El impulso del resbalo jaló su peso por toda la cuesta. Sus pequeñas manos maniobraban de una forma u otra para que pudiera frenar el impacto hasta que, por fin, todo dejó de dar vueltas y los principios de un mareo atiborraban su cabeza y estómago. El chillante llamado de las gemelas a la distancia apenas hacía eco en sus oídos, pues el frío en sus palmas contra la superficie plana y gélida lo mantuvieron confundido. Ambas niñas, se deslizaron por la pendiente hasta detenerse cerca de la orilla, apoyándose en una roca. Sus pares de ojos se concentraron en el visiblemente desconcertado niño, hincado sobre el plano cristalino del rio. "¿Estás bien?", gritó Miyuko.
"¡Te dije que estaba duro!", le comentó su hermana.
Yuuta trató de equilibrar sus manos mientras estiraba las rodillas. En su intento por levantarse, se percató del cosquilleo de su espalda al erguirse. Lentamente, movió la planta de sus pies hacia la orilla. "¡Te vamos a ayudar, Yuuta!", escuchó a Miyako declarar. Aún aturdido, pudo ver cómo se preparaban para socorrerlo. Su intención fue frustrada mucho antes de acercarse más a la orilla por una consternada voz.
"¡Oigan!", escucharon a Shippo gritar mientras se acercaba dando saltos. "¿Qué están haciendo aquí en- ¡¿Qué pasó?!" El zorrito se detuvo frente al río. Su cabeza rotando entre las gemelas y el niño sobre el hielo.
Las gemelas se señalaron una a la otra. "¡Yo no fui!"
Shippo (y su cola) zumbaron de nervios. "Vine en cuánto noté que dejaron de perseguirme. ¡Sus papás los están buscando! ¿Cómo llegó Yuuta al rio?".
Al escuchar esto, las gemelas dejaron sus acusaciones mutuas de lado. "¡¿Mamá y papá?!"
Shippo se trasformó en un globo rosa y comenzó a flotar. "¡Ustedes quédense ahí!", les dijo mientras se mantenía en el aire en dirección a donde estaba Yuuta. El pequeño mitad-bestia había cesado su deslice sobre el hielo, esperando que Shippo pudiera hacer algo para sacarlo de ahí. Apenas lograba sostenerse sobre la superficie del hielo, perturbado por el chasquido bajo sus pies. En lo que demoraba un momento para que de nuevo sintiera el escalofrío en sus brazos y espalda, Shippo ya se encontraba sobre él.
"¡Trata de sujetarte!", le dijo descendiendo para que Yuuta pudiera alcanzarlo. Estiró su mano, aliviado de pronto salir de ahí, de no ser por las siguientes palabras que las gemelas gritaron.
"¡Yuuta! ¡El hielo!"
Bajo sus pies, la capa helada se agrietó aún más hasta que un mosaico de líneas se formó. Sintió el agua gélida mojar su calzado y por inercia cerró sus ojos. No duró ni un instante cuando se dio cuenta que no llegó a empaparse más, gracias a que Shippo había logrado sujetarlo antes de hundirse. El zorrito flotó por unos momentos antes de planear hacia la orilla más seca, donde se encontraban Miyuko y Miyako. Ambas se apresuraron al lado de Yuuta, quien no dejaba de observar el sitio sobre el rio donde solía estar parado. Ahora era un hoyo profundo y quebradizo sin fondo. Escuchó a Shippo suspirar de alivio.
"Eso estuvo cerca", dijo regresando a su forma como zorro, "Es un alivio que haya llegado a tiempo". Se irguió frente a los tres y cruzó los brazos. "Los niños no deben jugar cerca de ríos congelados. ¿Qué dirían sus papás si los vieran?"
Miyuko y Miyako se miraron una a la otra, "Tú aún eres un niño, hermano Shippo".
"Sigo siendo mayor que ustedes y tengo que cuidarlos. Ya no importa, lo bueno es que están bien los tres." Declaró, "Si sus papás hubieran estado aquí, créanme que estarían en más graves problemas".
"No le dirás nada a mamá y a papá ¿verdad, Shippo?", imploró Miyako.
