Capitulo 5: No he de verla morir

"El ave de Hermes es mi nombre, yo devoré mis propias alas, y así fui domesticado".

"Hellsing no me pertenece le pertenece a Kouta Hirano, este es un fic regalo para Lechuga Loca integrante de la Mansión Hellsing"

Alucard se marchó de aquella habitación dejando sola a Integra con la lanza de plata en sus manos, estaba cubierta cuero negro grueso, de no haberlo tenido las manos de la vampiresa estarían terriblemente dañadas por la cobertura bendita, todavía no aprendía lo suficiente de él, el vampiro podía ser cortado en millones de pedazos, soportaba estar expuesto al sol, navegar en el mar, incluso volvió de la muerte mas de una vez, y ahora le dejaba la manera de matarlo.

Ella recordó sus palabras, él prefería morir en vez de no tenerla a su lado, era una tontería, una estupidez, Alucard era un ser egoísta, un monstruo malvado que le había arrebatado su humanidad, era un ser que no sabía amar, mataba humanos sin piedad, amaba la guerra y probar su poderío ante sus enemigos, disfrutaba de desgarrar gargantas y beber la sangre de sus victimas, era una criatura sádica, que no dudo en quitarle la inocencia a una joven policía huérfana y no se toco el corazón en atacarla.

¿Cuántas victimas tuvo en sus garras y colmillos antes de que su bisabuelo lo hiciera su esclavo? ¿Cuánta sangre derramo el "rey de la no vida"?

— ¿Porque si yo sabía el monstruo que era, me decidí a usarte de arma — pensó la joven rubia tirando aun lado aquel artefacto de muerte — te volví mi compañero en esta guerra que había caído sobre mis hombros, ¿Por qué simplemente no prescindí de ti? ¡como hizo mi padre! Debí aniquilarte, o encerrarte.

Pero dentro de ella sabía que la mesa redonda se habría desecho de aquella frágil niña, que sus enemigos la hubieran aniquilado, tenía una enorme responsabilidad y en su poder poseía al ser más terrorífico, al mismísimo conde, sacado de las fauces del infierno y puesto en charola de plata a sus servicio, aquel a quien vivos y no vivos temían.

— Sorpresa que me dio esta vida, me eras fiel Alucard, como un perro me seguías y defendías de mis enemigos, a pesar de que mi linaje haya sido el causante de tus desdichas — la joven comenzó a reír al recordad como la criatura parecía tener alguna obsesión retorcida con ella, la cual tal sombra la guiaba, quien desechaba a cualquier hombre que tuviera una intención amorosa con ella, asustaba a cualquier mortal que osara importunarla, e incluso juro dar su "no vida" por su causa.

— Eras mi guardián, mi confidente en aquellos momento que mi fortaleza de hierro se derrumbaba, incluso aunque el buen Walter me escuchara, tu opinión no pedida siempre era bienvenida, esas platicas largas sobre la historia de tú proceder era lo que me hacia dormir de niña y que me consolaban siendo yo toda una mujer, eras mi amigo… las locuras que compartíamos en mi adolescencia, de cómo sacábamos canas al pobre de mí mayordomo, y cuando bromeábamos de toda esa porquería de realeza — Integra meditaba cada acción, recordaba nítidamente cada uno de esos recuerdos.

Ahora lo entendía, el por que lo espero tanto tiempo, por que le dijo a la reina que nunca tendría descendencia y que no se casaría, aunque lo quisiera, y vaya que lo deseaba, ningún mortal se le comparaba, todas las noche esperaba que él abriera el balcón de su ventana y cínicamente entrará, y perturbará sus sueños o la librara de las pesadillas que la atormentaban; su miedo al envejecer era por no agradarle, que odiara al vejestorio que era cuando regresará.

Comprendió por qué casi lo mató a tiros ese día; estaba enojada, frustrada con él, ya había llorado su partida.

— ¡Pero tú maldito y desgraciado chupasangre! ¡regresaste! y te reíste y me aceptaste de nuevo, me propusiste esta vida eterna que ya tengo, me convertiste a la fuerza pasando por encima de mi orgullo, y mi voluntad, pero ¡Maldita sea Alucard! — grito a todo pulmón, sin importar si él la escuchaba — Esa voluntad te la di desde hace mucho, cuando grite desesperada por que no te marcharas, cuando supe que ese desgraciado había encontrado una debilidad a tu fortaleza, ahí supe, que debí aceptar todo lo que me proponías, que debí convertirme en tu condesa.

