Pasaron alrededor de cinco fines de semana en los cuales Isabella acompañaba a Jacob sin falta. Pero al igual que la vez anterior me sorprendía el vacío que desprendía en sus ojos, su rostro se notaba desmejorado al pasar de los días y en todo este tiempo jamás la había visto sonreír, ni siquiera cuando Jacob se encontraba a su lado.
Por recomendación de Emmett decidí dejar a Isabella en un rincón de mi mente, pues él insistía que si seguía pensando en ella me iba a traer grandes problemas.
"Viejo... Esa chica es problema de China. Si Jacob se entera que estás pensando en su esposa te va a dar una tunda que jamás olvidarás, sabes que los chicos se pondrían de su lado y entre todos acabarían contigo, obviamente yo te defenderé pero tú sabes que ellos son mayoría."
Así que decidí tomar el consejo de mi amigo y dejé de pensar en la chica de Jacob. Claro que uno nunca sabe lo que el destino le tiene deparado. Fue a mediados de esa misma semana, que la vi en un lugar que no fuera aquella cancha.
Era un jueves por la tarde, que aprovechando que salí temprano de la universidad y notando que ya no teníamos víveres en casa, decidí ir al supermercado hacer un poco de compras. Me encontraba en el pasillo de los cereales agarrando una caja de Zucaritas, cuando una melena caoba llamó mi atención. Ella se encontraba a dos metros de mí eligiendo un paquete de galletas integrales, sonreí para mí mismo y me acerqué a ella para saludar, mientras me acercaba a ella pude notar que su canasta de compras tenía solamente una caja de té.
-Hey, ¡hola Isabella! ¿Cómo has estado?- dije extendiéndole la mano para saludar.
-Uhm...Ho-hola Edward.- respondió tímidamente respondiendo a mi saludo de mano pero bajando la mirada, como siempre.
- Veo que hemos tenido la misma idea.
-¿Qué?
- Me refiero a qué ambos decidimos hacer compras el día de hoy.- le expliqué sonriendo.
-Ah, sí. Si me disculpas... me tengo que ir. Paul está por salir del kínder. Adiós.
Agarró rápidamente el paquete de galletas más económico y lo guardó en su canasta, la tomó y se fue casi corriendo perdiéndose por el pasillo.
Me parecía extraña la forma de actuar de aquella chica, y como mi padre solía decir cuando yo era pequeño " Hijo, tú nunca dejas las cosas a medias", decidí salir detrás de Isabella pues nuevamente vi marcas de dedos pero esta vez en sus muñecas.
Al estar el supermercado vacío al llegar a las cajas de cobro, ella ya no estaba. Estuve a punto de darme por vencido cuando la vi en la parada del autobús mirando su monedero.
-¿Sabías que es de mala educación dejar a las personas en medio de una plática? - dije parándome a su lado.
Ella se sobresaltó y me vio de reojo.
- Lo siento, pero en verdad voy tarde por Paul.
- Mi auto está estacionado a una cuadra de aquí, si quieres te llevo. Así llegarás más rápido por tu hijo.
-No... No te molestes. Estoy segura que en cualquier momento vendrá el autobús.
- No es molestia.- le dije sonriendo. Supe que no iba a dar un solo paso así que le agarré la mano y la llevé hasta mi auto.
Cabe mencionar que al tomarla de la mano sentí algo muy extraño, podrá escucharse raro pero me sentí en casa nuevamente.
Llegamos al auto y le solté la mano, a ella se la notaba nerviosa y viendo para todos lados. Le abrí la puerta y ella subió. Está de sobra decir que durante todo el camino ella no dijo ni una sola palabra y muy a mi suerte, debo mencionar, cayó un torrencial aguacero en medio del camino. Así que cuando llegamos al preescolar de Paul, que se encontraba en uno de los barrios pobres de Nueva York y que tenía una entrada sin techo, Isabella se tuvo que quedar conmigo en el auto hasta que saliera la profesora a anunciar la salida de los niños.
-¿Cómo está Paul?- le pregunté.
Entonces encontré un punto clave para que esta chica misteriosa platicara. Con el simple hecho de mencionar a su hijo su rostro se iluminó y una pequeña sonrisa apareció. A pesar de que fue pequeña, esa sonrisa movió algo en mí, y el hoyuelo que se formó en su mejilla fue suficiente para saber que esta chica definitivamente cambiaría mi vida, y movería cielo y tierra por cambiar aquel rostro apagado por uno rebosante de alegría.
Isabella me explicaba qué Paul era el mejor de su clase, que era un niño excepcional, pasaron quince minutos en los que no dejó de alabar a aquel pequeño niño que a mí ya me caía bien por el simple hecho de posar una sonrisa en aquella preciosa dama. Hasta que salió una maestra con un paraguas anunciando a los padres qué pueden pasar a ver a sus hijos dentro del aula para que eviten mojarse.
Como la lluvia había caído de un momento a otro, Isabella no tenía un paraguas o un impermeable, así que me volteé al asiento trasero de mi auto y agarré mi chaqueta de cuero y un pequeño paraguas que siempre guardo por si acaso. Cómo era de esperarse ella se negó a aceptar mis cosas, luego de tanto insistir y de convencerla que si no aceptaba iría yo mismo por el niño, ella se puso la chaqueta tomó el paraguas y salió por su hijo.
No pasaron ni tres minutos cuando salió nuevamente pero esta vez con aquel pequeño que ella tanto admiraba, se había quitado la chaqueta y se la había puesto al pequeño. Entraron al auto y en completo silencio nos dirigimos hacia su casa. Así mismo como llegó la lluvia, de un momento a otro, se fue. Para cuando llegamos a Brooklyn un brillante sol resplandecía. Conocía la casa de Jacob así que no fue problema llegar. Ni bien el auto paró, Isabella se bajó junto a su hijo, me agradeció rápidamente y se fue corriendo. Jacob se encontraba parado en su entrada, se sorprendió muchísimo al ver bajar a su esposa y a su hijo de mi auto, le susurró algo al oído cuando ella pasó por su lado y luego se acercó hacia mi coche.
-¿Qué hay, Edward? ¿Qué hacía mi esposa en tu auto?
- Hola Jake, pues la verdad encontré a tu esposa de camino a la escuela del niño y empezó a llover, así que le ofrecí llevarla y luego traerlos a casa, ya sabes para que no se mojaran.
- Gracias amigo, no sabes cuánto te lo agradezco pues mi pequeño sufre de asma y si se hubiese mojado tendría complicaciones.- Me sonrió de forma sincera.- Te debo una. Nos vemos el sábado en la cancha.
Nos despedimos, y como él dijo, el día sábado nos vimos de nuevo, yo estaba ansioso por ver aquella chica, que la verdad no sabía que había causado en mí.
Mi sorpresa fue grande, al llegar, y ver que Jacob no había ido acompañado de su esposa. Pero mi sorpresa se volvió desagradable cuando una hora después llegaron Isabella y Paul y se sentaron en el lugar de siempre, porque digo desagradable, porque aunque Isabella había tratado de ocultarlo con maquillaje natural un gran cardenal verde se asomaba en su pómulo y por si fuera poco su labio inferior estaba partido.
