Capítulo 8: Mi querida Oscar
Tres días antes…
El arrebol de la tarde que comenzaba a cubrir la piel perlada de la joven rubia, mantenía en un estado de total embeleso a André Grandier. Siempre que sucedía, el joven se quedaba en un estado de latencia, queriendo detener el tiempo por siempre para no dejar escapar ninguna sensación, pensamiento o emoción que pudiera surgir de ese mágico momento. Por costumbre, siempre cabalgaba unos centímetros más atrás que Oscar, lo cual le permitía observarla con atención y en detalle. Su melena rubia se meneaba al compás de cada paso del noble corcel que sostenía su cuerpo. Sus largas piernas permanecían firmes a los costados, dándole un porte y seguridad que muy pocas veces había visto en un jinete. Aquella tarde, iba con la mirada fija hacia el frente, estaba molesta, intentando canalizar su frustración en un silencio que al muchacho le pareció demasiado extenso. Nunca le había gustado perder o que no se hiciera su voluntad y, aquel día había tenido que, por primera vez, aceptar los deseos de su compañero. André, sabía que no era fácil para ella, sin embargo, valoraba que al menos hiciera el intento de no desafiarlo a una pelea o un duelo de espadas. Simplemente guardó silencio. El muchacho se detuvo de improviso mirando cómo la joven ni siquiera se percataba de que se estaba alejando sola.
- ¡Oscar! - la llamó desde su lugar. La muchacha se detuvo en seco al escuchar su nombre - ¡Ven a ver esto! - dijo con una sonrisa en el rostro. Oscar se devolvió con absoluta calma, guiando a su caballo para quedar justo al lado del caballo de André. Se sorprendió al ver la hermosa vista del atardecer desde la colina en la que se encontraban. Le pareció un hermoso y fascinante juego de colores esfumados y ardientes, llamas de luz que poco a poco se apagaban para transformarse en oscuridad. André la miró de reojo, conmovido por la expresión de su rostro. A la luz escarlata, sus rasgos se perfilaban en completa perfección. De pronto, la imaginó como una esfinge egipcia, de esas que sólo había visto en los libros de historia en su niñez, completamente seria, pero hermosa, perfecta. Su diosa al fin sonreía, su amor al fin encontraba la felicidad. André extendió su mano hacia ella, ofreciéndosela así, completamente vacía, pero llena de amor y devoción. Oscar, sin dudar ni un segundo, correspondió de inmediato al noble gesto del muchacho. Entrelazaron sus dedos en perfecta comunión, cada espacio entre ellos era perfecto para el otro, como si hubiesen sido esculpidos por el mismo autor. No supieron cuánto tiempo demoró en terminar de esconderse el sol en la línea del horizonte, pero se quedaron tomados de las manos hasta que llegó la oscuridad. Cuando ya no había mucho más que ver, sin palabras, comenzaron a soltarse con lentitud, como si esa fuera la última vez que sentirían el cálido tacto del otro en sus manos. Emprendieron camino nuevamente hacia la mansión, sin prisa alguna, pero esta vez, uno al lado del otro y, extrañamente, con el corazón dividido en dos.
-André - habló finalmente Oscar - no quiero regresar a casa. No quiero separarme de ti. Quédate conmigo, no te vayas solo al regimiento - le pidió en tono suplicante.
André la miró con extrema dulzura. A pesar de todo, aún tenía energía para intentar disuadirlo de su decisión.
-Ya lo hablamos, Oscar. No creo ser capaz de disimular la felicidad que hay en mi corazón o de no acercarme a ti teniéndote tan cerca. Mírame, por favor - la obligó a detenerse a su lado, tomando las riendas de Cesar - Mañana nos veremos en el regimiento, será solo por esta noche. Por favor, prométeme que no estarás triste, no quiero verte así - dijo dándole un tierno beso en los labios.
Oscar lo miró fijamente, con las pupilas trémulas de miedo. Lo abrazó con fuerza, aferrándose a su cuello, absorbiendo su aroma, hundiendo sus dedos en la espesa mata de cabello negro. André se preocupó, ella nunca había sido tan aprensiva e insegura.
- ¿Qué pasa Oscar, por qué estás así? - preguntó cuando se dio cuenta que temblaba entre sus brazos.
-No es nada, es solo que… - no pudo terminar la frase, no podía ponerle un nombre a lo que estaba sintiendo.
André la separó un poco de su cuerpo para mirarla.
- ¿Tienes miedo?
Ella sólo asintió avergonzada con la cabeza, abrazándose nuevamente a él.
-Amor mío, no sufras, estaremos bien, ya verás - le dijo tratando de tranquilizarla, aunque, en el fondo de su corazón, algo le decía que quizás las cosas no serían tan así. Le dio un largo beso en la frente y, devolviéndole las riendas de Cesar, volvieron a retomar el paso.
Cuando estuvieron fuera de la mansión, André la tomó por sorpresa del cuello y la atrajo hacia su boca con desbordante pasión. Fue un largo beso. Oscar, que no había tenido tiempo de reaccionar, apenas logró poner entre sus manos el rostro de André. Cuando se separaron, lo obligó a que la mirara a los ojos y le prometiera que se verían a la mañana siguiente.
