¡Hola a todos! Bienvenidos a un nuevo capítulo. Llegamos a 1975, el año de los 15-16 que nuestra pandilla, que viene tan revuelta como siempre.
En este capítulo lo he centrado en dos cosas importantes que ocurrieron en su quinto curso: los chicos se convierten en animagos (es la más importante) y James se deja de rodeos, de obsesionarse en secreto o con sus amigos y comienza a pedir una cita (o acosar un poco) a Lily.
Así que ya veis, el 31 de octubre de ese año fue una efeméride muy importante. Disfrutad.
ALERTA de lenguaje un poco inapropiado y temas hormonales, pero nada que los mayores de 15 años no hayáis escuchado ya en la vida real. Por cierto, recuerdo que esto no me pertenece sino a otra rubia, en su caso británica y rica.
1975: Entre animagos y citas
Los quince años son la edad del pavo por antonomasia.
Eres un crío pero te empeñas en ser mayor. Solo para lo divertido, obvio.
Ya no eres tan niño y tus padres y profesores se empeñan en recordártelo. Solo para lo aburrido, obvio.
James no entra en la fase rebelde a los 15 porque siempre ha vivido en ella. Es impaciente, desobediente y tiene demasiada energía como para ser controlada. Claramente, los quince solo van a conseguir que todo vaya a peor pero, como siempre ha sido travieso, tampoco habrá una gran diferencia.
Sus amigos tampoco cambian tanto. Sirius, si cabe, se vuelve más sinvergüenza y ligón. Peter aún está buscando su personalidad, perdida seguramente en alguno de sus baúles. Y Remus sigue siendo un viejo prematuro, al que encima ahora han puesto una chapa que lo acredita.
Pero quien sí ha pegado un cambio importante es Lily Evans. Para el comienzo del curso, James ha tenido casi un año para acostumbrarse a la idea de que la chica le afecta como no lo hace ninguna otra. De que es mirarla y ponerse nervioso. De que, si discute con ella, solo puede pensar en callarla a besos. De que, si está cerca, tiene que llamar su atención, aunque acabe haciendo el ridículo.
Vamos, que Lily Evans le gusta. Está colado por ella, más bien. Lo ha asumido y ya no hay dramas. Incluso sus amigos lo han hecho, aunque Sirius llegó a llevarse las manos a la cabeza en su momento. Ahora, se conforma con reírse de él de vez en cuando. Sobre todo, cuando hace el idiota delante de ella, que es algo que comienza a ser habitual.
El problema es que Lily ha florecido de golpe. Él ya conocía los rizos pelirrojos de su pelo, la curva de su nariz, lo llenos que son sus labios y lo felina que es su mirada. Pero es que lo que, hasta ahora, parecía que solo veía él (y Quejicus, tal y como se ha dado cuenta), ahora, lo ve medio colegio y están todos los chicos buscando el mejor modo de tener su atención.
Desde que Sirius dijo que "si te fijas" Lily estaba hasta buena, James ha temido ese momento. El momento en el que una jauría de adolescentes salidos y llenos de hormonas se fijen en sus piernas torneadas, su trasero respingón, sus pechos incipientes y, sobre todo, en esa mezcla de fuego y esmeralda que forman su pelo y sus ojos y la hacen tan especial.
Durante todo el cuarto curso, se ha dedicado a observarla de lejos, analizándola y preguntándose a sí mismo qué tiene de especial la única chica que no le soporta para que sea su imagen la que aparezca en su mente cada vez que mete la mano en sus calzoncillos por las noches. Pero es que, simplemente, es ella. No hay más explicación.
Afortunadamente, Lily no ocupa todo su tiempo. Sería una pérdida en general, ya que su odio hacia él no ha disminuido ni un poco. No le traga y no hace nada por ocultarlo.
Los chicos y él continúan con su plan para hacerse animagos. Han estado todo el cuarto curso preparando la poción y averiguando cómo conseguir los elementos. Por ejemplo, cuando Sirius descubrió cómo atrapar rayos de luna se estuvieron riendo una semana por lo complejo y, a la vez, absurdo del procedimiento.
Aunque lo que ha causado las mayores carcajadas han sido las hojas de mandrágora. James está convencido de que la profesora Sprout ha notado la falta, ya que han robado demasiado cargamento. Pero eso de tener que tener una hoja en la boca todo un mes, sin tragarla ni sacarla ni removerla, es más complicado de lo que parece.
Han tenido multitud de accidentes con ellas. En marzo, Peter tuvo que pasarse tres semanas en la enfermería porque se intoxicó al tragarse una sin querer. Y también han descubierto que, mientras dure el proceso, lo más recomendable es no respirar mucho por la boca. El resultado no te lleva a la enfermería pero sí te deja bastante colocado, como acabó Sirius en mayo, cuando no fue capaz de ponerse en pie sin estallar en carcajadas durante dos días enteros.
Después de ello, él y James han aprendido el otro uso de las hojas de mandrágora. Sirius lo ha perfeccionado ese verano, ya que su tía tiene una plantación para usos personales. ("Resulta que mi tía se droga, tíos. Ahora por fin entiendo que Bellatrix haya salido así de psicópata", les contó por carta cuando lo descubrió).
Al parecer, según les ha informado Remus, lo que él y James fuman los viernes por la noche en la habitación es parecido a lo que los muggles conocen como "porros" o "canutos". Son relajantes, hilarantes y estimulantes. James los fuma de vez en cuando pero Sirius está totalmente enganchado. Los guarda entre los libros y la mochila y se los fuma por los pasillos o viendo a James entrenar en el campo de quidditch. A las chicas les encanta verlo, cosa que él percibe y fomenta.
