Capítulo 9: Adiós o, hasta pronto, amor mío
A la mañana siguiente de la exuberante conversación que había mantenido Oscar con su padre, decidió pasar el menor tiempo posible en la mansión. Tenía que encontrar la forma de llegar a André y, si era posible, liberarlo de continuar en prisión. Su vida corría peligro y no volvería a arriesgarlo por su descuido. Llegó al Regimiento antes del amanecer, encerrándose en su oficina de inmediato. Se sentó en el escritorio agotada de todo lo que estaba sucediendo. Tenía que pensar, pero no podía, así como tampoco podía comer o respirar. Comenzó en su mente el cuestionamiento eterno del por qué había dado rienda suelta a sus sentimientos de esa forma, sin precauciones de ningún tipo. Sabía que su viaje a Normandía había sido un error casi imperdonable y que podría tener consecuencias fatales. Empuñó sus manos con ganas de golpear la mesa, pero no tenía fuerzas ni siquiera para enfurecerse. Hacía días que no dormía una noche completa y las palabras de su padre retumbaban aún en su cabeza. Toda la noche sus pensamientos habían girado en relación al mismo tema, y sólo vio una solución que podría ser extrema pero, además, dolorosa.
-Comandante - escuchó de pronto, viendo a Alain firme a su lado - ¿Está bien? - preguntó éste al verla tan taciturna y ojerosa.
Se exaltó levemente al verlo - Disculpa Alain, no te escuché entrar - dijo poniendo una de sus manos sobre su frente.
-Golpeé varias veces y como vi su caballo en el patio supuse que estaba aquí. Perdone por importunarla.
-No te preocupes, no es tu culpa, estoy un poco distraída hoy - confesó sin liberar su cabeza de su palma fría, sentía cierto alivio cuando hacía eso.
Alain se quedó mirándola fijamente
- ¿Qué pasa?- preguntó la comandante al sentir firme su mirada en ella - ¿Tienes noticias de lo que te pedí?
-Si comandante, yo…
- ¿De verdad? – preguntó interrumpiendo con la mirada vivaz e iluminada. Alain sintió que sus palabras habían sido como un milagro de vida para la joven, se había iluminado automáticamente. Se alegró por ello.
-Comandante, hablé con mi amigo ayer y tenemos una oportunidad de ver a André.
Ella se quedó pensando por un rato, volviendo a ensombrecerse. Se levantó de su silla para mirar por la ventana. Alain la observó atentamente mientras caminaba. Tenía el ceño fruncido, las manos empuñadas, la respiración agitada - ¿Me escuchó, comandante? Podrá ver a André - insistió al verla imbuida en sus pensamientos.
Oscar, se giró para mirarlo a los ojos.
-Sí, ya te escuché Alain, pero no iré, lamento haberte hecho perder tu tiempo - dijo girándose nuevamente hacia la ventana.
- ¿Qué? ¿A qué se refiere con que no irá? – preguntó extrañado.
-No iré a ese lugar a ver a André – respondió cortante.
- ¿Por qué? – Alain volvió a impresionarse.
Oscar tuvo que quedarse algunos segundos atenta a su respiración para no romper en llanto - No es algo que te pueda explicar ahora.
- ¿Cómo que no? - al ver el silencio de Oscar se exasperó. La tomó del brazo para girarla hacia él y poder mirarla - ¡Sabía que usted no sería capaz de corresponder a los sentimientos de André! ¿Piensa dejarlo en ese lugar sin hacer nada por él?
Oscar miró la mano de Alain que sostenía con exagerada fuerza su brazo. Este, al darse cuenta de que estaba presionando demasiado, temió hacerle daño, por lo que la liberó de inmediato
- Por supuesto que no. Jamás dejaría a André a su suerte, antes de eso… preferiría morir – habló con voz temblorosa.
-Entonces, ¿qué le sucede que está tomando esa actitud tan extraña e indiferente? André no se lo merece, él ha sacrificado su vida por usted.
-Alain, créeme que eso lo sé mejor que nadie - tuvo que hacer una pausa para recuperar el aliento antes de continuar hablando - Ya te dije que es algo que ahora no puedo explicar, sin embargo, necesito que le hagas llegar una carta, y que te asegures de que está bien. Conseguiré el permiso para que lo puedas visitar
Alain frunció el ceño - ¿cómo conseguirá el permiso? ¿no se supone que nadie lo puede ver? - preguntó desafiante ante la extraña sensación de desconfianza que le provocaba la conversación que mantenía con su comandante.
-No, pero tengo una forma, después de pensarlo mucho, tengo una forma de conseguirlo. Por favor, ayúdame - dijo tomándolo de la chaqueta, suplicante.
-Mmmm – murmuró el soldado con gesto desconfiado - Su actitud es muy sospechosa, comandante - quitó las manos de la muchacha de su cuerpo.
-Confía en mí, por favor - suplicó nuevamente. Su mirada expresaba tristeza y desesperación - Y ayúdame con André, esto no puedo hacerlo sola.
El soldado se quedó mirándola fijamente por un rato, ya que, por una parte, veía en la comandante sinceridad, pero por otro, su actitud le producía un sentimiento de desconfianza que no sabía explicar - Está bien – aceptó finalmente - pero esto lo haré por André, no por usted, que quede eso claro.
-Sí, lo entiendo, muchas gracias Alain, nos has ayudado tanto en el último tiempo, que no sé cómo retribuirlo – El soldado sólo guardó silencio - Ahora, por favor, déjame sola. Te llamaré cuando esté todo arreglado. Avisa que en una hora más pasaré revista.
-Sí comandante – respondió enérgico cuadrándose frente a ella.
-Gracias - susurró apenas Oscar ahogando un sollozo en la garganta. Volvió a sentarse en su escritorio. Tomó una pluma, tinta y papel y comenzó a escribir sin poder evitar que gruesas lágrimas humedecieran su rostro. Pidió perdón a Dios por lo que iba a hacer, pero no tenía otra alternativa. Era la vida o la muerte, y su opción siempre sería por la vida, especialmente si se trataba de la de André. Esperaba, también, con todo su corazón que él lo entendiera. Todo lo hacía por él, para salvarlo de la crueldad y egoísmo de su padre.
…
Durante el anochecer del día siguiente, Oscar, se dirigió a la biblioteca de la mansión. Ya no podía seguir evitando hablar con el general Jarjayes y dejar pasar un día más sin encontrar una solución a la situación de André y, a su propia vida. Llevaba las ideas completamente claras en su mente. Su padre no era un hombre fácil de convencer, pero no estaba en sus planes desistir de su objetivo. El general tendría que aceptar su propuesta, no había más alternativas para ella. Le doblaría la mano y las cosas se harían a su modo.
El padre de Oscar estaba muy concentrado leyendo unos documentos. Al sentir abrirse la puerta de la biblioteca, abrió los ojos al ver entrar a su hija. Hacía un par de noches que no la veía y pudo notarla extremadamente ojerosa y oscura, había vuelto a ser el espectro de hace meses atrás.
- ¿Podemos hablar, padre? – preguntó ella con total calma.
El hombre se quedó mirándola con sospecha, intentando descifrar qué sorpresa traía esa aparente serenidad en el nada dócil carácter de su hija.
-Siéntate, por favor - se miraron por unos segundos a los ojos, luego Oscar bajo la mirada - ¿Has tomado ya una decisión? ¿Te casarás con Girodelle? – preguntó ansioso por respuestas.
