¡Hola a todos! Vuelvo con un nuevo capítulo, que llega más picante que los anteriores...
Las hormonas a las 16 años son pura locura, ¿qué os voy a decir que no sepáis?Y, claro, debemos comprender que ha llegado el momento de que Lily despierte, aunque sea un poco jeje.
Este capítulo tiene algo que añoraba mucho... ¡Quidditch! ¡Nos tocaba ya! Así que disfrutad de las proezas del capitán Potter y de su mejor amuleto de la suerte.
1976: ¿Qué es exactamente lo que quieres, Evans?
En el último día de octubre de 1976, brilla el sol y hace más calor del habitual para esa época del año. El Sauce Boxeador está cargado de hojas marchitas y amarronadas, que se sostienen a sus ramas con la única fuerza de un debilitado tallo otoñal.
Pero la temperatura es agradable, con apenas una ligera brisa que invita a dejar solo de adorno las bufandas doradas y escarlatas y las verdes y plateadas que portan los aficionados al quidditch.
Esta temporada, el inicio de la competición se ha adelantado un poco, tan solo un par de semanas con respecto al calendario original. Nadie se plantea por qué, ya que desde hace varios años las cosas ya no son como antes. Los tiempos se miden de un modo distinto y la importancia de las cosas varía, teniendo en cuenta que hay una guerra ahí fuera y que cada día llegan por carta noticias de muerte. El quidditch ha bajado mucho en la lista de prioridades.
Excepto ese día. Ese día solo importa el enfrentamiento que van a tener Gryffindor y Slytherin en el campo. Es el partido del año, incluso antes de que comience la temporada. Los alumnos de todas las casas lo intuyen.
En el último partido del año anterior, jugado por Gryffindor y Ravenclaw, los leones se lucieron de tal modo que remontaron una temporada histórica de las serpientes y les acabaron arrebatando la copa por apenas unos puntos. Algo que los Slytherins, este año capitaneados por Lucinda Talkalot, quieren vengar como sea.
Pero Gryffindor, que también estrena capitán, no va a permitir que eso pase. Salen a ganar incluso desde la torre que comparten todos sus estudiantes. Cuando James Potter baja a la Sala Común se encuentra rodeado de compañeros que vitorean y jalean a todos los miembros del equipo, encabezados por él mismo. Henchido por un sentimiento de orgullo, James agarra a Sirius del cuello y le arrastra por la puerta del retrato hacia el Gran Comedor.
De camino, saludan a más compañeros que les desean suerte y les guiñan el ojo a un par de chicas que lanzan risitas estúpidas a su paso. Se siente más seguro que nunca acompañado de su mejor amigo, al que ha conseguido convencer este año para que se presente a las pruebas del equipo que, naturalmente, ha acabado arrasando. Son demasiados años cayendo bajo su llave mortal como para tener claro que Sirius tiene un brazo de hierro.
Así que ese día, ambos, capitán y golpeador, se sienten los hombres del momento, los reyes del colegio.
- Fuerza del viento, perfecta. Temperatura, ideal. Lo único, que hay que asegurarnos de que el sol no nos ciegue –repasa rápidamente la guardiana, Viviana Schelotto, cuando se sientan a su lado en la mesa del desayuno.
Sirius le pasa un brazo por los hombros.
- Tranquilízate. Lo tenemos ganado.
- Aún no lo tenemos jugado –le recuerda Darren, otro cazador, a quien los nervios del partido le están matando el estómago.
- Darren, tómate el tónico que te dio Pomfrey para los nervios de una vez y come algo. No me des la murga –le riñe su capitán.
James está seguro de la victoria y más hinchado que un pavo real. Y no piensa permitir nervios ni dudas en su equipo. Han practicado mucho, han trabajado hasta el límite, incluso Sirius se lo ha tomado en serio, y nada va a estropearlo.
Los vítores desde la mesa de Slytherin les indican que el equipo de las serpientes ha entrado. Al contrario que ellos, están en silencio, concentrados y con caras que prometen venganza.
- Talkalot tiene pinta de querer matar a alguien –susurra Sirius al analizar a la chica rubia que encabeza la marcha y se sienta en la otra punta del Gran Comedor, precisamente junto a su hermano Regulus.
Como averiguando que es observada, Lucinda les dirige una mirada desagradable y alza la cabeza con orgullo.
- Probablemente a ti, Sirius –bromea Viviana.
Todos en el equipo se ríen y James abraza a su mejor amigo por los hombros.
- Habría agradecido que no te acostaras con ella y la dejaras tirada el año pasado, Canuto –le dijo, hablando solo entre ellos-. No creo que eso haya rebajado sus ganas de hacerte papilla la entrepierna. Y te necesito entero para ganar.
Sirius se encoge de hombros.
- ¿Cómo iba a saber que iba a llegar a capitana? ¿O que tú me ibas a convencer de entrar al equipo? De todas formas, se necesita mucho más que un poco de resentimiento para hacerme papilla la entrepierna.
- Si no se le ha caído a trozos por exceso de uso, está inmunizado –asegura Remus cuando se sienta frente a ellos, acompañado de Peter.
James y Peter se ríen por el comentario y Sirius le lanza una tortita a Remus, que este esquiva con su apariencia calmada de siempre.
James gira la mirada. Junto a Remus, también han llegado más compañeros y compañeras de su curso. Incluida ella. Cada día que pasa, Lily Evans está más guapa. Ya no tiene esa belleza cándida y algo infantil, que mezcla pecas con curvas que van desarrollándose. Ahora es una mujer de casi 17 años, con la seguridad propia de quien sabe que es increíblemente atractiva y, además, tiene cerebro y personalidad suficientes como para no depender de algo tan básico y efímero como el físico.
Está sentada junto a sus amigas, riendo y llevando con orgullo los colores de su casa. Pero ignorándole. No le ha lanzado ni una sola mirada. Y eso no puede consentirlo.
- ¡Ey, Evans! –exclama en voz alta, sin importar que la mitad de los que les rodean se hayan callado para escuchar el nuevo numerito.
Ella parece considerar ignorarlo pero, finalmente, se vuelve hacia él de forma reticente. Sus ojos verdes muestran una resignación que contiene, en muy pequeñas dosis, un grado de diversión.
- ¿Qué quieres ahora, Potter? –pregunta.
La relación entre ellos sigue siendo más o menos igual. Especialmente, por parte de ella. La gran diferencia es que James ha añadido al repertorio pedirle salir unas dos o tres veces por semana.
