En algún lugar del alma se extienden los desiertos de la pérdida, del dolor fermentado; oscuros páramos agazapados tras los parajes de los días.

Sealtiel Alatriste


Capítulo 2: La cierva y el lobo.

Hermione se pasó todo el viaje en un profundo y aletargado sueño. Esta vez, para sorpresa y agrado suyo, sin ninguna desagradable pesadilla. No era algo que ella pudiera controlar, además, era muy testaruda con ella misma. El estrago psicológico de una guerra a modo de regalo a Hermione fue a través de crudas pesadillas. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a estar en aquel infierno personal, que de una manera casi paradójica, era ella quién lo recreaba.

Era el mismo sueño, y siempre se repetía.

En la mansión Malfoy, mientras era brutalmente torturada por aquella loca de Lestrange. Sintiendo como su carne se desgarraba una y otra vez por culpa de los Cruciatus, mientras la familia Malfoy miraban impasibles ante el macabro espectáculo. Pero eso no era lo que más la aterraba, lo que realmente la daba un miedo atroz a Hermione no era ni Lestrange, ni tampoco la propia tortura en si misma, ni siquiera que la propia muerte la estuviera rozando con su aliento; Eran esos ojos de plata que ningún ser vivo podía albergar tanta dureza, tanto... odio.

Eso era lo que siempre recordaba en sus pesadillas, como siempre terminaban antes de despertarse sobresaltada con los nervios a flor de piel. Los ojos del patriarca Malfoy, sin despegar su mirada del cuerpo maltratado de la joven bruja.

Tanta ira.

Tanto odio.

Tanto rencor.

Tanto desprecio.

Tanto… Martirio.

Era aterrador. Ya había pasado casi dos años desde aquel día y lo que más recordaba eran esos ojos. Ni siquiera los del mismísimo Voldemort lograban estremecerla con tanta violencia como la hacía esos ojos de plata. Si tan solo pudiera difuminar esa mirada, si tan solo pudiera olvidarla… que fácil sería ¿verdad?

Pero no podía darse el lujo de dejarse atrapar por los recuerdos del pasado. No lo permitiría, era demasiado cabezota como ara pedir auxilio.

Pero por lo visto, dormir en el tren con el ronroneo de su gato la había ayudado, y simplemente había dormido en condiciones.

Suspiró con alivio, no solo era irse a Francia por trabajo, por cumplir sus sueños, sus ambiciones, aparte de la fuente inagotable de conocimientos que le brindaría tal oportunidad. Si no para curarse a ella misma. Los medimagos la recomendaron tomar una poción de Morfeo, cosa que Hermione se negó rotundamente. No iba a permitirse a ella misma que una maldita poción fuera a tapar sus pesadillas, ¡era ridículo! Lo único que haría tomando una de las pociones de sueño más fuertes jamás creadas sería autolesionarse a si misma, agravar un dolor que de un momento a otro estallaría. Esa poción lo único que hacía era tapar con una tirita el boquete de un barco que se hundía.

No señor.

Había cicatrices que solo eran originadas por el alma, y ni mucho menos una poción iba a ser la que la rescataría de ese mundo oscuro y ruin. Tenía mucho que agradecer y mucho por lo que ser feliz.

Más animada consigo misma miró la ventanilla de su vagón dándose cuenta de que estaba llegando a su destino. Los letreros que estaban en francés la hacía una ligera idea de lo cerca podía estar.

—Mira Croockshanks, ¡ya estamos en París!

El gato, que no faltaba a su naturaleza, se limitó a alzar su mirada a la ventanilla y volver a dormir con un ligero bufido.

—Cielo santo, eres el gato más perezoso que e conocido en mi vida. —dijo con una suave riña.

Y tan pronto como terminó la frase, Hermione escuchó por el megáfono del tren:

.

"Messieurs les passagers, dans quelques minutes nous serons à la gare de Nicolos les alchimistes, s'il vous plaît vérifier vos bagages."

.

Hermione prestó atención a la voz de la mujer; ya estaban en la estación, sería cuestión de minutos cuando por fín, podría bajar del tren.

Se adelantó al resto de los pasajeros, sabía que en la estación la estaría esperando el representante de la empresa en el que empezaría a trabajar. No sabía ni quién era, ni cómo se llamaba, solo sabría que era él, por el simple echo de que llevaría su nombre en una pequeña pancarta.

