NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DREAMWORKS, SOLAMENTE ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS

¡Hola a todos!

Wow, no me esperaba tantos comentarios ni favoritos =D me chiflan bastante jeje. Bueno, aquí está la segunda parte que espero disfruten también, tenemos un acercamiento más a los problemas de la parejita y la primera aparición de a villana, pero por ahora todo muy tranquilo, lo mejor empezará en el siguiente capítulo.

Reviews:

MichelleMGI, Ericka Kida, Forever MK NH, Usagui13chiba, Shinki S, Anislabonis, meliandrade.

GRACIAS por sus hermosos comentarios. No los respondo personalmente porque en TODOS de alguna forma y otra estaría dando spoilers, que desde luego no haré jeje (son demasiado intuitivos, o yo fui demasiado obvia, no sé).

¡A leer!


II

"-¿Cómo hago para esta sensación de culpa se vaya? -No puedes dejar de sentirlo. Así que contrólalo, recuérdalo y haz todo lo que puedas para asegurarte de no volver a sentirlo." –Stoick.

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Desde que Astrid tenía cinco años y vio por primera vez un ataque de dragones sobre Berk, tenía la enorme necesidad de proteger a los que amaba. Nítido estaba en su memoria el recuerdo de sus padres saliendo a combatir esas bestias, y la inquietud que sintió al verlos esquivar enormes llamaradas de fuego. Su tío Finn, que la cuidaba durante esos ataques, pasaba un brazo sobre sus menudos hombros y susurraba oraciones para calmarla.

—Shhh—su tono era suave y tranquilo—Están bien, ellos estarán bien.

Pero esa ilusión se rompió cuando los dragones se fueron, y el padre de Astrid gritó para pedir ayuda. Tenía una espantosa quemadura en el hombro y se mordía los labios para evitar quejarse a pesar del dolor. Astrid era muy pequeña para recordar exactamente qué pasó, salvo que su padre debió quedarse una semana en casa para dejar que la herida se curara. Fue la primera vez que sintió que algo malo podía pasarles a sus padres, y llegó ella sola a la conclusión de que debía ayudarles.

Cuando le dijo a su tío Finn que quería ayudar a sus padres, él le sonrió de manera paternal, diciéndole que sólo debía portarse bien y obedecer. Pero eso no era suficiente para ella. Semanas después, cuando Finn encontró a su sobrina intentando levantar una de las enormes hachas de Patrick, se percató de que el susto que había sufrido fue más grande del esperado y que las palabras consoladoras ya no harían efecto.

Helga, que conocía bien a su hija, le hizo prometer que no intentaría pelear ni aprender a usar armas hasta que cumpliera los seis años, y a cambio le regalaría su primera arma. Astrid se mantuvo fiel a su promesa, y recibió de su madre una bella daga perfecta para su estatura como regalo de cumpleaños. Helga le enseñó a usarla, lo cual no era muy complicado, y pensó que con eso la niña estaría más tranquila. Sin embargo, ahora que Astrid podía usar su daga, veía hacia las espadas y sentía que lo natural sería aprender a usarlas también. Ésta vez fue Patrick quien encontró a su hija intentando levantar la espada de Helga, ante lo cual frunció los labios ¿cómo explicarle a su niña que era muy pequeña aún para aprender a esas cosas?

Habló de la situación con algunos de sus vecinos. Stoick le dijo que lo aprovechara, comentándole que por más que intentaba su hijo Hiccup rehuía a todo tipo de entrenamiento. Spitelout le dijo que él empezaría a enseñarle a su hijo Snotlout, pues temía que el chiquillo no pudiera defenderse cuando los dragones atacaran. Patrick comentó eso a su esposa, y Helga terminó aceptando a regañadientes que instruyeran un poco a su hija. Astrid, por su parte, no había esperado a que sus padres se dignaran a tomarla enserio, y ella solita corría alrededor de la tribu sabiendo que así sería más rápida y ágil, además de que practicaba todos los días con la daga que le regaló su madre.

Finn era quien más la entrenaba, y quien se percató muy rápido del espíritu guerrero en Astrid. Todos en Berk, en mayor o menor medida, sentían la sangre bullir ante la pelea y la aventura, pero Astrid era diferente. Como le dijo después a su hermana, Astrid parecía una valquiria caída del Valhalla. Aprendía rápido y ella misma se exigía a un nivel impresionante para tan tierna su edad. Creían que era talento natural, y en buena parte lo era, pero no sabían que también era el miedo. Astrid estaba asustada ante la idea de no poder ayudar y proteger a los suyos, y la única manera de ahuyentar ese miedo, era entrenando, mejorando, dedicándose a perfeccionar su técnica para estar segura de que podría protegerlos de llegarse la ocasión.

