CAPÍTULO XVI
Estampidas y Resbaladillas
El sombrío paisaje no le facilitaba su visión. La nieve se había vuelta tan densa que apenas se notaban las formas de los arbustos y la altura de las ramas en cada copa de árbol. El olor de la maleza a estas temperaturas asfixiaba su intento por separar aromas de seres vivos y plantas. Su juicio se estaba poniendo a prueba, aquel chillido lo puso nervioso.
"Sea lo que sea," murmuró. Maldijo la poca luz que irradiaba la delgada silueta de la luna creciente. Pero otra alerta interrumpió su vista hacia arriba. Sus orejas se movieron en patrones irregulares, el suelo comenzó a vibrar bajo sus pies y el crujido de los troncos resonó en el aire.
Escuchó el resbalo de su puerta al deslizarse mientras se asomaba por la ventana. "Yuuta, cielo," suspiró su madre tomándolo en sus brazos, "¿Qué haces despierto?"
Miró hacia el bosque invernal, buscando a qué le dedicaba tanta atención Yuuta, sus ojos parpadeando al panorama; para luego no desviándose de enfrente.
"Mamá," Yuuta se enganchó de impulso a la blusa de su madre al sentir sus brazos rígidos y tensos. "¿Qué son esos?"
Corrió tan rápido en cuanto el estruendo tomó fuerza. Los árboles se desplomaron uno por uno del impacto de la estampida. Una tormenta resultante de nieve envolvió el paisaje en una corriente de embestidas y caos chocante; el impacto se repetiría cerca de la cabaña.
"¡Shippo!", llamó al zorrito, mientras éste se sostenía tembloroso del poste. "¡Inuyasha!, ¿Qué está pasando?"
"¿Y Kagome?", demandó revisando que la manada estuviera lo bastante lejos del hogar.
"Está con Yuuta," contestó aturdido, "¿de dónde vienen esas cosas? ¡Parecen jabalíes!"
Ambos salieron disparados hacia las habitaciones. "¡Kagome!" exclamó al entrar a la habitación, mirándolos, tanto mujer como niño, hipnotizados por la escena del exterior.
"¿Inuyasha?", volteo a verlo mientras que Yuuta seguía con la vista al frente.
Los acercó hacia él. "¡Aléjate de las paredes!"
"No suelen hacer migraciones a mitad de éstas nevadas", comentó Shippo.
La madera del inmueble crujió y las pisadas de la estampida retumbaron en la estructura de la casa. Uno de los jabalíes dio contra uno de los troncos adyacentes, produciendo un estruendo que tensó a los adultos.
"¡Atrás!", Inuyasha los apartó fuera de la zona de impacto, cuando el tronco terminó por atravesar parte del cuarto dejando una abertura de la casa. Una nube de polvo y nieve se alzó ante ellos. "¡Estuvo cerca!", exclamó Shippo a la ve que las mangas de Kagome cubrían a Yuuta.
"¿Están bien?", preguntó Inuyasha viendo como Yuuta respiraba aturdido.
"Si,", respondió Kagome, "parece que se están alejando."
Las filas de las criaturas se comenzaban a dispersar en la lejanía del valle nevada, dejando rastros de árboles derribados, marcas de pisadas en la nieve y el eco de sus rugidos.
"Creo que Yuuta dormirá con nosotros por un tiempo," suspiró analizando el agujero de la habitación. Posó una mano sobre el hombro de su esposo, "¿Fue eso lo que escuchaste?"
Shippo olfateó el ambiente, "No entiendo, ¿Por qué vendrían hasta acá?"
Inuyasha arqueó los hombros, "No lo sé, pero algo me dice que no fue a dar una caminata nocturna."
"Shippo, lleva a Yuuta al cuarto," lo bajó, pero no sin antes darle una caricia en la frente y dejando que Shippo lo guiara al otro lado. Retomó su lugar a lado de Inuyasha. ¿Crees que pasen por la aldea?"
"No creo", le contestó retirando los escombros de lo que antes era una pared, "le preguntaré a Miroku y a la anciana si habrán sentido algo." Se detuvo a levantar una viga y recoger algo debajo de ella. "¿Te encuentras bien?", le preguntó en voz baja viendo cómo portaba un semblante pálido.