Es ya parte de la costumbre, una institución en Hogwarts que las generaciones más jóvenes añorarán cuando ellos se hayan ido y no haya un James Potter gritando por los pasillos: "¡Sal conmigo, Evans!", "¡Vamos, el calamar gigante no es tan buen partido como quieres hacerme creer! ¡Dame una oportunidad a mí!" o "Evans, te juro que, esta vez, yo no he sido. Pero, si insistes en castigarme, tengo varias sugerencias que hacerte".
Incluso Lily reconoce solo para sí misma –y de forma reticente- que, cuando estas peticiones de atención se retrasan unos días, las echa un poquito de menos. No porque le halaguen y él le guste un poco. Ni hablar. Solo porque se ha acostumbrado a ellas y porque reconoce que él es sumamente ingenioso y, a veces, tiene que poner toda su fuerza de voluntad para no reírse. La misma fuerza de voluntad que tiene que usar otras veces para no cruzarle la cara de un guantazo por insolente y chulo.
James se levanta, revolviéndose el pelo, y se acerca a ella. Olivia se aparta un poco para dejarle sentarse al lado de Lily, porque está deseando ver un nuevo numerito de los que monta él. Lily resopla, incómoda porque todo el mundo adore los espectáculos que él monta y de los que le obliga a ser parte.
James se apoya en la mesa.
- Solo pensé que quizá querrías desearme suerte –sugiere con fingida seriedad-. Ya sabes, prácticamente, voy a batirme en duelo.
- Solo vas a jugar al quidditch, Potter. Y tú no necesitas suerte.
Le sale espontáneamente, antes de darse cuenta de que está reconociendo que es un gran jugador. Pero bueno, lo es; así que no hay mucho drama. James sonríe ampliamente.
- Gracias por tenerme en tan buen concepto. Pero, quizá, me vendría bien una prenda de una bella dama. Ya sabes, por si me pasa algo. El quidditch también tiene su peligro. Me he roto muchos huesos durante estos años.
Lily sonríe con condescendencia.
- Tienes la cabeza muy dura, Potter. Sé que sobrevivirás.
- ¿Eso significa que no me darás un beso de buena suerte?
Las risas a su alrededor aumentan y Lily rueda los ojos. Está tan encantado de conocerse que merece, no una, sino mil lecciones. Alguien que lo tiene todo tan fácil en la vida, que es tan malditamente hábil en todo y que no tiene un solo problema u obstáculo merece que le pongan en su sitio de vez en cuando. El problema es que, encima, James Potter se ha convertido en una institución en Gryffindor y es difícil lograr encontrar a más personas que opinen como ella.
Se vuelve hacia él, que sigue mirándola expectante y divertido, y finge inclinarse en su dirección. La sonrisa crece cuando le ve abrir la boca, sorprendido por el gesto. Le ha tomado por sorpresa y está segura de que se ha puesto nervioso. Incluso podría ser un gesto adorable en la cara de otro chico.
Rápidamente, cuando todos han aguantado la respiración pensando que de verdad le va a dar un beso, Lily agarra un croissant y se lo mete en la boca de lleno, atragantándole.
- Buena suerte, Potter –le asegura con una risa satisfecha mientras todos se carcajean.
James muerde un gran trozo y lo mastica para despejar su garganta y se bebe un poco del zumo de Olivia. Se pone en pie, aún divertido, y se lleva una mano al pecho.
- Me partes el corazón. Si Gryffindor pierde, puede que sea por tu culpa.
- No bromees con eso, James –le reprende Olivia, que ha recuperado su sitio en cuanto él se ha apartado-. La gente es tan estúpida como para ser supersticiosa. No querrás que luego le culpen a ella.
Como demostrando su afirmación, frente a ella, Aura se ha santiguado tres veces y James se carcajea, comiéndose el resto del croisant.
- Tranquilas, chicas. No dejaría algo tan importante a la suerte. Aunque me sigue partiendo el corazón tu rechazo, Evans.
- Sé que lo superarás –responde ella sarcásticamente.
- ¡Eh, Cornamenta! –grita Sirius desde la distancia, usando ese apodo tan raro que le han puesto sus amigos-. ¡Deja de hacer eso que tú llamas ligar y concéntrate!
Los miembros de su equipo comienzan a levantarse al ver que la hora se aproxima y James vuelve a centrarse. Le roba a Lily otro croissant, que se come en dos mordiscos, y realiza una gran reverencia a las chicas.
- Bellas damas, ha sido un placer compartir su compañía. Ahora debo partir rumbo a mi destino.
Olivia y Aura se ríen y Lily y Gwen tienen que aguantarse una sonrisa para no darle el gusto. James le coge la mano a Olivia teatralmente y le da un beso en el dorso, consiguiendo que se ruborice y, con un movimiento rápido, arrebata la bufanda de Gryffindor que Lily tenía posada en los hombros. Ella se levanta al instante, protestando. Pero él sale corriendo con ella antes de que pueda reaccionar.
- ¡Te la devuelvo después de ganar, Evans! –le grita desde la distancia con una sonrisa cegadora.
Lily bufa, consciente de las miradas de complicidad que hay a su alrededor. Sabe que la mayoría de las chicas la consideran muy afortunada. Porque creen que James, con el estirón que ha pegado el último año, se ha puesto guapísimo. Que, bueno, es verdad que no está nada mal, vale. Pero tampoco es para tanto. Pero, sobre todo, porque consideran muy románticos todos los intentos y coqueteos de él.
A ella le ponen de los nervios. No se toma nada en serio y sigue siendo un prepotente en busca de atención. Si de verdad ella le gusta –y está dispuesta a aceptar que eso es en serio-, tendría que hablarlo con ella como adultos. Y en privado. No montando un circo ni tratando de hacerse el chulo, a veces a costa de otros.
- Es insoportable –murmura cuando ella y sus amigas deciden encaminarse al campo.
Gwen la agarra del brazo con comprensión, mientras bajan las escalinatas del colegio.
- Sí. Insoportablemente encantador.
Y lo dice en serio. Las dos definiciones: Insoportable y encantador. A Gwen, al igual que a Lily, a veces le cuesta mantener la antipatía con James Potter. En algún momento del curso anterior, él percibió que la chica tenía un problema con él. Y, aunque nunca averiguó los motivos que llevaron a que él empezara a caerle mal, se esforzó lo suficiente en ser encantador con ella.
Si algo caracteriza a James Potter es que no le gusta caer mal a quien él no ha decidido que está en el bando contrario al suyo. Y, también, que tiene armas suficientes y un carisma arrollador como para conseguir hacer cambiar de opinión hasta al alma más reticente.
Incluso consigue ablandar a Lily de vez en cuando. Y eso, a pesar de que ella sigue viendo su discusión definitiva con Severus cada vez que le mira.