Oscar levantó la mirada nuevamente - Padre, no me casaré con Girodelle, ni con nadie – el general abrió los ojos de par en par - Tú me criaste como una persona con carácter y honor – continuó ella - Eso fue lo mejor que pude aprender de ti, sin embargo, también he aprendido en el último tiempo que ya no puedo ir más en contra de lo que siento y amo. Eso es lo que me enseñó André. Ya no puedo seguir fingiendo algo que no soy.
El hombre arqueó una ceja, dudoso - ¿Y quién eres ahora? ¿Una rebelde sin motivo ni causa? Porque no creo que puedas aprender otra cosa de una persona como André.
El cinismo de su padre impactó a Oscar y, al mismo tiempo, la asustaba. Nunca creyó que su padre pudiera ser tan ruin – Tú más que nadie sabe que las acusaciones contra André son falsas, ¿por qué insistes en esas ideas, padre? ¿por qué insistes en hacerle daño a una persona inocente?
- ¿Inocente? ¡Te sedujo! Y sólo Dios sabe con qué propósito.
- ¡Padre! ¡Toma consciencia de tus palabras! ¿No te das cuenta que ya soy una mujer adulta, que puede tener capacidad de decisión? ¿Tanto daña tu orgullo el no poder manejarme a tu antojo?
El hombre cerró los ojos y tomó aire para mantener la calma - ¿Por qué insistes en desobedecerme Oscar? ¿No te das cuenta de que todo lo que hago es por tu bien, por cuidar tu honor, tu carrera, tu buen nombre?
-Padre, todo lo que has hecho y haces no es por mí, sino por ti. Si lo hicieras pensando en mí realmente, no me pondrías entre la espada y la pared, no me chantajearías amenazando la vida de un hombre, obligándome a vivir una vida que no deseo vivir.
- ¡Oscar! – gritó el hombre mirándola con furia - Soy tu padre, no me faltes el respeto.
La chica lo miró con un coraje que no sabía de dónde salía, pero que debía utilizarlo en ese momento - Vamos a hacer un trato, padre – luego tomó aire - Prometo dejar de ver a André, ¡para siempre!
El hombre abrió sus ojos azules brillando de alegría y esperanza - ¿De verdad? ¿Estás hablando en serio Oscar?
-Sí padre - sentenció ella sin dar espacio para ninguna duda.
-Eso quiere decir que… - habló con una esperanza renovada el general.
-No, ya te lo dije – aclaró de inmediato las ideas que sabía se estaban gestando en la cabeza de su padre - Pero mi propuesta es, irme muy lejos de aquí. Si no puedo estar con André, no quiero estar con nadie. Me iré y viviré lejos del hombre que amo. Ya no soporto ser la causante de su sufrimiento y sé, que si estamos juntos, su vida será un calvario. Quiero que sea libre y pueda vivir según sus propias convicciones.
El hombre se puso de pie, afirmando las palmas de las manos en la base del escritorio - No puedo permitir eso, eres mi hija, mi heredero… ¿qué será de esta familia sin ti? ¿quién continuará con nuestro linaje?
Oscar también se puso de pie para quedar a su altura, había llegado el momento de usar toda la fuerza de la que disponía para no decaer - Si no aceptas, entonces como sea, sacaré a André de prisión y me casaré con él. No me importará morir, si muero junto a él. Tampoco me importará mancillar tu honor y el de toda esta familia.
El General la miró pasmado, herido profundamente en su orgullo - Ahora decide tú padre - agregó sin dejarlo hablar - Si quieres que yo, tu hija, siga con vida, acepta este trato. A cambio, te doy mi palabra que jamás me volveré a acercar a André.
-Hija, ¿te has vuelto loca? ¿Tanto lo amas que sacrificarás tu vida por él?
-Tú hubieras hecho lo mismo por mi madre, ¿o no? Y si, lo amo, sin él mi vida no tiene ningún sentido. Y si él muere, moriré con él y si vive, seré feliz de que viva, aunque no podamos estar juntos. Entonces, ¿qué prefieres, padre? ¿Una hija deshonrada y muerta o una hija viva, pero lejos de tu egoísmo y manipulación?
El hombre estaba en un completo estado de perplejidad. La convicción en las palabras de su hija lo habían dejado sin habla, casi sin opciones por las cuales pelear. Salió de su lugar para ganar tiempo y pensar. Se paseó con las manos atrás y la cabeza gacha, yendo de la ventana hasta la puerta y viceversa, pensando en que Oscar era exactamente como él y, por eso, nunca sabía cómo actuar frente a ella o convencerla de hacer lo que él quisiera que hiciera. Se detuvo frente a la ventana, imaginando la vida sin la muchacha, con quien siempre había sido tan cercano. Sintió una leve punzada en el pecho, el corazón se le recogió. Trató de recordar cuándo había perdido esa cuota de ternura que siempre conservaba para sus hijas y su esposa, cuándo había perdido la capacidad de sentir y de amar. Ahora, ni eso le quedaba, toda su vida se había teñido de frialdad, orgullo y vanidad. Se estaba convirtiendo en una persona que sólo se guiaba por su voluntad y por las normas impuestas por una sociedad superficial, sin corazón. Y, con sinceridad hacia sí mismo, se convenció de no tener más fuerzas para luchar contra eso, no sabía cómo hacerlo. Prefirió dejar todos esos pensamientos guardados en el fondo de su corazón, de nada le servían si no era capaz de defender lo que por derecho le pertenecía. ¿Qué dirían los nobles de la corte si se enteraban que Oscar andaba en amoríos con André? Nadie aceptaría una unión de ese tipo, y ¿a dónde quedaría el apellido Jarjayes? Se impuso la idea de que era una situación que ameritaba de frialdad y, como buen militar, también estrategia.
- ¿A dónde vas a ir? – preguntó finalmente. Por el momento, lo que más le convenía era que Oscar se fuera, a sabiendas de que jamás la convencería de casarse con alguien más que no fuese André. Luego vería cómo hacer para que regresara.
-No lo sé – respondió Oscar ya agotada - A un lugar donde nadie me conozca.
- ¿Y cómo te asegurarás de que André no te encuentre? - conocía muy bien a ese muchacho y también su persistencia en proteger a Oscar, no creyó que fuese tan fácil para ella sacarlo de su vida, sin embargo, prefirió dar crédito a las palabras de su hija y a su convicción para asegurar lo que a él le parecía imposible.
-Yo me encargaré de eso. Pero me debes dar tu palabra de que será liberado sin ningún tipo de condiciones, ni cargos. Totalmente limpio.
-Está bien, te doy mi palabra - aceptó luego de un momento de rápida evaluación. La situación le favorecía desde cualquier perspectiva - Apenas te marches, los cargos serán retirados.
Oscar lo miró satisfecha - Padre, necesito pedirte algo más.
- ¿Qué? – preguntó fríamente mientras volvía a sentarse en su escritorio.
-Quiero que uno de mis soldados lo pueda visitar y hacerse cargo de cualquier cosa que necesite. Me quiero asegurar de que estará bien.
-De acuerdo, que lo visite - dijo llevando su atención a los documentos que revisaba anteriormente – Pero tú tienes estrictamente prohibido acercarte a ese lugar, si lo haces, me olvidaré de nuestro trato.
Oscar lo miró con rabia - Gracias – musitó retirándose inmediatamente.