Por su parte, Peter también los ha probado varias veces pero no ha querido repetir después de una paranoia muy fuerte que casi le lleva a tirarse torre abajo a principios de este curso. Y Remus los critica pero, luego, también comparte algún cigarro con ellos los fines de semana. El nuevo prefecto aún sufre mucho por tratar de dar el ejemplo que requiere su cargo y sus amigos acaban haciéndole inclinarse al lado divertido.
En definitiva, que ha sido una causa colateral de la poción que todos, en mayor o menor medida, agradecen. Y, finalmente, desde hace casi un mes, la poción está lista. Solo queda esperar el momento propicio e ir siguiendo los pasos, mañana y noche, hasta que éste llegue.
La cuestión es que, el último día de octubre de 1975, los chicos saben de inmediato que ha llegado su gran día. Los oscuros y cargados nubarrones auguran que ese día va a llover a mares y se producirá la tormenta eléctrica que han estado esperando.
James, seguramente por primera vez en su vida, se levanta a la primera cuando oye el trueno que hace vibrar el castillo entero. Él y Sirius, que ha hecho lo mismo, se miran y sonríen. Aún desde su cama, Peter se muerde el labio, nervioso. El trueno también hace salir a Remus del baño, donde se estaba duchando. Solo con una toalla alrededor de la cintura, pasa la mirada del cielo que se ve a través de la ventana a sus amigos con ansiedad.
James y Sirius se visten deprisa, cogen sus respectivas varitas de sus mesitas de noche y esperan a que un Peter más lento se aliste y se una a ellos.
- Hay que ir a un lugar grande y seguro –recuerda James.
- La Casa de los Gritos –propone Remus al instante, porque lo ha pensado mil veces desde que se dio cuenta de que todo ese loco plan era ya una realidad.
James, Peter y Sirius asienten.
- Quizá tengas que cubrirnos en clase, Lunático.
- Descuidad –sonríe él-. ¿Seguro que no queréis que os acompañe?
- ¿Y saltarte las clases, señor prefecto? Eso no sería muy ético por tu parte –se burla Sirius.
Remus rueda los ojos. En los dos meses que llevan de clase, ha sufrido más burlas por parte de Sirius que en los cuatro años anteriores. Parece que el hecho de que le hayan nombrado prefecto le ha supuesto una especie de insulto personal.
El licántropo se dirige a su baúl, el lugar más ordenado de la habitación y saca una caja, donde están guardadas tres pociones diferentes, con la etiqueta de quién ha preparado cada una. Es un requisito fundamental de los animagos: la poción debe elaborarla el usuario. Peter ha necesitado toda la ayuda del mundo para conseguirlo pero el resultado es óptimo.
Y la muestra de que todo está perfecto, y de que el momento ha llegado, es que el color de las pociones se ha tornado a dorado, cambiando como lo ha hecho la meteorología.
Los chicos se miran entre sí. Están listos. Cada uno toma un frasco en sus manos y James agarra la capa de invisibilidad en la otra. Sirius coge el mapa del merodeador, que por fin está acabado y a pleno rendimiento, y comprueba que aún es demasiado pronto y no hay tantos compañeros en la torre a los que esquivar.
Con un último saludo a Remus, que les mira más emocionado de lo que ha estado jamás, los tres se marchan rumbo a la Casa de los Gritos.
Es la primera vez que están ahí dentro, aunque Remus les ha descrito muy bien el lugar y les ha contado cómo entrar por el Sauce Boxeador. Una vez dentro, rodeados por el ruido de los truenos, el viento y la lluvia e iluminados esporádicamente por los rayos que caen en la lejanía, los tres se ponen en círculo.
James está emocionado. Sirius está ansioso. Y Peter está asustado. Sus dos amigos le ponen las manos en sus hombros y, con las manos restantes, empuñan sus varitas, apuntan a sus corazones y susurran a la vez, por última vez:
- Amato Animo Animato Animagus.
Es el hechizo que llevan proclamando todo este tiempo, mañana y noche, esperando esta ansiada tormenta.
Después, inmediatamente, los tres beben sus pociones correspondientes, a las que les han añadido sus pelos. James y Sirius hacen idénticos gestos de desagrado y, al instante, se llevan las manos al estómago, sintiendo un intenso dolor. A Peter tarda más en hacerle efecto.
James jadea al sentir, en sus oídos y en su propio pecho, un latido doble. Al mirar a Sirius, sabe que él está sintiendo lo mismo. Pero Peter les mira impotente, sin sufrir la misma reacción.
- No ha funcionado conmigo –se lamenta.
- Aún es pronto para decir eso –le riñe James con los dientes apretados.
- Eso es. Tienes que dejarlo fluir –gruñe Sirius, doblándose por el dolor-. El libro dejaba claro que es muy importante no sentir miedo. Eso, y no otra cosa, es lo que podría arruinarlo.
Durante un rato, ni James ni Sirius pueden hablar más. El dolor es muy intenso y la sensación de tener dos latidos es demasiado nueva, por lo que se echan en un colchón desvencijado y esperan a sentirse mejor. Peter se queda con ellos, tratando de calmarse mentalmente. Ese puede ser el primer día del resto de sus vidas.
Pese a la intensa tormenta que casi impide que se escuche gran parte del discurso de la profesora McGonagall, Lily no recuerda una clase más tranquila como la de Transformaciones que tuvo lugar a primera hora de ese jueves.
Y sabe la causa al instante, al mirar atrás y ver a Remus Lupin sentado solo. No es como si Potter, Black y Pettigrew no se saltasen alguna clase a veces. Pero es verdad que nunca todos a la vez. Y menos que eso dejara a su amigo tan inquieto y visiblemente preocupado. Ella percibe que él no ha tomado apuntes ni un solo momento durante esa hora, en la que se la ha pasado mirando por la ventana, mordiéndose el labio y jugueteando nerviosamente con su pluma.
