Aclaración: este es un capítulo especial del fanfic que le precede. ¡Espero lo disfrutes!
Capítulo especial: Una visita inesperada
Tal y como Oscar lo prometió, tan solo unos meses después de unirse a André en su casa en el sur de Francia, hizo traer a su querida nana hasta su nuevo hogar. La anciana, lamentablemente con el correr de los años, vio su salud deteriorarse poco a poco, por lo que permanecía más tiempo en cama que de pie, ya que sus fuerzas ya no la acompañaban para consentir a su querida niña, ni regañar a su nieto. Sin embargo, aún conservaba la alegría de vivir y de realizar lo que siempre amó hacer: cuidar de Oscar como si fuera su nieta.
Marrón Glacé, como siempre, tenía sus propias aprehensiones en relación a la vida de sus muchachos y no perdía oportunidad para cambiar aquello que no le gustaba, aunque la mayoría de sus intentos siempre fueron en vano. Desde que había llegado a la casa de los Grandier - Jarjayes, se dedicó en forma muy persistente en dar consejos a Oscar para convertirla en una "verdadera mujer", como decía ella, por lo que comenzó a entrenarla en las labores propias de su género: cocina, bordado, planchado. Sin embargo, y como era de esperarse, Oscar se negó en forma categórica a cumplir dentro de ese pequeño mundo que habían creado entre los tres, un rol común y corriente. Adoraba a su nana, pero su voluntad y deseo se dirigió a trabajar a la par con André en el campo, criando animales y brindándoles todos los cuidados que estos requerían.
Solo cuando terminaban su trabajo en el campo, se dedicaban a las labores del hogar. Hacía un tiempo atrás, habían tomado la determinación de dividir por igual los quehaceres hogareños, sin embargo, el plan tuvo que cambiar al darse cuenta que Oscar, no contaba con las habilidades que en aquella época se podrían esperar de una mujer. No obstante, esto no fue problema para la joven pareja, ya que André tuvo la genial y noble idea de convertir a Oscar en su asistente de cocina, limpieza, planchado, en su asistente de "casi" todo. Finalmente, terminaron realizando todas estas actividades juntos con el objeto de que la joven aprendiera cómo se llevaban a cabo, pero eso nunca sucedió. Pasaron los años y terminaron acostumbrados a ese estilo de vida, que la mayoría del tiempo los hacía disfrutar de la compañía del otro y hablar de cosas triviales y domésticas. Eso sí, en más de una ocasión, Oscar tuvo que aprender a lidiar consigo misma y su carácter dominante al tener que, de cierta forma, subordinarse a su entusiasta esposo, quien de vez en cuando, la sacaba de sus cabales solo para ver sus mejillas encendidas y sus ojos brillantes de furia.
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Aquella mañana, prometía ser una mañana como cualquier otra en aquel alejado lugar del mundo, sin embargo, apenas cantó el gallo al alba, intensas nubes negras comenzaron a cubrir el cielo. La temperatura bajó abruptamente y las aves volaron en busca de refugio. Todo indicaba que una tormenta se acercaba y era inminente. André miró por la ventana del comedor, extrañado de la oscuridad que reinaba en ese momento, a pesar de que había amanecido hacía un par de horas. Se quedó observando a través del cristal que comenzaba a empañarse con su respiración. Pequeñas gotas, que fueron aumentando en cantidad, le borraron la visión por completo.
- ¡André! - gritó Oscar desde la habitación interrumpiéndolo en sus pensamientos- ¿Viste mi cam…?
- ¡En el segundo cajón de la cómoda! – respondió antes de que la joven pudiera terminar la frase, mientras continuaba arreglando la mesa para el desayuno.
La joven sonrió al comprobar, una vez más, la habilidad de André para adivinar sus pensamientos.
- ¡Gracias cariño! – fue con premura a buscar en el lugar que le había indicado, ya que estaba sintiendo más frío de lo normal, pero lanzó la camisa sobre la cama, olvidándose por completo de que se estaba congelando, y comenzó a buscar con desesperación sus botas. ¿Dónde demonios las dejé? Se preguntó entre dientes mientras escudriñaba debajo de la cama y dentro de los muebles.
- ¡Ejem, ejem! - escuchó a sus espaldas la joven que se encontraba de rodillas en el piso.
- ¿Buscabas esto? - preguntó André desde la puerta de la habitación, con el brazo extendido y un par de botas negras, perfectamente lustradas, en su mano.
Oscar se levantó y se puso las manos en las caderas -¿Cómo…? - preguntó con el ceño fruncido.
-Estás muy distraída últimamente. Olvidaste que ayer saliste a caminar al campo y quedaron…
-... Cubiertas de barro - completó la frase al recordar. Inmediatamente fue por ellas, pero André¡ con agilidad las escondió en su espalda.
-Creo que me merezco un premio por ser tan buen marido - le coqueteó el muchacho, tocándose con el dedo índice la mejilla, para indicarle donde debía poner sus labios.
Oscar sonrió divertida - Sí, tienes razón, te mereces un premio - dijo acercándose con lentitud hacia él, tomándolo del cuello de la camisa y atrayéndolo hacia su cuerpo. André, sin ni siquiera darse cuenta, de pronto se vio hipnotizado por un par de hermosos ojos azules. Oscar rio al ver su cara cuando lo soltó con total brusquedad - Pero sólo te lo daré cuando me devuelvas mis botas - se dio media vuelta y se sentó en el borde, a los pies de la cama, con las piernas y brazos cruzados.
A André, le pareció una escena increíblemente sensual ver a su mujer en pantalones y en el torso, sólo ropa interior, por lo que dejó caer las botas con total despreocupación y se lanzó sobre ella tomándola de las muñecas. La chica se ruborizó al instante al recibir su mirada cargada de deseo. Esa mirada, a pesar del tiempo transcurrido, aún lograba inquietarla desde los pies hasta la cabeza. El nudo en el estómago que le producía sentir a André sobre ella, era lo que la mantenía viva, era el fuego que necesitaba su vida para que todo tuviera sentido.