Caminó rápidamente hacia su habitación, cerrando inmediatamente la puerta tras de sí. No pudo seguir avanzando más allá, las piernas le temblaban. Puso su mano sobre su estómago y respiró con profundidad para evitar una nausea. Una vez que estuvo libre de ella, apoyó su espalda en la puerta, sin poder contener por más tiempo el llanto. Se deslizó hacia abajo hasta caer sentada, llorando sin consuelo, con la cabeza entre sus rodillas, maldiciendo su destino y deseando estar con André; sin creerse, aún, su renuncia a él, a seguir siendo ella misma, a su felicidad. Todo lo había lanzado por la borda y ya no tenía vuelta atrás. Suplicó, otra vez, por perdón. Se sentía sola, huérfana de afectos, ansiosa del amor del hombre al que siempre había amado. Pero ahora, nuevamente, ya no tenía nada. Sólo recuerdos y unas manos completamente vacías.
…
Al abrirse la puerta del pabellón en donde se encontraba André Grandier recluido, Alain se sorprendió. Jamás imaginó que ese lugar pudiera ser tan miserable y oscuro. Caminó con calma junto al guardia que lo guiaba, mirando con atención dentro de cada celda los rostros demacrados de los hombres que las habitaban. Cuando llegaron al fondo del pasillo, en donde se encontraba André, todo se había vuelto aún más oscuro. El guardia habló por entre los barrotes levantando la voz para hacerse notar por el prisionero.
- ¡André Grandier, tienes una visita! – al escuchar estas palabras André, que se encontraba recostado, fraguó en su mente de inmediato la imagen de Oscar. Se puso de pie con agilidad, a pesar del dolor corporal debido a la incomodidad y el golpe recibido días atrás, que aún le impedía moverse con naturalidad. Abrió totalmente decepcionado sus ojos verdes al ver la figura del fornido soldado frente a él.
- ¡Alain! – exclamó disimulando su desilusión. Se acercó hacia su amigo para verlo mejor. Este, igualmente, no cabía en su asombro. André lucía muy malogrado, estaba notoriamente más delgado, con la barba crecida y la ropa sucia. Tenía el pómulo inflamado, adornándolo con un corte que se hacía evidente a pesar del color amoratado de la piel.
-Al parecer ya te metiste en problemas, André – habló intentando bromear - ¿qué le pasó a tu cara?
- ¿Qué haces aquí? – preguntó omitiendo por completo la pregunta de Alain.
- ¿Es que no te alegra verme amigo? - sonrió apenas.
-No, no es eso Alain, pero se suponía que las visitas estaban prohibidas – se explicó nervioso, ya que, en realidad, lo que quería preguntar era que por qué él estaba ahí y no Oscar.
-Sí, es cierto. La comandante consiguió el permiso… no sé cómo lo hizo, pero lo logró.
André frunció el ceño - Y ¿dónde está Oscar, por qué no vino contigo?
-Me pidió que te entregara esto – dijo extendiendo la mano que contenía un papel perfectamente plegado, con el sello de la familia Jarjayes. André lo tomó y se quedó mirándolo por un buen rato.
-Gracias – musitó finalmente. Estaba paralizado, lo que estaba sucediendo no era normal. Inmediatamente, su mente comenzó a especular en diferentes supuestos del por qué de la ausencia de Oscar.
-¿No la vas a leer? – preguntó Alain también curioso por su contenido.
-Sí, claro… - respondió André dubitativo. El corazón le latía con rapidez. Se sentó en el borde del catre, desplegando con lentitud los papeles. Alain lo miraba atentamente, poniendo especial atención a las expresiones de su rostro, las cuales, permanecían completamente frías y serias. Luego de leer las tres hojas, André permaneció en un estado de total consternación, completamente inmóvil, sin pronunciar ni una sola palabra. Volvió a plegar los papeles con sumo cuidado y los dejo a un lado. Se puso de pie y caminó en dirección hacia Alain. Este, pudo notar la tristeza en los ojos del muchacho y sintió compasión por él, porque siempre había sabido que el amor que profesaba hacia aquella mujer terminaría destruyéndolo.
- ¿Qué sucede André, estás bien? – decidió preguntar Alain ante el terrible estado del joven.
-Oscar… se irá.
- ¿Cómo que se irá, a dónde?
-No lo sé. Al parecer ni ella misma lo sabe - contestó aún consternado por el contenido de la carta.
- ¿Pero, por qué? – insistió Alain al darse cuenta que no comprendía nada.
-Han pasado muchas cosas, Alain, y esto tiene que ver con su padre. Se enteró de nuestros sentimientos y ha hecho cosas realmente terribles – Al escuchar esto, Alain abrió los ojos de par en par al ver que, por el rostro de André, brotaban lágrimas que no pudo controlar. El muchacho se giró con rapidez para evitar la mirada de su amigo, se sentía avergonzado.
-Necesito pedirte un favor – dijo limpiándose el rostro con las manos.
-Lo que quieras - respondió inmediatamente el soldado.
André se giró nuevamente para mirarlo a los ojos - Ayúdame a escapar de aquí.
- ¿Qué?
-Lo que escuchaste, si me quedo un día más en este lugar no saldré con vida. El padre de Oscar me terminará asesinando apenas ella se marche.
- ¿Cómo estás tan seguro de eso?
-Porque lo conozco. Oscar prometió dejarme a cambio de que me devuelva la libertad, pero él no tomara ese riesgo, ¿entiendes?
-Claro que sí, pero ¿cómo lo haremos?
-Déjame pensarlo, necesito que me traigas tinta y papel… no podemos hablar de esto en este lugar, la única forma que tenemos de que nadie se entere será a través de las cartas.
-Está bien, lo conseguiré, pero, ¿estás seguro? Podrías morir.
-No me importa. Si Oscar no está conmigo, si no puede amarme ni yo a ella ¡nada me importa! – dijo con vehemencia.
-De acuerdo – asintió Alaín.
-Gracias amigo y otra cosa. Dile exactamente esto a Oscar: que no debe preocuparse, porque no la volveré a buscar. Que ya ha sido suficiente sufrimiento para ella y, por lo tanto, no es necesario que renuncie a todo por mí. Que entiendo que lo nuestro no tiene futuro y que, si salgo vivo de aquí, será para rehacer mi vida lo más lejos posible, donde no pueda volver a dañarla – pausó para tomar aliento - Y que, a pesar de todo, la entiendo y la perdono, desde el fondo de mi corazón - terminó en un hilo de voz.
Alain no podía creer lo que estaba escuchando. Aclaró la garganta para seguir hablando.
-Como quieras, André – dijo bajando la mirada – volveré con lo que me solicitaste, no te preocupes. También te traeré ropa limpia y comida, no luces nada bien.
-Gracias, amigo – dijo sacando su mano por entre los barrotes para despedirse de Alain.
Cuando el soldado se marchó, André volvió a sentarse en el catre de madera. Tomó la carta entre sus manos e intentó percibir si aún conservaba el aroma de las manos de Oscar. Inhaló con profundidad, pero no había ni una sola huella. Afirmó los codos en sus rodillas y se revolvió el pelo con las manos. Le dolía el pecho. Nuevamente, el destino lo estaba poniendo a prueba, interponiendo la incertidumbre y soledad como barrera. Quería salir de ahí y luchar, quizás, para al menos morir como un hombre libre. Porque, separado de su amada Oscar, no sabía cuánto más podría resistir. Necesitaba pensar cómo salir de ahí. Ya no quería volver a someterse a los mandatos del General, les había provocado suficiente daño y no permitiría que lo hiciera nunca más. Se recostó de espaldas, aún con el papel entre sus manos. Lo arrugó con ímpetu y lo lanzó al piso con fuerza. Sentía ese deseo incontrolable de tener el apoyo que Oscar le brindaba en momentos como ése. Se lamentó de sí mismo, al verse en la obligación de aceptar que, de ahora en adelante, tendría que continuar solo. Suspiró profundamente, aún quería vivir, aunque solo fuera para mantener viva la llama del amor que siempre sentiría por la hermosa comandante.