Sabe que no fue culpa de Potter. El que él sea un gilipollas solo propició una situación que estaba fraguándose desde hacía mucho tiempo. Y sabe que el responsable principal es Severus. Y ella misma, por no darse cuenta de algo que venía sucediendo desde hace años. Además de que James se disculpó ante ella en su momento, pese a que era a su antiguo amigo al que le debía las disculpas.
Pero fue un momento muy amargo en su vida. Y, a pesar de aún tenerlo fresco y que el dolor y el recuerdo persistan, James Potter aún consigue hacerla sonreír cuando intenta con todas sus fuerzas no hacerlo.
Es incongruente que alguien que te cae mal, te resulte igualmente encantador. Pero eso es lo que le ocurre a ella con él.
- Estamos a veinte grados, ¿qué haces con esa bufanda? –le pregunta Sirius cuando James se enrolla la prenda de Lily alrededor del cuello, encima de la túnica de quidditch.
- Es de Evans –le responde como si eso lo explicara todo.
Sirius se echa a reír. Detrás de ellos, el resto del equipo está también cambiándose y preparándose.
- Te juro que lo tuyo es grave, Cornamenta. Muy grave.
- Nunca lo he entendido –les interrumpe Schelotto, que está atándose una coleta fuerte en lo más alto de su rizosa cabellera oscura-. ¿Por qué llamáis a James, Cornamenta? ¿Qué significado oculto tiene?
- A mí solo se me ocurre uno –bromea Phineas, el otro golpeador, haciendo el gesto de los cuernos con los dedos y provocando la risa del equipo.
James le da un codazo a Sirius en el estómago, por lo bien que lo está pasando a su costa.
- Es una de tantas chorradas de Sirius –explica-. Iba fumado de mandrágora hasta arriba cuando empezó a llamarme así. Y ahora no hay quien le quite la manía.
- Menos mal que no tienes novia, James, porque eso le dejaría en mal lugar –comenta Viviana con un guiño coqueto que le hace sonreír.
Al mismo tiempo, Darren se interesa por la conversación.
- ¿Es verdad que las mandrágoras se fuman, entonces? –le pregunta a Sirius con curiosidad-. ¿Cómo las consigues? Por aquí solo las tiene Sprout y no es fácil entrar en los invernaderos.
Sirius sonríe divertido. Aficionados…
- Eso es solo para chicos mayores –presume.
- Yo soy mayor que tú, Black –le recuerda el muchacho, que es de séptimo año.
Sirius asiente, pensativamente. No había caído en ello. Y tampoco en lo que podría obtener gracias a eso.
- Si quieres un poco, te consigo. Pero te costará algo de pasta.
- Luego hablamos de dinero –acepta Darren, satisfecho.
- ¡Yo también quiero! –replica Phineas.
Sirius abre la boca para responderle que los críos de quinto año aún tienen que crecer para consumir –aunque él empezara incluso antes a hacerlo-, pero James le interrumpe con una autoridad que nadie conocía hasta que le han dado la placa de capitán.
- ¡Callaos y centraos en lo de hoy o empiezo a llamar a los reservas!
Al ver su mirada de advertencia, todos le hacen caso inmediatamente, por lo que comienzan a ponerse los guantes y agarrar sus escobas. James agarra del cuello de la túnica a su amigo y le arrastra a un lugar apartado. No está enfadado con él. Casi nunca consigue estarlo, de igual modo. Pero sí que está molesto con sus intenciones.
- No pienso dejar que drogues a mi equipo –le asegura-. Esto se puede convertir en un descontrol y quiero disciplina. Tú mismo me aseguraste que no vendrías fumado a los entrenamientos.
Sirius alza las manos, con gesto de inocencia.
- Te juro que los controlaré, Jimmy –asegura-. Me he presentado para ayudarte a ganar la copa de tu vida, no para joderte el plan por vender un par de canutos.
James asiente de forma reticente, aun asegurándole que le tendrá vigilado.
- Sabes que solo es porque tengo que sacar algo de pasta –insiste Sirius risueño-. Ahora que me he pirado de la dictadura de los Black, soy un 'sin hogar'.
Su amigo le da una colleja.
- No digas gilipolleces –le espeta, rodando los ojos por su dramatismo-. Sabes que mi casa siempre será la tuya. Mis padres te adoran.
Sirius le abraza por los hombros y ambos se dirigen a la salida de los vestuarios, detrás de los demás.
- Y sabes que siempre te lo agradeceré, Cornamenta.
James le mira de reojo, satisfecho. Luego, una sonrisa divertida cruza su rostro.
- Sabía que ese puñetero apodo me traería problemas –le reprocha-. Yo te puse uno guay, podrías haberte portado conmigo.
Sirius parece ofendido.
- ¿Qué problema tienes con tu apodo? ¡Si es cojonudo, cuernos! ¿No recuerdas que Remus sugirió llamarte Bambi?
James se echa a reír, recordando ese hilarante momento.
Estaban los cuatro en la Casa de los Gritos, un año antes, y James trataba de averiguar en qué se había convertido. Solo veía la silueta de un gran animal en las paredes pero las sombras apenas revelaban ninguna forma.
Desde la altura, vio a sus tres amigos mirarle boquiabiertos. No era la misma reacción divertida que habían tenido con la transformación de Sirius.
- ¿Eso es…? –preguntó Peter.
- ¿Qué coño…? –Sirius no fue mucho más locuaz.
James comenzó a ponerse nervioso y bajó la mirada, para encontrarse con dos largas, delgadas y peludas patas que acababan en unas elegantes pezuñas. No era lo que esperaba encontrarse. Parecía un centauro pero no tenía sentido. Se alarmó y empezó a moverse, sintiendo que se enredaba en las cortinas.
- ¡Ey, James! ¡Cálmate o te harás daño!
¿Qué había en su cabeza que se enredaba y le impedía moverse? James tiró más fuerte y Remus se abrazó a su cuello para inmovilizarle y Sirius se puso delante.
- Cuidado con los cuernos, colega. Eso puede doler.
Entre él y Peter consiguieron desenredarle y, entonces, Sirius le agarró de la cara y le miró seriamente.
- Trata de volver a transformarte. Puede costar al principio pero concéntrate. Piensa en tu forma humana y saldrá.
Costó un rato pero mucho menos de lo que le había llevado a Sirius esa mañana.
- ¿Qué coño soy? Una cabra no, era demasiado alto.
- Lo de la cabra le habría pegado mucho –se rio Peter, contagiando a Sirius y a Remus.
Su mejor amigo le miró orgulloso.
- Un ciervo, colega. Un puto ciervo. Es lo más alucinante que he visto.
