NADA DE ESTO ME PERTENECE, ES DE DREAMWORKS, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS SIN GANAR NADA POR ESO.
¡Hola a todos! Ejem, ejem... LO SIENTO T_T
Tenía dos párrafos escritos cuando de repente ¡puf! se me fueron las palabras. Ya tenía clara la idea de qué iba a escribir, pero por más que intentaba, cada oración que escribía me parecía hueca y sin sentido. En mi frustración dejé el documento y decidí descansar un poco (la mejor de las ideas *sarcasmo*) y dejé el tiempo pasar. Lo siento, porque había dicho que actualizaría más rápido, pero al menos yo detesto escribir cosas forzadas que no me convencen y que seguro a ustedes tampoco les gustará. Al final salió este capítulo ayer, y hoy lo estuve editando, esperando que recuerden un poco este fic y que les siga gustando.
Reviews:
Guest: Muchísimas gracias por el halago c: y este capítulo responde tu pregunta.
MichelleAloy: ¡Perdona, perdona, perdona! ya aquí está el nuevo cap...
Amai do: Considerando que has esperado mucho, ojalá aún sigas leyendo este fic, y que te siga gustando como hasta ahora ¡gracias por tus hermosas palabras!
Es5102001: Muchas gracias, si quisiera hacer algo más personal, pero aún no me decido bien qué jeje... por ahora que ustedes disfruten estos fics me basta y me sobra c:
Jeinesz06: Jajaja, a mi también me encanta cuando Hiccup dice "mi esposa", por eso lo pongo mucho XD (gustos del escritor)
Lady Aria H: Leer que "soy una de tus escritoras favoritas" remueve profundos sentimientos en mi interior, porque cada cosa que escribo es para deleite de ustedes, y que lo disfruten a ese grado realmente compensa las noches en vela tratando de escribir una mejor escena aquí y otra escena por allá, pues palabras como esas todo lo valen. Gracias enserio ¡disfruta este capítulo!
Melanie Villamar: Yo también espero poder desarrollar a los personajes mejor a lo largo del fic... créeme, aún tengo muchas cosas por escribir sobre esos dos jeje.
Anislabonis: Y yo adoro tus comentarios c:
Forever MK NH: ¡Listooooo!
Cathrina Frankenstein: el punto donde dices que el capítulo fue "personalizado" muy probablemente sea cierto, sin querer suelo poner mucho de mí en las historias y en los personajes, no suelo darme cuenta de eso hasta que las vuelvo a leer después. Aún así, creo que las inseguridades de Hiccup se justifican por el contexto que le detalle (eso espero) y son el punto de partida para un desarrollo de personaje que tengo planeado hacer. Espero el proyecto salga bien.
IV
"Estar enamorado de quien es tu compañera en batalla…no estoy seguro de cómo equilibraría esa precaria situación" –Viggo.
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Sobre el mar podían verse las sombras de una gran horda de dragones que se desplazaban rumbo a los límites del archipiélago, se dirigían sin descanso hacia una pequeña isla posicionada estratégicamente donde podía presenciarse quién entraba y quién salía del mismo, y donde los vikingos originarios de Berk habían montado uno de sus más ambiciosos proyectos: una colonia dirigida a distancia que facilitaba las comunicaciones, vigilancia y protección de los ciudadanos y sus intereses.
Pero ese día las tropas de jinetes no se dirigían a Dragon Edge por rutina, sino por una misiva importante: la esposa del Jefe, Astrid Haddock, había sido raptada, y no sabían exactamente dónde se encontraban sus captores. Al frente de la horda, Hiccup Haddock III mantenía un vuelo rápido y una expresión de enfado total, apenas podía controlar sus desmedidas emociones, y como nadie se atrevía a molestarlo, un incómodo silencio los rodeó hasta que llegaron a la fortaleza.
Dragon Edge, con todo su esplendor, se manifestó ante ellos pronto. A las casas que Hiccup y sus amigos habían construido se les agregó unas cuantas más, también salones especiales y establos muy bien equipados para los dragones que ahí habitaban. En una de las plataformas del establo principal estaba Gustav, esperando a su Jefe con el rostro endurecido por el nerviosismo.
La tensión era evidente en todo Dragon Edge, Hiccup no había estado ahí desde que fue nombrado Jefe, y la situación de su visita no era la mejor. Todos estaban preocupados por Astrid, pero conociendo a Hiccup, nadie quería imaginarse lo molesto que él estaría. Cuando no vieron ni a Valka, ni a Gobber, se angustiaron aún más, porque eran ellos quienes podían calmarlo además de su rubia esposa.
Hiccup desmontó a Toothless y su fiel dragón lo siguió cuando caminó con altivez hacia Gustav. El torpe muchacho estaba convirtiéndose en un hombre determinado, e Hiccup pudo notarlo cuando le sostuvo la mirada a pesar de su evidente nerviosismo, dispuesto a soportar el enfado de su líder.
—Gustav—saludó, porque a pesar de su enfado Hiccup entendía que no tenía la culpa de nada—¿Dónde está Fishleg?
—Está siendo atendido por las curanderas—respondió, soltando un aliento que no fue consciente de haber sostenido.