….
-Bienvenida mi niña – dijo sonriendo la nana al ver llegar a Oscar.
-Gracias nana – respondió ella mirándola con preocupación, se veía entre enojada y angustiada - ¿qué pasa, te sientes mal? – preguntó poniendo su mano en la mejilla de la anciana, quien parecía iba a estallar de furia.
-Tienes una visita, está en el salón principal – dijo quitándole de las manos sus cosas a Oscar – ese hombrecito insiste en venir a esta casa, muy educado será, pero es una persona muy insistente – sentenció yéndose con rapidez hacia la cocina.
El conde de Girodelle, al ver entrar a Oscar, se puso inmediatamente de pie.
-Mademoiselle Oscar – saludó haciendo una reverencia.
-Girodelle – lo miró ella con hostilidad – ¿Qué está haciendo aquí? Pensé que las cosas habían quedado lo suficientemente claras entre nosotros.
El hombre tragó saliva al ver la indiferencia en la mirada de la mujer.
-Quería disculparme por mi impertinencia de la otra noche. Jamás debí hablar con su padre sin su consentimiento. Lo lamento.
Oscar lo miró con desconfianza, lo invitó a sentarse frente a ella junto a la chimenea.
-Mayor, lamento reiterarle que nunca me casaré, no tiene que ver con usted, es simplemente mi deseo. Eso es algo que mi padre conoce perfectamente y le pido disculpas en su nombre, por haberlo involucrado en esta incómoda situación.
Girodelle miró sus facciones a la luz del fuego. Le parecía atractivamente hermosa y salvaje - ¿Es por él? - preguntó arriesgando obtener como respuesta una mala reacción de la comandante.
- ¿A qué se refiere?
-Es por André que no desea contraer nupcias, ¿cierto?
-Girodelle, se le está haciendo una costumbre pecar de impertinente – dijo esbozando una media sonrisa, afirmando su espalda en el respaldo del sillón – Pero si tanto ansía saberlo, no, no es por él. Es por mí – el hombre arqueó una ceja, incrédulo.
-No me crea tan tonto y egoísta. Puedo entender su situación e, incluso, aceptarla.
Oscar puso gesto serio - No es algo que usted tenga que aprobar, ya que no es de su incumbencia.
Girodell fue ahora quien medio sonrió, al ver de vuelta el mal carácter de Oscar - No me malinterprete, se lo digo como un amigo. Como alguien que la aprecia mucho y desea ayudarla.
- ¿En qué me podría ayudar usted, mayor? – preguntó en tono sarcástico.
-Con el asunto de André.
-Le informo que André hace tiempo que dejó de ser mi sirviente, por lo tanto, sus asuntos ya no son mi responsabilidad. Además, muy pronto haré un largo viaje, del cual, no sé si regrese.
- ¿Renunciará al ejército y a su carrera militar? - preguntó sin salir de su asombro.
-Así es.
-Pero… ¿qué será de André? Tiene un juicio pendiente - no se le hacía para nada creíble aquello de dejarlo a su suerte.
-Mi padre se encargará de eso – respondió con brusquedad – Una vez que me haya marchado, André será puesto en libertad.
-La entiendo – y claro que entendía, Oscar estaba dispuesta a sacrificar todo por permitirle la vida y la libertad al hombre que amaba. A pesar de su intento por disimular su tristeza con indiferencia, podía percibir la sombra que cubría sus palabras. Se dio cuenta que ya nada tenía que hacer ahí. Todo había acabado para él – Me retiro – dijo poniéndose de pie. Oscar, ni siquiera hizo el intento de pararse o de mirarlo, se quedó mirando las figuras que se formaban en el fuego de la chimenea. De pronto, sintió una mano sobre la suya. Girodelle estaba inclinado listo para besarla, ante lo cual ella no se resistió, de cierta forma, ya se había acostumbrado a los extraños modales que el conde manifestaba hacia ella.
-Tome mi resignación como muestra de mi amor. Jamás la olvidaré, mi hermosa – terminó posando sus cálidos labios en la fría mano de la muchacha. Oscar lo miró marcharse sin decir una palabra, estaba sorprendida por las ironías de la vida, el mundo estaba lleno de amores imposibles y angustiantes. Y no correspondidos.
….
Aquella madrugada, las pesadillas volvieron para Oscar. Soñó que André la visitaba y la miraba con ojos inquisidores. Ella, desde su cama, no podía moverse, intentaba para correr a los brazos de André, pero su cuerpo estaba completamente paralizado. André, háblame por favor, te amo, perdóname. Le suplicaba ella, pero él no pronunciaba palabra. De pronto, la tomaba del cuello para intentar asfixiarla, sin embargo, ya no era el rostro de André, sino el de su padre que sonreía maléficamente. Despertó con el ruido de una ventana que había quedado abierta. Afuera, llovía estrepitosamente y apenas llegaba el alba. Se levantó para cerrar la ventana, pero se arrepintió al sentir la lluvia caer en las baldosas. Se acercó al balcón para dejar que la lluvia la empapara y la limpiara de los recuerdos aún vívidos que tenía de su reciente pesadilla.
…
Oscar, se aprestaba para ir al trabajo, cuando recibió una nota del conde Fersen.
Mi querida amiga: he recibido vuestra nota, no con mucha alegría por su contenido, sin embargo, quiero que cuentes con mi ayuda y apoyo. Buscaré el mejor lugar al que puedas ir, confía sin temor esa tarea en mí. Reunámonos antes del atardecer hoy en París, para afinar algunos detalles.
Conde Hans Axel Von Fersen.
Suspiró cuando terminó de leer. Se comenzaban a concretar los primeros pasos de su partida. No podía perder más tiempo pensando, debía actuar con rapidez. La vida de André dependía de ello.
….
En el Regimiento B, los hombres de Oscar, se aprestaban a pasar revista. La comandante, los miraba con extrema seriedad, dando órdenes en forma drástica y corrigiendo sin ningún tipo de compasión los errores, grandes y pequeños, que estaban cometiendo sus soldados. Desde la postura de algunos, hasta la alineación de los caballos, todo debía ser perfecto. Los alentaba de una forma bastante particular, específicamente, con insultos a diestra y siniestra. Esa mañana, debían realizar patrullaje por todo París e, incluso, Versalles. La guardia Imperial ya no estaba dando abasto frente a los constantes disturbios que no habían cesado durante la noche pasada y todas las anteriores. El pueblo estaba enardecido y sublevado, los saqueos eran constantes, ya no había ninguna seguridad, para nadie, en ningún lugar. Luego de dar a los guardias las órdenes correspondientes se dirigieron hacia París. Oscar, cabalgó junto a Alain por las estrechas calles de la ciudad.
- ¿Pudiste ver a André, cómo está? – preguntó con una ansiedad que le aceleraba el corazón.
-Delgado, demacrado y un poco golpeado – contestó Alain como si estuviera hablando de un completo desconocido.
