Capítulo 10: Mon coeur
Cinco meses después…
Me desplazo sigilosa por debajo de las sábanas hasta que encuentro con mis manos tu cuerpo ardiente y desnudo. "Estás fría", protestas en un susurro que me parece excitante. Te abrazo con fuerza por la espalda, sé que es en este momento cuando te diluyes entre mis brazos y no quiero que eso pase nuevamente, esta noche no, te necesito conmigo. "No te vayas, por favor" te suplico y tú sonríes haciendo ese quejido familiar que me turba los sentidos. Me hundo en tu cuello y tu aroma penetra mi corazón, como el sol a la vida y le da calor para que crezcan cosas hermosas alrededor del mundo. Beso tu mejilla y mi mano en tu pecho se vuelve cálida, traviesa… curiosa. Te muerdo con suavidad el lóbulo carnoso de la oreja, "te amo", susurro inquieta. Me acoplo más a ti para llegar a tus labios, pero… "Sólo un poco más", vuelvo a suplicar, ahora a Dios para que no te lleve tan pronto, pero ya ha sido muy generoso por hoy. Tu piel, ahora casi completamente traslúcida, ya no existe, solo tu risa cantarina se queda revoloteando entre mis brazos como luciérnagas de luz que desaparecen con el amanecer…
-André… - susurró la joven al darse cuenta que estaba abrazada a sí misma. Creía haberse dormido hacía apenas unos minutos, pero al abrir los ojos, pudo darse cuenta que el día estaba ya avanzado. Se sentó en la cama mirando hacia todos lados, buscando algún resquicio del sueño que traía consigo la figura de un desaparecido André. Con calma, bajó de la cama, sintiendo en sus pies el frío de las baldosas al caminar. Se dirigió hacia el tocador y se miró por algunos momentos. Pudo identificar en su cuerpo el latir de su corazón. Estaba acelerado y su cuerpo temblaba, como si realmente hubiese ocurrido aquello que soñaba casi a diario. Sonrió al recordar que está vez había ido un poco más lejos. Al principio, sólo era una difusa imagen, un sonido, una luz, incluso, un color. Luego, fue su voz, posteriormente su cuerpo y, ahora, un encuentro íntimo y feliz, porque lo había sentido en su trémulo cuerpo, vívido, real. Eso la reconfortaba, le daba fuerzas para continuar, a pesar de extrañarlo tanto o más que a su propia vida. Sacudió la cabeza para volver de sus pensamientos y, en forma casi automática, comenzó a cepillar su cabello, iniciando así, la rutina a la que se había sometido para no caer presa de la angustia y la tristeza, para mantener a raya esos sentimientos que le arremolinaban la cabeza y el corazón. Miró hacia el lado y su uniforme de comandante del Regimiento B de la Guardia del Ejército, estaba perfectamente dispuesto para su uso inmediato. Sería la última vez que utilizaría ese uniforme y, muy probablemente, cualquier otro uniforme militar. Sintió cierta melancolía en su corazón. Se había formado para ser un soldado y practicar la obediencia sin discutir, para estar siempre dispuesta a cumplir las órdenes de un superior o, de los mismos reyes de Francia. Su padre, se lo había repetido infinitas veces, tantas, que terminó creyendo que ese era su único destino y el más grande objetivo de su vida y la razón de su existencia. Ahora, en cambio, tendría que actuar por sí misma, tomar sus propias decisiones, dejar de escuchar en su cabeza las palabras de su padre repitiéndole cuál es o no su deber, para hacer una vida mucho más sencilla, pero sin duda, más tranquila y, con seguridad, también más feliz, excluida de los deberes propios de un militar.
-Ya has despertado mi niña – dijo la anciana entrando a la habitación de Oscar con una taza de té y unas galletas.
-No me despertaste hoy, ya es tarde – alegó la muchacha dándole un beso en la mejilla a su querida nana.
-Lo siento, pero ayer estabas muy cansada, merecías dormir un poco más – la abuela le quitó el cepillo de las manos y, con las propias, tomó la melena rubia y la comenzó a cepillar con delicadeza. – Recuerdo que hace unos meses atrás, tuviste tu primer día en el Regimiento. Y hoy es el último…
-Sí, es cierto - Oscar suspiró con nostalgia - Aquel día fue, extraño. Nos reencontramos con André luego de varios meses sin vernos. Hoy no ocurrirá algo así – su tono se apagó a medida que terminaba de hablar.
-No, querida… Aunque no dudo de que ese bribón sería capaz de venir incluso desde el más allá a cuidarte - dijo la nana posando una de sus manos en el hombro de la chica, haciéndole un guiño con el ojo a través del espejo. Ese fue su intentó en vano de animarla. Oscar sólo sonrió con ese dejo de vacío en la mirada. – Pero alégrate mi niña, comenzarás una nueva vida, tal y como siempre lo soñé para ti – agregó la anciana y continuó cepillando con ahínco y devoción la rizada melena de la joven.
-Vendré por ti apenas esté todo listo, lo prometo. No deseo más compañía que la tuya - le aseguró Oscar tomándole la mano y mirándola a través del espejo.
-No sé si resista un viaje tan largo, mi niña. Ya estoy muy vieja para eso.
-Lo harás, ni siquiera lo sentirás, me encargaré de eso – dijo Oscar con plena seguridad, la anciana se limitó a sonreír.
-Vamos, tómate ese té y come al menos una galleta, no te puedes ir a trabajar con el estómago vacío.
Oscar obedeció, bueno, al menos lo intentó, porque el nudo en su garganta le impidió probar siquiera un bocado de la comida. Pensar en la muerte de su nana siempre era un motivo de angustia.
- ¿Cuándo partirán? – preguntó la anciana al darse cuenta que nuevamente lo había olvidado.
Oscar aclaró su garganta antes de contestar - Fersen aún no ha regresado de Suecia, pero debería estar de vuelta a más tardar mañana. Quizás podamos partir en una semana.
-Más le vale a ese muchachito cuidarte… de lo contrario, se las verá conmigo – amenazó a la nada la anciana levantando el cepillo que tenía en sus manos, como si fuera un arma realmente peligrosa.
Oscar la miró divertida - ¡Nana! Sabes que no necesito que nadie me cuide – no pudo evitar que saliera una carcajada de su boca - Pero debo ser sincera al confesar que me agrada la idea de la compañía de Fersen. Nunca viajé sola en toda mi vida.
-Claro que sí, tampoco te permitiría que te fueras sola – dejó el cepillo sobre el tocador y caminó hacia la puerta – Que tengas suerte en tu último día, mi niña. No vuelvas muy tarde, ¿sí? Te esperaré con una comida deliciosa.
Oscar se quedó observándola marchar. Luego, se levantó con entusiasmo para definitivamente vestirse. Hoy sería un día difícil, pero el comienzo de un nuevo camino, trazado exclusivamente por ella.
…..
Rumbo al regimiento, Oscar se detuvo frente al río. Quería retener en su memoria, todos aquellos lugares que había compartido con André durante su vida, porque sería lo único que se llevaría de él. Permitió a César que bebiera agua, y ella se apostó en el pasto, con la mirada perdida en el horizonte. Repasó en su mente todas las actividades que tenía que realizar antes de marcharse y, entre ellas, estaba ir a visitar a la Reina María Antonieta y al Delfín. Conocía el mal estado de salud del pequeño, pero no había tenido fuerzas para ir hasta allí. Sin embargo, ese día, se sentía con una energía renovada y capaz de hacer cualquier cosa. Sacó del bolsillo de la guerrera la medalla que Fersen le había entregado cinco meses atrás al anunciar la muerte de André. La miró con detalle, buscando en su mente ese recuerdo que quizás nunca existió. Leyó el grabado en voz alta: André Grandier, 26 de agosto de 1769. "Te merecías muchas más de estas", pensó para sí. La ingratitud de la vida lo había separado muy pronto de su lado, aún así, sentía que todo tenía una conexión mayor, que la llevaría de cualquier modo a su destino y éste, estaba segura, siempre había sido y seguiría siendo André Grandier. Al pronunciar mentalmente su nombre, inmediatamente recordó su sueño de esta mañana, reconociendo que lo que sentía no era tanto su ausencia, sino algo totalmente humano y normal: echaba en falta su cuerpo, su sonrisa, su boca, su mirada, su voz, incluso, sus consejos. Sonrió al pensar en lo impetuosa que era hace unos años atrás y, en cambio él, tenía la capacidad de guardar una calma que terminaba enloqueciéndola aún más. Ella era el fuego y André, era el agua y, por lo tanto, el único que podía apagar las llamas de su deseo. Guardó nuevamente la medalla en su bolsillo y sacó un sobre, las últimas palabras de André para ella antes de su partida definitiva. Alain se lo había entregado con consternación, una semana después del amotinamiento. Cuando puso la misiva en sus manos, tenía ese semblante culposo que la había hecho compadecerse de él. Lo desplegó con delicadeza, estirándolo sobre la hierba. Luego, se recostó sobre su estómago para comenzar a leer.