Sus amigas también se dan cuenta de la ausencia de tres de los que, presuntuosamente y con un orgullo mal entendido, se denominan Los Merodeadores. Es estúpido vanagloriarse de ser el grupo que más veces ha sido castigado en Hogwarts. Aunque reconoce que, a veces, tiene que esconder una sonrisa cuando James Potter lo pronuncia con voz grave e impostada, como si fuese el título de un documental de historia antigua.
- ¿Qué creéis que están tramando ahora? –pregunta Aura delante de ella, cuando la clase termina y McGonagall se acerca a Lupin, que parece estar deseando librarse de ella.
A su lado, Gwen se encoge de hombros.
- ¿A quién le importa? Por mí, como si ese par de imbéciles no vuelve más.
- ¡Gwen! –se ríe Olivia, que se sienta al lado de Lily en clase.
En el último año, los sentimientos de Gwen para con James y Sirius han variado completamente. Ha pasado de babear –especialmente por Sirius- a tener una antipatía por ellos que supera la que tiene Lily. Particularmente, porque la de ella viene del resentimiento y no de razones más lógicas como la de la pelirroja.
Todo ocurrió a mediados del año anterior. En Cuidado de Criauras Mágicas, el profesor Kettleburn organizó un trabajo en grupos y colocó en el mismo a Gwen con James y Lily. Y, lo que Lily pensó que iba a acabar con su amiga como una intermediaria entre ambos, finalizó de un modo absolutamente inesperado.
Lo cierto es que James fue encantador durante las dos semanas que trabajaron juntos. Se esforzó en el trabajo y no discutió con ellas por ninguna tontería. Incluso estuvo simpático. Logró hacer reír a Lily en más de una ocasión, a pesar de sí misma.
Pero Gwen es fácilmente impresionable y eso hizo que, enseguida, su fascinación por Sirius se trasladara a James. Y, en contra de todos los consejos de una Lily que sabía que eso no podía acabar bien, decidió declararse el día que entregaron el trabajo.
Fue incómodo y violento ver cómo le pedía hablar a solas delante de sus amigos, con las consiguientes risas de Sirius y Peter. Desde donde estaba con sus amigas, Lily no podía escuchar su conversación pero la cara de horror de James y ver cómo le subía la sangre a las mejillas a Gwen le bastaron para confirmar lo que ya sabía. Que James no le correspondía en absoluto.
Su amiga salió corriendo a los baños con lágrimas en los ojos y Lily, junto a Aura y Olivia, que antes le habían dicho que no perdía nada por intentarlo, la siguieron para consolarla. Pero lo más humillante para Gwen vino después, cuando pasaron por un pasillo y captaron una conversación entre los cuatro amigos.
- Venga, Jimmy, suéltalo. ¿Qué quería Orejas de soplillo-Smith? –preguntaba Sirius socarronamente, provocando que las cuatro amigas se ofendieran por ese calificativo tan desagradable, aunque Lily y Olivia ya sabían que muchos lo usaban a espaldas de su amiga.
- Ya te he dicho que nada, Sirius. No incordies.
- Por la cara que has puesto, no parecía que no fuera nada.
- Tú te callas, Pet.
- ¿Seguro que no quería nada… especial? ¿Un paseo al armario de las escobas, quizá?
- ¡Joder, Sirius! ¡Deja de decir gilipolleces!
- Sirius, si James no quiere decirlo, no lo incordies –decía la voz calmada de Lupin.
- Solo digo que, con lo desesperada que está Smith, seguro que va detrás de un cuatro ojos como este –se burlaba Sirius.
- ¡Pues a mí la soplillos no me gusta! –estalló James-. ¿Entendido, Sirius? Y dejemos el tema de una vez.
Desde ese día, Gwen siente una gran antipatía por James y Sirius. Y todas lo entienden perfectamente, porque es muy desagradable el apodo que habían escogido para ella. Bastantes complejos carga ella sola por culpa de sus orejas como para oír a los chicos denominarla 'soplillos'.
Por eso, todas la apoyan en ello, aunque es más de boca realmente. Aura, como su mejor amiga, se solidarizó en su odio al principio. Hasta que Sirius le guiñó un ojo, tres días después, y volvió a su actitud de adoración de siempre. Y Olivia nunca había estado tan enfadada en el fondo. Fue ella la que le suavizó el enfado a Lily.
- No puedo creer que digas que no es para tanto –le había censurado Lily cuando su amiga se lo confesó en secreto un poco después.
- Vamos, Lily. Ellos no sabían que les estábamos escuchando.
- ¿Y eso les excusa para utilizar esos adjetivos tan degradantes sobre otras personas?
- Los chicos, a veces, son así de burros. Te lo digo yo, que tengo tres hermanos mayores. Sueltan esas barbaridades y no se plantean nada. No lo hacen con malicia.
- ¡Pero seguro que no les haría gracia que les hablaran así a ellos!
- Vamos, si Sirius se pasa la vida llamando cuatro ojos a James. Y James no deja de llamarle greñudo o picha corta. Y a Peter le llaman gordiflón y enano. Y, a Remus, empollón o pirado, o algo así. Los tíos se comunican entre sí de esa forma. Y estoy segura de que no se lo llamarían nunca a Gwen a la cara.
- Ya, eso puede ser –había reconocido Lily entonces, ya que, si analizaba la actitud de James en las últimas semanas, sabía que él no trataría así a Gwen si hubiera sabido que le escuchaba. Incluso, sabía que había tratado de rechazar a su amiga con amabilidad.
Desde ese día, Lily ha aflojado un poco en el tema, aunque sin reconocerlo delante de Gwen.
Y, en ese momento, su curiosidad por saber qué están tramando esos tres es más fuerte que cualquier otra cosa. Por ello, deja marchar a sus amigas y se queda en la puerta, escuchando la conversación entre Lupin y la profesora McGonagall. Severus ya le ha dicho mil veces que su curiosidad tiene demasiado peligro.
