Feliciano llevaba toda la noche en vela, simplemente no podía dormir pues su mente se hallaba trabajando a mil por hora. Era una suerte que la reina Elizaveta se hubiera ido con el caballero esa noche, eso le daba toda la libertad de pasearse por la habitación, hundido en sus pensamientos. Había un solo nombre que rondaba la mente del monarca azul: Ludwig… Ludwig… Ludwig… no podía dejar de pensar en él por más que lo intentaba. ¿En qué momento ese hombre se había vuelto tan importante en su vida?

El castaño se apoyó en el alfeizar de su ventana y miró los amplios jardines del palacio. Cuando él pensaba en el amor sólo se le venía a la mente su padre, esa persona que lo había amado hasta el final de sus días. No recordaba el rostro de su madre, tan solo su voz cuando cantaba. Su hermano lo odiaba y no lo culpaba por ello, definitivamente debió buscarlo en cuanto supo de su existencia pero no lo hizo.

¿Será que estaba destinado a estar solo? ¿Acaso nunca conocería otro amor además del filial que le dejó su padre? Comenzaba a dudar de ello. Había leído incontables cuentos románticos que tenían en la biblioteca y había visto a la reina Elizaveta enamorada de dos personas y aún así se consideraba un completo inepto en el amor romántico. Por más que le explicaban, él no parecía entenderlo.

-Ehm… majestad ¿cómo se siente estar enamorado?- el joven rey le preguntó a la castaña al final de uno de sus agotadores entrenamientos. La reina lo miró confundida por un momento antes de sonreír ampliamente. El pequeño Feliciano estaba creciendo.

-El estar enamorado es la sensación más loca y maravillosa del mundo- le explicó ella mirando el horizonte con la sonrisa instalada en los labios- es tener miedo y valor al mismo tiempo. Es sentir mariposas en el estómago al ver a esa persona especial. Es sentir un hormigueo por todo el cuerpo al oír su voz. Es algo mágico que no se puede comparar con nada en este mundo.

Algo mágico. Pues ciertamente lo que él sentía no era mágico. Tenía miedo por Ludwig, temía que le pasara algo en la guerra que se aproximaba a pasos agigantados. Cada vez que pensaba en lo que le podría ocurrir se le cerraba la garganta y un horrible agujero se abría paso en su pecho. Sus pesadillas estaban plagadas de cuerpos destrozados y de sangre en todos lados, podía verse a sí mismo solo frente a los cadáveres.

Su corazón empezó a palpitar dolorosamente ante el mero pensamiento. Elizaveta, su adorada reina y el apoyo más grande en su vida después de su padre, yacía en el suelo, con la mirada perdida en el cielo y una espada clavada en el abdomen. Las lagrimas empezaron a inundar sus ojos mientras trataba en vano de olvidar esas imágenes mentales. Al lado de la castaña se encontraba Roderich, blanco como la nieve, con sus elegantes ropas manchadas de sangre. Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras el rey se jalaba el cabello. "No pienses en eso, no pienses en eso" se gritaba mentalmente pero no podía evitarlo. Dos escaques a la derecha se encontraba un báculo tirado a los pies de una pequeña figura. Kiku parecía estar durmiendo por la posición en la que su cuerpo había caído al suelo, o tal vez eso era lo que Feliciano quería creer. Sólo estaba durmiendo… para siempre.

-¡BASTA!-gimió el monarca rojo cayendo de rodillas mientras agarraba su cabeza con fuerza, sentía que iba a explotar- ¡Detente!- suplicó entre lágrimas con la voz entrecortada pero su mente le lanzó una última imagen, la que no quería ver. Ludwig. No… ¡¿por qué él?! El rubio no estaba en el suelo, estaba en sus brazos. Su piel pálida reflejaba un hecho que Feliciano se negaba a aceptar. No iba a aceptar que esos hermosos ojos azules nunca más lo verían con cariño y alegría ni que esa boca adoptaría la sonrisa más perfecta del mundo. No… no podía aceptarlo…

El supremo gobernante del reino rojo se mordió el brazo para evitar que su grito de desesperación se escuchara por todo el palacio. No podía seguir ahí solo imaginando lo que le pasaría a sus seres queridos. Simplemente no podía o terminaría haciéndose daño por la ansiedad y la desesperación. Así que se levantó entre lágrimas y gemidos para salir corriendo de su habitación. Necesitaba verlo, aunque fuera por un momento, necesitaba saber que él seguía vivo.