- ¿Golpeado? ¿Por qué golpeado? – Oscar tiró de las riendas de Cesar para detenerse y mirar a Alain, quien hizo lo mismo con su caballo – ¡Habla por Dios! – exigió con total desesperación.
-Tranquila comandante, está bien. Sólo que al parecer fue interrogado por un sargento un poco… violento, pero se encuentra bien.
Oscar suspiró aliviada – ¿Leyó la carta, te dijo algo?
-Sí, la leyó – Alain se quedó en silencio para recordar las palabras que André había dicho – Y dijo que se quedara tranquila porque no la buscaría, que él se iría lejos a rehacer su vida sin usted, donde no pudiera hacerle más daño… - terminó un poco dudoso si era exactamente ese el mensaje, pero se tranquilizó al darse cuenta que Oscar lo había entendido perfectamente.
-Gracias Alain – dijo esquivando la mirada del soldado y sin que se le moviera ni un músculo de la cara. Este tuvo una extraña sensación, la cual decidió ignorar.
– Necesito pedirte un último favor – habló nuevamente la rubia sacando algo de su bolsillo – Por favor, entrégale esto a André – extendió su brazo posando un pequeño objeto en la palma de la mano del soldado.
Este, miró el adminículo con curiosidad. Lo levantó ante sus ojos para inspeccionarlo, advirtiendo que se trataba de una pequeña medalla de plata, con el nombre de André y una fecha grabada en el reverso - ¿Qué es esto? – preguntó desviando la vista hacia la rubia.
-Es un regalo que le di a André cuando teníamos quince años. Estábamos terminando nuestra formación en esgrima y él tuvo un excelente desempeño, por primera vez, me venció, yo lo supe porque sentí la estocada en mi cuerpo, pero él nunca lo manifestó. Entonces, decidí darle ese regalo para su cumpleaños número quince.
-Qué raro que no lo lleve con él, supongo que es algo muy preciado – comentó Alain curioso.
-Sí, lo encontré en su habitación hace unos meses atrás. Supongo que como salió molesto de la mansión, no quería cargar con ningún recuerdo. Se lo iba a entregar hace unos días, pero lo olvidé por completo.
-Entiendo, se lo entregaré hoy mismo, iré a visitarlo para llevarle algunas cosas. Por cierto, necesito conseguir ropa para él.
-Sí, enviaré a alguien que vaya por sus cosas a casa. O, pensándolo bien no, lo haré yo misma, su abuela aún no sabe nada de esto y no quiero preocuparla. Mañana estaré temprano con sus pertenencias en el regimiento.
-Como quiera comandante, ¿desea enviarle algún recado?
En ese momento, ambos se voltearon al escuchar los cascos de unos caballos que se acercaban, era Dagout con un par de soldados.
-No, simplemente entrégale su medalla – dijo ella apurada. Alain asintió con la cabeza – Coronel Dagout, ¿qué sucede? ¿Por qué han regresado hasta acá? – preguntó la joven al ver los rostros angustiados de los soldados.
-Comandante, se están formando disturbios en distintos puntos, tendremos que solicitar apoyo de otros regimientos – manifestó el hombre jadeante.
-Está bien, envíe a un par de soldados para que realicen la tarea, mientras tanto, acompáñenme a inspeccionar el lugar, ¡vamos! – ordenó espoleando a su caballo con fuerza, quien salió al galope sin pausa.
Mientras cabalgaba hacia el lugar, su corazón y su mente no podían estar en otro lugar que no fuera con André. En realidad, no deseaba nada más que verlo y abrazarlo, sentir el aroma de su cuello, el tacto áspero de sus manos, tener en sus manos su rostro para admirarlo sin descanso. Sin embargo, se negó a sí misma tener ese tipo de pensamientos. Debía ser fuerte y mantener toda la distancia necesaria, no podía cometer nuevamente los mismos errores. No, debía salvarlo, debía sacarlo y alejarlo de todo esto. Era la única forma que tenía, de defender su amor.
…
- ¿Estás bien, Oscar? Te veo un poco pálida y ojerosa – dijo Fersen examinando con detenimiento el blanco rostro de la comandante.
-Sí, estoy bien – dijo bajando la mirada un poco avergonzada por la insistencia en observarla del apuesto conde. Siempre lograba llevarla a un cierto grado de incomodidad – Estos han sido días difíciles… y me ha costado conciliar el sueño. El sólo hecho de saber que André se encuentra en ese lugar… me atormenta.
-Entiendo, mi querida amiga. Pero debes tener fe en que pronto será libre nuevamente,
-Así es – dijo con una leve sonrisa que a Fersen le pareció de lo más fingida. El joven puso su mano sobre la de Oscar que se encontraba reposada sobre la mesa. Esta se estremeció ante el contacto cálido de la piel del hombre.
-No tienes que disimular ante mí, sé cuánto te duele hacer esto – dijo con tono cariñoso.
Oscar, con calma y lentamente, deslizó su mano que se encontraba debajo de la de Fersen, tomando con premura la copa de vino que recién habían servido.
El conde se entristeció al notar el gesto de rechazo de la muchacha - ¿Estás segura de querer hacer esto?
-Sí, no tengo otra opción, de lo contrario, André terminará muerto o encarcelado de por vida – bajó la mirada hacia la copa que tenía entre sus manos, jugando con el líquido que contenía.
-Y tu padre, ¿está dispuesto a aceptar que abandones todo, incluso tu carrera?
Oscar suspiró y volvió a dejar la copa sobre la mesa - No le dejé alternativa. Además, su orgullo es más grande que cualquier otra cosa, y no se da cuenta de lo que hace.
Fersen pudo percibir el semblante apesadumbrado de la joven rubia al hablar de su padre, seguramente era un tema que también era doloroso para ella.
-Por favor, Oscar, comparte tu pena conmigo, no cargues con todo tu sola – pidió con tono suplicante. Le preocupaba la apariencia espectral de su amiga.
-Ya haces suficiente con ayudarme en algo tan delicado, te lo agradeceré toda mi vida, Fersen. Yo ahora no tengo cabeza ni tiempo para hacerme cargo de eso. Confío plenamente en ti.
-Gracias querida, no te decepcionaré.
-Lo sé – dijo mirándolo con agradecimiento y ternura.
Se quedaron con las miradas fijas el uno en el otro durante un rato, comunicando palabras que no sabían cómo expresar - ¿Quieres pedirme algo especial? – habló Fersen rompiendo el silencio.
-No, sólo que sea un lugar alejado del mundo que me ha rodeado hasta ahora. Donde nadie me conozca y pueda vivir una vida tranquila.
-Entiendo, a mí me gustaría hacer lo mismo, pero no tengo tu valentía – declaró bajando la mirada.
Oscar lo miró compasiva, comprendía perfectamente su sufrimiento - ¿Cómo está su Majestad?
-Bien, pero preocupada por la salud de nuestro amado Delfín, aún no hay un diagnóstico claro de qué tiene, y sufre muchos dolores, casi a diario. Eso también provoca sufrimiento en Lady Antonieta, me ha llegado a confesar que, si algo le sucede al príncipe, ella también moriría con él.
-Lo lamento mucho – Oscar no pudo decir nada más, le era inimaginable la pena que podría sentir la reina de Francia por su amado hijo. Sabía la amorosa y dedicada madre que era, los príncipes le habían dado una nueva perspectiva de la vida, volviéndose una persona más compasiva y sencilla. La posibilidad de perder una parte de su corazón, era algo que evidentemente la trastornaría.