- Cualquiera que te viera no podría distinguirte de un ciervo salvaje de los bosques –decía Remus igual de orgulloso-. Es simplemente…
- Alucinante –finalizó Peter.
James se rio, encantado con su nueva apariencia. Había llegado a creer que era algo humillante. Se transformó un par de veces más, tratando de medir su tamaño y corpulencia. No saltó ni brincó como Sirius, sino que encontró un galope cómodo para adecuarlo al interior de la casa.
- Hay que buscarte un apodo –recordó Peter cuando volvió a ser él mismo.
Remus se echó a reír y los demás le miraron interrogantes.
- Es que solo se me ocurre uno. Pero James me matará.
- ¿Cuál?
- Cuando yo era pequeño, mi madre me ponía películas… bueno, son como cuentos animados para niños. Y uno de ellos era un cervatillo de dibujos.
- ¿Cómo se llamaba? –preguntó James desconfiado.
Remus se mordió el labio.
- Bambi…
La risa de Sirius atravesó toda la casa y el chico acabó casi revolcándose en el suelo.
- Sí, por favor. Ese. Elijamos ese –suplicó, limpiándose las lágrimas que descendían por sus mejillas.
James le dio una patada.
- Eres un traidor.
- No seamos malos –comentó Remus, divertido.
- Además, era un cervatillo, ¿no? –preguntó Peter-. Con esos enormes cuernos, no le pega mucho el nombre.
- ¡Claro, cuernos! –exclamó Sirius, incorporándose de golpe y esquivando otro golpe de James.
- Casi es peor –murmuró Remus.
James chasqueó la lengua.
- Sois la leche…
- No, espera –interrumpió Sirius, colgándose de su cuello y extendiendo sus manos frente a ambos-. ¡Cornamenta!
Los otros tres dudaron.
- ¿En serio?
- No me convence.
- Venga, Jimmy. Es mucho mejor ese que Cuernos o Bambi. Cornamenta es poderoso.
- Lo que parece es que tenga una novia ligera de cascos –se burló él, ganándose la risa de sus amigos ante el juego de palabras.
- ¿Es que alguien se creería que a ti una tía te los pondría, colega? –espetó Sirius, dándole un golpe en el pecho, casi ofendido por la duda.
Dicho y hecho. Sirius siempre lee el pensamiento a James. Y, obviamente, él jamás aceptaría un nombre como Bambi. Prefería que la gente pensara que la novia que no tenía le había engañado. Básicamente, porque la mayoría jamás pensaría que eso podría pasar.
De vuelta al presente, James sacude la cabeza y decide concentrarse en el partido que tiene por delante. Discretamente, olisquea por un momento la prenda alrededor a su cuerpo, que tiene ese olor a jazmín tan característico de su pelirroja, y se la fija al cuello.
- Venga chicos, vamos a acabar con esas serpientes –jalea a su equipo, haciéndoles formar un círculo, llevando su mano al centro y haciendo que todos junten las suyas.
- ¡GRYFFINDOR! –gritan a la vez, saliendo a ganar.
Lily disfruta mucho con el quidditch. No es algo que la mayoría de la gente se pueda imaginar, ya que no recuerda los nombres de todos los integrantes de los equipos ni es de las que gritan enfervorecidas cuando los contrarios hacen alguna jugarreta.
Pero es cierto. Le encanta ese deporte tan complejo, tan mágico y tan peligroso. Se vuelve loca tratando de seguir el ritmo y siempre acaba distrayéndose con una bludger traviesa o buscando la snitch como si con eso pudiera ayudar al buscador de su casa.
Ella también aplaude a rabiar cuando los equipos salen y se presenta a los jugadores de cada equipo.
- A Sirius solo le faltaba jugar al quidditch para ser perfecto –grita Aura entre los vítores, viendo al chico volar con el resto de sus compañeros.
- A Black solo le faltaba eso para tenérselo más creído –apunta Lily divertida, siguiendo con la mirada a James, quien viste su bufanda y que, claramente, es muy superior a los demás encima de la escoba.
A su lado, Olivia se inclina hacia ella, dándole un juguetón codazo en el brazo.
- Potter lleva puesta tu bufanda, Lily. Se va a asar con ella con este calor.
- Creo que le compensa –se ríe Gwen-. Es la bufanda de 'su chica'. Seguro que espera que le dé buena suerte.
Lily soporta las risitas de sus amigas pero no dice nada. Nota sus mejillas sonrojadas y vigila a Remus Lupin y Peter Pettigrew, que están un par de filas por debajo de ellas. Tiene que controlar a sus amigas porque seguro que esos dos ponen oído a todo lo que comenten. No pueden decir nada que le infle más el ego a Potter. Es lo que le faltaba ya.
- A ver si no lo estropean y ganan por diferencia de puntos –comenta con fingida despreocupación, para desviar el tema.
- Lucinda Talkalot va a salir a por todas –augura Olivia, tanto porque también le gusta el quidditch como porque está al día sobre los cotilleos.
- Sirius se acostó con ella el año pasado –refunfuña Aura, que sabe a qué se refiere-. Querrá venganza porque no quiso seguir con ella.
- Él nunca quiere seguir con ninguna. Razón de más para que tú superes esa obsesión algún día –le recomienda Gwen a su amiga.
Lily no sabe explicarse porqué pero, a pesar de lo evidente que es su cuelgue por él, Sirius jamás le ha hecho caso a Aura. El chico que ha tenido más ligues que todos los chicos que conoce y que no distingue de casas ni colores, no presta atención a una de las más cercanas a él, que tan fácil se lo hubiera puesto.
Ella piensa que él no quiere problemas con compañeras con las que comparte casa y curso -y posibilidades de que le acusen-, aunque también sospecha que entre él y Olivia había habido más que palabras durante el curso pasado, cuando ella rompió con su chico. Claro que eso jamás se lo ha preguntado a su amiga y esta no lo habría confirmado frente a Aura.
- ¡Vamos, Darren! –exclama Gwen, sacándole de sus pensamientos para hacerle ver que el partido ha comenzado.
De inmediato, se concentra en el juego y no tiene problema en ser de las que más aplauden cuando, segundos después, James Potter marca el primer tanto del día. Perdida entre la multitud, Lily se siente protegida e invisible como para celebrarlo sin ser juzgada pero, cuando él señala hacia la grada, sabe que está dedicándole a ella ese gol. Y se odia a sí misma cuando no puede evitar que una risa nerviosa se le escape. Afortunadamente, nadie más se da cuenta.
El partido se pone rápidamente favorable a los leones. Cuentan con un equipo más profesional, sólido y coordinado en los diferentes puestos básicos.
