CAPÍTULO XX

La Sacerdotisa Dragón

Parte II

No sabía cuál de sus extremidades aún respondía, cuánto tiempo estaba transcurriendo o siquiera cuanta sangre estaba perdiendo. De lo que, sí estaba segura, era de que aquella sacerdotisa debía sentirse lo suficientemente confiada como para no terminar con su trabajo. ¿Qué planea hacer con esa esfera? Si esta mujer trabajaba para Sarina ¿la habrá enviado a terminar su anterior encuentro? ¿Espera a que se desangré hasta morir? Alcanzó a escuchar el impacto de Colmillo de Acero afuera de la cabaña; si lo que pensaba era cierto y Liú había colocado una barrera, entonces la espada no sería suficiente para romperla por fuera.

Dependía de ella hallar una forma de hacerlo por dentro.

La esfera flotante tomó un color rojizo aún más vivo y una ráfaga de pulsos que emanaba de ello azotaba su vientre. Kagome miró a su alrededor con dificultad y su mirada se posó con algo recargado en un rincón de la habitación.

Sus ojos se engrandecieron. ¡Mi arco!

Devolvió la mirada a Liú, quien ahora tenía la espalda contra ella y collar de cuentas de jade en mano. Recitaba unas oraciones en otro idioma. Regresó su atención a su arco, el cual se encontraba a dos metros de ella. Tragó saliva. Tenía que hallar la forma de alcanzarlo, pero entre su estado de parálisis y lo rápido que desangraba de su brazo derecho, le costaba trabajo pensar con claridad. Pero se decidió a no perder, no ahora. Notó por el momento que Liú no se concentrada en ella, el circulo de parálisis sería lo suficientemente frágil para tan si quiera mover su otro brazo.

Lo comprobó. Dobló su muñeca izquierda, luego su brazo entero y logró, temblorosa, alzarlo. Lo estrechó, intercambiando mirada entre la sacerdotisa y su arco, cuidando que no se diera cuenta. Suprimió cualquier gemido de esfuerzo, puesto que su arco aún estaba demasiado lejos. En ese momento algo más captó su atención, la fuerza en sus piernas regresaba a ella. El circulo de parálisis perdía fuerza cada segundo que transcurría, si deseaba, podría levantarse lo suficiente para tomar el arco, pero también debía preocuparse por su bebé y lo que le ocurriría si no tiene cuidado al moverse. De igual forma, sufriría daño, fuera arriesgándose a tomarlo o quedándose sin hacer nada.

Escuchó ahora a Liú alzar aún más la voz. El encantamiento mandaba pulsos de energía que enfriaban todo en la habitación, haciendo rechinar la madera y los artículos del ritual. El sonido del collar de cuentas tintineaba en las manos pálidas de la sacerdotisa mientras lo doblaba en diferentes formas. Las palabras del hechizo se hicieron más claras, y entonces deseó no haberlas entendido:

Vientos huracanados, azoten mareas.

Que la tierra se abra ante mi voz,

Escucha a tu ama, quien ante ti se inclina

Cuyo canto tus alas llenará de fervor.

Para limpiar de pecado y herejía,

Todo aquel que tu furia decida enfrentar.

Liú dio media vuelta y lanzo una mirada furtiva y llena de locura, "Esto los entretendrá por el momento." Volvió a darle la espalda, "¿Tanto insistes en pelear, hibrido? Entonces, te presento a tu nuevo oponente."

Kagome se incorporó, tratando ahora de apartar la esfera de encima de ella. No se movió ni un centímetro. Y por más que pudiera sentarse, el campo aun no la dejaba librarse por completo. Un rugido colosal la espantó y puso su mano sobre su vientre por instinto. Inuyasha, por favor, ¡ten cuidado! Regresó su atención a su arco, el cual se había derrumbado debido al estruendo.

Extendió su brazo con dificultad y sintió la madera del arco. Liú Chan, cometiste un error al subestimarme.

De entre las nubes, relámpagos comenzaron a iluminar tierra abajo. Ráfagas de viento azotaron cada árbol bajo el cielo. Todo se apaciguó por un instante y segundos de silencio después, Kirara rugió y se colocó en posición de combate.

"¡Algo viene!", lloriqueó Shippo sentado en el lomo de Kirara. Myoga dio saltos y dirigió la mirada hacia arriba. Por un momento se le antojó mejor pegar carrera.

Fue entonces cuando, entre rayos y centellas, una figura descendió sobre la cabaña. Su tamaño fácilmente envolviendo de sombras la estructura del hogar, un cuerpo serpentino cubierto de escamas que se extendía hasta el doble de lo que aparentaba, extremidades con cinco garras cada una, y una cabeza cornuda con ojos demoniacos.