Amor mío:
No sé si esta sea la última vez que te escriba unas palabras. Desde el fondo de mi corazón, deseo que no sea así, pero si lo es, me gustaría decirte que no me arrepiento de absolutamente nada. Te amé toda mi vida y, si tengo que morir hoy por defender nuestro amor, lo hago con felicidad porque sé que también tú me amas y harías exactamente lo mismo por mi. No hay dicha más grande para un hombre que saber correspondido su amor y, ese soy yo, el hombre más dichoso del mundo por haber sido amado profundamente por ti.
Oscar, siempre te admiré por tu valentía y coraje para enfrentar las vicisitudes de esta vida. Sé que serías capaz de enfrentarte al mundo entero por tus convicciones y eso me llena de orgullo. Por eso, no desistas, mi amor, aún si es frente a la muerte, no bajes tu espada, continúa luchando por ti y por tu vida, que vale más que cualquier otra de este mundo.
Creo que Dios decidió esto por nosotros, nos unió para probar cuánto estábamos dispuestos a dar el uno para el otro. Yo te doy todo de mí: mi amor, mi lucha, mi último aliento, la poca luz que queda en mi mirada. Te doy mi vida, no lo dudes ni un solo segundo. Mi respiración, el latir de mi corazón, mis manos, te pertenecen sólo a ti.
Este lugar es lúgubre, hasta tenebroso, pero ¿sabes que me ha mantenido en pie durante este tiempo? Tú y tu luz como un faro en medio de la tempestad. Mi amada Oscar, has sido el ángel que me ha salvado de vivir una vida vacía y sin sentido. Junto a ti, todo tiene una resignificación que hace que todo lo demás se vuelva inocuo, inerte. Mi vida comenzó contigo y terminará del mismo modo, no hay más opciones para mí, no quiero más opciones si no es contigo a mi lado.
Siempre te esperaré, ya sea desde el infierno o desde el cielo.
Pongo mi existencia en tus manos. Te amo, te amo, te amo.
Se giró para quedar de espaldas y puso la hoja de papel sobre su pecho, cerrando los ojos. Luego de André, de su suplica y entrega, no tenía más opción que seguir viviendo. Él también era la luz de su vida, quien la había rescatado de sí misma, y renacido entre sus brazos con su dulce amor. Quería seguir viviendo con la fuerza de esa misma certeza, la que aún los mantenía unidos desde el alma.
…
Aquella fría noche, el general bebía una copa de vino junto al rugir del fuego de la chimenea. Intentaba disimular una tranquilidad que hacía mucho tiempo lo había abandonado. Su cabeza reformulaba escenas, palabras, miradas, la indiferencia de su hija. Esa hija que había sido su orgullo, hoy, sólo le daba inquietudes y preocupaciones. Definitivamente, había hecho su voluntad, había renunciado a su puesto, a su carrera, a todo lo que le pertenecía para ir hacia ningún lugar. "¡Orgullosa!" Exclamó tomando un sorbo de vino para calmar el ardor en su garganta. Luego de la muerte de André, la chica no le había vuelto a dirigir la palabra. Si se encontraban en casa, lo esquivaba sin ningún tipo de reparo, como si no existiera; si él hablaba hacía caso omiso a sus palabras o sus órdenes. Su esposa, le había transmitido su preocupación por la conducta de Oscar ante el final de André. Se negaba rotundamente a admitir su muerte, actuando en forma muy extraña, como si estuviera esperando que el muchacho en cualquier momento volviera como si nada hubiera pasado. Madame Jarjayes había intentado hablar con ella para hacerla entrar en razón, pero la hija menor de la familia, terminaba siempre acurrucada en su pecho como una niña pequeña, con una angustia que era incapaz de expresar de ninguna forma. Su madre le suplicaba porque llorara o tuviera algún tipo de reacción, haciéndole ver que hacer eso, era algo totalmente normal, sin embargo, ella se mantenía fría y evitaba cualquier tipo de conversación acerca del tema. Incluso, pensó la mujer, que la indiferencia que Oscar mostraba ante su padre, era producto de lo mismo, del shock que le había producido la muerte de su compañero de toda la vida. Eso, preocupaba terriblemente a la madre de la ex comandante y con su partida, esa preocupación se hacía cada vez más profunda al imaginar qué sería de su destino fuera de la vida militar. La noche anterior, le había hecho prometer a su marido que hablaría con ella para hacerle ver lo errado de su decisión, por eso, el general había decidido esperarla para hacer el último intento de convencerla que se quedara y rehiciera su vida junto a su familia y, por supuesto, cumpliendo con su deber.
Apenas la sintió llegar se puso de pie para hacerse ver por la muchacha.
-Oscar – habló él con firmeza, pero suavidad e intentando mantener la calma. No obstante, la joven pasó por su lado como si no existiera. Cuando pasó por su lado, el hombre la tomó del brazo con fuerza. – Soy tu padre, tienes que hablarme – le exigió con rudeza, pero la muchacha lo miró con un desprecio que fue capaz de traspasar como una fría espada el pecho del duro general, hasta herir su orgulloso corazón.
-No tengo nada que hablar contigo, suéltame – dijo ella quitando el brazo con brusquedad de la presión que estaba ejerciendo su padre en él.
- ¡Oscar! – exclamó el hombre al ver que se retiraba con prisa – No te vayas de esta, tu casa. Somos tu familia y te amamos – confesó un tanto avergonzado. La chica se detuvo antes de llegar al primer peldaño de las escaleras.
-No quiero tu amor, no el que ejerces por la fuerza y asesina a personas inocentes… o al menos lo intenta – sentenció mirándolo por sobre el hombro.
- ¿Por qué eres tan orgullosa? Yo no atenté contra la vida de Andr…
-¡No pongas su nombre en tu boca! Te lo prohíbo, no vuelvas a nombrarlo, mucho menos frente a mí – lo interrumpió furiosa apretando los puños - Si lo vuelves a hacer, no sé de qué soy capaz - lo amenazó con certeza.
- ¡¿Qué?! – el hombre abrió sus grandes ojos azules - ¿Cómo te atreves a hablarme de esa forma?
Ella se devolvió para mirarlo fijamente a los ojos, el general estaba atónito.
-Fue tu insistencia la que me hizo volver a dirigirte la palabra. Ya no te tengo miedo, padre, ¿acaso no te das cuenta que tu orgullo y vanidad fueron los que me empujaron hasta aquí? – había perdido todo el respeto que alguna vez había sentido por su padre.
El hombre frunció el ceño, haciéndose el desentendido – No sé de qué hablas, Oscar.
- ¿Quieres que te ponga en evidencia frente a todos, incluso frente a mi madre? No lo hago simplemente porque ella no se merece el sufrimiento de saber que su esposo es un hombre frío y calculador, sin corazón – advirtió con total rudeza.
El general se quedó sin palabras, con un fuego que ardía en su interior y lo estaba quemando. Sin embargo, su conciencia, aún hablaba sutilmente dentro de su oscuro corazón y podía reconocer, al menos superficialmente, un poco de sensatez en las palabras de la chica.
-Está bien, reconozco mi error. Nunca debí… hacer lo que hice – cerró los ojos y bajó la mirada, jamás, en toda su vida, había reconocido sus equivocaciones, que muchas habían sido. Sintió que su espíritu y su orgullo se doblegaban ante la mirada inquisitiva de su hija, y estaba decidido a aceptarlo sólo para tener la oportunidad de demostrarle que él tenía la razón, que ella había nacido para cumplir con un deber que llevaba siglos sobre los hombros de esa familia.
Oscar lo miró incrédula -Tu supuesto arrepentimiento ya no arregla nada. He dejado de creer en ti hace mucho tiempo – una lágrima surcó su mejilla. – Desde ahora, me declaro huérfana de padre, a pesar de que siempre lo fui de tu afecto. Si quieres puedes quitarme todo, incluso tu apellido, pero jamás volveré a atrás. Me iré tan lejos que jamás podrás encontrarme – pensó en que ese sería el peor castigo que podría recibir el general, ver morir su apreciada tradición de militares con ella.