"Estoy casi segura que algo los perturbó," suspiró entrecortadamente, "pude sentirlo, y Yuuta también, tú, viste cómo se les quedó viendo, estoy segura que tendrá pesadillas-"
Puso la palma de su mano sobre su mejilla y la miró detenidamente, asegurándose que solo lo mirara a él. "Sigues sin escucharme, tonta", la envolvió en sus brazos mientras las manos de Kagome haciendo puños sobre su ropa. "Te pregunté si estabas bien".
Sus músculos se relajaron, "Si, gracias a ti."
"Keh, ahora ve a descansar por que no será Yuuta quien tenga pesadillas", declaró observando el juguete en sus manos. Kagome se separó del él y también miró el pequeño perro de madera, casi desbaratado. "No me iré sin ti."
"¿Alguien tiene miedo todavía?", cuestionó arqueando las cejas.
"No", dijo tomando el juguete y jalando de su mano, dirigiéndolo a la habitación principal, "tú me ayudaras a dormirlos o yo no podré dormir".
Inuyasha dejó salir un gruñido exasperado.
Para cuando el sol se había elevado sobre el valle, Rin ya estaba por despejar sectores de la entrada de la cabaña; cubiertos por la nevada nocturna. "Nieve blanca, nieve blanca, por todos lados se desbanca". Entretenida por la vista del blanquecino relieve, no notó la figura a caballo acercándose hacia el pie de las escaleras al templo.
"Jovencita, busco a quién esté a cargo", el jinete de mediana edad sacudió la nieve que caía sobre la melena de su corcel.
"Buenos días, señor, si busca a la anciana Kaede, puedo ir a buscarla mientras espera adentro".
El forastero bajó de su silla, "Es urgente, pequeña".
"Inusual en estas épocas.", comentó Kaede acercándose a los dos. "Gracias Rin, puedes ir a jugar ahora", se retiró dando saltos en el camino despejado de nieve. "¿Asunto de vital urgencia, dice?"
El caballero hizo una reverencia. "Sacerdotisa Kaede, vengo de parte de los poblados en el oriente."
Kaede soltó un suspiro y sacudió la cabeza. "Eso sí que es inusual. Pase y tome algo de té."
"Tío Kohaku, ¡mira!", gritaron las gemelas con bolas de nieve en las manos. "Es un monstruo de nieve", admiraron su creación invernal y soltaron más risas al ver a Kirara brincar en ella.
"¡Bola de nieve!", exclamó Komori puliendo el monte de copos blanquecino, mientras Yuuta y Shippo buscaban acumular más sobre él.
"¿Una estampida?", Sango selló la canasta de hierbas de su amiga, mientras ésta la miró sin parpadear.
"¿No escucharon nada anoche?", preguntó hojeando más tallos. "La manada prácticamente abrió otro camino hacia el bosque", ambas dirigieron la mirada al pasaje ancho, ahora marcado por los troncos derribados.
"Komori vino corriendo a nuestro cuarto, diciendo que algo fuerte lo despertó", dijo caminando a su lado, "Cuando Miroku y yo fuimos a ver, sólo alcanzamos a ver estallido a lo lejos de donde estaban ustedes. Creímos que Inuyasha había cometido una tontería."
"¿Miyuko y Miyako no se despertaron?", preguntó bajando los canastos en la entrada.
Sango volteo los ojos y movió la cabeza, "Una vez dormidas, solamente un terremoto las levanta. Eso o el olor a dulces."
El taladrado contra madera ahogó el sonido de sus risas. Una vez que Miroku terminó el barniz de lo que sería el nuevo umbral. "No se ve mal, necesitabas ampliar de todas formas, ahora que Yuuta tendrá más compañía".
"¿Tú crees? Se veía bien como antes", musitó dejando caer un tablón de madera y comenzó a masajear sus hombros. Kagome le ofreció un bollo relleno adornado con una sonrisa.
"Y ahora se verá mejor", dijo Kagome admirando lo que sería un cuarto infantil más amplio. "Monje Miroku, Sango, gracias por venir a ayudar. No tenía idea de que los jabalíes eran tan bruscos en manadas."
"Me recuerdan a los lobos sarnosos", replicó Inuyasha dando bocados a su pan.
Miroku descendió de la plataforma y caminó hacia Sango. "Ni lo mencione y ni se preocupe, Señorita Kagome, afortunadamente el daño fue material", puso una mano sobre su barbilla, "sigue siendo un misterio cómo algo así pasó súbitamente."