Asintió, luego volteó hacia la tropa de jinetes que estaba aterrizando atrás de él.
—Descansen y alimenten a sus dragones, estén listos para cualquier instrucción—ordenó.
Bajó por la rampa hacia el suelo, frente a la fuente principal estaba la choza de los sanadores, a la cual Hiccup entró sin tocar. La líder de las sanadoras, una muchacha regordeta de nombre Aly, volteó enfadada cuando escuchó la puerta abrirse.
—¡Les dije que esperaran af…!
Las palabras murieron en sus labios cuando reconoció a Hiccup, y se sintió desfallecer al ver su semblante severo.
—¡Jefe Hiccup!—apenas pudo hablar—Yo… lo siento señor, nosotras, es que ellos…
Levantó una mano, mandándola callar con ese acto, no tenía tiempo para explicaciones innecesarias. Aly bajó el rostro, tras eso, Hiccup continuó hablando.
—¿Cómo está Fishleg?
—Mejor señor—dijo—Perdió algo de sangre, pero le dimos el remedio tradicional de Gothi y funcionó a la maravilla. Apenas está recobrando la memoria.
—Perfecto, pasaré a verlo.
—Señor, por favor no lo exalte mucho. Él está…
—¡Hiccup!
Fishleg estaba recostado en una cama, con dos curanderas terminando de vendarle la herida, cuando vio a Hiccup inmediatamente se alzó, pero el Jefe se acercó y con señales le dio a entender que se calmara. El voluptuoso vikingo se recostó otra vez, concientizándose de sus heridas.
—Calma… ¿qué ha pasado, Fishleg?
Hizo una mueca, cerró los ojos para recordar con más claridad.
—Veníamos camino a Dragon Edge cuando avistamos los barcos extraños. Tienen unas banderas cuyo escudo nunca he visto…
—Pensaremos en eso después—le interrumpió para que no desviara el tema a una aburrida charla de heráldica—¿luego?
—Los rodeamos, eran varias naves y no queríamos enfrentarlos. Pero en eso nos atacaron ¡todos los barcos se nos fueron encima! Salí herido, y Astrid me protegió poniéndose entre un cañón y yo… ella y Stormfly cayeron.
Había mucha aflicción en su voz cuando hablaba, pero Hiccup no tenía tiempo de consolarlo, necesitaba tener más información. Lo urgió a que continuara hablando, Fishleg le obedeció sin rechistar.
—Quise bajar… quise pelear y ayudarla, pero no me dejó. Me gritó que pidiera ayuda… que te avisara. Meatlog vio la situación y voló rápido para alejarse… fue entonces cuando la herida me escoció, y debí apurarme para llegar aquí. Cuando llegué, perdí el conocimiento.
La pesada mano de Fishleg, que perfectamente podría de un golpe noquear a Hiccup, se posó sumisa en el hombro de su Jefe, y con rostro abnegado susurró:
—Lo siento—dijo—Lo lamento mucho, confiaste en mí y yo…
—Esto no es tu culpa—le respondió Hiccup, intentando calmarse a sí mismo a través de su amigo.
—Pero me mandaste con Astrid para cuidarla y yo…
—Astrid es mi esposa, el deber de cuidarla es mío, no tuyo. Suficiente has hecho hoy Fishleg, ahora debes reposar, por favor, no puedo permitirme ponerte en peligro.
Entendió sus palabras, y supo que tenía razón, Fishleg suspiró, notando por primera vez que las sanadoras ya hace rato habían terminado de curarlo y estaban paradas en la esquina, dándoles el poco espacio que podían. Se recostó en la cama deseando poder salir de ahí pronto, ansiaba montar a Meatlog y volar por su amiga, casi como en los viejos tiempos. Estaba preocupado, y pudo ver que Hiccup también. De jóvenes, confiaban demasiado en sí mismos como para permitirse pensamientos negativos. Ahora que estaban conscientes de todo lo que podía salir mal, el terror nublaba de vez en cuando su juicio.
Pero Hiccup, viéndose fresco como una lechuga, salió de la choza y buscó a Gustav, pidiéndole toda la información sobre la tropa de barcos que habían detectado. Venían del sur, no sabían exactamente de dónde, habían contado veinte barcos, y tal como dijo en su nota, si no cambiaban de rumbo llegarían a la Isla Berseker. Eso, sumado al hecho de que atacaron a Fishleg y Astrid sin meditarlo y capturaron a la última, los ponía en una situación complicada, claramente se trataban de posibles enemigos, y no podían darse el lujo de exponerse innecesariamente.
—Gustav, ven conmigo al salón principal. Llama a los líderes de los escuadrones, y también al líder de la patrulla de Dragon Edge. Debemos planear bien la siguiente jugada.
—¡A la orden!
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Las pesadas esposas en sus manos y las cadenas en sus pies tenían una corrosión cuyo olor la aturdía, pero no estaba segura si el mareo provenía de ellas o del vaivén de la marea –aunque, llevando años navegado y también años volando, le parecía el colmo marearse en esa circunstancia– la herida en su brazo ardía, y podía escuchar los rugidos de Stormfly, encerrada en otra parte del barco donde no podía verla. A pesar de su angustia, Astrid intentaba mantenerse estoica, porque frente a ella estaba una mujer cuya mirada penetrante requería su mayor concentración.
