Capítulo XII.

Amenidades

Reptó por el mismo camino que había tomado para llegar a esa aldea. Después de recibir las órdenes de su ama acerca de poner a prueba a unos sujetos supuestamente fuertes, él y su compañero no tuvieron más opción que obedecer, aunque, solo uno se dedicó a distraerlos mientras el otro seguía al segundo grupo constituido por mujeres y niños, desde las sombras. Su amigo, por desgracia pereció en batalla a manos de la poderosa espada del hibrido, mientras el, desde un ángulo perfecto divisaba los sucesos dentro de la cabaña del bosque a donde habían entrado las hembras. Un suceso que, o por un lado sorprendería a sus amos o haría enfurecerse con el mensajero. No quería ni pensar en lo que dirían si les contase.

Habiendo pasado colinas, lagos y confusos atajos llegó por fin a la gran fortaleza hasta dar aviso de su llegada a sus amos. El miedo y los nervios recorrieron su alargado y escamoso cuerpo, y a pesar de su gran tamaño, sabía que la ira de sus amos no era de subestimarse. Por algo los servía. Estaban locos. La puerta principal al centro de reuniones se abrió sigilosamente, viendo que ambos dueños se encontraban tanto prestando atención a la preparación de tés y revisión de mapas de la región.

"Ehm, ¿mi señora?" – llamó tragando la saliva atoraba bajando la cabeza. Sarina bajó los pergaminos sin despegar su mirada de ellos.

"¿Terminaron?" – preguntó en son de demanda.

"Pues verá, quisiera comentar que su encargo no salió como se había previsto…" – dijo arrastrándose de forma patética hacia ellos cerrando la puerta.

"¿A qué te refieres? ¿Solo vienes tú? Ya tenía la impresión de que uno de ustedes debía ser el cobarde para darme algún hecho…" – dijo secamente viendo como su subordinado se hacía bola en el piso de la vergüenza.

"Sarina, ¿Cuántas veces te he dicho que no envíes sirvientes a menos que sea necesario? No podemos darnos el lujo de perder personal." – dijo Kain tomando su te.

"Tan solo quería asegurarme de algunas cosas…"

"También te había dicho que dejaras en paz a esos individuos….por ahora." – dijo volteándola a ver sin perder el interés por su taza.

"¿Y qué? No me quedaré aquí aburrida sin hacer nada. Me pareció una buena idea ver que tan fuertes son…"

"¿Y para eso envías a nuestros sirvientes más débiles?" – pregunto Kain. La serpiente mensajera se volvió a arrastrar de la pena.

"Un poco de diversión a prueba no hace daño. Además, puedo confirmar que solo pudieron con una de ellas, a menos que tú te dedicaste a esconderte…" – le dijo demandante a su sirviente.

"No por faltarle al respeto a su orden, mi señora, pero la razón por la que no asistí a mi compañero es porque parecía tener todo bajo control enfrentando al monje y al hibrido. Pero, quisiera compartirle algo que prueba la necesidad de mi falta de actividad. El grupo de hembras de esos sujetos se encontraban refugiándose en una cabaña del bosque." – les dijo un poco interesado.

"¿Y? ya había escuchado antes de hombres que van a la guerra y refugian a sus mujeres…"- dijo fríamente Sarina.

"Pero, ¿había escuchado de una sacerdotisa preñada?" - dijo nerviosamente.

En ese momento, se escuchó un sonido similar al regurgita miento. Kain por poco y se atosigaba por el té. Sarina tenía una expresión compuesta por la incredulidad y el desdén.

"¿Qué dices?" – preguntó de nuevo Sarina y Kain esta vez estaba más interesado en el mensaje del sirviente.

"Preñada, mi señora y déjeme decirle que en ese momento también estaba dando a luz."

"Creo que no bromeabas cuando me contaste de la relación de ese hibrido con la sacerdotisa, hermana." – dijo Kain.

"¡Alto! ¿Hablas de que esos dos…?" – Sarina puso una mueca asqueada. – "¡Lo que faltaba!

"Esto es cada vez más interesante. Una unión así es rara. Te lo dije Sarina, te dije que te ibas a sorprender si te esperabas." – dijo con una sonrisa satisfactoria. Poniendo su taza en la mesa redonda del centro, admirando los pergaminos que ilustraban estrategias de exterminación colonial.

Las hojas comenzaban a caer lentamente anunciando cada vez más la llegada del otoño, y una por una, caían en danza de brisas rozando la puerta corrediza de la cabaña. Ya no sintió ganas de mantener cerrada la vista, y poco a poco abrió sus parpados revelando sus descansados y abrigadores ojos marrones. Notó por la comodidad de su cuerpo que se encontraba en su cama cubierta por sabanas por montón. Pese al inmenso sentimiento de descanso, se vio a la tarea de inspeccionar su alrededor para tratar de recordar lo último. Y como si un balde de realidad fría le hubiera caído encima, se levantó de un movimiento para lo único que le interesaba en ese momento.