"¿Myoga? ¡¿Qué demonios es eso?!", Inuyasha gruño entre dientes, empuñando con más fuerza su espada.

Una voz femenina y con eco resonó desde la cabaña. "Ve, hijo mío, ¡Desata tu ira!" El dragón rugió una vez más y se abalanzó hacia abajo.

Inuyasha se apartó de su punto de impacto mientras Kirara volaba sobre el cuello de la criatura. Mordió su cuello, pero tan solo logró rasparlo. Shippo lanzó uno de sus fuegos de zorro, pero también fue inútil. El dragón se volvió a ellos, mandíbula abierta lista para devorar. En ese momento, Inuyasha dio un salto para destazarlo con la espada. Pero el dragón se volvió hacia él antes de lograrlo. El hibrido maldijo en cuanto el dragón lo azotó con su cola escamosa, enviándolo en dirección a la aldea.

"¡Inuyasha!", gritó Shippo, inmediatamente arrepintiéndose al ver que el gigantesco reptil ahora puso su atención el ellos. Kirara esquivaba ataque tras ataque, pero solo lograba acorralarse entre el inmenso tamaño del dragón.

"¡Rápido, Kirara!", exclamó la pulga, "¡Sácanos de aquí!" La gata retozó entre todos los golpes que llovían, y maniobró para salir del alcance del dragón. Shippo y Myoga miraron detrás de ellos, viendo al dragón perseguirlos.

"Que horror," exhaló Myoga, "Tal vez no sea tan grande como el Espíritu Dragón, pero aun así es de temer. Al Amo le costará trabajo derrotarlo. Debería salir de aquí antes de que sea…" Tanto Shippo como Kirara le dedicaron una mirada de desaprobación. "¡Olviden lo que dije! ¡Ehem! ¡Kirara, vayamos con el Amo Inuyasha!"

Siguieron la zanja de tierra y nieve que Inuyasha había dejado luego de ser lanzado. Éste recobró el conocimiento y se levantó de su zona de impacto, cubierto de tierra. Se aproximaron a él cuando divisaron a la criatura arquear su cuerpo para lanzar otro rugido. De su boca, centellas de rayos amenazaban explotar cual rayo de luz.

Myoga entró en aun más pánico, "¡Va a lanzar un ataque, Amo!"

"Lárguense los tres. Vayan con los demás y díganles a todos que se pongan a salvo," gruñó Inuyasha. Myoga asintió y Kirara acató la orden. Shippo se volvió a él y los detuvo.

"¡Espera, Inuyasha!", lo llamó aprehensivo.

El hibrido le dio la espalda, pero, volteo su cabeza para un último favor, "Shippo, dile a Yuuta que enseguida estaré con él. Te lo encargo, enano."

Shippo asintió con fuerzas. Kirara despegó entonces hacia la aldea.

Apretó el agarre de Colmillo de Acero y lanzó una mirada encendida al ser que se atrevió a desafiarlo.


Yuuta había vaciado su tazón de arroz después de su ultimo bocado cuando una combinación entre chirrido contra roca y relámpago lo hizo brincar en su asiento. Frente a él, Miyuko, Miyako y Komori también reaccionaron momentos después a otro estruendo. Sabiendo que podía anticipar sonidos antes que ellos, se detuvo en seco y sostuvo el aliento. Todo se silenció, salvo el barullo de los adultos a metros de la cabaña. Percibió que las gemelas ya no tenían ganas de seguir jugando con su desayuno y sus expresiones alegres se tornaron pálidas y al borde del llanto. Komori rompió el silencio primero, gritando por sus padres y las gemelas le siguieron. Yuuta no pudo evitar emular el sentimiento y también sintió el escalofrió al no tener a sus padres para salvaguardarlo de lo que sea que le producía temor y ansiedad. A penas y se había levantado de su lugar cuando el piso debajo de él se sacudió, haciendo que se tambaleara y cayera hacia atrás. El llanto infantil aumentó y Yuuta sintió sus ojos arder con lágrimas al mismo tiempo que volvió a incorporarse. Corrió hacia la puerta corrediza y con sus pequeñas manos trató de apartarla con todas sus fuerzas.

Escuchó a Komori llamarlo y una mano jalar de su manga. Miyuko tomó de su manga llorando, jalándolo hacia adentro, "No, Yuuta, no salgas."