"¡Ni a nuestro tío y tía!", añadió Miyuko.
"Cómo hermano mayor de todos ustedes, debo ser responsable y enseñarles la virtud de ser valientes y respetuosos". Ambas esperaron su decisión para una reprimenda, "Por lo que tienen suerte, he decidido no decir nada de esto a los adultos." Si Inuyasha y Kagome se enteran que Yuuta estuvo a punto de caer a un rio congelado estaré en problemas. ¡Inuyasha arrancará mi colita!, pensó. Las niñas suspiraron de alivio. Miyuko procedió a ayudar a Yuuta a levantarse, cuando sintió el cuerpo del niño tensarse.
"¿Todavía tienes frio, Yuuta?", preguntó Miyuko.
"¡No, tonta! Le duelen los pies.", le gritó Miyako.
"Ambas están mal…", titubeó Shippo con la mirada hacia el rio. Las gemelas olvidaron por completo su discusión y se aferraron a Yuuta, incapaces de mover sus ojos del frente. Del agujero en el rio, habían emergido dos garras negras con escamas seguidas de un torso voluminoso y un perturbador olor a pescado y alga. Los cuatro sólo podían observar paralizados por unos instantes, cuando los gritos de las gemelas a la par los aturdió y resonó en toda la tierra.
"¡Fuego de zorro!" gritó Shippo envolviendo en una llama verde-azulada a la extraña criatura. Ésta no pareció afectarle el ataque y continúo en su intento por salir del rio helado, destrozando la capa sólida.
"¡Niño Lija Trituradora!", gritaron Miyuko y Miyako. La criatura seguía acercándose cada vez más hacia ellos. Yuuta sacudió su cabeza y se irguió, actuando como escudo frente a las gemelas. Miró cómo las llamaradas de Shippo no lograban calcinar a la criatura y sus dedos temblaron, alzó sus garras frente a él. Si tan sólo pudiera…
Escuchó a las gemelas aullar en sus oídos. El zorro no había podido hacer daño alguno al ser de las profundidades gélidas. Temblando, se alejaron corriendo para trepar la pendiente cuesta arriba, fuera del alcance del monstruo. Shippo siguió lanzando bolas de fuego mientras Yuuta y las gemelas aprovechaban para escalar lejos de ahí. En su experiencia fue más sencillo bajar, pues no lograban que sus manitas se sujetaran en el terreno nevado y resbaladizo.
"¡Miyu~! ¡Más rápido!", chilló Miyako tirando y empujando el kimono de su hermana, quien se encontraba enfrente de ella, subiendo la cuesta.
"¡Harás que nos caigamos!", le respondió Miyuko.
Yuuta soltó un quejido. Trataba de empujar por detrás de ellas, pero su constante barullo le imposibilitaba pensar con claridad. El zumbido en sus orejas volvió. Estuvo a punto de gritarles que se dieran prisa cuando el estallido de pedazos de madera los aturdió. Los trucos mágicos de Shippo fueron bloqueados por los brazos del monstruo.
"¡Ninguno de mis ataques funciona!", tembló Shippo. Entonces pensó en algo más por hacer. Lanzó su trompo giratorio sobre la cabeza de la criatura y dio media vuelta corriendo hacia los infantes quienes aun hacían esfuerzo por subir cuesta arriba; los pasó de largo hasta estar más elevado y jaló a las gemelas con todas sus fuerzas. Yuuta cesó de pujar cuando sus oídos volvieron a zumbar. Dio un vistazo hacia arriba y notó que Shippo aún no podía halar de las niñas, pues estas aun disputaban entre ellas. Por un instante le inquietó saber de dónde salió el rugido que emergió de su garganta, pero lo olvidó cuando sintió el peso acumulado en sus brazos al impulsarlos. Había logrado empujar a ambas niñas lo suficiente para que alcanzaran la orilla del risco y cayeran sobre Shippo. Sin embargo, tal acción lo jaló de vuelta al fondo del peñasco, junto a un trompo en miniatura de juguete que yacía tirado junto a él.