Caminó en puntillas para hacer el menor ruido posible por el pasillo para llegar a la cocina. Siendo sigilosa apoyo un oído a la puerta de la cocina de donde escuchó platos sonar. Lentamente, deslizó la puerta lo suficiente para ver con un ojo. Vio a su marido con unos platos frente al fuego siendo colocados en una mesa pequeña de las que emplean para llevar comida a los cuartos.

"¿No deberías estar reposando?"

Su voz gruesa pero de ensueño la sobresaltó denotando su presencia y con un suspiro dio a entender que su intento de aparentar sigilosa fue en vano. "Ya me siento descansada." – le dijo abriendo más la puerta. Él se levantó dejando los utensilios para acercarse más a ella.

"Eso es una buena noticia." – le dijo depositando un beso en su frente. – "Dormiste toda la noche y hoy todo el día. Tuve que encargarme de todo mientras te recuperabas."

Levantó su rostro iluminado y el comprendió sus ideas.

"Ven…" – le dijo tomando de su mano para guiarla a una de las habitaciones que anteriormente habían dejado vacías, pero ahora ocupada.

Al abrirla, Kagome dejó caer suspiros mientras lentamente se acercaba a lo que según sus recuerdos se asemejaría a una cuna. Contemplando su interior, bajo una mano para acariciar la delicada cabeza de su recién nacido, quien dormía plácidamente.

"Mientras dormías, algunos aldeanos llegaron a dejarnos algunas cosas. Miroku y Sango me ayudaron a acomodarlos." – le dijo en voz baja mientras admiraba el rostro feliz de ella.

"Hay muchas cosas…" – dijo incrédula. – "¿Nos lo dieron?"

"Supongo que no bromeabas cuando dijiste que estaban felices…" – dijo encogiéndose de hombros.

El bebé abrió sus ojos y comenzó a alzar sus brazos abriendo y cerrando puños, admirando con curiosidad los rostros arriba que lo observaban con cariño y ternura.

"Es igual a ti…" – le dijo al oído mientras jugaba con una de las manos de su hijo.

"¿De qué hablas? Tiene tus orejas." – le contestó su esposa risueña.

"Además de eso…" – se quedaron callados un rato hasta que volvió a tomar la palabra. – "¿Ya te sientes mejor?"

"Si, Creo que en verdad me hacía falta una siesta larga." – notó que ahora tenía un semblante triste. – "¿Sucede algo?"

Apartó la mirada de ella. – "No, nada."

"¿Seguro?" – insistió masajeando una de sus orejas.

Suspiró y tomó su mano volviendo a verla. – "No debí dejarte sola."

"Inuyasha…"

"Debí estar contigo, en verdad creí que tu…" – la voz empezó a sonar débil.

"Está bien, está bien…" – dijo apretando su mano con la de el para calmarlo. – "Mírame, estoy bien, no soy la primera que da luz ¿o sí?"

Se quedó mirándola fijamente.

"Admito que me tomó por sorpresa a mí también, no es algo normal que un bebe nazca con tan solo seis meses de embarazo, aunque, supongo que tiene sentido ya que los seres sobrenaturales gestan en menor tiempo que un humano." – le dijo con una sonrisa más relajada.

El bebé hizo sonidos más fuertes demandando atención y Kagome no pudo evitar tomarlo en sus brazos, sintiendo los nervios de cargar a su hijo.

"Lo bueno es que todo salió bien, ¿o no?" – le dijo acunando al niño mientras ambos lo miraban. – "Cárgalo."

"¿Eh?" – lo tomó por sorpresa.

No dijo más y le hizo señas para sostener al bebé en sus brazos. Aunque inseguro, tomo aire y se preparó. No había tenido oportunidad para cargarlo antes porque Sango y Kaede se ocuparon de ello cuando ella reposaba. Al sentir firme el peso de la criatura, no pudo suprimir los ojos de asombro. El pequeño Yuuta ladeo su cabecita para tener un vistazo mejor de su padre y al ver que el movió sus orejas, y él lo imito. Ante la escena, Kagome no pudo evitar las risas.

"¿De qué te ríes?" – le pregunto confundido.

"Es que se ven tan lindos juntos." – le dijo sonriendo.

Sonrojado, devolvió la mirada a su hijo quien ahora movía la nariz captando los aromas de sus padres. Inuyasha devolvió el bebé a su esposa, cuando de pronto se escucharon los pasos de una multitud aproximándose a la cabaña.

"¿Interrumpimos algo?" – dijo en susurros Sango entreabriendo la puerta.

"Pasen chicos. Esta despierto." – les dijo Kagome.