Yuuta intentaba jalar su brazo libre, mientras Miyako también decidía acercarse para ponerse entre él y el exterior. Él liberó su agarre y apartó a ambas hasta salir del umbral, pero su paso volvió a ser obstruido por un cuerpo que le impidió llegar más lejos. Sango lo detuvo y lo alzó en sus brazos, Kohaku la seguía por detrás. "¡Yuuta! ¿Estás bien?" Vio a sus hijas y se apresuró a meter a todos dentro. "¿Qué fue eso?"

"¡Hermana!", Kohaku señaló hacia las afueras. Ambos contuvieron su aliento. Lo que siguió fueron los gritos de todo hombre, mujer y niño que alcanzaron a ver a gigantesco dragón aproximándose al poblado.

Yuuta tembló en los brazos de Sango, y ésta abrió los ojos de golpe.

"¡Kagome!", exclamó, "¡Ella y Shippo siguen en la cabaña!" Sango lo regresó para los adentros de su cabaña. Se acercó una vez más a sus hijos y les dedicó unas palabras para calmarlos antes de tomar su Hiraikotsu. Se detuvo al escuchar a una voz llamarla.

"¡Sango!", Miroku corrió hacia ellos, "Ya le he pedido a los aldeanos que se refugien." Sango le dio su bumerán para que lo sostuviese mientras volvía a entrar a la cabaña. Unos momentos después, ella emergió vestida como la exterminadora que es. Miroku, le regresó su arma. "La Anciana Kaede y Rin se encuentran a salvo."

Ambos se volvieron ante otro estruendo, "Eso solo puede significar una cosa: a Inuyasha le está costando trabajo combatirlo", dijo Miroku, "¿Los niños están adentro?" Kohaku asintió. "Kohaku, ¿es esa criatura similar a la que exterminaste antes de llegar? Sango me mostró el cuerno que obtuviste."

"No realmente", le contestó, "Lo que maté no era un dragón." Una voz llamó su atención. Los tres vieron a Kirara volar hacia ellos con Shippo en su lomo.

"¡Shippo!", exclamó Miroku, "¿Qué está pasando allá?"

"¡Fue esa bruja! ¡Era mala todo este tiempo! ¡Sango! ¡Nos engañó!", ambos palidecieron ante sus palabras. "¡Está haciéndole algo horrible a Kagome!"

"¿¡Liú Chan?!", preguntó Sango.

"¡¿El dragón?!" Kohaku se aproximó a la conversación.

"No, la criatura ha de ser su sirviente."

Miroku cada vez más perplejo, "¿Sirviente de quién?"

"La mujer que encontré en el puente, dijo que era una partera acompañando a los aldeanos que acababan de llegar. Parecía una simple mujer ordinaria", Sango susurró por lo bajo, "No puede ser, ¡¿por qué no me di cuenta?!

Miroku giró la cabeza a ambos lados, "¿Seguimos hablando del dragón?"

Una especie de impacto los interrumpió, y todos dirigieron la vista a la colisión de dos fuerzas en las cercanías del rio. Inuyasha a penas y lograba esquivar los ataques del dragón, y con aun mayor dificultad, lograr daño en las escamas del monstruo.

"Shippo," llamó Miroku, "Quédate con los niños" El pequeño zorro asintió determinado y saltó de Kirara hacia el interior de la cabaña. Sango y Kohaku prepararon su equipo de exterminación. "Los ataques de Colmillo de Acero no parecen afectarlo. Y, Sango, tú misma dijiste que no percibiste nada anormal de aquella mujer."

"¿Qué pasará con la señorita Kagome?," añadió Kohaku.

"¿¡Que qué?!"

Todos voltearon hacia el recinto de donde se produjo ese grito. Shippo se encontraba adentro, estático y con los nervios de punta. Myoga brincó hasta aterrizar en su hombro.

"¡Shippo! No grites así o espantaras a todos, en especial al pequeño Yuuta." Myoga se detuvo e inspeccionó el interior del refugio con mayor detenimiento y comprendió al instante. Miroku, Sango y Kohaku se acercaron y vieron a Shippo aproximarse a los niños quienes ahora en vez de llorar intentaban decir algo desesperadamente. Miroku trató de calmarlos y decirles que todo iba a estar bien, sin embargo, sus suplicas encerraban otro mensaje aún más grave. Sango lo dedujo antes y miró a Kohaku. Faltaba un infante.

Todos dirigieron la mirada a la otra puerta deslizante de la cabaña.

Abierta.