Morgana miraba a Astrid de pies a cabeza. Esa mujer tenía el cabello más rubio que hubiera visto, ojos azules cual océano profundo, un rostro redondo y cuerpo atlético. Era a simple vista más fuerte que muchas mujeres que vio en el continente, y también con el temple más decidido. Se preguntó cuánto le tomaría quebrar su espíritu… pero en eso pensaría después.
Parado a dos metros de Morgana, Cedric tenía expresión de angustia. Algo le decía que una mujer capaz de montar a un dragón no era precisamente el tipo de persona con la cual se debía jugar, y aunque Morgana causaba verdadero pánico en él, aquella rubia parecía verdaderamente retarla con la pura mirada.
El silencio fue roto cuando Morgana dio un paso al frente, y acarició la mejilla de Astrid, ésta inmediatamente se alejó de su toque, pero en respuesta la morena la cacheteó con fuerza, Astrid le sonrió, sin inmutarse por el golpe, ganándose otra cachetada.
—Tienes muchas cosas que aprender—le dijo Morgana—Pero ya habrá tiempo de enseñarte modales. Por lo pronto, dime ¿en dónde encontraste ese hermoso dragón azul?
Astrid siguió sonriendo, sin hacer ademán de responder. Ésta vez, Morgana agarró la espada, y sin desenvainarla le dio un fuerte golpe en la pantorrilla. Astrid no gimió, pero sí se inclinó por el dolor, Morgana le pegó en la otra pierna para dejarla sobre el suelo.
—¿Ves lo fácil que es inclinarte ante mí?—su voz era sarcástica—Vete acostumbrando—agarró su cabello y jaló de él con fuerza para alzarle el rostro—Responde mi pregunta, rubiecita.
Astrid sólo sonreía. Había adivinado que Morgana le daba importancia a su ego, y la mejor manera de desesperarla sería provocándola al no caer en su juego. Era una lucha de poder común entre los amos/prisioneros, y Astrid no estaba dispuesta a perder.
Morgana le dio otra cachetada, ya había antes doblegado a hombres más grandes y más fuertes que ella, la rubia no debía ser un problema, o eso creía.
—Ese dragón azul debe ser especial ¿no? Sino, no lo montarías.—dedujo en voz alta—¿Lo has domesticado como a un perro, como a un caballo?
Silencio.
—Bien, no digas que no lo intenté por las buenas—desenvainó la espada, y la colocó sobre su cuello—Dime ¿de dónde lo has sacado? ¡Responde!
Aunque frunció los labios, Astrid no respondió. Morgana gritó y movió su espada, haciéndole una cortada superficial en el hombro.
—Supongo que sabrás cuánto duele el agua salada sobre una herida—le susurró con enfado—Ahora dime, antes de que te despelleje viva ¿de dónde has sacado ese dragón?
Aunque el filo de la espada seguía amenazándola, Astrid no se movía. Morgana frunció el ceño, la gente el Continente, ablandados por el tiempo en tierra y los sermones de un dios benevolente, solían quebrantarse rápido y el miedo a la tortura los hacía rendirse antes siquiera de sentir el primer golpe. Pero esta mujer no parecía tener ni siquiera un poco de miedo.
Eso la estaba sacando de quicio aún más que las descaradas sonrisas que Astrid le daba. En toda su vida, Morgana controlaba a las personas usando el miedo que inspiraba en ellas, y darse cuenta que no podría intimidar a esta mujer con los mismos trucos que llevaba usando toda la vida le causaba un odio acérrimo hacia la rubia ¿quién se creía que era la insolente?
Cedric no pudo más que sentir respeto por la mujer que retaba a Morgana con sus sonrisas y silencios, nadie nunca había respondido así a la pirata. Todos los hombres que capturasen antes sucumbían a sus pies ansiosos de salvar sus vidas. Pero esta rubia, inclinada en el suelo, la miraba a los ojos sonriendo con burla, como diciéndole "No puedes controlarme, resígnate".
Morgana reaccionó cortando de un solo golpe su trenza, los rubios cabellos de la mujer cayeron al suelo de golpe. Morgana sonrió, porque esa maldita cabellera era una ofensa, y además pudo ver los ojos azules de Astrid llenarse de sorpresa cuando sintió su cabeza libre del acostumbrado peso.
Astrid estuvo a punto de echársele encima, el cabello largo y trenzado era una de las principales bellezas en Berk, pero sabía que esa lunática intentaba sacarle de quicio, lo más digno, lo más vikingo, era mantener la compostura y no darle lo que ella quería.
—Dime ¿qué más te gusta además de tu cabello?—acercó la espada a su rostro—¿Tus ojos, o tu sonrisa?
Más silencio.
—¡Responde!
Le dio un fuerte golpe en el abdomen, que dobló a Astrid de dolor y la hizo gemir, el sonido de su llanto fue escuchado por Stormfly, gracias a su superior sentido del oído, y la dragona redobló esfuerzos en soltarse de las redes que lo apresaban. Morgana escuchó el sonido del rugido del dragón, y miró a la muchacha rubia, que sangraba en el suelo, pero seguía sin decirle nada.