-Creo que el desayuno podría esperar – le susurró con suavidad André en el oído, dándole un beso en la piel nívea y desnuda del cuello. Oscar cerró los ojos y, automáticamente, se le escapó un quejido al sentir el contacto de sus labios en su piel. – Sabes que cuando haces eso me enloqueces… - le dijo André mordiéndole el lóbulo de la oreja con suavidad.
Oscar, inmediatamente, enrolló sus piernas alrededor de la cintura de su compañero, para acercarlo hacia ella. Él, le soltó las muñecas y con su mano, comenzó a recorrer con ternura y lentitud los párpados, mejillas, el sutil contorno de los labios. – Eres tan hermosa – musitó mientras la observaba con ternura y admiración. Oscar, solo cerró los ojos y se entregó a las dulces caricias que estaba recibiendo. Luego, André llevó su mano por detrás del delgado y frágil cuello, impulsándola hacia su boca desde la nuca. La iba a besar ya desbordado de pasión, cuando de pronto la joven rubia se liberó, incorporándose rápidamente y con una expresión de desconcierto en la mirada.
- ¿Escuchaste eso? - le dijo a André en un susurro. Este la miraba extrañado.
- ¿No, qué cosa? – preguntó el muchacho aún con la respiración agitada.
-Shhh… escucha - puso su mano en la boca de él para que guardara silencio y pudieran escuchar los golpes que provenían desde la puerta de entrada - Eso, ¿lo escuchaste? - insistió.
-Debe ser el viento, ya comenzó a llover - explicó él levantándose para mirar por la ventana. El cielo, estaba completamente gris y la intensa lluvia no permitía ver muy lejos.
Luego, se dirigió nuevamente hacia la joven con la idea de completar lo que había dejado pendiente, la iba a besar, cuando otra vez oyeron golpes que los alarmaron, pero esta vez mucho más fuertes y persistentes.
- André, alguien está golpeando la puerta - advirtió Oscar mirándolo con sus ojos azules muy abiertos.
El joven frunció el ceño - No puede ser, ¿quién vendría a esta hora y con este clima? Iré a verificar – habló dirigiéndose hacia la entrada de la casa mientras se acomodaba la camisa dentro del pantalón.
Por un segundo, pasó por la mente de Oscar de que su padre los había encontrado. El corazón le palpitó con fuerza, tanto, que se quedó paralizada. Sin embargo, luego reaccionó, convenciéndose a sí misma de que aquello era imposible. Se puso la camisa y las botas con rapidez.
- ¡Oscar, ven a ver esto! - la llamó André desde el otro lado. Ella caminó por el pasillo a paso ligero hasta la puerta de entrada.
- ¿Qué…? - se quedó boquiabierta al ver a dos niños de unos cuatro años, tomados de la mano y completamente empapados por la lluvia. Temblaban de frío y tenían los labios azules. - ¡Por Dios! - exclamó y, casi por instinto, los empujó hacia dentro de la casa. André corrió por unas toallas y, mientras Oscar los secaba y les quitaba la ropa mojada, encendió el fuego de la chimenea. Los vistieron con sus camisas y los sentaron frente al calor de las llamas, alegrándose cuando notaron que sus mejillas empezaban a tomar color y sus cuerpos ya no tiritaban de frío.
Mientras los niños se reponían ante el fuego sin haber pronunciado ni una sola palabra, Oscar buscó los ojos de André para encontrar alguna respuesta a lo que estaba sucediendo. Cuando se hallaron, pudo notar, que él tenía la misma pregunta en la mirada.
Los niños estaban sentados uno al lado del otro, tomados fuertemente de la mano, observando el fuego con total atención. Una vez transcurrida la sorpresa que se llevó la pareja con la llegada de sus inesperados visitantes, se dieron a la tarea de analizarlos con mayor detalle. La niña tenía unos hermosos rizos rubios que caían en forma totalmente desordenada en su frente; una piel tan blanca que parecía casi traslúcida, las mejillas rosadas y unos grandes ojos azules. Si bien, pudieron notar que aparentaba ser mayor que el niño, ya que en su mirada se dejaba entrever un dejo de madurez y extrema seriedad, eran prácticamente del mismo tamaño y contextura. El chico, por su parte, tenía el cabello también rizado, pero marrón oscuro, los ojos verdes como dos aceitunas y una nariz perfectamente perfilada.
Las dudas que iban surgiendo a medida que los miraban y analizaban en silencio, los inquietaron de forma inevitable. Fue por eso que Oscar, ya no pudiendo más de la curiosidad, decidió tomar la iniciativa y se acercó a la aparentemente dulce niña que estaba imbuida en el movimiento que hacían las llamas del fuego. Con calma, se puso en cuclillas para quedar a su altura. La miró directamente a los ojos, a lo cual, la niña respondió sin ninguna pizca de timidez o vergüenza, correspondiéndole con una mirada fija de inmediato. Oscar sintió que la traspasaba con su mirada, como si pudiera ver dentro de su interior. Una sensación en su estómago le llamó la atención, era como si le hubiesen removido las entrañas, lo cual, la desestabilizó. Tuvo que tomar algunas bocanadas de aire antes de poder hablar.
- ¿Cómo te llamas pequeña? – le preguntó con una dulzura que desconocía en sí misma.
La niña arrugó el entrecejo y se refugió en la espalda de su pequeño compañero, pero sosteniendo en todo momento la mirada de Oscar. Esta, al ver la negativa de la niña a responderle, intentó tocarla, pero la rechazó de inmediato.
- ¡No me gusta que me digan pequeña! - protestó aún con el ceño fruncido y una voz chillona la niña, aferrándose con aún más fuerza al niño que estaba a su lado.