- Si tan mal se encuentran, deberían bajar los tres a la enfermería –contesta McGonagall a algo que ha dicho Lupin.
- Probablemente lo hagan luego, profesora. Solo necesitaban descansar un poco.
Incluso sin verle, Lily percibe el tono hermético que usa Remus cada vez que quiere ocultar algo. Siempre se han llevado bien pero, tras dos meses ejerciendo como prefectos y patrullando juntos, ambos han intimado lo suficiente como para que le conozca algo más.
- ¿Y dice que se han pasado toda la noche vomitando? Quizá debería ir a visitarlos. Puede ser una intoxicación alimenticia o algo derivado de algún hechizo mal usado.
- ¡No! Quiero decir… Seguro que bajan enseguida. Les incomodaría que se supiera que están enfermos. Ya sabe.
McGonagall bufa.
- El orgullo malentendido de la adolescencia… -pero lo deja pasar-. Bueno, Lupin. Si para la hora de comer no han bajado, hágamelo saber. No voy a quedarme tranquila hasta descartar algo más grave.
Lily tampoco se queda tranquila. Puede oler a distancia cuando esos cuatro traman algo. Durante las siguientes clases, no para de observar a Lupin, que está pálido, sudoroso y distraído. Y continúa así hasta que, a final de la mañana, los tres amigos aparecen para acudir a la Clase de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Lupin parece a punto de saltar sobre ellos de la preocupación y a Lily no le extraña, porque los tres tienen un aspecto horrible. Peter tiene un color ceniciento muy poco saludable, Sirius parece estar a punto de vomitar y James está sudando demasiado para que sea algo normal. Puede que sí que estén enfermos.
- La verdad es que tienen muy mala pinta –murmura Olivia preocupada.
Aura evalúa, como siempre, a Sirius.
- Pues, aun así, sigue estando buenísimo –asegura.
- ¡Aura!
- ¿Qué? –se vuelve cuando ambas le reprenden-. Gwen no puede oírme.
Su amiga ha ido a preguntar una duda a la profesora Slora, su nueva profesora de DCAO. Curiosamente, ningún profesor de esa asignatura ha durado nunca más de un año. Los más mayores dicen que se trata de una maldición que lleva ocurriendo ya demasiado tiempo.
En todo caso, es una suerte que les haya tocado alguien como Slora en ese curso, porque ella fue aurora y ha preparado un programa muy completo para enseñarles la práctica de cara a los TIMOS.
Ese día, organiza una pequeña demostración de duelos por parejas.
- Solo hechizos defensivos y de desarme. Nada más –advierte con la mirada dura, mirando a unos y otros.
Esa clase la comparten con los Slytherins, de ahí su temor a que el grupo se le vaya de las manos. Lily sonríe de lejos a Severus, que le corresponde tímidamente, aunque no hace amago de acercarse.
No suele hacerlo ya cuando coinciden en clases. Y no es que a ella le importe, ya que parece que forma parte de la nueva dinámica entre chicos y chicas a medida que van creciendo. Además, ella no soporta a los amigos de él. Son unos radicales y tiene muy claro lo que piensan de ella cada vez que la miran. Especialmente ese Mulciber, al que odia particularmente después de lo que le hizo a Mary… Aún le cuesta pensar, sin enfadarse, en la discusión que mantuvo hace días con su mejor amigo cuando defendió esa actitud tan cruel. Incluso, llegó a compararla con la de sus cuatro compañeros cuyo comportamiento, por mucho que lo aborrezca, no tiene nada que ver.
- Y ahora… Lily Evans y James Potter –anuncia la profesora Slora, después de que una alumna de Slytherin acabara con Pettigrew con dos movimientos de varita.
- Venga, Lily. Acaba con él –murmura Gwen, arrancándole una sonrisa.
Sirius empuja a James, que sigue teniendo mal aspecto, y Lily cree que debe haberle susurrado algo parecido. Los Slytherin están encantados. Pierda quien pierda, para ellos será todo un espectáculo. Y ella no quiere darles ninguna alegría porque, sea cual sea la enemistad que siente hacia James Potter, es mucho peor la que siente hacia ellos.
- ¿Qué tal, Evans? –la saluda James con una sonrisa cuando se encuentran uno frente al otro-. Debes de sentirte tocada por la fortuna.
Se lleva una mano al pelo y se lo alborota. Lily suspira. No soporta la costumbre que ha adquirido su compañero en los últimos meses. Probablemente, lo hace porque piensa que, así, parece que se acaba de bajar de la escoba y que eso vuelve locas a las chicas. Es un creído.
- Prometo no hacerte mucho daño, Potter –le promete cuando se inclina ante él como símbolo de respeto antes de empezar el duelo.
La sonrisa de James es genuina cuando le devuelve la reverencia.
- Entonces, sé generosa y no me apuntes al corazón –le suplica en broma, guiñándole un ojo.
Lily tiene que esforzarse por ocultar la sonrisa que amenaza con salir. Él le cae fatal pero tiene una habilidad innata para hacerla reír. Tiene un gran sentido del humor y un enorme carisma, debe admitirlo.
James aprovecha su pequeña distracción para atacar primero y Lily consigue parar un encantamiento de desarme justo por los pelos. Es muy rápido. Demasiado. Increíble, sobre todo cuando parece estar a punto de caerse al suelo por falta de fuerzas.
- Había oído que estabas enfermo, Potter –comenta en voz baja, mientras ambos giran sobre sí mismos, creando un círculo entre ellos.
Sabe que cualquier oponente está más desprotegido si se pone a hablar. Pero James se encoge de hombros, sin distraerse.
- Solo es Sirius, que es un blando y vomita por comer un poco más de tarta de calabaza del acostumbrado.
Le lanza un 'desmaius', que ella rechaza con facilidad, y vuelven a girar.
- Pues parece algo más serio. Y tú también tienes muy mal aspecto.
