–Estúpido y sinvergüenza jovenzuelo, has osado engañar a tu prometido cobardemente en mi casa, ¡En mi casa! Incluso cuando te creí un hombre de bien. No tienes idea de lo que le has hecho a tu familia.
Emma se encontraba frente a Arthur y a Elizabeth. Las manos cerca de la cintura, la mirada furiosa y acusadora que dirigía al pobre Arthur que no hacía más que temblar en su lugar.
–¡Ahora vas a escuchar lo que tengo que decir! ¡Escucharás sin decir ninguna palabra! ¡¿Está claro?!
La casa resonaba en gritos de la dama Akrosimova. Arthur sollozaba mudo junto a su prima, temblando de pies a cabeza, respirando entrecortado sin hacer ningún atisbo para largarse o para responder.
–Arthur... –susurró Elizabeth dulcemente, intentando calmarle aun cuando ella también se encontraba envuelta en transparentes lágrimas.
Emma intentó acariciar la mejilla de su ahijado con maternal toque, mas fue alejada bruscamente por el brazo del joven Kirkland.
–¡No me toquen! ¡¿Qué me importa a mí?! ¡Debería simplemente morir! –sollozó con los ojos esmeralda brillando con la luz reflejada en sus lágrimas.
–¿Qué le vamos a decir a tu padre, Dios? ¿Qué le diremos al príncipe Francis? ¡¿Qué le diremos a tú prometido ahora?! –preguntó Emma aterrada por el porvenir de su nombre y la reputación de la familia.
–¡No tengo prometido! ¡Lo he rechazado! –lloró Arthur en un decaído hilo de voz.
–Arthur –volvió a decir su prima en un intento por abrazarlo, pero Arthur gritó antes de que ella siquiera pudiera acercarse.
–¡No me toquen!
Emma caminó de un lado a otro por el medio de la sala de estar. Apresurada y temerosa, sus pasos torpes y a la vez seguros reflejaban lo mismo que sus ojos: Miedo, inseguridad, incertidumbre de lo que sucedería. No podía ser ella la causante de la ruina de la familia, Emma no podía ser la que arruinara la imagen que su apellido y casa había mantenido por tantos años. Pero fue en su casa, ¡En su propia casa donde Arthur Kirkland rechazó al príncipe por un mujeriego como el hijo del difunto príncipe Jones! Era inevitable la catástrofe que se veía venir.
–¿Dime, entonces, por qué Alfred nunca vino a pedir tu mano cómo es debido? ¡No es como si estuvieras encerrado y guardado bajo llave! ¿Cómo le explicarás esto a tu padre, aquel que tanta confianza tenía en tu futuro matrimonio? –Emma cuestionó enfurecida ante la actitud de Arthur – ¡Te comportarse como una fácil y él se aprovechó! No me extraña, es un hecho que Jones es un inútil sinvergüenza.
–¡No sé! ¡No sé cómo lo haré! ¡¿Es eso lo que desean escuchar?! –respondió Arthur luego de secar orgullosamente sus lágrimas de sus rosadas mejillas –¡Pero no metan a Alfred en esto! ¡Él es mucho mejor que ustedes dos!
Arthur caminó enfurecido hacia las escaleras luego de que su amor fuera catalogado tan cruel e injustamente.
–¡¿Por qué tenían que interferir?! ¡Oh, Dios! ¡¿Quién les dio el maldito derecho de meterse en mi vida?! ¡¿Quiénes son ustedes para decirme algo?! ¡Y Eliza, tú! ¡¿Por qué me traicionaste así?! –Arthur volvió a sollozar desconsoladamente antes de volverse a la escalera.
Emma y Elizabeth intentaron seguirlo rápidamente, pero fueron detenidas por él mismo en un nuevo llanto.
–¡Váyanse! ¡Todas váyanse de mi vida!
Seguido de eso, el más joven de los Kirkland corrió escaleras arriba y se encerró con un portazo en su habitación.
–¡Arthur Kirkland! –gritó Emma al llegar a la segunda planta y encontrar la puerta cerrada –Mi Arthur... –susurró de una forma dulce con la esperanza de que la entrada le fuese concedida.
Arthur no respondió ni en ese momento ni horas después. Ambas mujeres se encontraban preocupadas por el estado del menor, temían razonablemente lo peor sin que esta fuera ninguna exageración.
–Dejémoslo dormir –intentó tranquilizar Emma resignada a la obstinación de su ahijado mientras Eliza intentaba mover nuevamente la manilla que ambas sabían estaba cerrada –¡Dejémoslo dormir!