Oscar se sorprendió ante su respuesta, no esperaba una reacción así de su parte al ser tan pequeña y mucho menos que se comportara en forma tan esquiva, hasta desconfiada. Sin embargo, comprendió que sólo se estaba protegiendo ante los desconocidos que eran para ella en esos momentos.
Luego de superado el impasse, se dirigió al pequeño de ojos verdes, que la observaba con evidente asombro.
- ¿Y tú, tienes un nombre? – preguntó tomándole la mano. El pequeño solo asintió con la cabeza. - ¿Y cuál es? - volvió a preguntar al no obtener una respuesta verbal. El niño no pronunció palabra, pero liberó su pequeña mano de la de Oscar y sacó del rostro de la mujer un rizo rubio que estaba cubriendo su mirada. Luego, tomó otro mechón de pelo más largo y comenzó a enrollarlo entre sus pequeños dedos completamente fascinado. Oscar, no lo interrumpió en su actividad, todo lo contrario, lo dejó continuar al sentir ese gesto como algo muy familiar. No sabía por qué, pero al ver al silencioso niño haciendo ese juego con su pelo, no pudo dejar de mirarlo y admirar la extrema ternura que había en cada uno de sus pequeños rasgos.
André, observó la escena con curiosidad. Muy pocas veces había visto a la chica tratando con niños. En realidad, sólo una vez con un pequeño y enfermo Gilbert y, en algunas otras contadas ocasiones, con los hijos de la reina. Le pareció un momento por demás extraño, pero a la vez, lleno de dulzura.
-No le gusta hablar – habló después de un rato la niña con un tono completamente parco.
- ¿Y tú nos puedes decir su nombre? - preguntó Oscar nuevamente.
- ¡No! – exclamó la pequeña volviendo a arrugar la frente y haciendo un desprecio a la ex comandante. Oscar solo sonrió sorprendida.
André rio también de buena gana al ser testigo del cuasi diálogo entre la niña y su esposa.
- ¡Qué carácter! - comentó - Me recuerda a alguien cuando tenía esa edad - dijo mirando directamente a Oscar. - Ven acá - le pidió a la rubia tomándola de la mano para que se levantara – debemos tener paciencia, son solo niños que están asustados y perdidos. Déjame hacerlo a mí - terminó con un suave beso en la mejilla de la joven.
Se acercó a ellos y, poniéndose en la misma posición que Oscar anteriormente, los observó por algunos segundos.
- ¿Tienen hambre? - preguntó dirigiéndose a ambos. La pequeña rubia lo miró seria, pero ya no enojada. Asintió con la cabeza al igual que el niño. - ¿Te gustan las galletas y el chocolate caliente? – esta vez solo habló hacia la niña, que se mostraba aun escurridiza a sus atenciones, sin embargo, al escuchar las palabras de André, abrió sus grandes ojos azules, los cuales brillaron con intensidad, luego fue como si se hubiese dibujado una gran sonrisa en el rostro. - Muy bien - le dijo André acariciándole la cabeza al comprender su expresión. - A Oscar también le gusta el chocolate caliente, es su bebida favorita - La niña miró a Oscar que estaba de brazos cruzados observándolos. Luego, volvió a mirar a André y extendió sus pequeños bracitos hacia él. Oscar abrió de par en par los ojos al ver que el muchacho la subía a su regazo y, luego con el otro pequeño hacía lo mismo, llevándoselos al comedor.
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Ambos jóvenes, se sentaron frente a los pequeños, observándolos mientras comían. Se sentían extrañamente embobados por la escena y, aunque ninguno lo dijo en voz alta, una extraña sensación de dejavu los invadió. De pronto, ambos sonrieron disimuladamente al ver cómo los niños realizaban casi en forma sincronizada, los mismos movimientos al comer.
- ¿Crees que estén realmente perdidos? - preguntó Oscar a André entre dientes para no ser escuchada y sin sacarles los ojos de encima.
-No lo sé - murmuró André. - Pero lo averiguaré de inmediato – Los miró fijamente y sin mayores preámbulos les pregunto: - ¿están perdidos?
La pequeña rubia y el niño de ojos verdes, dejaron de comer al instante. Negaron con la cabeza al mismo tiempo y, luego, continuaron alimentándose. Oscar y André se miraron dudosos.
- ¿Tienen familia? – insistió en preguntar André.
Ambos niños, esta vez, asintieron con la cabeza sin dejar de comer galletas y beber chocolate.
-¿Tienen padres?
Respondieron haciendo el mismo gesto otra vez.
- ¿Dónde está su casa?
En ese instante, la niña se detuvo y miró a la joven pareja con seriedad.
-Aquí - sentenció.
- ¿Qué dices? - preguntó André sorprendido. - Esta casa nos pertenece a Oscar y a mí.
-Esta es nuestra casa - insistió la niña sosteniendo la mirada de ambos jóvenes.
Oscar, se puso de pie, haciendo un gesto a André para que la siguiera. Se dirigieron hacia el salón de estar, sentándose frente a la chimenea.
-André, esto es muy extraño - Oscar lo miró preocupada. - ¿Por qué esa niña dice que esta es su casa con tanta seguridad? ¿Serán hijos de los antiguos dueños? Pero… ¿quién deja salir a un par de pequeños en un día así?
-Sí, tienes razón, pero debemos calmarnos y poner la mente fría – le aconsejó André al verla exaltada por la extraña situación que se estaba suscitando – Además, ahora no podemos hacer nada, mira cómo sigue lloviendo – fue hacia la ventana y corrió la cortina para ver hacia el exterior. Afuera, todo estaba oscuro y húmedo, la lluvia, no cesaba de caer desde hacía horas y, por lo que se veía, sería así por un largo tiempo más. Luego, volvió a su lugar frente a Oscar- Tendremos que permitirles que se queden hasta que pase esta tormenta. No podemos salir a buscar a su familia en estas condiciones.