Bajó del vagón, cargando con todas sus maletas junto con el transportín de Croockshanks. Pasó por el andén ladeando a todos viajeros extranjeros que por los atuendos de algunos, se notaba que hacían viajes más allá de los negocios o por ocio, y por los símbolos alquimistas que llevaban en sus capas averiguó que iban a Francia a modo de peregrinaje. Era realmente hermoso ver la cantidad de extranjeros que iban y venían por aquella estación. Hechiceros asiáticos, alquimistas de origen hindú, sabios de toda Latinoamérica.

El corazón de Hermione estaba a punto de desbocarse de felicidad, iba a aprender como nunca, iba a llenar esa biblioteca de Alejandría de más y más conocimientos. Si era sincera consigo misma, estaba a punto de dar saltitos de felicidad como si fuera una niña pequeña. No solo eso. Se alegró enormemente de ver a una ingente cantidad de elfos domésticos haciendo el trabajo de muchos magos, algunos de taberneros, otros de guías o incluso de guardias que vigilaban que todo estuviera en orden. No por nada, Francia era conocida por ser la cuna del derecho mágico a favor de los más desvalidos.

Caminó durante un buen rato, y más de una y más de dos, se tuvo que ayudar con los mapas dibujados de la estación que estaban estampados en las frías paredes de mármol rojo. La verdad, no pudo evitar deleitarse con la hermosa apariencia de la estación que tenía frente a ella. Más que una estación, parecía una mezcla entre un castillo, un ministerio y evidentemente una estación de tren.

Había enormes vidrieras donde los rayos del sol chocaban contra ellas, arcos laminados en cobre donde le daban un aspecto ostentoso a la estación de tren. Había estatuas de mármol llenas de animales, tapices que recubrían las paredes de ladrillos de temática mitológica; Perseo contra el minotauro de creta, Aquiles y la guerra contra los troyanos, Belerofonte montado en un pegaso e incluso, en una de las arterias de aquella magnífica estación, Hermione pudo divisar toda una galería de tapices trabajados a mano donde se podía ver el castigo de Herácles y las doce pruebas en las que fue sometido.

Había pequeñas cafeterías, donde el gusto por los buenos materiales se hacía evidente. Había muchos magos y brujas disfrutando de la mañana con un buen café o cervezas de mantequilla.

Sin embargo hubo algo que la llamó aún más la atención, Mucho más que los tapices en movimiento, mucho más que las delicadas vidrieras llenas de luz y color. Mucho más que toda la tapicería que había en toda aquella área. Más que las cafeterías que parecían pertenecer a la realeza.

Era una fuente, tal vez fuera algo simple, pero era la delicada talla que habían echo con ella. La mezcla de mármoles que tenía aquella fontana. Habían mezclado mármol negro con el mármol blanco creando una maravillosa figura.

Una cierva albina con las pezuñas bañadas en oro, lamiendo la herida de un lobo negro, donde los colmillos de aquella bestias estaban cromados en plata, que se mecía a los cariños de aquel herbívoro… de su presa. Como si aquel delicado ser pudiera sanar las heridas de aquella alimaña, que estaban escondidas más allá de la piel.

Era ver en forma animal la imagen de una mujer abrazando a un soldado tras una horrible guerra. Ya no importaba las dudas, ni tampoco el dolor. Estaba en casa, en su hogar, en un lugar cálido.

Aquella escultura estaba perfectamente cincelada, sin ninguna imperfección, casi a punto de moverse para demostrar que estaban vivos. Cualquiera que pusiera un poco de atención, se habría dado cuenta se que se podía ver casi las fibras musculares de aquellos dos animales que tanto simbolismo albergaron en la edad media… y seguían guardando numerosos secretos.

Hermione olvidó por completo al representante de esa empresa, y se acercó a la fuente. El corazón se encogía, y la costaba respirar. ¿Habría algún tipo de magia en aquella figura? ¿era por eso que se había quedado tan hipnotizada? Miró hacia abajo, donde había una placa de metal que decía:

.

"Les ténèbres s'abandonneront toujours à la lumière, car sans elle, elle ne peut pas vivre."

.

"Curioso" pensó para sus adentros.

Y en parte, aquella frase tenía su sentido filosófico. Era curioso; aquella escena recreada en distintos mármoles no parecía como si el propio lobo fuera a sucumbir, si no más bien como un ser que buscaba el cariño de una presa, de la última criatura que se suponía que le podría dar cariño.

Una cosa tenía por segura; sabía donde podía ir si alguna vez no podía dormir.

—¿Es usted la señorita Granger?

