Capítulo 7: Mi querido André

Ya había oscurecido cuando Oscar y André se acercaban a la mansión Jarjayes. Un par de kilómetros antes, se habían detenido para ver la puesta de sol cuyo color escarlata, los había encantado por esos breves minutos. Lo sintieron como una invitación a no continuar su viaje de regreso, ante el desconocimiento de lo que les esperaba más allá. Los jóvenes que habían salido de esa mansión cuando ni siquiera aún amanecía, definitivamente no eran los mismos que hoy regresaban. André, por su parte, había decidido volver inmediatamente al regimiento. Oscar se le uniría al día siguiente. Cabalgaron lentamente hasta la entrada de los jardines de la enorme mansión, la misma que durante años los cobijó en sus juegos de niños, en sus conflictos adolescentes y, ahora, en el desarrollo de la adultez y de una nueva vida como dios personas que se amaban con locura y profundidad. Esa casa había sido el testigo silencioso de sus respectivos sufrimientos y, en esa noche en particular, lo era de su amor. Se dieron un largo beso de despedida, sin miedo a nada, ni siquiera a ser notados por algún sirviente, la Nana o los padres de Oscar. En realidad, ya muy poco les importaba el resto de las personas. El arrebato del primer amor les daba el suficiente impulso para decidirse, racional o irracionalmente, a luchar contra cualquier cosa, incluso, contra sus propias aprehensiones y miedos. Cuando André dio la media vuelta en su caballo, Oscar lo observó alejarse hasta que desapareció en la nada en medio de la oscuridad. No se imaginó que nunca llegaría a su destino, aunque, al parecer, sí lo presumió. Sintió, en ese momento, que una parte de su corazón se iba también. Le había pedido, casi rogado durante gran parte del trayecto, que se quedara esa noche en la mansión, pero el muchacho estaba obstinado en regresar al regimiento y esperarla allá. Habían discutido, incluso, acerca de sus mutuas obstinaciones, sin llegar a ningún acuerdo de quién era más cerrado que el otro. Finalmente, todo había terminado cuando la puesta de sol los sorprendió en el camino y lograron guardar silencio para disfrutar de ese mágico momento. Aún sobre sus caballos, habían entrelazado sus manos, tomándose con fuerza. En secreto, se daban tregua para prometerse ser valientes y fuertes para soportar cualquier tempestad que tuvieran que enfrentar.

Luego de dejar a cesar en la caballeriza, Oscar entró a la mansión. La abuela, como siempre, la esperaba en la entrada, lista para recibir sus cosas.

-Mi niña, ya estás aquí - dijo con alegría la anciana.

-Si Nana - dijo dándole un cariñoso beso en la mejilla.

- ¿Y André, no volvió contigo? - miró hacia fuera por si se había quedado atrás.

-Se fue directamente al regimiento, quería prepararse para comenzar mañana - contestó quitándose los guantes - Nana, sírveme un chocolate caliente por favor, estoy cansada por el viaje.

-Claro mi niña, enseguida - le dijo dando media vuelta, mientras Oscar subía con agilidad los peldaños de la escalera.

- ¡Mi niña! - la llamó desde abajo - Lo había olvidado, tu padre te espera en la biblioteca, no ha parado de preguntar por ti desde esta mañana. Al parecer no estaba de muy buen humor.

-Gracias Nana - dijo mientras terminaba de subir.

Cuando llegó al despacho, ni siquiera se preocupó de golpear. Su padre estaba parado frente a la ventana, costumbre que al parecer había heredado de él.

-Padre - habló desde la puerta - Aquí estoy.

El hombre se giró y se acercó con lentitud a la muchacha. Se quedó observándola por unos momentos.

-Me alegro, ¿todo en orden en la casa de Normandia? - preguntó sin quitarle los ojos de encima.

-Sí padre. Ninguna novedad - respondió como si se estuviera reportando a un superior.

-Bien - asintió el hombre. Luego caminó hacia el escritorio y tomó asiento. - Hija, te tengo dos noticias.

Oscar lo miró extrañada - ¿qué sucede padre? - preguntó sin poder evitar una extraña preocupación en su pecho.

-Gracias a tu intervención y a la del conde Fersen en el caso del caballero negro, este ha sido capturado. Yo mismo me hice cargo de ese delincuente. Gracias a las pistas que consiguieron, fue muy fácil encontrarlo - dijo con una media sonrisa en el rostro.

Oscar abrió los ojos sorprendida – no pensé que sería tan rápido, pero me alegro por tu éxito, padre – dijo restándole importancia. El hombre, sólo se limitó a seguir sonriendo - Me dijiste que eran dos noticias...

El general, con un gesto, la invitó a tomar asiento. Ella obedeció de inmediato. Al estar más cerca de él pudo notar que su expresión había cambiado por completo, de un momento a otro se había vuelto totalmente taciturno. El padre de Oscar apoyó con lentitud los codos en el escritorio y cruzó los dedos de las manos

– Hija… - dijo sin terminar la frase.

Oscar comenzó a ponerse inquieta por la expresión del hombre - ¿Qué pasa? ¿ha sucedido algo malo? – su misteriosa actitud la estaba comenzando a impacientar y, su padre, no era hombre de andarse con rodeos.

-Sí. Sucedió algo malo - afirmó haciendo otra pausa. Luego de tomar aire continuó – lamentablemente este delincuente tenía un cómplice. Después de arduas investigaciones durante estos días, se encontró esto, entre otras cosas, en la vivienda del caballero negro – sacó del cajón del escritorio una pequeña libreta forrada en cuero. Extendió su brazo para entregársela a la joven. Por un momento, Oscar no lograba comprender hacia dónde iba el sentido de la conversación que estaba teniendo con su padre, se sentía confundida y, al mismo tiempo, terriblemente inquieta. Miró por largo rato la libreta, sin atreverse a abrirla. El corazón le latía con rapidez.

-Contiene mensajes subversivos que, obviamente, van en contra de la corona y cuyo único objetivo es sublevar al pueblo. Además, testigos aseguran haber visto a ambos hombres salir juntos y llegar a altas horas de la noche, del mismo lugar desde donde aquella vez perdiste la pista del caballero negro - guardó silencio cuando vio que Oscar abría la libreta.

La muchacha, sintió por unos momentos que flotaba en el espacio, incapaz de escuchar algo más que los latidos de su corazón. Sólo atinó a taparse la boca con la mano para ahogar un grito de sorpresa al reconocer la letra, era de André. Se quedó por varios minutos pasmada, con cientos de ideas rondando en su cabeza. Levantó la vista para mirar a su padre, esperando algún comentario, pero parecía tan frío e inconmovible que se asustó.

-Hija, lamento tener que decir esto, pero André nos ha traicionado y, además, es un…

- ¡Imposible! – lo interrumpió con brusquedad– André siempre ha estado a mi lado, ¡es imposible que haya podido hacer algo así, no es un delincuente padre, y mucho menos un traidor! – se levantó de su asiento para poder respirar, le estaba faltando el aire. Se puso frente a la ventana.

-Oscar… - dijo su padre con serenidad – hace casi cuatro meses atrás, André se fue de nuestra casa, nada supimos de él hasta que lo encontraste en el regimiento. No sabemos qué pudo haber pasado en ese tiempo, en qué pasos anduvo. Oscar, las anotaciones en esa libreta, no dan espacio para dudas… es un subversivo, un rebelde. Quizás ingresó al regimiento para espiar…

- ¡Basta padre! No permitiré que hables así de André – se afirmó del marco de la ventana para no decaer, sentía que las piernas le tambaleaban – tengo que hablar con él inmediatamente – dijo dando media vuelta para salir del lugar, su padre la detuvo del brazo.

