Sangre Frio

Lanza de Plata

By Misako Ishida

Estaba cómoda. Hace mucho tiempo no dormía tan bien. Pero su sueño fue bruscamente interrumpido cuando la claridad alcanzó sus ojos. Yamato había abierto la cortina de la habitación y estaba parado frente a ella con una sonrisa amistosa.

- Buena tarde, miss sunshine. - dijo sentándose en el borde de la cama.

- ¿Buenas tardes? - preguntó soñolienta mientras bostezaba.

- Sí. Ya pasa de las 13h.

- ¿Qué? - se sorprendió. No podía haber dormido hasta tarde. Suspiró resignada. Se levantó despacio y se sentó en la cama, cubriéndose con la cubierta. - ¿Por qué no me despertó antes?

Yamato sonrió. Se acostó con los brazos detrás de la cabeza y miró a la niña. - Yo también desperté ahora... Eso es lo que sucede cuando alguien se queda acordado hasta el amanecer... Duerme hasta tarde. - añadió con cinismo.

Sora se sintió repentinamente avergonzada al recordar lo que había ocurrido horas antes. Sólo quería salir de allí.

- ¿Qué sucedió?

Sora lo miró de pronto. Definitivamente no tenía animo para esa conversación. Le daba náuseas.

- Nada.

- Tú me despertó a las tres de la mañana. Y lloró cuando pensó que yo ya estaba durmiendo. Creo que merezco saber lo que pasó. - dijo seriamente.

Sora suspiró. - Sólo tuve una mala noche.

- Varias cosas clasifican una noche como mala. Necesitas ser más específica. ¿Qué sucedió? - insistió Yamato.

- No quiero hablar sobre eso. - concluyó con firmeza.

- Todo bien. - Yamato se levantó y salió de la habitación. Sora aprovechó para bañarse y vestirse. Cuando volvió a la habitación, el rubio estaba sentado en la cama, ya arreglada, con una bandeja cercana. - Coma algo antes de salir. Después te llevaré.

- No gracias. Tomaré un taxi.

Yamato la cogió de la mano. - ¿Puedes, por gentileza, acompañarme para un desayuno antes de irse de esa manera tan... grosera?

Sora asintió. Se sentó a la cama y bebió un poco de jugo. Su mirada se perdió en el líquido amarillento. Su pensamiento se cumplió con los recuerdos de la noche anterior. Siempre se sintió una basura por lo que hacía, pero aquella sensación de asco y disgusto que la invadió era algo nuevo. Como la vida no dejaba de ser irónica, ni siquiera por un mísero segundo. Encontrar a esas personas allí. Las mismas que la dejaron en esa situación. El mundo era realmente muy pequeño.

- ¿Quien fue? - las palabras curiosas la sacaron de su foco.

- ¿Quién fue qué?

- ¿Quién te dejó así?

Sora bebió un poco más de jugo. Y sus rostros vinieron a la mente. Y sintió asco. Se sentía como todo su cuerpo se cerraba y su estómago se envolvía. Respiró profundamente y soltó el aire por la boca. No iba a desmoronarse a causa de ese acontecimiento. No podría. Sería una victoria para ellos. Y ella tenía que vencer. No podía perder.

- Acaso... ¿Hay alguien que odie?... ¿Alguien que odie tanto que deseas todos los días que ella desaparezca de la faz de la Tierra? - preguntó con frialdad.

Yamato frunció la frente. - No.

Sora sonrió. - Bueno para ti... Ayer... Yo quería tener... Quisiera tener el poder de hacer que la gente desaparezca… Para siempre. - mordió el labio. - Yo ya pasé por varias situaciones humillantes... Puedo incluso afirmar que usted me hizo pasar por algunas de ellas. - añadió en tono acusatorio. - Pero... Ayer... - se rió. - Ayer, recibí dos clientes muy ilustres.

La rubia colocó el vaso de vuelta a la bandeja. Los recuerdos de la noche anterior inundaban sus pensamientos y la hacían sentir sin tener donde pisar. El rubio la miraba intrigado. Nunca vira a esa chica así, con odio desbordando por la mirada.