.—A ese dragón le importas—dijo—Y él te debe importar. Bien, no me digas de dónde lo sacaste, dime mejor de dónde eres.—se inclinó para sonar más amenazante—Seguro hay más dragones ahí ¿no?
Sujetó los cortos cabellos que le quedaban en la nuca y tiró de ellos para verle el rostro directamente.
—Debes saber que puedo estar aquí todo el día—acercó, de nuevo, el filo de la espada a su rostro—Pero, por ahora ha sido suficiente. Llévenla a la celda.
Cedric tiró de sus cadenas, procurando que se arrastrara mientras la llevaba a la celda al fondo del barco, cerró la puerta de metal y en ese momento Astrid se puso a vomitar. No soportaba más el mareo. Se acurrucó en la otra esquina, intentando controlar su estómago y viendo la herida de su hombro, comprobando que era superficial. Pasó una mano por la cabeza, sintiendo la suavidad del poco y corto cabello que le quedaba, sintió ganas de llorar pero se contuvo, después de todo el cabello podía crecer de nuevo.
Estaba cansada y asustadísima, pero no lo podía demostrar. Cuando escuchó los pasos de Cedric y Morgana dejando los calabozos, sólo entonces, se dejó sollozar. El estómago le dolía bastante, pero no podía ser obra de ese golpe, además las náuseas no cesaban a pesar de haber vomitado, y el insoportable olor que desprendían las cadenas le daba dolor de cabeza.
Sabía que Hiccup la encontraría, pero no estaba dispuesta a esperarlo. Sus ojos vieron alrededor buscando una forma de escapar, pero antes de poder diseñar un plan una nueva náusea la atacó y un punzar en su cabeza la hizo gritar, el estómago se contrajo haciéndola acurrucarse ¿por qué esos dolores? Ella había estado antes en peores situaciones, no entendía cómo ahora el estrés la estaba matando.
Quizá tenía que ver con que Hiccup le había dicho que no fuera, y ella insistió en volar a Dragon Edge. De haberlo escuchado no estaría ahí. Ese pensamiento le causó más lágrimas, y lloró por su esposo que debía estar tan enojado como preocupado, pero ¿por qué tanta sensibilidad? Ella no solía ser así. No pudo continuar con ese pensamiento cuando vomitó otra vez, y después de las arcadas, sintió su pesado cuerpo rendirse a un extraño cansancio.
La desesperación de no saber qué le pasaba hicieron que gritara de nuevo, el estómago le dolió, pero tras unas pulsaciones, se detuvo. Un pensamiento femenino hizo que llevara una mano entre sus piernas, en búsqueda de sangre. Sus días menstruales no solían cansarla tanto ni ponerla muy sentimental, pero no se le ocurría otra explicación para sus síntomas.
No encontró nada, frustrada se dejó caer al suelo, viendo al techo, con la misma apatía que llevaba días experimentando tomando otra vez control de su ser. Otra náusea se dejó sentir en su resentido y vacío estómago, y en ese momento, pensó que las náuseas no eran en absoluto un síntoma del periodo menstrual.
Aterrada, Astrid pensó que su ciclo era estable, hizo una cuenta mental rápida y se percató de que llevaba dos meses sin tenerlo. No había reparado en eso, porque estaba tan estresada por Hiccup y Berk que ni cuenta se dio del tiempo pasando. Se incorporó llevándose una mano al vientre, con nuevas lágrimas de los ojos, su mente trazaba una lista de síntomas que iban confirmando cada vez más sus sospechas.
Llevaba dos meses sin el ciclo, y tenía náuseas, mareos, cansancio, apatía, cambios de humor fuertes. Todos esos síntomas eran descritos en libros y recitados hasta el cansancio por las mujeres casadas, que se quejaban siempre de ellos. Además, como un recuerdo lejano, vino a su mente el hecho de que Stormfly, y la mayoría de los dragones, solían cuidarla más de lo usual. Los animales, principalmente los dragones de instinto protector, suelen cuidar a las hembras cuando…
Oh no… no ¡No! ¡No podía ser cierto! Miró las esposas en sus manos y pies, y la celda sucia, estaba en un barco con desconocidos como prisionera, y aunque su esposo llegaría –estaba tan segura de eso como que el sol salía de día– quiso darse una abofeteada por su comportamiento irresponsable ¡aquella maldita pirata le había intimidado y dado un golpe en el abdomen!
¿Cómo pudo ser tan tonta para no notarlo antes? miró alrededor, buscando con mayor desesperación una forma de salir. Necesitaba ponerse a salvo. Ya no sólo por ella, sino por su bebé…
… su bebé… aquella palabra la desarmó por completo, iba a tener un hijo, con Hiccup.
Su ansiedad de repente cedió a la ternura. Sería madre… ¡Sería madre! Dioses, sabía que la maternidad venía después del matrimonio, pero jamás hubiera esperado enterarse de esa noticia en tan espantosa circunstancia. Hiccup sería padre. Ellos tendrían una familia.
