Konnichiwa, minna-san... Genki desu ka?

¡Sí, volví!

No, no abandone mis fics.

Rápidamente, dejo aquí una gigantesca petición de disculpas por ese hiato largo y repentino. Dejé en la bio una pequeña y sencilla explicación, además de pedir desesperadamente que me perdonen.

Volviendo a la fic, me he policado mejor a la hora de escribir. He aprendido mucho con ustedes y con los consejos y advertencias que siempre tan atenta y cariñosamente me dan. Estoy infinitamente agradecida a por eso.

Delante de eso, los capítulos que ya había publicado anteriormente, a lo largo de ese año voy a revisar y los arreglar según sea necesario, pero la historia en sí no se verá afectada.

Espero seguir recibiendo el apoyo de todos. Y, claro, seguramente, su ayuda es primordial. Estén la voluntad de apuntar cualquier error en la escritura.

No hay más demoras, ¡aproveche la lectura!


Sangre Frio

Un Nodo en el estómago

By Misako Ishida

El lugar estaba un caos. Repleto de personas corriendo de un lado a otro, gritando unas con otras, pidiendo cosas, buscando cosas. Tejidos y líneas esparcidas por las mesas y manos hábiles cortando y rasguñando. Yamato intentaba caminar por allí, pero a cada paso llevaba un empujón de alguien apresurado. Fue cuando divisó a quien necesitaba encontrar.

– Midori-chan. – saludó con una sonrisa en la cara.

– Estoy ocupada, Ishida. No tengo tiempo para sus galantes en el momento. – respondió la mujer sin siquiera mirar al muchacho.

– Todo bien. Sólo quería saber si todavía estás buscando ideas para la nueva gira de Ayú. – comentó simplemente, como quien no quiere nada.

– ¡Tú sabes que sí! – afirmó Midori mientras comprobaba la costura de una pieza. – Envíe para rehacer esa costura. ¡Está muy mal hecha! – ordenó a la niña a su lado y tomó otra pieza para registrar. – Ayú es exigente, aquella mujer no acepta nada que no sea perfecto! No sé por qué todavía acepto trabajar con ella. Hace que mi vida sea imposible y me deja con arrugas más temprano.

Yamato se rió y cruzó los brazos. – ¿Y si te ayudara con eso?

– ¿Acaso ahora te has convertido en estilista, chico? – ironizó.

Ishida negó con la cabeza y colocó una pasta sobre la mesa. – Echa un vistazo a estos esbozos y luego conversamos. – concluyó y se retiró.

– No tengo tiempo para eso, Ishida. Ya dije que estoy ocupada.

– Créame. Tú querrás ver esa carpeta. Y me va a dar las gracias después. – dijo aclamando con la mano.

XxXxX

– Aquí está su cambio. Que tengas una buena tarde. – respondió con una sonrisa.

Después de que el cliente salió por la puerta, el rubio se inclinó al mostrador colocando dos ramen sobre él. – Yo quería este tipo de tratamiento. Tan educada y gentil. – comentó mirando a la puerta.

La pelirroja lo ignoró. – ¿Algo mas?

– Sí. Compañía para el almuerzo. – sonrió a ella e indicó los fideos instantáneos.

Sora suspiró y asintió. – Sólo diez minutos.

Ellos fueron a una bancada cercana y Sora colocó el agua caliente en los vasos. Se sentaron en los bancos mientras el rubio hablaba. – ¿Como está su madre?

– Bien.

– ¿Cómo estás?

Sora lo miró. Tomó su copa y empezó a mover los macarrones con el hashi.

– Pensé que estábamos empezando a entendernos, pero creo que me equivocó.

La pelirroja volvió toda su atención a la comida. No soportaba esa sonrisa ancha de él. Aquel que aparecía cuando él creía que tenía razón en algo. Estaba tratando de imponer un límite, para él y para sí mismo. Todo aquello no era más que un acuerdo. Era sólo eso, una transacción comercial que beneficiaría a los dos. No más que eso. Y entonces, aparecía en su casa. Un domingo para cocinar y visitar a su madre. Y supo detalles de su vida. Descubrió cosas a su respecto que nadie estaba autorizado a saber. Ni siquiera quería saberlo. Y él lo sabía. Más de lo que debería.