Salpicaduras de nieve y suelo empapaban el relieve bajo nubes densas de viento frio. Inuyasha a penas y había logrado bloquear el rayo que lanzó de su boca, sin embargo, ello no le impedía responder con uno de sus ataques debido a la extraña inmunidad de la criatura a su espada. Tomó aire y escupió sangre. Volvió a tomar velocidad y lanzarse hacia el dragón. Éste abrió la boca, listo para lanzar otro rayo.

Inuyasha sonrió. Te tengo. Frenó su trayecto firme en la tierra y con un solo movimiento blandió su espada. "¡Viento cortante!"

Las ráfagas de energía se envolvieron frente al rayo blanquecino del dragón. El choque provocó un choque sonoro que hizo que ambos lados fueran impulsados hacia atrás. Inuyasha, habiendo anticipado el impacto, enterró la punta de su espada y mantuvo su posición. El dragón cayó en el límite del bosque con la aldea. Su hocico humeante por el ataque que recibió.

El hibrido sonrió para sus adentros y sujetó con más fuerza su espada. Posó su atención sobre el campo de energía a la distancia. "No tengo tiempo para jugar con esto." Envainó a Colmillo de Acero, aprovechó que el dragón aún se retorcía de dolor y salió disparado hacia su cabaña. Se encontraba a varios metros de ella cuando notó algo extraño mientras corría.

El dragón logró incorporarse, pero ya no le prestó atención a él. Se encontraba viendo en dirección a la aldea. Inuyasha debatió su preocupación entre correr a evitar que el monstruo se acercara más al poblado o apresurarse a salvar a Kagome. Tomó un respiro grave. Miroku y Sango podrán encargarse de él en lo que saco Kagome de aquí-

Se detuvo en seco. Escalofríos recorrieron su cuerpo al detectar otro aroma saliendo del área de la aldea. Agudizó su olfato y rezó que sus sentidos lo estuvieran confundiendo.

Entonces la vio.

La tierna y diminuta figura de su hijo corriendo entre los sembradíos húmedos.

Su miedo se agrandó al escuchar al dragón rugir y tomar vuelo. No lo pensó ni un instante. Impulsado a toda velocidad, dio medio vuelta y salió disparado hacia la aldea.

Yuuta retozaba frustrado entre los montículos de tierra y nieve que le impedía tomar mas velocidad. Había logrado tomar el momento en que su tía lo había bajado de nuevo en el cuarto y sus primos lloraban para abrir la puerta corrediza adyacente y así salir sin que nadie se percatara de ello. No quería hacer enojar a sus tíos, pero ya no soportaba la letanía de no saber dónde y cómo estaban sus padres. Tapó sus oídos de nuevo al escuchar otro rugido. Ahora no suprimió su deseo de temblar. Esperó que el ruido se apagara cuando sus orejas captaron algo más.

Un sollozo.

A tan solo diez metros de él, vio a los hijos de los granjeros que solía ver jugar durante los días que su madre lo llevaba a entregar hierbas para curar a las personas. Shizuku y Kenta eran mayores que él por mucho, pero Yuuta con tan sólo once meses de edad ya aparentaba más niño que infante. Ambos niños intentaban calmar a uno de los bueyes de su establo que se había escapado debido a la conmoción, cuando unos dientes afilados devoraron al animal entero. Ambos niños sollozaron aún más fuerte al ver al dragón mostrar sus colmillos ensangrentados. Yuuta vio a otro de los bueyes entrar en pánico ante la criatura y ésta no demoró en devorarlo también.

Se dio cuenta que había ignorado a los niños, así que corrió con sigilo hacia donde se postraban paralizados. Los jaló de sus camisas sudadas y les hizo señas para que se fueran. Kenta y Shizuku no hicieron amago para discutir. En cuanto pegaron carrera, se dieron la vuelta y llamaron a Yuuta. El horror evidente en sus rostros. El pequeño hibrido vio una sombra cubrirlo y saliva llover a su alrededor. Miró hacia arriba y se vio frente a frente al dragón. Volteo de su cabeza y observó a Kenta y Shizuku correr alarmados.

Cerró los ojos al sentir a la criatura respirar a centímetros de él.

Un cosquilleo incomodó su nariz. Yuuta estornudó por instinto y la reacción hizo que alzara su mano y rasguñara el hocico del dragón. Éste levantó su cabeza hacia atrás y soltó otro rugido. Yuuta esquivo una de las patas que casi lo impactaba. La otra ya se encontraba en camino a aplastarlo. Se tapó los ojos y soltó un lloriqueo.

No sintió nada. Solamente una brisa y unos brazos sujetarlo con cuidado, y un aroma que logró calmarlo.

