Sangre Frio

Requiescat in pace

By Misako Ishida

El día estaba soleado. Lo que era bueno. Ya era difícil salir de casa con su madre, cuanto más en un día frío o lluvioso, pues ella solía estar bien agitada. Ella estaba más controlada, pero pasaba la mayor parte del tiempo vagando en sus propias fantasías, sin reconocer la realidad o recordar momentos vividos. En aquel día en detalle agradecía por ella estar más lúcida. Necesitaba llevarla para hacer nuevos exámenes y con ella tranquila sería más fácil.

Estaban saliendo del edificio y vio un coche aparcado. El dueño estaba del lado de afuera, apoyado en el vehículo. Sora no podía creer en eso. La primera a reaccionar fuera a su madre.

– Yamato! Mi niño. ¿Que haces aquí? – corrió para abrazarlo. – Eres tan parecido a su madre. – dijo abofeteada.

– Buenos días, señora Takenouchi. He venido a llevarla a un paseo. – comentó sonriente.

– ¿Verdad? Oh, estoy emocionada.

Sora miraba incrédula a su madre entrar en el coche. De todos los días, de todas las personas, ¿por qué tenía que reconocerlo? ¿Por qué tenía que estar allí? Había dejado bien claro que no quería verlo más. Estaba parada en el mismo lugar y no dio señal de que se acercar. El muchacho caminó hasta ella de forma confiada y un poco arrogante.

– Vamos. No hay necesidad de retrasarnos. – dijo autoritario.

– ¿Qué haces aquí? Yo dije que...

– No te debo satisfacción de lo que hago o dejo de hacer. – cortó. – Su madre ya está en el coche. ¿Puedes colaborar o debo ir con ella solo?

Estaba en una situación conflictiva. No quería entrar en el coche junto a él, pero tampoco podía hacer nada que pudiera alterar el estado de su madre. Por fin, mucho a contra gusto comenzó a caminar hacia el vehículo.

XxXxX

El recorrido estaba silencioso. Incluso Toshiko se callaba en el asiento trasero sólo observando el paisaje de las calles de Tokio. Sora enfocó su atención en los edificios del camino y Yamato en la dirección que tomaba.

Pero, como si todo lo que sucediera con ellos fuera una prueba, el clima cambió completamente cuando percibieron que ibam por el camino equivocado.

– Si no sabías cómo llegar porque se entrometió? – habló rispidamente la chica.

– ¿Quieres callar la boca? Cuando le pregunté dónde iría tú me dijo sólo el nombre de la clínica, no la dirección. ¿Sabe cuántas unidades de ella existen esparcidas por la ciudad?

– ¿Ahora la culpa es mía? ¡Te dije qué barrio era!

Yamato frenó el coche abruptamente y lo estacionó en la pequeña calle que cruzaba la avenida. Miró a la niña y antes de que pudiera hablar algo, sólo sacudió la cabeza. – Voy a preguntar cómo llegar hasta allí.

– Debería haber preguntado antes de perderse. – respondió la niña sin paciencia.

Yamato apenas salió del coche y cerró la puerta con fuerza. No iba a discutir más.

La pelirroja suspiró profundamente. Notó cómo su madre se quedaba mirando maravillosamente la pequeña plaza un poco delante de donde estaban. Salió del coche y se fue con ella hasta allí. La mujer miraba encantada cada flor del jardín. La niña vio las horas y fue hasta el vehículo a recoger su bolsa, pues estaba a la hora de la medicación de su madre. Mientras caminaba, miraba de nuevo en cada instante para vigilarla. Pero así que cerró la puerta del carro y se volvió, su madre había desaparecido.

Corrió hasta la plaza y miraba a todos los lados desesperada. – Okaasan? – empezó a llamar con la esperanza de que estuviera cerca. – Okaasan?

Cuanto más silencio obtenía, más desesperada quedaba. Yamato llegó al carro y lo encontró vacío. Miró alrededor y vio la pelirroja en la plaza, mirando a todos lados y llamando por su madre. Rápidamente se fue a ella.

– ¿Qué sucedió?

– Mi madre desapareció. Ella estaba aquí y de repente cuando volví la espalda por un segundo ella desapareció. – explicó petrificada.

– Calma. Vamos a encontrarla.

Y dicho esto, los dos comenzaron a buscar por ella por los alrededores. Sora empezaba a perder la claridad de sus ideas a medida que el pánico ocupaba todos sus pensamientos. ¿Cómo era posible que una persona desaparezca tan repentinamente? Comenzó a caminar por la calle, llamando por su madre y mirando cada centímetro por donde pasaba.

Volvió a la plaza con la esperanza de encontrarla allí, pero nada sucedió. Yamato también volvió y estaba solo. Él tomó el teléfono en el bolsillo y marcó un número rápidamente.

– Voy a llamar a la policía. – dijo impaciente.