Esa necesidad de proteger la dominaba, y no fue hasta su adolescencia, por su relación con Hiccup, que eso comenzó a cambiar. Estaba acostumbrada a ser la guerrera, la encargada de proteger, y al principio de su relación con Hiccup, también era ella la que sentía que lo cuidaba. El muchacho era muy flaco, torpe e inseguro, a veces parecía que no podía defenderse siquiera de un pajarillo. Pero cuando la pubertad lo golpeó, también golpeó su relación.

Su amistad con Toothless hizo que Hiccup obtuviera una repentina seguridad en sí mismo, la cual fue creciendo conforme su relación con su padre y con otros jóvenes –Astrid incluida– mejoraba. Cuando tenía más o menos dieciséis años, todas las lecciones de defensa que Stoick le había dado al muchacho dieron al fin resultados. Además, y gracias a su nueva seguridad, Hiccup dejó de intentar practicar usando su mano derecha, comenzando a usar la izquierda. Fue casi como ver a un nuevo guerrero. La destreza que su padre le había enseñado, la fuerza que su trabajo en la fragua le había dado y la agilidad desarrollada al volar con Toothless se combinó de repente, e Hiccup se convirtió en un buen luchador.

Astrid aún se jactaba de que era la mejor peleadora en todo Berk, lo cual era cierto (nadie más había empezado a entrenar desde los seis años como ella) pero debía admitir que ahora Hiccup era un guerrero de cuidado, principalmente cuando montaba a Toothless. Hiccup no ocupaba ahora su ayuda al defenderse y, al contrario, muchas veces parecía querer protegerla. Al principio eso se sentía como una ofensa, porque ella era todo menos una damisela en apuros, pero después sintió que algo se removió en su interior, algo que no sabía cómo nombrar, pero que evidenciaba su cambio.

Desde que era pequeña su familia se había rendido al intentar protegerla, tan independiente y fuerte era, pero Hiccup no. Tampoco la menospreciaba, al contrario, Hiccup parecía ser el que más la respetaba por sus habilidades de combate, pero al mismo tiempo siempre estaba al pendiente de sus necesidades, intentando cuidarla a su manera. Aprendió a acostumbrarse a esa actitud de Hiccup, que en realidad no era molesta, pero no se dio cuenta de en qué momento ella también cambió.

El primer indicio fue cuando ambos estaban en Dragon Edge. Ella estaba en la casa de él, pues se quedaron dibujando mapas y planeando estrategias para repeler posibles ataques de Viggo. No se dieron cuenta de que ya había oscurecido, y menos que había comenzado una lluvia muy fuerte. Hiccup le sugirió dormir con él, para evitar que se mojara y resfriara. Stormfly tampoco parecía querer irse, ya estaba dormitando cerca del fuego al lado de Toothless, por lo que terminó aceptando la sugerencia.

No fue hasta la mañana siguiente, en la cual recapituló los hechos, que se percató en lo descuidada que fue. No llevaba su hacha, ni su daga, ni alguna de sus armas para protegerse si llegaba un intruso. Se había recostado en la cama (Hiccup durmió con Toothless) sin asegurarse de tener algo cerca que pudiera usar para cubrirse en caso de un ataque. Tampoco había revisado el perímetro antes de recostarse, ni revisado si el fuego se había apagado bien para prevenir un incendio. Y, si eso no fue descuido suficiente ¡había dormido sin su armadura! Simplemente se la quitó al recostarse para poder descansar mejor. Ella jamás dormía sin armadura, ni en su casa, porque pensaba que así estaría lista mucho más rápido en caso de una emergencia.

Tantos descuidos consecutivos la hacían sentirse una irresponsable, pero la verdad era que la noche anterior no se había sentido mal. Genuinamente había olvidado su rutina de seguridad antes de dormir. Repasó una y otra vez los acontecimientos, buscando el factor que la hizo actuar con tanto descuido. La respuesta estaba durmiendo a pocos metros de distancia, y roncando ligeramente.

Había sido Hiccup, de alguna forma su presencia había sido más relajante que todas y cada una de las rutinas que ella realizaba por costumbre tras años de intentar proteger a las personas que la rodeaban. Al internase en esos pensamientos, se percató de que todo podía resumirse en una sola palabra: seguridad.

Ella se sentía segura con Hiccup cerca. Al detectar eso, siguió pensando y recordando. Desde que era una niña, Astrid no se había sentido realmente segura, ni de ella ni de sus familiares. No sólo era su ansiedad por proteger a quienes amaba, sino también la ansiedad de protegerse a sí misma. De alguna manera entendía que ni sus padres, ni su tío ni sus amigos eran lo suficientemente fuertes para protegerla. Pero ese sentimiento desaparecía cuando Hiccup estaba cerca. Hiccup, que durante muchos años fue el peor vikingo que Berk hubiera visto, podía calmarla y hacerla sentir protegida con el simple hecho de dormir a unos pocos metros de distancia.

