CAPÍTULO XV

Dominio y Nevada

Yuuta no sabía que era peor: la jalada de orejas o las embestidas de las aparentemente no tan frágiles gemelas. En realidad, si lo sabía, y era escucharlas discutir. Argumentos una contra la otra que alcanzaban niveles de gritos capaces de retumbar la tierra y a todo animal cerca, o al menos, así se sentía para él y su en extremo delicado y fino sentido del oído. No había muchos niños, o adultos, a su alrededor que entendieran su don para escuchar a distancia hasta incluso el aleteo una golondrina, puesto que era suficiente con que sus orejas no fueran similares a las de otros. Si alguien lo entendía a la perfección, era su padre.

Sí. No existía molestia mayor que el hecho que los sonidos taladraran cual martillo trozo de hierro sus orejas de cachorro, pero nada como ver a su madre tomarlo en sus brazos y masajear sus tiernas protuberancias para calmar el zumbido en su cabeza. Ella sabía siempre que hacer para aliviar cualquier dolor que tuviese. Era una pena que ella y su padre se encontraran de viaje y por lo pronto, él debía quedarse como de costumbre con sus tíos hasta su regreso.

"Fue muy sorpresivo de tu parte no haber querido acompañar a Inuyasha en la petición de los aldeanos", escuchó comentar a su tía mientras ésta daba de comer a Komori. "Usualmente buscas la primera oportunidad para salir".

Miroku giró su cabeza hacia ella con ojos medio abiertos, "Lo que tengo ahora alcanza a cubrir otro mes," añadió con un guiño.

"Entiendo," dijo Sango. "Niñas, creo que deben dejar respirar al pobre de Yuuta."

Miyuko y Miyako pararon su maniobra de juego al instante. "Perdónanos, Yuuta", dijeron al unísono mientras lo ayudaban a levantarse.

"¿Qué les hemos dicho sobre jugar así? Su tío Inuyasha no me dejará tranquilo si uno de estos días ve a Yuuta con mareos", dijo Miroku dirigiéndolas a la mesa.

"Está bien, tío Miroku," dijo Yuuta con sonrisa colmilluda. "Solo jugábamos a Liquida el Can".

"¿Liquida el can?", repitió Sango.

"Si, como en la historia que nos contaste la otra noche," contestó Miyuko. "Sobre el monstruo que tú y papá ext..te.. …" ladeo su cabeza esperando lograrlo.

"Exterminar.", repuso Miroku.

"¡Si, eso!", exclamó Miyuko, "exterminaron hace mucho, mucho tiempo."

"Interesante,", contempló el monje alzando una ceja, "pero si mi memoria no me falla, en esa historia exterminamos un oso".

Miyako tomó un bocado de arroz. "Pero Yuuta no es un oso, papá," añadió con un vistoso bigote de arroz en su rostro.

Komori soltó una risa al terminar su merienda. "Bien, con esto te llenarás, y así crecerás más rápido y fuerte para jugar con ellos", dijo Sango cargando al pequeño y masajeando su espalda, mientas éste relajaba sus facciones.

Yuuta levantó la mirada, "¡Komori hará equipo conmigo!"

"¡Equipo!", respondió con entusiasmo éste.

Miroku volteo a mirar las afueras que daban hacia el exterior notando el atardecer, pronto cambiando sus colores, "Creo que llevaré a este joven a la cama", dijo recibiendo al pequeño y caminando a la habitación infantil.

Sango, por su parte, terminó de acomodar la despensa y utensilios, "Niñas, ¿por qué no van a jugar al otro cuarto? Pero en silencio…", advirtió con un guiño.

"¡Sí!", acordaron ambas con un susurro colectivo y armonioso.

"Pero nada de orejas…", añadió.

Su entusiasmo se desinfló como bollos recién orneados en ese instante. Yuuta lo contempló y dijo, "Podemos jugar a otra cosa donde pueda moverlas nada más."

El júbilo gemelo volvió a inflarse y se retiraron dejando un rastro de risas.

"Eres blanco fácil para cuando quieren entretenerse con algo lindo. Pero no dudes en decir algo si te molesta", señaló Sango en tono suave.