Talkalot intenta controlar a sus jugadores y cuenta con un buscador muy potente, como es Regulus Black. Probablemente, es el mejor de la liga. Pero los cazadores son torpes y no tienen espíritu de equipo. La descoordinación es clave en la mayor parte de las jugadas.
James Potter, una vez más, es la gran estrella de Gryffindor. El mejor cazador que han tenido en años, que ha aprendido a base de errores que, a veces, es mejor dejar marcar a tu compañero, aunque la jugada maestra la hayas hecho tú.
Esa humildad que le ha impuesto el tiempo tras varias lecciones, y que no poseía en años anteriores, es la que le lleva al éxito.
Tras dos horas de partido, la diferencia entre ambos equipos es tan grande que no hay ningún milagro posible para Slytherin. La derrota se prevé de antemano que será aplastante y el ambiente se percibe en las gradas. Mientras que las serpientes están calladas y malhumoradas, en Gryffindor no paran de cantar, corear y aplaudir.
- ¡Vamos Vivian, párala! ¡Sí! –grita Lily eufórica cuando su guardiana, que se encuentra imparable, detiene otro tanto.
Conoce a Vivan del club de Encantamientos, aunque con su labor de prefecta ha tenido trato con prácticamente todos los alumnos de su casa. Por lo que les llama a todos por el nombre cuando les anima. A todos, menos a uno.
- ¡Buena esa, Potter!
- Si James se entera que le estás jaleando, le dará un infarto –bromea Olivia a su lado.
Lily se ríe y le da un golpe en el brazo. En la euforia del quidditch todo sirve y se olvidan algunos rencores. Además, él no puede oírla, por lo que su ego no corre peligro de inflarse tanto que no le quepa en su cuerpo.
En ese momento, Remus Lupin se gira y la mira divertido. Ahora, es lo más parecido a un amigo que tiene entre los chicos de su clase y, de alguna manera, parece saber leer sus expresiones muy bien. Le hace un gesto simpático, que viene a dar a entender que está de acuerdo con la apreciación de Olivia. Y ella le saca la lengua, riéndose.
Entonces, todo se precipita. Regulus Black parece decidir que ya ha tenido bastante humillación y consigue arrebatar fácilmente la snitch, aunque se lleva un buen golpe de una bludger, cortesía de su hermano. Pero eso en ningún caso acerca la victoria a Slytherin.
- ¡Regulus Black atrapa la snitch para Slytherin! ¡Pero los 150 puntos no sirven para remontar la brutal paliza que les han dado los leones! ¡Gryffindor gana 320 a 270! -grita la comentarista con su voz amplificada haciendo eco por todo el estadio.
La circunstancial pérdida de la snitch no importa a la grada de los leones, que se cae abajo por las ovaciones y los saltos que dan los aficionados, mientras el equipo se abraza en el aire.
- ¡Al final conseguirán que la grada se derrumbe! –augura Aura a gritos, para hacerse oír entre sus amigas.
- ¡Vamos chicas, que hoy hay fiesta en la torre! –grita Gwen que, de un momento a otro, cambia su cara de alegría por otra de horror-. ¡Ay, Merlín! ¡Cuidado!
Obviamente, en el campo, nadie puede escuchar su advertencia pero no importa. La capitana de Slytherin, tan guapa como competitiva, no ha llevado bien la derrota. Además de que Lucinda Talkalot tenía objetivos personales para querer una venganza que se le ha escapado desde el momento en que sus jugadores emprendieron el vuelo.
Así que, como frustración, agarra su bate y lanza una bludger con toda su fuerza en dirección a Sirius Black. Pero Sirius siempre se caracteriza por su buena suerte. Si quiere repetir postre, siempre pillará el último trozo que queda. Si decide ir de por libre y no compartir la capa de James, al final, será su amigo el que escoja el camino por el que la gata de Filch está patrullando.
Es su mejor amigo el que tiene un imán para los problemas. Son años de lesiones por llevarse más golpes que ningún otro jugador del equipo y de castigos producto de estar en el lugar inapropiado, así como por ir a colar en las cocinas tenedores-muerde lenguas y cucharas derramadoras justo en el mismo momento en que Dumbledore acude a por un dulce de limón.
James Potter, simplemente, tiene mala suerte. Así que, cuando empuja a Sirius para apartarle de la trayectoria, la bludger le impacta a él en el hombro, desestabilizándolo y, finalmente, tirándolo de la escoba.
Lily le ve caer, como a cámara lenta, y el grito escapa de su boca sin que pueda retenerlo, mientras se lleva las manos a la boca. Cree que el resto de sus amigas la sigue, pero no lo comprueba. Echa a correr, escaleras abajo, hasta llegar a la valla que impide que los aficionados caigan al vacío desde las gradas.
James está en el suelo cuando ella se aferra al hierro con fuerza. Sirius ha tratado de atraparlo en el aire pero no lo ha conseguido, aunque sí ha conseguido frenar la fuerza de la caída.
- Eso ha tenido que doler –susurra Gwen en algún punto detrás de ella.
Lily ha visto muchas caídas en sus seis años como espectadora de quidditch pero, hasta la fecha, esa es la que más le ha asustado. Tanto que está sin habla.
- Tranquilas, chicas. Seguro que está bien –escucha la voz de Remus, aunque nota una pizca de preocupación. Después, un brazo toca suavemente el de Lily y él aparece a su lado, observándola-. Lily, ¿estás bien?
Ella asiente con la cabeza, aún incapaz de hablar.
No debería estar ahí pero está.
Remus le ha asegurado que James está bien; solo tiene un hombro dislocado. Se unirá a la fiesta más tarde.
Incluso Sirius está en la Torre de Gryffindor, organizando el recibimiento al capitán con una fiesta que incumple, al menos, cinco de las normas básicas del comportamiento del alumnado. Pero, en estos casos, siempre hacen un poco la vista gorda. Incluso McGonagall.
Lily no hubiera tenido fuerzas para detenerlos ni aunque hubiera querido. Darse cuenta de que le preocupa el bienestar de James Potter ocupa demasiado espacio en su mente como para pensar en ponerse en el papel de prefecta.
Sabe que han pasado años desde que él se metía con ella y ella le tiraba los libros a la cabeza –en su defensa, eso solo lo hizo dos veces-. Su relación ha evolucionado, desde un odio casi siempre cordial, a una indiferencia, después a un acoso pesado y, ahora, a un acoso que comienza a tener algo más de gracia.
Además, ella no le odia. Le cae algo mal, es verdad, no va a negarlo. Pero no le odia. Y, ahora, le ha quedado claro que no soporta que algo malo le ocurra.