No estaba bien. Era para ser sólo un acuerdo. Nada de límites que se superan. Tenía que dejarlo bien claro. Y ignorarlo era la mejor forma de hacerlo, pues así no tendría que involucrarse.

– Todo bien. Lo tengo. – concordó el rubio mientras cogía su vaso. – Necesito que me acompañe en un viaje ese fin de semana. – solicitó.

– Todo bien.

– Se realizará el cierre de un acuerdo entre la compañía y una empresa extranjera. Mi padre y varios accionistas estarán presentes. Espero que esté bien para ti.

– Todo bien, no se preocupe.

– Ok – dijo el hombre mientras golpeaba el hashi sobre la superficie. – Me avise si necesitas algo para el viaje.

– Hai. ¿Necesitas alguna cosa más? – preguntó mientras se levantaba.

– Iie.

Con la respuesta del rubio, ella se retiró y regresó del mostrador de ventas. Yamato también se levantó y se fue comiendo. Paró frente a la pelirroja antes de salir. – Te buscaré el viernes por la tarde. Esté lista. – cuando ya estaba en la puerta, se volvió hacia ella otra vez. – ¿Acaso, tienes pasaporte? – Sora se resumió a responder con la cabeza. – Bien.

XxXxX

El destino era Hong Kong. Uno de los mayores centros urbanos que existía. Ya era tarde en la noche cuando llegaron al hotel en que se quedaban. Era un hotel grande y lujoso que se quedaba en una playa. Ella se quedaría en la suite presidencial, junto con Yamato y su padre. Inicialmente, no se sintió mucho la voluntad con la noticia, sin embargo, estaba demasiado dormida para cuestionar cualquier cosa con el rubio.

Cuando llegaron a las habitaciones, notó cómo era espacioso y confortable. No esperaba menos de los Ishida. Yamato notó cómo Sora apenas se aguantaba de pie y la llevó a una de las habitaciones de la suite.

– Descanse. Ya es tarde. – le dijo. – Buenas noches. – concluyó mientras cerraba la puerta suavemente.

Sora siguió el consejo del rubio y después de un baño, cayó rendida en la cama.

Al día siguiente, el Sr. Ishida le pidió que hiciera un paseo turístico por la ciudad mientras él y su hijo trataban de negocios. Durante la cena, que en realidad consistía en una conmemoración formal de negocios con varios empresarios, ella había sido presentada para las diversas personas que formaban parte del equipo de trabajo de Yamato y notó una vez más cómo su acompañante era bien visto y respetado por todos aquellos hombres de negocios.

Ishida era divertido y agradable. Era inteligente, perspicaz, no dejaba escapar ningún detalle. Asumía un papel de seriedad y de liderazgo de una forma tan natural que pasaba la impresión de que había nacido para aquello. Era determinado, meticuloso. Ése era un lado que ella estaba descubriendo existir en él. Una faceta completamente distinta de aquel hombre arrogante e impertinente que se presentaba a ella. Una faceta completamente opuesta a la de conquistador sarcástico y despreciable.

Se imaginaba cuánto más habría detrás de aquella personalidad fría y enmascarada.

XxXxX

Al final de la noche, estaba sentada en el sofá en la sala de la suite presidencial, acompañada por Yamato y su padre en una conversación informal y relajada. El señor Ishida insistió en ofrecerle su amable atención durante la última bebida de la noche.

Después de un buen rato de risa e historias, el hombre decidió que ya era hora de ir a sus aposentos. Dio buenas noches de forma insinuante dejando a los jóvenes a solas. Yamato ayudó a Sora a levantarse, extendiendo su mano hacia ella. Él estaba con una expresión dudosa e inquieta, mezclada con la diversión y la ironía.

– Dividiremos la misma habitación esa noche. – dijo mientras caminaban hacia la puerta de la otra habitación.

– ¿Qué? – preguntó Sora sorpresa.

– No había tantas habitaciones disponibles en el hotel debido a la temporada alta, así que necesitaremos dormir en la misma habitación. - Explicó como si fuera algo simple y corriente.