Integra sollozo, en silencio, dándose cuenta de que no era correcto todo, estaba convertida justamente en eso, siendo una vampiresa completa, una nosferatu y no cualquiera, siendo la compañera del primer vampiro.

— Quieres acabar con esta soledad que te aqueja, por que se que después de 500 años no has tenido a nadie a quien le hayas dado el honor de estar a tu lado; no has tenido una compañera de eternidad, supongo que en parte es por eso que decidiste tomar mi humanidad a la fuerza, estas tan acostumbrado a que las mujeres te traicionen — sonrió la joven viéndose en el enorme espejo, su piel pálida, su cabello rubio — estas tan acostumbrado a ser odiado y destruido, que por eso prefieres que quien acabe contigo no sea un enemigo, vuelves a poner en manos femeninas tú muerte; Me agrada ese honor, me has otorgado el privilegio de matarte, fiel sirviente…me ofreces de nuevo la posibilidad de regresar a mi humanidad.

Los ojos bermellón de la rubia brillaron al saber que todo su sufrimiento sería al fin callado, ahora solo queda saber ella quiere regresar a ser humana, y de vivir en un mundo en el que ya no tendrá a Alucard.

_ Que será de mí, en un mundo en el que ya no me defenderás del vaticano y de los cabrones que hablan a mis espaldas, a quienes les cortaremos la lengua, y los mandaremos a ejecutar — pensó la joven tomando la lanza en sus manos de nuevo — de una existencia en que yo ya no te ordene "buscar y destruir", en el que mis ordenes sea hechas sin rechistar, un lugar en el que dejaras de ser mi sombra, donde dejare de sentir tu mirada bermellón en mí. ¿Por qué Alucard? ¡porque tuviste que dejarme elegir!, ¡porque simplemente no me dejaste odiarte como ya lo hacía!... por que odiarte me da menos miedo que aceptarte.

Y con ese último pensamiento resonando en su mente Integra dejó la lanza cerca de su ataúd, tenia una larga mañana para decidir el futuro de ella y su conde.

Alucard tomaba una copa de vino mezclado con sangre, sabía que su condesa estaba durmiendo en su habitación, en el ataúd que el había mandado a fabricar justo para ella, se sentía un miserable y un idiota, él no era un ser romántico, siempre fue sanguinario y egoísta, Iona su esposa fue primero su prisionera al igual que Mina, pero ambas a diferencia de la Sir tarde o temprano habían caído bajo su encanto, sin embargo las dos jóvenes fueron también su destrucción, y ahora por tercera vez en su existencia una mujer volvía a ser un peligro para su "no vida", el conde de nuevo ponía en manos de su amada la forma de matarlo, en este caso el pensó que Integra seria su compañera inmortal, que se convertiría no solo en su ama, si no en su todo. Y rió al descubrir que su yerto corazón de nuevo no era correspondido, y que a pesar de que este no latía en su interior todavía podía ser destrozado.

— Que irónico no es así Abraham y Arthur, que la única capaz de acabar conmigo fue su ultima descendiente, y aunque ya existan más Hellsing que continúen con su misión, la ultima de su extirpe es la encargada de acabar con el arma más poderosa que ustedes mismo no pudieron destruir, y con gusto le otorgare mi "no vida" a esa chiquilla, que desde hace mucho tiempo mi existencia le pertenece.

Y después de esto tomo el ultimo trago de aquel vino que le sabia agria, aun sentía la bilis en su ser y la sangra pasar lenta por su garganta.

La noche cubriría de nuevo todo con su manto, la rubia dejo que las criadas gitanas le arreglaran su ropa, y le pusieron un sugestivo vestido negro, supuso que por el luto es que Alucard la mando a vestir de ese color; faltaban unas horas para el anochecer, el conde la esperaba en el comedor, le dijo que le otorgaría una ultima velada como inmortal, así que preparo un banquete para los dos, después de degustar de la comida toda ella mezclada con sangre humana, el vampiro que se encontraba vestido de gala la miraba con intensidad.

— ¿Qué tanto me miras, Alucard? —dijo la Sir al Nosferatu que solo sonrió.

— Me grabaré tu dulce rostro, una vez, quiero llevarme eso antes de morir — suspiro el vampiro — a menos que hayas cambiado de opinión, solo me quedan unas horas Integra.