Bueno, también es algo innato. Ninguna buena persona desea el mal ajeno. Aunque sabe que hay diferencia. No le desea nada malo a Mulciber pero no sintió ninguna pena cuando, la semana anterior, lo encontró inconsciente en el pasillo del tercer piso con un rábano en lugar de su nariz. De hecho, ella fingió no tener la más mínima idea de quiénes podían ser los responsables de ese ataque, pese a que James y Sirius habían pasado por ese pasillo pocos minutos antes. Y, en este caso, no está sintiendo precisamente indiferencia hacia las heridas de James.
Está en el pasillo del primer piso, próximo a la enfermería. Pasea, da una vuelta, se arma de valor, camina hacia la puerta y cambia de opinión, girándose. Y vuelta a empezar. Lleva así media hora.
En ese momento, la puerta de la enfermería se abre, sobresaltándola. Pero solo es Regulus Black, que abandona la enfermería después de que Madame Pomfrey le arreglara la muñeca que se ha fracturado tras atrapar la snitch.
Está rodeado de un grupo de amigos del equipo y de su casa. Y Lily se sonroja cuando distingue entre ellos a Severus. Él la ha visto y ve que frunce el ceño pero ella le mira desafiante y alza la barbilla. Sabe que le molesta que esté allí, especialmente por quién está ahí. Pero ya no son amigos, no le debe dar explicaciones sobre las amistades que tiene ahora. Aunque James tampoco es exactamente su amigo, sino un acosador graciosete al que debe aguantar estoicamente.
El hecho de que Severus se crea con derecho a juzgar sus acciones le enfurece. Porque si ya no son amigos es porque él se distanció de ella y de sus valores más básicos. Se distanció mucho antes de que ella lo percibiera siquiera.
Y esa furia le da fuerzas para meterse en la enfermería cuando los Slytherins dan la vuelta a la esquina. La estancia está vacía, excepto una de las camas, cuya cortina está corrida.
- Si es que, ni acabado el partido, te libras de una lesión. No sé qué voy a hacer contigo, Potter –escucha al otro lado a Madame Pomfrey con resignación y capta una dosis de cariño en su voz.
E, inmediatamente, suena la voz divertida de James.
- Vamos, Poppy. Con lo que yo me esfuerzo para venir a verte siempre. No valoras mis sacrificios.
La enfermera sale de detrás de las cortinas con expresión divertida, aunque se sobresalta al encontrar a Lily allí.
- ¡Señorita Evans! ¡Qué sorpresa! –exclama más formalmente-. ¿Necesita algo?
- ¿Evans?
La cortina se corre y aparece James Potter, sentado en la cama, con solo los pantalones puestos y una venda sujetándole el hombro y atravesándole el pecho. A Lily se le encienden las mejillas, sin poder apartar la mirada de él que, al principio, está confundido y, después, la mira con una sonrisa algo petulante.
En algún momento, Madame Pomfrey decide desaparecer, aunque Lily no se da cuenta de cuándo se ha ido. James se apoya en los codos, demasiado cómodo, para su gusto, con eso de estar medio desnudo frente a ella.
- ¿Estabas preocupada por mí, Evans?
Lily frunce el ceño ante su arrogancia.
- No seas absurdo. Venía… buscando mi bufanda –improvisa rápidamente, al ver su prenda colocada en la silla junto a la cama.
Rápidamente, alarga la mano y la toma. Pero James se pone en pie de un salto y agarra el otro extremo de la bufanda.
- ¡Ey, espera! –le dice con una sonrisa-. Aún no te he dado las gracias. Tu bufanda me ha dado muy buena suerte.
- Te han derribado de la escoba y te has dislocado un hombro, Potter –le recuerda ella, tirando de la prenda pero sin lograr arrebatársela.
James tira un poco de su extremo, haciéndola trastabillar y obligándole a acercarse un paso a él al no querer soltarla. Se vuelve a sentar en la camilla, repantigándose en ella despreocupadamente.
- Me han dicho que te ha preocupado mucho mi caída.
Lily se sonroja más aún, mientras hace escueta una nota mental: Matar a Remus Lupin.
- Me habría preocupado cualquier caída desde esa altura, Potter –responde, rezando por no lucir tan nerviosa como se siente.
James sigue sonriendo y vuelve a tirar de la bufanda, acercándola otro paso a él. Y sigue sin ponerse la camiseta, por cierto.
- Así que todos los del equipo te preocupamos igual, ¿no? –pregunta él lentamente, mirándola con intensidad.
O quizás, simplemente, es que está intentando verla. No lleva las gafas puestas y, hasta ese día, Lily no se había percatado de que tenía las pestañas tan largas. Casi podrían ser como las de una chica si toda su cara no fuera tan masculina. Jamás ha visto unas pestañas tan largas en un chico.
Se ha acercado un paso más sin darse cuenta cuando se percata de que se ha quedado callada demasiado tiempo, observándolo. Tiene que estar encantado con su actitud bobalicona.
- Claro que no –responde, reaccionando. James alza las cejas y Lily se permite sonreír-. Viviana me preocuparía más. La echaríamos de menos en el Club de Encantamientos si se lesiona.
James se ríe en voz baja. Suena grave. Le ha cambiado la voz en el último año. Y ella no se había percatado hasta ahora. Tira un poco más de la bufanda y las piernas de Lily casi tocan las suyas.
- ¿A mí no me echarías de menos? Soy tu acosador particular. Sería un gran cambio en tu vida si yo tuviera que desaparecer varios días por convalecencia.
Lily está haciendo todo su esfuerzo para que no la avasalle. La pone nerviosa la cercanía pero se niega a soltar la bufanda para alejarse de él. Sería como admitir que está tan nerviosa como, de hecho, lo está. Le mira desafiante.
- Está bien que admitas que eres un acosador.
La carcajada de James le pone la piel de gallina. Suena demasiado cerca. Esa distancia ya no es decorosa. Ni lo es que suba la mano, agarre un mechón de su cabello y lo enrolle en su dedo índice mientras se lame los labios.
- ¿Me vas a decir que no te has acostumbrado a mis cortejos? ¿O que no te gustan ni un poquito?
Lily se echa a reír. Esa es buena.
- Tú no sabes cortejar, Potter. Eso quedó obsoleto hace años y, aunque aún existiera, tú no tendrías esa capacidad.
Él rueda los ojos.
- Entonces, hablemos de seducción. Yo sé seducir. Me viene de familia.
- Me temo que sobrevaloras tus cualidades.
- ¿No sé seducirte?
Vale, Lily sabe que tiene que acabar esa escena cuanto antes. Es absurdo y es peligroso. Y podría malinterpretarse, dándole alas a algo que es justo lo contrario a lo que quiere.
