Aparentemente estoy de excelente humor y con mucha imaginación, asi que ahora mismo corro a apartar la computadora y seguir la historia. Agradezco los comentarios y la espero paciente de los capitulos, les dejo uno mas.
CAPITULO V
Transcurrido el día sin más anomalías, todo volvía a su calma habitual. Con la diferencia que Kagome veía en su esposo después de volver al oír que el pescado no tuvo buena recepción en ella; no quitaba su atención de ella y mucho menos dejaba que abandonara el reposo por recomendación de Kaede. Para ella no simbolizaba una molestia en absoluto el que le prestara tanto cuidado, pero aun así, pese a argumentar que fue tan solo una mala cena quizá estaba exagerando. Actuaba como si se fuera a desmayar, lo cual no era diferente a como se preocupaba por ella en años anteriores cuando viajaban, solo que esta vez, ella podía percibir su dedicación en ello. Había pasado una hora después de la puesta del sol y el aire cálido de la primavera poco a poco descendía en temperatura, se empezaba a ver el matiz cambiante de naranjado a oscuro, sin embargo, el cielo seguía sin ser habitado por alguna estrella.
"Inuyasha, ¿me pasas el canasto que está detrás de ti? – preguntó Kagome acomodándose en la orilla de la puerta corrediza de su habitación, que daba al exterior. Inuyasha toma el canasto y se lo da mientras se acomodaba un poco lejos de ella, desde un principio no quería oler su contenido.
"No seas así, estas no huelen como las de la otra vez." – le replicó al ver su expresión de disgusto.
"Sigue siendo desagradable para mi olfato, ¿recuerdas?"
Sonriendo para sí misma por el capricho, comenzó a separar algunas de acuerdo a su uso y estado. Hubo un silencio algo incómodo en lo que no se planteaba conversación alguna, pero fue solo momentáneo.
"¿Ya te sientes mejor?" – fue él quien pregunto.
"Si, el té era lo que necesitaba. ¿Sabes? Resulta extraño que después de tanto viaje y el volver por un tiempo largo a mi época me enfermara por un pescado en mal estado. Creo que mejor me dedico a la dieta de verduras y legumbres que la Anciana Kaede me receto – dijo entre risas - para mi entrenamiento de salud, dice que le ayudara a mi cuerpo aprovechar las vitaminas al hacer los exorcismos y ejercicios de meditación."
Hubo otro silencio en tanto terminaba de ordenar el canasto.
"Por cierto, Inuyasha." – le hablo al mismo tiempo que él fijaba la vista en la profundidad del bosque junto a ellos. – "Sango y el Monje Miroku quieren tener un día para los dos, así que me ofrecí a que cuidáramos a sus niños el día de mañana."
"¿¡Que?!" – exclamó.
"¿Qué tiene de malo? Además, sabes que la anciana Kaede no puede cuidarlos, ya es una persona mayor."
"¿Pero porque nosotros?" – respondió un poco más ameno de tono para no enfadarla.
"¿Por qué no? Son nuestros amigos, y creí que necesitarían de un poco de tiempo a solas."
"Keh! Si ya sé a qué se refiere con solas ese monje, pero entonces ellos tienen la culpa por tener hijos."
"Inuyasha…" – se dirigió a él con una mirada que parecía decirle que "lo iba a sentar". Y por supuesto él ya se esperaba lo peor, no obstante le extraño que cambiara el semblante.
"Tener hijos no es algo malo. Además, el pequeño Komori ya tiene más de 2 meses y me gusta cargarlo. Y las gemelas se portan muy bien."
"¡Entreteniéndose con mis orejas! – le replicó moviéndolas.
"Ellas no pueden evitarlo, las entiendo: ¡son tan lindas!" – le dijo dándole un masaje a una de ellas.
"No entiendo tu fascinación con ellas, son solo orejas y son lo que me señalan como un monstruo junto con mis garras y colmillos." – le respondió mientras se volteaba sin verla.