El vampiro se marcho a su habitación, y por la ventana pudo observar el atardecer, el cual era precioso para los ojos de cualquier mortal, pero no para él, esa visión siempre presagiaba su destrucción.

— ¡Oh que dulce seria mi final! — pensó el conde — cuando esa preciosa y desesperante mujer al fin acabe con mi miseria, tantos años de destruir y matar me tenían fastidiado, ya no me satisfacía como antes.

Supuso que la novedad de ver esa sangre derramada, de esos gritos de agonía, de ser un sádico, ya no lo satisfacían, él acabar con la vida de esos miserables que se creían vampiros como él, eran todos unos pobres diablos; pero ella acepto su misión y era feliz de aceptar ser su esclavo, siempre observarla, seguirla, siendo su perro amaestrado, su sombra distante, aquella que amaba mirarle que en la noches, la cual se adentraba en su mente y alejar las pesadillas de su subconsciente, maldecir porque aunque ella no le tema, era un monstruo, que había matado y empalado, desangrado a tantos, que ha buscado y destruido por gusto, para ver sus metas cumplidas; para contemplar sus ojos azules teñirse de morado con tales baños de sangre, ser la pistola donde tu solo jalas el gatillo.

— No he de verla morir — suspiro el conde se prometió ese día que la vio cubierta de canas, y con los años encima, y aunque su belleza y espíritu seguían intactos, no por eso confesaba que lo esperaba— ¡otra vez ese maldito orgullo! que te hace no temerle a nada, pero si le temes a una eternidad conmigo, a surcar los infiernos y dejar atrás tus perjuicios y miedos condesa… a ser mi compañera eterna ¡oh mi bella Integra! me adueñe de tu alma humana, pero no de tu voluntad de esa jamás seré el dueño.

En ese momento, la joven rubia entró a la habitación con el enorme y precioso vestido negro, con la lanza en la mano derecha, como una guerrera.

— Será un placer morir con esta imagen, de ti vestida así ante mi — murmuro Alucard sin pena, ella se molestó pero se mirabas malditamente ardiente — eres y seras la mujer mas hermosa que eh contemplado en mi existencia.

Justo cuando Alucard se disponía a liberar el alma de Schrödinge, Integra hace algo que lo descoloca totalmente, pone la lanza de plata en su cuello, los ojos del vampiro se abren y su sonrisa desaparece, la cabeza se desprende del cuello de la rubia, y rueda ante él.

— Eres una tonta, Integra — Alucard se ríe con cinismo— te convertí en mi igual, tal vez cualquier vampiro hubiera muerto, pero tu no, eres mi condesa, morirás si yo quiero que mueras.

El vampiro tomo la rubia cabeza y dejo caer una gota de su sangre en la boca de la joven, y esta empieza a ir de nuevo a su cuerpo y regenerarse ante mis ojos; me miras asustada, no habías entendido el peso de tu inmortalidad, pero nosotros los nosferatu solo somos capaces de morir en otras manos.

Integra esta mirando al desgraciado del vampiro, hace un momento pensó en descansar de todo, y acabar con su vida, no podía matar al vampiro, era una débil, Alucard se había convertido en algo mas profundo para ella que un simple sirviente, odiaba admitirlo, pero lo quería, sentía una necesidad patológica de beber de nuevo su sangre, y el solo le sonreía.

—Así que tomaste tu decisión, Integra —le dijo el Nosferatu, quien se acercaba a su cuerpo, tomando su rostro en las manos —decidiste poner tu existencia antes que la mía.

— No puedo matarte— susurro la noble— has ganado Alucard, estas contento— le dijo pisándolo con uno de sus puntiagudos tacones, como si fueran un arma igual de peligrosa que la lanza que hace unos momentos tenia en su poder, a lo cual el vampiro solo rió a carcajadas como era su costumbre, Alucard sólo la arrojó al suelo y se puso sobre ella y con su lengua larga acaricio su cuello con deleite.

— Me vas a pedir que me vaya, Integra— murmuro él, con una sonrisa de medio lado que solo ocasiono que el instinto de la noble se incrementara y la sed atenazara su garganta — Oh dejaras que cerremos esta unión, de una vez por todas, mi condesa.