El hombre guardó silencio, apretando los puños de furia. Le temblaba la mandíbula y su mirada se había vuelto de un azul aún más oscuro que el fondo del mar. Observó a Oscar subir las escaleras, siguiéndola con la vista hasta que desapareció. Luego, se giró para volver a su lugar frente a la chimenea. Estaba cansado y, al mismo tiempo, decepcionado. No sabía distinguir, eso sí, cuál era el origen de esa decepción. Si era por él mismo, por no haber logrado convencer a Oscar de cambiar de opinión o por la actitud que ella había tomado hacia él. La desconocía por completo, esa no era la persona que él había formado y a quien había entregado toda su confianza. Ahora, sin embargo, algo lo atormentaba y le preocupaba más que cualquier otra cosa. ¿Qué haría sin un heredero, sin un descendiente que continuara con la tradición familiar de proteger a la realeza? Temió por la extinción de su linaje militar y de todo lo que había creado entorno a ello. Sentía una rabia tan inmensa, que no arremetía en contra de Oscar, sólo por el lazo sanguíneo que los unía. Se convenció a sí mismo que ya nada importaba, ya que él, por su parte, haría lo mismo y la eliminaría de su vida como su hija y su heredero. Inhaló profundo ante este pensamiento, bebiéndose por completo el resto de vino que quedaba en la copa. Luego, se quedó perdido en algún lugar de su mente.
El fuego de la chimenea, parecía encender aún más su mirada, sin embargo, había dentro de él algo mucho más fuerte que el fuego y que hacía centellear sus ojos y temblar todo su cuerpo. Y ese "algo" era imposible de apagar: la frustración de reconocer que, por fin, había perdido una batalla.
…..
Una fresca brisa azotaba a Versalles aquella tarde. Los grandes jardines, que antaño sirvieron como punto de encuentro, reunión y diversión de la flamante aristocracia francesa, hoy, no eran más que un espacio en donde reinaba el silencio y la soledad. Versalles, la residencia de una joven e impetuosa reina venida desde Austria, era sólo un recuerdo hermoso en la memoria de los franceses.
Las dos mujeres, que hoy se apersonaban ahí, lucían opuestas entre sí. Por una parte, una representaba la fuerza, la voluntad y el honor y, la otra, la soberbia, la vanidad y el dolor. Aún así, algo las unía en esa contradicción. Ambas eran personas cuya libertad de acción, pensamiento y amor, había sido coartado a temprana edad por el deber ser y el cumplimiento de un papel que nunca habían elegido interpretar. Estas dos mujeres, luchaban a su manera por sus convicciones aunque, claramente, mucho diferían en la forma de enfrentar sus batallas personales. María Antonieta, estaba totalmente decidida a conservar el privilegio de pertenecer a una antigua dinastía y, dispuesta a hacerlo sin importar los costos o consecuencias que su lucha podría acarrear. Oscar, estaba en una lucha interior por su derecho a la libertad. Ese conflicto interno, en muchas ocasiones, la hacía sentir egoísta y cobarde porque, por primera vez, solo quería pelear por sí misma y los ideales que ella misma había forjado a pulso, incluso, en contra de su padre. Se sentía una desertora y traicionando su promesa de lealtad dada hace muchos años atrás a la mujer que estaba frente a ella.
Se observaron por largo tiempo, una desde su prestancia y altivez y la otra, en una actitud de total humildad frente a la belleza y majestuosidad, que la otra aún transmitía. Esa belleza, siempre la había impactado a la ex comandante. En los primeros años, se veía reflejada en una dulzura e inocencia difícil de encontrar en una persona; luego, cuando fue madre, se había transformado en madurez y, ahora, se veía como una amazona, con la mirada fiera de una guerrera decidida a defender su territorio y a no rendirse jamás. De cierta forma, María Antonieta presentía que pronto llegaría su fin, pero una reina como ella, jamás se rendiría tan fácilmente. El pueblo francés, ya no demostraba solo su descontento frente a sus monarcas, sino también una rabia y resentimiento cultivados durante años, producto de interminables sufrimientos, injusticias y hambre. La lucha de ese pueblo, era una lucha por la dignidad y la igualdad que cada ser humano se merecía por derecho propio. No era una batalla sólo en contra de unos reyes que no habían sabido administrar los bienes producidos por ellos mismos, si no en contra de un sistema completamente desigualitario e inhumano. Y eso, era lo que aún María Antonieta se negaba a aceptar.
La brisa de primavera, que esa tarde las envolvía, era como el murmullo del comienzo de una despedida y el fin de una gran amistad.
-Hace tiempo que no me visitabas, mi querida amiga. Últimamente me he sentido muy sola, la nobleza se ha distanciado y ya nadie visita Versalles muy seguido – dijo la reina con un halo de tristeza que conmovió a Oscar.
-Mis obligaciones me han mantenido muy ocupada, Alteza. Lo lamento - se justificó la joven, aun sin ella creer en sus propias palabras.
-Supe de vuestra renuncia a la Guardia del Ejército, ¿es que acaso no agradó vuestro puesto? ¿No os sentisteis cómoda en ese lugar?
-No, Alteza, no es eso. Mi renuncia tiene que ver con asuntos personales - terminó la frase con apenas un hilo de voz.
-Entiendo – dijo pensativa la reina de Francia. - Me informaron del fallecimiento de André. Supongo que eso ha sido motivo de dolor en vuestro corazón. Siempre fue un buen compañero para vos, Oscar, sé que lo apreciabais notablemente. Lo lamento mucho.
Oscar bajó la cabeza con tristeza – Sí, Majestad… muchas gracias por vuestras palabras.
Volvieron a guardar silencio, pero esta vez, sus miradas no se encontraron, cada una vagaba en sus propios pensamientos y deseos.
-Oscar, puedo haceros una pregunta - pidió María Antonieta evidentemente avergonzada.
-Claro que sí, reina - la joven volvió a mirarla. Sus ojos estaban cristalinos como el agua.
-Fersen ha desaparecido, no he sabido nada de él en meses. ¿Vos tenéis alguna noticia de él?
Oscar se puso de pie y tomó las manos de la joven monarca.
-Sí. Según tengo entendido debía ir a Suecia por unos asuntos familiares, pero debería regresar en estos días.
Antonieta bajó la mirada, derramando lágrimas que caían sobre las manos entrelazadas de ambas. -Me alegro tanto… no entiendo por qué se fue sin decirme nada. Sin él, me siento aún más vacía y desesperada – confesó con las mejillas enrojecidas de expresar sus sentimientos de esa forma a Oscar, pero sentía, desde el fondo de su corazón, que sólo a ella podía confiarlos. - La vida en este palacio, se me está haciendo muy pesada mi querida Oscar. Además, Luis Joseph…
-No perdáis la esperanza reina. El príncipe se recuperará, estoy segura de ello. Debéis conservar la calma, ¡os lo suplico!
María Antonieta la miró con una sonrisa nostálgica en el rostro – Sí, tenéis razón, pero es angustiante ver como un hijo se te va de las manos.
-Tranquilizaos, debéis recuperar vuestro ánimo de años atrás, cuando os gustaba sonreír y jugar, ¿lo recordáis?
- ¡Oh, Oscar! – exclamó con voz angustiante - No os imagináis cuánta nostalgia siento de aquellos tiempos, cuando la vida aún nos sonreía y recorríamos estos jardines junto a Fersen, sin preocuparnos por nada más… - la reina de Francia suspiró profundamente.
Oscar, sintió pena por ella. Detrás de ese escudo de frialdad e indiferencia con el que se blindaba, aún estaba aquella niña de catorce años, deseosa de aventuras, encuentros y felicidad. Su candidez aún la conservaba, así como su espontaneidad. No podía ser solo la soberana de un país, también seguía siendo María Antonieta la mujer, la amorosa madre, la ferviente amante.
Con lágrimas que eran arrastradas por la fuerte brisa a través de su rostro, Oscar liberó las delicadas manos de la reina. Era el fin, lo sabía dentro de su corazón. El fin de una etapa grandiosa y de su vida como un militar al mando de un ejército responsable de la protección y cuidado de unos jóvenes e inexpertos soberanos. María Antonieta, también lo supo. Su última amistad sincera, sería parte también de su memoria. Se estaba quedando definitivamente sola.
-No me atrevería a pediros que volváis, Oscar. Por favor, ve en paz y sé feliz – le suplicó al sentir que la rubia se alejaba de ella.
-Majestad, yo…
-Lo sé. Sé que siempre fuisteis fiel a la corona y a vuestra reina y que, ahora, deseáis ser fiel con vos misma - Oscar la miró sorprendida – Creedme, que si pudiera haría lo mismo. Pero es mi deber proteger la dinastía de los Borbón – su mirada se oscureció repentinamente al emitir esas palabras - ¡La monarquía jamás morirá! Mucho menos en manos del pueblo, eso, ¡nunca lo permitiré!
Oscar, comprendió en ese momento, que cualquier intento de disuadir a la reina, sería en vano. Como siempre, ella estaba empecinada en sus ideas, había sido así desde siempre y nada podría hacerla cambiar de opinión.
Lágrimas surcaron el fino rostro de María Antonieta, al mirar, quizás por última vez a Oscar. Su vestido y cabello flameaban al viento y, de pronto, a Oscar le pareció estar en presencia de una hermosa hada del bosque, flotante, mágica e imposible. Hizo una reverencia y, sin decir ni una sola palabra, se giró para comenzar a caminar. La aún joven reina, la observó a medida que avanzaba alejándose de ella.