-Pero… ¿Y si son unos espías? - André soltó una carcajada. - ¡No te rías! - protestó ofendida.
-Oscar, mi amor, son apenas unos niños, el chico ni siquiera habla… ¿Cómo podrían ser unos espías?
La chica emitió un resoplido de frustración. - Entonces, ¿qué es todo esto?
-No lo sé, pero cálmate por favor.
- ¡Estoy calmada! ¿Acaso no lo ves? – comenzó a levantar la voz sin darse cuenta - Lo que está sucediendo es completamente nor…mal – terminó apenas la frase al ver que el pequeño de ojos verdes, le tironeaba la manga y los miraba asustados
- ¿Osca' y And'e peleando? - preguntó haciendo una mueca de tristeza con los labios.
-No, claro que no, cariño - dijo Oscar preocupada al verlo a punto de llorar. Se inclinó para quedar a su altura. El pequeño, aprovechó el momento y se abrazó al cuello de la joven, subiéndose con agilidad a su regazo. Oscar se sobresaltó, pero luego sonrió ante la presteza del niño para llegar a sus brazos - ¿Comiste tus galletas pequeño? - le preguntó mirándolo a sus lindos ojos verdes.
-Ajá - respondió el niño, lo que a Oscar le pareció de una ternura indescriptible. - La niña que está allí dentro es tu hermana, ¿cierto?
-Ajá - repitió, al mismo tiempo que jugaba con un mechón de pelo de la mujer. - Melliza - acotó al final con despreocupación.
Oscar miró a su marido dejando al pequeño en el piso, quien se alejó de ellos arrastrando las mangas de la camisa que le habían puesto de André. Se quedaron frente a la chimenea, sin hablar por un largo rato.
-André, esto no es normal. Algo muy extraño está pasando – rompió el silencio Oscar.
-No, claro que no es normal- dijo él rascándose la cabeza. - esos niños son…
- ¡Dónde está nuestra a abuela! - apareció de pronto la pequeña rubia, interrumpiéndolos y amenazándolos con un cuchillo de mesa en una de sus manos.
-¡Hey! - exclamó André poniéndose rápidamente de pie - ¿Tus padres nunca te enseñaron que es peligroso jugar con cuchillos? - se acercó a ella para quitárselo.
- ¡No te acerques porque te puedo hacer mucho daño! - le advirtió.
André ahogó una carcajada al escuchar la amenaza de la niña.
-Está bien - dijo alejándose unos pasos - ¿Me quieres contar quién es tu abuela?
La pequeña estaba agitada, se notaba en su respiración. Sostuvo la mirada de André por varios segundos, a medida que poco a poco se tranquilizaba y bajaba el arma.
-Abuela, allá – apareció nuevamente el hermanito de la pequeña apuntando con su dedo hacia la habitación de la nana. Tomó de la mano a la pequeña rubia y la condujo donde se encontraba durmiendo Marrón Glacé. Se quedaron mirándola fijamente, hasta que, como si la anciana los hubiese presentido, con lentitud comenzó a abrir los ojos, exclamando un grito de alegría al ver a los dos pequeños a los pies de su cama. Se incorporó con dificultad y abrió sus brazos para recibirlos.
- ¡Mis niños! - les dijo plena de felicidad.
- ¡Abuela! - exclamaron al unísono, subiéndose a la cama para abrazarla. Ambos, se quedaron acurrucados en su pecho con una gran sonrisa en los labios.
-Nana, ¿los conoces? - le preguntó Oscar perpleja y extrañada.
La abuela, al ver que se dirigía a ella, abrazó con fuerza a los pequeños, como intentando protegerlos.
- ¿Ustedes… quiénes son? ¿Qué hacen aquí? ¡No les permitiré que le hagan daño a mis niños! – vociferó la anciana con el rostro desfigurado de terror.
André se acercó a ella con cautela, entendiendo que se encontraba perdida y desorientada. - Abuela, soy yo, André. Mírame, soy tu nieto.
- ¡Tú no eres mi nieto! - gritó - El único nieto que tengo es este – acarició el cabello del niño que estaba entre sus brazos.
André la miró con espanto. Iba a insistir, pero Oscar lo detuvo, tomándolo del brazo para alejarlo. El joven retrocedió con los ojos llenos de lágrimas.
-Nana, nosotros somos quienes te cuidamos, y te queremos mucho - explicó Oscar a la anciana que no soltaba a los niños. La abuela la miró con desconfianza. - Créeme nana, te cuidaremos muy bien, no te preocupes por nada.
La abuela cedió a su resistencia inicial y se relajó. Entonces miró a la pequeña rubia que observaba a Oscar asombrada.
- Mi niña, ¿por qué estás vestida así, dónde está tu ropa? - preguntó con extrema preocupación la anciana.
La niña se volteó hacia ella - Nos mojamos con la lluvia. Oscar y André están secando nuestra ropa ahora - explicó la pequeña en un lenguaje perfecto, a pesar de su muy corta edad.
-Niños traviesos, ¿qué diría tu padre si te viera así? – luego miró hacia el lado del niño de ojos verdes - Y tú, tienes que ser más cuidadoso, recuerda que es una niña, no debes jugar con ella en forma tan brusca.
Oscar y André se quedaron en silencio observando el momento. Estaban atónitos, la abuela había perdido por completo la razón y ellos, no sabían qué hacer. André buscó la mano de Oscar para sostenerse, sin dejar de ver y escuchar el diálogo que la anciana mantenía con los misteriosos niños. Sin poder evitarlo, se sintieron retrocediendo en el tiempo, a sus cinco y seis años, cuando la abuela aún tenía energía para regañarlos, consentirlos y enseñarles las únicas lecciones que realmente habían valido la pena.
André, evidentemente sobrepasado, salió precipitadamente de la habitación, desconsolado al ver a su abuela en esas condiciones. Su único familiar sanguíneo, se le iba entre las manos y nada podía hacer.