Eliza se alejó de la puerta, sobresaltada por el grito de su tía, y se retiró seguida de Emma a la primera planta.
Pero Arthur no dormía, estaba recostado en su cama, sollozando con los ojos fijos en la puerta, en la ventana y nuevamente en la puerta. Esperaba, anhelaba que Alfred cumpliera su promesa y volviera a buscarlo. Caminó hacia la ventana, observando con quietud el tranquilo cielo destellando en pequeñas y lejanas estrellas.
Yao llegó unas horas después, bien entrada la noche. Conversó con Emma temas que a él, sinceramente, no le interesaban. En realidad, poco le importaba Yao y el porqué de su visita, siquiera quería imaginar qué era lo que necesitó de una llamada tan desesperada de parte de su madrina. No podía hacerlo, su mente estaba simplemente llena de Alfred, de los recuerdos, de los momentos, los toques y las palabras, las cartas y las promesas que no pudieron ser realizadas.
Observó desde su ventana cómo el viejo Yao, aun cuando no lo era tanto, se alejaba corriendo por la avenida. Levantó la cabeza un poco para ver hacía dónde se dirigía, imaginando si era con Alfred con quien se encontraría luego de su charla con Emma.
Arthur murmuró unas palabras para Alfred, susurró suavemente al viento oraciones y versos que esperaba encontraran a su amado en cualquier lugar en el que este se encontrase. Llorando, murmurando, rezaba porque sus plegarias fueran escuchadas, porque su amor volviese a buscarlo.
Unos suaves toques en la puerta llamaron su atención, le hicieron volverse y caminar instintivamente hacia esta, mas, antes de tocar el pomo, se detuvo en seco.
"No puedo abrirles, no voy a hacerlo" se recordó antes de cometer un error del que se podría arrepentir.
–Arthur, por favor, abre –rogó Emma desde el pasillo –Necesito hablarte sobre Alfred.
Suspiró entrecortado, llenando nuevamente sus ojos de lágrimas. ¿Qué más tenía que criticar a Alfred? ¿Qué más podía reprocharle por el daño que había causado a su familia, daño del cual él siquiera se daba cuenta?
De todas formas, abrió lentamente la puerta para encontrarse frente a frente con la rubia y elegante mujer que desde pequeño lo conocía, a la cual le fue entregado como ahijado con la vaga esperanza de que él mismo lograra ser igual de reconocido en la alta y falsa sociedad rusa.
–¿Qué sucede, Emma? –preguntó Arthur sin ánimos.
Yao seguía corriendo, pensando y tratando de dar con un lugar en el que su cuñado pudiera encontrarse. Su sangre se agolpaba en las mejillas y el corazón le latía preso de la angustia. No estaba en el parque, tampoco lo encontró en el bar o el club. Volvió a su casa con la esperanza de ver a su esposa y conversar con ella sobre lo reciente acontecido, pero tal fue su sorpresa al encontrar a ambos hermanos juntos en la sala de estar.
–Yao, ¿Te has enterado del fallido intento de mi pobre Alfred para escaparse con el joven Kirkland? –comentó su esposa al levantarse para recibir en el vestíbulo a su marido.
Alfred miró a su amigo y cuñado con clara tristeza y desesperanza.
–¡Necesito ver a Arthur! –exclamó en un tono de desesperación y ansiedad a penas Yao se encontró frente a él –¡Debe haber una posibilidad de encontrarme con él!
No hubo respuesta, siquiera una mirada directa a los ojos que supusiera un mensaje, una señal de que su petición había sido escuchada por el mayor.
–Necesito hablar contigo en mi oficina –sentenció serio Yao antes de retirarse al lugar previamente mencionado.
Alfred miró asustado a su hermana por la actitud de su cuñado. Ella solo atinó a dirigirle una mirada de compasión previa a retirarse a su habitación, dejando a Jones solo.
Recordaba, recordaba la noche de ese sábado. Él había llegado también solo al teatro en el que la ópera era presentada. Había conseguido con charlatanería inútil que el portero abriese la puerta para él aun sabiendo que el primer acto recién había acabado.
Alfred quedó de encontrarse con su hermana una hora atrás para observar la función con ella y Antonio Fernández, su buen amigo y compañero. Sabía que era tarde y eso le ganaría un reproche de su parte, mas no le dio importancia y bajó las escaleras al centro del teatro sin centrarse en nada, caminando galante y engreído frente a la multitud que sin duda le miraba.
"Quizás debí haberme quedado en casa con Yao. Me ahorraría este aburrido espectáculo" pensó al momento en que unas suaves luces alumbraban los box de lo alto del teatro.