Ella confiaba en él, y lo quería, y su relación con Hiccup era más profunda y estrecha que cualquier otra relación que hubiera tenido con otra persona (Stormfly no entraba en esa categoría) pero no fue hasta ese momento en que se percató de lo segura que se sentía a su lado, ahora se daba cuenta que Hiccup la protegía a ella, y ella confiaba en esa protección.

Y esa sensación de sentirse cuidada fue como una caricia a su corazón. Mucha de su ansiedad y de sus preocupaciones desaparecieron después de esa noche. Ella siempre sería una guerrera, siempre buscaría proteger a los suyos y a los que amaba, pero ahora tenía la completa certeza de que, mientras estuviera con Hiccup, nada podría pasarle. Él la cuidaría como llevaba haciéndolo todo ese tiempo.

Ya llevaba tiempo intentando minimizar sus sentimientos hacia él, pero tras esa revelación, sucumbió a sus emociones. Estaba enamorada de él, como una boba quinceañera, pero sonreía con cierta satisfacción al pensar en eso. Después de todo, estaba enamorada de la única persona en todo el mundo con la que se sentía protegida… no se le ocurría una persona mejor a la cual confiarle su corazón.

Y era por eso, porque confiaba en Hiccup al colmo de entregarle su vida, que no soportaba el más mínimo indicio de que él la considerara una mujer débil.

Llegó al lado del lago, y se dejó caer sobre el césped fresco, escuchó a Stormfly recostarse también y hacer pequeños ruidos de satisfacción. Aunque el simple hecho de estar en ese lugar tan lindo la calmaba, la conversación que tuvo con Hiccup la noche anterior seguía dando vueltas en su cabeza.

"Sólo quiero asegurarme por completo de que estés segura" ¿qué, ella no era capaz de defenderse? En todos los años que llevaban juntos Hiccup nunca había cuestionado así sus habilidades. Pero no sólo parecía inseguro de las de ella, también parecía sentirse incapaz de cuidarla. Era ridículo, porque tal y como ella llevaba pensando en toda la mañana, Hiccup era al único en quien confiaba por su seguridad ¡se había casado con él! ¿qué otra prueba necesitaba?

Sostuvo el hacha en lo alto viéndola a contraluz, el brillo del metal siempre le gustaba, en un segundo cambió de postura y lanzó el hacha contra el árbol, deleitándose del sonido del filo encajándose en la madera. Sí, esto era lo que necesitaba, sonrió de satisfacción mientras caminaba despacio hacia el árbol para recuperar su hacha. Era entrenando de esta forma, a su ritmo, con el olor de la hierba y el sonido del agua que ella se relajaba.

Hiccup se relajaba con Toothless, volando sobre las nubes perdiéndose en direcciones distintas durante horas, probando la velocidad y llevando al límite sus habilidades de jinete. Él llevaba mucho tiempo sin hacer nada de eso, mucho más de lo que ella llevaba sin entrenar en los bosques. "No debe ser sano". Se sentó recargándose en el árbol, preocupada por su esposo. "Está estresado" pensó ella. "Nunca deja de trabajar, y últimamente casi no duerme. Necesita descansar".

De repente recordó más cosas, como el hecho de que Hiccup solía saltarse la comida para poder atender a más personas, y que cenaba muy poco porque llegaba tan tarde que sólo quería dormir, muchas veces duraba horas recostado en la cama sin conciliar el sueño porque le dolía la cabeza y todos los días sin falta debía tomarse un té especial para enfermos si es que deseaba tener la energía necesaria de rendir en sus tareas. Había ojeras bajo sus ojos, y comenzaba a bajar de peso. Apretó el mango de su hacha ¡qué tonta había sido! Su esposo estaba exhausto, ¿y ella qué estaba haciendo para ayudarla? Desde días lejanos vino el recuerdo de una charla que tuvo con su madre, quién sabe cuánto tiempo atrás.

—Astrid ¿dónde estuviste toda la tarde?—preguntó Helga Hofferson, mirando a su hija con una expresión severa.

—En la mañana entrené cerca del bosque—respondió la rubia, acomodando su hacha contra la pared—Y pasé el resto del día en la fragua con Hiccup.

Helga asintió, pensando en cómo diría las siguientes palabras.

Al tener Astrid cinco años, sólo le importaba entrenar y ser más fuerte, ella estaba conforme con eso. A los diez años, Astrid le comentó que Hiccup le parecía un chico extraño, Helga estuvo conforme con eso. A los quince años, cuando Hiccup consiguió que todos los vikingos comenzaran a entrenar dragones, Astrid comentó que admiraba mucho al hijo de Stoick y que estaba feliz de que ahora fueran amigos, Helga se mostró reticente hacia eso.

Ahora que Astrid tenía dieciocho años, era momento de tener la charla que llevaba mucho tiempo postergando.

—Hija ¿cuál es exactamente tu relación con Hiccup?