Oscar llegó a su lado segundos después. Lo abrazó por la espalda, poniendo su mejilla en ella.
-Tranquilo mi amor, todo estará bien, tranquilo - le decía la joven para consolarlo. André se giró para mirarla. Quiso hablar, pero las palabras no salían de su boca. Luego de un rato logró expresar la única duda que lo atormentaba.
-¿Es que mi abuela va a…?
-No lo sé, nana ya tiene una avanzada edad… Pero puede que sea sólo un lapsus al ver a esos niños - puso la mano sobre su mejilla para calmarlo. - André, desde ahora debemos ser fuertes y aceptar lo que ocurra - El hombre bajó la mirada acongojado. - Yo siempre estaré contigo. Solo nos tenemos el uno al otro - lo rodeó con sus brazos por la cintura, poniendo su oído en su corazón. Cerró los ojos al escuchar ese ritmo incesante, persistente, seguro. También tenía miedo por la nana, pero comprendía que ya nada podían hacer.
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Luego de un rato, André logró un poco de calma y revisó la ropa de los pequeños, dándose cuenta que ya estaba completamente seca. Oscar se dirigió a la habitación para avisarles que su ropa estaba lista. Se quedó de pie en la puerta escuchando cómo la nana les contaba una historia.
-... Y tu madre – decía la anciana dirigiéndose a la pequeña rubia - se veía tan hermosa como una princesa… - la niña la miraba con los ojos brillantes y la boca abierta.
-Nana - la interrumpió Oscar - ellos no…
-Mi niña - le dijo - ¿Por qué tienes esa cara, te sientes mal? - Oscar sonrió al darse cuenta que la abuela podía reconocerla otra vez, pero al parecer creía que esos niños eran sus hijos. Decidió no aclarar el asunto, ya que, todo indicaba que la memoria de la nana vagaba en el tiempo, pero ella no lo notaba y parecía igualmente muy feliz.
-Estoy bien, nana - se acercó a ella para tomarle la mano. - Niños, su ropa ya está seca, vayan a cambiarse por favor.
-Vamos, háganle caso a su madre - les ordenó la abuela. Los dos bajaron de la cama con rapidez y se fueron a donde los esperaba André. Oscar se sentó junto a ella, sin soltarle la mano.
- ¿Tienes hambre? Es tarde y no has querido comer nada - le preguntó con la voz temblorosa.
- ¿Eres feliz? - le preguntó la abuela sin hacer caso a su pregunta.
Oscar sonrió. - Sí, mucho nana. Nunca había sido tan feliz en toda mi vida.
-Y André, dónde está. Necesito que venga - habló buscándolo con la mirada por la habitación.
-Está cambiando a los niños, lo llamaré.
-No, déjalo. Ahora necesito dormir un poco - con ayuda de Oscar, la anciana se recostó nuevamente y cerró los ojos. La joven rubia, puso su mano en su frente llena de surcos y arrugas y, luego, le dio un dulce beso en la mejilla.
Cerró la puerta de la habitación con cautela y se dirigió hacia al salón. Los niños estaban jugando con unos trozos de madera y ya estaban perfectamente vestidos.
- ¿Cómo está? - preguntó André aún angustiado.
-Está durmiendo, me ha vuelto a reconocer, pero… - André la miró expectante - Cree que estos niños son nuestros hijos. También preguntó por ti, le dije que la irías a ver apenas despierte. Lo mejor ahora es dejarla descansar.
André asintió con la cabeza. Ambos, llevaron su mirada hacia los niños que jugaban afanosamente con la madera de la chimenea. La niña, dirigía el juego y le daba constantes órdenes a su hermano de qué hacer y qué no, a lo que él obedecía sin replicar.
Oscar, se sentó en las piernas de André, atrajo la cabeza de su esposo hacia su pecho, y ahí se quedaron observando a los dos pequeños mientras hundía y enredaba sus dedos en la espesa cabellera del joven. De pronto, la niña rubia dirigió su atención hacia ellos e, inmediatamente, se puso de pie y se subió a las piernas de André, desplazando a Oscar de su lugar.
-Cuéntame una historia… - le ordenó al hombre, quien la miró con infinita paciencia.
-Lo haré siempre y cuando lo pidas adecuadamente – explicó acomodándole unos rizos de cabello que estaban en su frente.
-André, cuéntame una historia por favor.
-Está bien… - el joven se quedó pensando por algunos segundos – déjame ver…
Oscar, permaneció mirándolo hablar con la pequeña y, por un momento se sintió en algún plano del futuro, con André siendo un padre increíblemente amoroso y comprensivo. Nunca habían hablado acerca del tema, ya que ella dudaba de su capacidad para cuidar y criar a un bebé, sin embargo, sabía que André lo haría con excelencia. Salió de sus pensamientos al escuchar el chillido del pequeño que aún jugaba en el piso.
-¿Qué te sucedió? - le preguntó acariciando su manito. - Estás bien, solo fue un golpe, debes ser más cuidadoso para la próxima - el niño la miró con lágrimas en los ojos y se acurrucó en sus brazos. Oscar sonrió al sentir su pequeña y frágil cabecita en su regazo, lo que le provocó una sensación muy cálida e inexplicable, algo que hacía que su corazón se agitara y se hiciera cada vez más y más grande. Suspiró para aplacar esa opresión, que no era incómoda, pero si desconocida.
André, por su parte, sintió su corazón derretirse al escucharla y verla con el niño en su regazo. Nunca antes la había imaginado así: protectora, como una leona que cuida a sus cachorros pero, al mismo tiempo, cálida, dulce, suave. Buscó la mirada de su mujer en ese instante, cuando se encontraron, ambos sonrieron.
-Ahora, escuchemos la historia de André – pidió Oscar con dulzura a la reducida audiencia.