"Tienen agallas para venir hasta acá a marcar su terreno", espetó Inuyasha.
"¿Y si no fue así?", añadió Kagome, "¿Qué tal si algo los obligó a hacerlo?"
Inuyasha la miró detenidamente. "¿Crees que lo hicieron a propósito?"
Miroku ladeo la cabeza. "Que se deba a algo más bien con su hábitat. ¿Qué opinas, Kohaku?"
"No he visto algo similar. Al menos no como lo describen, si algo sé", formó más montículos de nieve para las niñas, "los jabalíes son criaturas de clima cálido."
Sango retiró la nieve excedente sobre Komori. "Tiene sentido, el invierno no es época para este tipo de comportamientos en animales y demonios, al menos no en los mamíferos de manada."
"Shippo lo mencionó también. Los jabalíes no suelen hacer eso", Kagome abrió los ojos de par en par. "Estoy casi segura que fueron ahuyentados."
"Si así fue", comentó Sango, "significa que algún otro animal o quizá criatura sobrenatural está amenazando su territorio y por eso buscan otros lares."
"¡Más vale que hagan sus disputas a otro lado y no aquí!", espetó Inuyasha. "Cualquier animal cerca lo considero caza y luego cena."
"Y con esa actitud, no creo que se detengan a razonar contigo", dijo Miroku.
"Yo digo que hablemos con la anciana Kaede", declaró Sango, "No creo que debamos tomar esto a la ligera. Si hay algo raro, es mejor saberlo."
"Buena idea, Sango", Kagome fue trotando por la nieve y recogió a Yuuta en sus brazos mientras éste arreglaba su bufanda. "Vayamos ahora."
"¡Mamá, mira! ¡Ya puedo correr más rápido!", gritó tomando la delantera de ellos casi tropezando por la densidad de la nieve. "Tonta, nieve".
"Yuuta", escuchó a su madre llamarlo, "no te enojes con la nieve solo porque no te deja correr".
Las gemelas seguían arrojándose bolas de nieve entre ellas. "¡Una carrera! ¡Vamos, Komori!"
"Shippo, cuida que no se dispersen", dijo Sango.
"Niños, sigan al zorrito", llamó Miroku.
"¡Miroku!", exclamó gritó Shippo despavorido por la estampida de infantes.
A medida que se acercaban, las casas resplandecían por el reflejo del sol sobre el manto blanco. El barullo de las actividades cotidianas de los aldeanos armonizaba con el de los niños hiperactivos y los padres no tuvieron más remedio que apresurar el paso una vez cerca de la cabaña de la anciana Kaede, a quien vieron despedirse a lo que aparentemente era un hombre desconocido. Para cuando llegaron al pie de las escaleras al templo mayor, el forastero ya había galopado hacia las afueras.
"Buen día, jóvenes", sonrió Kaede.
"¡Abuela Kaede!", exclamaron los niños en son de despertador.
"Buenos días, anciana Kaede", expresó su aprendiz, "esperamos no esté ocupada para hablar sobre algo".
"Nunca estoy demasiado ocupada para ustedes y lo saben. Si es por lo de tu estado, Kagome, recuerda la rutina que te expliqué la vez pasada. Y siempre recordarle a Inuyasha que deje de comportarse como un mequetrefe".
Yuuta y los demás niños no contuvieron las risas cuando vieron a Inuyasha armar una mueca. Kagome relajó una sonrisa, "Gracias, pero no es por eso a lo que vinimos".
"¿Quién era ese forastero, señora Kaede?", preguntó Kohaku.
"Lo explico mejor sentada y con un poco de té. Pasen"
"¿Un mensajero de otra aldea?", cuestionó Inuyasha.
Kaede terminó de voltear los carbones de la fogata. "Al parecer, se ha dedicado a preguntar a los demás poblados del valle sobre extraños sucesos, de índole natural."
"¿Algún ataque?", cuestionó Sango.
"Si con 'ataque' nos referimos a estampidas de animales por todos lados, quizá", dijo.
Las expresiones de los jóvenes adultos se cruzaron con ímpetu. Kaede volvió a servir más té a su taza. "¿Sucede algo?"