Hermione se giró al instante y miró al culpable de romper aquella hipnótica magia.

Vio a un hombre de mediana edad, de rasgos muy agraciados junto con unos expresivos ojos negros; poseía una mirada cálida y afectuosa. Y lo más gracioso de todo, iba vestido con una blusa de cuadros y unos vaqueros negros. Que de alguna forma resaltaba con los elegantes atuendos que llevaban todos los pasajeros. En definitiva, no tenía mucho de mago e incluso, dudaba que lo fuera.

—S… si, soy yo, ¿es usted el representante del departamento de leyes mágicas Francés?

—Así es señorita, soy Rigel Narro, un placer conocerla —parloteó animado el hombre mientras la estrechaba la mano y litaralmente tiraba la pancarta con su nombre al aire.

—Encantada señor… Narro. —Expresó con una sonrisa ante la rareza de aquel simpático hombre.

"El apellido no es francés" pensó para sus adentros.

Por el momento, no fue capaz de dilucidar de donde podría provenir ese apellido. No le dio más importancia de la que debía, tenía tiempo más que de sobra para ir descubriéndolo.

Rigel agarró la gigantesca maleta y tiró de ella como si nada. Aunque Hermione hubiese usado un hechizo mágico, no significaba que fuera fácil tirar de semejante animal. Y aquel hombre, como si fuera un extraña reencarnación de Herácles tiró de ella como si fuera una pluma.

—El ministro de Magia Shackl… Shackle… Shukel… Shakre…

—¿Kingleys Shacklebolt?

—¡Ese mismo! Dígame, que usted es de Inglaterra, ¿por qué os empeñáis en poneros nombres impronunciables? —inquirió con un sentido del humor encantador.

—No lo sé, pero aquí en Francia no es que os libréis.

—¡Válgame Dios! Que razón tiene señorita Granger, cuando vine aquí era incapaz de pronunciar una palabra en condiciones. Parecía un memo.

Hermione lo miró con atención.

—¿No es de Francia?

Rigel giró la cabeza y la miró con cariño.

—A medias. Mi padre era español, concretamente del país Vasco y mi madre era Francesa, oriunda de la Roselle. Crecí en la tierra de mi padre, y cuando murió, me fui con mi madre.

—Siento haber mencionado algo como eso.—se disculpó Hermione sintiéndose responsable por haber tocado un tema tan sensible.

—No hay nada de que disculparse, mi padre era bastante mayor que mi madre— el hombre paró en seco, haciendo que la joven bruja lo imitara —muy mayor… demasiado mayor... ¡joder, era un asaltacunas! —exclamó con tal ingenio que la propia Hermione contuvo una risotada. —mi viejo era un listillo, sabía como ser encantador pese a ser una uva pasa.

La leona reía para sus adentros al escuchar a alguien hablar de así de su difunto padre. En cierto modo le envidiaba, la gustaría en un futuro tener ese mismo carácter y sentido el humor algún día. Aunque supuso que para eso, había que crecer algo más y que la vida le diera unas cuantas bofetadas más.

—Oh, vamos señorita Granger, el ministro Burundi ese, me dijo que es usted la bruja más inteligente de toda su generación, y la inteligencia siempre va de la mano de la curiosidad, así que, dígame; ¿que la pide esa vocecita llena de curiosidad?

Hermione sonrió de lado, era gracioso ver como ese desconocido, había logrado descubrir sus puntos débiles en cuestión de minutos.

—¿Quién fue el que me contrató para venir hasta aquí? Me refiero, Kingsley tiene mucho poder, ¿pero para llevarme a la cuna del derecho de las leyes mágicas? Alguien tuvo que aceptar.—Hermione le miró atentamente, esperando una respuesta.

—A mi no me mire, yo soy solo un secretario. Se podría decir que soy el chico de los recados.

—¿El chico de los recados? Aquí me huele a algo más. —opinó la joven leona entrecerrando los ojos, eso sin, sin dejar de lado su sentido del humor.

El hombre sonrió de oreja a oreja.

—Estoy seguro, de que alguien tan inteligente como usted, empezará a atar cabos a medida que pasen los días. Pero si, se quien la a contratado, pero no me tienen permitido decirle quién es.

Ah, era una lástima, pero como dijo el amable hombre, ella lo iría descubriendo. Sin embargo, y a sabiendas de cuan traicionera era su mente, optó por cambiar de conversación, de lo contrario seguiría indagando en el tema y lo último que querría sería importunar al pobre señor Narro.