Sintió el aliento asfixiante cegarlo, mientras el Niño Lija Trituradora se erguía frente a él. Una garra alzada en pleno aire. Otro grito por parte de las gemelas lo paralizó y cerró los ojos. Lo que pasó enseguida no tuvo otro efecto más que plasmar otra onda de chirridos en sus oídos y la sensación de ser levantado en el aire por un brazo fuerte acompañado por un olor familiar que calmó sus nervios. Cuando abrió los ojos, casi por instinto se aferró a una tela roja que lo envolvía.
"¡Keh! ¡Sabandija sin vergüenza! ¿No sabes que comer niños es malo para el estómago de un monstruo?", escuchó a su padre gruñir. La criatura se preparaba para otro golpe.
Miroku y Sango se acercaron prontamente a donde se encontraban las gemelas y Shippo. Kagome ya se encontraba en el borde, suspirando de alivio al ver a su hijo en brazos de su esposo.
El monje y la exterminadora se acercaron a sus hijas, "¿Están bien las dos?", cuestionó su madre.
"¡Solo queríamos jugar con la nieve-!", titubeó Miyuko.
"¡-pero luego Yuuta se cayó!, agregó Miyako.
"¡No fue nuestra culpa!", ambas sollozaron finalmente.
Shippo intentó calmarlas, "¡Vine por ellos en cuanto se fueron de mi vista y esa cosa salió de la nada!"
Todos los adultos tenían la expresión pasmada al ver detenidamente la criatura, nada como lo que habían visto antes, eso era seguro. Inuyasha aseguró en su brazo a Yuuta cuando notó que Kagome se acercaba al peñasco. "Él está bien, Kagome, quédate donde estas", dijo mirando atentamente su abdomen.
La criatura volvió a rugir e Inuyasha chasqueó sus dedos. "¡Garras de acero!", antes de que el monstruo lanzara otro ataque, las cortadas ya lo habían rebanado hasta caer al rio. "Ahora regresaras al agujero de donde saliste", murmuró y en otro instante, ya no había criatura atemorizante. Observó al infante que respiraba entrecortadamente contra su tela y se dirigió a donde Kagome los esperaba a ambos visiblemente perturbada. "¡Qué alivio!, exhaló extendiendo sus brazos para recibir a Yuuta, "¿Estás bien? ¿No te lastimaste?", el pequeño solamente sacudió su cabeza, aferrándose a la blusa de su madre.
Miroku mantenía la mirada en el rio. El ataque de Inuyasha fue suficiente para partir a la criatura y por lo visto, su cadáver se había hundido en el ahora fluyente caudal con algunos trozos restantes de hielo. Sango revisó los kimonos manchados y cubiertos de nieve de las gemelas, quienes no dejaban de sollozar. La exterminadora las envolvió en sus brazos. "Eso fue peligroso, niñas". Ambas asintieron y limpiaron sus rostros con sus mangas, "Shippo llegó a tiempo, mamá", dijo Miyako.
Su hermana asintió ante sus palabras, "Sólo queríamos jugar aquí cercas, no allá," apuntó abajo donde habían caído, "Pero entonces, Yuuta r-resbaló y quisimos ayudarlo, ¿verdad, Miya~? Pero luego Shippo llegó y le pedimos q-que no dijera nada y sacó a Yuuta del rio antes de que se cayera." Miyako asintió con más fuerza esta vez, "¡Sí! Y-y luego e-el Niño Lija Trituradora salió y nos dio m-mucho miedo", ambas dirigieron la mirada a su primo, "Pero Shippo entonces lo atacó."
Los adultos escucharon atentos su narrativa. Kagome se concentró en calmar a su hijo. Sango miró a su esposo y éste suspiró, inclinándose ante ellas también, "Correr y jugar cerca de un rio congelado fue más que peligroso. Yuuta por poco se lastima y ese monstruo casi-," cortó al ver los rostros marcados de lágrimas de sus hijas. "Su madre y yo no queremos ni pensar qué les pudo haber ocurrido."
"Esa cosa ya no amenazará a nadie", les dijo Inuyasha mientras veía como Kagome tranquilizaba a su hijo.