La niña asintió con la cabeza y comenzó a roer las uñas de tan nerviosa. Sus pies no paraban quietos. Se sentía culpable y el simple pensamiento de que algo pudiera suceder con su madre le aterrorizaba aún más.

Notó cómo Yamato apagó el teléfono y miraba fijamente a un punto distante de allí. Sora miró al mismo punto y vio a su madre atravesando una pasarela que quedaba a unas tres cuadras de donde estaban. En el mismo instante, los dos salieron corriendo para llegar hasta ella.

Estaban cerca de un cruce moviéndose y Toshiko se dirigía hacia allí.

Cuando ella estaba en el último escalón de la escalera, notó que su madre estaba parada en la calzada esperando para atravesar la calle. Un pequeño alivio la envolvió, pues estaba a pocos metros de ella.

Sólo que cuando oyó a su madre llamando aquel nombre, apenas vio de un vistazo el coche negro pasando con la ventana del pasajero abierta. Y todo se convirtió en un caos absoluto. Lo peor que había vivido.

Toshiko corría detrás del coche y se fue al centro de la calle. El grito de la niña fue sofocado por el sonido de huesos quebrados y Toshiko cayendo en el asfalto. Una multitud de personas se formó alrededor, todos llamando a la emergencia. Y de repente todo pareció estar sucediendo en cámara lenta.

La pelirroja corrió hacia la madre, encontrándola desacordada y toda ensangrentada. No creía en lo que sus ojos estaban viendo. Se cayó de rodillas en el suelo al lado de la madre. Ni siquiera percibió que se lastimó en aquella acción. No se importaba. No estaba sintiendo.

Todo lo que veía era el pozo de sangre escurriendo. La madre jugada en el asfalto. Se inclinó la mano en su cara y con palmadas leves imploraba. – Mamá ... Mamá... Despierta, por favor... Mamá... Mamá.

Vino a alguien bajar y quedarse a su lado. La persona tomó la mano de Toshiko y luego la soltó. Se sentía los brazos pasando alrededor de sus hombros y escuchó la voz de Yamato suave y dolorosa en su oído.

– Lo siento mucho.

¿Qué significaban esas palabras? ¿Qué quería decir? Desesperada, queriendo descubrir lo que él hablaba, tomó la mano de su madre.

La mano caliente que acostumbraba a acariciar, que le enseñó Ikebana, que le acertaba en los momentos de crisis, ya no existía. Estaba fría. Intentó sentir la muñeca, pero no tuvo suerte. Volvió a acariciar el rostro de la madre y a llamarla.

– ¡Mamá, despierta! Vamos. Desperta. Okaasan... Okaasan... Por favor!

Sin respuestas. Su corazón se desmoronó y se sentó sobre sus pies, dejando los brazos caer al lado. Su visión estaba borrosa por las lágrimas que salían descontroladas.

Cuando la ambulancia llegó, sintió que estaba siendo llevada. No resistió ni vio lo que sucedió después. Sólo se cerró para el mundo y apagó la realidad. Estaba en shock. Sólo notó que estaba sentada en el asiento del coche y que Yamato hablaba con ella. Pero no oía nada.

Había deseado que todo aquello acabara. Había deseado que todo aquel sufrimiento se fuera. Sólo que no de esa manera. No así.

Cerró los ojos con fuerza. La rabia la dominaba, entremezaba por cada célula de su cuerpo, dejándola airada. La imagen del coche que pasaba y de su madre corriendo. Su corazón acelerando y la desesperación golpeando. Él la vio. Él la miró a los ojos. Estaba hirviendo por dentro. Todos aquellos sentimientos que se mezclaban y iban siendo imposible separarlos. La ira, el odio, la culpa, la desesperación, el dolor, la tristeza. Todo allí, consumiéndola.

XxXxX

Sora se negó a unirse a la ceremonia fúnebre. Y Yamato respetó su voluntad. La niña parecía todavía estar en shock, pues apenas hablaba y su mirada era vaga y lejana.

Fuera él quien cuidó de todo. Del hospital al cementerio para colocar la urna. Él lo arregló todo porque Sora estaba ajena a todo. Era difícil creer en todo lo que había sucedido. Él mismo a veces pensaba que estaba soñando. Vira cuando todo sucedió. Estaba fresco en su memoria aquellos recuerdos que tan ansiosamente intentaba deshacerse.

Ellos habían corrido lo máximo que pudieron y aún así una tragedia ocurrió. Cada vez que él miraba a la niña, su corazón se apretaba aún más. Si antes no podía imaginar lo que pasaba, ahora sería aún más imposible. En los últimos días ella pedía que todo terminara y ahora, de una forma u otra, todo había terminado.

La pelirroja ya no tenía una madre enferma para cuidar. Ella no necesitaría sacrificarse haciendo cosas que consideraba sucias y repugnantes para obtener dinero. Ella no sería más agredida por una madre que no se acordaba de ella. Ella podría trillar un nuevo camino en su vida.