—¿Cómo es que sabe tan bien inglés? Su acento es imperceptible. —dijo la Gryffindor a modo de halago.

Rigel cambió de rumbo, hiéndose a una ala totalmente desconocida, donde treinta y tres chimeneas negras ardían humeantes a la vez que transportaban a un montón de magos y brujas que aparecían y desaparecían en cuestión de segundos.

Fue gracioso ver como una elfina de piel negra, sentada en un altísimo taburete; donde era evidente que llegaba a la altura de los pasajeros a los que iba pidiendo una cartilla con el símbolo de un dragón a todos los magos que pasaban para comprobar que todo estaba en orden y que nadie se iba colando.

—¡Gracias! Es un alivio saberlo, mi esposa es de Inglaterra, así que para enamorarla tenía que aprender su idioma. Era eso… o que algún cenutrio la conquistara. Viajé hasta allí, y fue donde comenzó el proceso de seducción.

Esta vez, no pudo sonreír demasiado, los amargos recuerdos de Ron la vinieron a la mente. Rigel Narro aprendió un idioma y se acostumbró a una cultura opuesta a la suya solo para conquistarla, solo para que se fijara en él. Mientras que su novio, era incapaz de hacer algo tan sencillo como darle su apoyo.

—Señorita Granger, la daré un consejo muy importante en el lugar en el que va a trabajar. —la paró en seco mientras entregaba la cartilla a la la elfina negra vestida con un uniforme rojo y azul.

Hermione le miró con suma atención, ante la expresión seria que puso Rigel.

—Aquí no importa de donde vengas, ni tu clase social, ni tampoco quienes sean tus padres. Todo se limita a que tan diestro seas con el trabajo. Si sabes manejarlo y sobre todo; si sabes como comportarte ante los problemas que pueda haber y saber defender a la orden a la que representas. Soy consciente de tu procedencia mágica y evidentemente siempre estará el clásico imbécil de turno. No creo que te los encuentres, pero en caso contrario, por favor, házmelo saber, cualquier insulto, cualquier palabra hiriente, lo que sea prometeme que me lo dirás¿de acuerdo?

Hermione asintió con una leve sonrisa. Era agradable la idea de que no recibiría ningún rechazo por parte de nadie en el trabajo y que lo único que importaría sería el fruto de su trabajo y esfuerzo.

Rigel recogió una pequeña bolsa de terciopelo rojo y se adentró con el resto de los magos, dirigiéndose a una de las chimeneas.

—Y ahora señorita Granger…

—Es Hermione.

Rigel lo miró con algo de sorpresa, pero al entender a qué se refería asintió con una agradable sonrisa.

—Hermione, nos vamos al callejón; "La perle de l'Europe" o como yo digo, el callejón de los pijos franceses.

—¿Pijos franceses? —preguntó la chica mientras se adentraban en las chimeneas humeantes, al que, curiosamente el fuego no les quemaba.

—Así es, pronto entenderás porque se llama así.

Mmm, la verdad es que Hermione no estaba muy segura de saber porque se llamaba el callejón de los pijoss franceses, y como el nombre indicaba no parecía muy favorable hacia su persona.

—Agarre la bolsita roja —Hermione obedeció —y ahora, repita conmigo; Si ves en tu ventana, una cosa oscura, pégale una patada que es un cura. . Y después tira los polvos de cocaína.

Hermione aclaró su garganta y repitió las palabras de Rigel conteniendo una sonrisa.

—Si ves en tu ventana, una cosa oscura, pégale una patada que es un cura.

Y tan pronto como lo dijo, tiró los polvos blancos en los que fueron envueltos en ellos.

Cuando Hermione abrió los ojos se dio cuenta de que estaban en el callejón de; "La perle de l'Europe", donde Rigel parecía muy animado y tenía buenos motivos para estarlo.

—No es un callejón como tal, eso es más que evidente. Estás en la avenida principal. Aquí encontrarás todo lo que puedas necesitar; desde ropa de marca hasta los libros de derecho mágico más antiguos. Hay cafeterías, Anticuarios, bibliotecas, boticarios, museos… un poco de todo.

La cara de Hermione era todo un poema. Aquel callejón tenía de todo menos de un callejón. Era asombroso el lugar. Y de un gusto refinado y selecto. Había calles donde las brujas compraban en las mejores marcas de togas que podían existir en la comunidad mágica; Carrel, Rouse Rech, Pichard's Amelie, Petit Marie, L'A Utré… en fin, las mejores marcas de ropa para brujas y magos; se encontraban en esa calle.