- ¿No te despedirás, Oscar? – musitó con un nudo en la garganta que hizo su voz temblar. La ex comandante, percibió el quiebre en su tono. Cerró los ojos para tomar coraje, aunque, no pudo volver a verla una vez más.
-Adiós, Majestad.
-Au revoir, Oscar.
Esa, fue la última vez que Oscar estuvo en presencia de la soberana de Francia. Una sincera amistad de años quedaba suspendida, quizás para siempre, debido a los caminos elegidos por las dos mujeres. La juventud de antaño, también sería parte de la dulce memoria de ambas, así como las risas en los pasillos del palacio, los esplendorosos bailes, la música, los juegos de niños.
Oscar, caminó lentamente, con la mirada fija en el piso. Por un momento, se cuestionó si sería capaz de olvidar todo, incluso, su idea de marcharse lejos a vivir una vida diferente y, seguir siendo quien había sido hasta hace unos meses atrás. Pero aquello ya era imposible. Su destino, ahora se dirigía hacia el sur, en donde la esperaba una nueva vida, el verdadero hogar.
Una semana después de que Oscar renunciará al Ejército Francés y se despidiera, quizás para siempre, de la reina María Antonieta, realizaba los últimos arreglos de su viaje. Decidió llevar sólo lo justo y necesario para comenzar su nueva vida en el sur. Llevaría con ella su violín, unas cuantas prendas de ropa y algo de dinero. El resto, quedaría en la mansión de su padre, porque sentía que ya nada le pertenecía, mucho menos después de la conversación con el general Jarjayes y en los términos en lo que todo había quedado. En una hora más, Fersen pasaría por ella, por lo que comenzó una larga despedida. Recorrió cada espacio de ese hermosa y gigantesco hogar que la había acogido durante toda su vida. La amada biblioteca, en donde había tenido tantos momentos de placer, los salones, la cocina de su nana, donde había sido consentida, amada y donde siempre hubo consuelo. El último lugar al que decidió ir, fue la habitación de André, que gracias a la intervención de la abuela se mantenía intacta, tal como era desde cuando eran pequeños. Se sentó sobre la cama y acarició el cobertor con devoción. Inmediatamente pensó, en cuánto le hubiese gustado salir de esa casa de la mano de André, llevando consigo el honor de contar con la bendición de su progenitor. Tuvo que reconocer, que ese era el verdadero deseo de su corazón. Toda su vida, solo había querido tener la aprobación del general, pero este siempre se mostró inconforme. El no haber nacido varón, había marcado su vida en forma irremediable. Su educación masculina, su formación militar, los duros entrenamientos que tuvo que pasar desde muy niña, la negación de sus instintos femeninos, nada fue suficiente para conseguir la felicidad y la aceptación de su estricto padre. Escapar de su yugo, era la única acción que ahora le quedaba. Suspiró al tomar conciencia de que, tal vez, jamás volvería a esa casa. Decía adiós, en ese momento, a su infancia, al amoroso regazo de su madre, a los recuerdos con André, a su hermosa soberana y gentil emperador. Las lágrimas que alcanzaron a escapar de sus ojos azul záfiro, fueron borradas con rapidez al escuchar unos pasos acercándose hacia la habitación.
-Hija, ya está aquí el conde Fersen - anunció su madre acercándose a ella, mirándola con una tristeza que fue capaz de traspasarle el alma . Con sus delicados dedos, arreglo algunos rizos que estaban en el rostro de la muchacha, luego, puso su mano en su rosada mejilla.
Oscar, sintió la amorosa calidez y suavidad de la piel de su madre, la que muy pocas veces la había reconfortado, pero que siempre necesitaba. Un sollozo salió de ambas mujeres, sin que lo pudieran ocultar. Se abrazaron con urgencia y largamente, como si el mundo se fuera a acabar en ese momento para ellas. Se aferraban una a la otra con tanto ímpetu que sus corazones, por un breve lapso de tiempo, se hicieron uno, tal como cuando aquella muchachita alta y valiente, había estado en el vientre de su esperanzada madre. Cuando se separaron, se miraron con amor y gratitud. La mujer, besó la frente de su hija menor con la dulzura que la caracterizaba, limpió con sus propios dedos las lágrimas que habían surcado su frágil rostro y, comprendió, que había llegado el momento de dar un paso al costado para que su hija pudiera avanzar en el camino que había elegido. Y así lo hizo. Oscar, pasó por su lado, percibiendo su característico perfume a madreselva. Se detuvo por unos instantes y la volvió a mirar a los ojos.
-Siempre te voy a querer, madre - la mujer sonrió con tristeza.
-Hablas como si nunca fueras a volver – su voz se quebró al terminar la frase.
Oscar, tomó las manos de su madre entre las suyas - No madre, no volveré, esto es para siempre - le explicó con profundo cariño y ternura.- Haré mi vida en otro lugar, muy lejos de aquí - Madame Jarjayes abrió los ojos, escapándose de ellos unas gruesas lágrimas que no cesaban de caer por su rostro. No pudo hablar, solo transmitir con su mirada que su hija se llevaría con su partida, un trozo de su corazón.
…
Fersen esperaba a Oscar en la puerta de entrada de la mansión junto a la nana y el general Jarjayes, que lo miraba fríamente mientras fumaba su pipa. Cuando vio la figura esbelta de Oscar acercarse, sonrió aliviado, ese momento se le estaba haciendo eterno. Al indagarla, le pareció contradictoriamente luminosa y triste.
-Querida, ¿cómo estás? - dijo quitándole el pequeño morral que Oscar carga en sus manos.
-Estoy bien, y tú Fersen, ¿qué tal estuvo tu viaje?
-Bien, aunque un poco agotador, pero ya estoy acostumbrado – echo un vistazo a los miembros de la familia que se miraban incómodos – Los dejaré a solas - dijo mirando a Oscar – me llevaré esto. Te espero afuera. Con vuestro permiso – hizo una reverencia a las damas y se retiró como lo que era, un caballero.
La nana, se había acurrucado junto a Madame Jarjayes y ambas lloraban desconsoladamente. Oscar, al verlas, no pudo más que sentir una profunda tristeza por ellas.
-Por favor, no lloren más. Les prometo que estaré bien – trató de tranquilizarlas, pero no hubo forma de hacerlo. Ambas, la abrazaron al mismo tiempo, con tanta fuerza que apenas y la dejaban respirar. Finalmente, se separaron de ella un poco a la fuerza, un poco por voluntad. Oscar comenzó a caminar hacia la salida, ignorando por completo la presencia de su padre. Este la miraba con altivez y, se aseguró antes de que saliera, de dejarle en claro que no estaba de acuerdo con su decisión.
-Si sales por esa puerta, jamás te perdonaré – sentenció con firmeza.
Oscar se detuvo por un instante, cerró los ojos, respiró hondo y respondió – Adiós, padre – Y se fue decidida a no mirar atrás. Cruzó el umbral y subió con presteza y agilidad sobre Cesar, aunque, con los ojos inundados en lágrimas. "Adiós para siempre", se dijo en voz baja.
- ¿Estás bien? – preguntó Fersen antes de partir. Oscar asintió con la cabeza e, inmediatamente, espoleó los costados de su caballo, saliendo a toda carrera por la puerta principal de la mansión, seguida por un sorprendido Fersen.
…..
Cabalgaron en silencio por varios minutos. Oscar, estaba imbuidaa en sentimientos que comenzaban a torturarla, pero sentía que la brisa fresca de la mañana aliviaba de alguna forma inexplicable el dolor vivido al dejar a su madre y nana en la mansión. Fersen, prefirió no interrumpir ese momento, ya que se imaginaba lo difícil que debía ser para Oscar dejar todo atrás e ir hacia lo desconocido. Aún les esperaba un muy largo viaje, al menos por una semana, por lo que tendrían muchos momentos para conversar y compartir sus pensamientos.
Iban saliendo hacia la luz, luego de recorrer un espeso bosque, cuando divisaron a lo lejos la figura de un hombre que se interponía en su camino. Oscar, agudizó su vista para identificar de quien se trataba, sorprendiéndose al descubrir que Alain Soissons, les sonreía con gesto divertido desde su caballo.
- ¿Qué haces aquí? – preguntó Oscar intentando controlar a Cesar para que se detuviera por completo.
- ¿Qué clase de recibimiento es ese, comandante? – contestó con evidente ironía.
La muchacha, lo miró impertérrita. Alain sonrió al ver esa expresión en su rostro. Luego, miró evaluativo a Fersen. – No me presentas a tu acompañante, Oscar.
-Sí, claro – dijo ella despertando recién de su sorpresa. - Este caballero es el conde Fersen, de Suecia.
- ¡Oh! Vaya, vaya – exclamó con sorpresa al reconocer el nombre del tan mentado sueco – Es un verdadero placer conocerlo, conde Fersen. Sargento Alain Soissons, a sus órdenes – dijo levantándose la gorra en señal de respeto. Fersen, sólo lo miró en silencio.