"Hablando de", dijo Miroku irguiéndose, "eso debió ser una especie de reptil de agua dulce. No me imagino otra criatura con la capacidad de sobrevivir bajo el agua a estas temperaturas y con un apetito de lo que esté su alcance."
"Eso explica por qué los niños lo confundieron con un monstruo de cuentos", agregó Kagome. Las gemelas intentaron refutar, "¡P-pero sí era, papá!"
Miroku ajustó su báculo, "Suficiente, niñas, el Niño Lija Trituradora no existe. Es sólo un cuento para los niños que se portan mal. Ahora, a casa. Su hermanito y su tío se preguntarán donde han estado."
El sol ya se había puesto más allá del horizonte. Sin embargo, la noche trajo una leve nevada ésta vez, más una brisa lo suficiente gélida para quererse arropar más para dormir. Después del incidente en el rio, los adultos hablaron por un rato más hasta que los niños admitieron estar cansados y deseosos de ir a dormir. Por caminos separados, cada familiar se dirigió a sus respectivos hogares. Yuuta no había dicho ni una sola palabra desde su experiencia sobre el rio congelado, pero fue su madre quien se encargó de aminorar su miedo sirviéndole una cena caliente y vistiéndolo de prendas abrigadoras. Inuyasha, absorto en sus pensamientos desde que logró retirar a su hijo del peligro, solamente se dedicó a observarlos a ambos. Entonces pensó en lo que seguiría después, pues en un abrir y cerrar de ojos, el vientre medianamente abultado de Kagome crecería hasta ya no serlo más. Ahora con una luna creciente en la cima del cielo estrellado, Kagome deslizaba un pincel con gracia sobre el papel. Las orejas de Yuuta moviéndose al son del frote de las hebras entintadas viendo las líneas delgadas tomar forma y significado.
"Árbol," dijo dedujo Yuuta.
"Correcto," dijo Kagome. Deslizó de nuevo el pincel y con dos flexiones de muñeca lo retiró del papel. "¿Y aquí que dice?"
Yuuta puso sus manitas juntas y las colocó frente a su boca, apretando los labios. Segundos después, exclamó, "¡Casa!"
¡Bien hecho," lo felicitó. La puerta principal se abrió e Inuyasha y Shippo entraron sacudiéndose la nieve. "¡Listo, Kagome!" dijo Shippo dando saltos hacia ella, siendo cuidadoso cerca de su vientre. "Ya guardamos lo que nos pediste. Hubiera sido más rápido si Inuyasha no hubiera golpeado ese árbol", dijo cruzando sus brazos.
"Enano travieso," dijo Inuyasha a regañadientes, "Fuiste tú quien dijo que había algo escondido ahí." Shippo se escudó detrás de Kagome, "No es mi culpa que no hayas escuchado a tiempo que fue falsa alarma. ¿No que los perros tienen buen oído?"
Se sacudió el resto de la nieve y gruñó. "La próxima vez te lanzaré a ti como carnada." Shippo sacudió su cola, "¡Pero dije que no era cierto!"
"Así nos aseguramos,", se burló.
"¡Perro!"
Inuyasha volteó a ver a su esposa e hijo trazando caracteres en papel pergamino, apenas seco. "Es su hora para enseñarle palabras," le explicó Kagome. Yuuta soltó una risa colmilluda y señaló con su garrita el trazo. Inuyasha dobló sus brazos frente a él, "¿Ya se divirtieron?"
"Solo si te sacudes fuera del umbral, acabo de limpiar," le comentó guardando algunos papeles, "Guardaré estos, Yuuta, para que podamos practicar otro día, lo hiciste muy bien". Shippo le ayudó a guardar los demás utensilios de tinta. Kagome respiró profundamente y exhaló, "Qué suerte que se nos ocurrió guardar la comida."
"¡Era mucha!", expresó Shippo bostezando, "Yo guardé los pepinos."
"¿Te agotaron esos pepinos?", preguntó la sacerdotisa secando los pinceles. El zorrito asintió adormilado, "Debo restaurar mis fuerzas. La próxima semana me pondrán a prueba para el siguiente nivel." Kagome terminó de sellar la tinta, cuyo aroma mantenía pasmado a Yuuta. Apoyó su mano sobre la mesa y flexionó su pierna hacia el frente. Yuuta observó cómo al instante su padre la había levantado con cuidado.