-Te lo prometo - había dicho él en un susurro de voz. El deseo de continuar besándola y sentir la calidez de su cuerpo, había tenido que ahogarlo en ese último beso. Sin pensarlo más, dio media vuelta y salió al galope de la mansión, sintiendo en su espalda la mirada constante de su amada compañera.
Ya se había internado profundamente en la espesa oscuridad cuando de pronto y tan solo a unos metros del regimiento, aparecieron en su camino cuatro guardias imperiales. Los reconoció de inmediato, habían estado al mando de Oscar durante años y, entre ellos, también estaba el conde de Girodelle, el antiguo subordinado de la comandante y actual jefe en la guardia imperial. Tuvo que frenar en seco al darse cuenta que los hombres no se apartarían de su camino, sino, todo lo contrario. Entre los cuatro, habían formado un bloque para impedirle el paso.
- ¿Usted es André Grandier? - preguntó uno de los hombres como si nunca hubiese visto antes al muchacho.
-Así es - respondió André con voz firme - ¿sucede algo?
Uno de los hombres sacó de su bolsillo un papel, el cual desenrolló con rapidez, aprestándose a leer su contenido.
-André Grandier, en nombre de nuestros monarcas Luis XVI y María Antonieta de Francia, usted queda bajo arresto por traición a la corona. Será llevado a la Conciergerie, en donde deberá esperar para ser sometido a juicio. Por favor, entréguenos sus pertenencias inmediatamente y no se mueva - solicitó el guardia mientras otro quitaba del caballo de André un pequeño bolso que colgaba a los costados. El muchacho estaba totalmente impactado. Le pareció no entender ni una sola palabra de lo que había escuchado, hasta que se vio desprovisto de sus cosas y con las manos atadas por delante del cuerpo. Recién, en ese momento, pudo reaccionar.
- ¡Esperen! - fue lo único que alcanzó a exclamar al darse cuenta de la situación en la que estaba - esto debe ser un error, yo no… - pero en eso, fue interrumpido por la figura de Girodelle, que se plantó frente a él.
-En nombre del respeto y aprecio que guardo por nuestra ex-comandante, te pido André que nos sigas sin hacer un escándalo. No me gustaría tener que usar mi rifle contigo, sé que Mademoiselle Oscar sufriría terriblemente si eso llegase a suceder.
André lo miró con furia, no por lo que le estaba haciendo, sino por la forma de referirse a Oscar, pero comprendió que estaba en una posición completamente desfavorable, por lo que usar la violencia o resistirse nada más empeoraría las cosas, por lo que sólo bajó la mirada y asintió con la cabeza.
-Has hecho una buena elección, André - dijo el conde con una sonrisa de satisfacción - ¡Vamos soldados! - ordenó jalando con fuerza las riendas de su caballo el cual, despavorido, levantó las patas delanteras y salió al galope. André, confundido aún y sin entender qué estaba pasando, como pudo, tomó las riendas y golpeó con sus talones los costados de su caballo, siguiendo al Mayor Girodelle y los guardias hacia su destino.
Cuando entraron por el estrecho y oscuro pasaje que daba a la prisión, el muchacho se pudo percatar de carretas desde donde bajaban otros prisioneros. Los hombres que salían de ahí no tenían el aspecto de ser delincuentes sino, muy probablemente, eran personas que se habían visto obligadas a delinquir, desesperadas por alimentar a sus familias. El lugar era sumamente frío y lúgubre, olía a humedad, una mezcla de encierro y orín. Le pareció, en ese momento, estar viviendo una pesadilla. No tenía idea de qué harían con él, ni mucho menos de por qué se encontraba metido en ese embrollo. Al bajar de su caballo con ayuda de uno de los guardias, caminó detrás de Girodelle, siendo observados con extrañeza por los gendarmes que resguardaban el lugar. Entraron a una pequeña oficina, que sólo tenía una silla y una mesa. Girodelle, con un gesto, le pidió que se sentara. André obedeció. Permaneció con los antebrazos apoyados en la mesa y la mirada fija en su dedos entrelazados.
- ¿Por qué me trajeron aquí? - se atrevió a preguntar luego de unos minutos de incómodo silencio, sin mirar a Girodelle.
-André, hemos encontrado pruebas que te inculpan de ser un rebelde, un antimonarquista.
El muchacho hizo una media sonrisa con sus labios - Eso no puede ser cierto, usted sabe eso Mayor Girodelle.
-Quizás lo dudaría si te hubieras quedado junto a Mademoiselle Oscar, pero decidiste emprender un nuevo rumbo… - comentó el hombre con tranquilidad.
-Eso no tiene nada que ver.
-Tal vez… - Girodelle hizo una pausa al dudar si continuar, sin embargo, hace mucho que tenía guardados esos sentimientos y palabras que salieron casi sin proponérselo - debo confesarte que siempre sentí envidia de ti.