Bueno, si es que salía ilesa de ahí. Astrid no se dejó pensar más de esa manera ¡ella saldría de ahí! Era una guerrera, y un guerrero protege a los suyos. Ahora tenía un hijo en su vientre, un hijo de Hiccup, un niño o niña que sería el heredero de Berk. Era su máximo deber cuidarse y asegurarse de que ese bebé se desarrollara sano. Astrid era una guerrera, pero había sido educada también para ser madre y esposa, y el principal deber de las esposas –más aún las esposas de los Jefes– era asegurar la descendencia.
No iba ya a exponerse, por supuesto que no. Saldría de ahí, y se pondría a salvo. Necesitaba hacerlo, por ella y por su hijo. El reciente instinto de madre surgió en ella con tanta fuerza que, sin ser del todo consciente, ideó un plan de escape en menos de dos segundos.
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Morgana y Cedric llegaron al otro lado del barco, en donde Stormfly, ataviada de redes, intentaba escapar sin conseguirlo. Miró embelesada a esa enorme bestia, de brillantes escamas azules, y notó la silla de montar colocada en su espalda. Se puso frente al dragón, Stormfly inmediatamente le rugió, aunque se asustó intentó mantenerse serena, no podía mostrarse débil frente a sus hombres.
—Es magnífica—dijo.
—Señora, ¿debemos matarlo?—preguntó el capitán del barco.
Los ojos de Morgana, ennegrecidos por el enfado, causaron espanto en todos, más en el capitán.
—Capitán, venga aquí.
El hombre dio dos temerosos pasos hacia ella, y cuando estuvo frente a la mujer, sintió el fuerte golpe en el abdomen, seguido de una cachetada que lo tumbó al suelo.
—¿Alguien más tiene alguna pregunta tonta por hacer?
Todos los hombres guardaron silencio.
Morgana intentó acercarse más a Stormfly, pero el Nadder removía las alas, rugía e intentaba atacarla cuando la veía muy cerca. Hasta ese día había creído que de tener a un dragón cerca habría sabido cómo domarlo, pero la verdad es que temía de que al menor descuidado terminara arrancándole la mano. Morgana no pudo contener más el miedo que sentía y mejor se retiró, haciendo señales para que arrastraran al dragón hacia otra celda.
"Es una bestia hermosa y poderosa, pero más peligrosa de lo que creí" pensó, viendo cómo los marineros hacían su mejor esfuerzo por no gritar asustados.
—Este dragón y su espantosa jinete serán nuestra llave para conseguir lo que venimos a buscar—dijo con voz fuerte—Asegúrense que no escape, pero no le hagan daño.
Vio cómo sus hombres gritaban de miedo cuando Stormfly amenazaba con morderlos, ella misma sentía miedo de la bestia, pero recordando que la tonta rubia en el calabozo fue capaz de montarla, se obligó a mantenerse firme. Ella era mucho mejor que cualquier sucia mujer del archipiélago, así que conseguiría someter a ese dragón, costara lo que le costara.
Cedric miró al dragón, pero no sintió miedo, sino fascinación ¿cómo esa maravillosa criatura existía? Recordó los cuentos que se decían en las calles de su pueblo, sobre cómo los dragones volaban en los cielos, robaban el ganado y quemaban todo a su paso. Ese dragón no había disparado fuego de la boca ¿sería entonces aquella parte del cuento un mito más? con la curiosidad venciéndole a la impresión, Cedric pensó que el asunto ameritaba ser investigado.
Cuando los marineros encerraron a Stormfly en el calabozo, caminó rápido para acercársele, quería verlo de cerca, palpar con ambas manos la maravillosa fantasía encarnada. Pero Stormfly no era el dragón de Astrid sólo por ser fuerte y competitiva, cuando la puerta de acero se cerró para bloquearle escape, Stormfly volteó hacia el techo de madera, calculó, y después lanzó el fuego más fuerte y caliente que tenía en su reserva.
Los marineros gritaron cuando la madera explotó creando un hueco, el denso humo negro los cegó y sin pensarlo dos veces la dragona disparó de nuevo, haciendo que la explosión y el fuego aturdiera a los marineros que estaban cerca. Stormfly elevó las alas para volar, pero al hacerlo su herida (un corte en el costado, justo de donde surgía el ala derecha) le impidió extenderlas por completo y la dragona cayó sobre la cubierta. Los aterrados marineros se tropezaron buscando las redes para atraparlo, pero el Nadder no les dio tiempo y saltó al mar.
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Gustav colocó un mapa sobre la mesa y señaló el último lugar del avistamiento de las naves que tenían capturada a Astrid. El lugar no estaba lejos, pero siendo veinte barcos, Hiccup sabía que no podía tomarse la situación a la ligera. Debía ser cuidadoso para que los jinetes y dragones no se expusieran más de lo necesario, pues aunque ellos gritaran que estaban dispuestos a morir, consideraba su deber de Jefe procurarles la mayor seguridad posible.
