CAPÍTULO XVIII.

La partera

En respuesta a un comentario: Yuuta presenta un crecimiento más acelerado comparado al de los niños humanos. Se describió en capítulos anteriores pero se aclara en los siguientes.


El viento frio de la mañana lo despertó de golpe. Como la brisa de un abanico, el cosquilleo llegaba a sus orejas con cada salto y trote que daba; vio que a la distancia su casa se hacía cada vez más pequeña.

"¡Ahí está el sol!" anunció Yuuta apuntando hacia donde el cielo y las montañas colindaban, "Mamá dice que se esconde todas las noches para dejar salir a la luna."

Inuyasha caminaba por el sendero pendiente de sus alrededores y del niño. La nieve bajo sus pies comenzaba a verse fina y el prado húmedo de entre las casas de la aldea cada vez más verde que blanco. Sabía que el invierno ya no era tan eterno. Escuchó a Yuuta detenerse en un dónde la nieve era más espesa y lo vio trazar unas líneas con su dedo. "Nieve. ¿A dónde se va la nieve, papá?"

Inuyasha paró frente a un roble sin copos. "Se derrite, como pasa cada año. Supongo que no te gustaría que haya todo el tiempo ¿o sí?"

Un cuervo posó sobre las ramas de otro roble a la distancia. Una de las orejas de Yuuta capturó su sonido. "¡Pájaro!" Pero antes de que saliera disparado a verlo, su padre puso su mano frente a él.

"Siempre debes tener cuidado," Le dijo retirando los polvos de nieve de su pequeña cabeza. "Nunca sabes si puede ser un demonio." Yuuta vio la seriedad en sus ojos y asintió. Giró su mirada hacia el extraño cielo del alba y los sonidos de la mañana. Un segundo después, sintió las garras de su padre jalar de algo diminuto en su cuello y decir "Trata de no moverte, hijo." Volteo la mirada a lo que sea que había agarrado y ambos se sentaron en la base del árbol. "Anciano Myoga," llamó a la pulga atrapada entre sus dedos. "No es costumbre tuya visitarnos tan temprano."

"Visitarlo siempre ha sido buena costumbre, mi amo," contestó la pulga un tanto asfixiada. Inuyasha aflojó su agarre y dejó que su sirviente posara en su palma. "¡Mire que grande está usted, joven Yuuta! No cabe duda que sigue creciendo cada día más y más. ¿te acuerdas de mí?"

"Te aseguro que si, Myoga," respondió Inuyasha. "Ahora dinos a que has venido,"

Myoga aclaró su garganta y le sonrió al pequeño, "Pequeño, ¿Por qué no vas a jugar un rato de aquel lado en lo que hablo con tu padre?" Yuuta miró a su padre y éste le inclinó la mirada. Yuuta trotó en dirección a un montículo de nieve cerca de él, pero lejos de la conversación entre adultos. La pulga continúo, "Sé que su oído está lo suficientemente desarrollado para escucharnos, pero es pertinente una discusión con respecto a lo que ocurre. Se acerca la luna nueva."

"¿No es un poco pronto para eso?"

"Siempre ocurre alrededor de ésta edad. Usted no lo recuerda pues pasó hace mucho, sin embargo, sabe que, con el rápido crecimiento del pequeño, llegará la noche en que sentirá la ausencia de su sangre por primera vez." Myoga entrecerró los ojos, "A solo dos meses de cumplir el año de nacido, ya camina, corre, sus sentidos están alerta y habla al nivel de niños mayores que él, ¿no es así, amo?"

Inuyasha permaneció en silencio, solo moviendo ocasionalmente sus orejas. Myoga prosiguió, "Usted mismo lo ha notado, no lo niegue."

"No lo hago, Myoga-" se paró de su lugar. Escuchó la risa de su hijo vibrando en la cercanía, pero su atención estaba puesta en la aldea. El sol ya se había levantado del horizonte. Yuuta se acercó a él brincando alegremente, sus manos un poco embarradas de tierra.

"¡Mira, papá! Cavé un hoyo grande, ¿papá?"

"Amo Inuyasha, ¿Sucede algo?", la pulga brincó a su hombro. No contestó pues su mirada se concentraba sobre la aldea y los aldeanos que comenzaban a inundar los senderos. Entonces lo vio. Esas personas no emergían de las casas, sino del camino que daba a las afueras desde el oeste.

"Papá," su hijo jalaba de su manga, "Hay que ir a casa. Mamá se enojará si no desayuno." Lo tomó de un brazo y contempló la distancia entre su propia cabaña y la del monje y la exterminadora. Y así, salió en dirección a la aldea.