Él abultó sus mejillas, "No entiendo, son solo orejas".

"Tú papá solía decírselo a tu mamá hace tiempo. Supongo que para algunos se percibe como diferente".

"¿Diferente, cómo?", ladeó medio centímetro su cabeza.

Sango se detuvo en el doblez de trapos y lo miró suspirando.

"¿Tía Sango?"

La puerta se abrió y Miroku regresó a su sitio frente a las brasas.

"Con suerte,", empezó, "y continuaran riéndose en sus sueños"

Sentados los tres, Yuuta ahora se dedicó a observar el paisaje de la ventana luego de aburrirse de las pocas chispas de la fogata. La luna ya estaba en camino a posicionarse en el cielo negro, con un cuarto menguante.

"No han de tardar", comentó Miroku.

"Siempre llegan cuando el sol se va," suspiró con desgane.

"Conociéndolos deben estar casi volando hacia acá", añadió Sango, "¿Quieres esperarlos junto con Miyuko y Miyako?"

"No, gracias," ladeó sus orejas, "quiero ver cuando lleguen."

Miroku aclaró la garganta, "La anciana Kaede dijo que la aldea estaba a solo dos horas de aquí".

"No es raro, algo debió complicarse", expresó Sango con serenidad, "pero nada que no puedan arreglar".

La fogata ahora no era más que hollín y chispas bermellón. Se podía escuchar el soplido del viento contra la madera y los demás ruidos de la noche, suprimiendo la quietud entre los tres. Yuuta los observó detenidamente y luego al fuego y sin saber por qué, decidió preguntar.

"¿Tío Miroku?

"¿Si?"

Pausó un momento y alzó la mirada.

"¿Por qué Mamá y Papá viajan mucho?"

Ahora ambos adultos intercambiaron miradas.

"Porque hay gente de muy lejos que necesita de su ayuda", respondió Sango.

"Así es," agregó Miroku, "tu padre y yo solemos salir también a ofrecer nuestros servicios a otras aldeas. Pero también hay veces que tu madre debe acompañarlo".

"¿Porqué?"

Miroku exhaló perplejo, "Porque…"

Sango sonrió, "Porque a veces los adultos necesitan ayudar y trabajar para los demás".

"Ahh…", Yuuta alzó las orejas.

"¿Por qué preguntas, pequeño?", Miroku extendió un último trozo de leña al fuego.

"No lo sé."

Sango aclaró su garganta. "No te preocupes, son cosas de adultos".

Sus ojos se iluminaron ante la idea. "No sabía que discutían mucho sobre mi nuevo hermanito".

"¿¡Qué?!", ambos exclamaron.

"¡Ya llegamos!"

La puerta se abrió y dos figuras entraron al calor del hogar del monje y la exterminadora.

Yuuta se levantó de impulso al ver llegar a sus padres. "¡Mamá!, ¡Papá!", gritó mientras se sacudían la nieve al marco de la puerta.

"Perdona, Yuuta, quisimos llegar antes," dijo Kagome envolviéndolo en sus brazos.

Inuyasha dejó caer el resto de la nieve de su ropa. Miroku y Sango ya portaban otra expresión en sus rostros.

"No habrás subestimado a la dama de las nieves ¿o sí, amigo?", bromeó Miroku.

"Una hora más de lo que planeamos y esto pasa", dijo masajeando sus hombros, "y adivinen de quién fue la idea."

Kagome bajó a Yuuta, "¿Qué querías que hiciera?, me pidieron que bendijera sus campos, no iba a dejarlos así, fueron tan amables después de todo."

"El trabajo estaba hecho," dijo ligeramente irritado, "no había necesidad de quedarnos a hacer espectáculo".

"Un segundo", exhaló Kagome, "yo sólo acepté sus obsequios a cambio de que rezara frente a sus hortalizas", soltó una carcajada, "¿te molestó lo atentos que fueron conmigo?"

Enmudecido y con ceño fruncido, sus mejillas comenzaron a colorarse.

"Ahora es cuando dices algo, coqueto", expresó Miroku.

