, la liberó para tomar su rostro entre sus manos, acercándola para profundizar con su lengua dentro de su pequeña boca. Ella, acariciaba su fuerte pecho con locura y frenesí, luego, lo atraía con fuerza hacía su cuerpo con las manos y las piernas enrolladas en sus caderas. Oscar, ya no tenía control sobre sus acciones, cada acto, beso, caricia, respondía a sensaciones que, simplemente, la obligaban a coresponder de esa forma, sin ningún pensamiento de por medio. Cuando se separaron, ambos estaban jadeantes de deseo. Se miraron fijamente, sus pupilas ya no eran pupilas, eran llamas al rojo vivo, ávidas de caricias que aún les eran desconocidas - ¡te deseo tanto! - ya no pudo evitar exclamar André, aunque en su interior dudó por un segundo si continuar. Cuando Oscar pudo ver ese chispazo de duda en sus ojos, decidió no darle cabida ni por un segundo. Tomó entre sus manos su rostro, obligándolo a mirarla más de cerca - no hay dudas. Te amo - le dijo con total honestidad. Ese gesto y palabras fueron suficientes para él, era todo lo que necesitaba saber para comprender que había llegado el momento, que su amada Oscar quería entregarse.
…..
Estás ahí,
cargada con el silencio de la vida
o con el silencio de la muerte
y tu valentía se parece al viento
que nunca deja de rugir.
Estás ahí,
con tu fragilidad envuelta entre fusiles,
con el pecho partido en dos;
con la mirada atravesada por un recuerdo,
esa estrella fugaz que nunca nos tocó.
Perdóname, una vez más, amor de mi vida.
Me fui antes de poder advertirte
que el amor también se transforma en muerte
y que, después, la vida nos sobreviene
como un hermoso regalo,
que es nuestra obligación abrir.
No creas que me he ido aún.
¿Para qué podría querer una vida,
si no es contigo a mi lado?
¿Qué es respirar, soñar, desear sin ti?
Estoy aquí, esperándote
como quien espera un mendrugo de pan,
con este regalo que nunca pedí entre las manos,
mis manos ansiosas, torpes,
famélicas sólo de ti,
tan sólo de ti.
Estoy sumido ya entre las tinieblas
de un nuevo amanecer,
pero…
es imposible ya la muerte,
es imposible ya la vida,
no tengo dominio sobre alguna,
porque yo, André Grandier,
solo te pertenezco a ti.
Te amo, Oscar.
…..
El general Jarjayes, miró extrañado el sobre que permanecía sobre su escritorio – qué extraño – pensó al darse cuenta que venía desde su casa de Normandía. Por un momento, mientras lo abría, se imaginó que podía ser de Oscar, quizás avisaría que se quedaría unos días más allí, pero al terminar de abrirlo y desdoblar el papel, no reconoció la letra con la que estaba escrita la carta. Reposó con calma sus codos sobre el antiguo escritorio y, se prestó a leer. A medida que avanzaba en las palabras, sentía que un torbellino se encendía en su interior – no puede ser, no puede ser – se repetía a sí mismo. Cuando terminó de leer, no pudo contener su furia, botando de una sola vez el contenido que estaba sobre el escritorio, lanzando, junto con ellos, un gruñido encolerizado. Golpeó con fuerza el mueble, tanto, que sus manos ardieron. Volvió a ver el papel que tenía entre sus manos y lo arrugó lanzándolo con violencia al piso. Finalmente, se desplomó en la silla y se afirmó la cabeza con las manos. No podía creer lo que estaba pasando.
*** Muchas, muchas gracias a todas por sus comentarios. Realmente espero hayan disfrutado de este capítulo súper mega romántico. Fue una decisión, en realidad, de salir un poco del curso de la historia, para darles la oportunidad a los protagonistas de re-conocerse desde una perspectiva de enamorados y ahondar en otras temáticas.
*** Para escribir los monólogos de Oscar y André, me inspiré en dos escritoras chilenas: Gabriela Mistral y Delia Domínguez, me robé algunos versos para comenzar a escribir.
Muchas, muchas gracias nuevamente. Abrazos!