"¿De dónde dice que viene ésta gente?" cuestionó Miroku a su vecino. Su madrugada íntima se vio interrumpida por el inusual barullo de voces en marcha. Dejando a su familia reposar, emergió de su cabaña y se encontró con una peregrinación de al menos dos docenas de personas; hombres, mujeres y niños de diversas edades que parecían demasiado nerviosos como para detenerse a pensar en los pobres residentes aun dormidos.

"La aldea vecina, su Excelencia," respondió el granjero madrugador. "Sucedió en un instante. Verá, me levanté con el sol como todos los días a labrar mi tierra cuando de repente un zumbido atascó mis viejos oídos. Hace demasiado frio para una plaga, odiaría una plaga dije, así que lo ignoré, pero entonces ya no era zumbido sino voces, voces que se acercaban desde allá, el sendero oeste. ¡Se imaginará! No había visto tanta gente reunida desde los estragos de hace tres años." Volvió a clavar su pala en la tierra húmeda y continuo, "Tal vez sean sólo viajeros..."

"Sería la menor de mis inquietudes," murmuró reacomodando su túnica. La puerta corrediza se movió detrás de él y su esposa salió envuelta en un kimono largo sobre su ropa de dormir. "Sango, creí que seguías dormida."

La exterminadora talló sus parpados somnolientos y sonrió, "Los del sueño pesado son tus hijos, y ambos sabemos que ser discreto no es tu virtud." Miroku suspiró nervioso, "Creí que eran nuestros niños, querida."

"No cuando se portan mal, además, tú no eres lo único que me despertó. Estas personas, no vienen de muy lejos…"

Miroku se adentró a la cabaña y tomó su báculo, "Y algo me dice que no vienen de paso. Querida, si alguien no le avisa a la anciana Kaede, deberé hacerlo yo." Sango alisó algunas arrugas de su manto púrpura. Él entonces le regresó el gesto besando el dorso de su mano y abrió camino entre la multitud.

Sango puso las manos sobre su cadera, "Y le tocaba hacer el desayuno hoy," sintió una presencia un tanto familiar y vio que Inuyasha terminaba de aterrizar a metros de su cabaña. "Buen día a ustedes dos. O tres. Hola Anciano Myoga."

Inuyasha bajó a Yuuta, "¿Miroku sigue dormido?" Sango ladeó la cabeza.

"Fue a ver a la anciana Kaede, quiso averiguar que hacen éstas personas aquí y-" "Bien. ¿Te importa si dejo a Yuuta aquí?", y antes de esperar su respuesta, emprendió vuelo. Sango exhaló y vio al pequeño con la misma expresión que reconocía en su amiga, "Tu madre no sabe que estas aquí ¿verdad?" Sus orejitas temblaron y lo cargó en sus brazos para que ambos entraran en la cabaña. "¿Me ayudarías con el desayuno entonces?"

El área de estar ya se encontraba iluminada por la animosidad de los residentes. Kohaku mantenía entretenido a dos gemelas quienes suplicaban por alimento, pero al instante optaron por saludar a su primo. Dejó al pequeño entretenido con los demás infantes y Kirara mientras le dejaba instrucciones a su hermano para el desayuno. Antes de salir, cambió su atiendo a algo más cómodo para el día y tomó algunas toallas y telas.

"Hombres. Creen que pueden salir y llevarse a los niños sin avisarnos," se rio camino cuesta arriba de la aldea. Habían pasado un par de horas desde el amanecer y el resto de los habitantes de la zona poco a poco se enteraban de los visitantes. Algunos, Sango veía, salían y formaban sus círculos de chisme; otros tendían a sus labores de día ignorando el gentío. Buscó con mirada la cabaña de su amiga de entre los árboles y apresuró el paso. Al llegar al río se detuvo.

En medio del puente vio la silueta de una mujer intentando desesperadamente recoger el contenido derramado de su canasto. Se apresuró a su lado y ofreció ayudarle, a lo que la joven respondió, "Juraría que caminaba un momento, y en otro tiro mis cosas aquí. ¡Lo despistada que es una con la cabeza helada!"

"¿Vienes con ese grupo de aldeanos?" le preguntó.

"¡Oh vaya! ¿Es tan obvio?"

La observó con cuidado. Su kimono la hacía notar como dama noble, pero pasaba desapercibida por la forma simple en que su cabello atado trataba de minimizar su estatus. Su primer pensamiento fue lo desconocida que le resultaba.