"Torpe como siempre", murmuró Sango.

"¿Papá es torpe?", cuestionó Yuuta.

"¡Claro que no!", espetó Inuyasha, "dejen de decir eso frente a él."

A petición de su hijo, Kagome volvió a tomarlo en sus brazos, "Y bien, ¿Qué tal su día?"

"Como siempre, señorita,", dijo Miroku, "los niños no dejaban de jugar y nosotros no dejamos de vigilarlos".

"Con la diferencia,", añadió Sango, "de que tu hijo nos acaba de compartir una interesante noticia".

"¿Noticia?", preguntaron los dos.

"Kagome, me sorprendes", dijo Sango, "acordamos que, para la próxima, yo iba a ser la primera en saberlo".

"Era de esperarse,", añadió Miroku, "que Yuuta fuera el primero."

Kagome no pudo evitar apenarse.

"¿De qué rayos hablan?", cuestionó Inuyasha.

"Inuyasha…", suspiró la sacerdotisa.

Pasaron unos segundos en los que su expresión dio un cambio drástico. Entre la vaguedad y la frustración. "Bien, ahora sólo falta que la aldea venga regalarnos jarrones de licor".

Miroku puso una mano de apoyo en el hombro de su amigo. "No están de más unas felicitaciones, ¡por Buda y sus bendiciones!"

"¡No empieces, monje!"


Para Kain, no había mejor época del año como el invierno para relajarse y beber té. El solo hecho de pensar en relajarse después de mandar las órdenes del día, castigar un par de subordinados y arreglar los ropajes; traía paz y serenidad a sus sentidos. Por más que se negaba a admitir la nostalgia por los días en su apogeo, era evidente la necesidad por mantener esa calma consigo, aun cuando su labor requería de una actitud diferente, tan diferente que quienes han tenido la osadía de conocerlo, saben a lo que se enfrentan, si logran perturbar a un Kain en calma.

"…y así pienso, en mi humilde y sujeta a cambio opinión, cómo el trabajo podría verse beneficiado con las nuevas cláusulas del contrato", concluyó el emisario.

Kain terminaba de sorber el resto de su taza. Sarina seguía ojeando documento tras documento, "¿Más intereses?", preguntó indignada.

"Mi jefe cree que, con los retrasos, la inversión tal vez no se recupere al tiempo", declaró el mensajero.

"¿Y él cree que lo hacemos es fácil?"

"Sarina…", suspiró Kain.

"¡Esto no fue lo acordado!", espetó, "la construcción del puente nos tomó más tiempo y no hicieron ni un cacareo, ¿ahora resulta que su jefe teme perder su preciada inversión?"

"Son medidas preventivas," tartamudeó, "sus métodos le parecen a mi señor algo, ehm, ortodoxos."

Arqueó la ceja ojeando más documentos, "Los años le han freído la cabeza o acaso ha olvidado el tiempo que colaboró de seguro."

"Son tiempos diferentes", dijo el emisario.

"Si tuviera un grano de arroz por cada vez que he escuchado eso aquí, tendría tantos juegos de té para mi hermano que no podría usarlos en una vida".

"Usted no entendería como se trabaja aquí, en estas tierras de demonios y guerras civiles en cada parcela", dijo con aliento forzado, "en su país natal tal vez podía hacerse de otra manera, pero aquí-"

"Aquí no cambia nada!"

El azote de cristal contra madera los silenció a ambos. Kain entonces tomó los papeles de la mano de Sarina y con gracia natural deslizó la brocha entintada sobre las hojas. Las dejó patinar frente al mensajero.

"Sólo asegúrese de darnos lo que nos prometió," declaró, "y el dinero no será un problema".

Tan rápido como la hora de té terminó, aquel mensajero había salido de la propiedad. Al cerrarse las puertas de la fortaleza, Kain retomó su puesto frente al mapa de la sala principal, como suele hacerlo.

"Sarina, deja de hacer esas caras," exhaló, "te saldrán arrugas".

