El aire entraba y salía de sus pulmones a un ritmo irregular. La fría brisa lo golpeaba en el rostro mientras corría con todas sus fuerzas por el oscuro bosque tratando de huir del sonido de voces y cascos que se escuchaban tras ellos. Estaba asustado, no lo negaba pero era la cálida mano de Arthur que le infundía esperanza. Debido a su atrevido escape, ambos estaban mojados de pies a cabeza, a merced del horrible frío de invierno que azotaba la región. Gracias a que ambos eran miembros del ejército y que habían estado sometidos a duros entrenamiento, estaban en muy buena forma.

A pesar de que los perseguían en caballos y a pie, llevaban una buena ventaja que les permitió llegar a un humilde pueblo vecino. Alfred esperaba que aun no se hubiera extendido la noticia de su exilio por lo que, se acercó a una de las casas más alejadas de la plaza principal para buscar ayuda. Una campesina abrió la puerta cuando el ex monarca tocó.

-¡Majestad! –Exclamó la mujer sorprendida antes de hacer una reverencia- ¿Qué ocurre? ¿Está todo bien?- en ese momento, dos niños de caras rechonchas y ojos curiosos los miraron desde la cocina.

-Es mi deber pedirle que nos provea de comida y agua además de uno de sus caballos- explicó el rubio de ojos azules rápidamente antes de sacar un gran saco de monedas de oro de sus mojados ropajes. La mujer los miró de par en par antes de dejarlos entrar a su casa.

-Espero que les queden las ropas de mi marido-comentó la plebeya mientras les entregaba las túnicas. Acto seguido, los dejó solos en la habitación para que se cambiaran mientras ella ponía comida en un saco de tela. Un silencio incómodo se instaló entre Alfred y Arthur que evitaban mirarse por la vergüenza. Finalmente fue el más alto el que, tras darle la espalda a su acompañante, comenzó a desvestirse.

Las mejillas de Arthur se colorearon de un furioso tono rojizo cuando sus ojos verdes recorrieron la piel de la espalda del monarca. Avergonzado por estarlo observando, también empezó a quitarse los mojados ropajes. Alfred terminó de cambiarse primero y no pudo evitar recorrer con la mirada las desnudas piernas del más bajo. Se moría por tocar la piel ajena, por más que supiera que eso estaba prohibido.

-¿Ya terminaron?-preguntó la dueña de la casa haciendo que sus invitados saltaran asustados. A Arthur le habían quedado a la medida mientras que a Alfred le quedaban un poco apretadas. La mujer sonrió tristemente al verlos con las ropas de su difunto marido. El antiguo monarca tomó las húmedas ropas del suelo y les arrancó las piedras preciosas que decoraban sus atuendos antes de lanzarlas a la chimenea donde el crepitante fuego chispeó al recibir la mojada tela.

-Debemos irnos-dijo el más alto metiendo las joyas en la rebosante bolsa de comida que la mujer le dio- Recuerde, no puede decirle a nadie que estuvimos aquí, asegúrese de quemar bien nuestras ropas-la campesina asintió y los llevó al establo donde el caballero escogió uno de los caballos que se veía fuerte y saludable- Le agradezco infinitamente y espero poder pagárselo algún día.

-No se preocupe, majestad-respondió ella mientras los dos hombres subían al caballo. Arthur tomó las riendas del corcel y, tras agitarlas con firmeza, se lanzaron al frío de la noche- ¡Qué tengan un buen viaje!-les gritaron los niños por la ventana mientras se despedían de ellos agitando sus pequeñas manos.

El joven caballero no podía evitar sentirse incómodo al notar el aliento del antiguo monarca en su oreja y sentir sus cálidos brazos alrededor de su cintura. Alfred había aceptado sin duda que el mayor tomara el mando del corcel pues, al ser un caballero, Arthur hacía entrenamientos semanales de luchas sobre caballos.

Gracias a su nuevo medio de trasporte pudieron moverse más rápido por lo que, cuando se ocultó el sol en el horizonte ese día, ellos llegaron a los campos de cultivo que se encontraban a las afueras del reino. Acababan de pasar todo un día huyendo y el caballo estaba agotado por lo que decidieron hacer un pequeño campamento a la orilla de un río.

El corcel se detuvo a pastar y beber agua mientras ellos encendían una fogata. No habían hablado en todo el viaje, es más, nunca habían pasado tanto tiempo juntos y eso los ponía incómodos. Después de que el ex monarca casi se le declaró al caballero por el miedo a no volverlo a ver, ahora no sabía qué decirle. Un silencio incómodo se había instalado entre ellos mientras un alegre fuego crepitaba en la pequeña fogata que Arthur estaba tratando de avivar.

-Esto… me imagino que estás cansado, después de tantas emociones- dijo el menor tratando de sonar casual. No había podido aguantar por más tiempo ese aplastante silencio o se volvería loco.

-Así es… este no es precisamente el mejor día de mi vida-gruñó el más bajo rodando los ojos. Claro que estaba cansado y asustado. Se habían quedado sin casa y sin hogar. Ahora eran forajidos y esa falta de seguridad lo ponía muy tenso- ¿Cómo puede estar seguro de que el Rey Feliciano no nos entregará a la Reina Yao en cuanto crucemos la frontera de Lorem?

-Simplemente lo sé, el Rey Feliciano es mi amigo y prometió ayudarme siempre que lo necesite- dijo el rubio de ojos azules sentándose al lado de la fogata para calentarse tras haber atado al durmiente caballo a un árbol.

-Eso lo prometió cuando usted era rey, no puede esperar que mantenga la misma promesa con un forajido-gruñó Arthur molesto cruzándose de brazos. El menor rodó los ojos, no podía entender cómo se había enamorado de ese odioso caballero, cada vez que estaban juntos, se la pasaban peleando.