Sora negó con la cabeza y después que la puerta estaba cerrada se rompió. – ¿Como asi? ¿De repente de la nada vas a dormir conmigo?

– No es de repente ni de la nada. Sólo me olvidé de avisarte antes. – comentó el rubio sacando la corbata y la chaqueta.

– Eso no tiene sentido. – acusó la pelirroja. – Ayer no necesitabas dormir aquí conmigo.

– Claro. – respondió Yamato mientras desabrochaba las mangas de la camisa social. – Ayer no dormí. Pasé la noche en claro terminando algunos documentos y preparándome para la presentación que necesitaba hacer para los inversores esta mañana. – explicó sonriendo y abriendo los botones de la camisa.

La pelirroja quedó ruborizada con la falta de pudor del hombre y fingió estar ocupada buscando una ropa cómoda para dormir.

– No hay problema, ¿no es así? – ironizó Ishida.

Sora se volvió la cara y se encaminó hacia el baño. No quería la presencia de él más de lo necesario y aún así iria a dormir con él. Pensó que podría simplemente ponerlo a dormir en el sofá o incluso ir a dormir en el sofá. Sin embargo, no creía que fuera una idea muy buena, ya que el padre de Yamato estaba en la otra habitación.

Se suspendió resignada y volvió a la habitación. Se acostó rápidamente en la cama y evitó mirar al hombre allí presente. Después de volver del baño, Yamato se acostó en la cama riéndose suavemente. La pelirroja sólo lo ignoró y no prestó atención. Ella estaba rígida e incómoda. Se movió a cada instante y no podía conciliar el sueño.

– Dormir conmigo te deja tan nerviosa que no puedes dormir? – preguntó sutilmente el rubio.

– No es por su causa. - murmuró Sora en voz baja. – Tú no eres el centro del universo!

– Entonces, ¿por qué no puedes dormir? – preguntó riendo.

– Yo bebí café después de la cena. – afirmó.

Yamato se rió alto y se volteó para abrazar la pelirroja. Notó que ella se quedó tensa y luego susurró al oído de ella. – Te dejaré poner el 10% de la culpa en el café. Y el otro 90% es por estar conmigo. – concluyó besando provocativamente el cuello de la chica y dejó sus manos correr libremente por el cuerpo delicado y suave. Sintiendo esa piel sedosa.

Sora sentía la respiración caliente de Yamato en su cuello y se ponía aún más nerviosa. Sabía anticipadamente donde toda aquella cercanía los llevaría. Y ella no tenía suficientes fuerzas para resistir. Ella era adicta al placer. Era su ruta de escape, su medio de fuga de la realidad. Era el momento en que existía sólo ella y toda una infinidad de sensaciones agradables. Era su momento. Se dejó llevar, dejó que Yamato tomara cuenta de la situación y la llevara al paraíso.

– Su sonrisa es maravillosa. – murmuró Yamato en su oído tras el sexo. Eso la incomodó y la dejó asustada. Estaban pisando un campo minado.

El rubio percibió el significado de aquella reacción y la tiró contra su pecho. Entrelazó su mano en la pequeña mano de ella y besó su frente. Se quedó allí, acariciando los hilos rojizos y besándolos de vez en cuando hasta que cayera en el sueño.

Él estaba cansado. No había dormido la noche pasada y su cuerpo pedía unas horas de descanso. Pero verla durmiendo, tan vulnerable y tan tranquila, era más fuerte. Y así pasó aquella noche. En claro, viéndola dormir. Admirando su rostro angelical y acompañando la lenta y ritmada respiración.

XxXxX

La mañana había sido agitada para los hombres. En medio de contratos, acuerdos, términos y negociaciones pasaron horas en el salón de reuniones. Tiempo que Sora aprovechó para disfrutar del hotel. Estar lejos del heredero del imperio Ishida era lo que más necesitaba en el momento. Era imposible no recordar la noche pasada. De cómo su cuerpo vibraba de placer debajo de su cuerpo. De cómo se durmió en los brazos calientes y en el pecho cálido de él. De cómo se despertó por la mañana presa en aquel abrazo fuerte.