-A esta hora, los guardias ya deben haber ido por él, no hay nada que podamos hacer ahora – la tomó de los hombros – hija, debes calmarte y ser sensata, no podemos seguir protegiendo a una persona así. Nuestra familia tiene un deber que cumplir y eso es proteger a nuestros reyes, así ha sido de generación en generación.

Oscar lo miró con rabia infinita – Padre, te recuerdo que no estás hablando de un desconocido, es André, ¿es que no tienes sentimientos? Lo conoces desde que era un niño, ha sido mi compañero y amigo durante todos estos años… ¿o acaso él fue para ti otro juguete más? – cerró los ojos para no seguir viendo la frialdad del hombre que estaba frente a ella - Suéltame - le dijo girándose hacia la puerta – Estás conmigo en esto o no, pero jamás creeré nada de lo que me dices. Mi lealtad, ahora, está con André y nada me hará cambiar de opinión. Ten eso presente – se fue con toda la calma que podía guardar en ese momento, no quería ni podía demostrar debilidad, mucho menos frente a su padre, aunque por dentro, se estaba derrumbando.

Se quedó fuera de la biblioteca por algunos minutos más. Necesitaba pensar qué hacer, aclarar su mente y sus ideas. Si las cosas eran así como las había contado su padre, lo más probable era que André ya estuviera en la cárcel. Sintió náuseas al pensar en eso, al imaginarlo ahí, en una celda húmeda, oscura y maloliente. Se dio cuenta en ese momento que ya no podría verlo, quizás hasta mañana, por ahora era totalmente inútil ir hasta allá. Apretó los puños con fuerza al verse impotente para afrontar la situación, hasta que la figura del conde sueco apareció en su mente – ¡Fersen! – dijo con una cuota de esperanza en su alma. Bajó corriendo las escaleras, sólo él podía ahora darle las respuestas que estaba esperando.

….

El Mayor Girodelle, comandante de la guardia imperial, llegó justo media hora después de que Oscar salió de la mansión. Fue recibido por una chica de la servidumbre, quien le indicó en donde se encontraba el general esperándolo.

- ¡General! - dijo cuadrándose frente a su superior.

-Mayor, por favor, tome asiento. De antemano, me disculpo por hacerlo venir a estas horas, pero debo darle indicaciones de carácter urgente.

El joven coronel miró con atención al general.

-No os preocupéis, general, estoy a sus órdenes.

-Gracias, Girodelle. Necesito que inmediatamente se redoble la seguridad en la celda de Bernard Chatelet y André Grandier.

El joven frunció el ceño.

-Sí. Por la seguridad de nuestros monarcas, es preciso que esos hombres se mantengan en completo aislamiento. Está estrictamente prohibido que ninguna persona visite a estos hombres, al menos hasta que sean sometidos a un juicio.

-Pero general, André… aún no tenemos las suficientes evidencias para inculparlo y usted quiere…

-Sí, sé lo que estás pensando. Ha sido difícil para mí aceptar que André es un traidor, pero tengo un deber que cumplir y no puedo hacer diferencias. Para mi es suficiente con que mantenga una amistad con ese subversivo.

-Entiendo, general - musitó el militar bajando la mirada.

-Girodelle, ni siquiera mi hija puede entrar a esa celda, usted la conoce, sabe lo testaruda que es, hará lo imposible por llegar al prisionero. Conserva un gran aprecio por quien fuera su valet y se siente aún con la responsabilidad de protegerlo. Usted será el responsable directo si eso llega a suceder.

El hombre sólo abrió los ojos de par en par.

-Por supuesto, general.

-Vaya y cumpla con mis órdenes inmediatamente. Confío en usted.

El hombre se puso de pie y se cuadró frente al padre de Oscar.

-Con su permiso.

-Girodelle… - dijo antes de que saliera - me gustaría que viniera a cenar con nosotros uno de estos días. Me encargaré de que mi hija participe también.

-Gracias, general. Lo haré con mucho gusto.

El general solo asintió con su cabeza. Cuando se cerró la puerta se puso de pie para mirar por la ventana. La vela ya se había extinguido casi por completo y solo estaba rodeado por la oscuridad y la luz de la luna. Pensó en su hija, la conocía muy bien, después de todo la había educado a su imagen y semejanza, sabía que en su corazón se había encendido la misma llama que se encendió en él al conocer a Georgette, su amada esposa y la madre de sus hijas. En aquellos años, no tuvo paz hasta que consiguió desposarla. La amó desde el primer momento en que la vio y, desde entonces, no le importó nada más que eso. Pero la situación de Oscar era totalmente diferente. André era un plebeyo, eso era algo inadmisible en su familia. Si tan sólo fuera un noble caballero, pensó, no tendría reparos en permitirles vivir su amor. Suspiró apesadumbrado. Tan sólo esperaba estar haciendo lo correcto.

….

- ¡Fersen! ¡Fersen! – gritaba Oscar fuera de la casa del joven conde mientras golpeaba la puerta con el grillete - ¡Fersen, soy yo, Oscar Francoise, ábreme la puerta! – sólo se detuvo cuando el mayordomo abrió la puerta con total parsimonia, aún somnoliento.

-Comandante… - alcanzó a hablar.

-Déjeme pasar – dijo Oscar haciéndolo a un lado de un empujón, llegando en tres pasos al salón principal - ¿Dónde está el conde Fersen? – preguntó al hombrecillo que la miraba totalmente impactado - hable, ¡dónde está!

-Comandante… - dijo acercándose a ella – es medianoche, el conde duerme…

-Pero ya no – interrumpió Fersen bajando las escaleras mientras se amarraba el nudo de la bata.

-Fersen, tienes que ayudarme – dijo Oscar con desesperación apenas lo vio.

El joven, estaba consciente del por qué de la visita de su amiga a esas horas de la noche, por lo que no se sorprendió en absoluto al verla allí - Vamos querida, siéntate y cálmate – la tomó de los hombros y la dirigió hacia el sofá. Se sentó a su lado.

-Por favor, sírvanos una copa de vino. Eso ayudará a que la comandante se tranquilice – dijo mirando al hombre y luego a Oscar. Esta tenía las manos en la cabeza, se veía totalmente desconcertada y triste.

-Mi André… - no alcanzó a terminar cuando un sollozo se escapó y luego, lágrimas que no pudo contener.

- "Mi André" – se repitió a sí mismo el joven sueco. ¡Claro! Ahora todo tenía sentido para él. La misteriosa relación entre los jóvenes, el desprecio de Oscar hacia cualquier pretendiente, su rechazo, incluso eso ahora tenía una explicación. Oscar estaba enamorada de André. Se sorprendió de no haberse dado cuenta antes, se sintió hasta un poco ridículo al recordar sus intentos por tocar el corazón de la joven comandante. Tampoco pudo evitar sentir lástima por ella, por ambos, a André igualmente lo consideraba un amigo. Sabía perfectamente lo que era vivir un amor en las tinieblas.

-Lo sé… - dijo finalmente mirándola apenado – pero no hay mucho que podamos hacer. Hay pruebas que lo incriminan, especialmente su amistad con ese hombre, Bernard Chatelet.

Oscar tomó aire para poder hablar y secó las lágrimas que corrían por su rostro, se estaba dando cuenta que no era momento para dramatismos – ¿ese es el nombre del caballero negro? - preguntó mirando directamente a los ojos a Fersen.

-Sí… es un periodista. En su casa se encontró mucho material impreso subversivo.

- ¿Y qué tiene que ver André en todo eso?