Las mejillas de Astrid se colorearon, tal y como Helga había intuido que pasaría, notó la mente de su hija idear mil excusas (como ella cuando era más joven).

—Sólo somos amigos, mamá—respondió, usando la excusa más sencilla y trillada de la historia.

—¿Enserio? Porque pasas mucho tiempo con él.

—¿Es algo malo?—preguntó Astrid, no estaba a la defensiva, sino que realmente estaba interesada por saber qué angustiaba a su madre.

—No del todo—Helga hizo una mueca que su hija conocía perfectamente, significaba que iba a decir algo que no le gustaría a Astrid escuchar—Sólo que… Astrid, Hiccup es el heredero de Berk.

Oh, heredero. Todos sabían eso. Hiccup era el hijo del Jefe, por ende, sería el Jefe algún día. No era algo de lo que hablaran, en parte porque Hiccup no parecía darle nunca importancia a ese detalle. Pero ciertamente todos en Berk sabían que algún Hiccup iba a gobernar.

—¿Y?—preguntó, pues no entendía por qué su mamá lo mencionaba.

—Como heredero de Berk, Hiccup deberá afrontar varias responsabilidades pronto—continuó Helga—Es joven, pero Stoick lo ha ido preparando de poco en poco para adoptar ese rol.

Astrid guardó silencio, intuyendo que su madre quería decir más cosas.

—Si tú seguirás siendo su amiga como hasta ahora, debes estar consciente de eso. La familia y las amistades más directas del Jefe siempre terminan adoptando algunas responsabilidades también.

—Entonces, ¿Cómo soy amiga de Hiccup, puede que deba ayudarlo a dirigir Berk cuando él sea Jefe?

Helga suspiró, su pequeña parecía no entender mucho fuera de armas, combates y dragones. Luego recordó que todavía era joven, no podía pedírsele peras al olmo.

—Sí, hija, algo así—le sonrió de manera maternal, sabiendo que Astrid no entendería más del tema por ahora—Dime Astrid ¿crees poder con esa carga?

Miró seriamente a su hija.

—Claro—respondió con ese tono despreocupado tan normal en la juventud—Es mi mejor amigo, lo ayudaré siempre que pueda.

"Oh, claro, mejores amigos" pensó Helga con sarcasmo.

—Pero Astrid, tú e Hiccup ya son mayores… ¿su relación no ha cambiado, en todo este tiempo?

Astrid se mordió los labios, dubitativa.

—¿Tus sentimientos no han cambiado?

Los ojos de su madre analizaban completamente sus expresiones, Astrid se dio cuenta entonces de que a ella no podía ocultarle aquél secreto tan celosamente guardado.

Notando la angustia en su hija, Helga acomodó un mechón de cabello atrás de su oreja y le sonrió.

—Es normal que al crecer, nuestros sentimientos crezcan—le explicó—Pero por eso quiero que entiendas bien en lo que te estás metiendo. Eres una gran guerrera, tu padre y yo estamos muy orgullosos de ti… pero, hija, ¿estás segura de querer elegirlo a él, que es heredero de Berk?

Patrick Hofferson estaba encantado con la relación que llevaban Hiccup y Astrid. Todo Berk se daba cuenta de lo que pasaba entre esos dos, excepto los involucrados, como suele pasar. Stoick y Patrick bromeaban sobre la relación de sus hijos y cómo les gustaría que se desarrollara, y el hecho de que querían nietos pronto. Patrick adoraba a su hija, y sabía que Hiccup sería un buen esposo para ella: sería Jefe algún día, así que nada le faltaría nunca a su pequeña, e Hiccup había demostrado ser un hombre fuerte y de carácter noble, el tipo de persona que cualquier padre desea para su hija.

Helga también pensaba como su esposo, pero veía más allá. Sí, Hiccup sería un buen esposo para su hija, sí, Astrid estaba enamorada de él y seguro podrían hacer una buena familia. Pero Astrid estaba ensimismada en su sueño de ser guerrera, e Hiccup ocuparía a su lado a alguien que pudiera sostener la carga de Jefe cuando fuera muy pesada. No estaba segura si su hija tendría el carácter o el gusto para aceptar ese título y dedicarse a ayudar a su pareja cuando fuera necesario. Todos veían que los Jefes tenían riquezas, gloria y eran obedecidos, pero pocos veían lo mucho que debían sacrificar sobre sus gustos personales por el bien de la comunidad.

¿Astrid estaría dispuesta a eso?

—Sí—le dijo ella, con tono firme y decidido.

—Entonces quiero que recuerdes siempre esto, hija mía. Nunca olvides cuál es tu lugar. Nunca.

Aunque no entendió esa oración, Astrid asintió. Ya después podría pensar en eso.