- ¿Qué quieres Alain? – preguntó Oscar ya un poco impaciente del sarcasmo de Alain.
-Iré con ustedes – declaró de sopetón.
Oscar y Fersen se miraron extrañados.
- ¿Cómo que irás con nosotros? ¿a qué te refieres? - preguntó al no entender de qué hablaba su ex subordinado.
-Viajaré con ustedes - aclaró el soldado - o ¿acaso no puedo?
Oscar lo miró divertida y agregó:
– Puedes hacer lo que te plazca, Alain, pero no es necesario que me acompañes, yo puedo…
-Es lo que André hubiese querido, ¿o no? - la interrumpió de inmediato.
-Supongo… - musitó Oscar dubitativa.
-Ni sueñes que te dejaré sola con este... hombrecito - recalcó esta última palabra con un tono que hizo que al sueco le cambiará inmediatamente la expresión del rostro. El conde, lo miró perplejo, ni siquiera lo conocía y ya guardaba recelos en su contra.
- Te llevaré a destino, tal y como lo hubiera hecho André – le guiñó un ojo a la joven, quien volvió a sonreír con ese gesto pícaro. –Vamos, no se queden parados, sigamos – les ordenó adelantándose.
Oscar y Fersen se volvieron a mirar y, sin decir palabra alguna, siguieron a Alain resignados.
…..
Transcurridas varias horas de viaje, Alain y Oscar, conversaban animadamente, mientras Fersen, cabalgaba detrás de ellos en silencio. Maldijo su suerte cuando comprobó que el soldado hablaba en serio y que se les uniría al viaje. Su expectativa, era hacer todo el trayecto a solas con Oscar y así poder charlar de temas que sólo le concernían a ambos. Pero, el destino le estaba jugando una mala pasada y ahora, en cambio de tener la atención de la joven, estaba relegado de la hilarante conversación que mantenían ambos unos metros más adelante. Utilizó su tiempo, ej observar con mayor detenimiento a Oscar y pudo comprobar que estaba disfrutando de la compañía del estrafalario soldado. Hacía mucho que no la veía sonreír de esa forma y, con sinceridad, su corazón se alegró de que aún pudiera regalarle su sonrisa al mundo, aunque esa sonrisa, no fuera provocada por él.
Cuando llegaron al primer pueblo, ya era de noche. Los tres viajeros se sentían terriblemente fatigados y sin ánimo de pensar en nada más que comer y descansar. Oscar, pudo percibir cierto recelo en la forma en que sus acompañantes se miraban, ya que, ni siquiera se habían dirigido la palabra.
- ¿En dónde nos quedaremos? - preguntó la joven a ambos hombres, quienes al unísono y sin pensarlo demasiado respondieron "aquí" pero en direcciones totalmente opuestas.
Oscar se cubrió los ojos con la mano y resopló, rogando para sí paciencia divina, a conciencia de que no tenía mucha y mucho menos, con el estómago vacío y los músculos fatigados por el largo viaje.
Alain y Fersen se miraron serios y graves, como si estuvieran a punto de atacarse, tal y como lo habían hecho durante todo el trayecto.
-Me han recomendado esta posada por su deliciosa comida - argumentó su decisión Fersen.
-Sí, pero las habitaciones son pésimas, frías y húmedas - contraargumentó Alain.
Fersen le dio una mirada petulante - ¿Y qué pretende, sargento, que nos muramos de hambre? – preguntó molesto por los comentarios del soldado.
- ¡Necesitamos descansar! – exclamó Soissons para rebatir sus palabras.
-Y comer, ¡idiota! – alzó la voz Fersen.
-¡Hey, qué te crees…!
- ¡Basta caballeros! - Les ordenó con voz firme Oscar ante la evidente animadversión de los dos hombres - ¿Se puede saber qué demonios les pasa? – frunció el ceño y los miró con furia.
Ambos la miraron avergonzados, pero cada vez que sus miradas se volvían a encontrar, salían chispas de sus ojos. - No iremos a ninguna de esas posadas, ¡síganme! - les exigió como si estuviera mandando a sus subordinados. Alain y Fersen fueron detrás de ella obedientes y silenciosos, hasta que se encontraron afuera de una taberna - Quédense aquí hasta que arreglen sus diferencias. Es una orden.
-¿¡Qué!? - exclamaron ambos abriendo los ojos.
-No tengo ninguna intención de viajar con dos personas que estarán peleando como el perro y el gato. Estoy cansada, buenas noches - dio media vuelta y se marchó. Los hombres la miraron hasta que la vieron entrar a una posada cercana a la taberna.
Fersen miró a Alain con curiosidad - ¿Obedecerás? – preguntó con una sonrisa sarcástica.
El soldado sonrió divertido - ¡Por supuesto! - aseveró. Fersen frunció el ceño. - ¿Acaso no la conoces? Fui su subordinado, no te imaginas lo que puede suceder si no cumples con una de sus órdenes - terminó bajándose de su caballo y entrando a la taberna. Al darse cuenta que iba solo, se devolvió y miró al conde - Hey, muñequito, ¿no me seguirás?
Fersen lo miró furioso pero, finalmente, bajó también de su caballo en silencio. No quería probar la cólera de la ex comandante.
Soissons y Fersen bebieron vino en silencio, sin sacarse ni por un momento los ojos de encima. Se había producido entre ellos una antipatía casi natural, provocada por la relación que cada uno mantenía con Oscar.
-Por nuestro bien, será mejor realizar este viaje en paz - rompió el silencio Alain.
Fersen hizo una media sonrisa - Esto no lo haces por André, ¿cierto?
-Eso no es de tu incumbencia, Conde Fersen - dijo levantando una ceja y tomando un sorbo de vino.
-Claro… - farfulló el sueco sarcástico. - Pero tienes razón, hagamos el viaje en paz. No quiero que Oscar pase un mal rato por nuestras diferencias.
Alain rió de buena gana frente a la mirada curiosa de Fersen - ¿Ella, pasarlo mal? Le aseguro que quien lo pasará mal no será ella, sino tú – le advirtió - Se ve que no la conoces en su faceta de comandante y aunque ahora esté fuera del ejército y la guardia, siempre se comportará como lo que es y ella es una militar, por sobre cualquier otra cosa.
Fersen tuvo que admitir que Soissons tenía razón. Jugar con el temperamento de Oscar, era como jugar con fuego - Está bien, seguiré vuestro consejo, Alain. ¿Puedo llamarte Alain?
-Claro, Fersen.
Ambos hombres se pusieron de pie para retirarse. Caminaron hacia la salida. Antes de que Alain se dirigiera hacia su caballo, Fersen, lo tomó del brazo para llamar su atención. El sargento, lo miró por sobre el hombro. - Sólo un último punto a nuestro acuerdo, Alain.
-Habla – le dijo quitando el brazo que tenía atrapado en su mano Fersen.
-No vuelvas a llamarme hombrecito o muñequito - le advirtió con seriedad.
Alain sólo rió, tomó las riendas del potro y se dirigió hacia la posada. Fersen, derrotado, hizo lo mismo.
…..
Oscar, yacía a oscuras recostaba sobre la cama, mirando el techo de la habitación completamente desvelada. Se sentía muy cansada, su cuerpo así lo expresaba y hacía horas que intentaba dormir, pero no lo lograba. Suspiró con profundidad al darse cuenta que las horas transcurrían sin piedad. Se giró hacia su lado derecho y abrazó la mullida almohada, volviendo a cerrar una vez más los ojos para intentar conciliar el sueño. De pronto, sin darse cuenta, finalmente lo logró, entrando en un profundo trance que la llevó a un páramo oscuro, húmedo y tenebroso. A su alrededor, había cientos, miles de personas enardecidas, gritando con las manos empuñadas hacia el cielo ¡Libertad! ¡Libertad! En lo alto de una colina, divisó un aparato largo de madera que, en su parte superior, tenía una gran hoja metálica sujeta a una cuerda. Sin saber cómo, se vio perdida entre la multitud de personas, vestida con su antiguo uniforme de comandante de la Guardia Imperial. Caminó entre ellos, buscando algo que había perdido, pero no recordaba qué. Al instante, se dio cuenta que era observada inquisitivamente por la aglomeración a su alrededor. ¡Es un perro de la reina! ¡Es un noble! ¡Es un maldito noble! Vociferaban acercándose a ella con los ojos desorbitados y rostros famélicos. La tomaron de los brazos con agresividad arrastrándola hasta lo alto de la colina. La lanzaron al piso cayendo a los pies de una mujer. Oscar, al levantar la mirada, se dio cuenta que estaba bajo María Antonieta, quien la observaba con desprecio. ¡Traidora! ¡Eres una desertora!, exclamaba una y otra vez la reina de Francia. Luego, fue levantada de los brazos por dos hombres y llevada hasta la máquina. La obligaron a poner su cabeza en la base de ésta. "Me van a cortar la cabeza", pensó para sí misma, entonces comenzó a patalear y tirar golpes a los hombres, quienes la redujeron inmediatamente. La reina, reía de manera descontrolada y solo se detuvo para decir: "A los traidores y desertores se les debe cortar la cabeza". La joven, se sintió aterrorizada. Luego, un verdugo encapuchado se acercó a ella y habló cerca de su oído con voz grave. "¿Ya dijiste tus oraciones esta noche, Oscar?"
