Había pasado tan solo un mes desde que Alfred se había vuelto rey y todo el palacio Rouge estaba de cabeza. Antes era un lugar tranquilo y silencioso pero ahora tan solo se escuchaban gritos y golpes a cada hora del día. Arthur no había tenido problemas antes, él llevaba casi tres años como el caballero del rey y nadie se había quejado de su comportamiento o de su entrenamiento, pero todo era diferente ahora.
El caballero y el rey discutían por todo. Desde el entrenamiento del mayor hasta los modales del menor. Cada uno le dedicaba al otro la mayor cantidad de insultos y palabras hirientes que podía ante el sorprendido ejército. Entre ellos había una guerra declarada y no parecía tener fin.
-¡Si no puedes atacarme, deberías de renunciar!-exclamó Alfred entre jadeos mientras algunas gotas de sudor resbalaban por su frente. Apenas estaban en el entrenamiento matutino ya estaba peleando con el caballero. Arthur había intentado por casi media hora clavarle su espada a Alfred pero éste seguía evadiendo el ataque.
El mayor debía admitir que el nuevo monarca era rápido pero jamás lo diría en voz alta, eso sería una deshonra. Respirando entrecortadamente, el rubio de ojos verdes lanzó una estocada más pero ésta pasó rozando el hombro del más joven. Soltó una maldición por lo bajo mientras el rey le lanzaba otra estocada. Arthur retrocedió pero el filo del arma le hizo un corte en la nariz.
-Ya terminen con este juego-declaró la reina acercándose a ellos completamente molesto. Ambos rubios dejaron caer las armas y se dirigieron al castillo para asearse junto con el resto del ejército.
-Salvado por la reina, qué deshonra-gruñó Alfred mientras secaba el sudor de su frente con una toalla. El caballero frunció el ceño y rápidamente le puso el pie, haciendo que el monarca cayera al suelo- Maldito…
-Solo le estaba dando ventaja, Alteza-se burló Arthur con una burlona reverencia mientras el menor se levantaba del suelo, con la mayor dignidad posible, sin dejar de fulminarlo con la mirada.
-Eso fue muy infantil, no sabía que el ejército aceptaba niños ahora-la lengua venenosa del gobernante de Rouge hizo que el alfil pusiera los ojos en blanco.
-Pues es de esperarse ya que el rey es un bebé-le respondió el caballero sin dejar de sonreír burlonamente. El menor estaba a punto de contestar cuando la reina estalló
-¡BASTA!-gritó Yao soltando una patada al suelo. Ambos rubios respiraban entrecortadamente sin dejar de lanzarse miradas asesinas- Cada uno vaya a asearse y los quiero en el comedor principal cuando terminen ¿entendido?-el tono del pelinegro era firme y frío, por lo que ambos asintieron y se separaron- Oh Dios, dame paciencia…-murmuró antes de seguir al rey. Iván sonreía divertido por la escena, le encantaba verlos pelear. Francis observó a Arthur irse con el otro caballero y no dudó en seguirlo.
-¡Hey Artie!-gritó el rubio de ojos azules y el caballero se detuvo para mirarlo-Jaja deja de lanzarles miradas asesinas a todos, esas solo son para el rey ¿recuerdas?
-¡Agh! ¡No entiendo cual es su problema!-estalló el menor furioso mirando como el monarca desaparecía a lo lejos- Desde que llegó tiene algo contra mí y no sé por qué. Yo no le hice nada.
-Tal vez sabe que apostaste contra él en el torneo real-dijo alfil con una sonrisa divertida aunque sabía que eso no era cierto- ¿No será que te peleas tanto con él porque quieres llamar su atención?
-¡¿QUÉ?! ¡CLARO QUE NO!-saltó Arthur completamente indignado mientras un suave sonrojo coloreaba sus mejillas-¡Es un engreído, egocéntrico, arrogante y egoísta mocoso!
-Sabes que eso no es del todo cierto-dijo el mayor con una sonrisa pícara-El pueblo lo adora y se lo ha ganado a pulso-El rubio de ojos verdes sabía que eso era cierto pero jamás lo aceptaría, primero muerto-¿Recuerdas cómo fue él mismo a los hospitales y les leyó a los niños para ayudarlos a dormir? Además, no olvides que siempre recibe a todos los aldeanos en la sala de los tronos y los ayuda a resolver sus problemas, sin olvidar que…
-Sí, sí, el rey es maravilloso con todo el mundo menos conmigo-lo cortó el caballero molesto pues ese momento estaba grabado en su mente. Realmente no podía creer que el monarca cambiara tanto cuando se dirigía a otras personas.
-Alteza, no es necesario que haga estas visitas-dijo Yao con una sonrisa nerviosa mientras entraban a una de las alas de cuidado infantil del hospital principal de Rouge- los niños están bien cuidados, se lo aseguro.
-No vengo aquí para hacer una inspección, vengo a convivir con los niños-comentó el gobernante con una suave sonrisa antes de entrar a la sala. Todos los infantes se encontraban en camas, rodeados por máquinas y enfermeras. Varios de ellos los miraron con curiosidad.
-¡Alteza!-saltaron varias de las cuidadoras al verlo entrar y le dedicaron varias reverencias. El rubio de ojos azules correspondió a todas con un gesto y tomó una silla para sentarse en medio de la sala.