Inuyasha, con su hijo en brazos, aterrizó mirando con furia al dragón. Reguló su respiración después de haber corrido y el temer no llegar a tiempo. El inmenso reptil se retorció y vio que cubría su hocico con sus garras. Tenía una herida en forma de rasguño. Se tornó pensativo y miró a su hijo emitir un gruñido con lágrimas.

"¿Qué tal? ¿Eh?", se burló Inuyasha, "Ya no eres tan feroz ¿verdad, lagartija sobre desarrollada?" Le sonrió a Yuuta esperando contagiarle su actitud. Su hijo inhaló y enterró el rostro en su hombro.

El dragón se volvió a erguir y amenazarlos con otra mordida cuando un arma disparada lo azotó. Pergaminos lo cubrieron después, electrocutándolo en su lugar. Ambos vieron a Miroku y a Sango acercárseles. Kohaku saltó detrás de ellos sobre Kirara y lanzó su hoja a la cabeza de la criatura.

"No lo detendrá por mucho," exhaló Miroku, "Inuyasha, ¿están bien los dos?"

Sango dio un paso al frente sujetando su bumerán, "Perdónanos, Inuyasha. Cuando nos dimos cuenta, Yuuta se había ido por su cuenta."

"¿Así que te escabulliste?", cuestionó a su hijo con gentileza. Yuuta seguía ocultando su rostro.

"¿Te recuerda a alguien?", bromeó Miroku sacando más pergaminos. El dragón se había liberado del efecto paralizador. Kohaku, montado en Kirara, desviaba su atención mientras preparaba otro ataque.

"¡Inuyasha! ¿Y Kagome?", preguntó Sango.

"Aun no logro destruir ese campo de energía," contestó a regañadientes.

"¿Ni con Colmillo Rojo?", le cuestionó Miroku.

"¡No presiones, monje! Ahora mismo lo destruiré y acabaré con quien sea esté detrás de esto. Cuiden a Yuuta y díganle a Shippo y Myoga que no lo pierdan de vista." Las garritas del pequeño se aferraban a su túnica roja y se rehusaba a soltarla. Inuyasha le susurró para que solo el escuchara, y Yuuta levantó la mirada cristalina rogándole que no lo soltara. Una de sus manos se aferró a su collar de cuentas.

"¿Inuyasha?", escuchó a Miroku y a Sango llamarlo. Los miró a ambos y ajustó el agarre de su hijo.

"Me llevaré a Yuuta. Ustedes encárguense del monstruo." Fue lo único que dijo antes de salir disparado hacia el bosque, esquivando el tamaño del dragón.

"¿Será seguro llevarlo con él?", preguntó Sango. Ambos reaccionaron ante una garra próxima a aplastarlos. La esquivaron y Miroku lanzó otra ola de pergaminos.

"Descuida, querida, tú viste la reacción del pequeño. Necesita a su madre."


Los estruendos del dragón se hacían cada vez más distantes y la cabaña envuelta en colores cerúleos cada vez más pequeña. La única diferencia era que ahora un eco de energía parecía emanar desde el interior, provocando que el campo de energía fluctuara y perdiera brillo. Se detuvo al frente de la casa. Yuuta extendió su mano y articulaba palabras de querer estar con su madre. Inuyasha retiró a Colmillo de Acero de su funda, sosteniendo a Yuuta con su brazo izquierdo. La espada tomó su color escarlata listo para desmantelar el campo de energía.

"Cierra los ojos, Yuuta," le susurró. Su hijo obedeció e Inuyasha se preparó para blandir el campo una vez más.

El pulso del impacto hizo crujir la cabaña entera y parar en seco a dos mujeres que se encontraban en su conflicto propio. Kagome, pudiendo tomar su arco, había concentrado algo de su energía para quitar de encima la esfera sobre ella. Solamente logró liberarla de la parálisis, y en cuanto logró incorporarse, rompió un trozo de su manga para vendar su herida detener su desangre. Se recargó en una de las paredes y con su mano libre palpó su vientre. Liú aún se hallaba del otro extremo de la habitación mirándola con desprecio e incredulidad.

"No me pagan lo suficiente para esto," le espetó apretando su collar de jade.

"Deberías entonces reconsiderar para quien trabajas," le contestó con igual furia. Alzó su arco frente a ella, "Sarina, ¿no es así? Es la mujer para quien trabajas. ¿Fue ella quien te envió a matarme?"

Liú soltó una carcajada, "¿¡Matarte?! ¡Por favor! Yo no terminó el trabajo sucio de otros. Mis encargos son especiales."