- ¡Oscar, Oscar! - Fersen zamarreaba a la muchacha para que abriera los ojos.
- ¡No, no, no! - repetía ella incesantemente, precipitando a diestra y siniestra golpes.
- ¡Oscar, soy yo abre los ojos! - cuando por fin los abrió miró al conde aterrorizada, se sentó en la cama y explotó en llanto. Este la abrazó para consolarla. - Tranquila, fue solo una pesadilla - decía mientras acariciaba con ternura la espalda de la joven. Cuando sintió que ya se había calmado, la separó de su cuerpo para mirarla. - ¿Estás bien? – le preguntó buscando sus ojos.
Oscar, se mantenía con la mirada baja, aún sollozando por el terror provocado a raíz de su sueño.
-Sí… estoy bien - dijo apenas en un susurro.
-Tuviste una pesadilla, ¿me quieres contar? - Ella negó con la cabeza - Está bien, querida, no te preocupes.
Luego de un rato, en el que Fersen se quedó acompañándola, sentado junto a ella, Oscar logró encontrar calma y claridad.
- ¿Qué haces aquí? - preguntó al volver en sí y percatarse de la presencia del sueco en su habitación. Este se alejó un poco y carraspeó incómodo.
-Este… Vine a ver si estabas lista, porque ya es tarde y entonces escuché tus gritos – explicó nervioso - Perdona si te incomodé.
-Oh, no… - dijo suavizando su tono la joven - No te preocupes. Te lo agradezco mucho. Me arreglaré para que podamos irnos.
-Sí, te esperaremos abajo – habló el conde caminando con rapidez hacia la puerta.
-¡Fersen, espera! - El sueco se devolvió inmediatamente. Sostuvieron sus miradas por algunos segundos - ¿Crees que soy una traidora por haber renunciado a mi puesto en la Guardia del Ejército? ¿Me perdonará algún día su Alteza?
El joven caminó unos pasos más hacia ella y tomó una de sus manos - No eres una traidora, Oscar, sino una persona que lucha por sí misma hasta el final. Lady Antonieta así lo comprende. No debes preocuparte por eso.
Oscar se quedó mirándolo suplicante de una respuesta que realmente pudiera calmar su conciencia. Finalmente, pensó, todo lo que ocurría, tanto en la realidad como en su mente, eran las consecuencias de sus actos y no tenía más opción que asumirlas. - Gracias, Fersen – musitó disimulando su angustia.
Fersen le sonrió tiernamente, creyéndose satisfecho por haberla podido tranquilizar.
Cuando cerró la puerta de la habitación, Alain estaba en el pasillo, con los brazos cruzados en el pecho y mordiendo un trozo de paja. El joven conde, hizo caso omiso de su presencia y continuó caminando.
-Fersen… - dijo en tono calmo Alain. Fersen se detuvo sin voltear a mirarlo - No olvides que es una mujer y tú, un hombre - El sueco, cerró los ojos y tomó una bocanada de aire. No tenía ánimo de dar explicaciones.
-Los esperaré abajo, por favor no tardes.
Alain, hizo una mueca de sonrisa. - Claro - musitó entre dientes.
Fue un largo viaje recorrido a través de todo el sur de Francia. A esa altura, ya habían transcurrido varios días desde que habían abandonado Versalles. La relación entre el conde y Alain, parecía haber mejorado notablemente o, al menos, eso disimulaban frente a Oscar, quien, ante el menor gesto de discordia entre los hombres, los catapultaba con una sola mirada.
Llegaron a Toulouse al medio día. Recorrieron la ciudad admirando la hermosa arquitectura y sus fulminantes colores. Hacía un excelente clima, lo cual los reconfortó.
-Debemos continuar ahora, si no queremos que nos sorprenda la noche – advirtió Fersen a sus acompañantes.
Oscar, lo miró con atención, regalándole una hermosa sonrisa – Sí, estoy ansiosa por conocer el lugar.
Se adentraron hacia el interior de la ciudad, dónde la civilización, al parecer desaparecía para abrir paso a una vegetación abundante. Hermosos prados con varias tonalidades de verdes que parecían no tener fin, decoraban el paisaje. El viento, era poderoso cada cierto intertanto de tiempo, tanto, que se sentía como agujas en el rostro. Oscar, llevaba el cabello revuelto, los rizos le tapaban la cara y, la obligaban a hacer un gesto que, a Alain, le pareció increíblemente femenino e inocente. Guiados por Fersen durante todo el trayecto, de pronto los obligó a detenerse en medio de la nada. El sol, ya se estaba acercando a las colinas colindantes, por lo que los colores alrededor, eran aterciopelados y suaves.
-Mira Oscar, luego de esas colinas, encontrarás tu nuevo hogar – dijo indicando con el dedo hacia un lugar, que era igual a todos los otros que habían recorrido durante las últimas horas.
La joven, se mostró evidentemente emocionada. Dirigió su mirada hacia el lugar, con lágrimas en los ojos. Le palpitaba el pecho con fuerza y, el cuerpo, le temblaba. Volteó su mirada dirigiéndose a Fersen.
-No sé cómo agradecerte, querido amigo.
-No lo hagas, sólo sé feliz, Oscar.
Ella sonrió.
-Lo haré – se acercó hacia el sueco y le tomó la mano. –Siempre serás bienvenido, este también es tu hogar de ahora en adelante – luego, se acercó un poco más y le brindó un largo abrazo.
Alain, los observaba curioso por la intimidad que mostraban en su trato. Reparó que Oscar, algo susurraba al oído del conde. Frunció el ceño en señal de desconcierto. De repente, se encontró con ella frente a frente.
-Alain, muchas gracias. Tu compañía me hizo muy bien – dijo ofreciéndole la mano.
- ¿Estás segura que no quieres que te acompañemos hasta allá?
-Estaré bien, no te preocupes. Esto es algo que debo hacer sola. Adiós, Alain Soissons.
-Adiós, comandante – respondió él con un nudo agolpado en su garganta.
Ambos hombres, se quedaron observando cómo la joven se alejaba por entre las colinas. Su hermoso cabello se ondeaba al compás del viento, salvaje e indomable, como ella siempre había sido.
Mientras cabalgaba hacia su destino, la joven sintió con intensidad el latir de su corazón en cada parte de su cuerpo y diferentes emociones revoloteando en su pecho Tenía ganas de gritar, llorar, sonreír y volver a llorar. Al fin había llegado a su destino, su vida comenzaba en ese lugar. Cuando llegó a la cima de la colina, una pequeña casa se divisaba en el valle. Desde la altura en la que estaba, se detuvo a mirarla con atención, advirtiendo que en nada se parecía al hogar en el cual había crecido. Era modesta, sencilla y pequeña. Su corazón se estremeció en una mezcla de ternura y emoción. Un hermoso jardín la decoraba en forma encantadora y una pequeña cerca de madera marcaba la entrada. Vino entonces a su memoria, aquella vez que estuvo en la humilde casa de Rosalie y Bernard. En ese momento, tuvo una sensación muy similar a la que tenía ahora, la de estar en un verdadero hogar. Se quedó mirándola por varios minutos más, apreciando cada detalle en ella. El viento llevaba su rubia melena hacia cualquier dirección, por lo que tuvo que quitarse el cabello del rostro varias veces para seguir mirando. De pronto, entre la enmarañada que estaba frente a sus ojos, apareció una figura familiar. Abrió sus grandes ojos azules, sin poder evitar que un sollozo saliera de su garganta. Se tapó la boca para acallarlo y entender su sorpresa. Era él. Dios mío, se dijo aún emocionada, es él, es él, es él, repetía sin cesar. Sabía, ahora, que ese hogar estaba completo. Luego de muchos meses de ardiente espera, de soledad autoimpuesta, de soñar dormida y despierta, por fin respiró aliviada de esa angustia constante que la desgarraba por dentro día a día. La presión que había estado cerrando su pecho, al fin cedía ante la tan anhelada posibilidad de sentir su abrazo. Bajó de Cesar intentando guardar la calma, para sentir y atesorar cada paso que la acercaba hacia su objeto de amor. Le temblaban las piernas, aún así, caminó con paso firme y la mirada incesante en la silueta del alto joven, prácticamente arrastrando a su caballo de las riendas.