El hombre la miró extrañado - ¿No lo sabías? Antes de ingresar al regimiento, André estuvo viviendo con él. Se encontraron algunas de sus pertenencias en el lugar, además de la libreta.

Oscar se sentía confundida. Acaso… ese lugar al que había seguido a André aquel día era el refugio del caballero negro? ¿Por qué André no le había dicho nada, por qué le ocultaba esa información?

-Por favor, dame la dirección de ese hombre. Necesito ir hasta allí y verificar lo que me dices con mis propios ojos.

-Oscar, no es recomendable que vayas hasta allá. Tu padre mantiene el área vigilada, si alguien te ve por allí puedes perjudicar aún más a André.

-Fersen, sé que André es inocente. Esto debe ser sólo un malentendido, una confusión. Él sería incapaz de traicionarnos. Lo sé - cerró los ojos para tomar aire - Iré a ese lugar. Necesito saber todos los detalles, es la única forma que tengo de ayudarlo. Sé cómo hacerlo, no te preocupes – dijo apenas en un hilo de voz.

-Oscar… lamento mucho no poder acompañarte. Si me involucro en esto, la única perjudicada será Lady Antonieta– se acercó a ella e intentó abrazarla pasando su brazo por detrás de la espalda, ante lo cual ella reaccionó con brusquedad.

- Me tengo que ir – dijo levantándose con urgencia – necesito pensar en cómo ayudar a André.

-Oscar, espera – le dijo preocupado – no te vayas sola, deja que mi carruaje te lleve a tu casa.

-No, estoy bien, necesito tomar aire. Adiós, Fersen – se despidió sin ni siquiera voltear a mirarlo.

-Adiós, Oscar – dijo el conde con el corazón igualmente adolorido por el sufrimiento de su amiga.

…..

Cuando Oscar volvió a la mansión todo estaba en silencio. Subió hasta su habitación rápidamente, sorprendiéndose al ver a su madre sentada en el borde de la cama. Apenas la vio, corrió hacia ella acurrucando su cabeza en sus piernas. Su madre, la miró con ternura, mientras le acariciaba la cabeza con cariño y delicadeza.

-Madre, ¿por qué André, por qué? – decía la muchacha entre sollozos.

-Hija… debes calmarte - intentaba consolarla su madre.

-No puedo, no puedo, André no se merece esto, no se merece la desconfianza de mi padre… dime que tú sí crees en que es inocente, por favor madre, dímelo – le suplicó mirándola a los ojos. Madame Jarjayes estaba conmovida por la reacción de su hija. Nunca la había visto así de descontrolada.

-Hija mía, André es un buen muchacho, mírame – le dijo tomándola de la barbilla para hacerla levantar la vista – la verdad siempre sale a la luz, sólo debes tener paciencia - Oscar se aferró con aún más fuerza a las piernas de Georgette - ¿qué sucede hija, por qué te pones así?

-Oh, madre, madre, madre – decía con desesperación - ¿Por qué no puedo ser feliz? ¿Por qué Dios me ha prohibido la felicidad? ¿Es porque no he sido ni un hombre ni una mujer?, ¿O es porque no he tenido la suficiente voluntad para oponerme a mi padre y a sus deseos? – la mujer suspiró con tristeza.

-Puedes ser lo que quieras, hija. Nosotros, tus padres, tan sólo hemos querido lo mejor para ti, aunque nos hayamos equivocado. Me siento orgullosa de ti, mírate en quien te has convertido. Una joven valiente, noble, inteligente, no hay otra como tú en este mundo. Ven acá, levántate – dijo tomándola de los brazos para que se sentara a su lado – aunque toda tu vida la hayas vivido como un hombre, eso no define quién eres, sólo tú puedes hacer eso, sólo tú puedes decidir quién ser y cómo ser – en ese momento, Oscar no podía hacer juicio de las palabras de su madre, se sentía totalmente impotente, nuevamente, la injusticia la golpeaba en lo que más le dolía – vamos, descansa – dijo la mujer al ver que no reaccionaba, mientras le quitaba la chaqueta y luego las botas – me quedaré contigo hasta que te duermas. Oscar se acurrucó en el pecho de su madre, tenía tantas ganas de decirle cuánto amaba a André.

-Madre… yo – dijo en un susurro.

-Descansa, mi pequeña, no digas nada – la mujer continuó peinando con sus dedos el cabello dorado de su hija menor, igual como lo hacía cuando era una bebé. Su dolor, en esos momentos, lo sentía como propio. No soportaba verla de esa forma, tan frágil, destrozada, no obstante, al mismo tiempo, lograba ponerse en su lugar. Ella había amado con la misma intensidad que da la juventud al general Jarjayes. Sabía cómo se sentía el estar lejos de la persona anhelada. Al darse cuenta de ello, su corazón se sobresaltó, sintió un profundo miedo.

No es necesario que digas nada, ya lo sé todo. Amas a André… Dios mío, qué será de ti hija mía. Por favor, Dios, protégela.

Oscar despertó a mitad de la noche exaltada, bañada en sudor. La imagen de André vestido como el caballero negro, siendo apresado y condenado a la horca, no la dejaron continuar durmiendo. Se sentó en la cama para analizar la situación. En ese momento, recordó la fallida persecución que hicieron al caballero negro aquella noche. Intentó traer a su mente algún detalle o pista. Entonces, recordó a André entrando por esa calle, el balcón, la joven asomada a través de él. Ahora todo cuadraba. Era la misma calle en donde ese delincuente se había perdido. No podía creerlo, no se percató de ese detalle antes. Allí era donde André había estado viviendo. Y esa muchacha, ¿quién era? Sin duda, ella podría darle más información acerca de André. Se levantó para buscar en el bolsillo de su chaqueta la libreta. La abrió para comprobar que no se había equivocado. Era su caligrafía perfecta, pulcra, ordenada. Y los escritos se parecían mucho a los comentarios que había hecho a raíz del libro que habían estado leyendo juntos. Por Dios André, eso no le ayudaba en nada. Decidió que no esperaría más. Mañana mismo iría a la prisión a verlo e iría a la casa de Bernard Chatelet, su padre no se lo podía impedir. Puso su mano en la frente, la preocupación por André le dolía en todo el cuerpo, tanto o más que su repentina ausencia. A pesar de que habían pasado tan solo algunas horas desde que se habían separado, ya lo extrañaba terriblemente. Suspiró muy profundamente, luego, siguió leyendo hasta que el sueño la venció.

….

Al día siguiente, Oscar apenas se levantó decidió ir a la cárcel dispuesta a hablar con André. No quiso ponerse el uniforme, quería pasar lo más desapercibida posible, para no causarle más problemas al muchacho. Cuando iba saliendo, su padre la detuvo en la salida.

-Oscar…- dijo el hombre con toda calma mientras fumaba en una pipa. La chica siguió caminando, haciendo caso omiso del llamado de su padre. - Hay una estricta vigilancia para esos dos prisioneros, no pierdas tu tiempo hija y acepta la realidad - le advirtió sin perder la tranquilidad.

La joven subió a su caballo sin pronunciar palabra, no obstante, agregó:

-Eso lo veremos, padre - y se fue al galope de la mansión.

La comandante Oscar Jarjayes, caminó hasta el fondo del estrecho pasillo que conducía hasta la oficina del secretario encargado de realizar el registro de los prisioneros. Tuvo una gran sorpresa y, hasta un poco de alegría, al ver la figura del Coronel Girodelle en el lugar. Su ex-subordinado seguramente la ayudaría a ver a André, así todo sería más fácil.

-Comandante… - pronunció el joven casi asustado, como si estuviera frente a una aparición y no una persona de carne y hueso.