Necesitaba distraerse. Focar su atención en otras cosas. Se aprovechó para pasear por la playa, sentir sus pies hundiéndose en la arena blanda. Las olas alcanzando sus pies. El viento desordenando su pelo. Entró en el mar esperando las aguas saladas calmar su corazón y devolver la paz a su espíritu. Estaba tan a gusto de aquella naturaleza que lamentó profundamente cuando vio que ya estaba casi a la hora de volver al hotel. El almuerzo transcurrió con el mismo clima festivo de la fiesta de la noche anterior y se extendió tarde.

Ya estaba casi a la hora de la puesta del sol cuando Sora y Yamato entraron en la suite. Ellos se iban más tarde. El rubio entró para bañarse y la pelirroja se sentó en una de las tumbonas del balcón de la habitación. Observaba el sol anaranjado poniéndose en el horizonte, tocando sutilmente la línea del océano. Era una hermosa visión. Yamato apareció en el balcón y se sentó en una de las sillas de la pequeña mesa al canto. Se quedaron en silencio, hasta que el rubio lo rompió.

– ¿Has hecho ese vestido de ayer?

– Hai.

– Era muy bonito.

– Gracias.

Silencio. Un pesado y incómodo silencio. Yamato sabía que ella estaba incómoda en presencia de él. Pasó el día evitando y supuso que el acontecimiento de la noche pasada había sido la causa. Si bien no sabía exactamente cuál era el problema. Después de todo, aquella no había sido la primera vez que lo hicieron. También no era la primera vez que dormían juntos en la misma cama. 'Mujeres', pensó el rubio sarcásticamente.

– ¿Dónde aprendió a coser? – preguntó tratando de sacar el asunto y romper ese clima gélido.

La rubia suspiró, aún mirando al cielo. – ¿Dónde aprendiste a ser tan curioso e intrometido? -Replicó la chica malhumorada.

Yamato cerró los ojos y se negó con la cabeza sonriendo. Definitivamente, no había como disuadir a aquella niña.

– Tipo A. Con toda seguridad. – él murmuró.

– ¿Qué?

– Su sangre. – se encogió de hombros.

Sora lo miró por unos segundos y luego desvió el rostro con una expresión indignada. – Y tú con certeza eres del tipo B. – retrucó con desdén.

Yamato se rió, dejando a la chica más irritada. – Sólo faltaba eso en la lista. Sufrir bullying a causa de mi sangre. – comentó con gracia. – Pero, estás completamente equivocada. – afirmó con serenidad. – Soy AB.

Sora rió brevemente, como si no creyera en lo que estaba oyendo. – ¿Tú? Cuenta otra.

– ¿Tú no crees en mi? – preguntó el rubio fingiendo falsa indignación.

– ¡Claro que no! - exclamó Sora sin parpadear.

Yamato se levantó y se dirigió hacia la puerta. – Estoy empezando a pensar que tal vez seas del tipo B. – provocó y entró.

Este comentario arrancó una mínima sonrisa por parte de la chica. Yamato volvió con una botella de gim y dos vasos con hielo y aceituna. Se sentó en el suelo apoyado en la pared. Llamó la atención de la pelirroja e indicó con la mano que se sentase a su lado, así como lo hizo la primera vez que se vieron. Sora lo miró de soslayo y negó con la cabeza. Se levantó y se sentó del lado opuesto que Yamato había indicado. Él sólo sonrió y le entregó un vaso.

– ¿Necesito decirte cómo quiero mi bebida? – preguntó con ironía y de forma juguetona.

La chica tomó la copa y la completó con la bebida. Estaba más la voluntad después de media copa y el rubio aprovechó la oportunidad.

– Tú todavía no me contó.

– ¿Qué todavía no te conté? – se desvió del asunto.

– ¿Dónde aprendió a coser?

Sora suspiró. – Con mi abuela. – dijo rápidamente.

Ishida agitó con la cabeza. Después de un momento, volvió a cuestionarla. – ¿Era costurera?

Sora sacudió la cabeza en señal de afirmación. No quería hablar de su vida, no quería recordar las cosas de su vida. Y, sobre todo, no quería que él supiera de su pasado. Ni de nada de su vida. Ni nada más de su vida. Para Sora, Yamato ya sabía más de lo que ella quisiera que alguien supiera. Y entonces nuevamente aquel silencio pesado e intenso recayó sobre ellos. Cuando terminaron la botella, Sora se sentía ligera. Hasta demasiado.