"¿Artesana o guerrera?", la escuchó preguntar. Sango negó con la cabeza. "¿Exterminadora, entonces? Lo supuse por la firmeza de tu columna vertebral y tu agarre, aunque parece ablandarse por el uso de utensilios de cocina y el vapor. ¿Madre también?"

Sango arqueo una ceja y sonrió, "Eres muy perceptiva. Supongo que hablas por experiencia."

La joven ajustó su cinturón obi, "No realmente. Veo que te diriges al bosque…"

"Una pareja tiene su cabaña cerca de aquí", dijo empezando a caminar de nuevo. La peculiar doncella imitó su paso y dirección, "Llevaré estas toallas y telas para mi amiga."

"¿Está esperando un bebé?" Sango la volteó a ver. "Lo sé porque es mi trabajo deducirlo. Dime Liú Chan. Soy partera."


"¡Vinieron de la nada!"

"¿¡De la nada?! ¡Del infierno mismo! ¡Arrasaron con mi tierra!"

"¡Ultraje! ¡Esas cosas dispersaron mi ganado!"

"Apenas y tuve tiempo para sacar a mis hijos de la choza, antes de que la destruyeran. Mi esposo no tuvo tanta suerte…"

"¡Fue el cobarde del terrateniente! ¿¡Alguien escuchó acaso la alarma?! ¡Porque no hubo! ¡Prometió que nuestra tierra estaría protegida!"

La multitud rugiente taladraba sus oídos. En silencio agradeció no haber traído a su hijo. Hubiera sido una tortura para él. Entonces pensó en Kagome y en cómo iba a lidiar para explicarle la escapada matutina; le costaba trabajo averiguar qué si era peor que lo de ahora. Miró a Miroku y vio que estaba teniendo la misma dificultad por mantener su serenidad ante el trastornado gentío. Ambos se encontraban afuera de la cabaña de la anciana Kaede, mientras ésta ponía la atención minuciosa, y con eterna paciencia, a sus penas.

"Inuyasha," escuchó al monje llamarlo.

"Sí, éstas personas no huyeron de un ataque cualquiera…" sintió sus propios músculos tensarse. Vio a Kaede calmar al grupo y pidió a los campesinos residentes ayudarlos a reposar en el campo abierto y bajo los granjeros vacíos. Una vez aclarado, se dirigió al monje y a él.

"Su Excelencia, es justo como lo sospechaba," suspiró Kaede dirigiéndose a ellos. "Estas personas vienen de la aldea que solicitó de sus servicios para dentro de cuatro días."

"De nada servirá ir ahora para ese ritual de purificación," murmuró Inuyasha.

"El mensajero de ayer nos lo advirtió. Al final, la aldea vino a nosotros," coincidió Miroku. Puso su mano bajo el mentón y miró detenidamente por donde había entrado las personas a la aldea. Movió su báculo en esa dirección. "Sin embargo, amigo mío…"

"¿No me digas que aun así quieres ir?", espetó.

"Inuyasha, semanas de invierno sin actividad de demonios y esto ocurre, ¿no te resulta extraño? Si es por la noche de luna nueva…"

"¡Keh! No molestes con eso," puso su mano sobre la empuñadura de su espada, "lo que sea que haya pasado,"

"Temo que podría pasarnos a nosotros," continúo Miroku, dejando que su presentimiento se enfriara en el aire.

La anciana Kaede arrastró sus pisadas, "Entre ellos me dijeron que los demonios llegaron y causaron un desastre como cualquier otro, No obstante, ninguno optó por atacar a las personas. Fue como sí su único objetivo fuera apoderarse de la tierra."

"¿Demonios arrebatando tierras de humanos?", Miroku observó el horizonte. Inuyasha apretó el agarre en su espada. No pudo ocultar su inquietud ante la noción. Por unos instantes, nadie dijo otra palabra. Fue Inuyasha quien rompió el silencio.

"Si no hay remedio, monje," suspiró.

Miroku abrió los ojos de par en par. "Eso fue una reflexión decisiva de tu parte, Inuyasha. De acuerdo, habrá que decir a los demás que nuestro viaje se adelantó."

"Será lo único, monje."

"Inuyasha," la anciana Kaede lo observó con detenimiento. "si esto es lo que creo que es, tener cuidado no será suficiente."

"¡Keh! Tenlo por seguro, anciana," respondió. "Averiguaremos que ocurrió allá afuera antes de que se atreva a pisar aquí."