-Girodelle, me alegra verte - dijo la chica extendiendo su mano para saludarlo, a lo que el coronel se demoró un par de segundos en responder - ¿cómo va todo en la guardia imperial, estás cuidando bien de nuestros monarcas?

-Sí comandante, todo está en perfecto orden, gracias a sus nobles consejos - Se miraron a los ojos por unos momentos - ¿qué hace en este lugar tan sórdido?

-Girodelle, a usted no se le da bien fingir ignorancia. Sabe perfectamente por qué estoy aquí.

El hombre bajó la mirada. -Lo siento, tiene usted razón - reconoció esbozando una sonrisa.

-Quiero ver a André, ahora mismo - exigió sin rodeos.

Girodelle la miró asustado. Sabía que sus palabras tendrían una consecuencia poco agradable - El prisionero André Grandier no tiene autorización para visitas, lo lamento, pero no podrá verlo… ahora.

Oscar se acercó lentamente al joven sin sacarle los ojos de encima - y si no es ahora, entonces cuándo, Girodelle - intentó no alterarse más - no se quede callado. Me puede explicar, Mayor, cuáles son los cargos por los cuales está siendo mantenido en aislamiento.

- Complot, asociación ilícita, hurto, traición a la corona - respondió inmediatamente.

- ¿Y cuáles son las pruebas que lo inculpan?

El hombre tragó saliva.

-Lamento decirle que esa información no se la puedo brindar, es confidencial.

-Supongo que usted sabe que los prisioneros tienen derechos que, en este caso, al parecer no se están cumpliendo.

-Mademoiselle… - dijo con serenidad, siendo interrumpido inmediatamente por la joven.

- ¡Girodelle! Aunque hoy no esté portando mi uniforme y ya no trabaje en la guardia imperial, aún sigo siendo un comandante, así que por favor, intente guardar las formalidades.

-Comandante - corrigió avergonzado - ha sido el mismo general quien ha dado estas órdenes, yo simplemente las estoy cumpliendo, si tiene alguna oposición al respecto, por favor hable con su padre. Traiga un permiso escrito y la dejaremos entrar a ver al prisionero sin inconvenientes.

Oscar estuvo a punto de estallar en furia, pero se tuvo que controlar, se le llenaron los ojos de lágrimas. Se dio media vuelta, cerrando la puerta con violencia y caminó lo más rápido que pudo de regreso a su caballo, montándolo completamente encolerizada. Cuando comenzó a cabalgar, permitió que el llanto se expresara, sin dejar de maldecir a su padre y a Girodelle.

Se quedó en París hasta que anocheció, pensando en que la felicidad completa de los días anteriores se había desvanecido ante los acontecimientos actuales. Se sentía oscura, vacía e impotente, sobre todo impotente, su padre siempre lograba, de una u otra forma imponer su voluntad por sobre cualquier otra cosa, incluso la justicia. Cuando comenzó a caer la tarde, se dirigió hacia la casa de Bernard Chatelet. Dejó su caballo en el mismo lugar en el que lo había dejado André aquella vez que lo siguió. Se subió el cuello de la capa, se aperó de un sombrero y caminó con tranquilidad hacia la estrecha calle. Cuando estuvo frente a la casa respiró con profundidad. Tenía dudas de si su presencia ahí sería conveniente, pero finalmente prefirió seguir su intuición. Golpeó con fuerza la puerta con los nudillos de su mano. En un breve momento, apareció la jovencita hermosa de grandes ojos azules que solo había visto desde lejos.

Se miraron a los ojos por unos momentos. Rosalie, sin hacerle ninguna pregunta, le abrió paso para entrar. Subieron en silencio, una detrás de la otra, una escalera caracol llegando a la entrada de un pequeño departamento en el segundo piso. Una vez dentro, a Oscar el lugar le pareció encantador. Estaba perfectamente decorado, rosas blancas sobre la mesa, un silloncito estilo barroco, le pareció un hogar completamente perfecto.

-Mi nombre es Rosalie Chatelet, esposa de Bernard Chatelet. Es un placer tenerla en mi casa, Lady Oscar - dijo la muchacha haciendo una pequeña reverencia.

Oscar se sorprendió. ¿Por qué esa adorable jovencita sabia su nombre?

- ¿Cómo…? - preguntó curiosa.

- André nos ha hablado mucho de usted y, al verla, la reconocí inmediatamente - dijo sonriendo - por favor, siéntese, le serviré una taza de té.

-Muchas gracias - dijo la comandante mientras se quitaba la capa y el sombrero, sin salir aún de su asombro. Cuando Rosalie volvió con la bebida, sirvió una taza para Oscar y una para ella. Se sentó en frente sin dejar de mirarla y sonreír, tanto, que Oscar se empezaba a sentir incómoda.

-Las palabras de André no hicieron juicio a su belleza - habló finalmente la dulce jovencita. Las mejillas de Oscar automáticamente se ruborizaron - Perdone por incomodarla, también nos dijo que no le gustaban los halagos - la comandante sonrió.

-Hay muchas cosas que no entiendo, madame Chatelet. He venido aquí por eso.

-No, por favor, solo dígame Rosalie - le pidió avergonzada la muchacha con las mejillas encendidas.

-Está bien, Rosalie… perdone por importunar en su casa, pero necesito ayudar a André y para eso necesito toda la información posible.

-La entiendo… André es un joven muy noble y bondadoso.

-Lo sé - dijo Oscar con orgullo.

-Lo conocimos en una asamblea – la comandante abrió los ojos sorprendida - luego de un discurso de mi marido. Estaba muy curioso por saber lo que hacíamos y nos hicimos buenos amigos. El pobre andaba un poco perdido, vivía en una posada de mala muerte, lo que a él en realidad no le importaba mucho, por eso decidimos que lo mejor para él en ese momento era vivir con nosotros, hasta que de un momento a otro decidió ingresar al ejército.

Oscar no pudo evitar pensar que todo eso había sucedido por su causa. André había salido de la mansión porque ella lo había echado y, ahora, estaba metido en este lío.

-Rosalie, ¿usted sabe por qué lo están relacionando con el caballero negro?

-Lady Oscar, eso es algo que aún no sé.

- ¡¿Cómo?! - preguntó sorprendida.

-Así es. Todo lo que han encontrado son libros, afiches, anotaciones, pero es sólo eso. De cualquier forma, le doy mi palabra de que André no es un delincuente, el tiempo que pasó con nosotros, siempre se comportó como una persona honesta y trabajadora.

Oscar estaba ahora más confundida. Su padre le había asegurado que, a quien había apresado, era el caballero negro, pero no tenía ni una prueba de ello. ¿Cómo era posible que su padre hubiera cometido un error de esa magnitud?

-Y esas ideas que estaban en la libreta de André, ¿de dónde salieron?

-Bueno, el muchacho es intelectualmente muy inquieto, se devoraba los libros, leía todo lo que encontraba, incluso, ayudaba a Bernard con sus discursos. Y era un participante activo en las asambleas… hasta que fue por usted al ejército.

Oscar no podía creerlo. André había hecho su vida como un hombre libre… y, una vez más, había dejado todo por ella. Una lágrima surcó su rostro. Cuando se dio cuenta, la limpió rápidamente, avergonzada por mostrar sus sentimientos de esa forma.

-Lo lamento - dijo casi en un susurro.

Rosalie la miró con ternura - André la ama profunda y sinceramente. Para él eso era lo más importante. Creo que sus simpatías políticas sólo fueron una forma de distraer su mente durante ese tiempo. Cuando dijo que serviría en el ejército junto a usted, fue como que volvió a nacer. Se veía extrañamente feliz.