- Ellos... Estos dos basuras que creen que pueden ser llamados hombres... Ni siquiera me reconoció y me hizo una propuesta... - suspiró y miró al rubio. - ¿Cómo crees que me sentí cuando mi propio abuelo dijo que me gustaría llevar a la cama?

Yamato se sorprendió. Aquellas palabras le impactaron. - ¿Como así? - no podía entender lo que ella estaba contando, o tal vez era tan absurdo y repulsivo que preferiría no entender.

- Lo que estoy diciendo. Exactamente eso... Ayer mi padre y mi abuelo fueron hasta el club para celebrar... Y pidieron a la mejor chica de la casa. Por lo visto, mi padre se sorprendió cuando me vio. Pero... Fue demasiado humillante.

El muchacho se quedó mirándola. Ella estaba con una expresión triste y sintió ímpetu de consolarla. Sabía que no podía cruzar aquella línea tan distorsionada que existía entre ellos. Quería hacer algo por ella. Algo que la ayudara. No sabía explicar cómo, pero la rabia lo invadió, llenando cada célula de su cuerpo. Estaba dispuesto a cualquier cosa, mientras no necesitaba pasar por tales situaciones. Se preguntaba últimamente cuántos peligros esa pelirroja debía correr al estar en un lugar como aquel.

Sabía por qué ella estaba allí. Pero ahora, después de ver algunas de sus debilidades, percibía cuán fuerte era. Y inteligente. Incluso se sentía culpable por haberla hecho blanco de su juego. ¿Podría ser esa culpa la responsable de lo que estaba sintiendo? ¿Podría ser eso lo que le hizo pensar en una solución tan extraña?

- Sabes... - comenzó el rubio. Esperó que la pelirroja mirara hacia él y entonces prosiguió. - De cierta forma, me alegro de que hayas venido hasta aquí, pues quería pedirle un favor... O mejor, hacer una propuesta.

- ¿Propuesta? - preguntó desconfiada.

- Sí. - suspiró tratando de crear coraje para hablar. Sabía cuánto era orgullosa... Y explosiva. - Vea bien. Yo... Ando en una situación social y familiar un poco complicada... La gente está cobrando ciertas responsabilidades que no estoy dispuesto a asumir en el momento.

Sora se quedó mirando sin entender a lo que él se refería. Él era bueno con las palabras, eso debería admitir, pero también la irritaba que no fuera directo al punto.

- ¿Y qué tengo que ver con eso? - preguntó sin paciencia.

- Todo, de hecho. Mi propuesta es que trabajes para mí.

- ¿Trabajar para ti? ¿Yo? - se rió con sarcasmo.

- Sí. Quiero ofrecerte el cargo de mi novia. - habló serenamente.

La pelirroja lo miró como si hubiera hablado la mayor de las blasfemias. Se quedó seria. Cerró los ojos, respiró hondo y buscó control. Aquel tipo simplemente sabía cómo robarle la calma. - ¿Y qué te hizo pensar por lo menos por un segundo que yo aceptaría su propuesta? - preguntó furiosa. - ¿Crees que soy un objeto que puedes manipular de la manera que tú entiendes a la hora que quieres? - dijo levantándose.

Yamato la siguió. - No pensé que aceptarías. Por el contrario, sabía que reaccionarías así. Sólo pensé que podría ofrecerte algo menos repulsivo que trabajar como anfitriona.

- ¿Crees que ser tu anfitriona privada es menos repulsivo?

- ¿Por qué siempre tienes que distorsionar mis palabras? Sólo quiero que me acompañe para ciertos eventos y lugares y afirme ser mi novia. Apenas eso. Creo que no es nada repulsivo, señorita.

- No... Es absurdo. - respiró profundamente. - Quieres sólo una chica para exhibir. Debe existir una fila de mujeres interesadas en su propuesta. Busque cualquiera de ellas.