El muchacho, no se percató de su presencia, hasta que en medio de sus actividades, la presintió, quedándose totalmente paralizado. Su primer impulso fue correr hacia ella, pero el cuerpo no le respondió. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que la había visto, que por un momento creyó estar en un sueño. Imposibilitado de realizar cualquier movimiento, se quedó atento al caminar seguro de la joven que se acercaba, al fuego en su mirada, al vaivén de su largo cabello rubio en cada paso. Cuando ella llegó frente a él, mantuvieron su mirada fija en el otro por largos segundos.
- ¿No eres un sueño, verdad? – preguntó la muchacha con un hilo de voz temblorosa.
-No, estoy aquí, contigo – respondió él con la respiración agitada, sin atreverse aún a tocarla. Siguieron mirándose, teniendo sólo el cielo como testigo de un reencuentro que había sido soñado solo en su imaginario diario desde hacía muchísimo tiempo. Finalmente, André controlado solamente por sus impulsos, tomó entre sus manos las frías manos de la mujer que le estaba robando la calma desde hacía meses con su prolongada ausencia. Puso una de ellas sobre su mejilla para albergarla con su propio calor, e inmediatamente, comenzó a besarla con frenesí incontrolable. – Soy real y tú también lo eres, estoy aquí, amor mío, estoy aquí… - repetía con ansiedad, desesperación y suavidad, llevando sus besos hasta los finos dedos de la muchacha, quien comenzó a llorar superada por la emoción. El fragor del cuerpo de André era como un imán para sus sentidos. No podía hacer uso de su autocontrol ante él, ya no podía guardar la calma ni las ganas, ante su presencia.
-¡Oh, André! – exclamó finalmente entregándose a todas esas sensaciones que estaban en su interior, lanzándose a sus brazos con todo el ímpetu que su corazón le obligaba a tener en ese momento. Él, correspondió a su contacto de inmediato, aprisionándola con fuerza hacia su cuerpo. Ambos lloraron de felicidad abrazados por un largo rato, sintiendo el compás de sus corazones, sus respiraciones aceleradas, el temblor de sus músculos. Cada quien, en su mente, había estado recreando ese momento, sin embargo, nada era como se había presentado en sus pensamientos, porque todo lo que ocurría, se sentía mucho más intenso e inesperado. Era una felicidad que no podían traducir a palabras, ni siquiera a gestos o caricias. Cuando se separaron, cada uno secó con sus manos las lágrimas del otro, volviéndose a mirar con alegría y devoción.
-Te extrañé tanto que creí que iba a morir – confesó André con sus manos envolviendo el trémulo rostro de la muchacha.
Ella suspiró profundamente - Perdóname por no haberte podido proteger… todo esto fue…
- ¡No! Oscar, no digas nunca más eso. Nada fue tu culpa, era lo que tenía que suceder – la acercó hacia sí, posando un largo beso en su frente. Después, apoyó su mejilla en el mismo lugar donde segundos antes había puesto sus labios, enredando en sus dedos la espesa cabellera rubia. Oscar lo abrazó con fuerza monumental, temerosa de que se fuera a escapar de sus brazos. – Todo, absolutamente todo, valió la pena por este momento – continuó hablando el muchacho - No cambiaría ni un segundo de nuestra historia, la repetiría mil veces por vivir esto junto a ti una y otra vez.
-Pudiste haber muerto en ese motín… ¡tenía tanto miedo! – le dijo angustiada, revolviéndose en la calidez de su fuerte pecho, al traer a su mente esos recuerdos.
-Pero eso no pasó, estoy bien, a salvo… estamos juntos mi amor, ¡al fin! – la separó con suavidad de sí, tomándola con firmeza de la cintura. Oscar, se dejó llevar por la voluntad de su compañero y cerró los ojos para recibir el beso tan ansiado de su adorado André. Al sentir la humedad de sus labios y el sabor de su boca en la de ella, no pudo evitar querer prolongarlo por toda la eternidad. Su cuerpo respondió de inmediato, se contraía y pulsaba ante el contacto de las lenguas y las manos de André acariciando su espalda, luego su cuello y cada parte de ella con una bendita desesperación. Ella, lo tomó de la nuca, sin dejarlo separarse de su boca mientras se estaban besando. Pegó sus caderas a las de él, entrelazándose entre sus piernas, para acoplarse por completo y dejar de sentir la separación a la que se habían tenido que someter durante esos largos meses de ausencia.. Después de un largo momento, se separaron y, al abrir los ojos, fue como si ambos hubiesen vuelto a nacer y se miraran por primera vez. Sonrieron precozmente frente a la posibilidad de un nuevo futuro que se presentaba ante ellos, forjado a base de sacrificios y profundo amor.
- Bienvenida, Madame Grandier – dijo él con una sonrisa que la deslumbró completamente. Ella, correspondió a esa sonrisa y, acto seguido, se colgó de su cuello para no dejar al descubierto sus mejillas completamente arreboladas, pero no de vergüenza, sino de felicidad. En silencio y con delicadeza, André la tomó en brazos, al igual como lo hizo aquella noche en que se habían besado por primera vez. Caminó con ella hasta la casa e ingresaron como recién casados a su interior, mientras que afuera, el sol mostraba sus últimos rayos anunciando su pronta retirada y, las primeras estrellas en el amplio firmamento, hacían su aparición. El viento, silbaba una melodía de alegría y triunfo, de esperanza y la promesa de un futuro lleno de momentos inesperados pero, muy seguramente, colmados de amor y compañerismo. Los dos muchachos que se habían criado juntos como hermanos, hoy, comenzaban su vida como marido y mujer, lejos de la maldad, apatía y desigualdad de una sociedad que, en el pasado, los había lastimado. Se habían convertido en los grandes héroes de su propia vida, habían encontrado, por fin, la libertad para amar.
Rugen los cañones en París,
un ave dorada se asoma en el cielo surcando mi mirada.
Nuestro Amor flamea al viento.
Nuestro Amor es libre, al fin.
EPÍLOGO
El conde Fersen y Alain Soissons, cabalgaban sin prisas de regreso a la ciudad de Toulouse. Iban silenciosos, con el corazón tranquilo por haber cumplido con la misión que se habían empeñado en llevarla a cabo hasta el final con éxito.
-No soy tan estúpido como ustedes creen – dijo Soissons rompiendo un silencio que llevaba largos minutos. Fersen lo miró sorprendido, luego sonrió.
-Lo sé, y yo tampoco lo soy - el joven conde hizo una pausa para intentar medir sus palabras. - La amas, ¿cierto?
El soldado esbozó una sonrisa sin dejar de mirar hacia el camino - ¿Acaso tú no?
-No de la forma en que tú crees.
- ¿Existe otra forma, Fersen?
-Creo que sí, que existen diferentes tipos de amor. El mío por Oscar está basado en la amistad y en la confianza. Pero no respondiste mi pregunta, ¿la amas? - insistió el conde ante la evidente evasión de Alain Soissons.
El soldado guardó silencio. Sus sentimientos hacia la comandante aún no tenían una explicación para él, ni un origen ni un fin. Sí, por supuesto, debía asumir que se sentía atraído por ella, por su belleza, su espíritu, su capacidad de luchar con fiereza y ser dulce al mismo tiempo. Pero tenía muy claro que sus sentimientos nunca serían correspondidos. La devoción que la ex comandante sentía por André, aún después de su supuesta muerte, le marcaban los límites que jamás se atrevería, ni debía traspasar. No era amor lo que sentía, eso sí lo sabía. Tampoco un enamoramiento repentino. Era más bien algo que lo inquietaba y, al mismo tiempo, lo calmaba, ante la imposibilidad que tenía de averiguar un poco más allá en su sentir. Miró a Fersen que iba concentrado en el camino. Desde el momento en que Oscar le había entregado la carta para André hacía varios meses atrás, sabía que algo en esa historia no encajaba. Muchas veces pensó, que si André estuviera muerto, jamás la elección de la joven hubiera sido venir a pasar el resto de su vida al fin del mundo y lejos de la vida militar. Siempre su liderazgo, su oportunidad de mandar a sus subordinados, había sido una forma de exorcizar sus demonios internos. En realidad, era la única forma que tenía.
Detuvo su caballo para poder leer en la mirada de Fersen la verdad, por si este se atrevía a mentirle -¿André está vivo? - preguntó sin rodeos.
Fersen también se detuvo, y no titubeó en su respuesta. - Sí, Alain. Era la única forma que teníamos de desviar la atención del padre de Oscar. Mientras menos personas lo supieran, más fácil era sacarlo de París y hacerlo pasar por muerto.
Alain frunció el ceño - ¿Y dónde estuvo todo este tiempo?
-Las primeras semanas, lo escondí en mi casa - Alain abrió los ojos sorprendido. No creía al delicado conde capaz de tamaña hazaña. - Una vez que se concretó la compra de la casa y tuve los títulos de dominio en mi poder, viajó hasta acá y se ha mantenido aquí durante todo este tiempo, esperando a Oscar.