Ella creyó que había quedado atrás pero al parecer la denigración por ser quien es seguía presente en su actitud. Se sintió triste de inmediato. Inuyasha nunca iba a dejar de sentirse así por como le llaman hibrido o mitad-bestia. Puede que para ella no importaba ni para sus amigos y él lo sabía, pero aun así, su infancia marcada por la discriminación y el trato cruel por su ser jamás iba a dejarlo, por más que ella quería ayudarlo, a olvidarlo o tan siquiera superarlo, por lo que ahora tenía.
Inuyasha, al notar que no percibía respuesta de ella, inmediatamente volteo a verla. Temió que su respuesta, como en otras veces, desafiaba la terquedad de su mujer a no importarle su naturaleza y se sintió culpable por ello.
"Eso ya no debería importarte, ¿o sí? – dijo por fin antes de que el dijera algo. – "Además, si por algo a mi o a las gemelas no nos molesta por qué las tienes, es porque la verdad es lo que te hace quien eres, tu, Inuyasha, un ser único y a quien más amo en el mundo. Al igual que sé que tanto tu padre y tu madre estarían orgullosos de quien eres ahora. Sobre todo tu madre."
"¿Por qué?" – pregunto sin esconder el obvio sonrojo y la sonrisa.
"Porque…" – en eso masajea otra vez sus orejas. – "¿Qué mujer no querría tener un hijo con adorables orejitas de perro? Yo sí." – termino sonriendo ampliamente, pero el tenia ahora la vergüenza escrita en su rostro.
"Espera, ¿hablas en serio?"- le preguntó sorprendido.
"Pues, si…" – dijo tímidamente al darse cuenta de lo último que dijo. "Después de todo, cualquier mujer sueña con alguna vez ser madre."
"P-pero, Kagome…." – intentaba hacerla hablar más.
"¡Oh, mira la hora!" – dijo fingiendo leer la hora exacta de acuerdo a la posición de la luna. – "Ya deberíamos dormir…" – fue cortada por la mano sorpresiva de él con la suya para que le prestara atención.
La veía fijamente y ella no podía hacer nada más que dejarse hipnotizar por esos orbes dorados frente a ella.
"¿Sabes lo que estás diciendo?" – le dijo sin rodeos. Ella solo lo veía confundida.
"Inuyasha…" – fue lo único que pudo decir.
"Tenerte a mi lado es lo único que necesito, Kagome. – hizo una pausa. – "Te he lastimado, y aun así has decidido seguir conmigo, incluso dejando tu hogar. No puede ser que en verdad pienses que…"
"¿Qué piense que deseo que tengamos una familia?"
El solo asintió bajándola cabeza.
"Inuyasha, mírame." – el obedeció.
"Si lo quiero es por algo."
"¿Hablas en serio? Tu y yo..."
"No me digas que tu no…" – comenzó a entrar en pánico.
"¡No, tonta! Es solo que ¿nosotros tener una familia?" – le exclamó tratando de calmarla.
"Cuando me pediste que permaneciera contigo, ¿nunca te imaginaste que no seriamos solo nosotros dos?" – Le dijo con lágrimas en los ojos. – "Porque lo entiendo si es por lo que pasaste cuando eras pequeño…"
"¡Por eso Kagome!" – Dijo haciendo que se sorprendiera – "Tengo miedo…" – dijo sin tratar de susurrar.
"¿Pero porque, Inuyasha?"
"Tengo miedo de que si tenemos un hijo…" – respondió sintiendo un estremecimiento por decirlo – "…sufra lo mismo que yo cuando me maltrataban, y que a ti te dañen como a mi madre."
Kagome no sabía si dejar de llorar porque fuera tan sincero con ella o porque de plano ya no se sentía triste.
"Eso no va a pasar, porque ese niño nos tendrá a los dos, y a Sango y al Monje Miroku y a sus hijos y a toda una aldea que lo cuide. Sabes que nos respetan."
El solamente se dedicó a suspirar y a escucharla.
"Pero está bien, supongo que no es una obligación de todas formas. Igual soy feliz tan solo estando contigo…" – dijo cabizbaja.