—Hay muchas librerías que se especializan en materias concretas, herbología, zoología, bestiarios, hechizos, runas mágicas, aritmancia —continuó Narro—y además… —tuvo que para de hablar al ver la expresión de máxima felicidad de la joven bruja —creo que esto es un paraíso para ti.

—¿Paraíso? ¡mucho más que eso! Esto es… es… ¡la cuna del conocimiento mágico! Esto es simplemente… es… es… increíble.

—Mi mujer pensó lo mismo la primera vez que vino aquí.

—¿Y no se quedó?

Rigel se quedó meditabundo.

—La gustó mucho pero… Inglaterra es Inglaterra, y la tierra en la que naciste es muy importante. ¡Oh! Casi se me olvida, tengo que llevarte a tu apartamento, no está muy lejos de tu zona de trabajo.

Para Hermione no pasó desapercibido el modo en que Rigel cambió de tema.

—No está muy lejos del lugar en el que trabajarás. Vives en la calle, Rue de la rue des bernaches.

—¿Perdón?

—Calle del tercer Rue del percebe. Si, yo también puse esa misma cara cuando conocí ese nombre. Estoy seguro de que esto fue obra de algún gallego cachondo.

Hermione sonrió con fuerza, mientras que sentía como su quijada se empezaba a hacer más grande de las risas contenidas.

La joven bruja observó con atención que los coches que hacían a modo de taxi, eran carruajes antiguos que eran empujados por caballos alados que volaban por los aires de una manera magistral. Por un momento cualquiera habría llegado a pensar que habían viajado al pasado, en año mil ochocientos y pico… con mucha magia, evidentemente.

—¡Ici, s'il vous plait! —exclamó Narro levantando su varita al cielo y expulsando de ella una luz flamante dorada— aquí para recoger un trasto de estos, necesitas hacer señales de humo. —la susurró como si la estuviera contando un secreto importantísimo.

Al momento, uno de los carromatos que estaban en el cielo, bajó en línea recta como si fuera un experto paracaidista.

La portezuela se abrió de par en par, sin que el cochero hubiese dejado su puesto de trabajo.

Hermione vio, por primera vez que Rigel dejaba las maleta en el suelo y simplemente se metía en el coche.

—¿Entras señorita?, no querrás quedarte para siempre en esta calle ¿verdad?

Hermione lo miró con confianza, no era que que quisiera quedarse allí, no. Era simplemente que necesitaba asimilar en agigantado cambio que estaba haciendo.

El cochero sin despegarse de su asiento, pronunció unas palabras en antiguo bretón, haciendo que la maleta se levitase, eso sí, Hermione fue rápida al atrapar el transportín de Croockshanks antes de que se colocara encima del capó del coche. No podía ni imaginarse el rencor que la guardaría su gato si lo dejaba ahí tirado mientras contenía como podía su vómito al volar por los aires.

La Gryffindor entró en el carruaje, y al hacerlo, la carroza se hizo más grande de lo que aparentaba a primera vista. Había mucho más espacio de lo que había pensado.

Viajaron a toda velocidad, volando por encima del mundo muggle. No había que ser muy inteligente para comprender que tenían un hechizo de invisibilidad para ojos de estos. E incluso, las vistas que tenían aquel carromato fueron tan hermosas que se olvidó por completo de su miedo a las alturas. Parecía realmente mágico París. Incluso los edificios que pertenecían a los Muggles. Eran en todo su colosal magnitud de edificios lo que lo hacían especial. Sintió una ligera lástima cuando escuchaba la frase; "París es la ciudad del amor" ¡y un cuerno!era mucho más que eso. Era un lugar que atrapaba por las innumerables historias que tenían que contar. Por las historias, que aún necesitaban ser descubiertas. Era el país de la cuna mágica, tierra santa de cualquier mago. Punto máximo de peregrinaje. Como los muggles iban a Santiago o Jerusalén.

—Agárrate fuerte —le avisó Rigel a Hermione.

La chica obedeció en el acto y se agarró a uno de los manillares que había frente a ella.

—¿Que ocurre?

—Vamos a pasar por una puerta estelar.

—¿¡Qué!?

Hermione asomó la cabeza por la ventanilla, y vio que en efecto. En el cielo había una especie de remolino gigante donde todos los carruajes entraban y salían.

—¡Espera! ¿no entraremos ahí verdad?

—Eeeeh, ¿que es lo que quieres escuchar?