Los líderes de los escuadrones de jinetes les dieron sus ideas, las cuales Hiccup escuchó. Los sanadores le explicaron que las heridas de Fishleg eran las causadas por flechas típicas de la región, así que no esperaban que tuvieran armas diferentes o más peligrosas de lo normal. Fuera de su número, la tropa no parecía ofrecer mayores peligros a los jinetes, pero Hiccup no iba a confiarse.
Años atrás, cuando recién construyó Dragon Edge, se enfrentaba con sus amigos a naves, dragones y lunáticos que ansiaban apoderarse del archipiélago. Muchas de esas batallas las contaría a sus nietos con orgullo –si los tenía– pero otras verdaderamente deseaba olvidarlas. Ahora comprendía que fue muy aventurero, casi despreocupado, exponiéndose él y a los demás en peleas poco planeadas y con enemigos poco conocidos. Su padre se lo dijo varias veces, pero tardó en aprender.
Uno de los momentos en que se percató de que debía ser más cuidadoso fue cuando Viggo, en una de sus extrañas jugarretas, fingió ser su aliado. Hiccup no confió en él, y no se equivocó, pero en sus momentos solos el loco cazador de dragones descubrió que estaba enamorado de Astrid, y comprendió que usaría eso en su contra.
Si Astrid no fuera la guerrera poderosa que era, seguramente estaría todo el tiempo preocupado por ella, pero su esposa sabía defenderse y aunque le costaba admitirlo, no lo necesitaba tanto como otras mujeres a sus esposos. En los combates que libraron juntos confiaba tanto en sus capacidades que no se preocupaba mucho por ella, y día con día, Astrid le demostraba que su confianza estaba bien justificada.
Pero ahora que estaba prisionera, le costaba demasiado pensar con claridad. Escuchaba las estrategias que proponían otros jinetes y también la información que Gustav y las sanadoras le daban, pero poco les entendía. Sólo pensaba en Astrid, y en que el enemigo debía ser lo suficientemente fuerte como para haber conseguido derrumbar y capturar a una de las mejores guerreras de Berk.
Su mente y corazón estaban divididos. Una parte de él quería montar a Toothless y destrozar todo lo que se interpusiera en su camino hasta que Astrid estuviera de nuevo a salvo en sus brazos. Pero su mente, con la fría lógica de la experiencia, le decía que había de sentarse, planear y calcular su forma de ataque, ésa sería la mejor manera de traer a su esposa de regreso a casa.
Además, conociendo a Astrid, ella no se quedaría de brazos cruzados esperando que alguien la rescatara. Una discreta sonrisa ladeada apareció en sus labios cuando se imaginó a la rubia peleando contra los soldados, ofendida ante la idea de que pretendieran encerrarla. Pero frunció el ceño cuando recordó que esos soldados, enemigos desconocidos, podían tener otras costumbres, otro entrenamiento, otras amas más peligrosas que pusieran a su amada Astrid en desventaja.
Mientras más pensaba, más se preocupaba. Cuando ellos eran unos niños ingenuos estaba tan locamente enamorado de Astrid que sólo tenerla enfrente le cortaba el habla. Al crecer, la alocada juventud los hizo permanecer en un atolondramiento común de los novios adolescentes. Mentiría si decía que nunca pensó en lo contraproducente que sería tener como pareja a la guerrera más fuerte y en la que más confiaba de todo Berk, porque claro que pensó en eso, pero no le quiso dar importancia. No se arrepentía, porque una vida sin Astrid simplemente no sería vida, pero… ¡qué sufrimiento!
—Partiremos en quince minutos—dijo—Prepárense todos.
Los capitanes y jinetes corrieron al establo, donde sus dragones terminaban de comer y estaban dispuestos a otra ronda de vuelos. Hiccup caminó hacia la choza de los sanadores, entró y despechó a la enfermera, quedándose a solas con Fishleg. Apenas éste se incorporó cuando el joven Jefe habló:
—Nunca pensé que sería tan difícil—dijo, con una mueca en sus labios—Cuando me casé con Astrid, no pensé en que vendrían nuevas guerras ¡de haberlo sabido, jamás la hubiera nombrado General! Yo mismo la expuse en este peligro… no sé cómo sentirme al respecto.
Fishleg, que conocía mejor que nadie la relación de sus amigos, se limitó a responder con naturalidad:
—No es tu culpa. Además, Astrid no hubiera dejado que nadie más fuera general.
—Lo sé.
—Y si le hubieras pedido que dejara las luchas, se hubiera negado.
—¡Lo sé!
—No es como que puedas pedirle que cambie su forma de ser.
—¿Suena a que quiero eso?
—No del todo, pero te estás culpando por cosas que escapan de tus manos. Tú la amas porque es una guerrera, y parte de las consecuencias es que la verás en peligro muchas veces… ya lo has hecho.
Sí, la había visto en peligro muchas ocasiones, pero por alguna razón ahora se sentía diferente ¿sería porque estaban casados? No, él la amaba aún sin el matrimonio de por medio.
—La verdad… no sé por qué ahora es diferente.
—Yo tampoco—admitió su desconcertado amigo—últimamente parece que te ahogas en vasos de agua.—dijo lo último recordando el estrés que llevaba meses soportando.
Hiccup le dio la razón, porque no existía otra explicación lógica que viniera a su mente.