-¿Entonces qué sugiere, oh señor que todo lo sabe?-se burló Alfred haciendo una maliciosa reverencia ante su acompañante antes de sacar un trozo de pan de la bolsa de tela que la mujer le había dado. El mayor torció la boca molesto por las burlas y también tomó un trozo de pan de la bolsa.

-Yo creo que lo mejor es que nos separemos- sentenció el de ojos verdes y el antiguo rey casi se atraganta con su pan. Lo miró con sus brillantes ojos azules abiertos de par en par ¿separarse? ¿pero por qué?- Si nos separamos, será más difícil que nos encuentren. Nos ocultaremos en algún pueblo cercano a la frontera y volveremos a empezar como campesinos comunes.

-¿Pero por qué no quieres estar conmigo?-preguntó Alfred asustado antes de taparse la boca. Un suave sonrojo inundó las mejillas de ambos por las apresuradas palabras del menor. Ni siquiera las había pensado, tan solo habían salido de su boca sin permiso.

-Yo… no es que no quiera… estar contigo…-murmuró Arthur mirando su trozo de pan mientras el sonrojo se extendía hasta sus mejillas- Es solo que… es más seguro si nos separamos, nos encontrarán más rápido si estamos juntos.

-No me importa si es más seguro, yo no quiero alejarme de ti-dijo el más alto con un tono apasionado. Los ojos de ambos rubios se conectaron. El corazón de Arthur empezó a latir con fuerza al notar el fuego en la mirada ajena. El menor se veía determinado y no parecía que pudiera cambiar- Yo quiero estar contigo, Arthur. Prefiero morir que apartarme de tu lado.

-Yo… -el mayor dejó de respirar por la sorpresa cuando el antiguo gobernante de Rouge extendió su mano para acariciar su mejilla- Alfred…- el nombre ajeno salió acompañado de un suspiro de sus labios. ¿Valía la pena seguirse engañando ahora que todo su mundo se había desmoronado? ¿Debía Arthur seguir honrando la regla dorada de su tierra cuando ya no eran parte del ejército?

Con los corazones latiendo a un mismo ritmo, los ojos rubios se acercaron lentamente, iluminados solo por la titilante luz de las llamas. Arthur extendió una temblorosa mano para acariciar la mejilla del menor antes de sus alientos se combinaran. El suave roce de sus labios los hizo saltar como impulsados por una corriente eléctrica, fue mucho más impresionante de lo que ninguno de los dos se pudo haber imaginado.

Alfred atrajo al mayor al deslizar la mano por su nuca y el beso se volvió más profundo y apasionado. El corazón de Arthur parecía que iba a explotar mientras los labios perfectos del menor derretían sus pensamientos. El antiguo monarca sintió cómo se le escapaba el aliento, dejándolo maravillado y mareado. Ambos se separaron para recuperar el aliento al tiempo en que sus mejillas se sonrojan.

-Te amo, Arthur…-murmuró el menor reafirmando en vano lo que el apasionado beso ya había transmitido- Por más que intenté evitarlo, no pude evitar caer ante ti, completamente enamorado- El más bajo se sintió morir de felicidad, incluso una lágrima de alegría rodó por su mejilla.

-¿Y por qué me lo dijo hasta ahora?-le reclamó el mayor con un nudo en la garganta para sorpresa del monarca- Creí que solo yo había sido tan idiota como para enamorarme y romper la regla dorada de nuestra tierra- y en un arranque de locura, fue Arthur el que tomó al menor por las mejillas y volvió a besarlo con deseo y alivio-Yo también te amo.


Feliciano caminaba de un lado al otro. Había preparado el carruaje que los llevaría a uno de los pueblos más escondidos del reino, uno que ni siquiera él había visitado. Fue un alivio cuando vio al rey Alfred y a su caballero cruzar la frontera montados en un bonito caballo. Los recién llegados descendieron del animal y le hicieron una reverencia al monarca de Lorem que iba acompañado de la reina.

Sin perder más tiempo, los cuatro subieron al carruaje para dirigirse al pueblo perdido y oculto. Mientras viajaban, los dos rubios pusieron al corriente a los dos monarcas de Lorem sobre lo que había ocurrido. Elizaveta los miró emocionada, se veían tan enamorados que le daban ganas de gritar, pero Feliciano los miraba con preocupación. En verdad exiliaban a la gente por romper la regla dorada.

El pueblo donde se refugiarían era un pueblo pesquero, ubicado en la costa más alejada del reino donde había pocas casas y poco comercio con el exterior. Los habitantes, sorprendidos al ver la carroza real, salieron de sus casas para darles la bienvenida. El carruaje se detuvo en la pequeña plaza principal, al lado de la fuente que indicaba el centro del pueblo y los cuatro bajaron.

-Gracias por esta cálida bienvenida- agradeció Feliciano con una amplia sonrisa mientras la gente aplaudía- Es un honor estar aq…-pero las palabras se ahogaron en su boca cuando vio a un joven de cabello blanco y ojos rojos que lo miraba con total sorpresa. No… no era posible…- Gil… ¡¿Gilbert?!


HOLA! FELIZ AÑO NUEVO! Espero que hayan tenido un excelente inicio de año, ya estamos muy cerca de terminar este fic, le quedan como 5 capítulos. Estoy muy emocionado por haber llegado hasta aquí, pues desde que lo empecé, este momento lo tuve muy claro en mi mente. Gracias por haberme acompañado hasta acá.

Gracias infinitamente por sus comentarios pues en verdad me han animado a llegar hasta este punto en la historia

Cuervi: Sé que no fue mucha sorpresa quién era el villano, pero espero que sí haya sido sorpresa quién sigue vivo.

Espero que les haya gustado y no olviden comentar.