Su nueva habitación era tan espaciosa que, a su parecer, podía correr en círculos cómodamente. La madera era más lisa y brillante, y ahora con el invierno, helada al tacto. Ya no había ventana, al menos no como la que tenía; en su lugar un ventanal con puerta corrediza le permitía ver las afueras del inmenso bosque y la copa del Árbol favorito de sus padres. Lo que más le extrañaba era que para abrirla, debía jalar un pequeño manubrio en el marco lo cual, de acuerdo a su madre, era por su seguridad. Él y Shippo, cada que éste volvía de sus entrenamientos, dormían lado a lado en sus colchones sobre una base de madera arriba del piso. No pudo evitar deslizar su mirada sobre cada rincón, deteniéndose eventualmente a observar un mueble a pocos metros de él. Una cuna con sabanas limpias.
"Listo," susurró Kagome terminando de envolverlos con las mantas, "a lo mucho y amanecerán más tostados que unos rollos de arroz." Shippo se acomodó y estiró sus brazos y cola, "Es casi tan cómodo como la bolsa de dormir que traías cuando viajábamos," Ella sonrió, "Shippo, no puedo creer que lo recuerdes." Shippo asintió somnoliento, "Era tan cálida."
Yuuta sintió la mano de su madre acariciar su frente, "¿Ya estás mejor, hijo?" Él asintió lentamente. Kagome le siguió la mirada, "Es muy pequeña" dijo Yuuta.
"Ahí solías dormir cuando naciste", le contestó su madre. Shippo bostezó, "Al nacer, todos somos pequeños, para luego ser grandes." Yuuta ladeo sus orejas, "Soy grande ya, ¿verdad mamá?"
"Lo eres," le dijo suavemente acariciando sus orejas y extendiendo un brazo para tomar cierto juguete tallado y se lo entregó a Yuuta, "Y lo serás aún más. Ambos lo serán." Puso su mano sobre el vientre y se levantó para salir del cuarto, con la lámpara de aceite en su mano. Se detuvo en el marco de la puerta cuando escuchó a Yuuta llamarla. Ella volteó a verlo. "¿Si, hijo?"
"¿Papá se irá otra vez?"
"Si, pero por unos días nada más," Yuuta parecía pensar en sus palabras, "Sabes que vuelve pronto."
Yuuta ahora jugaba con el borde de la manta sobre sus pies, su mirada concentrada en el perro tallado en sus manos. "¿Por qué preguntas?", escuchó a su madre preguntarle.
"E-es que," susurró moviendo sus orejas, pensando por dónde empezar. El tan solo considerar preguntar a sus padres hacía temblar sus dedos.
"¿Yuuta?" Sacudió su cabeza al escuchar su nombre.
"Yo sólo quería que le dijeras a papá, para que le dijera a Tío Miroku y a Tía Sango que lo que pasó en el río no fue culpa de Miyuko y Miyako, para que no se enojen con ellas."
Kagome parpadeo y sonrió, "Está bien, cielo, ¿eso era lo que querías decirme?"
Yuuta asintió firmemente. Su madre le dio las buenas noches y cerró la puerta detrás de ella. La habitación se llenó de los rayos que salían de la ventana y su cortina, junto con los sonidos de la noche. Yuuta yacía aun sentado en su colchón. "¿Papá y Tío Miroku pueden ir a donde quieran porque son grandes, Shippo?, volteo a ver al zorrito, pero éste ya se encontraba roncando. Yuuta siguió mirando su juguete y luego a la cuna. Bostezó y talló sus parpados. Dejó que el cansancio lo hiciera recostarse. Alzó en el aire su perrito de madera y observó sus garritas, "Será otro día, amigo," le susurró a su figura de madera. "Pronto ya no tendré miedo," bajó su muñeco y lo puso a lado suyo, "seré fuerte, y-y valiente," bostezó y cerró los ojos, "igual que papá."