Arthur se encontraba allí junto a Emma y Eliza, sentado desde lo alto con una posición privilegiada para observar todo lo que en el recinto acontecía. Su prima había notado hace unos segundos cómo aquel hermoso y atractivo joven bajaba por las escaleras de la entrada sin notar su propia belleza que atrapaba a cuanta joven observara su fachada.
–Arthur... –susurró con una sonrisa maliciosa para llamar la atención de su primo, mas ya era tarde.
El joven Kirkland miraba a Jones conteniendo la respiración a medida que sus mejillas se tornaban de un escarlata rojo. Estaba enredado en el confiado aire del caminar del hombre que recién había entrado a la ópera.
"Qué atractivo es, ¡Tan hermoso!" Pensó mientras las luces se extendían sobre su dorado cabello y revelaban su pálido y sonrojado rostro que brillaba en los esmeraldas ojos que tan ensimismados seguían cada paso de Alfred.
Era el hermano de Emilia Wang, esposa de Yao Wang y, al parecer, amante de Antonio Fernández. Emma había comentado esto a su ahijado poco antes de comenzar la función junto a una advertencia.
–Es mejor que te alejes de esa familia –había susurrado en su oído una vez que Emilia se hubo alejado.
Jones se detuvo súbitamente en el último escalón antes de llegar a su lugar junto a Antonio. Acomodó su espada y, como si el destino lo hubiese querido, levantó su mirada hacia el box desde el que Arthur observaba silencioso. Sus ojos, sus zafiros como el brillante azul del profundo mar en el verano se juntaron con las intensas esmeraldas que brillaban con emoción y vergüenza ante tan súbita acción.
–Mais charmante –susurró Alfred en un suspiro coqueto mientras volvía a caminar hacia la primera fila.
Arthur mantenía su rostro en alto sobre la baranda, rojo hasta las orejas y con pequeñas lágrimas asomando sobre sus pestañas.
El segundo acto comenzó, pero Arthur prestó menos atención que la que con suerte había podido poner en los cantantes antes de la entrada de tan atractivo joven. Su corazón palpitaba rápidamente en su pecho y sentía que hasta Eliza podía escucharlo sin esfuerzo, pero Eliza no estaba pendiente de eso. Elizabeth observaba con preocupación el estado de cautivación en el que su querido primo se encontraba luego del encuentro con Alfred.
La audiencia expectante frente al escenario no notaba las miradas inocentes que Arthur desviaba hacia el joven Jones. Sonrojado y emocionado observaba como Alfred comentaba con Antonio dirigiendo su mirada directamente hacia sus verdes ojos. Ni un solo momento los ojos de Alfred dejaron a Arthur, ni por un solo segundo pudo descansar de tan encantador embelesamiento.
La ópera terminó envuelta en estruendosos aplausos a los que Arthur no se unió. Distraído, no notó siquiera cuando Emma y Eliza salieron del box y bajaron las escaleras a la primera planta.
"Ya terminó" notó segundos después.
Arthur se levantó y apoyó en la baranda. Arregló con delicadeza su blanco y elegante traje de plateados y brillantes botones y medallas. Desamarró la espada de su costado antes de voltearse y sobresaltarse con esperada sorpresa.
Alfred se encontraba en la entrada del box, observando cada insignificante movimiento que Arthur realizaba nervioso por la insistente mirada que Jones le dirigía a sus manos, brazos y cuello.
–Hace mucho que esperaba un placer como este –habló Alfred a medida que se acercaba a Arthur –Creo que desde el baile de los Braginsky, de donde tengo el buen recuerdo de haberte visto.
Arthur retrocedió torpemente al sentir la presencia del encantador joven frente a él muy cerca. Sonrojado, levantó el rostro y le miró directamente en sus azules ojos.
–¿Es así? –susurró el joven Kirkland a su interlocutor.
"Es igual de atractivo de cerca que a la distancia" pensó cuando se apoyó a su lado en la baranda, tan cerca que podía incluso ver el brillo en sus rubias pestañas.
–¿Sabes, Arthur? –preguntó llamando la atención del chico que se alejó sobresaltado cuando Alfred se volteó hacia él sin previo aviso –Habrá una fiesta en la casa de Fernández en unos días ¡Deberías venir! ¡Oh, deberías venir!
Alfred acercó su mano al brazo de Arthur con la intención de tocarle.
–Oh –murmuró Arthur como suave respuesta.