¡Oh André! ¿Cuánto más tendría que sacrificar por ella? ¿Cuándo se iba a acabar su sufrimiento?

-Rosalie, necesito pedirle un favor más.

-Claro que sí.

-Por favor, lléveme a una de esas asambleas, quiero saber de qué se tratan.

-Mmmm - Rosalie se quedó mirándola por unos segundos - no hay problema, pero tendrá que usar algo más sencillo. Vamos, la llevaré a la habitación de André, aún están sus cosas allí. Algo encontraremos para usted.

Con total devoción Oscar abrió uno de los cajones del mueble que le había indicado Rosalie en donde se encontraba la ropa de André. Sacó con cuidado una camisa, como si de un tesoro se tratara. La tomó con sus manos y se la llevó hacia la nariz, suspiró al darse cuenta que aún conservaba su aroma. La abrazó creyendo que con ese gesto encontraría algo más del muchacho en ella. Estaba en su ánimo conservar la calma para no desmoronarse, pero se le estaba haciendo muy difícil. Todo lo que tuviera que ver con André la alteraba terriblemente. Su mente se nubló de dudas. ¿Y si no podía sacarlo de prisión? ¿Qué sería de ella sin él? Suplicó en silencio, aun abrazada a la camisa, por tener la fuerza suficiente para comprender esta prueba del destino y seguir creyendo en la justicia de los hombres y, también, en la divina. Debía armarse de valor si quería volver a ver a André. Se cambió de ropa con rapidez y volvió donde Rosalie, quien la miró divertida al verla con la ropa de André. Se veía extrañamente parecida a él.

-Ustedes parecen los mismos, pero opuestos - dijo tapándose delicadamente la boca con el dorso de la mano al sonreír. Oscar, solo levantó los hombros sin decir nada. Le gustaba que fuera así.

Anduvieron por un largo camino a caballo, hasta que, en medio de la nada, se erguía una antigua iglesia prácticamente en ruinas. Se quedaron afuera observando por algunos minutos.

-Por favor, no se sorprenda de lo que verá y escuchará ahí dentro Lady Oscar, en su interior se encuentran aristócratas y campesinos, los cuales pretenden dar inicio a una nueva era - Oscar la escuchó con tranquilidad. Al fin sabía qué había estado haciendo André durante su ausencia de la mansión.

La pequeña iglesia estaba repleta de personas que, a simple vista, parecían ser de distintas clases sociales. Rosalie y Oscar se quedaron cerca de la puerta escuchando al hombre que presidía la reunión.

-El 97% de los franceses quedan enmarcados en lo que se conoce como el tercer estado. Campesinos, mercaderes, artesanos y todos los que no pertenecen a la nobleza. Ese 97% debe cubrir tributos exorbitantes… y con lo que resta, difícilmente pueden comprar ni un mendrugo de pan. ¿Quién se encarga de gastar todo ese dinero? el porcentaje restante ese reducido 3%, por lo menos la gran mayoría deben sufrir miseria y enfermedades, ¿vamos a permitir que esto continúe?

Ya más habituada al ambiente, la comandante dedicó algunos minutos a observar con mayor detenimiento a las personas que se encontraban en el lugar. En su mayoría, eran campesinos y gente humilde, cuyas expresiones en sus rostros revelaban una gran molestia e indignación a medida que el hombre avanzaba en su discurso. También pudo notar la presencia de algunos aristócratas, pero hubo una figura inconfundible, que le llamó poderosamente la atención. El Duque de Orleans, primo de Luis XVI, intentaba camuflarse entre la multitud. Quizás para una persona común y corriente, el hombre hubiese pasado inadvertido, pero, acostumbrada a tener que descubrir detalles en las personas, el duque fue fácilmente notado por los ojos de Oscar. Recordaba haber escuchado rumores en relación a las orientaciones políticas del duque, especialmente, aquella de ser un antimonarquista o, al menos, partidario de esos grupos, sin embargo, nunca creyó que eso fuera posible. Al terminar la asamblea, el duque pasó por su lado sin detenerse a mirarla.

De regreso a París, las mujeres cabalgaron en silencio. Era tarde, por lo que Oscar se ofreció acompañar a Rosalie hasta su casa. La muchacha aceptó de inmediato.

- ¿Cómo puede estar tan tranquila, Rosalie? - Preguntó Oscar con curiosidad por la actitud tan calmada de la esposa del periodista.

-No lo sé. Son los riesgos de haberme casado con un hombre como Bernard. Siempre supe quién era y así lo amo. Confío en que Dios nos ayudará en este lío – contestó con extrema serenidad, aunque Oscar pudo notar en su mirada un dejo de tristeza y preocupación.

-Me gustaría tener su paciencia y fe… - dijo sintiéndose extraña teniendo ese tipo de conversación con otra mujer. Nunca tuvo una amiga, ni siquiera había estado cerca de sus hermanas, nunca tuvo esa oportunidad. De todas maneras, sintió algo cálido en su interior. Rosalie era extremadamente dulce y atenta y eso le agradaba, la hacía sentir cómoda y segura.

Cuando llegaron fuera de la casa, Oscar, se dispuso a dar la media vuelta para marchar, pero Rosalie la detuvo.

-Lady Oscar, es muy tarde para que vaya a su casa. Quédese aquí esta noche, puede dormir en la habitación de André, estoy segura que le agradará.

La joven estuvo a un paso de negarse, pero luego, lo vio como una oportunidad de no encontrarse con su padre y tener que dar explicaciones.

-Muchas gracias Rosalie, no quiero seguir importunándola.

-No es una molestia. Tampoco me agrada mucho estar sola aquí, extraño a Bernard – dijo bajando la mirada.

-Mañana partiré temprano, para que no se asuste si no me encuentra cuando despierte.

-Está bien.

Oscar intentó cerrar los ojos para dormir las pocas horas que quedaban antes de que amaneciera, pero se le estaba haciendo imposible, se sentía intranquila y con insomnio.

Se levantó de la cama, asomándose a la pequeña ventana. Se quedó observando por algunos minutos lo poco que se podía apreciar desde allí. Solo eran unas casitas muy pequeñas una junto a la otra. La leve iluminación y la espesa neblina, lo hacían ver como un lugar muy oscuro, casi tenebroso. De pronto, aparecieron de la nada dos hombres a caballo que se detuvieron fuera de la casa. Se sobresaltó al escuchar el llamado en la puerta y luego los pasos de Rosalie bajando las escaleras con rapidez. La situación le pareció sumamente extraña. Se quedó mirando por la ventana, pero era imposible ver la cara de los hombres. Salió de la habitación con completo sigilo. Abrió con cuidado la puerta que daba a la escalera y ahí se quedó, intentando agudizar su oído lo que más pudo, al parecer discutían.

- ¿No te das cuenta que puede ser peligroso tener a esa mujer en tu propia casa? - decía una voz masculina.

-No es un peligro, solo quiere recuperar a André, está en su derecho - replicaba Rosalie casi susurrando.

- ¡Esa mujer fue un perro de la reina! ¡Es una asquerosa aristócrata! – dijo un segundo hombre alzando la voz.

-Cálmese – intentó tranquilizarlo Rosalie - confíe en mí, le doy mi palabra y la de Bernard que no pasará nada. Ahora váyanse, por favor.

Oscar, volvió a entrar al departamento con miles de dudas en su mente. ¿Quiénes eran esos hombres y con qué derecho le reclamaban de esa forma a Rosalie? Quizás su presencia solo le causaría problemas. Cuando ingresó la joven esposa de Bernard, se sobresaltó al encontrarla allí en medio de la oscuridad.

- ¿Está bien Rosalie? - le preguntó preocupada Oscar.