- ¡¿Qué?! - preguntó asombrado André girando su cabeza para mirar hacia el militar. Pudo notar que, si bien el hombre que estaba a su lado se mantenía tranquilo, casi imperturbable, había algo de tensión en el gesto de su boca, durante todos sus años como valet de Oscar, había aprendido a leer esos signos de hipocresía en los nobles
-Sí, a pesar de que eres un plebeyo y nunca tuviste ni tendrás el estatus para hacerla tu esposa… siempre estuviste a su lado. Nunca la pude imaginar sin ti, eras como una sombra que era imposible de separar. Sus destinos siempre estuvieron unidos… aunque, no puedo negar, que vi una luz de esperanza cuando te fuiste - esbozó una leve sonrisa, luego, sombrío, puso su mano sobre la frente - no sé en qué estabas pensando cuando te fuiste – como si la decisión de André, hubiese sido el acto más estúpido que pudiera realizar una persona.
- ¿Y eso es lo que lo lleva a este punto y a mí también? - preguntó André frunciendo el ceño.
Una sonrisa irónica salió de los labios del militar - Claro que no André, no te des tanta importancia porque te aseguro que no la tienes. Nunca fuiste ni serás competencia para mí. Y, te aclaro, no hay ningún punto, solo evidencias. Te has traído hasta aquí tú mismo.
André volvió a bajar la mirada. Recordó el calor y la suavidad de las manos de la joven rubia hacía unas horas atrás, sus palabras, sus húmedos labios, su esperanza de verlo al día siguiente. Eso le dio el coraje para continuar hablando - Oscar no es un trofeo por el cual usted tenga que pelear, ni mucho menos ganar. Ella es un ser humano libre, por lo tanto, siempre hará lo que le plazca… y, lamento decirle, que usted no está entre sus planes. En cuanto a esas supuestas pruebas que tiene en mi contra, sé que no existen y, si así fuera, tengo plena certeza de que son completamente falsas. Tampoco crea que le será tan fácil retenerme aquí, tarde o temprano se sabrá la verdad.
Cuando Girodelle iba a objetar las palabras de André, ingresó un soldado interrumpiendo la calurosa conversación que mantenían ambos hombres.
-Disculpe Comandante - dijo el hombre haciendo un saludo militar - el general Jarjayes lo solicita en su casa de manera urgente.
-Iré de inmediato - respondió, no sin antes detenerse para dirigirse nuevamente al prisionero - tenemos una conversación pendiente, André Grandier - sentenció saliendo con rapidez del lugar.
André se quedó sin saber qué decir o hacer. Apretó los puños con fuerza y golpeó la mesa con sus manos. Se tomó la cabeza, sintiendo como crecía la impotencia en su pecho. Las sienes le latían con fuerza, el corazón parecía que iba a estallar. Presentía que las cosas se estaban complicando, quien fuera que lo mantuviera en ese lugar, no lo liberaría tan fácilmente. Lo que estaba pasando superaba la lógica de un arresto normal y el objetivo, suponía, era provocarle daño. No se atrevió a culpar a Girodelle. Siempre supo que estaba enamorado de Oscar, nunca la había mirado como un subordinado, sino con ojos de pasión, una pasión que él conocía muy bien, porque también la sentía. En razón a esto, no lo creía capaz de hacer algo tan bajo solo por conseguir su atención… o su amor. Pero, no podía negar que sabía que, si el hombre tenía la posibilidad de utilizar su estatus y su amistad con el general para intentar hacer a Oscar su esposa, lo haría. Quizás eso lo atemorizaba más que cualquier otra cosa, porque prefería morir, antes que verla en brazos de otro hombre. Negó con su cabeza ante esta idea, no era el momento de que sus pensamientos se apoderaran de él y lo llenaran de miedo. Oscar estaba afuera, esperándolo y le dolía profundamente no haber podido cumplir su promesa. Ya no se verían a la mañana siguiente y, quizás, en mucho tiempo más.
No supo cuánto tiempo permaneció dentro de la pequeña y oscura oficina, pero fueron largas horas despierto, especulando en su cabeza qué podría haber sucedido para llegar ahí. En sus cavilaciones, todas distintas y en distintos escenarios, no encontró paz y mucho menos respuestas. Se intentó frotar las manos para generar calor, sentía que se estaba congelando y ni siquiera tenía un espacio para caminar y permanecer activo. Sacudió sus piernas y brazos y movió la cabeza en círculos para evitar la tensión que se estaba generando al permanecer mucho tiempo en la misma posición. De pronto, apareció en la puerta un guardia de la prisión.
- ¡Grandier! - dijo casi en un grito - ponte de pie, te llevaremos a tu celda. El muchacho, antes de que el soldado terminara la frase, ya estaba parado con firmeza, a la expectativa de lo que iba a suceder. El hombre lo tomó del brazo y, prácticamente a empujones, lo sacó del lugar. André cerró los ojos frente a la clara luz de la mañana, había amanecido, quizás hace un par de horas, calculó. Caminaron hasta otra oficina, en donde el secretario del lugar le hizo varias preguntas que tuvo que responder con rapidez. Luego, fue dirigido junto a otros hombres, hacia un pabellón con varias celdas compartidas por al menos, cuatro o cinco personas.