"Kagome…" – se comenzaba a arrepentir.
"Buenas noches." – dijo seca y rápidamente al cubrirse con sus sabanas.
Inuyasha no sabía si gritar de la frustración por su incapacidad para comunicarse con palabras o por lo idiota que podía ser. Una de dos. Resignado, salió a dormir en las ramas del árbol más cercano, sintiendo que Kagome estaría enojada y no quería verlo. Mientras tanto en ella estaba un pensamiento diferente: Yo solo creí que seriamos felices con uno más…, pensó mientras lagrimas amenazaban con salir de sus ojos para dejarla dormida.
A la mañana siguiente, él fue el primer en alejarse de la choza mientras que ella despertó unas horas después. Levantándose y cambiando a su atuendo de sacerdotisa sin mucho entusiasmo, camino hacia la aldea con la esperanza de que, al verse otra vez, no estuviera enfadado con ella. Al caminar por el puente que conecta el bosque con el sendero principal noto algo inusual en el rio debajo de ella: los peces. Si no fuera por su capacidad para mantener sereno su sentido de la relajación por lo que paso con el pez malo que ceno la otra noche habría vomitado, sin embargo, se enfocó en algo más peculiar. Cada uno de ellos se dirigía en corriente en la misma dirección. Ninguno iba por el lado contrario o se detenía, como si una especie de torrente los disparara por completo a toda marcha. Que extraño, pensó. Pero algo más llamo su atención, arriba de ella, parvadas de aves sobrevolaban en una sola dirección también. Imposible, la primavera empezó hace más de un mes y apenas llegaron de migrar ¿Qué está pasando aquí? Su instinto espiritual no detectaba ninguna presencia maligna que provocara tal comportamiento en los animales así que, siguiendo su camino pero no ignorando su sentido en alerta contemplaba a los aldeanos en sus labores. Cuando de pronto…
"¡¿Qué fue eso?! – exclamó volteando a un establo de donde escucho un estruendo, viendo como los caballos relinchaban alterados, como si les pusieran un cajón de serpientes frente a ellos.
"Discúlpeme, Señorita Kagome. No sé qué les pasa, hace un momento estaban tranquilos." – dijo el granjero tratando de apaciguarlos, pero antes de que ella misma se ofreciera a ayudar a calmarlos, lo sintió.
¡Esta presencia! ¡No puede ser! "¡Todo el mundo adentro de sus casas! ¡Ahora!" – ordenó sin titubeos y corriendo a su máxima potencia hacia la cabaña de la anciana, mientras todos aunque dudosos, atendieron a su orden.
"¡Anciana Kaede!" – gritó con todas sus fuerzas mientras se acercaba a la puerta de bambú de donde emergieron Miroku y Sango exaltados por sus gritos.
"¡Kagome! ¿Qué sucede?" – pregunto Sango sosteniendo a Komori.
"¡¿No lo sienten?! ¡Los animales están reaccionando ante ello! – le extrañaba que ni el monje ni la exterminadora se percataran de ello.
Pero antes de que exigieran una explicación más clara, notaron que el cielo ya no era azul claro porque las nubes de tormenta comenzaron a cubrirlo. Mientras que los ganados de caballos, vacas, gallinas y parvadas de aves salvajes continuaban su comportamiento extraño.
"¿Qué está pasando aquí?" - Kaede también salió al oír los gritos de Kagome.
"Señorita Kagome, no detecto ninguna energía maligna que pueda estar provocando que estos animales actúen extraño, ¿Qué es lo que trata de decir? – preguntó confundido el monje, para luego consolar a sus hijas que se adherían a sus ropas con temor.
"¡¿Dónde está Inuyasha?!" – preguntó desesperada.
"¿No venia contigo? No lo hemos visto desde anoche." – dijo Sango intercambiando miradas con su esposo.
"Él se fue de la cabaña antes de mí, entonces..." – fue interrumpida por un estruendo mayor. Y esta vez, Miroku, Sango y Kaede lo sintieron.