Pero a costa de que? Era en eso que él pensaba todas las noches. En cómo ella seguiría la vida.

Eso lo perturbaba. Intentó apartarse de ella antes, cuando ella lo odió por él a amar, pero le fue imposible. En la primera oportunidad que encontró él estaba detrás de ella. Con una excusa desgarrada, tratando de ser indiferente, cuando todo lo que más quería era saltar sobre ella y besarla hasta que ella lo amara de vuelta.

Y todo lo que había cambiado de nuevo. Él la tuvo en sus brazos, pero por motivos que jamás quisiera haber vivido. Sabía lo doloroso que era perder la madre. Él había perdido la suya. Sólo que Sora vivía una realidad totalmente diferente. Fueron tantos sacrificios y tanto sufrimiento.

Había terminado. Eso era un hecho. Toshiko ya no estaba entre ellos. Ella no sentiría más dolor, no tendría más crisis, no viviría más fuera de la realidad, no quedaría presa a los fantasmas del pasado. Eso era bueno. Pero eso tampoco era bueno.

¿Qué sería de aquella niña? ¿Qué haría? ¿A dónde ir?

Él quería ayudarla, como siempre decía. Pero ese discurso ya se estaba batiendo, incluso para él. No era verdad. No era ayuda. Él la quería para si. Quería tenerla a su lado. Quería cuidar de ella. Quería dar todo para ella. Quería hacerla feliz. Él la quería. Porque la amaba y era sí un egoísta.

Sora colocó las cenizas de su madre junto con las de su abuela. Después de una oración ella fue al ascensor. Yamato la siguió. Ella apenas tenía noción hacia donde iba desde que ocurrió el accidente. Fuera él quien la guió por todos lados. Él necesitó hacer todo por ella.

La colocó en el coche y la llevó de vuelta a su casa. Cuando la sacó del vehículo, un hombre vistiendo un traje bien alineado y fino estaba saliendo del edificio donde la pelirroja vivía. Ella levantó la cabeza cuando ese hombre estaba delante de ellos.

– Sora. – él la saludó.

Ella lo miró sin ninguna expresión. Sólo se quedó mirando hacia él. – He venido aquí sólo para ver si estás necesitando algo. – dijo de forma servicial.

Ella continuó parada y lentamente abrió la boca, pero no se oyó ningún sonido. Yamato observaba todo callado, pero atento a cada reacción de la niña.

– Necesito que mueras y vaya al infierno. – dijo finalmente, en voz tranquila y contenida. Y con eso ella siguió hacia el edificio.

XxXxX

Desde el día del cementerio que Yamato no la veía. Sora se encerró dentro de su apartamento y no atendía la puerta. El rubio iba hasta allí todos los días, con la esperanza de que ella quisiera verlo. Y era siempre la misma cosa. Él llamaba a la puerta, ella no abria; él hablaba con ella, ella no respondía. Entonces él dejaba una bolsa con comida colgada en la manija de la puerta.

Fuera varias veces hasta el mercado de los Inoue para ver si la amiga de la pelirroja había logrado hablar con ella. Pero también siempre recibía una negativa. Miyako, sus padres y sus hermanos se turnaban para ir hasta el apartamento y ni para ellos Sora abría la puerta. Sólo sabían que estaba allí porque la noche encendía las luces del apartamento.

Ya había pasado 49 días. Y Ishida estaba enloqueciendo por no verla, en no saber su estado real. Ya estaba anocheciendo cuando llegó a su dirección. Al estar en el piso correcto, se asustó y se preocupó. La bolsa del día anterior todavía estaba colgada allí.

Más que rápidamente golpeó la puerta, llamándola. Sin respuesta. Percibió que la luz de la sala estaba accediendo y dispuesto a entrar de cualquier manera arrojó la bolsa en el suelo a punto de romper la puerta. Pero en la hora en que la tiró con fuerza, se movió en la manija y la puerta se abrió.

Se suspiró aliviado cuando de la puerta vio que ella estaba sentada en el sofá. Él entró bruscamente y se paró delante de ella.

– ¿Qué piensas que estás haciendo? ¿Sabe cuánto me ha preocupado y asustado? – dijo exigiendo una respuesta.

Ella permaneció indiferente y le hizo una pregunta, el desarmando por completo. – ¿Todavía quieres comprarme?

– ¿Qué? – murmuró.

– Una vez insinuó que estaba dispuesto a darme todo... Y quiero todo lo que puedes ofrecerme. – explicó. – Por eso me estoy vendiendo totalmente a ti.

Él la miraba incrédulo. ¿De qué estaba hablando?

– No quiero más esa vida. No voy a vivir más aquí. Si no es para ti, puedo venderme a otro. – comentó en voz baja. Levantó la cabeza y lo miró. – ¿Me vas a comprar?

CONTINÚA...