- Eso es porque tenía miedo de enfrentarme a tu amigo Quejicus.
- ¿Así que le tienes miedo? –sonríe y le lanza un expelliarmus y James ni siquiera se esfuerza para conseguir rechazarlo.
- No es precisamente por eso. Es que creo que está enamorado de mí, ¿sabes? Imagínate, menudo bochorno si aprovecha la intimidad de este duelo para declarárseme.
Lily aprieta los labios. No está bien reírse de algo así. Menos de su amigo. Así que retiene la sonrisa.
- Tú nunca te tomas las cosas en serio, ¿verdad? ¡Desmaius!
- ¡Protego! –grita James-. Quizá necesito a alguien como tú para reformarme, Evans. ¿Estarías dispuesta a hacer ese trabajo?
Lily parpadea, confusa. ¿Acaba de insinuarse? El segundo de distracción le vale a James para mandarle un hechizo, del cual se tiene que apartar para esquivarlo porque no le da tiempo a convocar un escudo.
Frunce el ceño al darse cuenta de que él está logrando distraerla a ella y no al revés.
- Aunque igual, con suerte, le toca a Sirius enfrentarse a tu amigo Quejicus. Personalmente, creo que mi colega es más su tipo. Aunque no le rechazaría con tanta delicadeza como yo.
Lily se enfada. La misma habilidad que tiene para hacerla reír, la tiene también para hacerla enfadar. Y no entiende la obsesión que tiene con Severus. Antes, al menos, intentaban enfrentarse entre ellos en solitario. Ahora, Potter parece empeñado en hacerlo delante de ella, lo que le irrita sobremanera.
- Me refiero a que Sirius, con este tipo de temas, no se siente cómodo –prosigue James protegiéndose de un fuerte hechizo que ella le lanza-. Aún no lleva bien los rumores que decían que le pillaron enrollándose con Remus en los vestuarios de quidditch.
Ahí está de nuevo. Pasa del enfado a la casi sonrisa en un segundo. Porque ha mencionado uno de los temas más hilarantes de las últimas semanas. Alguien esparció ese rumor absurdo. No sabe quién. Nadie se lo ha creído, obviamente. Sirius Black ha demostrado con demasiadas chicas que es un heterosexual incurable. E incluso Remus, que siempre parece tan contenido y en su sitio, ha tenido un desliz con la prefecta de Ravenclaw en el que Lily les pilló con las manos en la masa.
- Pero, ¿quién se puede creer algo así? –pregunta, sin poder evitar caer en su juego, aunque se niega a volver a bajar la alerta.
James sonríe ampliamente y Lily tiene que esforzarse por no corresponderle. Es absurdo que pueda llegar a tener una sonrisa tan encantadora alguien que es tan irascible.
- Más personas de lo que a Sirius le gustaría. La gente es muy básica, Evans; fáciles de engañar.
Lily rueda los ojos y trata de pillarle con la guardia baja pero James hace descender su varita en vertical y paraliza su hechizo. Es realmente muy bueno, tiene que admitirlo.
- Pues es absurdo –repone la pelirroja-. Obviamente, Remus se merece algo mejor.
James suelta una sonora carcajada que sorprende a todos los de la clase, que no están tan cerca como para escuchar su conversación. Lily tiene que volver a apretar los labios para no sonreír. Decide seguir haciéndole hablar. Alguna vez, ha visto una pelea de James y Sirius y se ha dado cuenta de que el primero pierde siempre cuando acaba riéndose. Quizá sea su punto débil.
- De todas formas, ¿quién soltó un rumor tan absurdo? –mueve los pies, girando de nuevo y haciéndole girar a él.
- No es tan absurdo –asegura James-. Hay chicas que han llorado por ello.
Lily estrecha los ojos, divertida.
- Fuiste tú, ¿verdad? –averigua.
James le dedica una sonrisa peligrosa.
- Si decidieras pasar más tiempo conmigo, Evans (cosa que te recomiendo), sabrías que yo me tomo la venganza siempre en frío. Aunque a ti no te haría algo así. No iría por ahí diciendo que te metes mano con Henderson en los baños de las chicas –y una mirada divertida brilla en sus ojos-. ¿Porque no lo haces, no?
- ¿Perdón? –pregunta Lily, estupefacta.
Afortunadamente, James no aprovecha ese momento de debilidad, ya que parece estar disfrutando demasiado con la conversación.
- Dime que sí –le suplica-. Dime que es verdad que Henderson y tú os frotáis el jabón en la espalda la una a la otra en la ducha y, así, cumples mi sueño erótico más vívido.
Lily se enfada tanto que James no es capaz de parar, ni con un escudo, el hechizo de desarme tan potente que le lanza. La varita de él sale disparada al tiempo que él cae al suelo. Lily pega un salto y la atrapa, al tiempo que la clase irrumpe en aplausos. Los Slytherin aúllan encantados.
Pero James la mira desde el suelo con una amplia sonrisa.
- Bien jugado, Evans –le felicita cuando ella le devuelve la varita.
- Eso te pasa por pensar en cosas que no debes, en vez de centrarte en el duelo que tienes delante –le dice con dureza.
James alza las cejas.
- Créeme. La imagen mental que me llevo de nuestra conversación hace que merezca la pena la derrota.
- Eres un guarro –le recrimina.
Y le da la espalda, volviendo con sus amigas.
- Guau, Lily. No querría enfrentarme contigo cuando estás enfadada –susurra Aura impresionada.
- ¡Eso ha sido brutal, Lily! –le felicita Gwen.
- ¿Qué te ha estado diciendo para que estés tan colorada? –le susurra Olivia cuando se coloca a su lado para ver a Lupin batirse en duelo con Avery.
Lily no responde. Le da demasiada vergüenza. En una sola conversación, James ha hecho demasiadas alusiones hacia ella, su físico y sus ganas de que sean más cercanos. No es idiota; ha tenido suficientes experiencias con el coqueteo de los chicos como para reconocerlo.