Entreabriendo los ojos y dejando sus cejas expresarse, se acercó a su hermano. "¡¿Qué maniobra de negocios fue esa?!", demandó, "ya lo tenía contra la pared."

"Era sólo un mensajero," dijo sin apartar la mirada del tapiz, "solamente tú te dedicas a gastar energía en vasallos."

"Y sólo tú aceptas cualquier precio a pagar", comentó Sarina.

"Dinero nos sobra"

"No es sólo el dinero, hermano mío", musitó, "Es el poder".

"¿Poder?", repitió para sus adentros, mientras movía una tachuela de un rio a una montaña.

Sarina relajó su expresión al verlo concentrado.

"A veces", continuo, "se demuestra mayor poder no mostrándolo a nadie".

"¿Y eso que quiere decir?" preguntó, "¿Cómo crees que obtenemos todo esto?"

"¿Cómo crees tú?"

Sarina arqueo una ceja y lo único que se escuchó fue el silbato. Suspiró y dio pasos arrastrados hacia uno de los pasillos laterales. "Más vale que no sea la alarma de falla mecánica."

Kain formó una media sonrisa, "algo me dice que no lo es. Oh, me faltó ésta zona."

El cuarto de máquinas alcanzaba dimensiones que hasta el emperador ostentaría en sus más ambiciones sueños. Al entrar, la ruta principal se dividía en caminos en todas direcciones, circulando aparatos y cajas de hierro mecanizadas; conectadas a través de sogas y manivelas que harían temblar a un samurái de la extrañeza. Dichas cajas motorizadas parecían objeto de magia ante la mente poco iluminada por el motivo que servían. Humo del carbón que se quemaba para forjar tablones de hierro. Tubos de escape que dejaban ir vapor a cámaras de condensación. El aroma a progreso y deshumanización estaba presente.

"Te dije que revisaras la válvula de presión antes de presionar el botón," reclamó un obrero a su compañero, "Por tu culpa, ¡nos cortaran la cabeza a ambos!"

"¡No si yo te la corto antes!", exclamó el segundo, "¡Fuiste tú el que agregó más hierro del necesario!"

"¡Usaré hierro para aplastar tus entrañas!"

"Si se entera la Señora", titubeó el segundo, "olvídate de salir de aquí antes de la tercera vida".

"Con las veces que ha visitado esta cámara, dudo que recuerde hacia donde ir", se mofó, "Ella y el señor Kain están demasiado ocupados".

"¡No te burles así!"

"No es burla si estoy furioso," espetó, "Años de esclavos y respirando hollín deberían abrirnos la cabeza."

El segundo obrero exhaló y tosió, "Como si tuviéramos opción"

"Si la hay."

Ambos congelaron sus expresiones al reconocer el tono rasposo y altisonante. Sarina se irguió detrás de ellos.

"¿Qué les parecería reemplazar al carbón de la caldera?"

"M-mi señora..", imploraron de rodillas. La vieron alzar su látigo.

"¡Es solo el estrés del día!", rogó el segundo obrero, "l-le tenemos noticias del lote de hoy."

Volteo los ojos y bajó su látigo, "Tienen suerte de que a mi hermano no le gusta cuando los maltrato. Para alguien que no le preocupa gastar dinero."

Ambos suspiraron aliviados.

"¡No se emocionen!, es difícil entrenar esclavos a controlar estas máquinas. ¿Y bien? ¿Por qué activaron la alarma?"

El primero tomó la palabra. "Se terminó el armazón que pidió."

"¿Y qué esperan? ¿Un ascenso?"

"Usted nos ordenó no soñar despiertos, señora."

"Soñarán con guillotinas si me salen con una mala noticia"

Ambos volvieron a retraerse como tortugas. "En realidad, debemos decirle que aunque está terminado, no es posible moverlo aun al lugar de instalación".

"¿Por qué no?", rugió.

Los obreros temblaron aún más. "P-porque la zona aún no está lista..."

"¡De eso no se preocupen!", alzó la frente, "solo envíen el encargo, conocen el método." Dio media vuelta y se retiró. "Y a aquel que guste de perder más tiempo, ¡con gusto lo transfiero al departamento de ejecuciones!"