Nunca olvides cuál es tu lugar… claro que no lo había entendido en ese entonces, pero ahora de repente parecía tener sentido. No debería de sorprenderle el que su madre estuviera consciente de todo lo que conllevaba su futuro más de lo que Astrid creía, y es que Helga Hofferson era de esas mujeres que aprendían observando su entorno y nunca decían todo lo que sabían hasta que les preguntaban directamente.

Astrid era esposa de Hiccup, y Jefa de Berk. La palabra "Jefa" nunca sonó tan abrumadora como en ese momento de reflexión. Sí, el poder recaía en la familia Haddock, sí, ella tenía poder sólo por haberse casado con el heredero. Pero ¿qué más daba? Ahora ella también era jefa de la tribu, ahora ella también debía llevar a cabo esas responsabilidades como si fueran suyas.

Hasta ahora sólo se había encargado de la milicia y ayudaba a Hiccup en una o dos cosas, pero nunca se había sentado con él a charlar sobre la manera de dividir las responsabilidades de liderazgo entre ambos. Hiccup nunca hizo nada por asignarle más tareas de las que ya tenía como general, pero ¿cómo iba a hacerlo? Hiccup tenía la idea de que ser el Jefe era cosa suya, solamente suya.

Pues no, ya no sería así. Astrid se sintió muy mal por no haberse percatado de lo mucho que su esposo la necesitaba ahora, pero apartó esa sensación de culpa porque no servía de nada el tenerla. Lo que debía enfocarse era en que no se repitiera la situación. Llevaba tanto tiempo sintiéndose desconectada de su entorno, que apenas se dio cuenta de lo mucho que estaba dejando de lado su responsabilidad de esposa –aunque eso también podía ser porque llevaba muy poco tiempo casada– pero eso no volvería a ocurrir, por Thor que no.

Era apenas mediodía, pero ya se sentía mucho mejor y descansada, el bosque siempre hacía maravillas en ella. Caminó lo suficiente para volver a lanzar el hacha hacia el árbol por última vez: ella e Hiccup necesitaban tener una charla, de ser posible, en ese mismo momento. Así pues, sacó el hacha del árbol y regresó a Berk.

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De pie frente a la mesa principal del Gran Salón, Hiccup le dio un sorbo al té de Gothi. Era un brebaje amargo, pero llevaba tanto tiempo tomándolo que estaba acostumbrado al sabor, se trataba de la misma bebida que la anciana le daba a los enfermos para que recuperaran fuerza tras la convalecencia, Hiccup tenía la espantosa certeza de que si no tomaba al menos una taza de ese té al día, se desplomaría de cansancio antes del atardecer. Era algo que el Jefe no se podía permitir.

Sobre la mesa estaba un mapa de Berk –los dioses sabían que conocía cada recoveco de memoria– en donde estaba señalando a los hombres qué parcelas debían quedar arrendadas para esa tarde, sin falta. Ellos comentaron algunas cosas, pero Hiccup se mantuvo firme y al final se fueron diciendo que cumplirían la orden. Se llevó una mano al puente de la nariz y se terminó el té de golpe, quizá ese día necesitaría una dosis doble.

Volteó y tomó asiento en el enorme trono de piedra tallada que era exclusiva del Jefe, Hiccup sentía que el asiento le quedaba grande –había sido agrandado a la medida de su padre– otro constante recordatorio de lo mucho que le quedaba por aprender y por hacer. Tenía la sensación de que se veía frágil ahí sentado, pero el Jefe no podía sentarse en ningún otro lado, o al menos no sería lo recomendable.

Su mente divagó de repente pensando que deseaba irse. Recordaba muy bien aquellos días en que se despertaba únicamente para salir con Toothless a volar más allá del viento buscando mares nuevos e islas sin descubrir, ¡cómo le gustaría regresar a aquellas épocas! quería levantarse e irse lejos, muy lejos, no volver…

Pero no haría eso, claro que no. Su gente lo necesitaba, y él no podía darles la espalda.

Ah, su cabeza empezaba a dolerle, y todavía era temprano para eso, suspiró pensando que probablemente la causa era Astrid. Su esposa Astrid que estaba sola en alguna parte del bosque. Thor sabe que nunca antes se había sentido tan preocupado por ella en su vida, pero al mismo tiempo sabía que ella estaba bien… ¿verdad?

Maldita sea, siempre lo mismo, su cabeza parecía un caldero a punto de estallar por tantos pensamientos contradictorios que llegaban de improvisto. Era como si se criticara a sí mismo todo el tiempo, sin parar ¿Qué, era eso una enfermedad, había forma de curarla? ¿estaría condenado a pasar el resto de sus vidas con ese estrés, inseguridad y ansiedad? Dioses, esperaba que no.

Como si hubiera sido invocada por su dolor de cabeza, la puerta de la Gran Sala de abrió y pudo ver a su esposa entrar por ahí. Astrid tenía una expresión más relajada, que inmediatamente cambió a una preocupada cuando lo vio de frente.

—¿Día pesado?—preguntó, parándose frente a él.