Pero le choca. Primero, porque James ha sido un poco burro con ciertas connotaciones que le ha dado a la conversación. Y, segundo, porque no imaginaba que él la viera de esa manera. Nunca le ha pillado mirándola de forma morbosa, como han hecho otros chicos. Eso le hubiera incomodado. No. Él ha soltado un par de barbaridades mientras no perdía la sonrisa ni apartaba la mirada de sus ojos.
Y eso le ha provocado más escalofríos que cualquier mirada demasiado subida de tono o, incluso, que esas caricias que algunos chicos mayores quieren hacer pasar como accidentales cuando se cruza con ellos en la biblioteca. A ellos, Lily les respondería alegremente con un guantazo. A James le han dado ganas de darle una lección, pero de otro modo.
La ha puesto nerviosa, le ha provocado una sensación rara en el estómago, aunque quizá sea el hambre que tiene a esas horas. Y también le han dado ganas de gritarle a la vez, porque está segura de que solo pretende reírse de ella y eso le enfada más que ninguna otra cosa.
Estúpido Potter…
- Entonces, ¿no ha pasado nada? –pregunta Remus cuando es la hora de la comida y se aproximan al Gran Comedor.
James y Sirius niegan con la cabeza.
- Aún no. Pero no me quito esa mala sensación del cuerpo. Y eso de los dos latidos es real. Y demasiado molesto –protesta Sirius, frotándose el dedo meñique dentro del oído.
- Los libros dicen que no siempre es inmediato –recuerda James-. Así que hemos decidido seguir con normalidad hasta que haya alguna señal de que vaya a pasar.
- A mí me está empezando a doler el estómago. ¿Será por eso?
A Peter le preocupa que no haya salido bien en su caso. Ninguno se ha transformado pero los síntomas de James y Sirius son más cercanos a los que describen los libros. Pero sus amigos le tranquilizan, asegurándole que todos han seguido los mismos pasos y que hay casos que, simplemente, tardan más.
- Me gustaría irme a la habitación a echarme –murmura el más bajito, encontrándose cada vez peor.
- Hay que aguantar –le dice James, pasando un brazo a su alrededor cuando se sientan en la mesa a comer.
Aunque ninguno de los tres tiene hambre. Remus tampoco. No para de mirarlos preocupado, como si temiera que algo fuera a salir mal y alguno de ellos acabara desplomándose en el suelo.
- Y, encima, vosotros perdiendo los duelos –les recrimina Sirius a James y Peter, para tratar de cambiar a un tema más liviano-. Ha sido patético.
- No todos tenemos tu suerte, que te ha tocado Johnson –le recuerda James, mirando de reojo a Aura que, efectivamente, está observando a Sirius de lejos-. Una sonrisita, un guiño de ojos y se ha dejado desarmar sin oponer resistencia.
Sirius sonríe, satisfecho consigo mismo. Le gusta ver lo que provoca en algunas de sus compañeras sin necesidad de esforzarse demasiado.
- Solo lo de Remus ha tenido mérito –añade Peter.
- Ganar a Avery tampoco supone tanto esfuerzo –murmura Remus con humildad.
- ¿Y tú no has conseguido deslumbrar a Evans para que caiga rendida, Jimmy? –pregunta Sirius, divertido.
James sonríe.
- La conversación que he tenido con ella mientras tanto también ha sido interesante.
- Pues a ella tampoco parece haberle fascinado tanto –susurra Peter, moviendo su pequeña nariz de roedor hacia la puerta del Gran Comedor.
Los cuatro se giran para mirar. Allí está Lily, acompañada por Bertram Aubrey, el Premio Anual de ese año. Un Ravenclaw rubio bastante atractivo y sumamente inteligente. Y que está hablando con la pelirroja con una clara actitud de coqueteo.
- Creo que te están ganando terreno, colega –le comenta Sirius despreocupadamente.
La mirada de James está demasiado centrada en las manos de Aubrey, que revolotean alrededor de Lily sin atreverse a tocarla. Luego, casi como con timidez, lleva una a su pelo y aparta un rizo pelirrojo de su frente y se lo coloca tras la oreja. James se siente físicamente enfermo y no sabe si es más por el proceso interno que está viviendo o por la sonrisa que Lily le dedica al otro chico.
- Cualquier día, le daré su merecido a ese pomposo de Aubrey –murmura con los dientes apretados.
Sirius se echa a reír pero, de pronto, se calla y tiene una arcada. Su tez se torna de color verde, se lleva las manos al estómago con fuerza y mira a sus amigos, alarmado. Los tres se dan cuenta de lo que ocurre. Cuando Sirius sale corriendo del Gran Comedor, ellos le siguen a galope, camino a la Casa de los Gritos.
Sirius ni siquiera es consciente del camino que está tomando. Corre automáticamente, sudando intensamente y sintiéndose muy mareado. Todo se ha vuelto de color rojo y lo único que puede ver es la imagen de un perro grande formándose en su mente.
Apenas le da tiempo a llegar a la Casa de los Gritos antes de caer al suelo a cuatro patas, lanzando un grito. Remus y James se miran preocupados. El proceso de transformación no debería doler. No hay nada que lo indique en los libros. Peter se queda en la puerta, muerto de miedo.
James avanza, poniendo una mano en el hombro de su mejor amigo.
- ¿Estás bien? –le pregunta con un susurro preocupado.
Sirius asiente, torpemente, con la cabeza entre los hombros. Después, les pide que se aparten y adquiere una postura que habría sido cómica en cualquier otra ocasión.
No saben cuánto tiempo están esperando pero, de repente, en el mismo lugar en el que Sirius estaba temblando incontrolablemente, aparece un gran perrazo negro. Y, en ese momento, el ambiente cambia por completo. Remus suspira de alivio y James suelta una carcajada.