-Deberías visitarla antes de irte, eso le haría muy bien a su excelencia y también a Joseph. Siempre pregunta por su hermosa comandante Oscar
-Lo haré – pausó para tomar un sorbo de vino - ¿Y tú qué harás, Fersen?
El hombre intentó hacer una mueca de sonrisa, que no resultó cómo esperaba – Quedarme junto a ella, hasta el final. Quizás viaje a Suecia por unas semanas para resolver unos asuntos familiares, además, mi hermana ha estado reclamando mi presencia, pero temo dejarla sola acá, además, con todo lo que está sucediendo… su vida podría correr peligro.
-Y no has pensado en casarte, Fersen. Aún estás a tiempo.
- ¡Vaya! Quién lo dice – dijo irónicamente. Oscar se sonrojó – La verdad es que no – volvió a un semblante serio – Sólo hubo una persona que me interesó, pero yo no a ella. La verdad, es que nunca fui rechazado por una dama y menos en dos ocasiones
-Nunca hubiéramos podido ser felices, nuestros corazones estaban con otras personas.
Fersen la miró con firmeza - ¿Y ahora, somos felices?
-No, pero al menos somos honestos con lo que sentimos, estamos luchando por lo que amamos, ¿o no?
-Mmmm, sí, puede ser – musitó dubitativo - ¿Te puedo confesar algo que siempre quise decirte, pero nunca me atreví?
Oscar abrió sus ojos sorprendida, presentía que las palabras de Fersen podrían resultar algo embarazosas. Se limitó a asentir con la cabeza, bajando la mirada hacia su copa.
-Desde la primera vez que te ví, supe que eras una mujer. Sólo un tonto muy tonto, no se daría cuenta de tus facciones finas y hermosas, de tu figura y formas femeninas. No tuve ninguna duda de eso.
La muchacha sentía que un fuego subía por sus mejillas y que no podía evitar. Deseó frenar las palabras del sueco, pero igualmente le permitió continuar.
-Y cuando te ví con ese vestido – cerró los ojos para rememorar ese momento – Te veías tan hermosa, delicada como una rosa, fresca como el rocío al amanecer. Hubiera dado cualquier cosa por bes… - se arrepintió de decir lo que iba a decir al ver a Oscar evidentemente perturbada por sus palabras – Hubiese dado cualquier cosa porque me aceptaras – cambió absolutamente el sentido de su confesión.
-Lo lamento, pero toda mi vida amé a un solo hombre y viví gran parte de ella negando ese amor dentro de mí. Ya no podía seguir de esa forma. Aceptarte, hubiera sido perpetuar esa forma de verme a mí misma y continuar en la negación de todo lo que sentía.
-Lo sé, querida. De todas maneras, jamás te hubiera pedido amor, sólo tu amistad… y tu cálida compañía para soportar las horas de infinita soledad.
-Tienes mi amistad y mi inconmensurable agradecimiento.
-Créeme que me siento un hombre afortunado por ello. Eres la persona más honesta que jamás haya conocido en toda mi vida. En este mundo donde todo es hipocresía, tu presencia es como una brisa fresca de primavera.
La comandante Oscar, permaneció en silencio y con el corazón hecho añicos. La vida le parecía tremendamente injusta, las personas tenían que sufrir por no poder amar a quien ellos quisieran. Le sucedía a ella y al pobre de Fersen. Se notaba en cada una de sus palabras y gestos que sufría ante la certeza y la conciencia de saber que estaba completamente imposibilitado de aplacar de alguna forma su dolor. Sabía, también, que no cabía la posibilidad de callar el llamado de un corazón enamorado. Espontáneamente, le tomó la mano en silencio, como una forma de mostrarle su apoyo, amistad y agradecimiento. El hombre sonrió también agradecido por los sentimientos que Oscar despertaba en su corazón. El contacto de su mano, era como un bálsamo que suavizaba esos pensamientos de angustia y frustración que siempre lo atormentaban. Decidió volverse una presencia incondicional para la mujer que estaba frente a él, porque se lo merecía y era tan valiente como a él, le hubiera gustado ser.
…..
Luego de la visita de Alain, André estuvo ahogado en cientos de ideas acerca de qué sería de su vida… y el futuro. Le fue imposible conciliar el sueño o descansar. A pesar de las condiciones paupérrimas en las que se encontraba, antes de ver a Alain, se había propuesto estar lo mejor posible para su reencuentro con Oscar. Sin embargo, el saber que tendrían que permanecer separados, le angustiaba terriblemente. Tomó la firme determinación de no permitirse decaer. Tenía que salir de ahí y hacer lo que su corazón le dictaminaba. Oscar estaba realizando un sacrificio por él, por salvar su vida y él, definitivamente, no podía hacer menos por ella. Se puso de pie y se dirigió hacia la pared por donde se comunicaban con Bernard.
- ¡Bernard! ¿Estás despierto? – preguntó sin tener ninguna noción de horario o tiempo. Sintió los pasos de su amigo acercándose.
-Sí, ¿qué pasa? No hables tan fuerte – susurró el periodista al otro lado.
- Lo siento. Pero estoy preocupado, ¿crees que esas personas nos ayudarán?
-Claro que sí, los conozco y son confiables, además, luchan por la causa. Tendremos que esperar a tu amigo, yo le daré toda la información necesaria para que llegue a ellos. Quédate tranquilo.
-Sí, tienes razón, pero estoy inquieto. Y sí…
- ¡Sshhhh! – le hizo guardar silencio – Ni lo pienses, nada podría salir mal. Causaremos tal alboroto, que ni se darán cuenta de nuestra presencia.
André afirmó su cabeza en el frío muro – Sí, tienes razón. Debo calmarme. Es sólo que, han pasado tantas cosas últimamente que me tienen alterado.
-Igualmente, André, debemos estar preparados para cualquier cosa, porque nada es seguro. Sólo nos queda confiar en Dios, si es que existe y ya no nos ha abandonado.
- ¿Qué piensas hacer cuando salgamos de aquí? – André buscó conversación para aplacar de alguna forma la ansiedad que estaba sintiendo.
-Esconderme, no tendré otra alternativa, seguir con mi misión desde las sombras.
-Entiendo…
- ¿Por qué lo preguntas, me vas a extrañar? – bromeó Bernard intentando animar al sombrío muchacho.
-Claro, y a mi cómoda cama – dijo mirando hacia el malgastado catre – y a toda esta gente amable – terminó con una sonrisa en los labios. Bernard, desde su lado, también sonreía.
- ¿No extrañas a tu comandante? Yo sí a Rosalie, mucho – dijo suspirando el periodista.
-Sí, por supuesto. Prácticamente estuvimos juntos toda nuestra vida. Pero al parecer es algo a lo que me tendré que acostumbrar - se quedó en silencio ante sus pensamientos - Me iré a descansar, buenas noches, Bernard.
-Buenas noches – respondió el hombre bostezando desde el otro lado.
Algo a lo que me tendré que acostumbrar. Se citó a sí mismo cuando estuvo recostado, pero ¿cómo? Cómo podía acostumbrarse a algo tan antinatural para él. Sería como acostumbrarse a vivir sin el calor del sol o la luz de las estrellas, sin ellas, estaría completamente perdido. De esa misma forma, sería su vida sin la presencia de Oscar. Cerró los ojos y vio el rostro de la muchacha sonriendo hermosamente, como sólo la había visto sonreír un par de veces. Te amo Oscar, hasta la eternidad. Dijo antes de caer en un profundo sueño.