– Mi madre fue expulsada de casa por su familia. Y entonces, mi abuela la acogió y luego la adoptó como hija. – soltó.

Su expresión estaba vacía y su mirada era vaga. Los recuerdos de aquella época impregnaba su pensamiento y su corazón. Una época en la que quisiera regresar y quedar congelada en ella. – Mi madre quería que me comportara como una tradicional niña japonesa. Cubierta de etiquetas y buenas maneras. Pero no me gustaban esas cosas. A mí me gustaba hacer travesuras y jugar al fútbol. Yo era mejor que todos los niños de mi escuela. – confesó nostálgica. Paró por un instante, eligiendo las palabras. – Mi madre estaba loca cuando llegaba a casa toda sucia. – se detuvo de nuevo y suspiró.

Yamato sólo la miraba y la escuchaba atentamente, sin distraerla. Notaba cada una de sus expresiones y cada cambio en su tono de voz.

– Mi abuela era una costurera muy famosa. Varias boutiques de Shibuya peleaban para tenerla. Me encantaba verla trabajando. Adoraba todos aquellos tejidos y líneas y cintas, de todos los colores, tamaños, estilos y texturas. Era fascinante. Y un día ella tuvo una idea. Comenzó a enseñarme a coser y así desvió mi atención hacia algo más femenino, como decía mi madre. – sonrió tristemente y continuó después de otro suspiro. – Y con el paso del tiempo fui queriendo más y más. Más creatividad. Más perfección. Más desafíos. Más elegancia. Después de que la abuela murió, quise hacerme tan buena como ella... Minto... ¡Quise hacerme mejor que ella! Quería hacer mis propias creaciones, no sólo concretar las ideas de otros. Así fue como pasé a dibujar.

Yamato encogió la cabeza en la pared y miró hacia el horizonte. El sol terminaba de ponerse y las luces de la ciudad ya estaban accesas. Él sonrió de lado y comentó como si fuera la cosa más obvia del mundo. – Tipo A con toda certeza. – y miró de soslayo a la pelirroja.

Ella lo miró y se rió levemente. Yamato la miró fijamente. Ella tenía una cara perfecta y se ponía aún más linda cuando sonríe. Se sentía un frío en el estómago y una intensa voluntad lo consumió. La tiró levemente y la besó. Con ternura. Era un beso leve y cariñoso. Quería para sí todo y cualquier resquicio de inocencia y pureza que pudiera haber en ella. Quería calentarla con esperanza y dulzura.

Sora parecía estar sin suelo. Aquel beso inesperado parecía querer hablarle tantas cosas y al mismo tiempo silenciar todo a su alrededor. Era suave, pero le impactaba. No podía describir todas aquellas sensaciones, pues nunca lo había sentido antes. Yamato tenía ese poder, de robarle todas sus sensaciones, de quitar todo su aliento y raciocinio, de hacerle entregar sus pensamientos, recuerdos, deseos. Encaraba esto como algo peligroso. Si entregarse podría ser su mayor perdición. Pero, todo aquel envolvimiento le hacía desear más, le hacía querer más. Era en momentos como aquel que no se acordaba de quién era y de los problemas que poseía. Tal vez ese era el motivo por siempre querer más.

Y en aquel momento, los dos querían más. Necesitaban más. Yamato profundizó el beso y fue apoyándose en el suelo. En poco, estaban sin ropa y él la penetraba profundamente. De la misma forma que penetraba en su vida y en su mundo, la penetraba también físicamente. Comenzaba lentamente, de forma cariñosa, tranquila, para luego volverse intenso, robando su aliento y controlando sus sensaciones. Así era Yamato en todos los aspectos de su vida. Así era Yamato cuando le daba placer. Así fue Yamato.

XxXxX

Estaba acostada boca abajo. Todavía faltaba unas horas para volver a casa. Y ella estaba allí, acostada en la cama, ajena al tiempo. Prestando atención apenas a las caricias del rubio. Yamato deslizaba su mano por la espalda de la pelirroja, provocando escalofríos y haciéndola estremecerse.