—Nos marchamos, quédate aquí el tiempo que consideres pertinente—su tono de voz sonaba a orden—Mantendré a Gustav informado.
—Hiccup…
Se detuvo en la puerta, viendo fijamente a su amigo.
—Ten cuidado.
Asintió, y salió por la puerta. Fishleg se dejó caer sobre la cama, ¡demasiadas emociones para un solo día!
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La explosión que causó Stormfly hizo que el barco se moviera salvajemente, Astrid reconoció el rugido de su dragona, y sonrió llena de orgullo. Había sacado una pequeña navaja, con poco filo pero punta muy fina, que guardaba en sus botas y con la cual pudo forzar las cadenas y las esposas. Con sus manos y pies libres, miraba ansiosa algún punto débil de la celda, pensando que aunque su Nadder pudiera causar una buena distracción, estaba herida, y no podía exigirle mucho.
Sin perder tiempo intentó forzar la cerradura de la celda, con poco éxito, escuchó a los hombres gritar órdenes, mientras el barco aumentaba su frenético vaivén. Las náuseas regresaron "Ahora no, por favor" se dijo mientras se obligaba a mantenerse fuerte.
Unos pasos rápidos bajaron los escalones que conducían a los calabozos, y Astrid pudo ver a Cedric mirándola con enfado.
—¡¿Qué le has ordenado a esa bestia?!—gritó.
No respondió y siguió intentando abrir la celda. Cedric gritó y le golpeó la mano para quitarle la navaja, lo cual Astrid aprovechó para agarrarle el brazo y jalarlo con fuerza, golpeándolo contra los barrotes varias veces hasta alcanzar las llaves en su cinturón. Un atontado Cedric vio cómo Astrid abría la celda y lo encerraba en su lugar, arrojando las llaves al otro lado del barco.
—Esa bestia se llama Stormfly, estúpido—siseó con odio, y corrió hacia la cubierta.
Sin pensar, Astrid subió el último escalón y cruzó la cubierta, los hombres estaban arrinconados lanzando redes al mar en un intento de capturar al Nadder, así que no vieron a Astrid saltar al mar e internarse en las olas. Sus heridas ardieron fortísimo, pero las ignoró, nadó bajo el barco para intentar ocultarse, buscando a Stormfly. Su bella dragona estaba sumergida también, intentando alejarse de los barcos.
Haciendo un gran esfuerzo nadó lo más rápido que sus músculos le permitieron –sus sesiones de natación los fines de semana cuando era joven le sirvieron mucho– hacia Stormfly, las olas del mar crecían y volvían su andar más complicado, pues dos barcos se movieron intentando cerrarle paso al Nadder.
Desde la cubierta del barco, Morgana pudo ver la silueta de una persona nadando bajo el agua en dirección al dragón, pensando que era uno de sus soldados haciendo por fin algo de provecho mandó un alto al fuego. Los confundidos marineros dejaron de lanzar redes y flechas (las únicas armas de las que disponían) percatándose también de la figura. Por más que lo intentaba, Morgana no podía apreciar el contorno a detalle de la persona (si no le hubiera cortado el cabello a Astrid, la trenza la hubiera delatado) y fue muy tarde cuando se percató de que no se trataba de un marinero.
Stormfly vio a Astrid y nadó hacia ella, dejó que la rubia se posicionara sobre la silla de montar y después alzó vuelo. La dragona chilló, porque le dolía mover las alas, pero se esforzó en un intento de poner su jinete a salvo. Astrid se aferró a las escamas de su dragona y no miró atrás, escuchando los gritos de Morgana para que les atacaran, pero notando que estaban ya demasiado lejos como para estar en peligro.
—¿Estás bien, nena?.—preguntó mimosamente—Debemos llegar a una isla, la que sea, hay que curar tu herida.
Stormfly rugió en señal de respuesta, comenzaba a perder altura, pero intentaba mantenerse a flote a pesar de todo. Astrid, con una mano en el vientre y la otra en la silla de montar, rezaba con fervor "Por Odín, que todo salga bien".
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El rostro ecuánime de Morgana ocultaba un intenso enfado, pero aún no se decidía cómo castigar a su tripulación. Respiraba hondo, sintiendo el miedo de los capitanes "Adoro esta sensación" pensó. Había subestimado a la chiquilla rubia, tenía agallas, y era lista. Miró de reojo el hoyo de madera carcomida que el dragón causó en el barco, no podría capturar a esas bestias en esas naves, necesitaba pensar en otra cosa, alguna jaula especial, quizá metal, para encerrarlos. Bien, que el dragón escapara fue relativamente lógico, considerando lo poco que sabía de ellos, pero ¿cómo fue que esa mocosa rubia escapó?
Volteó y bajó los escalones a las mazmorras más profundas, donde debía estar la rubia encerrada. Encontró la trenza de cabello, aún en el suelo, y la recogió con su mano izquierda. El cabello era suave, brillante, y las ligas lo sostenían con firmeza en una forma agradable a la vista. Miró de soslayo su propio cabello, negro y prensado, siempre lo había odiado y ver a una mujer con cabello bonito le enfadó al grado de quitárselo. Si Morgana no podía tener un cabello bonito, nadie más debería.