- Sí, tienes razón. Quiero ver a una mujer a mi lado. Una que esté a mi altura. Que tenga clase, buenos modos. Que sea inteligente y sepa expresarse adecuadamente. Quiero una persona que pueda exhibirme en público con orgullo y que haga que todos los hombres sientan envidia. Pero, no quiero que sea una mujer cualquiera que vaya a venderse a mí tan fácilmente. Alias, ni quiero comprarte. No sé si ya lo percibió, pero sólo quiero intentar hacer un acuerdo justo para ambos. Usted no necesitaría ir más para aquel club que tanto odia. Yo cubriría todos sus gastos. Y a cambio usted saldría algunas veces conmigo. Piense bien, tendría más tiempo sí misma y para cuidar de su madre. ¿No es eso lo que quieres?

Sora levantó la mirada y encontró con esos ojos azules tan intensos que estaban observando cada mínimo movimiento suyo. - ¿Y qué ganas con eso? No tiene sentido. Su lógica es insana.

- Tienes razón. Mi lógica es insana... Sin embargo, no tengo nada que perder. La decisión es tuya. - dijo simplemente.

- ¿Porque yo? - preguntó seriamente.

- ¿Por qué usted? Sinceramente... Porque quiero ayudarte. - Yamato se sentó en el borde de la cama, tirándola junto consigo. - Cuando te veo, veo a una chica brillante cuya vida ha robado todas las oportunidades. Todos los sueños... Va a parecer una provocación, y tal vez realmente sea, pero si yo fuera realmente tan repulsivo para ti, te aseguro que no habías venido aquí por libre y espontánea voluntad. - añadió seriamente.

No quería admitir, pero tenía razón. Él no era repulsivo. Pero ella sí era. Por todo lo que ya había hecho y por lo que hacía. Muchas cosas se pasaron por su cabeza y la más constante era que ella no tenía nada que pudiera ser llamado de orgullo. Ya estaba harta de querer ser algo que no era hace mucho tiempo. Y de nuevo, él tenía razón. La vida le robará todo. Ellos le robaron todo. Su vida (si es que podría llamar aquello de vida) estaba destruida. No tenía nada más que la obligación de cuidar de la madre debilitada. Un nudo se formó en el fondo de su garganta al mismo tiempo que su corazón parecía encogerse.

Queriendo o no, había sinceridad en aquella mirada impertinente. Ya había vendido su cuerpo a aquel hombre. ¿Por qué no podría venderle su compañía si eso significaría no tener más que volver al club?

- ¿Qué sugiere que haga si ejerza el papel de su novia? - preguntó desconfiada.

- Como dije anteriormente, sólo quiero que me acompañe en determinados eventos y lugares públicos. Nada más.

- ¿Nada más allá? - volvió a preguntar desconfiada.

- Si quieres saber si tendrá que ir a la cama conmigo, la respuesta es no. - afirmó tranquilamente. - A menos que quieras. - añadió con una sonrisa seductora.

Sora miró al otro lado, claramente irritada y ruborizada. - ¿Puedo pensar en el asunto? - susurró. No quería que él supiera que estaba dando el brazo a torcer tan fácilmente.

- Sí, claro. - se levantó y se dirigió hasta la cómoda. Tomó el móvil de la chica y empezó a usarlo.

- ¿Qué estás haciendo? - la pelirroja fue hasta su lado, intentó coger el aparato, pero fue en vano. Él era más alto que ella. Oyó el móvil del rubio vibrando sobre la cama y entendió lo que él había hecho.

- Esté lista para las seis. Y no se retrase. Necesito ser puntual en mis compromisos. - aseguró mientras entregaba el teléfono a la pelirroja. Se movió la cartera y entregó algunas notas a la chica. - Necesito ir. Tome un taxi. - sin dar tiempo para que ella reaccionara la besó levemente en los labios. - Hasta más tarde, mi amor.

Y tan repentinamente, salió de la habitación dejando la pelirroja en devaneos con sus pensamientos atropellados, confusos y sin sentido. Estaba tratando de saber lo que necesitaba hacer. Definitivamente, aquel hombre tenía el don de dejarla perdida. Se sentía el aire llenando sus pulmones y el corazón bombeando sangre a su cuerpo. Intentaba controlar y pensar claramente si estaba haciendo algo correcto.

Por lo visto, descubriría de la manera más peligrosa que existía: en la práctica.