….
Cuando Oscar llegó a la mansión Jarjayes, se dirigió directamente a la habitación de André. Abrió la puerta con cuidado para no despertar a nadie. Encendió un par de velas y comenzó a buscar entre los cajones camisas, ropa interior, pantalones. Sacó cada prenda como si de un objeto sagrado se tratara. Absorbía el aroma de cada una y, luego, las doblaba con total pulcritud.
- ¿Qué estás haciendo niña? – escuchó de pronto Oscar a sus espaldas.
- ¡Nana! – exclamó sorprendida, lamentándose por dentro de que la hubiera descubierto.
- ¿Por qué estás guardando la ropa de André? ¿Por qué no ha venido a casa? – la miró la anciana con insistencia, quitándole de las manos una prenda que, de nerviosismo, había arrugado por completo.
-Este… yo… - titubeó nerviosa mientras intentaba inventar alguna excusa.
- ¿Qué pasa con André? Te he visto muy extraña estos días, mi niña, apenas comes, casi no vienes a casa, qué está pasando, ¡dímelo! – Oscar cerró los ojos y suspiró. Debió imaginarse que subestimar a la abuela no era una buena idea.
-Nana… no sé cómo decirte esto, pero…
- ¿Pero qué? – insistió la anciana.
- ¡Nana! No quería que lo supieras… - dijo angustiada – André está en prisión – tomó las manos de su nana que aún sostenía la camisa que le había quitado. La anciana estaba con la cabeza gacha, derramando gruesas lágrimas que inundaban su rostro. Oscar sintió que se le rompía el corazón – Por favor nana, no te preocupes, es sólo un malentendido, te doy mi palabra que muy pronto saldrá, no llores por favor – Oscar besó su arrugada frente intentando consolarla, luego la abrazó.
Una vez que se calmó, Marrón Glacé miró a Oscar.
-El general ya lo sabe, ¿cierto?
- ¿Qué dices nana?
-Se enteró que tú y André… ya sabes – La muchacha se ruborizó por completo, sin entender cómo la abuela podría haberse dado cuenta.
- ¡Oh, nana, perdóname por favor! Todo esto es mi culpa ¡perdóname nanita por favor! – lloró abrazándose nuevamente a la anciana. Esta, le acarició el cabello hasta que sintió que se tranquilizaba.
-Lo sé, mi niña, lo sé. No es tu culpa, sino de este mundo tan injusto y cruel. Siempre supe que esto pasaría y que mi nieto tendría que pagar las consecuencias – Oscar la miró angustiada – Vamos, no llores más, te ayudaré a doblar su ropa.
-Te prometo que todo se arreglará, jamás dejaría que a André le pase nada.
-Mi niña… - habló la anciana tocándole la mejilla con amor maternal – Ojalá la vida fuera así como la ves tú, con tu honestidad y claridad, pero sé que André deberá pagar por su impertinencia. No te preocupes, lo entiendo muy bien – masculló la anciana intentando disimular su angustia y tristeza. Comenzó a reordenar lo que Oscar ya había ordenado, sin mirarla a los ojos. La muchacha, sólo se dedicó a observarla en silencio. Temía por su salud, no quería perder también a la mujer que le había brindado tantos cuidados y amor durante toda su vida.
…
Al mediodía, Alain estaba ya apostado en la prisión para visitar a André. Unos guardias, llamados por su curiosidad más que por deber, revisaron someramente el bolso que cargaba el soldado en su mano. Luego, fue llevado hasta la celda de André. Cuando llegó hasta allí, el muchacho intentaba tomar la poca luz que llegaba al lugar.
-André – lo llamó Alain. El muchacho sonrió al verlo.
- ¿Cómo estás, Alain? – preguntó por cortesía.
-Mejor que tú, claramente – bromeó dándole la mano – te traje tu ropa y lo que me pediste – pasó el bolso por entre los barrotes – La comandante arregló este bolso para ti.
-Gracias, ¿cómo está ella?
-Mandona como siempre y de un humor que asusta. Supongo que eso es un buen signo – André medio sonrió.
-Sí, eso es algo bueno – se rascó la nuca.
-Antes que lo olvide – dijo Alain metiendo la mano a su bolsillo – Me pidió que te entregara esto – André extendió su mano para recibirlo.
-Gracias – dijo mientras miraba la medalla con atención.
Alain se quedó observándolo para ver alguna reacción - No pareces para nada sorprendido – comentó extrañado.
- ¿Por qué debería sorprenderme? – preguntó André sin dejar de mirar la joya.
-No sé, se supone que eso es un regalo de tu tan adorada comandante, debería tener un valor especial para ti.
André abrió los ojos – Si, es que… me siento un poco desanimado, me entiendes, ¿no?
-Mmm sí, claro… - farfulló dudoso Alain, pero luego de unos segundos decidió dejar de hacer tantas especulaciones - Bueno, qué has pensado acerca de aquel asunto – habló acercándose a los barrotes para estar más cerca de André, quien hizo lo mismo.
-Bernard necesita darte algunos contactos que nos ayudarán. El resto de las instrucciones te las daré por escrito.
-Oscar sabe de esto, supongo – dudó Alain, presuponiendo que un motín no era ni siquiera una opción para la precavida rubia.
-No Alain, Oscar no puede enterarse, por eso necesito que sea rápido, no puede pasar más tiempo. Debemos hacerlo antes de que decida irse, de lo contrario, esto no tendrá ningún sentido – André lo miró suplicante, Alain entendió el mensaje.
-No te preocupes amigo, lo lograremos y saldrás de este lugar – dijo con total seguridad Alain.
-Muchas gracias, Alain. No es necesario que participes, no quiero que pongas tu vida en peligro.
Soisson sonrió ante la preocupación del muchacho – Tranquilo André, decidí estar contigo hasta el final, no me asusta morir en absoluto. Luego de la muerte de Dianne, pocas cosas me importan y mi vida, no es una de ellas – explicó apesadumbrado, recordando en su mente el trágico final de su única hermana, a quien adoraba con devoción. De cierta forma, André le recordaba la ilusión que tenía su hermana antes de enterarse que el noble que la había pedido en matrimonio, había decidido casarse con otra mujer. Esto, había destrozado a la pobre Dianne, quien finalmente decidió suicidarse. Admiraba que André aún tuviera la fortaleza de querer vivir, a pesar de la indiferencia y distancia puesta por Oscar.
-Tu vida sí me importa – intentó alentarlo André – no podría vivir sabiendo que has muerto por una causa tan egoísta como la mía.
-No es egoísta, tonto. Tienes derecho a vivir una vida diferente, aunque sea alejado de la mujer que amas.
-Sí, es cierto. Gracias, mi querido amigo – sonrió André emocionado por las palabras del soldado, aunque en su interior, sólo había dudas y culpa. Perdóname Alain, pensó para sí.
…
Había transcurrido más de una semana desde la última vez que la comandante Oscar, había cenado junto a su familia. A su padre, el general Jarjayes, le pareció extraño que esa noche decidiera bajar a compartir con ellos, sin embargo, le reconfortaba la idea de sentir que las cosas volvían a la normalidad. Después de todo, había tomado la decisión correcta al aprobar la partida de su hija. Oscar, parecía animada, aunque su semblante sombrío no la abandonaba. Comía en absoluto silencio, sin mirarlos a la cara. Dirigió su atención ahora a su esposa, percatándose que no había probado bocado por estar observando detenidamente a su hija menor. Pudo notar la tristeza de sus ojos, hace tiempo que no veía esa expresión en su rostro. Luego de largos minutos, la mujer no pudo contenerse de expresar sus verdaderos sentimientos.