-Tú espéranos acá - le ordenó con brusquedad mientras abría una de las puertas y tiraba dentro al resto de los hombres que los acompañaban. Cuando terminó de ingresar a todos a través del largo pasillo, llegaron hasta el fondo, un calabozo con anchos barrotes y, por donde apenas un halo de luz ingresaba por una pequeña ventana. El soldado abrió la reja ordenándole que entrara. Una vez dentro, le desató las manos y, sin pronunciar palabra, salió con rapidez, no sin antes asegurarse de que hubiese quedado completamente cerrada la puerta de la celda. André se quedó observándolo por el pasillo hasta que desapareció por completo. Estaba en un estado de total perplejidad, con la cabeza afirmada entre los barrotes, aún incrédulo y desesperanzado. En el lugar, se podía escuchar el murmullo de las conversaciones que mantenían el resto de los prisioneros, también sollozos, lamentos de dolor; gritos desquiciados. Se estremeció por completo. Nunca en toda su vida había estado en un lugar así y ahora, no sabía si algún día podría salir. Se volteó para mirar hacia el fondo del calabozo. Había un catre de madera sin colchón y, sobre él, una manta; justo al lado, sobre una pequeña y vieja mesa una vasija y debajo un tiesto que supuso era para orinar. El resto, era oscuridad, humedad por doquier y el leve hilo de luz que ingresaba por la minúscula ventana. Suspiró profundo llevándose las manos a la cabeza. Sólo la imagen de su amada Oscar lo sacaba de ese momento de total consternación. Volvió a acercarse a los barrotes de la reja para respirar un poco de aire, ahí se quedó con los ojos cerrados por algunos segundos.
-Pss… psss… - escuchó de pronto desde algún lugar que no logró detectar – André … André… - lo llamaba una voz que apenas escuchaba. Intentó meter su cabeza entre los barrotes para mirar un poco más allá. Entonces, se dio cuenta que su celda colindaba a otra que apenas se veía, ya que la entrada era solo una vieja puerta de madera con una ventanita en su lado superior. Siguió el ruido a través de la pared, percatándose de la existencia de un orificio de unos diez centímetros de diámetro. Desde ahí salía la voz.
- ¿Quién eres? – le preguntó en un murmullo mientras se ponía en cuclillas para mirar. Frunció el ceño al escuchar el resoplar del hombre de al lado.
- ¡Bernard! ¿Quién más podría ser? Tonto - exclamó el periodista a través del orificio.
- ¡Oh, Bernard! ¡Bernard! Qué alegría amigo - se acercó un poco hacia el costado para escucharlo mejor - ¿por qué estás aquí?, ¿qué pasó?
-Llegaron a mi casa de improviso, una tropa de guardias imperiales. Revolvieron todo… y ya sabes lo que encontraron. El general a cargo, un hombre ya mayor, ordenó de inmediato mi detención, aduciendo a que había encontrado al caballero negro.
-Pero, ¿qué pruebas tienen para mantenerte aquí y además acusado de ser ese hombre?
-No lo sé, pero sí sé que no tienen pruebas de nada - aseveró con total vehemencia.
-Dime Bernard, ¿eres el caballero negro? - El periodista guardó silencio – hace unos días atrás, Oscar y yo casi atrapamos a ese hombre, pero lo perdimos cerca de tu casa… respóndeme por favor Bernard, ¿eres sí o no el caballero negro?
-André, amigo, lamentablemente eso es algo que no puedo responder… lo siento – contestó Bernard con un tono que delataba tristeza y misterio.
André abrió sus grandes ojos verdes - ¿Cómo que no? Estamos metidos en este lío porque esas personas creen que eres el caballero negro y ¿no te puedes sincerar conmigo?
-André, entiéndelo - replicó Bernard - esto involucra a muchas más personas, hay información de la que no puedo hablar con nadie, ni siquiera con Rosalie.
-No sé si has tomado conciencia del lugar en el que estamos… es una prisión, acusados de alta traición a la corona, ¿crees que puede haber un panorama peor que este?
-Claro que sí André, como se nota que no sabes nada de la vida. Morir de hambre de a poco es mucho peor que esto; ver a tus hijos suplicar por un trozo de pan, o trabajar día y noche como un esclavo sin descanso, también es peor que esto. Cualquier sacrificio que hagamos para cambiar esa situación y revertir las injusticias, no es nada, ¿lo entiendes? - Bernard suspiró - Creo que eres demasiado joven e idealista a veces, esta es la verdadera batalla que debemos librar, lo que has leído en libros son solo palabras. ¡Esta es la realidad!
André guardó silencio por un rato. Bernard tenía razón, concluyó, él había crecido en una mansión de nobles, con libre acceso a alimentos, a educación, el calor de un hogar, a su abuela, a Oscar. Para ser un plebeyo, era un hombre con mucha suerte.
-Tienes razón – confesó con honestidad – pero igualmente es injusto que nos mantengan aquí. ¿Has podido ver a Rosalie?
-No. De un momento a otro me cambiaron a este calabozo, no sé qué habrá sucedido, pero es bastante extraño. No es común que se mantengan a dos simples sospechosos en completo aislamiento, ni siquiera tienen pruebas. Esto debe ser obra de alguien importante…
-Espera Bernard – le interrumpió André - ¿recuerdas cómo era el hombre que ordenó tu detención?