XxXxX

Durante toda la tarde estuvo pensando en lo que había sucedido. Tal vez ella estuviera alucinando o simplemente enloquecido totalmente. El detalle mayor consistía en que aceptaba toda aquella locura para sí. Estaba delante del espejo arreglando algunos hilos de pelo que estaban fuera de lugar.

Recibió un mensaje de su novio pidiendo que estuviera vestida adecuadamente. Pensó en la ironía de esas palabras y sintió ganas de darle un bueno tapa en la cara. Se contó hasta diez y se dispuso a arreglarse. Él sabía, desde el primer segundo, que ella aceptaría aquella propuesta. A pesar de no saber mucho de ella, él sabía lo suficiente para estar seguro de que aceptaría cualquier cosa que la hiciera salir de aquel lugar asqueroso.

Y, al pensar en cuánto sabía de él, descubrió que la respuesta era NADA. Sólo sabía su nombre. Y su dirección. Y ahora, el número de su teléfono. Se pensó qué tipo de persona sería él para que necesitase una mujer a su lado para mantener las apariencias. Había innumerables posibilidades y aquella noche descubría quién era aquel rubio irritante.

A sus ojos ella estaba adecuadamente vestida. Usaba un vestido largo azul claro, de corte simple y de cierre impecable. Prendera el pelo en un coque bajo medio descuidado y usaba muy poco maquillaje, sólo se diga un lápiz labial claro. Estaba pensando si debería añadir más algún accesorio, cuando su teléfono tocó.

- ¿Aló? - respondió.

- Llegaré a su casa en cinco minutos. - dijo la voz del otro lado de la línea.

- ¿Cómo...? - pero la conexión había sido interrumpida antes de que terminara su frase. Suspiró profundamente mientras colocaba el pequeño pendiente brillante. Tomó su bolsa y se dirigió a la salida. Esperaba no encontrar a nadie hasta a la entrada del edificio. Respiró profundamente cuando estaba en la acera y no había encontrado a nadie. Al levantar la mirada, encontró con el rubio apoyado en su coche esperando.

Él estaba con la mirada fija en su figura, como si estuviera analizando cada detalle. Y realmente estaba. Caminó lentamente hasta él incómoda.

- Estás linda. - dijo mientras abría la puerta para ella entrar en el hermoso coche deportivo. Sora no respondió nada y sólo se acomodó en el asiento. Estaba nerviosa demasiada, demasiada ansiosa, preocupada demasiada de lo que vendría durante la noche. - Y puntual. - añadió el rubio cuando se adentró en el vehículo. - Me gusta eso. - se acercó a ella de forma provocativa, parando la cara a centímetros de la suya. Sonrió y con la mano colocó el cinturón de seguridad en la pelirroja.

El rostro ruborizado de ella era una bella visión que completaba aquella belleza natural. Realmente, sería envidiado por todos los hombres que estuvieran presentes en aquel lugar.

- Bueno, señorita Takenouchi. Hora de la historia. Vamos a pensar en cómo nos conocemos y en cómo nuestra hermosa historia de amor sucedió. - dijo de forma divertida. Sora sólo continuó callada. - Por favor, sea colaborativa. Estamos juntos en esa. - dijo Yamato. La pelirroja le echó una mirada de desprecio que le hizo que dejara de sonreír. - Está bien... - susurró. - Veamos... Nos conocemos el día en que fui a celebrar mi graduación con algunos amigos... Huuum... Estábamos en un restaurante y estabas sentada en la mesa delante de mí. - Yamato dirigía cuidadosamente, a pesar de estar cerca del límite de velocidad permitido. Se calló un momento mientras hacía una curva. - Entonces... Me encantó su sonrisa y fui a su mesa a pedir su teléfono. Después de eso, marcamos un encuentro y... ¿Qué? - dejó de hablar cuando vio la mirada amenazadora de la pelirroja.

- ¿Realmente crees que te daría el número de mi teléfono sólo porque supuestamente fue a la mesa en la que yo estaba sentada y pidió con educación? Ni tú crees en eso. - dijo la última frase en un suspiro.

- Cierto. ¿Qué sugiere entonces?

- No sé... No soy creativa para contar mentiras. Soy una pésima mentirosa. - dijo secamente.