Dirigiendo al mismo tiempo la mirada a donde el bosque entraba a la aldea, notaron una figura emergiendo de la oscuridad de los árboles. La figura inmediatamente comenzó a tomar la forma de una persona, una mujer.
"Vaya, vaya, vaya…" – su voz era la de una señora cuya voz causaba irritación al oído de alcanzar una nota más alta. – "Y creí que nadie se daría cuenta. Usualmente esta clase de energías permanece indetectable incluso ante seres experimentados. Sacerdotisa, siéntete orgullosa, no cualquiera logra ver a través de mis movimientos.
"¿Tu…" – empezó a preparar su arco mientras que Miroku y Sango seguían preguntándose que pasaba. - … "eras quien espantaba a los animales?"
"Admito que el plan era desviar a los demonios fuera de sus territorios, no creí que los animales tuvieran un efecto reflexivo ante ello. Impresionante la conexión natural que se mantiene entre las especies no sobrenaturales ¿no crees?" – dijo sonriendo abiertamente al mismo tiempo que limaba sus uñas.
"¿Así que tú eras la que estaba detrás de las hordas de monstruos hacia las aldeas y fuera de sus regiones?" – preguntó Miroku dando paso al frente de su familia.
"¿No lo acabo de decir? Y se supone que los monjes son más atentos al escuchar. No me importa, mi asunto no les incumbe. Solamente vengo a pedir indicaciones. Veamos…" - En eso comenzó a caminar sin prisa y sin dejar de sonreír, de forma macabra. –"¿Con quién de este olvidado pedazo de tierra de la mano de Dios tengo que hablar para saber lo que quiero?"
En eso que se acercaba, Sango hacia señas a sus hijos y a Rin para adentrarse a la cabaña mientras tomaba a Hiraikotsu, disimuladamente.
"Discúlpenos pero, no podemos serle de utilidad." – respondió Miroku al ver a su esposa tomando acciones precavidas.
"Eso ya lo sé, monje, lo sé perfectamente." – Dijo ya estando a solo a diez metros de ellos. – "Seres como ustedes, ¡No sirven para nada!"
Ante ellos, comenzó a envolverse un remolino alrededor de ella haciendo que al expandirse empujara a todo cerca de su onda de energía. Tanto Sango como Miroku hicieron lo posible por cubrir a sus hijos del viento y llevarlos dentro de la cabaña junto con Kaede y Rin, mientras Kagome, hacia lo que podía para sostenerse de pie, desafiando a la extraña.
"¿Quién eres y que es lo que buscas?" – le preguntó tensando su arco con una flecha lista para ser disparada.
"Mi nombre es Sarina y mis asuntos no son de tu incumbencia. Puedo ver que tienes agallas niña, y por tu manera de dirigirte ante mí, también eres torpe." – después de eso comenzó a avanzar más hacia ella.
"¡No te acerques! ¡O veras lo rápido que esta flecha te puede perforar el pecho! – le advirtió.
"Palabras fuertes para una niña que piensa que una flecha puede detenerme." – vociferó sin detener su paso.
"¡Te lo advierto!" – dijo tensando más el hilo disparador.
"¡Señorita Kagome, no deje que la provoque! Presiento que esta mujer es peligrosa. – dijo Miroku saliendo de la cabaña junto con Sango.
"El monje sabe, niña. Deja que mejor los adultos se encarguen de esto." – Dijo Sarina torciendo una mueca.
"¡Ya deja de decirme niña y dinos a que has venido!" – estaba a punto de colmarle la paciencia.
"No te atrevas a levantarme la voz, jovencita." – respondió en un tono más frio. –"Aunque dada tu terquedad no tengo más opción que responderte como la adulta madura que soy."
Con esto, hizo que la bruma de polvo y tierra cesara y se pudiera ver con más claridad sus alrededores. Inmediatamente pudieron ver atentamente a quien enfrentaban. Sarina tenía el aspecto de una mujer de 30 años, tenía el cabello rojizo y algo ondulado mezclado con marrón y algunas líneas de tono naranja. Era de piel pálida y con pecas distinguibles en su rostro. Vestía un kimono tradicional con la parte de su pecho cubierta por otra tela que parecía simular una armadura por cómo estaba atada a su cintura. Claramente era humana, más su presencia incomodaba los sentidos.