Dejó reposar su espada en el lugar de siempre. Miró a su esposa regresar de la habitación infantil y cambiar sus prendas de sacerdotisa por unas más acogedoras para dormir.
"Ya me siento acostumbrada a usarlo de éste tamaño," dijo abrochándose el camisón amplio que le permitía cubrir su vientre en crecimiento. "Ayuda el hecho que ésta tela sea tan suave."
"No lo usaste hace tiempo," preguntó
"Cuando esperábamos a Yuuta," le contestó cepillando su cabello, contemplándose en el espejo. "Sango me la dio, supongo que esperaba no volver a usarla."
"Keh, fue ella la que le prometió a Miroku hasta veinte niños cuando el libidinoso le propuso." Kagome no pudo suprimir una carcajada, "La gente cambia de parecer a veces."
"Ustedes, mas bien.", dijo recostándose en el colchón, sus brazos detrás de su cabeza. Kagome lo miró desde su espejo, "Nosotras no somos las únicas." Guardó su peineta y caminó para sentarse en su lado del colchón. Siempre con una mano en su vientre. La lámpara de aceite era la única fuente de luminiscencia y el silbido del viento la única voz. Ultimadamente, fue Kagome quien reemplazó esa voz.
"¿Inuyasha?"
"¿Hn?"
"La anciana Kaede me sugirió que empezara mi descanso prenatal en unas semanas". Inuyasha pestañeo. Kagome suspiró, "Es decir, quedarme a reposar en lo que mi vientre crece más."
"¿Y eso para qué?"
Kagome exhaló un soplo de aire, "Inuyasha, tengo casi dos meses con una criatura en mi interior que en cualquier momento me hará devolver las comidas, torcerá mi cadera, alterar mis humores de alegre a triste y de triste a enfadada, sin mencionar que en cuanto sienta que ya quiere conocernos, desgarrará mi parte baja y sólo tú más que nadie sabe que palabra gritaré cuando pase, ¡¿y tu estas preguntando por qué?!"
Inuyasha no pudo evitar tartamudear. Rogó por una respuesta para no detonar a Kagome en su estado. Estuvo a punto de arriesgarse a decir algo cuando el ceño fruncido de su esposa se derritió al iluminarse su rostro y lo interrumpió, "¡No me acordaba! ¡La luna nueva ya va a llegar!"
Soltó un suspiro exasperado y en su mente agradeció el repentino cambio de humor. "Es hasta dentro de tres días," dijo recargando su espalda contra la pared, acercándola hacia él.
Ella recostó su cabeza en su hombro, "Lo bueno es que será antes de que tú y Miroku se vayan." Estuvieron por unos momentos que parecían alargarse, hasta que una risa los cortó.
"¿Ya ahora de que te ríes?", preguntó confundido.
"¡Hubieras visto tu cara hace unos minutos!", dijo entre carcajadas, "¡Pensé que ibas a salir despavorido!"
"¡No es gracioso! Ustedes las mujeres son raras cuando se ponen así."
"¿Y de quien es la culpa?", lo miró atentamente mientras masajeaba una de sus orejas. Inuyasha tomó su mano y la retiró de su cabeza, "Tuya y mía no," le susurró acariciando su tersa mano. Kagome entrecerró lo ojos, "Lo sabía." Inuyasha arqueo una ceja.
"Siempre que haces esto," le contestó entrelazando su mano con la de él, "es porque buscas aprovecharte de mi lado bueno," su otra mano jugaba con el collar de cuentas.
"¿Y? Debo aprovechar esos raros instantes, ¿no lo crees?", le susurró retirando su mano de su collar para también entrelazarla. Kagome se río y contempló como sus manos se conectaban entre ellas. Tomó nota de las diferencias en ambas manos. Cómo las de él eran más grandes, ásperas, pero en las manos de ella, cálidas al tacto. Unas garras que fácilmente podrían destajar hasta huesos, pero gentiles cuando se trataba de acariciarla.
"¿Kagome?"
Esas eran las diferencias que le fascinaba. La diferencia que también sostenía a su hijo y lo rescataba del peligro…
"¿Kagome?", volvió a llamarla. Sus manos todavía entrelazadas.