Miroku, Sango seguidos por las gemelas tomando de la mano a Komori y Shippo brincando lo más cuidadoso que pudo por delante hasta llegar de cerca a ver al bebé.

"Es muy pequeño." – dijo estando en el hombro de Inuyasha. – "Si que se va a parecer a ti."

"Mis felicitaciones, señorita Kagome, es verdaderamente hermoso." – dijo Miroku.

"Si, si, monje, ya sabemos eso." – mofó Inuyasha.

"También a ti, amigo mío, siendo honesto, nunca creí que fueras del tipo paternal. La vida quizá sí trae sorpresas, ¿no lo crees?" – dijo Miroku dando pequeños codazos a su amigo mitad-bestia.

"¿Puedo cargarlo?" – preguntó tímidamente Shippo.

"Ten cuidado, es muy pequeño aun." – le dijo pasando e instruyéndole al zorrito como acunar al bebe. No pudo evitar sonreír abiertamente al ver como Yuuta veía con curiosidad a Shippo. – "¿Cuándo podré jugar con él?"

"En un año, tal vez." – le contesto.

"Es mucho tiempo…" – dijo un poco decepcionado.

"Pues no será mucho viendo como estos meses pasaron rápido." – añadió Sango. – "Aun no puedo creer que así sea. Kagome, ¿ya tomaste el remedio que te encargó Kaede?

Mientras las mujeres dialogaban y los niños al nuevo miembro de la familia, Inuyasha y Miroku se dirigieron a las afueras de la casa. El monje tomó la iniciativa de acompañarlo conociendo que el hibrido acostumbra alejarse del grupo para un poco de pensamiento crítico en silencio. Y fue un silencio muy alargado para ambos mientras admiraban el paisaje.

"Abrumado, ¿no es así?" – dijo ligeramente Miroku.

Primero dejó ir un largo suspiro antes de contestar. – "Cuando cargaste por primera vez a las gemelas, ¿Cómo te sentiste?"

"Nervioso, emocionado, feliz,…" – inhalo y exhaló el aire puro del ambiente. – "De tantas veces que había ansiado ese momento y cuando por fin ocurrió, me sentí con una inquietante paz al saber que pude vivir para ese momento, y de los que siguen."

Miró al cielo y luego dijo a su amigo el monje. – "Muy en el fondo, deseé que fuera como ella." – soltó una risa con el evidente tono irónico y triste. – "Pobre niño, va a ser muy difícil para él."

"¿Te preocupa que lo que heredó de ti fueron las orejas?"

"Sabrán que es diferente…"

"Inuyasha, no creo que eso deba importarte ahora…" – dirigió su mirada hacia adentro de la cabaña para que él también lo hiciera. – "Ese niño, tu hijo, fue bendecido al tenerte como su padre y a la señorita Kagome como su madre. Así como a sus tíos y primos. Amigo mío, piensa en que la vida ha cambiado de lo que recuerdas; parte de la maldad que ha existido ha dejado de ser para que se abra un nuevo ciclo de la vida."

Inuyasha bajó la mirada del cielo para dirigirla a la cabaña donde Sango, Shippo y los niños admiraban al pequeño bulto en brazos de su mujer. Su mirada fija en ella.

"Y eso no es todo…" – continuo Miroku notando la dirección en la que estaba viendo su amigo. – "…a ella no creo que eso le importe. Yo pienso que más bien eso ha querido siempre."

Siguió mirándola pretendiendo no estar atento a sus palabras aunque muy en el fondo procesaba cada palabra que escuchaba. Era verdad, si algo había hecho Kagome también para él fue enmendar las heridas de su infancia por no ser aceptado en ningún lugar, porque en ella encontró su lugar. Y ahora, después de lo que pasaron, los años separados y darse cuenta que debían estar juntos, el tener una familia es el regalo más grande que la vida pudo haberle dado, seguido de darle a alguien como ella. Ahora entendía las palabras de su madre para creer por un mañana mejor.

Rio por lo bajo. "No puedo creer que haya tenido esta conversación contigo."

"Para eso son los amigos, ¿no?" – le dio una palmada en el hombro. Las gemelas corrieron hacia ellos emocionadas. – "¡Papi! ¡Papi! Ven a ver al bebé, ya mueve sus orejitas."

"Claro, preciosas." – con eso ellas se regresaron y los dos caminaron hacia la cabaña. –"La vida se trata de no esperar que pasara mañana, sino de disfrutar el hoy. Nunca sabes cuánto se ha llevado el tiempo si te quedas sentado."

"Ya me estas aburriendo, Miroku." – le dijo mofándose.

"Vamos, novato, que nuestras esposas sirven el pan." – le dijo sonriente.

"¡Mas bien tú lo traes, cariño!" – le gritó Sango a distancia.

