Alfred se sentía muy mal, sumamente mal, pero era necesario. Sabía que esto era un acto deshonroso que, si llegaba a saberse, podía costarle todo el respeto que con tantas dificultades había logrado ganar entre su pueblo y su ejército. Sin embargo, si funcionaba, no se iba a arrepentir. Prefería que lo exiliaran por semejante deshonra que ver morir al caballero de cabello rubio.
Lo había planeado todo cuidadosamente y no podía fallar. Le había encomendado a uno de sus sirvientes que le llevara unas plantas medicinales de la región conocidas por su efecto somnífero con la excusa de que no podía dormir en la noche. El hombre regresó muy tarde y Alfred lo recibió en privado a fin de que la reina Yao no se enterara de nada.
"Estas hierbas son muy poderosas, mi señor, le aconsejo usar solo una hoja por cada taza de agua, este es un té que le aseguro le ayudará a dormir" Las palabras del hombre aún resonaban en su cabeza mientras se escabullía a la cocina. Acababan de terminar su entrenamiento de la tarde y todo el ejército se había marchado a sus habitaciones para bañarse y relajarse. Alfred había esperado a que la reina se metiera a la bañera para salir de su habitación hacia las cocinas.
El lugar estaba desierto pues los sirvientes se encontraban limpiando la zona de prácticas antes de dirigirse a la cocina para preparar la cena, tenía solo unos minutos para llevar a cabo su plan. El monarca entró rápidamente a la estancia y se acercó a una de las alacenas para sacar un frasco de metal. Ese era el té favorito de Arthur.
El caballero siempre tomaba una taza de té después de bañarse tras el entrenamiento de la tarde. El rubio sacó dos hojas de la hierba somnífera de su bolsillo y las mezcló levemente con las demás, dejándolas casi hasta arriba para que, cuando su doncella preparara el té, las usara sin dudarlo. Una vez que regresó el frasco a su lugar, salió corriendo de regreso a su habitación con el corazón en la mano.
-¿Majestad?-preguntó Yao al ver al gobernador de Rouge entrar corriendo a la habitación real- ¿Dónde estaba? ¿Se encuentra bien?
-Sí… estoy bien… -el más joven estaba respirando superficialmente pero le dirigió una amplia sonrisa de disculpa antes de entrar al baño para asearse. El joven de cabello negro lo observó con curiosidad y confusión. ¿Qué se traía entre manos el rey?
Alfred estaba sumamente nervioso cuando todos se sentaron a cenar. Su conciencia llevaba ya un rato molestándolo pero él seguía pensando firmemente en que era lo correcto. Arthur entró con paso lento al comedor y se sentó en su lugar habitual no sin antes soltar un disimulado bostezo haciendo que el rey sonriera por lo bajo, la primera fase de su plan estaba funcionando a la perfección.
Durante toda la cena, el joven rey observaba continuamente al caballero que comenzaba a notarse más y más adormilado conforme pasaba el tiempo. Estaba tan concentrado en el más bajo que no le estaba prestando atención a lo que le decía la reina.
-¿Me está escuchando, majestad?-preguntó entonces Yao con un ligero tono de irritación que hizo que el menor lo mirara con sorpresa- Parece que hoy no se encuentra en sus cinco sentidos, alteza. ¿Qué tanto mira? –los ojos de la reina siguieron la trayectoria de la mirada de Alfred hasta caer sobre el caballero.
- ¡Alteza, no es lo que cree!-exclamó el rubio mientras un marcado sonrojo se extendía por sus mejillas cuando la reina le regaló una sonrisa cómplice pues era obvio el interés que tenía por el de cejas pobladas- No sonría así, majestad, en verdad estaba con la mirada perdida que casualmente estaba dirigida hacia él. No es nada especial.
-Pues a mí no me pareció que estaba muy perdida, mi señor- dijo el mayor sin borrar la sonrisa de sus labios mientras tomaba un poco de té. El más alto se había quedado sin habla al ser descubierto y se limitó a balbucear la mayor cantidad de mentiras y excusas que pudo- No me engaña, alteza, yo sé que usted estaba observando a Arthur con tanta intensidad que me sorprende que el pobre no se haya derretido o algo parecido.
-Pero ¡¿qué cosas dice, majestad?!- le reclamó el soberano mientras los sirvientes empezaban a recoger los platos y los presentes comenzaban a abandonar el comedor. Los ojos azules de Alfred recayeron una vez más sobre el rubio de cejas pobladas, no pudo evitarlo. Arthur soltó un bostezo aún más marcado y se dirigió lentamente a su habitación para poder dormir- Mejor ya no piense esas cosas, alteza y vayamos a dormir.
-¿Cuánto más tiempo se estará engañando sólo, mi señor?- se preguntó la reina antes de levantarse de su asiento para dirigirse a sus aposentos. Eses dos rubios seguían negando lo obvio y pronto, sus sentimientos estallarían. Ambos estaban en serios problemas.
La luna brillaba con intensidad en el cielo, el castillo se encontraba en una apacible calma, pero Alfred no podía dormir. Se había acostado hace ya tiempo y no había podido cerrar el ojo en todo ese tiempo. Todos los habitantes del castillo estaban dormidos menos él, pero él. Iba a amanecer pronto, el cielo estaba aclarándose poco a poco, era el momento de la verdad.