"¿Está…?", titubeó la joven sacerdotisa, su labio inferior temblando por la posibilidad que la torturó al despertar horas antes. Lo siguiente que escuchó fue la voz de Shippo llamándola desde afuera de su habitación, alarmado. Momentos después, fue Sango quién habló tras su puerta corrediza al no recibir respuesta desde afuera. En silencio agradeció el escucharla enviar a Shippo por una cubeta de agua para luego entrar en la habitación. Su amiga hizo el intento por suprimir una bocanada de aire al verla, pero inmediatamente se dio a la tarea de revisarla. Otra joven que la acompañaba se encargó de palpar su vientre y comunicarle del incidente.

"Puede estar tranquila," le susurró gentilmente, "Tu bebé sigue ahí."

Kagome dejó salir un suspiro de alivio tan grande que parecía envolver de calor el aire frio del cuarto. Sango le retiró las sábanas manchadas y las dejó caer en un canasto. "Pero, esa sangre..."

La partera remojó un paño en agua caliente y la puso sobre su frente, "No es lo ideal por supuesto, lo recomendable seria que guardara reposo más seguido. Temo que su labor de sacerdotisa tendrá que esperar."

"¿Cómo supo…?" Sango reacomodó el cojín de su amiga y respondió, "Es bastante intuitiva, creo que supo ti antes de que le dijera tu nombre"

"Aun así," Kagome sonrió, "Le agradezco que acompañara a Sango, siento que ya estoy en mejores manos."

"Me alegra. Fue un golpe de suerte que estuviera aquí, traer una criatura al mundo es una travesía. Hay que estar preparados para lo que sea." En la puerta de la habitación sonaron unos golpes suaves y la voz preocupada de Shippo pidió permiso para pasar.

"¿Ya te sientes mejor, Kagome?" preguntó acercándose a ella con grandes ojos esmeralda.

"Sí, Shippo, perdona si te preocupe," le dijo con una sonrisa, "Gracias a Sango y a…lo siento creo que aún no se tu nombre."

Los ojos de la partera se curvaron y ésta sonrió, terminando de encender un incienso, "Liú Chan. El honor es mío." La conversación entre las tres comenzó de forma amena para calmar la intensidad de lo ocurrido. Sango procedió a decirle a Kagome sobre la llegada de aldeanos por fuera y que sus esposos investigaban sobre ello. Por supuesto, no omitió la parte en que Inuyasha había traído con él temprano a Yuuta y ahora el pequeño desayunaba con sus primos.

"Más vale que regrese con mi hijo para darle su merecido…" gruñó algo relajada bajo el efecto del incienso.

"Puedo hacerlo en tu nombre, en lo que regreso y traigo algo de comer para ti también," dijo Sango levantándose de su lugar y saliendo de la habitación. Escuchó a Kagome gritarle algo más antes de salir de la cabaña, "¡Pero no le digas lo que pasó aquí o se pondrá como loco!"

"Listo," escuchó a la joven partera terminar de moler unas hierbas, "Esto ayudará a calmar todo ahí adentro. ¡Oh, cielos!" puso sus manos sobre su boca.

"¿Q-Que sucede?"

"Siempre me pasa. Olvidé la lavanda. Le ayudaría mucho con los dolores y las energías negativas," soltó un gemido exasperado.

Kagome talló su ojo izquierdo, "Creo que tengo algo de lavanda de la temporada pasada, no sé si…"

"¡Perfecto! Servirá muy bien," volteó a ver al zorrito quien mantenía su atención en Kagome. "Dulce pequeño, ¿podrías traerlo?"

Shippo le entrecerró los ojos y se mantuvo en su lugar.

"Shippo," Kagome lo llamó, "estaré bien. Está en mi gabinete de hierbas. Dentro de una bolsa de tela púrpura." Reacio, obedeció, sin retirar la mirada de Kagome y luego salió de la habitación. La sacerdotisa talló su otro ojo.

"Tiene amigos que se preocupan mucho por usted," dijo Liú Chan.

Kagome bostezó, "S-sí, siempre están ahí para mí. Perdona Liú Chan, pero ¿es necesario ese incienso tan fuerte? Acabo de despertar, no creo que deba dormir," su cuerpo se sentía cada vez más pesado. Sus brazos y piernas no respondían. Luchó por mantener los ojos abiertos. "Liú Chan…" tomó uno de sus brazos.

"No se preocupe. Traer una criatura al mundo es toda una travesía," murmuró Liú Chan haciendo caso omiso al agarre de la sacerdotisa que cayó en profundo sueño, junto con ella. "Es una pena que sus amigos no estén aquí para verlo."


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