-Si Lady Oscar. Eran unos amigos de Bernard, querían saber de él.

- ¿A esta hora?

-Si - respondió ella secamente.

-Me disculpo si es que le he causado problemas, no es mi intención…

-No se preocupe - la interrumpió - Entre ciudadanos no hacemos diferencias. Podemos tomar nuestras propias decisiones. Vaya a descansar, falta tan solo un par de horas para que amanezca.

Oscar no respondió nada, se retiró a la habitación y se metió a la cama. Estaba fría. Cruzó los brazos en su cuerpo para darse un poco de calor. Suspiró profundamente. Había sido un día largo e intenso y ya no quería pensar más, sólo cerrar los ojos y despertar con André a su lado, sonriéndole, dándole fuerza para continuar. Mantuvo la imagen de su rostro en su mente. Debía ser valiente, una vez más.

Oscar se levantó apenas salió el sol, dirigiéndose directamente a la mansión. No quería encontrarse con su padre y menos con la nana, no estaba preparada aún para darle la mala noticia del encarcelamiento de André. La pobre ya había pasado por muchos malos ratos en el último tiempo y quizás no podría soportar uno más. En cuanto a su padre, buscaría el momento para pedir explicaciones acerca de las extrañas circunstancias en las que ambos hombres habían sido apresados. Si bien, por una parte, su cabeza le decía que dejara las cosas así como estaban, su corazón no, muy por el contrario. Estaba consciente de que las cosas no se habían hecho de manera correcta, pero todavía no quería asumir otro error por parte del general. Lo conocía, y no era un hombre que actuaría desde las vísceras, no obstante, movido por su tozudez y orgullo, era capaz de hacer cualquier cosa.

Se aseó, cambió de ropa y se fue al regimiento con premura. Había estado fuera mucho tiempo y ya no podía seguir evitando ir hasta allá. Al menos tenía que presentarse a la revista y poner al día algo de trabajo administrativo, aunque solo su cuerpo estuviera presente. En el camino, siguió pensando en alguna forma de ver a André. Repasó en su memoria el día de ayer, cuando esperanzada se dirigió a la prisión. Era cierto lo que su padre le había advertido, él mismo se había encargado de poner más guardias en la celda y lo había podido comprobar por sí misma. La actitud de Girodelle también la había exasperado, intentando mentirle y pasando los límites de la formalidad, eso la incomodaba terriblemente, más que cualquier otra cosa. Concluyó en que su última esperanza era poner en evidencia el mal proceder en la investigación y obligar a su padre para que liberara a André.

- ¡Aaaaaaaaah! - gritó desde las entrañas fustigando a su caballo, necesita aplacar esa ira con algo de velocidad.

Llegando al regimiento B, entregó a César a uno de los guardias, yéndose directamente a su despacho. A los pocos minutos apareció el coronel Dagout para ponerla al día con lo ocurrido durante su ausencia. La tranquilizó el hecho de que se hubiera mantenido todo en orden en el regimiento, sabía que esos hombres, si se lo proponían, se podían convertir en un gran dolor de cabeza. Le ordenó al coronel que les avisara que la revista se realizaría en diez minutos y que, por lo tanto, se prepararan porque no quería errores.

Cuando el coronel salió de su oficina, se dio cuenta del gran esfuerzo que había tenido que hacer para mantenerse atenta a sus palabras. Se sentó en el escritorio y comenzó a hojear el lote de papeles que estaban sin revisar.

- Maldición - se dijo a sí misma al ver un informe. Tenía que organizar nuevamente los patrullajes de los soldados, se habían sucedido disturbios en París en los últimos días. Al parecer, el pueblo estaba enardecido por la captura del supuesto caballero negro. Ese hombre se había convertido en el "héroe del pueblo" aunque se comportaba como un verdadero delincuente. Se extrañó al encontrar, debajo de toda la papelería, un pequeño sobre sin remitente. Lo abrió sin pensar ni siquiera si era para ella con ansiedad. El contenido era una hoja bastante desprolija, que le llamó la atención. Cuando lo abrió y vio el breve contenido, no pudo contener las lágrimas que recorrieron con rapidez su rostro.

"Amor mío, mi amada Oscar:

No ocuparé este trozo de papel en explicarte cómo puedo escribirte desde la oscuridad de este lugar, pero quiero que sepas que estoy bien, aun íntegro a pesar de la soledad forzada a la que me he tenido que someter. Por favor, no desesperes ni vayas a cometer una locura. Confía en mí, esto se solucionará antes de lo que pensamos, sólo debes mantener la calma, te lo ruego. Por sobre todo, cree en mí y en que te amo y siempre te amaré, hasta el final de mis días. Sólo la esperanza de tu amor me mantiene con firmeza. No puedo escribir más.

Te amo, te amo, te amo.

André G."

Repasó el contenido de la carta una, dos, tres veces. Esas palabras habían despertado en su corazón una luz de esperanza. André estaba bien, vivo, a salvo. Puso el trozo de papel contra su pecho, ahora más que nunca debía mantenerse firme, sin caer en la desesperación. Debía sacar a André de allí.

-Comandante - la interrumpió Dagout. Se giró rápidamente hacia la ventana para secar sus lágrimas - los soldados ya se encuentran en el patio principal.

-Iré enseguida - habló sin voltear - Coronel, ¿usted sabe cómo llegó este sobre a mi escritorio? - El hombre se acercó para verlo más de cerca.

-No comandante, no sé cómo llegó eso ahí. Si quiere puedo preguntar a los guardias que han estado de turno durante la mañana.

-No se preocupe, lo haré yo misma, pero necesito que estén atentos a quien ingresa al regimiento y, por sobre todo, a mi oficina.

-Si comandante, con su permiso.

Oscar suspiró, inhaló profundo y guardó el sobre en su bolsillo. Salió de la oficina con la fuerte convicción de que debía encontrar al mensajero que había llevado esa carta. Era la única esperanza que tenía de comunicarse con André.

El soldado Alain Soissons dormitaba con los brazos detrás de su cabeza en su litera luego de una ardua guardia nocturna. No podía dormir debido al exceso de cansancio, aun así, los ojos se le cerraban automáticamente. Aunque lo intentó, no pudo sacar de su visión la figura de la recién llegada comandante. Quiso hacer un ejercicio de sinceridad consigo mismo, reconociendo que le alegraba volver a ver a la joven rubia durante la revista. De alguna manera, le agradaba su severidad, disciplina e, incluso, intransigencia, le parecía increíblemente atractiva su faceta de comandante mujer al mando de un grupo de hombres con fama de ser extremadamente violentos, pero que perdían todo poder ante cualquier solicitud de la mujer que los guiaba. La admiraba por su perseverancia en ganarse ese respeto, definitivamente lo estaba logrando, tenía la capacidad de manejarlos a su antojo y, no porque se comportara igual que un hombre, sino porque era realmente atemorizante su reacción ante cualquier tipo de error. Sonrío ante su imagen furiosa. Desde que la había visto junto a André en su inconsciencia luego de la golpiza, sabía que su personalidad no era solo de frialdad, sino que su corazón también era capaz de sentir, apasionarse y sufrir, y eso, le parecía fascinante. Salió de sus cavilaciones, cuando uno de los muchachos le avisó que debía ir al despacho de su superior. Se puso de pie rápidamente, se abotonó la guerrera y peinó con los dedos rápidamente el cabello. Salió a paso seguro de la barraca, extrañamente ansioso o, quizás, nervioso. Abrió la puerta sin golpear, cuadrándose de inmediato frente a la mujer.

-Alain, ¿cómo estás? - dijo la rubia esbozando una sonrisa.