-Hija mía, me harás mucha falta, prométeme que volverás – dijo con los ojos cristalinos de angustia y tristeza.
Oscar suspiró dejando de comer al instante, esa incómoda situación era precisamente lo que quería evitar – Madre – dijo con tono calmo y pausado – Tú también me harás falta, pero esto es algo que necesito hacer – miró a su padre con rabia – necesito reencauzar mi vida… y mi futuro – mintió ante la mujer que le había dado la vida, sabía que decirle la verdad, sería provocar un problema con su padre que prefería evitar a su querida madre.
- ¿Es necesario que te vayas tan rápido y sin destino alguno? – la mujer estiró su mano para tomar la de su hija - ¿Por qué no esperas un poco más y lo piensas mejor? Quizás cambies de opinión cuando estés más tranquila – intentó disuadirla, ignorante de sus verdaderos motivos.
-No madre, ya está decidido – sentenció Oscar con rudeza.
-Pero cómo viajarás sola, sin André o alguien que te acompañe – volvió a sentir angustia en su pecho Georgette al imaginarse a su hija lejos y en soledad.
-No te preocupes madre, sé cuidarme perfectamente.
-Eso lo sé, pero… - replicaba su madre, cuando la conversación fue interrumpida por una de las sirvientas, que anunciaba a un visitante.
-Disculpen, el conde Fersen está aquí – avisó la muchacha realizando una pequeña reverencia.
Fersen, vestido con su traje de militar, se asomó ante la familia Jarjayes. Oscar pudo percibir en su gesto, un dejo de angustia y tristeza. El general, también lo miró sorprendido, hacía mucho tiempo que el conde sueco había dejado de visitarlos. Giró su mirada hacia Oscar, que no pronunciaba ninguna palabra, al igual que el joven militar que estaba estupefacto frente a ellos. Le pareció una situación por demás extraña.
-Conde Fersen, ¿qué sucede? – preguntó el general ante la parálisis del sueco. Este bajo la mirada.
-Lo lamento, pero mi visita no es de cortesía, traigo malas noticias – dijo levantando la mirada hacia Oscar. Esta, rápidamente se puso de pie, afirmándose del respaldo de la silla – Ha ocurrido un motín, en la Conciergerie – habló casi en forma imperceptible.
Oscar miró a su alrededor, viendo que una de las sirvientas permanecía a la expectativa de órdenes – retírate por favor – mandó dirigiéndose a la muchacha - ¿Qué sucede, Fersen? – el corazón le latía con tal rapidez, que sentía que en cualquier momento se iba a desmayar.
El sueco aclaró su garganta antes de continuar – Ha habido muertos y, entre ellos, André.
- ¿Qué? – preguntó sorprendido el general, Oscar permanecía en silencio e inmóvil.
-André ha fallecido, lo lamento mucho – sentenció apesadumbrado. Madame Jarjayes se cubrió la boca ahogando un grito.
- ¡Eso no puede ser cierto! – reaccionó al fin Oscar, sin moverse de su lugar – Eso no puede ser verdad, ¡debe ser un error, tiene que ser un error! – exclamó en un estado de total enajenación.
Fersen se acercó a ella y le tomó la mano – Sufrió un disparo en el rostro. Pero lo pude reconocer por esto – dijo poniendo en su palma, la medalla que hacía días atrás había encomendado a Alain entregar al muchacho.
La joven se quedó sin reaccionar nuevamente, mirando el pequeño objeto que sostenía. Empuñó su mano con fuerza y, sin derramar una sola lágrima, comenzó a caminar hacia las escaleras.
-Oscar… - dijo su padre al verla totalmente choqueada.
-Quiero estar sola – habló apenas en un susurro de voz. Su madre se dirigió hacia ella con desesperación, deteniéndola del brazo.
-Hija, por favor no…
- ¡Déjenme sola! – gritó subiendo con dificultad los peldaños. El cuerpo le temblaba y su mente estaba completamente aturdida.
Las tres personas que quedaron en el comedor se miraron con angustia y preocupación.
-Me retiro – dijo Fersen haciendo una pequeña reverencia – Lamento haber traído tan malas noticias, general. Hasta pronto – y se marchó con paso firme.
Madame Jarjayes se desplomó en su silla, totalmente consternada por la noticia, el general, igualmente, estaba aturdido e impactado. No supo cómo reaccionar, más que abrazando a su mujer que lloraba desconsolada. Vinieron a su mente, imágenes del pequeño e inocente niño que había llegado a su casa, cuando apenas tenía siete años. Se lamentó por su suerte, porque dentro de su corazón, nunca había estado la intención de terminar con su vida, aunque, muchas veces pensó que, si Oscar no cedía, se vería en la obligación de hacerlo. Pensó también en su hija, sin poder asimilar por completo, cuánto dolor podría estar sintiendo en ese momento. El destino, sin quererlo, le había facilitado las cosas. Lo que no sabía era sí, realmente, encontraría la paz que tanto su alma había estado anhelando.
Nuevamente, y como siempre… ¡Gracias por leer! Este es el PENÚLTIMO capítulo de este fanfic que tanto me ha divertido escribir. Lo he disfrutado montones, espero que eso se vea reflejado en la historia que quise contar.
Este fue un capítulo muy oscuro, pero necesario para el desenlace de esta historia de amor de estos dos personajes que me han embrujado (quedé un poco triste la verdad ) aunque, debo confesar, que es una historia más bien desde la perspectiva de Oscar, que fue siempre la que me provocó mayor inquietud en cuanto a su actuar. En ese sentido, me pareció mucho más interesante explorar en su interior, que en el de André, que siempre se mantuvo firme en sus sentimientos.
Algunos detalles que me gustaría compartir con ustedes, es que la confesión de Fersen, era algo que quería leer hace tiempo. Recuerdo que en el animé, dice algo como que era lamentable que Oscar no hubiese nacido como un hombre y eso, ¡me mató! Desde ahí que no me cae muy bien XD, pero igual lo considero un personaje honesto, al menos lo fue con Oscar.
Otra cosa, creo que es la primera vez que Mi Oscar trabaja de verdad en mi fanfic XD, ya era hora Oscarita que te pusieras las pilas y dejaras de completar documentos que nadie sabe de qué se tratan :p
Realmente no creo que Oscar haya sabido doblar ropa, pero igual le quise dar un poco de crédito, aunque la nana rehízo todo el trabajo que se había dado la pobre.
El general realmente no es malo, bueno sí, un poco, pero quise más bien personificarlo como una persona cegada por sus ideales anticuados y, sobre todo, por su inmenso ego. Desde esa perspectiva, creo que una persona puede cometer errores que terminan dañando a los demás, sin ni siquiera darse cuenta. Así que ahora todos están sufriendo por su culpa y él, como si nada, pensando tan solo en su propio beneficio.
Espero que disfruten la lectura. El último capítulo ya está armado en mi mente (enferma) aunque aún no concreto nada, pero quiero resolverlo lo antes posible, de otra manera, no tendré paz.
Muchas, muchas gracias por su buena recepción y alentadores comentarios, de verdad que me alegro muchísimo cuando me son notificados.
Nos vemos en el último capítulo.
¡Que tengan una bonita navidad y feliz cumpleaños Oscar!