-Buenas noches, pequeños-los saludó amablemente y los menores devolvieron el saludo con ánimo- les vengo a contar una historia para dormir ¿quieren escucharla?-los gritos de emoción no se hicieron esperar y Alfred comenzó a leer el cuento que traía en las manos.
Arthur se encontraba recargado en una de las paredes de la habitación mirando al rey. No podía creer que lo hubieran dejado entrar y alborotar a los niños de esa manera, sin contar todas las enfermedades que podía contraer estando ahí. Era una locura sin duda, pero él parecía disfrutarlo.
Los labios del monarca se curvaron en una sonrisa mientras narraba la historia de un príncipe que buscaba al amor de su vida pero no podía hallarla, ni entre las princesas de reinos cercanos ni en las doncellas nobles del reino. Todos los niños lo observaban embelesados, atentos al relato.
El caballero no pudo evitar poner los ojos en blanco, no entendía cómo el molesto mocoso que lo regañaba sin cesar en el palacio se veía ahora tan tranquilo y alegre, con sus hermosos ojos brillando con una emoción casi infantil, en lugar de la ira que solían destilar en sus peleas. Sus perfectos labios no decían insultos, al contrario, contaban una historia que cautivaba a los menores y su radiante sonrisa no era de burla, sino de regocijo y lo hacía ver tan guapo y…
-¿Qué estoy pensando?-murmuró el mayor sonrojándose mientras se recriminaba mentalmente. ¡¿Cómo había podido pensar que el odioso monarca se veía guapo?! Definitivamente se estaba volviendo loco.
Yao entrecerró los ojos pues había notado como el caballero había estado observando al rey tan embelesado como los niños. Ahora un sonrojo estaba instalado en las mejillas de él. ¿Qué significaba eso?
Alfred terminó el relato diciendo que el príncipe había encontrado el amor en su propio palacio cuando su cocinera le había salvado la vida al defenderlo de unos ladrones.
-Y así, el príncipe se dio cuenta que el dinero y ascendencia no importan cuando el amor es verdadero. Y el príncipe y su valiente esposa vivieron felices para siempre. Fin-el monarca levantó la mirada del libro y notó como todos los niños comenzaban a quedarse dormidos- Ahora a dormir, pequeños.
Las cuidadoras arroparon a los infantes mientras el gobernante de Rouge se levantaba y caminaba hacia la salida con una sonrisa en los labios. Entonces su mirada se cruzó con la de Arthur quién se la sostuvo a pesar del sonrojo en sus mejillas.
Ese condenado caballerito, siempre retándolo, incluso con la mirada. ¡¿Cómo se atrevía a retar al rey de Rouge?! ¡¿Y por qué demonios estaba sonrojado?! ¡Él no tenía derecho a sonrojarse y lucir tan… extrañamente adorable! Alfred salió de la sala mientras sentía como la sangre se acumulaba en sus mejillas. ¡Maldita sea! ¡Maldito caballerito!
-Alteza, debería dejar de pelear contra su caballero-le recriminó la reina cuando salió de bañarse. Alfred sentía la cara caliente pues había recordado ese día en el hospital. Había sido un estúpido al fijarse en el rubio de cejas pobladas ese día, si no lo hubiera hecho, nunca lo hubiera visto sonrojado- ¿Me escuchó, majestad?
-¿Qué? Ah sí… el caballero-respondió el monarca mientras se secaba el cabello- Me temo que no puedo hacer eso, él me reta constantemente y debo recordarle cuál es su lugar…
-Es que no lo entiendo…-comenzó Yao mirándolo fijamente- Nunca tuve problemas con Arthur en el pasado y usted comenzó a pelear con él desde que lo vio ¿por qué?
-No lo sé…-Alfred realmente no lo entendía, en realidad debía sentirse agradecido porque él había detenido la daga que le habían lanzado, pero lo único que había sentido era molestia al verlo herido-Supongo que fue odio a primera vista.
-No debería odiar a sus soldados, Majestad-lo reprendió el mayor cruzándose de brazos- En este mismo segundo quiero que vaya al comedor principal y se disculpe con el caballero- el monarca trató de protestar pero Yao había dado una orden y no le quedaba de otra más que aceptarla. Él era el rey, pero era menor y menos experimentado que la reina, quién podía patear su trasero cuando quisiera.
Alfred llegó al comedor y ahí encontró a Arthur sentado con su clásico ceño fruncido. Ambos se mantuvieron de pie mientras un silencio incómodo se extendía entre ellos. El monarca finalmente fue el primero en ceder.
-La reina quiere que me disculpe contigo por mi actitud-comentó el rey torciendo la boca- Sé que no debería actuar así, pero tu entrenamiento es pésimo.
-¡¿Se supone que eso es una disculpa?!-exclamó el caballero molesto mientras lo fulminaba con la mirada-¡Entonces también me disculpo por su pésima educación! -Alfred lo observó sorprendido y el palacio se llenó de gritos una vez más.
Gracias por leer y lamento haberme tardado tanto en actualizar, pero me acabo de mudar de casa y no tengo internet
Gracias por sus comentarios y espero que les haya gustado