-Bien comandante - contestó Soissons relajándose.

-Alain… - hizo una pausa para acercarse al muchacho - Nunca tuve la oportunidad de agradecerte por tu ayuda en el asunto de André. No sé qué hubiese pasado sin tu apoyo.

-No fue nada, André también es mi amigo. Espero que se encuentre mejor, sinceramente.

La muchacha sólo sonrió -Alain, te mandé a llamar porque necesito de tu ayuda… se trata de André. Actualmente, se encuentra en prisión.

-¿Qué? - preguntó con sorpresa - ese chico no deja de meterse en problemas… qué sucedió comandante.

-Es un caso complicado. Lo acusan de ser cómplice del caballero negro. El caso fue tomado por mi padre… y no me ha permitido verlo, está completamente aislado.

-Entiendo… - dijo tomándose la barbilla - pero no sé cómo podría ayudarla.

-Hoy encontré esto entre mis documentos - sacó de su bolsillo el maltrecho sobre. Se lo entregó,

-¿Qué es esto? - preguntó frunciendo el ceño y mirando con curiosidad el pedazo de papel.

-Una carta de André, no dice mucho, pero estoy completamente segura que es de él. Necesito saber cómo llegó a mi escritorio. Evidentemente esta persona tiene acceso a él y eso la convierte en la única opción que tengo de verlo o, al menos, comunicarme con él.

-Claro… - dijo sin entender mucho aún cómo ayudar.

-Necesito que investigues cómo es el funcionamiento en la prisión y, especialmente, quién tiene acceso a la celda de André. Si lo hago por mi misma, mi padre comenzará a sospechar y no llegaré muy lejos. Sólo en ti puedo confiar ahora, Alain.

-Puede contar conmigo, comandante - dijo sin dudar - Tengo un amigo que es guardia en la Concergieri, quizá él me pueda ayudar.

-Eso es perfecto, por favor, tómate todo el tiempo que necesites para llevar a cabo la investigación. Hablaré con Dagout para que puedas salir sin dificultades - se acercó un poco más al hombre poniendo una mano en el hombro. Alain se sobresaltó - muchas gracias Alain.

-Claro - dijo cuadrándose y saliendo rápidamente del lugar. El corazón le palpitaba con fuerza y sin saber por qué.

…..

Oscar miraba por la ventana de su oficina, cuando golpearon la puerta. Un guardia del ejército apareció frente a sus ojos.

- ¿Qué pasa? - le preguntó al verlo parado sin decir nada.

- Comandante, un mensajero ha traído una nota de su padre.

- ¿De mi padre? – preguntó sorprendida. Se acercó con rapidez al hombre que sostenía la nota extendida - gracias, se puede retirar - le ordenó abriendo con ansiedad el papel.

"Hoy te esperamos para cenar en familia. Tendremos una visita importante, por lo que no puedes faltar. Llega temprano."

Suspiró profundo, no estaba de ánimo para cenas y mucho menos para visitas de su padre. Arrugó el papel y lo lanzó con fuerza al piso.

Cuando Oscar llegó a la mansión subió con rapidez a su habitación para asearse y cambiarse de ropa. Pospuso su salida del regimiento lo que más pudo, no tenía ganas de eventos sociales, pero no quería seguir discutiendo con su padre o, al menos, no por el momento. Estaba cansada y triste y, ahora, tenía que fingir que cualquiera fuera el tema de conversación durante la cena, le interesaba. Cuando bajó, la comida ya se había servido. Se extrañó al ver a Girodelle sentado a la mesa. Miró a su mamá intentando dilucidar el misterio de la visita del joven conde, pero esta, extrañamente, bajó la mirada.

-Padre, madre, coronel, disculpen mi retraso, pero me fue imposible llegar antes - dijo sentándose a la mesa la joven rubia.

El general sólo la miró con seriedad sin hacer ningún comentario al respecto.

La muchacha pudo notar que el ambiente estaba totalmente enrarecido, pero no entendía por qué. Su madre, se veía evidentemente incómoda, su padre, demasiado serio y Girodelle casi avergonzado. Definitivamente, algo extraño estaba sucediendo. Comenzaron a comer en completo silencio, sin ni siquiera mirarse a los ojos. Cuando la situación comenzó a impacientar a la comandante, decidió hablar. Soltó a propósito la cuchara en el plato causando la perturbación del resto y se puso de pie.

-Padre, dudo que me hayas hecho venir con tanta urgencia para que simplemente comiéramos en silencio. Por favor, di lo que tengas que decir y acabemos con esto – dijo clavando su mirada azul fijamente en los ojos de su serio padre, quien no pronunció ni una sola palabra – qué pasa, ¡hablen! - insistió ante el silencio de los presentes.

La madre de Oscar la miró con angustia, mientras Girodelle se ponía de pie.

-Cálmese – le dijo con voz suave a la exasperada rubia – por favor, siéntese y beba un poco de vino – dijo acercándole la copa. Oscar lo miró con total frialdad, luego, miró a su madre y notó que estaba entre triste y angustiada. Se sentó, no porque Girodelle se lo hubiera pedido, sino por no causarle más sufrimiento a Madame Jarjayes. Tomó aire profundamente para encontrar nuevamente su centro.

-Hija… - habló finalmente el general – estamos aquí, ya que …

-Espere general – le interrumpió el joven mayor – permítame hablar con Mademoiselle Oscar.

- ¡Girodelle! – exclamó con violencia Oscar golpeando la mesa, tan molesta como si las palabras del joven fueran un insulto - ¡Mayor Girodelle! Creí que habíamos hablado de nuestro trato, no le permitiré que tenga ese tipo de…

-Usted ya no es mi superior - habló interrumpiéndola - ya no me puede dar órdenes, ya no soy su subordinado – dijo con suma serenidad el joven militar.

- ¿¡Qué!?- dijo Oscar abriendo sus grandes ojos azul záfiro, la impertinencia del joven había logrado desconcertarla.

-Desde que serví junto a usted en la guardia real, no he podido verla más que como una mujer, como una hermosa mujer. Y la amo, la amo, la amo con locura – confesó el joven sin atreverse a mirarla a los ojos.

Oscar lo miró incrédula, como si de una broma se tratara. Luego comenzó a reír a carcajadas – ¿esto es una broma, cierto? – preguntó mirando a sus padres – ¡madre, di algo! – pero Madame Jarjayes se mantuvo en silencio totalmente apenada.

-Mademoiselle… - Girodelle se volteó y tomó su mano, mirándola fijamente a los ojos. Oscar quedó completamente pasmada – Por favor, acépteme como su esposo, mi promesa es hacerla completamente feliz cada día de su vida – terminó plantándole un suave y devocional beso en el dorso de la mano.

- ¿De verdad? – preguntó ella con ironía - ¿Qué le hace pensar a usted que yo no soy feliz o que tiene la capacidad para acercarme a la felicidad?

- ¡Oscar! – la interrumpió su padre ante el riesgo de que sus palabras delataran sus verdaderos sentimientos.

- ¡Suélteme! – exclamó liberando con fuerza su mano de la mano de Girodelle – Si su pregunta es si lo acepto, mi respuesta es no. ¡Y espero que lo entienda!

-No es una pregunta, Oscar, es un hecho - sentenció el general Jarjayes en tono de orden - Te casaras con Girodelle.

-Padre, veo que insistes en quedar en ridículo frente a otras personas. No me casaré con el mayor Girodelle, ¡ni con nadie! – dijo levántandose para salir.

-Oscar, espera – su padre inhaló profundo para continuar – te casarás con Girodelle, esa es mi voluntad y la de tu madre – Oscar se detuvo sin voltear para escucharlo.