—¿Mi señora?
Aún con la trenza en la mano, miró a Cedric, con el rostro entristecido y lleno de culpa, encerrado en la celda donde la rubia debería estar. El olor del vómito le llegó al olfato, haciendo que sintiera aún más desprecio por él.
—Piensa en lo que has hecho—dijo con tono contenido, saliendo por las escaleras.
—¡Señora, por favor no!
Sin escuchar sus súplicas, Morgana regresó a la cubierta, los marineros recogían el desastre en espera de sus instrucciones. Al verla, se paralizaron, ella hizo una señal de que continuaran las labores. Era malo, cuando Morgana retrasaba los castigos, era porque pensaba en los peores.
Se dirigió al timón, sabiendo que los mapas debían estar ahí, apenas desenrolló el primero cuando el grito de un capitán la hizo alzar la mirada "¿Es que no pueden hacer nada bien estos inútiles?" pensó, pero el fastidio cedió al miedo cuando una horda de dragones se divisó desde el sur.
No pudo contarlos a primera vista, y sabía que hacerlo sería una pérdida de tiempo, recordando el miedo que sintió cuando el dragón azul le rugió de frente, un pánico insospechado se coló a su columna vertebral, haciéndola temblar. Morgana apretó la mandíbula en un intento de controlar su cuerpo, a pesar de estar aterrada, no podía mostrarlo.
—¡Preparen!—gritó, su voz sonaba ansiosa, pero nadie lo notó.
Los dragones se separaron en grupos de dos a cuatro distribuyéndose hasta cubrir la flota entera de sus naves. Un dragón negro y largo, que volaba demasiado rápido como para verlo a detalle, se deslizaba de un lado al otro de los barcos. Al final, se detuvo en su barco, y Morgana pudo ver a una espléndida bestia tan negra como la noche, de facciones agradables a la vista, que era montado por un joven con cara de pocos amigos.
Los marineros estaban aterrados, aún no se recuperaban de la impresión que les causó todo el daño ocasionado por una bestia azul ¡y ahora había decenas de dragones, todos montados, sobre ellos! Tenían arcos con flechas, espadas, hachas y redes en las manos, pero carecían de la experiencia para usarlos contra esas bestias.
Hiccup buscaba en las naves alguna señal de Astrid o de Stormfly, cuando vio la cubierta de un barco dañada por el fuego de dragón se detuvo inmediatamente, pensando que ahí podrían estar, todos los marineros tenían rostros de espanto y las armas en sus manos temblaban, así que no les prestó importancia. Lo que sí llamó su atención fue una mujer morena, de mirada turbia, que sostenía en sus manos una trenza de cabello rubio.
Reconocería esa trenza en cualquier parte, había visto miles de veces a Astrid lavarse el cabello en la cascada, o en el río, peinándolo después y secándolo con cuidado antes de trenzarlo en una rutina que sus dedos conocían de memoria. Siempre le pareció que esa escena era de las más íntimas que le había visto, y como Astrid a veces tarareaba (creyendo que no la escuchaba) al cepillarse el cabello, la encontraba hermosa, y aún más seductora.
Esa trenza, que Astrid veía siempre con orgullo en su reflejo, estaba ahora en las manos de aquella pálida y malcarada mujer. De repente, el sentido común que aún existía en Hiccup desapareció, y la ira creció a un nivel tan grande que sin percatarse desmontó a Toothless y sacó su espada "Infierno".
Si esa desgraciada tenía la trenza de Astrid… ¿Qué cuernos le habían hecho?
Los verdes ojos de Hiccup relampagueaban peor que un ciclón, y Morgana, que intentaba mostrarse fuerte a pesar de su nuevo temor a los dragones, se sintió intimidada cuando ese hombre delgado y furioso encendió una especie de palo de fuego en las manos.
—¿Dónde está Astrid?—gritó, y su voz sonaba mucho más gruesa de lo usual—¡¿Qué le has hecho?!
Morgana elevó la mano, y con eso, los soldados que estaban cerca desenvainaron sus espadas para amenazar al joven, pero él no se inmutó. Los enfurecidos ojos del hombre la miraban con genuino odio, y después vieron la trenza en sus manos. Con ese simple gesto, lo entendió.
"Lotería" pensó ella.
—Si quieres volver a verla—le dijo, con el tono de voz más seguro que pudo usar—Será mejor que guardes eso, y estés dispuesto a cooperar.—intentó mostrarse lo más altanera posible, sabiendo que necesitaba engatusarlo al menos lo suficiente para idear un plan más completo.
La mano de Hiccup temblaba del coraje, empuñando a "Infierno" con todas sus fuerzas. Atrás de él, Toothless tenía la pose amenazante del dragón que sólo espera la mínima señal para atacar. Pero, para sorpresa del Night Fury, Hiccup suspiró y apagó su espada.
Frente a él, Morgana sonreía, lo tenía justo en donde quería.
Chan chan chaaan.
¿Les ha gustado? Un enorme saludo, gracias sinceras por leer a pesar del tiempo y les juro que haré lo posible por escribir más rápido ésta vez.
¡Nos leemos!