Arthur se sentía completamente indefenso a su lado. Él en ningún momento dejó de mirar su cuello, sus brazos y su sonrojado rostro. Sabía de seguro que estaba embelesado por él, sentía en su mirada la calidez y amabilidad que intentaba ofrecerle.
Mirando directamente a sus ojos se sentía inseguro. Sabía que no había ningún obstáculo entre ellos, que nada podría detenerlos. Sentía que en cualquier momento él podría acercarse, abrazarlo por la espalda y besarle el cuello. Este simple pensamiento hizo que Arthur se estremeciera de pies a cabeza.
–¿Te gusta Moscú? –preguntó inocentemente Arthur, aprovechando esta frase para alejarse un poco del encantador joven.
–Al principio no me gustó mucho –respondió el aludido un poco decepcionado por la lejanía que Kirkland había creado –Pero ahora me gusta. Demasiado, para ser sincero.
Una coquetería explícita se escuchaba en el tono que Jones usó para responder una simple pregunta, dando a entender que él podía aprovechar cualquier oportunidad que se presentara para demostrarle su interés.
–Por favor, ven a la fiesta, Arthur. Estoy seguro de que serás el más encantador en el salón. Te lo aseguro –sonrió galante frente a un avergonzado joven que intentaba mirar a cualquier otro lugar con esfuerzos inútiles.
Continuaron hablando de cosas ordinarias, pero Arthur estaba cautivado en una atmósfera de emoción y suspiros. Miraba a sus ojos embelesado por su belleza. Sentía que nadie podía verlos, que nadie jamás podría terminar con ese mágico momento en el que ambos se encontraban tan juntos y, a la vez, tan lejos el uno del otro.
Arthur nunca se había sentido así con ningún otro hombre; Era tan cercano, tan cálido y amable, como si se conocieran de toda una vida, como si pudiera confiar todo lo que poseía en su persona. Lamentablemente, ese también fue su error.
Por otro lado, Alfred tampoco se alejaba mucho del sentimiento que Arthur comenzaba a profesarle. Pese a su galantería e incansable coquetería con cualquier mujer, se sentía diferente con aquel encantador y joven muchacho. Sentía que podía ser sincero, que podía acercarse sin necesitar a nadie más que a él. Nadie más, solo Arthur y él.
Seguía pensando lo mismo cuando entró silenciosamente al despacho de Yao.
–Permiso –dijo con aire tímido al cerrar la puerta con él dentro.
Su cuñado se encontraba de espaldas a la puerta, mirando el cristal de la ventana y el estrellado cielo nocturno.
–Te conozco, Alfred. Sé que, desde que tengo memoria, jamás has tomado en serio a ninguna mujer. No tendría por qué ser diferente esta vez –habló Yao dándose vuelta para mirar de frente a un avergonzado y triste joven.
Alfred evitó el contacto visual y posó sus ojos en el mismo cielo nocturno que Yao había observado hace algunos segundos.
–Te has involucrado con ese encantador joven, incluso sabiendo que estaba comprometido con Francis –continuó su amigo al no obtener una respuesta con la acusación anteriormente hecha –Has engañado-
–¡Nunca lo engañé! –gritó Alfred dejando de lado la tristeza frente a tal comentario –¡Además, no tienes derecho a hablarme en ese tono!
Los ojos de Yao brillaron en furia y enojo. Tomó a Alfred por los hombros y lo empujó fuertemente, haciéndolo caer cerca de la muralla, observando a su cuñado con digno terror.
–¡Es imperdonable prometerle matrimonio a un joven cuando no estás dispuesto a ello! ¡Eres un bastardo! ¡Sinvergüenza bastardo! –gritó Yao con rabia y furia en su voz.
–Yao, es suficiente. Detente –pidió Alfred intentando levantarse ante el miedo de comenzar una pelea en la que claramente él saldría perdiendo.
–¡Pero lo hiciste, ¿No?! ¡Pediste su mano por una carta sabiendo que el ingenuo joven estaba prometido! ¡Un hombre de honor no hace tal cosa! –habló Yao nuevamente, acercándose peligrosamente a su cuñado.
–¡Sí! –respondió finalmente Alfred –¡Pero yo lo amo! ¡Lo amo como nunca había amado a nadie!
Lágrima. Una brillante y pequeña lágrima se deslizó por el blanco rostro de Jones. Sus mejillas rosadas por la discusión no opacaron el sincero significado de aquel silencioso llanto.
Yao se calmó al escuchar sus palabras y la sinceridad que estas profesaban. Estrechó fuertemente a su viejo amigo en sus brazos como una muda disculpa.