El rey se levantó de la cama sin hacer ruido y se calzó los zapatos antes de salir lentamente de su habitación, la reina ni se inmutó por sus acciones pues siguió durmiendo plácidamente en su lecho. Una vez en el pasillo, el monarca se escabulló al ala de los caballeros hasta llegar a la habitación de Arthur. Su corazón latía desbocado mientras abría lentamente la puerta, procurando no hacer ruido.
El caballero se encontraba profundamente dormido, tal y como él lo había planeado. Su cabello rubio caía desordenadamente sobre la almohada mientras respiraba acompasadamente por su boca ligeramente abierta. Alfred se tomó un momento para mirarlo, sabía que no iba a despertar ni aunque le gritara en la oreja. Sintió un escalofrío al mirar los suaves labios del mayor, le causaban tantas emociones desconocidas. Quería acercarse y besarlo… pero no podía hacerlo ¿o sí?
Un conflicto nació en su interior, un beso no iba a despertarlo ¿verdad? Pero al mismo tiempo, no sería algo consensuado, él no conocía los sentimientos del caballero y, después de esa noche, nunca los conocería… y tampoco lo volvería a ver por el castillo. Tal vez si sobrevivía a la Gran Tetraguerra, lo vería en el pueblo… pero algo era seguro, Arthur no querría volver a verlo jamás.
El dolor ante la idea de que Arthur lo odiara hizo que su convicción se tambaleara. Quería salvarle la vida, pero también deseaba estar con él por el resto de sus días. ¿Qué iba a hacer? El rubio de cejas pobladas seguía durmiendo, ajeno a los pensamientos que atormentaban a su señor.
-Mejor lejos de mí pero a salvo que muerto a mí lado- se dijo el rubio de ojos azules como si estuviera cerrando un trato consigo mismo. Su mirada recorrió la habitación hasta que encontró la espada del caballero colgada en la pared. Esa era su espada insignia, única en el mundo. La tomó con una mano y notó que estaba recién pulida, el caballero era muy cuidadoso.
Alfred apretó el mango del arma suavemente y se dispuso a salir de la habitación no sin antes lanzarle una última mirada al joven durmiente. Sus sentimientos se estaban desbordando, realmente deseaba poder tocarlo una vez más antes de que se fuera para siempre. Por más que sus instintos le gritaban que no lo hiciera, el monarca se acercó al lecho del caballero y depositó un suave beso en su cabeza. El más bajo sonrió entre sueños y se acurrucó un poco más entre las cobijas.
-Lo siento, Arthur… pero es necesario-murmuró el gobernante de Rouge sintiendo que su corazón se rompía en mil pedazos. Acarició suavemente los dorados cabellos del mayor antes de dirigirse firmemente a la salida- Espero que lo entiendas… no puedo verte morir, simplemente no puedo.
Una lágrima rebelde recorrió la mejilla del monarca cuando salió de la habitación del caballero para dirigirse a las cocinas. El sol comenzaba a asomarse tímidamente en el horizonte, era ahora o nunca. Alfred entró a la cocina y miró el arma en sus manos. Un suave temblor recorrió su brazo mientras sostenía la espada y colocaba la punta en uno de sus costados. Esto iba a doler pero era necesario para salvar la vida de Arthur.
-Ok… aquí voy… -el rubio respiró profundamente por un momento antes de clavar la hoja del arma en su costado.
Yao estaba durmiendo profundamente cuando un grito lo hizo despertarse de golpe. La cama se encontraba vacía, Alfred no estaba. El pánico inundó todo su ser conforme tomaba un arma y salía al pasillo. Todos los miembros del ejército habían salido corriendo a la cocina donde una doncella gritaba histéricamente. Ahí estaba el peor escenario posible que se podían imaginar.
Alfred se hallaba tendido en el suelo con la ropa manchada de sangre. Tenía una espada clavada en uno de sus costados, una espada bastante conocida y significativa. Arthur se quedó congelado al ver su arma clavada en el cuerpo del monarca.
-¡Majestad!-gritó Yao al verlo y se arrodilló a su lado antes de mirar al rubio de cejas pobladas- ¡Arresten al caballero Arthur, ahora!- antes de que el mencionado pudiera reaccionar, Iván lo había agarrado por las muñecas para someterlo contra el suelo. El rey empezó a toser sangre y abrió los ojos- ¡Alteza, está vivo!
Los ojos azules de Alfred esquivaron la mirada de alivio de su reina para observar al confundido y asustado caballero. Había tantas emociones marcadas en sus bellos ojos verdes, miles de preguntas y preocupaciones, Arthur estaba herido pero vivo y eso era lo más importante.
-Majestad ¿qué fue lo que pasó?-preguntó la reina llamando la atención de su señor- ¿Quién lo atacó?- con todo el dolor de su corazón, el gobernante de Rouge señaló al caballero de cejas pobladas que se había quedado sin habla por el shock. Yao no podía creerlo, sin embargo ahí estaba la prueba y la acusación- Bien… en ese caso, yo declaro a Arthur culpable de intento de asesinato del supremo monarca de Rouge y su sentencia será el exilio del ejército y del palacio-las lágrimas se asomaron en los ojos del acusado. No, no es cierto…
Hola! Feliz navidad y año nuevo súper mega atrasado! Espero que se la hayan pasado bien!
All the drama! No culpen a Alfred, lo hizo con buenas intensiones, en verdad.
Gracias por leer y por sus comentarios.
Cuervi: Ahora ya sabes lo ruin que hizo Alfred jejeje
Flannya: Jeje ya viste lo que hizo Alfred por la desesperación, ahora falta ver lo que hará Feliciano jeje
Espero que les haya gustado y no olviden comentar.