-Entiendo…- balbuceó Alain sumido en sus pensamientos y cuestionamientos. - ¿Por qué Oscar demoró tanto tiempo en venir hasta acá? Ha transcurrido mucho tiempo, acaso, ¿ella tuvo dudas?
Fersen sonrió. Alain demostraba un gran sentido de fidelidad hacia André, lo que lo hacía parecer un poco sobreprotector con el muchacho. -Claro que no. Todo esto fue planificado por la mejor estratega de Francia, la comandante Oscar Francoise de Jarjayes. No podía venir hasta acá inmediatamente, hubiese sido algo muy sospechoso. Tuvo que hacer creer a todo el mundo que André había muerto, especialmente a su padre. Además, un general del ejército no se retira de un día para otro de sus labores. Sólo gracias a su amistad con la reina, se le permitió hacerlo en forma tan rápida y repentina.
-¿Quiénes lo sabían? - Alain era un enjambre de preguntas que parecían nunca acabar.
-André, ella y yo… y, eventualmente, la abuela de André.
-Y lo del motín, ¿fue real? - volvió a preguntar. Sabía que ese era el momento para resolver todas sus dudas.
-Tú sabes que sí. Fue el riesgo que debimos correr para que todo fuera lo más creíble posible y la única forma de sacar a André de ahí. El padre de Oscar es un militar, si fallábamos en algún detalle, todo hubiese sido en vano. De todas formas, ellos nunca confiaron en que el general liberara a André tan fácilmente - hizo una pausa para mirar hacia el frente y retomar el camino, pero recordó lo que Oscar le había dicho minutos atrás. - Por cierto – puso su mano dentro del bolsillo y sacó de él un pequeño bulto envuelto en una tela color marrón – Oscar dejó esto para ti.
Alain lo tomó entre sus manos, creía saber de qué se trataba. Era la pequeña medalla que meses antes había estado en su poder. Recordó la historia que Oscar le había contado acerca de su origen en aquella ocasión. Sonrió al tenerla nuevamente entre sus manos.
-Supongo que esto también fue parte de su plan.
Fersen volvió a sonreír. – Tal vez. Según sé, André jamás ha vencido con la espada a Oscar… aunque él insiste en que se ha dejado ganar más de una vez, así que puede ser real, como no - Alain también sonrió. - Oscar me pidió que te diera las gracias y que te dijera que lamentaba haberte engañado, pero que sabía que tú lo podrías entender.
-Claro que sí, ahora me dicen el comprensivo Alain - dijo guardando la medalla en su bolsillo. -Vamos Fersen - habló ya más tranquilo y resignado - Hagamos una carrera hasta la taberna del pueblo, el que llega último, pagará las cervezas - espoleó su caballo y salió al galope sin darle tiempo al conde de aceptar.
Fersen, con apenas tiempo de reaccionar, iba a hacer lo mismo, pero se volteó para mirar por última vez el camino que podría llevarlo de regreso a Oscar. Su corazón se estremeció ante la inminente ausencia de su amiga, la única, que había tenido en realidad. Se sintió nervioso, ante la incertidumbre de no saber todavía qué le esperaba en Versalles, pero sí sabía que tenía el profundo deseo de defender y proteger a su ser amado, a su reina. Quizás su lucha no era con él mismo, como en el caso de Oscar, sino contra algo mucho más infranqueable e imposible. Aún así, estaba dispuesto a enfrentarse al mundo entero por la mujer que hace años atrás, con su belleza y frescura, le había arrebatado la voluntad y el razonamiento.
Suspiró. Una vez más, debía decir adiós a la comandante Oscar.
….
Tres semanas después, en algún lugar del sur de Francia…
Duermes, y tu respiración golpea mi pecho con una llamarada de deseo y ternura. Yo, que siempre fui tu fiel compañero, el amigo silencioso, tu sombra inagotable, me conformaba con tu mirada, tus gestos, una sonrisa fugaz. Hoy, en cambio, me alimento de tus besos, de la humedad de tu cuerpo, de esos dulces "te amo" que se te escapan luego de hacer el amor. A veces, no sé si estoy viviendo un sueño o la realidad pero, de la forma que sea, quiero que sepas que soy feliz, que soy inmensamente feliz.
El futuro lo vivimos aquí, en cada paso que damos, en cada aurora que despierta tus sentidos a un nuevo día, como una caricia venida desde la mano de Dios. No te mereces menos que eso, mi amor.
No sé si algún día pueda dejar de temblar al mirarte o de saciar este hambre incesante de ti. Tampoco sé qué nos deparan los días venideros, sin embargo, decidí hace muchos años entregarte todo de mí. No es una promesa hacia el futuro, mi amor, es la elección que anhelo hacer cada día que pueda estar a tu lado. Si estoy vivo, hoy, es para cumplir con ese deseo venido desde lo más oculto de mi alma.
Mi vida comenzó contigo aquel día de mis escasos seis años, cuando me regalaste tu sonrisa, tus juegos secretos, la promesa de una amistad a través del tiempo. Siempre creí en eso, siempre confié en que nuestros corazones encontrarían la forma de encontrarse para el amor. Y no me equivoqué. Estás aquí a mi lado y duermes frágil, inocente como una ninfa del bosque.
Aún siento miedo de tocarte y que de pronto desaparezcas, como en todos esos sueños en los que te tuve y te amé, pero siempre terminabas esfumándote. Me atrevo, al menos, a rozarte con mesura y timidez. Recorro el surco de tu espalda como si estuviera transitando a través de un abismo y casi sin poder controlarlo, siento ese vértigo en mi estómago, me estremezco ante el frágil contacto con la suavidad de tu piel lozana y fresca. Tú también lo haces y me miras aún perdida entre la epifanía de tus sueños y la realidad. Me buscas y me abrazas, suspiras aliviada al encontrar mi espalda o mi pecho. Cada vez que eso ocurre, siento que me podría perder en este mundo de amor y deseo y en tu mirada, que es como un pozo de agua cristalina que habla desde el fondo silencioso acerca de tu lucha, la que libraste con valentía y fuerza y por la cual agradeceré por el resto de mi vida.
Mi amor, mi Oscar, mi Ángel caído, mi Diosa del Olimpo. Si pudieras salir de tu cuerpo en este instante y mirarte como yo te estoy mirando. Si pudieras ver a través de mis ojos, y sentir con mi corazón, desearte con mi cuerpo y pensarte con mi mente, descubrirías con total certeza y seguridad, que esto es real e inmenso, inquebrantable. Sabrías, mi amor, que morir ya no es un castigo para mí, porque hay algo peor que la muerte y, eso es, estar sin ti.
Siempre quise escribir una historia de amor de Oscar y André. Una historia de ese amor que todas idealizamos en algún momento de nuestras vidas. Fue difícil decidir si Oscar continuaría siendo una comandante o si finalmente se dedicaría a vivir una vida común y corriente junto al hombre que amaba. Finalmente, me decidí por esta última porque siempre mi intención fue que pudieran amarse, así como no lo habían podido hacer en la historia original. Aún así, tuve esos conflictos que quise representar en el diálogo de Oscar con Maria Antonieta y en su sueño. Siempre vi a la comandante como una persona muy guiada por el deber ser, tanto así, que puso en peligro su amor y murió por su causa. Pero creo que en el fondo de su corazón, solo ansiaba amar y ser amada.
Este capítulo estuvo prácticamente listo hacía varias semanas, faltaba pulir algunos diálogos y detalles, pero creo que lo estuve aplazando porque no quería llegara el fin. Aún así, no pondré "fin" ni "continuará" porque quiero seguir soñando que nuestros Oscar y André siguen teniendo una vida juntos y que son felices a pesar de las tormentas. Y también quiero que las lectoras hagan lo mismo, que no pierdan la esperanza de que sus personajes favoritos siguen viviendo de la forma en que lo hicieron en esta historia.
Tampoco prometí más capítulos porque no quise forzar más historias paralelas ni introducir nuevos personajes, pero sí, quiero compartir con ustedes una historia muy bonita de uno de mis personajes favoritos que tendrá como antecedente este fanfic.
Mi Oscar y mi André (me gustó llamarlos así cuando lo leí en un review de Dayana) no tienen una edad determinada. En mi mente, siempre serán jóvenes y hermosos, pero quizás, sólo quizás, crecerán un poquito en la próxima historia.
Quise dejar lo más importante para el final. MUCHAS, MUCHAS GRACIAS a cada persona que lee anónimamente, a quienes siguen esta historia y a quienes se dan el trabajo de comentarla. Sinceramente, es un placer leer que les ha gustado y que gozan, sufren, se alegran como yo lo he hecho al escribirla. Debo confesar que lloré al escribir el reencuentro de André y Óscar y el final feliz que siempre quise. Espero ustedes también lo hayan hecho… Al menos un poquito XD.
GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS!