"¿Estampidas, dijo?", cuestionó Kagome bajando su taza. "Porque a eso mismo venimos. Anoche una manada de jabalíes arrasó cerca de nuestra casa"
"Y se llevó la mitad del cuarto de Yuuta", agregó Inuyasha.
Kaede alzó su ojo bueno. "¡Santo cielo!", la tetera silbó y la anciana la retiró del fuego.
"No entiendo, anciana Kaede, ¿A que vino ese hombre, exactamente?", preguntó Sango.
"La aldea hermana más cercana lo envió por los disturbios que ha habido en sus tierras recientemente, disturbios aún más extraños de lo que creen", relajó su expresión y tomó respiración para lo que iba a decir, se podía escuchar las voces de los niños afuera de la cabaña de donde estaban. "Manadas de animales y demonios han estado trasladándose fuera de sus dominios por razones que aún se desconocen; arrasando con todo a su paso, sea pedazo de sembradío o aldea. Excelencia, a usted le solicitaron algo similar ¿no es así?"
Miroku puso una mano en su mentón, "Esas criaturas no buscaban atacar la aldea, tan solo era un infortunio que estuviera en su camino. Inuyasha y yo sólo tuvimos que desviarlos".
"Para cuando llegamos, no queda rastro de ellos", musitó Inuyasha. "Solo su desastre."
Kagome dejó salir un suspiro exasperado, "Esto ya es demasiado extraño, ¿animales saliendo en estampidas?, ¿monstruos cruzando aldeas? Algo debe estar ahuyentándolos."
"¿Eso crees? ¿A tantas alimañas así nada más, Kagome?, cuestionó Inuyasha, sus orejas moviéndose a la par.
"Piénsalo, Inuyasha. ¿Qué otra cosa puede ser?", le espetó.
El mitad-bestia la miró detenidamente. "¿Nuevas migraciones?"
"¿A mitad del invierno?", cuestionó Sango.
"¿No es posible?", Miroku miró a Sango. "He escuchado de especies que aprovechan las nevadas para buscar nuevos territorios".
"Pero no los jabalíes, Miroku, son de clima cálido", le contestó su esposa, "Además, ¡ellos no migran?"
"¿Entonces van a decirme qué es para que llegue a importarnos?", vociferó Inuyasha.
"O quién…", susurró Kagome. Sintió como las miradas de la habitación estaban puestas en ella después de eso. "Es decir, puede tratarse de alguien."
Kaede aclaró su garganta. "Debe tratarse de alguien con poder sobre las leyes que rigen a estas criaturas. No me imagino qué ser podría ser, Kagome"
"No es necesario imaginarlo", dijo Kagome levantando la mirada. "¿No se acuerdan de esa mujer que vino hace tiempo?"
Inuyasha y Miroku alzaron las cejas. Sango miró a su amiga.
Kagome asintió. "A medida que se acercaba a la aldea, los animales comenzaron a comportarse extraño. Tiene sentido, y ya siento que se traía algo entre manos desde ese día."
"No es necesario entrar más en pánico", dijo Kaede, "ahora solo hay que estar alerta. El mensajero solo me aconsejó guardar refugio hasta la primavera y por supuesto, me encargó preguntarle a usted, Excelencia, si se encontraba dispuesto a ir la próxima semana por la cuestión de las bendiciones y precauciones de la temporada."
"Deje consulto con la señora de la casa y con gusto salgo", expresó Miroku.
"De acuerdo", dijo Kaede levantándose de su lugar, "Kagome, tengo otro canasto para que practiques tus recetas de ungüentos y preparados".
Kagome tomó en sus brazos el paquete, flexionando sus codos para equilibrar el peso. "Voy mejorando, anciana Kaede, ya puedo elaborar pasta de jengibre y lavanda. ¿Qué sigue?"
Kaede sonrió, "Ajo y endrina".
Inuyasha frunció el ceño y arrugó su nariz. "Yo me largo. Iré a revisar a Yuuta."
"Ya quiero ver su cara cuando prepares con albahaca y mandrágora, Kagome", dijo compartiendo un guiño con su pupila ruborizada.
"Nosotros también nos retiramos", sugirió Miroku a Sango, "antes de que las gemelas exterminen a Kohaku"
"¡Yuuta! ¡Más despacio!", gritaron las gemelas empujando sus esferas de nieve. Komori se entretenía con Kohaku sintiendo el relieve de la nieve en sus manos; la prominencia del paisaje les permitía tomar tanta nieve necesitaban en sus manos y sentirse sumergidos en dunas pálidas y gélidas.