La taza y la tetera ya se habían movido al gabinete de resguardo, pero su dueño seguía contemplando el tapiz de siempre cuando Sarina estalló de vuelta a la sala.

"Es la última vez que pagamos por mano de obra barata", se quejó sentándose en el sillón acolchonado del centro. "Hace cien años gastábamos más en castigar que en entrenar".

"Hace cien años no había las oportunidades que tenemos ahora", contestó Kain.

"¡Por supuesto!", exclamó, "olvidaba lo increíble que es vivir en el exilio."

"Kain hizo caso omiso a su sarcasmo. "Me sorprende de ti, Sarina", se dirigió a una de las ventanas que daba al valle y a la vista de los tejados del castillo. "¿No eras tú quien insistía en empezar de nuevo?"

"Si," respondió, "con la venganza".

"Y eso obtendrás," contempló el paisaje ante él, "Por cierto..."

"¿Qué?"

"¿Alguna novedad en el cuarto de máquinas?"

"Aparentemente está listo pero la zona no". Kain elevó su rostro brillante ante esto y miró a Sarina.

"Envía otro escuadrón entonces"

"¿Otra vez?", cuestionó Sarina.


"Demostraremos el poder que tanto tenemos".

"¡Kohaku!", exclamó Rin, dejando su canasta en el suelo al verlo llegar.

"¡Hola!", saludó mientras caminaba por el sendero de la aldea con Kirara a su lado. "Es bueno estar de vuelta. Nos hubiera gustado llegar antes, pero algo nos entretuvo…"

"La anciana Kaede dijo que este año la dama de las nieves se esmeró, ¿te atrapó una ventisca?", acarició la cabeza de Kirara a medida que se acercaban a la casa de Sango.

"No, en realidad…"

"¡Tío Kohaku!", dos voces gritaron al salir de la puerta principal.

"¡Sí que han crecido!", comentó hincándose frente a ellas. Alzó la mirada y vio a ambos salir del hogar.

"Excelencia, hermana.", los saludó.

"A estas alturas debería ser tu cuñado ¿no crees?", guiñó Miroku.

"Lo eres", dijo soltando el equipaje del lomo del Kirara.

"Entra y cuéntanos que has hecho, Kohaku", dijo Sango, "Debes estar exhausto,"

"Algo de comer, me vendría bien", dijo llevándose de la mano a sus sobrinas.


Los sembradíos cristalinos comenzaban a perder su brillo vespertino. Para las familias de esta región, era señal para terminar la labor del día y dejar que la noche cubra con su manto estrellado. La ocasión ideal para las criaturas nocturnas de reclamar su territorio por unas horas. Y la oportunidad perfecta para un pequeño visitante para hacer su aparición ocasional ante su familia.

"Estoy orgullosa de ti, Shippo," expresó Kagome mirando de reojo a Inuyasha, "ambos lo estamos. No puedo creer que ya seas de más alto rango. La cima ya no debe estar muy lejos".

"En estatura no creo.", bromeó Inuyasha.

"Crecí cinco hojas este año, tontote", le espetó Shippo dando otro bocado de arroz.

"Más bien pepitas, enano.", le contestó mientras entretenía a Yuuta con un pedazo de madera marcado por sus garritas.

"Inuyasha," llamó Kagome, "es obvio que él ya no es tan pequeño. Son ahora dos los que crecen ante mis ojos."

Shippo dejó su plato vacío y saltó en su lugar. "¿Ahora si podremos jugar y entrenar los dos?"

Yuuta alzó sus brazos, "¡Sí!"

Inuyasha lanzó un trozo de madera al fuego y luego miró a su esposa, ¿Por qué pones esa cara, Kagome?"

Puso la mano sobre su barbilla, "Estuve pensando en eso." Su esposo arqueo una ceja.

Ella aclaró su garganta. "Hablo de que querrá salir ya a seguir tus pasos".

Shippo jaló de su manga, "Kagome, ¿Yuuta y yo podremos jugar con nuestro nuevo hermanito?