"Iré directo al punto. Busco quien pueda informarme del paradero de ciertos individuos. ¿Quién está a cargo en este lugar?" – demandó seriamente.
Por supuesto, no queriendo provocarla, Miroku le pide a Kaede que se adentre a la cabaña para lidiar con ella sin tener que armar una lucha.
"Si necesita información, con gusto podemos proporcionarle lo que requiera. Pero antes deberá prometer que esto no llegue a conflictos mayores." – le exigió Miroku.
"Como dije, monje, soy una adulta madura, así que a menos que se nieguen a darme lo que quiero, no tienen por qué temblar por sus vidas. Después de todo, solo soy una inocente dama común y corriente ¿o me equivoco, excelencia? – responde tratando de disimular inocencia.
Miroku trataba de descifrar la naturaleza de la mujer a juzgar por su actitud y su presencia. Extrañamente, era humana por completo, sin embargo su acción de manipular la energía con el remolino de hace rato dictaba lo contrario. Volteo a ver a su esposa con obvia desconfianza de la situación y encontró en ella los mismos presentimientos. Esta mujer escondía algo y no querían desatarlo. Kagome por su parte, estaba a un momento más frente a Sarina de soltar el látigo del arco y dejar la flecha hacer su trabajo. Sango y Miroku sentían su tensión.
"¡Solo dinos a que individuos buscas! – le espetó. En cualquier momento iba a explotar.
Sarina solo se dedicó en ese instante a observarla como si de una persona loca se tratase. "En verdad que eres alguien desesperante." – le dijo Sarina.
"¿Yo? ¿No me digas? – en estos momentos, el sarcasmo no se ajusta a la situación.
"Una sacerdotisa más experimentada y lista habría disparado habría disparado la flecha. Como sea, a quienes busco son un grupo de extraños que según los rumores fueron los responsables de acabar con la existencia de un ser llamado Naraku."
"¿Qué?"- exclamaron los tres al mismo tiempo.
"Tengo entendido… -continuo- …que ese ser fue el que dejó a estas tierras temblando de terror ante su inmenso poder por la Perla de Shikon y sed de tortura inhumana. No había criatura o ser que se le pudiera oponer sin terminar bajo tierra o derretido, hasta que…"- prestó más atención a la sacerdotisa que apuntaba su arco con las misma intensidad.
"Me dijeron que había sido destruido hace unos años por un grupo peculiar de exterminadores. Y con peculiar me refiero a que consistían tanto de monstruos como humanos, y que residían por esta región. ¿Los conocen?"
Los tres intentaban mantener la calma ante el interrogatorio. No sabían que resultaría de revelar quienes eran ni tampoco de negar saberlo.
Ante el silencio, Sarina dio un suspiro en señal de aburrimiento.
"¿No los conocen? Que extraño, juraría que de todos los lugares, este sería donde encontraría la respuesta. Después de todo, aquí fue donde reapareció la Perla de Shikon y fue quebrada en fragmentos." – dijo simulando demencia ante la declaración para ver que reacción tenían.
Esta mujer sabía más de lo que creían. Y comenzaban a creer que sabían quiénes eran a juzgar de las interrogantes.
"Digamos que sabemos quiénes son… - dijo Sango levantando más a Hiraikotsu. - ¿Qué quieres de ellos?
"Me canso de repetirle a los demás lo fastidioso que es que se entrometan en mis asuntos. Pero si saben quiénes son, no saben el trabajo que me han ahorrado por vagar más por estos rumbos. Ya es bastante que haga que los demonios se quiten de mi camino y se esfumen a otro lugar. Baja el arco sacerdotisa… - Kagome la miró extrañada pero no menos tensa. - … no tengo tiempo para jugar. Tan solo dime lo que necesito, aunque creo que no es necesario…
Ahora era el turno de los tres para extrañarse.