Los pasos apresurados del monarca pusieron en alerta a Ludwig que se hallaba haciendo guardia en la entrada principal del palacio. El corazón del rubio se contrajo dolorosamente al ver a su rey llorando y gimiendo amargamente pero no tuvo tiempo de preguntar nada pues el castaño se lanzó a sus brazos. La torre abrazó instintivamente al más bajo que se aferró a sus ropas como si su vida dependiera de ello.


Arthur no podía creer lo que estaba pasando, su cerebro se había desconectado mientras empezaba a guardar sus pertenencias en un saco de tela. "No… esto no está pasando" El rubio siguió recogiendo todas sus cosas en ese estado de total estupor. Su cuerpo se movía de manera automática pues su mente estaba hundida en cientos de preguntas. "¿Qué había pasado? ¿Realmente había atacado al rey en sueños?" No parecía probable aunque también había tenido un sueño tan pesado como nunca en su vida. Tal vez sí era sonámbulo de vez en cuando y por ello él era una amenaza no solo para el rey sino para todos los habitantes de palacio, quizás sí debía irse… pero ¿a dónde iría? No había hablado con sus hermanos en años, no desde que su padre había muerto y él había tenido que entrar al ejército para sobrevivir pues no estaba hecho para trabajar en el campo como su hermano Dylan o para ser mercader como sus hermanos Henry y Patrick.

-¿Y ahora que voy a hacer? –su voz sonaba vacía y sin vida a pesar del miedo que carcomía su ser, de la incertidumbre que corría por sus venas. En verdad esto debía ser un sueño, una pesadilla de la que pronto despertaría- Esto no puede estar pasándome… - Justo en ese momento escuchó pasos detrás de él por lo que desenvainó su daga de bolsillo antes de enfrentar a su enemigo.

-Tranquilo…- murmuró Iván con su eterna sonrisa. Arthur lo miró sorprendido por un momento antes de guardar su arma. Los verdes ojos del caballero lo miraron con confusión lo que hizo que la sonrisa de la torre se ampliara antes de adquirir un tono divertido- Arthur se está preguntando que hizo mal ¿no es así? Pero no sabe que él no hizo nada.

-Entiendo que aún mantengas tu fe en mí, Iván, pero al parecer ataqué al rey-murmuró el rubio. Nunca se había llevado bien con el más alto del ejército pero agradecía internamente el voto de confianza. Al parecer había alguien que no lo creía una horrible amenaza. Sin embargo, para su gran sorpresa, el hombre de ojos violetas negó con la cabeza- ¿Tú no crees que ataqué al rey?

-Yo sé que Arthur no atacó al rey… el rey atacó al rey… -la voz de la torre sonaba sumamente misteriosa y eso aunado con la amplia sonrisa en sus labios confundió al caballero. ¿El rey atacó al rey? ¿De qué rayos estaba hablando Iván? – Iván vio al rey atacar al rey con una espada que no es de él.

-¿Qué estás diciendo, Iván? –preguntó Arthur sumamente confundido. Nada de lo que decía la torre tenía sentido- ¿Estás diciendo que el rey se atacó a sí mismo con mi espada? –el más alto asintió solo una vez. Esa era una acusación muy grave- ¿Estás completamente seguro? ¿Por qué el rey haría eso? – Iván se limitó a lanzarle una sonrisa cómplice que Arthur no entendió- Como sea, debo hablar con él. Espero que estés diciendo la verdad o esto me costará muy caro.