Oh, santa mierda.

Hermione cerró los ojos. La idea de que ese enorme espiral estelar de nubes lo engullera la asustaba más de lo que creía.

"Oh vamos Hermione, es como un translador gigante. Has sobrevivido a una guerra, te has enfrentado contra los mortífagos de Voldemort, ¿a que tienes miedo ahora?"

Esa vocecilla de la cabeza se lo repetía una y otra vez, y ayudaba; Tanto, que ni se dio cuenta de que ya se estaban adentrando a la enorme espiral.

Fue como si se hubiesen estampado a mil kilómetros por hora en una placa de plasma. Sintió el impacto del carruaje. Y por inercia, tanto ella, como Narro y su gato se movieron hacia adelante. La pobre leona sintió como su frente casi chocaba contra la parte delantera del carruaje. Y la sensación nauseabunda de vomitar se hizo presente en su esófago.

—No te preocupes, es así al principio, después tu cuerpo y tu magia se acostumbrará.

Si, eso ya lo sabía. Los elementos mágicos que había en Francia eran totalmente distintos a cómo podrían funcionar en Inglaterra. Los factores y las runas podían alterar mucho la magia de alguien. Al menos, las primeras veces, se podía dar el caso de que su núcleo mágico se debilitara tenuemente antes de recobrar el sentido. Si Hermione pensaba en un ejemplo sería como poner a un Europeo a que se acostumbrara a las alturas de los Alpes. Al principio le costaría, pero luego sería cuestión de adaptación.

La joven bruja se sintió algo cruel, al alegrarse de saber que no era la única que lo había pasado mal. En la ventanilla de su compartimento pudo observar las expresiones de otros extranjeros que estaban a punto de vomitar la última papilla.

—Ahora si, Hermione. Bienvenida a París de la magia.

La voz de Rigel la despertó algo más, aunque la sensación nauseabunda de vomitar seguía presente en su estómago.

Respiró con fuerza, mientras que su gato parecía haberse desmayado en su regazo.

La Gryffindor asomó su cabeza por la ventanilla y observó con asombro el lugar en el que estaban. Había estatuas enormes, casi del tamaño de edificios haciendo honor a numerosos alquimistas que nacieron en Francia. Famosos jueces y dramaturgos mágicos ¡hasta una estatua del fundador de Gringotts (Falvor Gringotts) junto con Sallos Girardon (el fundador del banco Gigardon).

Los edificios eran enormes. Casi lamían las nubes blancas. Los edificaciones no respetaban las estructuras establecidas, al menos como en el mundo muggle solían ocurrir. Estás directamente eran torcidas, muchas de ellas tenían forma de espiral conservando un estilo propio del medievo que se unían en formas de arcos con otros edificios. Creando unos arcos colosales, más grandes que el puente de San Francisco.

Hermione observó con atención los emblemas que se ondeaban en ciertas edificaciones. Allí se encontraban las sedes diplomáticas de todos los estados mágicos. Japón, China, Brasil, Estados Unidos, Canadá, México, hasta África.

Estaba alucinando, era imposible que todo lo que estaba viendo era real. Agradeció profundamente que Harry la apoyara por completo, y que le hiciera caso a él, y sobretodo, a ella misma.

Pasaron por la avenida Montaigne, La calle de los duendes negros, ¡Y hasta la avenida de Sant Germain! ¡El famosísimo alquimista del siglo XVIII! Desde luego que ya tenía una buena idea de lo que haría en su tiempo libre.

—Si te das cuenta, aquí apenas verás tiendas. Eso es porque esto es como la meca política, social y económica de la sociedad mágica.

Hermione se quedó pasmada. Todo lo que estaba presenciando con sus propios ojos estaba a otro nivel. Simplemente iba más allá de lo que alguna vez imaginó lo que habría sido alguna vez París.

El carro volador fue bajando la velocidad y la altura en la que volaban y fue cuestión de segundos que rozaran el suelo pedregoso de la avenida para volver a respirar con mayor tranquilidad.

—¿Donde estamos? —preguntó Hermione con una respiración menos agitada que momentos anteriores mientras Croockshanks metía su cabeza en el brazo de su dueña sin querer saber nada del mundo.

—En la calle tercer Rue del Percebe.—Narro se bajó del carruaje y abrió la puerta de Hermione con un gesto de su varita. —Y voila, estás oficialmente en tierra mágica francesa.

Hermione se bajó sin que Croockshanks bajara de sus brazos.