Un golpe ahogado la interrumpió y sus ojos se abrieron como platos. Una pequeña voz alcanzó a oírse. Dulce pero aguda. Yuuta estaba llamándola.

"¡Yuuta!", gritó Kagome.

"¡Kagome! ¿Puedes oírme?", escuchó gritar a su esposo.

"¡Mi campo de fuerza!", espetó Liú. "No puede ser. Maldita bestia, ¿Qué le has hecho a mi criatura fiel?"

Inuyasha gritó con tono burlón desde afuera, "Tu lagartija está siendo descuartizada mientras hablamos. No es del todo invencible ahora que ya no cuenta con tus trucos."

Liú parpadeo confundida, ¿Cómo? Mis criaturas son invencibles y mi campo de fuerza es infalible. A no ser… esta mujer. No, es imposible. Ya debería en estos momentos- Puso su vista sobre la esfera que había usado para su ritual en la sacerdotisa, ahora rodando en el suelo con un color purpura y estrellas bailando en su centro.

"En estos instantes, tu débil campo solo necesita una probada de mi espada para desaparecer. Y entonces, te haré pagar por haberte acercado a Kagome."

Liú volvió a enlazar miradas con Kagome, desafiándola. La joven madre se encontraba a punto del colapso y seguía sudando mientras una de sus manos estaba sobre su vientre y la otra la apuntaba con el arco. Liú sonrió de forma malévola. "¡Hazlo, hibrido! Y te prometo que lo siguiente que veras será el cuerpo de tu mujer sin vida. Puedes irte despidiendo de tu crío no nato de una vez."

"¡Maldita! ¡Ni se te ocurra!"

"¡Yo no hago trabajos a medias, bestia!" le gruñó Liú. Lanzó una de sus cuentas al aire y ésta desató un brillo cegador. Kagome cubrió sus ojos con ambos brazos, y en lo que lo hacía, Liú se había agachado para tomar la esfera y volver a su lugar opuesto a ella. Kagome recuperó su postura y trataba de reforzar su vista. "Y gracias a ustedes, Sarina, me deberá una compensación por haber lidiado con ustedes. Los aldeanos son un juego de niños a la hora de engañar, pero ¿ustedes? Un dolor de cabeza. Y eso que creí que dejar que los monstruos destrozaran aquella aldea no aportaba retos. Desalojar terrenos es trabajo de Sarina, pero al menos me dio una misión digna de mi estatuto."

Kagome sintió un dolor en su vientre, trató de ignorarlo, "¿Estas de lado de Sarina? ¿Por qué están haciendo esto? ¿Qué buscan destrozando los hogares de las personas?"

"Daño colateral. Los demonios se ponen reacios cuando los retiras de su hábitat. Pero de alguna forma hay que provocarlos porque si no ¿cómo logras que limpien tierra fértil?"

"¿¡Hacen que los mismos demonios causen los estragos?!"

"Para luego capturarlos. Esa última parte no me la sé bien. A mí solo me dan las ordenes que me tocan."

Kagome se retorcía de dolor. "Por eso acompañaste como campesina a los que aldeanos que vinieron de ahí. Para hacer lo mismo con esta aldea."

"¡Ha! Ilusa, ya te dije que yo de acarreadora no vengo." Admiró la esfera en sus manos y dejó que su brillo palpara una sombra en su cara. "La otra cara de mi misión eras tú."

Kagome se desplomó y trató de poner las palmas de sus manos para no golpear su vientre contra el piso. El pedazo de tela que envolvía su herida destilaba más sangre. "¿Qué me has hecho?"

"Vaya. Esto de la maternidad sí que agota, ¿no?" La sacerdotisa oscura volvió a admirar la esfera y suspiró de forma pesada. Escuchó otro rugido. "A este paso, le harán un daño irreversible al mío." Tomó otra de sus cuentas de jade y la azotó contra el piso, quebrándola. Un humo grisáceo la envolvió por completo. Le dedicó una última sonrisa entre lastima y desdén. "No te ves bien, hermana. Deberías descansar por un tiempo. ¿Qué tal, para siempre?"

Kagome extendió su brazo, pero tan solo atravesó una bruma que se disipó. Segundos después, estaba sola en su habitación. Suprimió un gemido y la fuerza en sus brazos la abandonó. La luz de las pocas velas restantes se apagó.


Desde lo que sería la cabaña de la Anciana Kaede, algunos aldeanos cuya curiosidad venció su miedo se quedaron a observar como el dragón azotaba más y más con su furia. Kaede y Rin lograron persuadir a ciertos grupos para que se refugiaron en el templo en lo alto. El resto solo podía esperar a que esa criatura colosal fuera exterminada de una vez. Estaban tan exhortos en la escena frente a ellos que nadie notó a otra figura unírseles por detrás, mientras murmuraba unos cantos.