-Claro que sí, era un hombre mayor, muy alto, ojos de un azul muy intenso, con uniforme de general. Tenía un tono de mando y una mirada que realmente asustaban.
-Su nombre, será quizás General Jarjayes, ¿se te hace conocido ese nombre?
El periodista se quedó pensando por un rato - ¡Sí, creo que sí…! - luego hizo una pausa a su entusiasmo para volver a pensar - Pero… ese hombre… es…
-Sí Bernard - dijo André con resignación - Es el padre de Oscar, el hombre que me llevó a su casa para ser el valet de su hija.
-Entonces, él debe saber que estás acá, ¿o me equivoco?
-Supongo que sí – respondió André cabizbajo. No le gustaba lo que estaba pensando.
Al notar la pesadumbre que había nublado la voz del muchacho, Bernard decidió no seguir indagando - André, ve a descansar ahora, tienes que guardar energía para los días siguientes… serán difíciles, para ambos – le aconsejó el joven periodista.
-Está bien - dijo André y se fue con lentitud a recostar en el duro catre. Se reclinó de espalda, con el antebrazo izquierdo apoyado en su frente. Entre la oleada de pensamientos que vinieron a su mente, hubo uno que no le dio tregua de paz. Si el general era quien llevaba la investigación, quizás había sido él mismo quien había ordenado su detención, lo que no lograba comprender era el por qué, ¿qué había motivado al general a actuar de esa forma?
…..
- ¡André Grandier, ponte de pie! - gritó un gendarme mientras abría la celda. El joven prácticamente de un salto se levantó, aún un poco aturdido por el sueño y el cansancio.
El hombre le puso los grilletes en las muñecas por detrás de la espalda y, con un gesto, le indicó que caminara hacia adelante.
- ¿A dónde me lleva? - preguntó André ante el silencio del guardia.
-Simplemente camina y no hagas tantas preguntas - le ordenó secamente. Cuando salieron del largo pasillo, André se pudo percatar que aún no anochecía. Se dirigieron nuevamente hacia la pequeña oficina en donde había permanecido al llegar. Al entrar, un uniformado alto y corpulento, de facciones duras y acentuadas arrugas alrededor de los ojos y otro joven soldado, evidentemente novato, lo esperaban.
- ¡Monsieur Grandier! - exclamó el hombre con evidente ironía - Tome asiento por favor, lo estábamos esperando - miró al otro guardia flacuchento con una sonrisa en los labios al ver el gesto del muchacho - Esperamos que su estadía esté siendo placentera.
André prefirió no decir nada. Indudablemente, lo que se venía no era algo bueno.
-Soy el Sargento Fantin… y me han dado la misión de realizarle algunas preguntas, Monsieur Grandier - se sentó frente a él y lo miró fijamente. André hizo lo mismo. Decidió que no se amedrentaría ante su figura vigorosa y ruda. Había vivido bastantes cosas en su vida, como para comenzar a bajar la mirada ahora.
- ¿Por qué me mira así? - preguntó Fantin con tono intimidante. André continuó en silencio - ¡Le estoy haciendo una pregunta! - gritó golpeando la mesa con furia, elevándose levemente del asiento para acercar su rostro al del muchacho, con la clara intención de intimidarlo - ¿se cree muy listo? Cree que por haber sido el perro faldero de esa… esa… ¿cómo le llamarías tú a esa mujercita que juega a ser soldado, Louis? – preguntó mirando al joven guardia que lo observaba asustado.
-Eeeh… yo… yo… no sé señor… - titubeó nervioso Louis. El hombre puso los ojos en blanco al ver la inseguridad del soldado. Luego, volvió a mirar a André. Este, tenía los ojos incendiados de rabia, la respiración agitada y las manos empuñadas, intentando contener el impulso de lanzarse sobre el hombre.
-Vaya, veo que ahora parece que sí tiene deseos de responder - comentó sonriendo satisfecho al verlo alterado. Con una sola palabra, había logrado quebrantar la serenidad del joven. Se volvió a sentar relajado hacia atrás, cruzó los brazos en su pecho y continuó.
-Así que, ¿no le gustan las cosas como están y quiere cambiarlas?
- ¿Hay algo malo en eso? ¿No tenemos derecho a aspirar a algo mejor? - contrapreguntó André con mirada desafiante.
-Ja, ja, ja, ja - rió de buena gana el sargento - En nombre de Dios, no sea tan iluso, ¿usted cree que eso es posible? Las cosas nunca van a cambiar, espero que entienda eso… de lo contrario no le irá muy bien. Sería algo lamentable tener que destruir esa linda carita - sentenció.
André sólo lo miró en silencio. Había una rabia contenida en la mirada de ese hombre que lo hacía ver como un ser despiadado y caprichoso.
-Bien Monsieur Grandier, veo que nos estamos entendiendo. Ahora quiero que me hable sobre su amigo, el caballero negro, dónde y cómo opera y, por sobre todo, quienes son sus cómplices. Lo escucho - dijo cruzando los dedos de las manos sobre la mesa.
-Eso es algo que no puedo responder.