Integra lo miró, sus ojos rojos como el infierno estaban devorándola, consumiéndola, prometiendo todo el pecado y lujuria contenidas desde hace tanto, sabía que, si le daba un sí, no abría vuelta de hoja, pero desde el momento que no acabo con su vida, ella había dado una respuesta. Así que tomo sus cabellos color azabache y en un gesto brusco, unió sus labios con los del vampiro, él solo sonrío en su boca, y mordió sus labios para beber de su sangre, adentro su lengua con maestría adquirida por tantos años y mujeres.

— Dame una orden, mi maestra— ordenó Alucard —y yo cumpliré todos sus caprichos— agrego lascivo.

Integra sonrió, como cuando aspiraba el humo de sus amados puros y con su uñas le hizo una herida en el cuello a su vampiro, de la cual bebió su sangre, dando lengüetazos lentos, que Alucard sentían como fuego en su cuello.

— Termina lo que desde hace meses vienes alardeando, vampiro —ordenó la Sir con la mirada consumida en una espiral de deseo, que para suerte del conde no parecía querer dar marcha atrás. Así que cubriéndolos a ambos en una sombra negra y nebulosa llena de ojos se encargaría de que nadie los perturbara.

— Lo que usted ordene, mi ama— murmuro el conde, antes que la noche fuera tan eterna como ellos.

Habían pasado ya tres años, Seras se encontraba sumamente herida, su cuerpo estaba tardando mas de lo normal en regenerarse por culpa de esas estúpidas bayonetas, era de esperarse que Iscariote atacará, el vaticano le había declarado la guerra al nuevo rey de Inglaterra y su primer movimiento había sido ir por el real ejercito protestante, el cual se encontraba sin su líder, Pip estaba liderando el ejercito del castillo pero sabia que si la draculina moría, el lo haría junto con ella.

— Deja de maldecir — le dijo Seras dándole una sonrisa — tengo esperanzas que volverán, después de todo ella es muy terca, pero jamás le daría la espalda a su amada Inglaterra.

— Espero y tengas razón querida, no aguantaremos más el ataque de estos padres— se burló el mercenario francés, que miraba como el ejercito católico estaba sobre ellos cada vez con más ventaja.

En el momento en que Seras creyó no poder más, una sombra negra cubierta de ojos envolvió la habitación y todo el ejército empezó a sucumbir en un baño de sangre sin precedentes.

— ¡Están aquí! ¡han regresado! — gritó la Draculina sonriendo, al ver como los católicos empezaban una cobarde retirada, la cual no pudo concretarse por que un ejercito de almas comenzaron a destruirlos.

— Mierda, pensé que Alucard ya no tenia almas en su interior— murmuro el francés al ver a todos esos hombres morir empalados de las peores maneras posibles.

— Esas no son mis almas, son de mi condesa— murmuro una grave voz a lado de ellos, ahí estaba el vampiro con una apariencia diferente a la que ellos recordaban, poseía su apariencia de conde, pero con un traje mas moderno de su usual gabardina roja, con su clásica sonrisa sádica, al ver todas esas almas matar despiadadamente a los padres sin tregua.

Ayudo a Seras a recobrarse y le dio un poco de su sangre, la draculina no la necesitaba tanto como su condesa, pero eso la haría resanar sus heridas de la plata bendita que había mermado su cuerpo.

—¿Cómo consiguió la ama Integra esas almas? — pregunto la draculina ya recompuesta.

— Antes de partir a Inglaterra, mato a todos mis sirvientes en Rumania —susurro simplemente el vampiro ante la mirada aterrada de Pip y Seras.

Jamás imaginaron que su ama tan propia haya matado a mucha gente, hasta ser el mismo nivel que el vampiro que los miraba tan divertido.

— Pero no se queden así, ella no va a acaparrar toda la diversión— grito el conde, mientras su sombra negra se encargaba de proteger a Integra, quien estaba ahí, majestuosa, siendo la condesa, la guerrera, una Sir totalmente recompuesta, que para ojos de todos era aterradora, una mujer así, con tan tremendo poder.

— Me alegra tenerlos de nuevo, amos— dijo Seras mirándolo— la mansión no era lo mismo sin ustedes.

— Y ahora la familia gobernara mientras Inglaterra nos requiera— profesó el Nosferatu— ¡Oh mientras ella a si lo desee!

Ahí estaba, sin morir, la joven promesa, la única y verdadera heredera Hellsing.

Fin.