-Padre, ya no me someteré a tus deseos, nunca más. Entiéndelo por favor.

-Te casarás, aunque tenga que mantenerte prisionera en esta casa y llevarte amarrada al altar, pero te casaras.

- ¡Reignier! – exclamó la madre de Oscar con lágrimas en los ojos al escuchar sus palabras.

-Si ese es tu deseo, padre, no me opondré. Pero te advierto que primero tendrás que matarme. Será la única forma que encuentres para que me case con alguien a quien no amo, ¡y que nunca amaré! – dijo con total vehemencia la joven, utilizando el último aliento de aire que tenía dentro - Con vuestro permiso – y se retiró sin escuchar la orden severa de su padre para que volviera a la mesa.

Cerró la puerta de su habitación con violencia, tanto, que el estruendo retumbó por toda la mansión. Abrió la tapa de su piano de cola y, sin sentarse, comenzó a teclear con el dedo índice, sin ningún sentido. En ese momento, sintió toda la desesperación que le producía la actitud de su padre y la rabia se apoderó de ella. Totalmente enajenada, golpeaba con fuerza las teclas una y otra vez, hasta que se cansó. Cayó de rodillas frente al piano, apoyó las manos en el piso y lloró con profunda tristeza y congoja. Luego, totalmente desesperanzada, salió al balcón para sentir la brisa nocturna, si no estaba André, eso era lo único que podía hacerle volver a la calma. Pudo ver desde allí a Girodelle retirándose con rapidez de la mansión en su caballo. Sintió un profundo desprecio por él, solo por el hecho de prestarse para las jugarretas de su padre. En ese momento, el general entró a la habitación sorprendiéndola completamente imbuida en sus elucubraciones.

-Oscar – dijo acercándose a ella. La joven no se volteó a mirar.

-Padre, estoy cansada, déjame sola.

-Girodelle ya se marchó, tienen que conversar para arreglar los detalles de la boda. Quiero que sea lo antes posible – en su cabeza, el padre de Oscar planeaba arreglar una boda para su hija con urgencia. Una vez que estuviera casada, liberaría André. De esa forma, se les haría imposible siquiera volver a mirarse.

Oscar se volteó hacia su padre con los ojos inundados en lágrimas. El general se impactó al verla en ese estado.

- ¿Hasta cuándo jugarás conmigo, padre?

- ¿Qué dices, Oscar?

-He sido tu juguete desde que nací, has hecho conmigo lo que has querido… - un sollozo no le permitió continuar hablando.

El hombre bajó la mirada avergonzado. En el fondo de su corazón, sabía que su hija tenía razón, pero de ninguna forma permitiría que pusiera su honor familiar en peligro, eso era algo inconcebible para él y el apellido Jarjayes.

-Oscar, lo hago por tu bien, entiéndelo por favor, hija – dijo tomándola de los hombros. Oscar lo afirmó de la chaqueta con firmeza, sin dejar de mirarlo a los ojos.

-Por qué me quieres obligar a casarme con un hombre a quien no amo? ¿Por qué, padre? ¿Por qué, respóndeme, por qué? – pedía al hombre con total desesperación. El solo hecho de pensar en estar separada de André y no vivir su vida junto a él, la enloquecía.

El hombre la tomó de las muñecas y la separó para mirarla.

-Porque sé que tú y André… - ni siquiera se atrevía a pronunciar esas palabras que tanto le dolían en su orgullo.

- ¿Qué? – la joven abrió de par en par sus ojos sorprendida, no podía creer que su padre supiera de sus sentimientos por André.

-Así es, lo sé. Aunque siempre me haya mostrado como un padre frío y severo, sé qué hay en tu corazón – hizo una pausa para aclarar sus pensamientos – no puedo permitir que tengas amoríos con un plebeyo, ni que cometas una locura. Ustedes nunca podrán estar juntos, entiéndelo Oscar por favor.

-Padre… - la comandante aún estaba paralizada, no podía pronunciar palabra.

Entonces, el general decidió usar el último recurso que le quedaba para hacer entender a Oscar que nunca permitiría que estuviera con André - Mientras no aceptes casarte con Girodelle, André permanecerá encarcelado. Su libertad ahora queda en tus manos.

La muchacha quedó en parálisis total. El cuerpo no le respondía, sus pensamientos eran un torbellino. Tuvo que ahogar el llanto en su garganta, al tomar conciencia de las palabras que acababa de pronunciar su propio padre - Nunca te creí capaz de una vileza así, te desconozco - habló apenas en un hilo de voz - No me puedes obligar, no puedes decir…- dijo apretando los puños de las manos.

- ¡Si puedo! - la interrumpió severo - Es mi deber de padre protegerte a ti y a toda nuestra familia, si nos deshonras será algo que afecte a todos, no sólo a ti, sino también a tu madre, que siempre ha sido cercana a nuestra reina, a tus hermanas, a mi… ¿acaso no puedes entender eso muchachita insensata?

-Entonces me obligaras a hablar con la reina y contarle tu mal proceder en la investigación. No tienes ninguna prueba en contra de André y de Bernard Chatelet. La reina no admitirá ese error de tu parte - había decidido hablar en los mismos términos con su padre.

-No, no lo harás, - aseveró el general con total seguridad - Si haces eso André morirá.

-¿¡Qué! ? - preguntó consternada.

-En las cárceles siempre se arman motines y muchos mueren, a nadie le extrañará que un rebelde fallezca intentando escapar de su presidio - hizo una pausa antes de retirarse - te daré una semana, utiliza ese tiempo para reflexionar sobre tus acciones, sé que tomarás la mejor decisión para ti y tu familia.

Oscar quedó parada en medio de la habitación completamente consternada y, por sobre todo, decepcionada. Si algo bueno había aprendido de su padre, era la moralidad y ahora, con sus palabras, rompía ese hechizo en el que la había mantenido durante todos estos años. El hombre recto e intachable, se desmoronó frente a sus ojos para hacer valer su voluntad, por sobre sí mismo y sus valores de militar y persona. Nunca imaginó que las cosas llegarían a ese punto, estaba totalmente atada de manos. Casarse con Girodelle, de ninguna forma era una opción, porque sabía que eso sería lo mismo que matar a André en vida, pero dejarlo encarcelado, tampoco era concebible. Algo sí tenía claro: su padre estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias. Si se había atrevido a chantajearla de esa forma, no daría un paso atrás, cumpliría su objetivo de cualquier forma. Ella también en ese momento se desmoronaba desde dentro. Su espíritu rebelde y fiero se apagaba ante la amenaza de su padre, ¿cómo podría permitir que dañaran al único hombre que había amado en su vida y al único que, con plena seguridad, amaría hasta su último aliento? ¿Cómo podría seguir respirando sin su presencia constante, su consejo, su sonrisa? En ese momento creyó enloquecer, le dolía el pecho, le faltaba el aire, la vida la golpeaba con tanta fuerza que no se sentía capaz de continuar. No podía ver una salida de la oscuridad en la cual la habían obligado a sumirse. Ni siquiera la esperanza de su amor podía resucitarla. ¿Cuánto más tendría que suceder para poder estar con André?

¡Uuufff! ¡Pensé que nunca terminaría este capítulo! Pero ahí está… realmente espero que lo disfruten. No tuvimos mucha presencia de André, pero ya aparecerá en gloria y majestad, yo lo extrañé, es bueno poniendo paños fríos a las situaciones complejas.

Les agradezco mucho por los lindos comentarios recibidos, ellos me impulsaron a terminar esta entrega antes de lo que había planeado.

¡Nos vemos en la próxima!