-Mmm… entiendo - dijo sarcásticamente haciendo un gesto con la cabeza al soldado. Este tomó su rifle con ambas manos y sin ni siquiera pensarlo, dio un golpe rápido y certero con la cantonera en las costillas del muchacho. Este se retorció de dolor sin quejarse, aguantando las náuseas provocadas por el golpe, su cuerpo temblaba completamente y gotas de sudor perlaron su frente. Inhaló profundo para recuperar la postura, mirando al sargento a medida que se recuperaba, este lo observaba con una media sonrisa en los labios - espero que esto le ayude a hablar. Ahora, por favor, responda, ya se habrá dado cuenta que me pone de muy mal humor el silencio.
-Ya le dije, no puedo responder eso. No sé quién es el caballero negro y, aunque lo supiera, jamás se lo diría. ¡Me puede matar si quiere, pero no hablaré! - terminó abriendo de par en par sus grandes ojos verdes.
El hombre lo miró con furia - ¡Insolente! - gritó propinándole un fuerte golpe de puño en el pómulo. André sintió de inmediato como la sangre, aún tibia, corría lentamente por su mejilla. La piel de la zona le latía, pero no más que el ardor que se estaba despertando en su pecho. No le quitó la mirada de encima al rudo hombre. Pensó que, si ese era su momento de morir, prefería hacerlo con valentía, sin miedo. El dolor físico pasaría, pero una traición, le dolería por siempre en su conciencia.
El hombre, al ver la rebeldía y tozudez del muchacho, volvió a levantar su mano empuñada con los ojos fulminantes de rabia
- ¡Sargento! - lo llamó con firmeza el Mayor Girodelle desde la puerta - ¿me puede explicar qué significa esto? - preguntó mirando a André, que ya tenía el cuello de la camisa empapado en sangre.
-Mayor… - balbuceó asustado el hombre cuadrándose ante él - interrogando al detenido, comandante - contestó con rapidez.
Girodelle lo miró con rudeza, conocía muy bien los interrogatorios de Fantin - salga inmediatamente, luego hablaré con usted para que aclaremos algunos puntos.
-Pero Mayor… yo… - replicó el hombre nervioso.
- ¡Salga ahora mismo sino quiere tener problemas por desobedecer la orden de un superior!
-Sí comandante - respondió resignado, saliendo seguido por su joven acompañante.
Girodelle se acercó a la mesa y se sentó en el lugar que anteriormente ocupaba Fantin. Suspiró al ver el golpe de André en el rostro.
-Como te puedes dar cuenta, aquí las cosas son muy diferentes a cómo eran en la guardia imperial, pero no tolero la violencia sin justificación. Lo lamento - dijo con sinceridad.
-Necesito hablar con Oscar - exigió André sin titubeos.
-No estás en una posición que te permita exigir nada.
- ¡Pero es mi derecho! - exclamó totalmente sobrepasado por la situación.
-Lo siento André, sin embargo, tendré una condescendencia contigo - dijo levantándose de la mesa y saliendo por la puerta. Luego de unos minutos, volvió acompañado por otro guardia imperial, quien puso sobre la mesa una pluma, tinta y un raído trozo de papel. Luego, le quitó los grilletes de las muñecas. André lo miró sorprendido - Tómalo como una forma de disculparme por lo ocurrido con tu rostro y como una oportunidad - André frunció el ceño - Mañana, Mademoiselle Oscar será mi prometida. Su padre, ha aprobado nuestro compromiso. Así que quizás, esta sea la última oportunidad que tengas de expresar tus verdaderos sentimientos hacia ella, porque una vez que estemos casados, jamás permitiré que te vuelvas a acercar a ella. Aprovéchalo, tienes cinco minutos - finalizó retirándose del lugar sin dar cabida a réplicas o comentarios.
André se sintió destrozado. Sus sospechas se hacían realidad, Girodelle pediría la mano de Oscar. Los ojos se le inundaron en lágrimas, se sentía miserable y contrariado. Tenía convicciones, claramente, y una de esas era que Oscar jamás permitiría que la obligaran a casarse, la conocía tan bien, que hasta podría adivinar su reacción ante una situación así. Furiosa, rebelde y, por sobre todo, luchando por su verdad y, en este caso, por la verdad de su corazón. Pero… la seguridad con la que habló Girodelle, era lo que lo venía atemorizando desde su conversación de la noche anterior. No sabía o, más bien, no entendía por qué Girodelle se atrevía a hablar de sus sentimientos tan abiertamente con él y con tanta seguridad y por qué lo veía como una amenaza. Había muchas contradicciones en todo lo ocurrido y, su instinto, lo llevaba a pensar en algo que parecía imposible, casi increíble, pero también probable. Salió de sus pensamientos al ver una gota de sangre sobre la mesa. Se limpió la mejilla con la manga de la camisa y se aprestó a escribir, le quedaba poco tiempo y debía darle a Oscar total seguridad de que saldría de ahí, porque lo haría, aunque tuviera que poner en riesgo su vida para hacerlo. Volvería a Oscar, vivo o muerto, pero estaría con ella nuevamente y, esta vez, para no separarse jamás.