–¿Tienes sus cartas? –preguntó en un susurro al haberse separado de Alfred.
Alfred asintió secando unas rebeldes lágrimas con su manga.
–Escapa con ellas. Este mismo día deberás irte de Moscú –sentenció.
La sorpresa. Los ojos zafiro de Alfred se oscurecieron y abrieron con inesperada y funesta sorpresa.
–¿Qué? –murmuró temiendo a su conocido destino.
Yao suspiró.
–Vengo de la casa de Emma Akrosimova. Me habló sobre Arthur y el peligro que corres en esta ciudad cuando vuelva Francis y el conde Kirkland a visitar a su hijo menor luego de la noticia de su amorío –comentó Yao sintiendo la tristeza de su joven amigo –Debes escapar de Moscú, debes irte a San Petersburgo esta misma madrugada.
Alfred volvió a llorar. Dejaba que las lágrimas libremente recorrieran su rostro y cayeran bailando al lejano suelo. Por primera vez que amaba a alguien con todo su corazón era obligado a separarse contra su voluntad. Por primera vez no quería irse del lado de una persona, pues sabía que no necesitaba a nadie más que a Arthur. No necesitaba nada más, pues realmente le amaba.
Un llanto, un sollozo que no correspondía a Alfred ni a nadie de la casa de Yao. Con Emma se encontraba Arthur, mirándola como un animal herido y a punto de ser asesinado por algo fuera de su alcance. Sollozaba nuevamente ante las crueles palabras de su madrina.
–¡Él no está casado! ¡No te creo! ¡Él no puede estar casado! –gritó desgarradoramente al momento que que caía sobre su cama sin fuerzas, sollozando y rogando por despertar pronto de aquella pesadilla.
–Arthur, querido –intentó Emma tocando amorosamente el hombro de su ahijado, pero no obtuvo respuesta.
–Déjame... –susurró en una inaudible voz captada solo por Emma.
Ella entendió y se retiró sin decir más.
"Alfred, tú...¡No puede ser! ¡No lo creo!" Se repetía una y otra vez mientras empapaba la suave frazada que cubría su cama.
–¿Me engañaste todo este tiempo? –preguntó destrozado como quien ruega al aire por su verdadero amor.
No quería creerlo, se negaba a hacerlo y pensar en que todas las palabras, caricias, promesas y momentos habían sido una mentira. Se prohibía figurarse a su amado Alfred cómo alguien que realmente nunca se interesó en él.
"Pero se veía tan seguro y sincero esa noche en la ópera" suspiró mientras los mudos sollozos estremecían todo su débil cuerpo.
Tan indefenso, tan débil y herido se sentía cerca de él y, a la vez, tan protegido y amado como nunca creyó poder serlo.
–Te amo, Alfred –susurró.
Se levantó temblando, apoyando su mano en la cama para impulsarse y lograr mantenerse en pie por siquiera unos segundos. Miró la luna en la ventana, observó cómo su luz irrumpía en la habitación, imprudente del dolor que el joven sentía.
"No puedo vivir sin ti" se dijo mientras unas lágrimas recorrían sus empapadas mejillas.
Caminó hacia el escritorio y, con una llave escondida bajo el tintero, abrió un pequeño cajón del cual sacó una pequeña botella. Tembló al sostenerla en su delicada mano y consideró aterrado lo que estaba a punto de hacer.
"Arsénico" leía la etiqueta en el pequeño cristal. Tragó hondo y tomó en su otra mano un vaso con agua que Emma le había dejado en la mesita continua a la cama.
Mezcló todo el contenido de la botellita hasta que los polvos se juntaron con la cristalina agua que se le había ofrecido.
–Oh, the moon. Oh, the snow in the moonlight –cantó el joven con una trémula voz que pronunciaba perfectamente aquel inglés que le era tan querido –And your childlike eyes, and your distant smile, I'll never be this happy again.
Arthur sollozó por última vez frente a la compasiva luna. Lloró por última vez el amor que nunca podrá tener y lamentó finalmente el destino que le fue designado. Nadie nunca entendería cómo le amaba, cómo no necesitaba a nadie más a su lado. Alfred se convirtió en su efímero todo y, cuando dejó de estar para él, creó un vacío tan doloroso que no le dejaría vivir tranquilo.
–You and I, and no one else.
La última nota flotó en la suave brisa antes de callar, poco antes de que el cristal de un vaso se rompiese estruendosamente contra el suelo. El cuerpo de Arthur cayó sin fuerzas cerca de la ventana y el único testigo de su sufrimiento fue la comprensiva luna. No había nadie más allí.