El caballero caminó con miles de preguntas en su cabeza. Él sabía que la reina lo estaba esperando junto con el resto del ejército en la sala del trono para despedirlo propiamente… y por propiamente se refería a que iban a deshonrarlo y a marcar a su familia con el signo de la deshonra por siglos. No le llamaba la atención llegar temprano a esa cita. Por otro lado también quería despedirse del rey y tal vez disculparse propiamente… antes de preguntarle casualmente si había tratado de suicidarse con su propia arma.

Fue en verdad un golpe de suerte que la habitación real no estuviera custodiada por una millonada de guardias, tal vez lo creían lo suficientemente asustado o que aún conservaba un poco de honor para no tratar de asesinar al convaleciente monarca. Tocó suavemente para no alertarlo y el rey le permitió entrar.

-¡¿Arthur?!- exclamó Alfred sorprendido al verlo aparecer de la nada. El joven monarca se encontraba tendido en su cama con el torso descubierto con un par de vendas que cubrían su herida en el abdomen. Ambos se sonrojaron en el acto y el rey se apresuró a cubrirse con las sábanas- ¿Qué estás haciendo aquí?

-Yo… -las palabras se atoraron en su garganta por un momento mientras él luchaba por recomponerse- Antes que nada yo quería… despedirme. Creo que esta es la última vez que nos veremos, majestad. Lamento que hayamos tenido nuestras diferencias así que quiero terminar bien nuestra relación.

-Ehm… -el rey rojo definitivamente no esperaba esa clase de respuesta por parte del caballero y el remordimiento así como la culpa comenzó a atacar su mente sin piedad mientras su cuerpo parecía moverse solo. Con dificultad, el monarca se levantó de la cama para caminar hacia al más bajo quien inmediatamente se había acercado para ayudarlo- Gracias… por todo…

-Majestad… quiero hacerle una última pregunta, la última antes de que nuestros caminos se separen para siempre. ¿Promete contestar sinceramente?-la pregunta del mayor hizo que el corazón del gobernante de Rouge comenzara a latir salvajemente. ¿Qué quería preguntarle? ¿Acaso era la pregunta que tanto deseaba saber? El rubio de ojos azules asintió una vez con el corazón en la garganta- ¿Majestad? ¿Usted se apuñaló a sí mismo con mi espada?

-¡¿Qué?!- Los ojos del menor se abrieron por la sorpresa pero sus mejillas se sonrojaron. La pregunta era peor de lo que había imaginado ¿cómo lo había adivinado? Él se había asegurado que nadie lo siguiera. Era un plan infalible ¿Qué había pasado?- ¡¿D-de qué ha-hablas?! – su voz tembló al final lo cual delató obviamente su mentira.

- Majestad, no me mienta-exclamó Arthur sujetando al rey de la muñeca con fuerza. No lo dejaría huir. Necesitaba respuestas- ¡¿Por qué me hizo esto?! ¡¿Por qué me inculpó e hizo que me sacaran del ejército?! ¡No tengo a dónde ir! ¡Voy a acabar en la calle!- tantas acusaciones abrumaron al menor hasta que explotó.

-¡MEJOR EN LA CALLE QUE MUERTO EN BATALLA!-le gritó Alfred sujetando al más bajo por los hombros para mirarlo directamente a los ojos- No puedo dejar que mueras… no puedo… Tú… eres muy importante para mí… ¡NO QUIERO PERDERTE!


HOLA! He regresado después de meses de ausencia con otro capítulo de este fic que sinceramente me encanta.

Demasiadas emociones en este capítulo ¿Qué pasará ahora?

Gracias por leer y por sus comentarios

Cuervi: Gracias por tu comentario, este capítulo es para ti.

Flannya: Bueno, se descubrió la trampa de Alfred muy rápido en verdad pero eso le pasa por bobo. Gracias por tu comentario, este capítulo es para ti.

Espero en verdad que les haya gustado y no duden en comentar.