—Un poco—se llevó ambas manos a las sienes—¿Podrías pasarme un poco de hielo?

—Claro.

Astrid caminó al fondo donde estaban las cocinas y regresó poco después con un pequeño trozo de hielo que aún olía al cuero en el cual se envolvió. Hiccup lo pasó por su frente, sintiendo la mano de Astrid acariciarle el cabello.

—Estás muy estresado.

—La verdad, no sé por qué.

—Yo creo que sí—Astrid movió una de las sillas para sentarse frente a él.

—¿No ibas a estar en el bosque todo el día?

—Me relajé muy rápido—se encogió de hombros como si fuera la cosa más natural—Y tú necesitas también un poco de tiempo libre.

—Es temporada de cosechas, aún tengo mucho que…

—Yo lo haré.

—No es necesario, tú también tienes cosas que hacer.

—Ni la mitad de las que tú haces, Hiccup.

Le lanzó una mirada intensa, como si dijera "así debe ser", que a ella la frustró.

—Déjame ayudarte un poco—continuó—Tus dolores de cabeza y tu cansancio no son normales. Toma un día libre, yo puedo hacerme cargo de las cosas.

—No creo que sea correcto.

—¿Por qué no?

Hiccup presionó el hielo contra su cabeza y suspiró.

—Mi padre fue Jefe durante años y nunca pidió ayuda.

—Sabes que Gobber y tú…

—Él se hacía cargo de todas las cosas importantes solo—siguió hablando como si no la escuchara—Y yo tengo que aprender a hacer eso.

—Tu padre no estaba solo, Hiccup. Te tenía a ti, a Gobber…

—Sí, y lo ayudábamos, pero nunca a ese…

—¿A este nivel?—se señaló a sí misma—¿Al nivel que yo quiero ayudarte?

Hiccup asintió.

—¿Y? tú no eres Stoick, no tienes que hacer las cosas exactamente igual a él.

que no soy mi padre—sus palabras sonaban contenidas, como si el hecho le causara enfado—Por eso me debo esforzar el doble. Astrid, él fue un gran líder, y si debo trabajar dos, tres o cuatro veces más para conseguir esos resultados, que así sea… no pienso decepcionarlos.

—¿decepcionar a quién?

—A todos.

—Hiccup, ¿te estás escuchando? ¿por qué de repente tienes ese miedo a fracasar?—sujetó una de sus manos intentando consolarlo—Nadie espera que falles y nadie te está presionando para que seas como Stoick.

—No lo dirán cuando estoy yo, pero en mi ausencia…

—Hiccup Haddock, esto es ridículo—Astrid se puso de pie molesta—Tienes ojeras y estás aún más delgado, no duermes, no comes, estás todo el tiempo exhausto. Este no es el hombre con quien me casé.

—Tú sabías perfectamente que sería el Jefe cuando te propuse matrimonio.

—Esto no es un Jefe—lo señaló de cuerpo completo—Esto… ¡no sé qué sea! Hiccup, estás enfermo y cansado ¿qué no te das cuenta? ¡necesitas un descanso!

—No—dijo en tono firme—Astrid, tu mejor que nadie sabe todas las responsabilidades que tengo, ¿cómo esperas que…?

—¡déjame ayudarte!—lo interrumpió tajantemente—soy tu esposa, ¿no se supone que eso deben hacer las parejas? En muchas ocasiones te he ayudado para otras cosas, déjame…

—¡Señor!

La pareja volteó ante la interrupción de Groth, uno de los hombres de mayor confianza de Stoick y que se estaba ganando también la de Hiccup. El hombre los saludó a ambos y después les mostró un pedazo de pergamino que tenía en la mano.

—Es un mensaje de Dragon Edge—les dijo.

—¿Dragon Edge?—Hiccup sujetó el pergamino y lo desenvolvió para leer, Astrid se asomó y leyó también.

—Es de Gustav—habló Astrid sorprendida—Un avistamiento…

"En un reconocimiento de rutina, hemos avistado una flota de veinte barcos grandes que navega desde el sur a un día y medio de viaje por mar, desconocemos su destino, pero el rumbo que mantienen por ahora los llevaría a la Isla Berseker. Esperamos indicaciones. Firma Gustav."

Hiccup se llevó una mano a la barbilla, una expresión típica que hacía cuando pensaba algo. Gustav llevaba siendo el encargado de Dragon Edge por un par de años, poco después de que Hiccup y su grupo regresaran a Berk. Dirigían a distancia aquella isla como una especie de colonia de Berk, y las exploraciones que hizo Hiccup con sus amigos le permitía pensar que podría seguir expandiendo su territorio –en vista de que la población en Berk crecía cada vez más rápido– pero más importante que eso, era una excelente forma de mantener un ojo vigilante sobre diferentes partes del archipiélago, manteniendo a raya a sus enemigos y fortaleciendo las alianzas.