"¡Una última vez, Sango!" gritó Miroku desde un extremo rodeando al dragón. "¡Ahora, Kohaku!"

Kohaku voló alto y ató con cadenas la mandíbula del dragón. Le dio la señal a su hermana, quien ya había lanzado su bumerán a toda fuerza, listo para impactar en el tórax.

No hubo impacto, pues a instantes de tocarlo, el monstruo se había evaporado, dejando una nube densa.

Todos miraron absortos lo que acababa de pasar.

"Eso fue nuevo." Dijo Kohaku descendiendo junto con Kirara. "¿Habrá muerto?"

"No lo creo, Kohaku", le respondió Miroku aun con un pergamino en mano.


La cabaña dejó de estar envuelta en una cúpula de brillo espectral. Inuyasha volvió a enfundar su espada y corrió hacia los adentros de su hogar, con su hijo en brazos. La ansiedad taladraba su pecho mientras corría. Desde que el campo de fuerza se desvanecía, el penetrante olor a la sangre de Kagome se hacía más fuerte. Se detuvo en seco cuando sintió a su hijo retorcerse en sus brazos. Lo bajó y éste inmediatamente corrió hacia la habitación principal. Yuuta se detuvo frente a la puerta y usó su recién adquirida habilidad para deslizar entradas.

Inuyasha escuchó palpitar su propio corazón y a la vez dar un vuelco. Su esposa yacía tendida junto a un rastro de sangre que salía de su brazo.

Yuuta se aproximó a su madre y la llamó con gimoteos. Kagome abrió los ojos y comenzó a gemir levemente, tratando de levantarse. En cuanto vio a su hijo, armó la mejor sonrisa que pudo.

"Yuuta, que alivio, estas bien," suspiró acariciándolo y besando su frente. Éste le respondió abrazándola. "Tranquilo, mamá está bien."

Kagome levantó su mirada y se encontró a Inuyasha a centímetros de ella. Él bajó la suya y pegó su frente con la de ella. Respiró entrecortadamente.

"¿Inuyasha?" susurró Kagome, "Debes darte prisa, esa mujer ha escapado y creo que trama-"

"No." El tono de su respuesta expresó tristeza e ira. Sorprendiendo incluso a Yuuta. "No me pidas que te deje. No ahora."

Kagome tragó saliva, "Esta bien. Pero te aseguro que me encuentro bien. Ambos lo estamos." Dijo tomando una de sus manos para posarla en su vientre. La mano de Inuyasha se tensó y luego se relajó queriendo acariciarla. "Mírame," él obedeció.

Inuyasha sostuvo la mirada con firmeza. Luego la dirigió a la herida de su brazo, "¿Fue lo único que te hizo?"

Kagome parpadeo, "Si. Te prometo que estoy bien."

"¡Todos con calma!"

Miroku trataba sin mucho éxito de calmar a la multitud que ya empezaba a volver a querer recobrar sus hogares y esperar que no hubiera daños. Luego de que el dragón desapareciera como una simple neblina, Sango y él se dieron a la tarea de informar a la Anciana Kaede, mientras Kohaku, revisaba la estancia donde Shippo y los niños yacían escondidos. El pánico comunitario volvió a ser el mismo que el de la mañana. Hombres y mujeres de la otra aldea comparando lo que habían sufrido con lo que pudo haber pasado hace unos instantes. Este último temor propagado por los recién llegados, quienes al no ver quien respondiera sus dudas y desconciertos como deseaban, comenzaron a poner dedos.

"¡Estos monstruos se están saliendo de control!" gritó uno de los ancianos labradores.

"¡Nos quitan nuestras tierras y encima somos nosotros quienes pagan por ello!", musitó otro.

Después de argumento tras argumento, y gracias a la habilidad de persuasión de la Anciana Kaede y al porte budista del monje Miroku, la multitud pudo ser apaciguada. Con debida instrucción, se les indicó que algunas chozas vacías estaban disponibles para ellos en lo que se resguardaban después de lo que les había sucedido. Y así, poco a poco, se dispersaron.

"¡Alto!"

Todo el mundo se detuvo en seco. Miroku vio que su esposa fue quien dio aquella orden y con dedo apuntaba a la dispersión de individuos. La dirección de su dedo dando con firmeza a una figura arrapada en una capa de kimono violeta y celeste. La joven hizo un ademán de confusión y sorpresa. Sango no bajó su semblante con ira evidente. Reconoció a la mujer al instante.