"Yo le enseñaré todo lo que sé", dijo Yuuta. Inuyasha acarició su cabeza azabache. "Para eso necesitas aprender más, y aún falta para que llegue el momento."

"Será cuando menos lo esperemos," agregó Kagome.

Las puertas corredizas y las paredes crujían con el azote del viento helado desde afuera. A través de una abertura, el pequeño mitad-bestia divisó el paisaje que se extendía desde el jardín ahora blanco por la nieve hasta el panorama que invitaba a las profundidades del bosque. Era un sentimiento que bailaba en sus entrañas cada vez que miraba hacia aquel lugar. Para él, la arboleda profunda era una curiosa tentación.

"¿A dónde crees que vas?", pronunció su padre cerrando la puerta.

Yuuta fijó la mirada en él y luego al portillo. "¿Qué hay allá?"

Inuyasha dio vuelta para sentarse junto con Kagome y extendió su brazo a Yuuta, "Problemas".

Shippo se sentó a su lado, "No te preocupes, mañana podremos jugar en la nieve".

"Espero poder terminar las entregas que me encargó la anciana Kaede," dijo envolviendo los últimos embalses de hierbas preparadas. El aroma a hierbabuena, jengibre y lavanda era notorio junto con lo que quedaba de la cena. "La temporada de resfriados se pone peor pero al menos tuve tiempo de hacer más bufandas".

Tanto padre como hijo ladearon orejas y arrugaron narices.

"Si, ya sé que no les gusta usarlas," declaró.

"No las necesitamos," respondió Inuyasha,

"Él sí," corrigió terminando de doblar las prendas y levantando a Yuuta en sus brazos.

Suspiró exasperado, "Kagome, una bufanda no lo protegerá allá afuera tan bien como yo y tú lo sabes." Recargó su espalda contra la pared.

"Y tu sabes que puedo hacer cosas para protegerlo también", dijo caminando hacia las habitaciones y cerrando la puerta corrediza detrás de ella.

"Estás igual que Miroku," repuso Shippo, "lo casado no te quita lo tonto."

A punto de lanzar un misil de coscorrones, un crujido resonó en su tímpano. Movió ambas orejas, ajustando su sentido del oído.

"¿Entendiste, Inuyasha?", alardeó, "¿Por qué tienes esa cara de-"

"Cállate,", murmuró colocando su mano sobre la cara del zorrito silenciándolo. Mantuvo su concentración por varios segundos.

La mano de Inuyasha por fin liberó el rostro de Shippo, dejando a éste perplejo y dando respiros. "¿Qué te pasa, Inuyasha?", preguntó viendo a su amigo trasladarse hacia la una de las puertas corredizas, abriéndola de golpe.

"¿Inuyasha?", repitió Shippo.

No contestó, enfocando sus sentidos por completo en la profundidad oscura del bosque. El soplido del viento invernal, el olor a tierra y a naturaleza, la danza de las ramas congeladas.

Cualquier cosa.

"¿Inuyasha?"

La voz de su esposa hizo que volteara. Kagome avanzó hacia él con una manta en la mano. "¿Todo está bien?", cuestionó intercambiando miradas con Shippo.

El zorrito se encogió de hombros, "No lo sé, Inuyasha está actuando como un loco"

"¿Escucharon eso?", preguntó Inuyasha.

Se quedaron en silencio esperando. "¿De qué hablas?", preguntó Kagome acercándose al umbral.

"Yo no escucho nada, Inuyasha", anunció Shippo saltando a su hombro.

"Porque no paras de hablar,", murmuró.

"Pero está muy silencioso aquí afuera", suspiró Kagome.

"Exacto,", declaró moviendo a Shippo de su hombro, "Quédense aquí".

"¿A dónde vas?", preguntó Shippo confundido.

"No salgan," respondió trasladándose con sigilo hacia la penumbra del bosque, "Shippo, quédate con ella,", dijo antes de salir disparado.

Kagome solo parpadeo. "Shippo", susurró, "iré a revisar a Yuuta"

"Pero, Inuyasha dijo…"

"Solo iré a ver si ya se durmió", le aseguró, "Ahora vuelvo."