Yuuta puso fuerza en las suelas de sus pies recubiertos de tela acogedora para frenar su paso, una vez que escuchó el llamado de sus primas para alcanzarlo. "Me dijeron que quién corriera más rápido ganaba".
"Pero corres mucho", dijo Miyuko entre jadeos, "Juguemos algo más."
"¿Cómo qué?", preguntó su hermana. "¿A las escondidas? ¿Perseguir a Yuuta y quien le toque las orejas gana?"
"¡No!", declaró Yuuta ruborizado.
"¡Ya sé!", gritó Miyako, "Hagamos bolas de nieve enormes, así de enormes, y deslicémoslas al río. La primera bola que llegue al río, gana."
"¡Gran idea, Miya!", expresó Miyuko. Yuuta resopló, "Pero, en el rio hay agua."
Las gemelas sonrieron de par en par, "¿No sabes lo que pasa con el rio cuando hay nieve?" Lo tomaron de ambas manos y tiraron de él, dirigiéndose hacia el puente.
"¿Por qué tengo que ir a eso también, monje?", espetó Inuyasha con una mirada fulminada.
"¿No dijiste que te avisara cuando requiera de tus servicios, amigo?", preguntó saliendo de la entrada de la cabaña de la sacerdotisa.
"¡Para exterminar monstruos! No ponerme a rezar cómo anciano."
Sango observó las capas de nieve sobre las casas, "Si lo que dijo ese mensajero era cierto, puede que se trate de algo más que problemas de territorio."
Miroku asintió, "Y más si tiene que ver con esa visitante nuestra", alcanzó a percibir la risa de su hijo menor a lado de su tío formando diseños en la capa blanca a sus pies.
"Oh, ¿terminaron de hablar con la anciana Kaede?", Kohaku se levantó de su sitio ayudando a sacudir los copos sobre Komori.
"Veo que no se divierte lo suficiente", expresó Sango levantando a su hijo, "La nieve de hoy es más densa, rara vez distingo que hay debajo de tan grandes cantidades."
"Ni que lo digas", dijo Kohaku, "Hace un momento, las gemelas jugaban a cavar túneles de nieve, no lograba encontrarlas."
Kagome ajustó la canasta en sus manos, "¿Y Yuuta, Kohaku?"
"Con ellas, no parecían cansarse."
"Qué lindo, pero veo que ya es hora de ir a almorzar, ¿no crees, Inuyasha?", vio a su esposo enfocando sus sentidos en todas direcciones. "¿Inuyasha?"
"Kohaku, ¿hace cuánto que juegan a los túneles?", espetó el hibrido.
"Hace un rato, creo, cambian de juego muy seguido,"
"Será mejor que no hayan dejado de jugar a eso…"
"¿Por qué?", cuestionó Kagome acercándose a él.
"Porque no los huelo aquí."
Yuuta marcó su pie firmemente en la orilla del precipicio, viendo la extensión del plano cubierto por la nieve que se inclinaba hasta el rio, ahora solido por la temperatura.
"El tío Kohaku dice que se pone tan duro, tan duro que puedes incluso caminar sobre él", dijo Miyako acumulando más nieve para las esferas a lanzar. "Dice que incluso los peces se congelan."
"¿En serio?", preguntó ladeando sus orejas.
"¡Claro que no!", negó Miyuko, "Mamá dice que aun hay agua, solo que muy abajo."
"¡No seas tonta, Miyuko!", le espetó su hermana, "¿Cómo puede haber agua si está duro, y nada se mueve?"
Yuuta se retiró de la orilla, "Oigan y si mejor hacemos algo más."
"No le hagas caso, Yuuta, yo sé que está duro", expresó Miyako, "Ya saben las reglas, la esfera que llegue primero allá abajo, gana."
En el segundo que le tomaba acercarse a su montículo de nieve moldeado, la suela no pisó la superficie de la orilla que tenía que tocar. La reacción de sus brazos lo hizo respaldarse en la tierra inclinada, jalándolo hacia el fondo del barranco nevado, y alcanzando vagamente las voces agudas de sus primas gritando su nombre y palabras de precaución.