-Esta es una historia muy antigua que contaba a Oscar cuando éramos casi tan pequeños como ustedes – explicó André - y comienza así: Había una vez, una niña muy bonita, que sin permiso de su padre y madre, salió a caminar por el bosque. Cuando llegó al camino principal, se encontró con un hermoso carruaje de oro, tirado por un fuerte caballo blanco…
-¡César, César! - exclamó el pequeño en brazos de Oscar, agitándose hacia arriba y hacia abajo con energía y entusiasmo. Los jóvenes se miraron sorprendidos.
Luego, André continuó el relato.
- La niña estaba fascinada ante la belleza del carruaje, porque brillaba con mucha intensidad. De pronto, la puerta de este se abrió y, desde dentro, se escuchó una voz ronca y grave - André se detuvo para aclarar su garganta y cambiar la voz. - ¿Quieres venir a pasear conmigo? - Ambos niños rieron al escuchar la voz que André sobreactuaba y al unísono respondieron con un gran ¡sí! lleno de entusiasmo. - Sube, le dijo la voz con amabilidad. Cuando la niña estuvo arriba del hermoso y dorado carruaje, pudo ver que dentro, había muchos amiguitos. Estos eran un ciervo, un conejo y un mapache que le preguntó: ¿Cómo te llamas niña? A lo que la niña respondió: Oscar Francoise de Jarjayes - la aludida no pudo evitar sonreír al escuchar esa parte de la historia. - ¿Cuántos años tienes? Le preguntó el conejo agitando contento su colita con forma de pompón. Siete años, respondió la niña. ¿Dónde vives? Preguntó el ciervo. Versalles, dijo Oscar…
- ¿Qué es Versalles? - preguntó la pequeña rubia, interrumpiendo el relato.
-Es un lugar que está muy lejos de aquí, dónde hay un hermoso y gran palacio y vive nuestra reina - respondió Oscar.
André continuó con el relato. - Entonces, el lobo, al que Oscar no había visto, le preguntó con voz grave y ronca: ¿Cuál es tu comida favorita? Pero la niña se asustó mucho, porque el lobo tenía unos dientes muy, muy grandes, así que le preguntó a la voz del carruaje: ¿Puede venir André? A lo que el carruaje respondió "Sí, puede venir". Entonces, André subió al carruaje y Oscar se puso muy feliz…
-André, se durmieron - susurró Oscar con el niño entre sus brazos. André guardó silencio y bajó la mirada hacia la pequeña rubia, que tenía su cabeza apoyada en su pecho. El joven pensó que se veía muy tranquila y dulce.
-Llevémoslos a nuestra habitación, ya es tarde, seguramente dormirán toda la noche – sugirió André. Se levantaron con los niños dormidos entre sus brazos, los llevaron hasta su cama y los arroparon con extremo cuidado y cariño, como si de dos tesoros se tratara. Dejaron unas velas encendidas por si despertaban durante la noche para que no se asustarán. Juntos, se fueron hasta la habitación de la abuela para ver cómo seguía. Cuando los escuchó entrar, abrió apenas los ojos.
-André… - musitó con una voz ronca. El joven se sentó junto a ella tomándole la mano, mientras Oscar los observaba desde los pies de la cama. La abuela, no se veía muy bien, parecía débil y frágil, como nunca antes la habían visto.
-Abuela, estoy aquí. ¿cómo te sientes?
-Bien… tranquila y en paz. Al fin se cumplió mi sueño - Una lágrima surcó el rostro de André. - ¿Por qué lloras? Aún no me muero papanatas… - lo regañó con las pocas fuerzas que le quedaban.
-De alegría, porque estás aquí con nosotros - mintió para animarla.
-Bueno, bueno, ahora déjenme dormir, estoy muy cansada.
-Nana, mañana traeremos al médico, necesitas que te revisen - le advirtió Oscar a sabiendas que no le gustaba la visita de ese "charlatán" como lo llamaba ella.
-Está bien… necesito dormir… - dijo con una voz que se apagaba poco a poco.
André besó su mano y le acomodó la ropa - Buenas noches abuela, descansa.
-Buenas noches nana - Oscar la miró por última vez antes de irse, y pensó que se veía tranquila y pacífica.
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Aquella noche, se acomodaron en la alfombra, a los pies de la chimenea para dormir. Se abrazaron con fuerza, prácticamente sin hablar, era un silencio necesario, para aquellos tiempos que estaban viviendo y en los cuales se tendrían que sostener el uno al otro.
-Buenas noches – susurró la joven, acomodándose luego el pecho de su marido. Sentía que necesitaba ese lugar seguro para saber que la vida no se derrumbaba con la inminente partida de su nana. André, se amarró fuertemente a su cintura, beso su frente y poco a poco, sin saber cómo, se durmieron al calor del fuego de la chimenea.
Los pequeños, se levantaron durante la noche, antes de que el sol pensara en salir. Caminaron por el pasillo a oscuras, todo estaba en silencio en la casa. Vieron a la pareja durmiendo aún entrelazados y se detuvieron unos segundos ahí para observarlos en silencio. Cuando Oscar y André se giraron al mismo tiempo hacia un lado, los niños se miraron emitiendo una risita traviesa. Luego, se fueron a la habitación de la abuela. Se subieron arriba de la cama y la comenzaron a mover para que despertara.
- ¡Abuela, abuela! - le decían con sus vocecitas agudas y tiernas. La mujer abrió los ojos y los miró sorprendida. Se sentó en la cama y se sorprendió al darse cuenta que no sentía ningún dolor y que su ánimo estaba por las nubes. - Es hora de irnos abuela - le dijo la niña tomándola de la mano para que se pusiera de pie.
-¿A dónde vamos? - les preguntó un poco confundida.
-Papá, mamá, And'e - balbuceó el pequeño de ojos verdes.