Él se quedó un tiempo así. Parecía hipnotizado. En sus fantasías, Sora era una bruja. Una bruja sensual y maliciosa que le dejaba paralizado y perdidamente enloquecido. Porque eso era lo que sentía cuando estaba junto a ella. La locura. Perdía la cabeza, perdía la razón, perdía los sentidos. Era casi imposible no dejarse atrapar por ella. Incluso cuando ella era fría, gruesa o indiferente él la quería. Ella lo perturbaba. Y lo desafiaba. Y lo encantaba. Toda la ambivalencia de humores y acciones de aquella pelirroja lo dejaba enloquecido queriendo por más.

Y estaba queriendo más. Su deseo era intenso, mayor de lo que podría explicar. Siempre quería más de ella. Más y más. Sentía que mientras no consiguiera todo de ella, no quedaría satisfecho. Y cuanto más lograba, más lejos de sentirse satisfecho quedaba. La giró lentamente. Necesitaba sentirla de nuevo. De todas las formas. La necesitaba. Acarició todo su cuerpo. Poco a poco. Vio como ella cerraba los ojos y la piel se estremeció. Tocó cada centímetro de ella y su mano se detuvo en un punto específico. Se sentía todo el calor y la humedad de ella. Suavemente, sus dedos la tocaban mientras sus ojos estaban atrapados en el rostro de la pelirroja. El deleite era verla sintiendo el placer que él le daba.

Sora sólo se permitía sentir cada toque, cada caricia. Todo aquel placer que iba y volvía. Era como el mar. Las caricias suaves que formaban aquellas olas agradables y tranquilizantes, proporcionadas por las manos de él. O como en aquel instante, aquellas olas agresivas y arrebatadoras que su penetración le causaba. Y entonces, cuando culminaba aquella ola máxima, la calma se instalaba poco a poco. Y se sentía tranquila, en paz.

Y una voz allá en el fondo le mandaba una alerta de peligro. Sólo morían ahogados a las personas que sabían nadar. El mar siempre es traicionero y te engaña cuando menos esperas. Él te engaña en aquella hora en que crees que lo venció, que tiene control sobre ti y para de tener miedo de tus olas. Es así que se muere ahogado.

Ella necesitaba dejar de nadar. Lo antes posible. No quería ser arrastrada por la marea.

XxXxX

El vuelo de vuelta había sido más largo de lo que esperaba. Y más cansado. Millones de pensamientos rondaban su cabeza. Al llegar a su casa constató que estaba exhausta, física y emocionalmente. Parecía haber sido pisoteada. Después de comprobar cómo estaba su madre, la pelirroja se dirigió a su cuarto. Se acostó en la cama y se quedó mirando el techo. Fue cuando se acordó de cómo la miró. La forma en que la tocó. Parecía hasta que...

Se alejó rápidamente de los pensamientos y se negó con la cabeza. – Eso es una locura. No es posible. – dijo para sí misma.

Se levantó y decidió que un baño frío le ayudaría a calmarse. Y mientras tanto se prometía a sí mismo que no entraría en aquel mar nuevamente. Necesitaba apartarse y eso era lo que haría. Prometió que cumpliría su promesa. Necesitaba comprometerse con su decisión. Nada de implicaciones. Era sólo necesidad. Era sólo dinero. Nada más que eso.

XxXxX

En el silencio de su apartamento, estaba sentado en un sillón de frente con el balcón de la sala. Observaba las luces brillantes de la ciudad, mientras el lugar se encontraba en la completa oscuridad. Balanzaba el vaso de whisky en la mano, mientras escuchaba atentamente cada ruido del lado externo. Sus pensamientos flotaban y constantemente le traían a la memoria su rostro. Estaba perdiendo los sentidos. Perdía la razón. Y fue cuando las nubes comenzaron a disipar del cielo que su mente se aclaró. De la misma manera que la luna apareció después de que las nubes se iban, supo lo que estaba sintiendo así que sus dudas desaparecieron. No había otra respuesta, no tenía como no ser eso. Estaba perdidamente...

– Enamorado. – susurró.

CONTINÚA...