"¡Fue ella! ¡Es la mujer que secuestró a Kagome! ¡Ella mandó a ese dragón!" Fueron Miroku y Kaede los únicos que parecieron asimilar las percepciones de la exterminadora. Todos los demás, la miraron con incredulidad y osadía.

"Señorita, esa es una acusación grave," respondió por fin uno de los aldeanos extranjeros, "Esta dama es una mujer común y corriente,"

"¿¡Lo eres, Liú Chan?! Si es que acaso ese es tu nombre," dio pasos adelante, "¿Por qué no les muestras quien eres? Podrás haberlos engañado y tal vez a mí al inicio, pero ahora podemos por fin hacerte frente por lo que le hiciste a nuestra amiga."

"Sango, espera," su esposo le puso un brazo frente a ella.

"¡Como te atreves!", gritó una de las aldeanas con un vientre en embarazo avanzado. "Esta mujer fue quien ayudó con mis dolores y estuvo atendiendo a nuestros enfermos después de que esos monstruos nos atacaran."

"Y como sabemos que ustedes no fueron quienes trajeron a ese monstruo," acusó otra mujer."

Ahora los tres se confundieron y los miraron con duda.

"¿De qué están hablando?", cuestionó Kaede.

"Hemos escuchado rumores de su aldea desde los demás poblados," respondió un joven, "Se dice que un malvado demonio plagó de venenos estas tierras y que ahora están malditas."

"¡Y que también tienen a seres monstruosos como habitantes!"

Sango los desafió, "¡Oiga! ¡Un momento!"

"¡Esas criaturas nos han arrebatado nuestros hogares y ustedes osan burlarse de nuestra perdida aliándose con ellas!"

"¡Es suficiente!", gritó Miroku alzando su báculo. Su mirada sobre Liú, quien disfrutaba del enfrentamiento con satisfacción. Se acercó a Sango y a Kaede y susurró, "Por eso retiró su dragón de la batalla. Porque sabía que no podía ganar."

"Y ahora está usando a estas personas y su odio contra los monstruos para ocultar lo que hizo y desviar la culpa." Continúo Sango.

Miroku devolvió su atención al grupo, "Si es así como se sienten y nuestra ayuda les ofende, creo que será mejor que se retiren y busquen otro lugar que les brinde su paz."

Ante estas palabras, el gentío se dispersó y se alejó. Dejando solamente a Liú frente a ellos. Ella los miraba con unos ojos furtivos y rapaces.

"¿Ese era tu plan?", le cuestionó el monje. "¿Invocar un dragón para al final enardecer a una multitud?"

Liú pulió con su manga la esfera en sus manos, "Tan solo un hilo que mueve a otros. Ya estaban lastimando demasiado a mi precioso."

"¡Y tú a nuestra amiga!", Miroku sostuvo a su esposa de ambos brazos antes de que se abalanzara contra aquella a mujer. Por más que quisiera dejarla darle su merecido, temía que sacara otro truco.

"Si, bueno, esa era la idea." Una nube de gas envolvió el ambiente. Los tres taparon sus narices y al comprobar que no se trataba de algún veneno, vieron que Liú se había evaporado también.

"Pronto sabrán la obra maestra que les aguarda." Dijo una voz en el aire.

El gran castillo seguía iluminándose por el reflejo del atardecer. Las azoteas con matices que dejaban la marca del invierno le recordaban a sus días en un palacio imperial similar, aunque más grande. Uno de los sirvientes anunció su llegada. Caminó elegantemente por el gran pasillo hasta estar frente a Kain y Sarina. Se inclinó ante ellos y ella no tuvo opción más que detallar el reporte de su misión.

"No, Liú," le espetó Kain, "tu trabajo no era matarla."

"¿Y por qué no?", le regañó Sarina a su hermano.

"Igual hubiera sido más fácil," respondió Liú, "Viva me costó trabajo realizar el ritual."

"¿Quieres decir que fallaste?"

"¿Te burlas de mí?", les mostró la esfera con aires de triunfo. "Miren y lloren."

Ambos quedaron airados por el tesoro en las palmas de Liú. Incluso Kain se atrevió a expresar más su entusiasmo.

"¿Y supo lo que le hiciste?", le preguntó Kain.

"Dependerá de si en verdad llegó a morirse cuando la dejé ahí. Ella y el cachorro que llevaba dentro."

"¿Y si vive?", exasperó Sarina.

"No importa," dijo Kain embelesado con la esfera estrella, "Tenemos más trabajo por hacer."