"Pues por sus caras… - sin que ellos lo notaran comenzó a formar una seña con su mano escondida en la espalda. Y de inmediato la agitó frente a ellos haciendo que un látigo luminoso de tono naranja bailara en el aire. – "¡Ahora confirmo que se trata de ustedes!"
Esta vez soltó la flecha, pero esta fue partida a la mitad antes de siquiera llegar a un metro de ella. Mientras preparaba otro tiro. Sango y Miroku ya empezaban a rodearla para atacarla de lados opuestos.
"¡Hiraikotsu!" – en su intento por detener su movimiento del látigo, fue interrumpida por la fuerza de esa luz y su ataque fue devuelto. Afortunadamente pudiendo esquivarlo. Miroku por su parte, sacó unos cuantos pergaminos con el objetivo de develar al verdadero monstruo dentro de ella. Fracasando.
"No lo haría si fuera usted, Excelencia."- dijo tomando el látigo para dirigirlo a la cabaña de Kaede, destrozando la puerta y revelando a quienes se refugiaban en ella. – "No querrás que salgan lastimados ¿o sí?" – dijo mirando las caras de horror de los niños.
"¡Papi! ¡Mami!" – gritaron las gemelas al unísono mientras Rin sostenía a Komori y al mismo tiempo estaba junto a ellas.
"¡No te atrevas!" – gritó furiosa Sango.
Kagome entonces volvió a disparar una flecha logrando tan solo cortar un poco de la tela del hombro de Sarina, haciendo este cese su ataque con el látigo junto con el remolino de tierra. Rayos, fallé, pensó.
"¡¿Tienes idea de lo sofisticado que es este vestido, niña ingenua?! – gritó furiosa lanzando a Miroku y a Sango con un movimiento de manos hacia atrás para lanzar su látigo y romper el arco de Kagome. Para finalmente enrollarla en la incandescente línea que la aprisionaba, sintiendo como el roce ardía como toques eléctricos.
"¡Kagome!" – gritó Sango tratando de levantarse.
La sacerdotisa combatía con todas sus fuerzas por liberarse pero ni una descarga de su poder espiritual lograba desatarla. Y cada vez más se sentía sin fuerzas.
"¿Sigues intentando desafiarme?" – Kagome no bajaba la mirada tensa y sin miedo ante ella hasta ese punto. – "Veamos, si esto te quita esa osadía de tu parte."
Antes de que pudiera responderle, el látigo envolvente mandó una descarga eléctrica a todo su cuerpo. Resultando en un grito por el dolor punzante y agonizante haciendo que callera de rodillas y todos mirando con horror como perecía su amiga.
"¡Señorita Kagome!" – gritó Miroku tratando de hacerla reaccionar.
"¿Doloroso, verdad?" – dijo Sarina acercándose más a ella, tomando de su mentón para levantar la cara agonizante. Para sus ojos extrañados, la descarga el dolió mas no bajó su espíritu de lucha. "Admito que eres más resistente de lo que creí."
"¿Y tú sigues intentando subestimarme?" – respondió jalando su cabeza para liberarse del toque de Sarina.
"Ya me cansé de tu actitud…" – Sarina levantó entonces la mano sosteniendo el látigo en señal de dar otro ataque. - "Dudo que resistas una segunda descarga."
"¡Kagome!"
"¡Señorita Kagome!"
"Hasta nunca, niña"
Kagome cerró los ojos esperando que terminara de una vez. Pero escuchando un estruendo y todavía sin sentir nada, abrió los ojos y encontró a Sarina sorprendida alejándose de ella al ver que un ataque le impidió lanzar la descarga. Sintiendo como se liberaba del látigo y este desaparecía.
"¡KAGOME!" – gritó una voz llena de desesperación y preocupación.
"¡Inuyasha!" – gritó respondiendo aliviada.
Ups, un, como dicen en ingles, cliffhanger... ¡Luego nos leemos!