-¡Oh! - exclamó la anciana entendiendo el lenguaje del pequeño. Emocionada los siguió hacia donde la llevaban. Cada niño la tomó de una mano y se dirigieron con ella hacia la puerta de entrada. Se detuvieron donde estaban Oscar y André durmiendo profundamente. La mujer intentó hablar, pero la niña la detuvo.
-¡Shhh! - dijo poniendo su pequeño dedito en su boca y luego, haciendo un gesto de negación con la cabeza. La abuela entendió, había llegado su hora de partir, pero esta vez, no podía llevárselos con ella. Les dio una última mirada llena de amor y agradecimiento, y en su mente, hizo la promesa de que siempre los iba a acompañar y proteger, desde cualquier lugar en el que estuviera. Dijo un hasta pronto en su mente, al hogar que la había acogido durante sus últimos años de vida
El niño de ojos verdes, con un poco de dificultad abrió la puerta sin soltar la mano de la abuela. Afuera, estaba todo tan resplandeciente que Marrón Glacé tuvo que cerrar los ojos. Cuando estos se acostumbraron al destello que los inundaba, pudo ver que al final de la luz, unas figuras que reconoció de inmediato la esperaban. - Al fin – susurró con alivio en el corazón y corrió como una niña hasta donde la esperaban con los brazos abiertos. La puerta de la casa de los Grandier se cerró de golpe.
Seis meses después
-Feliz aniversario, amor mío - dijo Oscar a André, dándole un beso en los labios y entregándole un paquete perfectamente envuelto.
- ¿Qué es esto, Oscar? - preguntó mirando el regalo con curiosidad.
-Ábrelo - le pidió ella impaciente.
Con lentitud, André sacó el papel que cubría el contenido del regalo. Cuando lo liberó totalmente de su envoltorio se quedó mirándolo por largo rato.
- ¿Cómo…? – balbuceó luego de un rato aún sorprendido. Un hermoso retrato de su abuela durante su juventud estaba entre sus manos.
Recordó, en ese momento, que esa pintura, la había visto solo una vez en su vida, cuando Oscar y él se habían introducido en la habitación de su abuela sin su permiso. Esa vez, no la habían reconocido como tal, sin embargo, con los años y en las muchas conversaciones que habían mantenido durante las noches en vela en la cocina, la anciana había confesado, luego de beber unas cuantas copas de vino por supuesto, que en su juventud había sido retratada por un pintor de "mala muerte". Pero siempre se había negado a mostrar la obra en su honor. Según recordaba André, estaba muy bien guardado en su habitación, en la mansión Jarjayes.
-Tengo mis contactos y un cómplice muy… efectivo - le dijo Oscar misteriosa, dándole un suave beso en los labios. Se sentía satisfecha de haber logrado traer ese retrato de vuelta y devolverlo a quien realmente ahora le pertenecía.
- ¿Te refieres a Alain? ¿Cómo lo hizo? – preguntó con el ceño fruncido.
-Cariño, Alain tiene sus encantos… y, simplemente, los utilizó – la joven se acercó a él y lo abrazó de la cintura. Lo miró a los ojos, pudiendo notar esa expresión seria y desencajada en su rostro de cuando algo le incomodaba.
André sintió que una espina se había clavado en su pecho al escuchar a Oscar referirse en esos términos a su amigo - ¿Qué encantos puede tener Alain? – no pudo evitar sentirse molesto - Es un bruto.
Oscar sonrió. Luego, tomó el rostro de su compañero entre sus manos y lo besó con dulzura. - Los celos nunca te han quedado bien – le dijo revolviendo con sus manos la cabellera negra.
El muchacho, volvió a mirar el retrato de Marrón Glacé, emocionado de tenerlo entre sus manos -Gracias - le dijo devolviendo el beso antes dado por la rubia.
-Yo también te tengo un regalo, pero antes, debo hacerte una pregunta – habló con evidente excitación André.
Tomó a Oscar de los hombros y prácticamente la obligó a que se sentará en el sillón. Con algo de torpeza porque las manos le tiritaban, sacó de su bolsillo un pequeño paquete y, luego, puso una de sus rodillas en el piso. Oscar observó cada uno de sus movimientos con total desconcierto y los ojos muy abiertos.
- ¡No! – exclamó la muchacha antes de escucharlo hablar.
- ¿Cómo que no? Ni siquiera sabes que te voy a decir – refutó sorprendido por su reacción.
-No es necesario ser adivino para saber lo que vas a decir… o pedirme.
-Pero… ¡déjame hacerlo al menos! – le suplicó sin salir aún de su confusión.
- ¡No! – volvió a exclamar ella evitando los ojos de André, que aún estaba de rodillas frente a ella y con esa mirada que la perturbaba y le hacía perder la voluntad y el sentido.
- ¿Por qué no, Oscar? – preguntó él para entender lo absurda que se estaba volviendo la situación.
-Porque no necesito "eso" para sentirme o ser tu esposa. Ya lo soy, desde el momento en que llegué a esta casa, me convertí en tu esposa. No necesito nada más.
André dejo el pequeño paquetito a un lado en el piso y la tomó de las manos - Lo sé, pero quiero hacerlo igual, quiero que nos casemos, Oscar. Por favor, acéptame como tu esposo.
Oscar suspiró y cerró los ojos para no seguir viendo la mirada suplicante de André. Se levantó de su asiento con cierta parsimonia y tristeza para mirar por la ventana. El muchacho, se quedó atónito por algunos segundos, pero luego la siguió, sabía que algo más estaba sucediendo.
-Oscar - le dijo utilizando toda su ternura y paciencia. - Quiero que seas mi mujer ante Dios – la tomó de los brazos buscando su mirada.
-André, Dios nos ha visto lo suficiente, ¿no crees? – le dijo con los ojos llenos de lágrimas.
-Entonces, cuál es el problema, por qué no te quieres casar conmigo - le secó las mejillas humedecidas por las finas gotas que corrían por su rostro.