Suelta de golpe la bufanda. Puede prescindir de ella a cambio de conservar su dignidad. Pero, cuando se va a apartar, James hace un rápido movimiento, suelta la bufanda y le rodea la cintura.
- No me has contestado, Lily –susurra, acercándole a él.
Ella tropieza con sus pies y se aferra a sus hombros para sostenerse. Si le hace daño en el que está herido, no lo parece.
- James, suéltame –le ordena con rudeza.
No sabe cuándo han empezado a llamarse por el nombre de pila pero puede que esa sea la primera vez que lo hacen. Él no la suelta, aunque tampoco la está reteniendo con fuerza. Podría soltarse ella si quisiera. Y quiere, al menos una parte de ella.
Lentamente, James traza con su nariz la línea de su mandíbula y Lily aguanta la respiración. No tiene tanta experiencia en chicos como para saber reaccionar en un momento así. Solo sabe que está incómoda y cómoda a la vez con la cercanía. Que tiene que sostenerse en sus hombros para no caer. Que sus rodillas parecen gelatina. Que siente la piel de él ardiendo bajo sus dedos y que a ella le quema cada centímetro de su cuerpo, cuando él le da un suave e imperceptible beso en la barbilla.
Durante los próximos meses, Lily negará haber tomado la iniciativa. A sí misma, quiere decir. Afortunadamente, nada de lo que sucede en ese momento se hace de dominio público porque no habría podido soportar la humillación. Pero hay un momento en el que pierde el concepto de dónde está y de quiénes son. Y, en ese momento, ella pierde. O, tal vez, gana. No lo tiene claro. Pero entonces agarra con fuerza el pelo de James Potter y le da el primer beso de su relación.
Él responde entusiasmado. Y solo son cinco segundos pero Lily jamás se ha sentido tan viva y tan repleta de fiebre al mismo tiempo. James estrecha su cintura y ella le revuelve el pelo con las manos.
Pero, entonces, él trata de meterle la lengua en la boca y la fiebre baja, haciéndole percatarse de su situación. Se aparta de golpe y James la deja marchar. Afortunadamente, no tiene esa sonrisa petulante en el rostro que tanto odia, porque sería capaz de matarlo en ese momento.
Con un rápido movimiento, la pelirroja le aparta la mano que ha dirigido a su cara y echa su mano hacia atrás para darle una bofetada. James no reacciona a tiempo y ella sale corriendo de la enfermería.
- Evans, ten cuidado. Eso tiene alcohol –advierte Sirius una hora después.
Lily le ignora y sigue bebiendo whisky de fuego. No sabe de dónde ha salido ni quién lo ha conseguido. Y, por primera vez en su vida, no le importa.
No lo hace porque está demasiado aturdida y confundida. Y puede que, también, un poco borracha. Lo acontecido en la enfermería es la cosa más extraña e inexplicable que le ha pasado jamás.
Lo puede explicar por la intoxicación de alguna poción mal cerrada. Es probable. Porque ella jamás ha tenido ganas antes de besar a James Potter. Es decir, le considera atractivo, especialmente desde que dio el estirón definitivo. Y, particularmente, lo estaba sin camiseta, es verdad. Y sabe que es carismático, inteligente y que puede ser simpático cuando le interesa. Pero nunca antes ha tenido ganas de besarlo. Si acaso de romperle la nariz de un puñetazo.
Así que, como no sabe explicárselo a sí misma, bebe. Bebe pese a las recomendaciones de Sirius, irónicamente. De las de Remus. De las de Aura y Gwen e, incluso, de las de los prefectos de quinto curso. Y, cuando James cruza el retrato y la gente le recibe con ovaciones y aplausos, bebe aún más.
Por su parte, James aún tiene mucho que aprender a los 16 años. Por ejemplo, a aceptar que no siempre se gana a la primera. O que hay que tener paciencia si quieres algo de verdad. O que no todo es blanco o negro.
Y es que, ese día, él pasa por todos los altibajos emocionales sin detenerse en ninguna escala de grises. De la euforia más absoluta por haber besado a Lily Evans, -¡no, por haber sido besado por Lily Evans!-, pasa a la confusión por ser ignorado por ella y, finalmente, al enfado al verla reír y bailar, dándole la espalda en todo momento. Y un James Potter enfadado es un James Potter que no piensa. Y eso que él nunca ha sido muy reflexivo.
Así que, horas más tarde, cuando la fiesta se ha salido totalmente de control, James ha bebido también más de la cuenta.
Al día siguiente, tratará de reconstruir mejor los hechos, aunque no tendrá mucha ayuda. La resaca de Peter le impedirá levantar la cabeza de debajo de la almohada y la memoria de Sirius ha dejado de funcionar unas dos horas antes. Remus, su única opción, le ayuda un poco a reconstruir los hechos, aunque no está presente en todo momento ni se encuentra en su momento más sobrio del año.
Él sí ve a su amigo desaparecer por el retrato, buscando más intimidad. No le sorprende que sea junto a una chica. James no tiene el éxito de Sirius pero no puede quejarse de ligar poco. Le sorprende más que la chica sea Olivia Henderson, a la que James nunca ha hecho más caso que a otras de clase y de la que no cree que se pueda decir que babee por él. Aunque ninguno de los dos está muy centrado como para pensar en eso.
James sí recuerda que había una chica y un aula vacía. Recuerda besos torpes, demasiada saliva, ropa arrugada y piel caliente. No es muy consciente en ese momento pero tiene un momento de lucidez.
Justo cuando se abre una puerta y una figura tropieza en el interior.
- Lo siento –dice una voz pastosa-. Pensé que estaba vacía…
Es una pelirroja, que lleva en la mano una botella medio vacía de whisky de fuego y camina arrastrando los pies. Y que se queda mirándolos boquiabierta.
James y Olivia parecen darse cuenta al momento de lo que están haciendo porque ambos se separan de golpe.
Él no se preocupa por el estado de su compañera, sino que sale corriendo detrás de Lily, cuando ella se da la vuelta y se marcha por el pasillo.
- ¡Evans! –grita saliendo del aula y tratando de abotonarse la camisa.
La pelirroja no parece muy sobria cuando le ignora, acelerando el paso y yendo de un lado a otro del pasillo. Parece buscar un aula vacía, lejos de la Torre de Gryffindor. Aunque James y Olivia no han sido la única pareja en salir a buscar intimidad ese atardecer y le cuesta encontrar esa soledad buscada.
- Oye, Evans, ¡espera! –insiste James
Pero, para estar borracha –probablemente, por primera vez en su vida-, Lily Evans tiene una agilidad asombrosa. Se da la vuelta, varita en mano y le lanza un hechizo que le manda al otro lado del pasillo, golpeándole con el retrato de la Señora Gorda.