Sirius parece haber superado todos los males y comienza a correr a saltos por toda la habitación con su nueva forma animal, persiguiéndose la cola, saltando sobre los muebles y tirándose sobre James para lamerle toda la cara.
- ¡Me encanta! –exclama su mejor amigo, acariciándole tras las orejas.
- Qué irónico –bromea Remus, ahora que sabe que el proceso ha sido correcto y que sus amigos estarán bien-. Cualquiera diría que los Black son más felinos. Pero, como Sirius es la oveja negra, será que, por eso, es más bien canino.
Sirius ladra y, de repente, James se echa a reír.
- Quizá sea el destino que quiera hacer un juego de palabras. Lo canino del perro con los canutos que tanto le gusta fumarse a Sirius.
- ¿Can-uto? –pregunta Remus, separando las sílabas y mirando a James divertido.
Este se carcajea.
- ¡Canuto! ¡Es genial!
Sirius tiene que esforzarse un poco para volverse humano pero, cuando lo consigue, sus amigos ya le han bautizado irremediablemente con su nuevo apodo. No es como si pudiera haber hecho nada para evitarlo pero es que realmente le encanta. Es tan jodidamente apropiado que se echa a reír y, por primera vez, su carcajada se asemeja a un ladrido.
Por la tarde, Sirius vuelve a faltar a clase. Todo parece haber ido bien, pero la transformación le ha dejado agotado y tembloroso, así que sus amigos le instan a descansar. Aunque, esta vez, McGonagall le obliga a pasar por las manos de Madame Pomfrey, que determina que todo no es más que producto de una indigestión.
Ahora, James y Peter no paran de analizarse el uno al otro para ver si hay cambios. Siguen con los síntomas habituales, incluso Peter ha avanzado algo, pero, de momento, no hay una sensación tan fuerte como la que tuvo Sirius.
Así que, desoyendo los consejos de Remus, James decide ir a la biblioteca. No a estudiar, obvio, sino a observar a Lily. Bueno, siempre aprovecha para hacer alguna redacción pero no es su principal preocupación. Trata de no ser muy obvio pero es algo que le gusta hacer, al menos, dos veces por semana.
Normalmente, se sienta en una mesa apartada, cerca de la habitual de ella pero no demasiado. Y la observa estudiar. Es delicada e intensa al mismo tiempo. Habitualmente, se recoge sus rizos pelirrojos con un descuidado moño, que deja escapar varios mechones por su cuello.
A él le gusta observar el recorrido que estos hacen por su piel, cuando aún no se pone cuellos altos para ahuyentar el frío del invierno. Y el modo en que Lily se muerde el labio cuando trata de memorizar una frase. Y la forma de sus pestañas, largas y rizadas, cuando desciende sus ojos de gata por el pergamino que está escribiendo. Es sexy incluso sin intentarlo. Y él está totalmente atrapado por ella.
Incluso, le da igual que Snape le haya pillado observándola más de una vez. Como si él no hubiera captado nunca el modo pervertido en el que la mira cuando ella no está pendiente. Maldito imbécil... Le odia. Le odia por quién es y por cómo es. Y por lo engañada que la tiene. Aún recuerda cómo estaba con Mulciber el día que dieron ese susto a la pobre Mary... Afortunadamente, él y sus amigos les dieron una lección a todos ellos. Nunca había recibido tan a gusto un castigo de Slughorn.
Lily susurra algo a su amigo y se pone en pie. James estira el cuello y la ve perderse por unas estanterías. Le duele el estómago y está empezando a marearse pero no puede evitar seguirla, aunque sepa que a veces se pone pesado.
La encuentra subida a una escalera, tratando de alcanzar un libro del estante superior. Tiene que reunir toda su fuerza de voluntad para no mirar por debajo de su falda, porque la postura le invita a ello. Saca un libro de una estantería, lo abre por cualquier página y se apoya en ella despreocupadamente, queriendo fingir que está allí leyendo por casualidad, aunque sabe que no colará.
Por encima de sus gafas, la observa ponerse de puntillas y ve el traspiés casi antes de que suceda. Con la misma agilidad que tiene encima de la escoba, salta, consigue estabilizar la escalera, sujetar una pierna de Lily para impedir que caiga al suelo y, además, apuntar con la varita a los libros para que no se le caigan encima como un castillo de naipes.
Lily ahoga un grito y se queda con medio agradecimiento en la boca cuando ve quién es su salvador.
- Menos mal que yo estaba cerca, ¿eh, Evans? –comenta James casualmente con una sonrisa traviesa.
Ella frunce el ceño, desconfiada.
- ¿No estarías aprovechando para mirarme el culo, no Potter? –le pregunta.
Y bastante acertadamente, la verdad. El trasero de ella ha quedado frente a sus ojos y James no ha podido evitar observar sus curvas. Pero no piensa admitirlo.
- Tienes la mente muy sucia, ¿sabes, pelirroja? No sabía que eras de las que tenían este tipo de pensamientos.
Lily, aún desconfiada, desciende por las escaleras. Primero, para que James deje de sujetarle las piernas y de tocarle la piel desnuda con las manos. Porque eso la pone nerviosa. Y, segundo, porque en esa posición se siente en desventaja frente a él.
- Supongo que debería darte las gracias –murmura reticentemente, cuando está en el suelo, bajándose lo más posible la falda.
James sonríe, apoyando un hombro en la escalera, y vuelve a revolverse el pelo. Lily rueda los ojos.
- Pero no deberías haber usado magia para retener los libros. Está prohibido usarla fuera de las clases –le riñe.
James se ríe.
- Debes de ser la única en todo el colegio que cumple esa norma. Si es que ejerces con el ejemplo, doña prefecta.
- ¿Acaso sabes siquiera lo que son las normas, Potter? –contrataca ella, porque obviamente también ella ha usado magia fuera de las aulas en multitud de ocasiones.