La chica de los cabellos rebeldes, alzó la vista al enorme edificio que había frente a ella y… una vez más volvió a abrir la boca, la verdad, ¿cuantas veces tendría que hacerlo? Desde luego, que un resfriado iba a tener algún día si seguía teniendo esas reacciones.

El edificio era magnífico, parecía el torreón de un castillo del siglo XVI, que un edificación propiamente dicho. Los ladrillos eran de color rojizo mezclado con travertino y pequeños fragmentos de mármol. A lo alto, se pudo divisar una enorme bandera que se ondeaba con el viento con el símbolo de lo que parecía ser un caballo alado.

El cochero se despidió de Narro con una sonrisa, que por lo visto, parecían conocerse. Se escuchó e ruido de la maleta siendo estampada contra el suelo e incluso el ruidoso sonido de la carroza al ser mandeada al aire por el pegaso.

—¿Entramos? —interrogó Narro con una sonrisa.

Hermione asintió con esfuerzo, todavía la costaba confrontar lo que la iba a esperar e incluso pensaba que era un sueño o un producto de su cabeza, pero tenía que ser clara con ella misma; ella jamás tendría el gusto necesario para poder recrear todo esa belleza arquitectónica y material.

La bruja se sintió un poco mal al ver que Narro seguía llevando su pesada maleta, pero tampoco podía llevarla ella. Todavía estaba demasiado mareada como para ser capaz de hacerlo.

Se adentraron en el edificio, y lo primero que vio fue en el techo abovedado una pintura del barroco lleno de querubines y caballos alados. Se encontraba también una colosal lámpara de araña que se mecía de manera sigilosa de un lado a otro donde las luces permanecían en su sitio, sin dejar de bañar en oro toda la sala en la que estaban ellos dos. Las paredes estaban envueltas en papel pintado con formas geométricas de carácter taumatúrgico.

Y luego estaban los cuadros… eran tan grandes que podía usarlos como camas si así lo deseaba. Lo único que la alivió fue el hecho de que todos y cada uno de los cuadros se trataran sobre temas de naturaleza. Animales perfectamente pintados o simples obras de parajismo que a cualquiera se le habría caído la boca (como a Hermione).

Pero… ¿donde estaba el portero? La chica supuso que lo había por que había una larguisima mesa donde había cientos de llaves revoloteando encima de esa mesa.

—¿Donde se a metido Renoir? —farfulló Rigel —¿Renoir? —Rigel se dirigió hacia la mesa y miró hacia abajo. Cosa que, como bien había dicho Narro respecto a la naturaleza curiosa de Hermione imitó la misma acción del mago. Y vio que el famoso señor "Renoir" estaba durmiendo panchamente en el suelo con lo que parecía ser cerveza de limón.

Tras ver que Rigel lo llamó varias veces por su nombre y no hubo respuesta alguna, el pobre medio francés- medio español, tuvo que tomar medidas drásticas (demasiado, drásticas).

—Renoir, si no te despiertas ahora, le diré a Clauddine que has vuelto a beber.

En el acto que escuchó el nombre de aquella mujer el hombre abrió los ojos de par en par.

¡Je paye ce que tu veux mais je ne sais pas, j'ai laissé entendre que je ne boirais plus. Cela me tuerait s'il le découvrait! —exclamó con desesperación.

—Renoir, si temes que tu mujer te mate ¿que hostias haces que sigues bebiendo?

Cuando se levantó, Hermione pudo analizarlo mejor. Era un hombre muy corpulento, bastante mayor y bastaba con saberlo por su barba blanca junto con el pelo. Estaba algo regordete pero se le veía a simple vista que era un buen hombre de naturaleza amable.

Car sans bière, Renoir perd la tête. —respondió con una sonrisa.

—Tienes un alma masoquista, lo sabes ¿verdad?

La argumentación del señor Renoir fue una fuerte risotada.

Y a-t-il quelque chose de plus masochiste que de se marier?

Rigel sonrió de lado negando la cabeza y esta vez, se dirigió a Hermione.

—Hermione Granger, este es Renoir Phenex, es conserje, botones, jefe de cámara, fiel amigo y un pésimo bebedor de cervezas. Si algún día tienes alguna duda, no titubees en preguntarle lo que sea. Conoce mejor que nadie atajos, calles… etc. Eso si, si te invita a una cerveza rechazalo, créeme, es un buen consejo.

—Oh señoguita Granger, ¿vegdad?

Hermione asintió con una sonrisa.

