#7: "El violinista que regresó a su desteñida existencia"
Entró en la casa aún pensando en la chica de aquella tarde. Rin.
Se habían despedido muy rápidamente, ya que cada vez oscurecía más. No se habían hecho ninguna promesa de volver a verse pero sabía que lo haría. Hacía mucho tiempo que no recordaba despertarse así de la inercia en la que estaba sumergido, mucho tiempo había pasado de la última vez que hablaba con alguien con libertad, siendo por completo él mismo. No sabía por qué lo había hecho ni por qué se había sentido cómodo con ello.
Desde la sala de estar se veían las sombras provocadas por el fuego en la chimenea. Ese simple detalle lo hizo volver a su mundo, al de siempre.
-Volviste, Len- Miku se levantó del sillón con la intención de ir a saludarlo.
-No hace falta que te levantes-dejó el violín contra la pared mientras intentaba disimular cómo se apagaba su sonrisa-, debes descansar cuando tienes la posibilidad.
-¿Te encuentras bien, Len?-lo observó con ojos preocupados- Tu voz… Pareces desilusionado o algo… ¿Sucedió...?
-No-la interrumpió-, tranquila-intentó suavizar su tono y se acercó al desgastado sofá. Pero, aunque no lo dijera, la verdad era otra, él realmente se sentía desilusionado, había tomado una desición que no podía cumplir. Fingiría amarla pero no podía hacerlo de verdad. El encuentro de esa tarde, volver a ser él, se lo había dejado claro.
-Len, te dejé algo listo para cenar…
-Si quieres termínatelo, te hará bien y yo estoy muy cansado, me iré a acostar…
-Pero…-él ignoró sus palabras y se escapó a su habitación dejando a su esposa aun más preocupada.
No era su intención hacerla infeliz. Hubiese preferido que ella se hubiese enamorado de otra persona, alguien que la cuidara como ella merecía y le entregara el cariño que él no podía darle. Él no era más que otro cuerpo sin vida, un simple y melancólico violinista. Pensar en ella y lo poco que podía hacer por quererla eran las preocupaciones con las que luchaba cada noche y lo dejaban en vela hasta la madrugada. Pero esa noche gradualmente se fueron convirtiendo en sombras, mientras la esencia de la chica de aquella tarde lo tranquilizaba. Se durmió pensando en su rostro.