Inuyasha solo sonrió mientras Miroku suspiró nervioso.

Rara vez deja al bebé fuera de su vista. Habían pasado semanas y podría jurar que Yuuta parecía más grande y atento a su ambiente. Dadas las indicaciones y recomendaciones de la anciana Kaede, Kagome tuvo que dejar de lado su entrenamiento rígido de sacerdotisa en lo que correspondía a su papel de madre. Y con papel de madre incluía también aguantar los quejidos de su esposo cuando el bebé lloraba a la mitad de la noche y ella debía atenderlo. Menos mal que el collar seguía funcionando como el primer día. Era tan pequeño y tierno que no podía dejar de mirarlo, e Inuyasha por su parte no podía negar lo feliz que estaba de ser padre. De tener a un cachorro para criar.

"¡Mira!" - exclamó en susurros a su hijo recostado en el piso mientras se entretenía con sus pies y manitas. Inuyasha, en su pose de siempre, cruzado de piernas recargado a la pared, mirando curioso a su mujer e hijo.

"Ya parece querer usar sus garras." - dijo Inuyasha notando que Yuuta admiraba cada vez mas con curiosidad sus tempranas garritas, a punto de afilarse y parecer mas que uñas.

"¿Les crecen tan rapido?" - le preguntó sentándose y poniendo al bebé en su pierna. Yuuta volteo a ver a su madre y soltó una sonrisa. Kagome le devolvió el gesto y puso su palma extendida para que su hijo también pusiera la suya sobre ella. Sus ojitos se abrieron mas viendo la tierna imagen de su mano arriba de la de su madre. Cuando de pronto…

"¡¿Pero que-!?" - Inuyasha sintió un piquete en su cuello y poniendo su mano adivinó la visita. - "¿Myoga?"

"¡Que gusto verlo, amo!" - dijo cayendo como hoja de papel por el golpe y finalmente incorporándose en la mano de Inuyasha.

"¿Y dinos a qué has venido?"

"¿No puedo visitar a mi señor de vez en cuando?" - preguntó con drama exagerado. - "Siendo que después de que tantos años desde que la batalla terminó, me he dado a la tarea y curiosidad de saber a qué se dedica."

"Lo mismo de siempre. Exterminar monstruos y mantengo la aldea tranquila."

"...Y asegurarse de llegar sano a casa." - completó Kagome.

Myoga abrió de par en par los ojos mientras se cercioraba de lo que estaba viendo. "¡¿Kagome?! ¿Eres tu?"

"Viejo Myoga, ya se te olvidó que Kagome había regresado desde hace tiempo." - dijo Inuyasha.

"¡Oh! Santas pulgas, ¡es cierto!" - la pareja suspiró resignada ante la despistada pulga. - "Y ahora veo que lo que supuse en un principio se hizo realidad. Siempre supe eran el uno para el otro y-¡oh! ¿Será posible…?" - hasta ese momento tomó nota del pequeño en brazos de Kagome.

"Anciano Myoga, le presento a Yuuta. Nuestro hijo." - dijo sonriente la sacerdotisa. Myoga dio pequeños saltos en la mano de Inuyasha emocionado y con lágrimas en los ojos.

"¿Myoga, estas llorando?" - preguntó Inuyasha.

"¿Como no llorar, amo? No sabe cuanto ansie el momento en que por fin tuviera una familia y ahora me dice que tiene un heredero. ¿Por qué no lo dijo antes?"

"Tiene solo unas semanas de nacido." - la pulga salto hasta ponerse frente al pequeño hibrido, quien miro a la pulga con ojos de asombro.

"Es tan pequeño, y tiene los ojos de su madre." - dijo curioso. - "Esplendido, en verdad, diria que heredó las características mas notable de ambos. La sangre de mi amo y tierna apariencia de ti, Kagome." - sonrieron ante las palabras de la pulga.

Yuuta quiso atrapar a la pulga con sus manos pero esta alcanzó a esquivar. - "Creo que también la hiperactividad. Me alegro por ambos y creo que es hora de irme."

"¡Gracias por pasar a saludar, Anciano Myoga. Dile adiós al abuelo Myoga, hijo." - tomó uno de sus bracitos para que lo moviera en señal de despedida.

"Sigo sin creer que el anciano sea tan olvidadizo."

"Pasa con la edad, aunque tengo la impresión de que quiza venia para algo mas…"

Se quedaron hablando siendo contemplados desde afuera por la pulga que se despidió de ellos. Suspirando consigo mismo y quiza para alguien mas. "Debe estar orgulloso, mi señor. Mirelo, siguiendo sus pasos con virtud y cariño. El en verdad es hijo suyo."

Y con eso se echó a volar en su cuervo mientras el viento soplaba con la bendición para su segundo hijo y la familia.