Cuando el joven militar volvió a la oficina, André, había terminado de escribir, tenía las manos sobre sus rodillas, en una actitud de total calma y espera. Eso, impactó al conde, que siempre había visto al muchacho como una sombra detrás de Oscar, sin dar un paso hacia delante, si ella no lo daba. Se dio cuenta que nunca había tenido la oportunidad de apreciar el verdadero poder y valor que había detrás de esa figura casi mimetizada con su querida Oscar. Se acercó con lentitud hacia la mesa y tomó el papel entre sus finos dedos.
-Le doy mi palabra de que no la leeré y que será entregada a la brevedad a Mademoiselle Oscar – guardó el trozo de papel en el bolsillo de su chaqueta y se prestó a retirarse, pero no pudo evitar realizar un último comentario – La amo tanto o, quizás más, de lo que tú la amas. Por eso, no permitiré que sufra ningún tipo de daño y, mucho menos, una deshonra a su nombre y estatus. Si está en mis manos impedir eso, lucharé contra quien sea…
- ¿Y también cómo sea? – le interrumpió André de improviso – ¿Luchará además contra Oscar, conde de Girodelle? ¿Contra la libertad y sentimientos de una persona que tiene derecho a tomar sus propias decisiones? ¿Cree que eso es algo siquiera parecido al amor del que tanto habla y dice profesar hacia ella?
-Creo que hay algo que aún no entiendes, André. Somos personas que hemos nacido con un destino trazado, incluso tú, aunque quieras negarlo. El de Oscar y mío, es honrar nuestro nombre y linaje o, ¿por qué crees que no podemos casarnos con gente que está por debajo de nuestro estatus? Hay algo mucho más importante que la libertad o las decisiones y, eso es, el honor que nos da la sangre que corre por nuestras venas. Por tu parte, veo que tampoco te importa lo que suceda con Oscar, no te importa que sea rechazada por su familia, que pierda su buen nombre, su nobleza… todo, por ir en búsqueda de esa libertad. A eso, ¿también le llamas amor? – hizo una pausa para escuchar la réplica de André, pero este guardó silencio – Si estuviera en tu lugar, ¿sabes qué haría? Me iría muy lejos de aquí y ni siquiera intentaría acercarme a ella.
-Si estuviera en mi lugar, pero yo no soy un cobarde – sentenció mirándolo fijamente a los ojos.
Girodelle apretó los puños de sus manos para contenerse de no golpearlo. Salió de la habitación, llevándose con él las esperanzas de André y la indignación que le producía su actitud orgullosa y altiva. Caminó unos pasos enceguecido por la furia, pero se detuvo para pensar.
-Mírate nada más, alterado por las palabras sin sentido de un simple plebeyo – sonrió para sí mismo. Se sentía con plena seguridad de poder hacer feliz a Oscar y eso es lo que había determinado hacer. Tenía todo para ganar, pensó, pero aún así no lograba comprender de dónde surgía esa inseguridad que lo invadía.
….
Luego de su nuevamente acalorada conversación con Girodelle, André fue devuelto a su celda. Se tocó con una de las manos el costado por donde había recibido el fuerte golpe, evaluando si tenía alguna costilla rota, porque le estaba costando respirar. No obstante, se dio cuenta, que no era el dolor lo que le quitaba la respiración, sino la angustia de no poder ver a Oscar, apoyarla y protegerla de lo que estaba por venir - lo lamento amor mío - susurró casi imperceptiblemente. Con cuidado, se recostó de espaldas sobre el catre, le estaba doliendo más de lo que esperaba el cuerpo, la mejilla, el corazón. Su única esperanza, era que Oscar leyera la carta y supiera que aún vivía y que saldría para volver con ella. Cerró los ojos con lentitud, recordando el bello rostro de la joven y su sonrisa que lo animaba a seguir viviendo. En su mente, siempre había sido libre para adorarlo con dulzura y fiereza.
Sin quererlo, también vino a su cabeza la conversación con el Mayor Girodelle. Entendía, en ese momento, de dónde provenía la seguridad que mantenía el conde de salir airoso de todo esto. Tenía los medios para reclamar lo que quisiera o, al menos, podía intentarlo. Pero el amor de esa mujer, no era algo transable. Sabía que nunca podría corresponderle.