Veinte naves grandes de origen desconocido que venían del sur… eso no sonaba nada bien.

—Esto no me gusta—dijo Hiccup en voz baja—No me escribe más detalles, no sé si las naves están armadas o no, o si su tripulación se ve guerrera o mercantil.

—¿Qué tienes en mente?—le preguntó Astrid.

—Necesito verlo con mis propios ojos para saber su son potenciales aliados…

—….O enemigos que buscan atacar.

Un brillo destelló en los ojos de ambos, como siempre que se comunicaban en la misma sincronía.

—¿debo mandar un mensaje, señor?—preguntó Groth.

—No lo sé, quisiera ir a verlo todo—se mordió el labio—Pero hay mucho que hacer aquí y…

—Yo iré.

Astrid sonrió de manera confiada, pero Hiccup reaccionó mal.

—¿Qué? ¡No!—la misma ansiedad de proteger que sintió anoche emergió desde sus entrañas—No sabemos si son peligrosos o no, y no pienso exponerte a…

—Soy general de Berk ¿no?—fue su respuesta—Si hay una amenaza potencial, yo debo estar enterada.

—Pero Astrid…

—Además tú mismo lo dijiste, tienes que encargarte de muchas cosas aquí—le sujetó ambas manos y les dio un ligero apretón—Iría con un grupo de jinetes a Dragon Edge y te escribiría un reporte de mis observaciones.

—No, no—negó con la cabeza—Esto no me gusta.

—Tú no puedes ir, además esto también es mi responsabilidad.

—¡No, el Jefe soy yo! ¡Yo soy quien debería protegerlos y hacer esto! Además tú…

—¿Yo qué?

Notando la molestia de su esposa, Hiccup se esmeró en escoger muy bien sus siguientes palabras.

—Tú… tienes cosas que hacer aquí en Berk. Y no me gusta que vayas hasta Dragon Edge tu sola.

—Si esto tiene relación con tu idea de que no puedo cuidarme, Haddock, déjame decirte que…

—¡Me da ansiedad pensar que estarás sola, sin mí! No me gusta la idea de no estar cerca para protegerte.

—Hiccup, no soy una niña que ocupa la protección de su padre.

—No lo eres, pero yo…

—¿Por qué no confías en mí?

Auch. Sus ojos no mostraban sólo enfado, sino dolor.

Golpe bajo, Astrid, golpe muy bajo.

—Sabes perfectamente que confío en ti—coloco ambas manos sobre sus hombros—Es lo que nos hace…

—…nosotros—ella terminó la frase con una sonrisa a medias—Hiccup, ya llevamos algo de tiempo sin ser nosotros ¿no te has dado cuenta? tu estrés, mi apatía… algo aquí no está bien.

Una parte de su ser se asustó muchísimo cuando la escuchó decir esas palabras usando esa expresión de tristeza. ¿Tan mal estaba su relación y él no se había dado cuenta? ¿Pues en dónde tenía metida la cabeza? "en tus ansiedades, tonto, en tus ansiedades".

—Y creo que si voy a Dragon Edge, y nos damos algo de espacio, podríamos ayudarnos más uno al otro y mejorar las cosas, no sólo para nosotros, sino para todo el pueblo, ¿no crees?

Hiccup se sintió terriblemente mal consigo mismo. No se había dado cuenta que tenía tan descuidada su relación, al punto en que Astrid quería espacio para ella misma. No podía culparla, últimamente estaban así los dos: él todo el tiempo preocupado y ella todo el tiempo en las nubes. Era Astrid, ella siempre quería hacer las cosas, no era la mujer que se sentaba en las gradas a ver el espectáculo, ella hacía el espectáculo. Esa era su esposa, la mujer de la que se enamoró, y por más ansiedad que le causara, no podía pedirle que dejara de ser ella misma. Simplemente no era justo.

Suspiró, se inclinó para besarle la frente y bajó las manos de sus hombros a las manos de ella, en esa caricia tan íntima de ellos dos.

—Lleva a Fishleg contigo—dijo, porque de todos los jinetes era en quien más confiaba—Y por favor escríbeme apenas llegues a Dragon Edge.

—Lo haré. Por favor, no te saltes la comida, no tomes más de dos tés al día y duerme temprano.—respondió, besándole la mejilla.

Los dos sonrieron amargamente y se despidieron, cuando Hiccup vio la silueta de Astrid salir del Gran Salón, tuvo el presentimiento de que ya nada sería lo mismo después de esa tarde.

No se equivocó.

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Morgana estaba reclinada en su asiento, viendo con mucho detenimiento el mapa frente a ella. El papel estaba amarillento y las esquinas carcomidas, la pintura perdió su tonalidad intensa y en algunas partes era difícil reconocer la letra que señalaba el nombre de los lugares. Sin embargo, seguía siendo lo suficientemente legible para ella, y de una cosa estaba segura, nada iba a detenerla.