"Aún tenía miedo," dijo por fin sin retirar la mirada de sus manos. "Tuve que distraerlo con sus lecciones de caligrafía, ¿sabes? Lo distraen, lo suficiente para que al menos pudiera dormir tranquilo después de-" su voz se ahogó. Inuyasha desenredó sus manos y la acercó más a él. "Entendí cómo se sintió," le dijo masajeando su brazo, consolándola. "Y no fue el único." Kagome levantó su cabeza y lo miró fijamente. "Inuyasha…"
"Tuve miedo de que algo le pasara," susurró bajando la cabeza, "Sentí ese mismo escalofrío intenso que aquella vez que creí que habías muerto."
Ella puso una mano sobre su mejilla, "Sabia que no era la única. Por cierto," él volteo a verla, "Yuuta me pidió que te dijera que no fue culpa de las gemelas, para que se lo digas al Monje Miroku y a Sango."
"¡Keh! Eso lo sé," dijo tomando las sabanas para cubrirlos a ambos, "Era Shippo quien debía cuidarlos. Yuuta sabe que no debe alejarse de donde lo dejamos."
"Shippo no pudo saberlo, se escabullen muy bien. Aparentemente las gemelas querían jugar a algo cerca del rio," le contestó, "estoy casi segura que de ahora en adelante no querrá desobedecer a mamá o papá," recostó su cabeza en su pecho. Un brazo la acobijó.
"¿Casi?" cuestionó Inuyasha notando que su esposa comenzaba a dormitar. Cuando supuso que ya se había dormido, arrimó más mantas sobre ella y se reacomodó también. Él entonces dejó recaer su mejilla sobre su cabeza y comenzó a roncar.
Yuuta se despertó por un suave mano sobre su hombro. Talló sus ojos medio dormidos y vio su padre hincado junto a su colchón. "¿Dormiste bien, pequeño?"
Yuuta se sentó en su lugar y asintió con una sonrisa adormilada, rascó su cabello azabache, "Él me ayudó a dormir bien," dijo tomando a su perrito de madera.
Su padre le sonrió, "Me alegra, oye, ¿qué te parece ir a explorar antes de desayunar?" Yuuta parpadeo un par de veces y miró a través de la ventana. El sol estaba apenas saliendo. "¿Por qué?, le preguntó.
Inuyasha le dio una distintiva sonrisa, "Hay algunas cosas que solo ocurren al amanecer, no te las querrás perder ¿o sí?"
El pequeño sacudió su cabeza. "¿Mamá va a venir también?"
"No esta vez."
"¿Y Shippo?", dijo señalando al zorrito profundamente dormido.
"¡Keh! El enano no despertará hasta después," tomó un cambio de ropa limpio y sus sandalias. "¿Qué dices?"
Yuuta sonrió abiertamente. Terminó de cambiarse y ambos, padre e hijo, se dirigieron en silencio hacia la puerta principal. Yuuta se detuvo en la entrada, "¿Mamá sabe que saldremos?" Inuyasha se tensó y tomó la mano de su hijo, "No es necesario porque, regresaremos antes de que lo sepa, no creo que quiera despertarse de un susto".
Dentro de la cabaña recién tocada por los rayos de un brillante amanecer, una mujer entrecerró sus ojos por el destello. Se irguió y esperó el descanso avivarla. Lo cual no pasó. Su mano fue instintivamente a su abdomen, se sentó y trató de descifrar ese espasmo y la humedad en su espalda baja. Lo que sucedió después hizo que diera un grito ahogado que logró tapar con su palma, por temor a despertar a otros. Con una mano temblorosa retiró las sabanas y otro escalofrió amenazó con hacerla gritar. Lo que vio no era a lo que quería despertar ni en sus pesadillas: de su entre pierna y mancillando la manta, solo vio sangre.
Dato curioso:
El Gangikozo o "Niño Lija Trituradora" vive en las orillas de los rios. Agarra a los peces y se los come. Sus dientes son como una lijas que pueden triturarlos. No existen fuentes que demuestren su existencia mas que en cuentos y leyendas. Las gemelas le dieron ese nombre al monstruo que los atacó porque a eso les recordaba.