-No es que no me quiera casar contigo, es que…
- ¿Qué? Dímelo por favor.
-Tengo miedo – lo abrazó con fuerza para esconderse en su cuello.
André le acarició el cabello con profunda ternura - Miedo de qué, mi amor.
-Y si mi padre, ¿de alguna forma se entera? No es muy común que una mujer con nombre de varón se case – le dijo sin soltarse de su abrazo.
-Oscar, mírame – la alejó de sí para encontrarse nuevamente con su rostro. - Debemos dejar atrás el fantasma de tu padre, porque eso es, un fantasma, no existe…
-Pero es una posibilidad… - lo interrumpió impulsada por sus miedos.
-Sí, lo es, pero muy mínima. Además, me encargaré para que el párroco guarde total discreción, podremos hacerlo, confía en mí, cariño – le dio un beso en la frente. – Jamás permitiré que nos separemos nuevamente, ¿de acuerdo?
Oscar sólo asintió con la cabeza. Luego, lo miró directamente a los ojos.
- ¿Esto es importante para ti?
-Sí, lo es.
Ella suspiró resignada - Está bien, acepto casarme contigo.
André sonrió y abrió sus hermosos ojos verdes - ¿Segura?
-Sí, estoy segura
- ¿Te quieres casar conmigo? – volvió a preguntar para convencerse de que era cierto lo que estaba escuchando.
-Sí, me quiero casar contigo – repitió la joven esbozando una leve sonrisa al ver a su marido prácticamente saltando de felicidad.
- ¿De verdad?
-No me sigas preguntando, porque me puedo arrepentir.
-Jamás te arrepentirás, nunca permitiría eso – la tomó de la cintura y la alzó con facilidad para girar con ella entre sus brazos, desbordado de gozo. Oscar, se abrazó a él con fuerza, cerrando los ojos para evitar el vértigo. Luego, cuando se detuvo, la bajó con delicadeza y la besó con dulzura y agradecimiento. Corrió para recoger el pequeño paquete que antes había dejado sobre el piso y se lo entregó. Oscar, lo abrió expectante. Se sorprendió al ver el contenido de la caja. Luego, alzó su mirada hacia el hombre que estaba frente a ella sin poder sacarse la sonrisa del rostro. Ella, también sonrió al darse cuenta que, a pesar de todo, seguían siendo los mismos y que aún podía hacer feliz, con su propia felicidad, a su querido André.
Se abrazó nuevamente a él para pronunciar las únicas palabras que tenían cabida en ese momento para ella en su mente y corazón.
-Gracias.
-o-
Era una noche silenciosa en la casa de los Grandier. Solo el grillar de los pequeños insectos que se agolpaban cada noche en el jardín, quebraba el silencio, que parecía perpetuarse aún más entre las sombras que proyectaba la luz de la luna. Oscar, estaba desvelada y perdida en una mezcla de ansiedad, emoción y felicidad, todos vividos durante el mismo día. Miró a André, que como siempre dormía profundamente. Sonrió con alivio al ver esa expresión de niño y hombre al mismo tiempo. Le acarició el rostro para constatar que era real y no uno de esos sueños que la acecharon años atrás, durante la abrupta separación. Muchas veces, le costaba creer que estar a su lado fuera cierto y, además, sentirse feliz y completa. Se acercó un poco más a su lado, para sentir su respiración.
-André, ¿estás despierto? - preguntó en un susurro para no asustarlo.
El hombre se quejó un poco antes de contestar. -Ajá – respondió apenas sin abrir los ojos. Oscar sonrió.
- ¿Crees que deba usar un vestido para nuestra boda?
El muchacho bostezó y estiró sus brazos por sobre la cabeza. Después, abrió los ojos para mirarla, estaba preocupada, lo supo con solo escucharla.
- ¿Quieres hacerlo? – le preguntó poniendo un mechón de su rubio cabello detrás de la oreja.
-No lo sé… – respondió ella confundida.
-A mí me da igual, lo sabes. Eres tú quien debe decidirlo.
Oscar lo miró agradecida. Una palabra era suficiente para despejar sus inquietudes e inseguridades. En un gesto de cariño, le despejó la frente de los mechones negros que la cubrían - Sí, tienes razón. Lo veré cuando sea el momento. Gracias – lo besó con suavidad en los labios.
-Ven acá, durmamos - le dijo abrazándola con firmeza.
Oscar se acomodó entre sus brazos. Ese cuerpo, seguía siendo el refugio cálido y seguro que la acunaba y calmaba en sus dudas. Ese cuerpo, seguía siendo el del amor y el consuelo, el que la regresaba a la tranquilidad y a la serenidad que siempre necesitaba en su propio corazón. Se rindió al sueño, al fin, hasta que de pronto, se sobresaltó al escuchar la voz lejana de André entre sus sueños.
-Oscar… ¿ya te dormiste? - le preguntó el muchacho con dulzura.
-Sí - le dijo ella aturdida. - ¿Qué pasa?
-Quiero que tengamos un hijo.
- ¡¿Qué?! - exclamó apartándose de su cuerpo para mirarlo a los ojos. – Dime que no estás hablando en serio… - le pidió al ver ese brillo de felicidad sin razón en su mirada.
-No, mejor quiero que tengamos dos hijos. Un niño y una niña – dijo con una gran sonrisa en los labios.
Oscar también sonrió y volvió a hundirse en el fuerte pecho de su compañero -André, te has vuelto loco – le dijo sintiendo el compás de su alegre corazón.
-Sí, por ti. Siempre he estado loco por ti.
-Te amo, André.
-Te amo, Oscar.
FIN
-o-
Y ahora sí, de adeveritas, este es el fin. Espero les haya gustado y lo hayan disfrutado. ¡GRACIAS POR LEER!
La historia del carruaje es de Donau... cambié algunas cosas evidentemente, pero la historia original le pertenece.