Se sorprendió de sí mismo al evocar el diálogo entre ambos. Sus palabras, en otras circunstancias, podrían haberle costado la vida o, al menos, un buen castigo. Pero no se arrepentía de nada. Jamás pediría perdón o permiso para defender a la mujer que amaba. Hace mucho tiempo que había jurado protegerla y dar su vida por ella y le indignaba que fuera tratada como un objeto sin voluntad, intercambiable. Se movió un poco para acomodarse, pero la punzada que sintió en el lado del golpe lo paralizó. Se quejó levemente, teniendo que inhalar profundamente para amortiguar el dolor. Una vez que se sintió preparado, se sentó de una sola vez. Miró sus manos sucias y ensangrentadas… no podía explicarse a sí mismo nada de lo que estaba pasando. Se preguntó qué estaría haciendo Oscar en ese mismo momento. Ya era tarde, quizás dormía o tomaba una copa de vino junto a la chimenea. ¿Qué pensaría ella de todo este embuste y patrañas? ¿Intentaría buscarlo, acercarse a él? ¿Creería en su inocencia? ¡Por Dios!, exclamó. Por segundos pensó que estaba perdiendo la razón. Tantos pensamientos y cuestionamientos lo abrumaron hasta la desesperación, quería gritar, abrir esa reja con sus propias manos y salir corriendo al encuentro con la mujer que le quitaba el sueño, la respiración y, a veces, incluso la vida. Ya le era imposible vivir sin ella, sin el roce suave de sus labios, la calidez de su cuerpo junto al de él, la verdad de su pecho, la estrechez de sus piernas alrededor de su cintura. Cerró los ojos intentando olvidar esas imágenes, pero eso tampoco le era permitido, ya no era un hombre libre, necesitaba el aliento de ella, su complemento, su pasión, su ternura inocente. ¡Dios mío! - suplicó en silencio - Ayúdame, Dios, ayúdame.
…..
Tal y como se lo había ordenado la comandante del Regimiento B, apenas terminaron su charla en la oficina, el soldado Alain Soissons, se aprestó fuera de la Conciergerie para vigilar el movimiento del lugar. Caminó sin ningún tipo de resguardo por el pasaje que lo llevaría al patio principal del lugar en el que estaba recluido André Grandier. Cuando estaba a apenas unos pasos de cruzar la entrada, fue detenido por dos gendarmes del lugar.
- ¿A dónde cree que va señor? - preguntó uno de los hombres sosteniendo con firmeza el rifle que se cruzaba al de su compañero. Alain lo miró con soltura.
-Tranquilos chicos - les dijo con naturalidad - vengo a visitar a un amigo que trabaja aquí, traigo noticias importantes de su familia - mintió sin ningún tipo de reparo. Uno de los soldados lo miró arqueando una ceja.
- ¿Y quién es su amigo? - preguntó suspicaz.
-Su nombre es Martin Belier, sé que está a cargo del pabellón C. Vamos, déjenme pasar que esto es importante y tengo prisa.
Los hombres se miraron entre sí dudosos.
-Yo lo acompañaré - le dijo uno de los muchachos bajando su arma y, advirtiéndole con un gesto a su compañero, para que permaneciera atento a la guardia.
-No soy un criminal peligroso, si eso es lo que temes - se burló Alain al ver el rostro asustado del muchacho mientras caminaban.
-No creo eso señor, pero no puede un visitante circular libremente por este lugar - Alain simplemente lo miró con una sonrisa en los labios - Espere aquí, le avisaré que tiene visita, creo que está en su hora de descanso.
Unos minutos después, Martin Belier caminaba hacia Alain. Al verlo venir, este dudó de que lo recordara, ya que él no lo hubiese podido reconocer por sí mismo, estaba completamente cambiado.
El joven se quedó mirándolo por unos segundos.
- ¿Soissons? ¿Eres tú? - preguntó incrédulo.
- ¡Martin! ¿Ya no me recuerdas amigo?
-Claro que sí amigo - dijo dándole un fuerte abrazo - Tanto tiempo sin vernos… creo que la última vez fue en nuestro pueblo… ¿cómo está Dianne, y tu madre? ¿Ya te casaste?
-Hey, hey, son muchas preguntas… y la verdad, no tengo mucho tiempo - dijo mirando hacia todos lados.
- ¿Por qué estás aquí? No me digas que te has metido en problemas…
-No, no, no… pero un amigo sí. Necesito que me ayudes con algo.
Martin abrió los ojos sorprendido - claro - afirmó sin dudar - te escucho.
…
-La verdad, es un poco riesgoso llegar a ese tipo de prisioneros - le advirtió el muchacho luego de escuchar con atención la historia de André y las demandas de Alain - pero… tenemos una opción, en la cual al menos lo podrá ver y, con suerte, cruzar un par de palabras. Nadie sospecharía.
Alain sonrió alegre - te aseguró que está dispuesta a hacer cualquier cosa por verlo.
-Bien, pero antes tendrán que ir al lugar que les voy a indicar. Cuando estén ahí, no hablen con nadie más que con la persona que les diré. Y, por sobre todo Alain, yo negaré todo si los llegan a atrapar. No me involucres en esto, porque tengo una familia que depende de mí.
-Quédate tranquilo amigo, te aseguro que seremos muy cautelosos. Muchas gracias.
Y… se acabó el capítulo 8. Espero que lo hayan disfrutado. No sé mucho de historia, ni de cómo eran las cosas en una prisión en ese tiempo, pero me lo imaginé así, y así lo escribí. Espero que no sea tan aberrante, pero sí es así, es sólo fantasía, así que igual da lo mismo XD
MUCHAS GRACIAS por sus comentarios, me encanta recibirlos, así que si quieren, pueden dejar muchos más, no me enojo.
Y a las André lovers, espero no hayan sufrido mucho con este capítulo. La verdad es que me encanta MI André, es fuerte, valiente y empoderado… aunque a veces igual duda, bueno, excepto del amor de su Oscar jejejeje.
Muchos abrazos y espero estar por aquí muy pronto!