—Oh, es un plaseg conosegla, las muchachitas bonitas no se suelen veg, pog aquí.—dijo dándola un fuerte apretón de manos, cosa que al gato no le hizo mucha gracia. —¡oh, vaya, pagese seg que no le e caigo muy bien!

—Es una advertencia indirecta que te manda Clauddine de su parte.

—¡Mon Dieu! ¿Quieges que me de un infagto, cocon?

—Sería una lástima perderte Renoir —añadió con ironía —danos las llaves, tenemos que llevar a la señorita Granger a su habitación, la espera un largo día de continua información.

Ahoga mismo. —Renoir alzó la cabeza en esa nube de llaves que volaban alrededor suyo— ¡trois cent quatre vingt quatorze!

La llave con alas fue directo hacia la mano arrugada del conserje.

—Aquí tiene mademoisille, que tenga una agadable instancia.

—Estancia, Renoir, se dice estancia. —corrigió con una notoria burla el mago.

Renoir le sacó la lengua a modo de una defensa infantiloide, que poco sirvió para justificar su fallo lingüístico.

Ignogando a este bête —gruñó con cierto humor, y girándose para mirar con cariño a Hermione, la dio las llaves en su mano— aquí tiene sus llaves. Insisto, cualquieg duda que usted tenga, dígamelo y tratagé de resolvegselo. No se preocupe pog las maletas, las tendrga en su chambre.

Hermione le dio las gracias y junto con Croockshanks y Narro se dirigió a un antiguo ascensor de principios de siglo. Estaba lleno de florituras hechos por maestros herreros y un gusto delicado que iba en conjunto con el torreón. En cierto aspecto, le recordó al ascensor del ministerio en Londres.

Narro pulsó al piso 230 y por lo incómodo que se puso su gato, pudo imaginarse que sería un viaje similar al del dichoso carruaje del caballo alado.

Y no se equivocó.

Solo que fue mucho, mucho, pero mucho más suave y tranquilo. La sensación de vomitar desapareció de su estómago.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Rigel.

—Si, es solo que estoy un poco mareada.

—No te preocupes, ahora estarás en tu habitación y podrás descansar.

Ambos salieron del ascensor. Era gracioso, Hermione observó el enorme y alargado pasillo que había desde una punta a otra ¡y eso que parecía pequeño al ser un torreón!

Rigel se acercó a la puerta en la que ponía su número. Tres P., nueve U., cuatro O.L. Metió la llave y abrió la puerta, dando paso a un tapiz de un simple paisaje.

—Tiene una contraseña en caso de que un intruso se quiera colar. —Rigel le entregó un trozo de tela bordado.

Hermione tomó la tela entre sus manos y la leyó en voz alta aquel extraño fragmento.

—A grave culpa, difícil compresión e imposible el perdón.

Al momento en que recitó aquella frase el tapiz se volvió completamente invisible, dejándola que cualquiera que recitara la frase podría pasar.

Hermione se quedó estática en el marco de la puerta, sin entrar, solo mirando la habitación en la que se quedaría durante un largo tiempo.

Croockshanks bajó de sus brazos entrando primero en la habitación.

—Señor Narro, muchas gra…

Hermione se giró, pero no había nadie. Estaba completamente sola en el casi interminable pasillo. Su gato la miró dentro de la habitación.

—Si, tienes razón. Es hora de entrar ¿no crees?


NT

"Messieurs les passagers, dans quelques minutes nous serons à la gare de Nicolos les alchimistes, s'il vous plaît vérifier vos bagages.-"Estimados pasajeros, en pocos minutos estaremos Nicolos alquimistas de la estación, por favor, compruebe su equipaje.

"Les ténèbres s'abandonneront toujours à la lumière, car sans elle, elle ne peut pas vivre.""La oscuridad siempre se rendirá a la luz, porque sin ella, no puede vivir".

"La perle de l'Europe La perla de Europa.

Ici, s'il vous plait Aquí, por favor.

¡Je paye ce que tu veux mais je ne sais pas, j'ai laissé entendre que je ne boirais plus. Cela me tuerait s'il le découvrait! te pago lo que quieras pero que no se entere, la prometí que no volvería a beber. Me matará si se entera.

Car sans bière, Renoir perd la tête Sin cerveza, Renoir pierde la cabeza

Y a-t-il quelque chose de plus masochiste que de se marier? ¿Puede haber algo más masoquista que casarse?

cocon cabrón

bête Idiota

Trois cent quatre vingt quatorze trecientos noventa y cuatro