James se acerca un paso.
- ¿Sabes? –le dice en voz baja, con la excusa de que en la biblioteca no se puede gritar. Aunque le encanta tener que hablar lo suficientemente bajo como para que ambos tengan que acercarse para que le oiga-. Creo que tú y ello tendríamos que firmar la paz de una vez. Son muchos años de guerra, Evans, y es muy improductivo. Estoy seguro de que tú y yo funcionaríamos mucho mejor como equipo que como rivales. ¿Por qué no quedamos el sábado en Hogsmeade y fumamos la pipa de la paz? O podemos firmar un tratado, como hacen los duendes. Lo que tú prefieras.
Lily le mira sorprendida y se echa a reír.
- ¿Me estás pidiendo una cita, Potter? –pregunta, pasmada.
Las sospechas que ha tenido por la mañana, en mitad del duelo, vuelven a ella. ¿Será verdad que James Potter está verdaderamente interesado en ella? Todo le parece tan absurdo que niega con la cabeza, alucinada.
James finge indiferencia, aunque al dolor de estómago que tiene por el proceso se une el de la incertidumbre. Es la primera vez que le pide algo parecido a una cita.
- Solo lo hago por ti –le dice-. Creo que te vendría bien relajarte y divertirte un poco.
Lily rueda los ojos y James inspira hondo, captando su perfume.
- Eres un caradura –le espeta mirándole molesta.
James prevé un rechazo y se adelanta, antes de que ella lo pronuncie. Se encoge de hombros y le devuelve los libros que ha evitado que le caigan encima.
- Tú verás, Evans. También lo hago por tu amigo Quejicus. Tengo que romperle las esperanzas de una vez porque no ha dejado de mirarme desde que he entrado por la puerta. Es incómodo sentir cómo me desnuda con la mirada. Preferiría que lo hicieras tú, la verdad.
Se sube de forma chulesca el cuello de la camisa y la deja bufando. Sabe que no tendrá una afirmación de ella, al menos, a corto plazo pero, de momento, se contenta con estropear también cualquier opción que tenga Cabello Grasiento-Snape. Por muy mínima que esta sea.
Vuelve a la mesa que ocupaba hace un rato, sintiendo la fría mirada de Snape sobre él. Le sonríe con insolencia y le enseña el dedo de en medio justo antes de que Lily salga de la estantería. Parece algo sofocada y, con eso, él se conforma de momento.
Lily se sienta junto a Snape pero no mira a su amigo en ningún momento, pese a que él la observa insistentemente y parece preguntarle algo que ella no contesta. James sí la pilla lanzándole alguna mirada incómoda a él y eso le pone de muy buen humor.
Justo en ese momento, una arcada interrumpe sus pensamientos. De repente, todo se pone de color rojo. Está incómodo, suda, se siente oprimido. Tiene que salir de allí.
Deja sus cosas sobre la mesa y sale corriendo de la biblioteca, ignorando la regañina de Madame Pince por correr ahí dentro, incumpliendo las normas. Él solo quiere llegar a tiempo a un lugar seguro.
Corriendo como nunca en su vida, se precipita escaleras abajo y deja de ser consciente del camino que recorre. Solo piensa en llegar a la Casa de los Gritos. No se da cuenta, apenas, de cuando saca el espejo de doble sentido ni de lo que le dice a Sirius, porque siente como si tuviera la fiebre muy alta.
Lo siguiente que sabe es que está en el suelo de la Casa de los Gritos, que Remus, Sirius y Peter hablan a su alrededor pero que él no puede responder. De repente, la imagen de un ciervo se abre paso en su mente y todo se vuelve más fácil…
Y siente paz en su interior. Porque sabe que, a partir de ese momento, su amigo Remus nunca más estará solo. Su misión se ha cumplido y ahora empieza la diversión.
Nuestro James tratando de ligar con Lily cuando está en la cuerda floja... Este muchacho no tiene remedio.
Pero me gusta que la amistad con sus amigos esté por encima de todo. Tan pronto puede pasar de estar celoso porque ella coquetee con otros a estar únicamente pendiente de Sirius y su transformación. Por cierto, el nombre de Bertram Aubrey no es casual. Era el que Harry encontró en el fichero, al que James y Sirius habían duplicado el tamaño de su cabeza con un hechizo ilegal, por lo que fueron castigados. Me pareció muy probable que los celos fueran la causa, la verdad...
Todo el proceso de transformación en animago lo he seguido de Hogwarts Mistery. Aunque no repasa mucho los tiempos, así que ahí me he tomado la licencia.
Igual que he puesto que Severus estaba cuando Mulciber atacó a Mary. En el libro no se deja claro y solo se ve que Lily no sabe que él estaba presente, aunque sí lo consideró una "broma". Una broma con magia oscura, claro... Además, en el libro Lily dice: "Lo que estuvo a punto de hacerle a Mary", es decir, que no llegó a hacérselo. La intervención de alguien pudo evitarlo y hay cuatro que siempre están en los lugares más inapropiados.
Y James y Severus ya saben que ambos están interesados en Lily, por lo que el modo de pelearse cambia por completo, tal y como se fija ella.
¿Qué os ha parecido la transformación de Sirius y la elección del apodo?
¿Y el modo en que Lily encaja que James esté realmente coqueteando con ella? Es un shock para ella jeje
Lo de sus amigas es solo ornamental. No sabemos nada de las amigas de Lily, solo que reían mucho frente al lado. Aura, Gwen y Olivia son solo tres chicas sin preocupaciones que no se plantean nada más. A James le he puesto en un apuro y la conversación que oyeron las chicas solo es una muestra más de que eran adolescentes sin maldad pero con alguna actitud reprochable, aunque fuese una conversación privada. Tienen mucho que madurar aún.
Nos leemos pronto.
Eva.