- ¡Pero bueno, habrase visto! –protesta esta, aunque James la ignora, poniéndose en pie y frotándose la espalda.
Lily le mira con odio una vez más y desaparece por el pasillo. Él no hace más intentos de seguirla. Hasta él es consciente de que es una metedura de pata importante besar a una chica y, el mismo día, cuando ella está sensible y confundida, besar a otra.
- No sé qué le has hecho, pero seguro que te lo merecías –le dice Remus, que ha aparecido a su lado y ha visto el final del numerito.
James suspira.
- Creo que esto sí que me lo merecía –lamenta, revolviéndose el pelo.
Mira a su amigo, que le palmea la espalda, dándole ánimos. Los dos se van a girar para volver a la fiesta cuando ambos, a la vez, captan algo de reojo. Es la profesora McGonagall, caminando a zancadas hacia la Torre de Gryffindor.
- ¡Mierda! –gritan al mismo tiempo, atropellándose para entrar por el retrato.
Apenas tienen unos segundos para reaccionar. James baja el volumen de la radio mágica de Peter, que han bajado de la habitación y Remus se lanza a tratar de hacer desaparecer las botellas de whisky de fuego.
- ¡Ey, no seáis aguafiestas! –protesta Sirius que tiene la corbata atada a la cabeza y, como la mayoría, está algo borracho y con ganas de seguir la celebración.
- ¿Qué está pasando aquí? –grita McGonagall al entrar por la puerta, provocando que varios alumnos que estaban sentados en las escaleras aprovechen para dar la espantada hacia sus dormitorios.
- ¡Mierda, la Minnie! –bufa Sirius, más alto de lo que él se cree y tratando de esconderse detrás de James.
La profesora McGonagall consigue callar a todos con su presencia y se coloca en medio de la sala común.
- Cuando les di permiso para celebrar la victoria, quedamos en que sería una celebración contenida y educada –brama-. Es de día, los alumnos más pequeños están despiertos y no tienen por qué ver cosas que, de igual modo, no están permitidas en este colegio.
Aunque la mayoría de los pequeños han decidido pasar el resto de la tarde en otros lugares de Hogwarts o han subido a sus habitaciones, algunos de ellos se encuentran detrás de los sofás jugando a gobstones e ignorando las borracheras de los mayores.
McGonagall mira entonces a Remus, que todavía tiene varias botellas en las manos y que está en un estado de shock creciente.
- No le tenía por bebedor, Lupin –le increpa fríamente-. ¿No es usted un prefecto y, por tanto, encargado del orden de esta fiesta?
Remus asiente repetidamente con la cabeza.
- S-sí. Y… y eso estaba reprochándoles justo cuando usted ha llegado –insiste con voz débil y poco creíble.
A Sirius le entra la risa y James, que aún no ha acertado a abotonarse bien la camisa, le da un codazo. McGonagall, entonces, les mira a ellos.
- Sospecho que todo este cargamento de alcohol es responsabilidad suya, ¿no? ¿Potter… Black?
Pasa la mirada de uno al otro. James pone su mejor cara de inocencia, aunque ya la tiene demasiado amortizada. Y Sirius elige fingir indignarse.
- Nos prejuzga demasiado, profesora. Es injusto.
Pero la maldita casualidad quiere que Peter aparezca en ese momento, ajeno a la irrupción de McGonagall. Está también descamisado y hay un león poco preciso de color rojo pintado en su extensa barriga.
- ¡Canuto! ¿Dónde guardaste las cajas de whisky de fuego de reserva? James se ha bebido la mía y Remus no quiere compartir.
Algunos compañeros sueltan risitas al ver que Peter sigue sin percatarse que la jefa de su casa se encuentra frente a él. Cuando lo hace, se la queda mirando tontamente, se pone rojo y tropieza hasta caerse de culo.
James y Remus se llevan las manos a la cabeza con desesperación y Sirius lucha por contener la risa. A McGonagall le tiembla el párpado del ojo derecho cuando los mira.
- Todos a sus dormitorios. ¡Ya! –y, mientras los demás obedecen, se dirige a los tres amigos-. Los quiero mañana a los cuatro en mi despacho. Sin falta. Y, por supuesto, hoy tienen prohibido bajar al banquete de Halloween. Están castigados. Si es que, para ustedes, eso tiene algún significado, ya que viven en ese estado permanente desde que pusieron un pie en este colegio.
Ninguno dice nada, sabiendo que es lo más inteligente.
- En todos mis años como profesora, nunca cuatro alumnos me han dado tantos problemas como ustedes. Para cuando quieran graduarse, me habrán puesto el pelo blanco del estrés.
Y, aunque la prudencia sigue siendo lo más inteligente, Sirius no puede evitar intervenir.
- Tranquila, Minnie. Aún le quedan muy buenos años por delante y está usted muy bien.
- ¡Sirius, cállate! –gritan a la vez Remus y James.
No saben por qué pero algo les dice, por la mirada de McGonagall, que van a pasar buena parte del curso castigados.
James, además, sufrirá otro castigo aún peor: el desprecio y la indiferencia de Lily, que solo conseguirá ablandar al cabo de varios meses de demostrar un mayor respeto y madurez.
Por desgracia, todo el mundo pierde en las equivocaciones y los malentendidos. A Lily siempre le costó encajar con sus amigas pero, después de lo que ve esa noche, su amistad con Olivia queda seriamente dañada. Y eso no ayuda a la pelirroja a sentirse más integrada y mejor consigo misma.
Y hasta aquí podemos leer...
James es tonto. Adolescente, descerebrado y hormonado. En resumen: tonto. Vale que Lily sea algo contradictoria pero meter la pata de esa forma cuando la chica había claudicado y estaba echa un lío... Y Olivia no es mala chica. Es una adolescente descerebrada y hormonada que tenía grandes dosis de alcohol en sangre. Sin más, no está colada por James ni pretende hacer daño a Lily. A veces la vida es más fácil que eso.
En fin, os he enseñado en flashback cómo fue la transformación de James, porque necesitaba contar el momento 'Bambi' que siempre me imaginé jeje. Es una película muggle de 1942 y la madre de Remus es muggle, así que es muy posible que él la viera cuando era pequeño.
En cuanto al quidditch, casi todos los nombres son inventados. No he conseguido más información del equipo de Gryffindor. Esta vez he decidido poner a Sirius como golpeador porque me apetecía y no hay nada en el canon que lo contradiga. Por otro lado, en Slytherin está probado que Lucinda Talkalot fue la capitana a partir de 1976 y que Regulus Black era el buscador, así que lo he adaptado a mi modo.
¡Nos leemos en el ansiado séptimo año!
Eva.