- Todo bien. Acabas de llamarme mentiroso. Gran. - se calló de nuevo e hizo otra curva. Disminuyó un poco la velocidad como si estuviera prolongando la llegada. - Podríamos decir que tenemos un amigo en común que...

- No tenemos ningún amigo en común. - dijo la pelirroja como si fuera la cosa más obvia del mundo. Lo que realmente era.

- ¿Por qué tú dificultas tanto las cosas? - preguntó. - Cierto... Voy a decir que te vi en un café cerca de la universidad cierta tarde y que desde entonces empecé a perseguirte hasta que tú aceptaras salir conmigo.

- Sacando la parte del café, el resto es verdadero y aceptable. - dijo sarcásticamente con una sonrisa inocente en la cara.

- Al menos estás de acuerdo con algo que hablo. - murmuró. Estacionó el carro y salió para abrir la puerta a la pelirroja. Entregó la llave para el conductor y se volvió hacia su acompañante. Él ofreció el brazo y ella, incluso asustada, lo aceptó.

Estaban en un gran y refinado hotel de Tokio y se dirigieron al salón. El camino fue marcado por la cantidad de miradas curiosas y cuchicheos nada discretos. Por el alboroto que su entrada con Yamato estaba haciendo, juzgó que debía realmente tener cierta fama. Y estaba a punto de descubrir si eso era algo bueno o malo.

XxXxX

Cuando se adentraron en el salón, Sora se sintió completamente expuesta. No había una sola persona que no la hubiera mirado. Y todos, sin excepción, deberían estar comentando sobre ella. Agradeció a los cielos que realmente estaba vestida adecuadamente para estar allí. Vio que las mujeres usaban joyas exuberantes y vestidos de estilistas famosos. A lo largo del camino, Yamato saludó prácticamente a todos los hombres del recinto, presentándola en el proceso, sin embargo, en ningún momento precisó utilizar la palabra novia o acompañante. Parecía que su condición estaba implícita en el simple hecho de estar allí. A pesar del nerviosismo, logró satisfactoriamente saludar las personas con delicadeza. No necesitaba conversar con ellas, apenas asentir y sonreír, lo que facilitaba mucho las cosas.

Percibió que el rubio era extremadamente famoso. Las personas lo trataban con cordialidad excesiva y eran claramente bastante aduladoras. Notaba que algunos lo trataban con mucho respeto y otros con admiración contenida, en algunos casos bien expuesta. Pero el hecho era que parecía ser una persona muy importante. Ya había pasado un tiempo desde que había llegado y aún no había descubierto mucho sobre el rubio.

Hasta que se acercaron a una mesa cercana al escenario. Allí se encontraba Hiroaki Ishida. El dueño del mayor complejo de comunicación televisiva del país. Dono de la mayor y más famosa emisora de Asia. Dono de una de las mayores grabadoras del Oriente. Uno de los hombres más ricos del mundo. Y el mismo estaba sonriendo para ellos. Y él se levantó y se acercó. Siempre sonriendo.

- Qué bueno que llegaste. - dijo al rubio. - Y ésta debe ser la joven de la que me hablabas. - añadió volviéndose hacia ella.

- Hai, otoosan. Quiero presentarle Takenouchi Sora. Mi novia. - dijo de forma respetuosa al rubio.

Sora estaba desconcertada.

'Otoosan. Otoosan. Eso significa que... Él era Ishida Yamato. Hijo de Ishida Hiroaki'.

Era mucho para ella. Más que encontrando respuestas a los misterios que rondaban aquellos ojos azules, estaba perdida en los descubrimientos que caían sobre sí. Vio cuando el señor la saludó con elegancia en una fina reverencia y correspondió al gesto. Estaba nerviosa. Y descubrió que su cuerpo estaba temblando. Era una reacción esperada para eventos tan inesperados.

Yamato tiró una silla para ella se sentar. Se quedó aún más temerosa. Se sentó lentamente y pronto se acomodó a su lado. Perdió el resto de la noche tratando de parecer tranquila. El choque había sido inmenso. No estaba preparada para eso. Ahora fingía ser la novia de uno de los herederos más codiciados de Japón.

Continúa...