Nunca pensó que ese mapa llegaría a sus manos, pero bueno, tampoco pensó que lideraría una tropa de veinte barcos de guerra con los mejores marineros del norte. Dios la había bendecido, no había lugar a dudas. Su pequeñísima aldea, llena de gente bruta y tosca, no estaba preparada para lidiar con la grandeza de una mujer como ella. Su repentino escape a la ciudad de Stor le valió abandonar a su familia –aunque tampoco los extrañaba mucho, si debía ser sincera– y aprender, a la mala, cómo sobrevivir en ambientes hostiles.

Stor era una ciudad muchísimo más grande de lo que ella había visto a sus escasos doce años, cuando llegó, y la visión de todos esos barcos que anclaban en el puerto para que los mercaderes vendieras sus productos la dejó boquiabierta. Ese sería su boleto a la grandeza. Por medio de mañas y fuerza aprendió lo suficiente para ser comerciante y después guerrera, ¿cómo los llamaban? ¿piratas? Sí, piratas. Marineros tontos que no sabían defender sus barcos se la pasaban quejándose de ella y sus métodos para hacerse de las mercancías, como si eso impidiera que pudiera venderlas en los puertos.

Pero ella no era una simple pirata, no señor, el único y verdadero Dios estaba de su lado, como muchas veces lo había demostrado ya. Veinte barcos de guerra, más de trescientos hombres perfectamente armados y entrenados que morirían por ella si así lo ordenaba, y más oro en sus cofres del que muchos reyes verían en su vida. Había escuchado de las riquezas en los gélidos mares del norte, y claro que eso la motivaba en buena medida a hacer esa expedición, pero más que nada lo que la llevó a realizar esa empresa fue la leyenda que tenía a todos en Stor congelados de miedo y asombro: los dragones.

Esas magníficas criaturas que volaban por los cielos y escupían fuego eran un simple cuento para asustar a los bebés y obligarlos a que se portaran bien. Eso hasta que marineros de Stor regresaron de unos viajes de reconocimiento en los mares del norte y dijeron haberlos visto con sus propios ojos. Cundió el pánico, pero el rey dijo que Dios mismo le mandó hacer oración en misa sagrada todos los fines de semana y con eso su pueblo estaría asegurado.

Morgana no lo creía, y se enfrentó al rey. Dijo que esas bestias podían llegar en cualquier momento, ella también era protegida de Dios y en sus oraciones había recibido la visión de fuertes dragones, más grandes que algunos barcos, destrozando naves y quemando vivos a varios hombres. El rey no toleró que lo retaran, y la desterró de sus tierras.

Sin el mercado de Stor, Morgana debía reconocer que estaba en problemas. Ninguna otra ciudad en la Costa Norte del Continente tenía dinero y población suficiente para comprarle a su flota entera los productos. Intentó regresar a Fram, su bruto pueblo de origen, pero de ahí sus propios vecinos la echaron "¡no queremos buscapleitos como tú!" le dijeron. No se podía esperar menos de una patética aldea llena de gente estúpida, así que Morgana ordenó que lanzaran fuego al puerto y disfrutó cómo las llamas consumieron la mitad de toda su aldea, antes de partir.

—Si todos se mueren mejor, nada bueno ha salido de ese lugar, excepto yo—declaró.

Y fue así como decidió probar suerte más al norte, allá de donde venían los dragones. Quizá esas personas fueran lo suficientemente ricas para convertirse en sus nuevos clientes, o quizá si conseguía el cadáver de un dragón podría volver a Stor y ganarse el perdón del rey (Ah, si Stor no fuera tan grande, ni los soldados del rey tan numerosos, destruiría aquella ciudad o se haría del poder con tal de tener siempre acceso a los mercados).

El mapa lo consiguió cuando uno de sus hombres lo robó en una cantina, señalaba todas las islas del Archipiélago, ese estrecho espacio de mares turbulentos y caprichosos más al norte de lo que cualquiera persona bien nacida del Continente hubiera viajado. En el mapa estaban señaladas también las islas habitadas, por un pueblo terco que se hacía llamar "vikingo". Ja, seguramente no serían ni la mitad de peligrosos que los vándalos, ¿de qué preocuparse?

Morgana trazó una ruta hacia una isla deshabitada según el mapa, con una estrategia en su mente. Primero debía intentar una alianza, ya que las peleas eran siempre pérdida de dinero y de tiempo. Mandaría grupos pequeños de sus hombres a las islas pobladas más pequeñas, para reunir información y buscarse aliados.

Ella iba a adueñarse del Archipiélago, aunque se le fuera la vida en ello, porque su único y verdadero Dios así lo había dicho.


Y bueno, eso fue todo por ahora, ¿les ha gustado?

Espero poder subir el siguiente capítulo la próxima semana =D

¡gracias por leer!