¿Quién dice que los sueños y las pesadillas no son tan reales como el aquí y ahora?"
Jhon Lennon.
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Capítulo 3: Ojos grises.
—¿Que pasa sangre sucia? ¿no te gusta lo que te hacen? —la voz de Bellatrix se hizo presente en su cerebro.
El cráneo brutalmente golpeado de Hermione apenas la dejaba pensar. Mientras que el cruciatus seguía en cada fibra muscular como si un mazo estuviera haciendo de sus músculos una desagradable papilla de carne picada.
Hermione respiraba con dificultad, mientras escuchaba a lo lejos unas diabólicas risas, producto de una enfermiza mente.
—Levantate, ¡vamos!
La Gryffindor no pudo hacer caso a esa petición. Sus piernas no respondían, ni siquiera su cerebro. Estaba demasiado cansada como para poder hacerla caso, su mente estaba en un continuo estado de fatiga, y esa biblioteca que siempre mandaba información se desvanecía en el silencio como mero polvo que alguna vez tuvo un contenido fascinante.
¿Cuanto tiempo habían estado así? ¿Cuatro, cinco o seis horas de interminable martirio? ¿cuanto tiempo había estado en un tira y afloja al borde de la locura? Las punzadas que ametrallaban en sus tímpanos la hacía incapaz de forzarse a si misma a poner barreras mágicas para evitar que aquella loca penetrara en su mente. Aunque, seamos claros, Belatrix Lestrange prefería tener una excusa suficientemente válida como esa para poder torturarla como quisiera.
Y eso era lo que más temía la joven Gryffindor, que estuviera demasiado agotada como para poder seguir luchando.
—¿Donde está la espada de Gryffindor? —escuchó a lo lejos.
La bruja no contestó. Solo produjo un grave y aletargado silencio con respiraciones profundas y retumbantes que a cualquiera le habrían alarmado, como si sus vías respiratorias estuvieran obstruidas por zarzas de una rosaleda.
—¡HABLA MALDITA PERRA!
La voz chillona de Bellatrix se hizo eco en su cerebro, resonando una y otra vez. Se sentía extraño, demasiado raro. Era como si hubiesen metido la voz de aquella mortífago en el agua. Era tan lejana y a la vez tan cercana. A veces llegaba como ecos oscuros, y otras como suaves susurros que la adormilaban. Y de una manera sádica, quisiera hacerla dormir en los brazos de la muerte.
Sintió una mano que se enredaba con fuerza en su cabello y la arrastraba hacia un lugar que sus ojos no la permitieron ver. Sus piernas se iban deslizando sobre las frías baldosas negras de la mansión, la piel de sus rodillas, pese a estar proteguidas por el pantalón de su vaquero, raspaban tanto que estaba dejando una delgada línea roja por el salón principal, donde no tenía ni idea de lo que harían con ella.
De manera súbita y casi previsible, sintió que su cabeza era brutalmente golpeada contra el suelo.
Una, dos, tres, cuatro, cinco, ocho, doce… llegó a un punto en el que optó por no contar, cuanto más contaba más se alargaba su sufrimiento.
—¡DONDE ESTÁ LA ESPADA!
Hermione sonrió de lado. Era irónico, la mayor demente de toda la sociedad mágica perdiendo los estribos por los secretos que podía albergar una "sangresucia" como lo era ella.
—Está… está…
—¡Habla!
—Está en… un lugar…
—¿¡Qué lugar!? ¡Habla de una vez! —vociferó Bellatrix volviendo a agarrarla en la cabellera con fuerza, sintiendo su aliento chocar contra su cara magullada.
—Muy, muy… lejano de mi mente… lo siento, no lo recuerdo… los sangresucias suelen tener mala memoria —añadió Hermione con una suave risita, lo que la permitieron sus músculos faciales sin que la recriminaran con punzadas de dolor.
Ya sabía que la esperaría la golpiza de su vida y lo que probablemente sería una muerte segura. Pero, al menos se iría con las botas puestas, con una sonrisa burlona en su cara por haberse mofado de alguien tan chiflada como lo era esa bruja.
El fuerte agarre de su cabellera desapareció de inmediato, dejando que el efecto de la gravedad hiciera su trabajo de causarla más dolor.
—Me acabas de dar una idea —escuchó su aguda voz, sintiendo la bota de Lestrange en su cara. —Crucio.
Al segundo se sentir como ese rayo rojo impactaba contra su cuerpo sintió miles de cuchillas rebanando su piel. Era el dolor más enloquecedor que alguien podría sentir. Su piel se abría en mil mientras que una sensación atroz de estar siendo untada en sal, nublaba su mente. No podía más, si quería matarla que lo hiciera, que la matase, pero que no usara esa condenada maldición. Que no volviera a sentir que su tripa era brutalmente desgarrada por garras incandescentes.
Abrió los ojos de par en par a causa del dolor. Pensó que no podría ver nada, que solo vería una estela blanca debido al calvario que estaba procesando su torturada mente. Que, al estar tan echa polvo lograra procesar algo con una mínima decencia. Pero no fue así. Todo lo contrario.
No lo entendió en ese momento, ni tampoco en un futuro ni en el presente en el que ella estaba. Pero de todos los elementos que había en ese lúgubre salón, de todas las caras aterradoras que podía haber visto se posó en la más aterradora. Una dura y fría mirada dirigida hacia ella. Una mirada gélida como témpanos de hielo, cargada de un profundo desprecio.
Aquella plata derretida que había sido vertida en los ojos del patriarca Malfoy no despegaba sus ojos del cuerpo destrozado de Granger, la indeseable del ministerio.
Esos ojos…
Grises, plomizos y sombríos que te quitaban el alma. Que te pisoteaba como una miserable cucaracha.
Esos ojos…
Esos ojos…
La sangre borbotando de su nariz, la alarmante falta de respiración. Esa mirada de plata, dura como el hierro, una bestia sin el más mínimo vestigio de humanidad.
Esos ojos…
Esos ojos…
Esos ojos…
El desprecio echo carne, el asco clavado en su mirada. Esas manos que podrían romperla en dos si quería. Esa sensación de debilidad que profanaba sus huesos de la manera más humillante que podía existir.
Cada vez estaban más cerca, cada vez más… más próximo a ella. No podía… tenía que alejarse de esa atroz mirada. Tenía que hacerlo, tenía que huir. Él era peligroso, una alimaña que cada vez estaba más y más cerca. Hermione chillaba y chillaba. Sus pulmones dolían mucho, y por cada bocanada de aire su respiración se comprimía más y más. Pero seguía gritando, necesitaba ayuda. Podía aguantar los Crucios, podía soportar que la golpearan hasta la saciedad. Pero siempre que la quitasen esa atroz mirada. No comprendía porque la tenía tanto miedo, pero no podía soportarla.
Simplemente no podía.
Se ahogaba en su propia sangre, su respiración estaba fallando, sus pulmones la dolían como si se los estuvieran triturando.
Necesitaba respirar, luchar por una bocanada de aire, pero estaba demasiado asustada ahogándose en sus propios gritos.
Aire, necesitaba aire. Pero esos ojos estaban más cerca, demasiado cerca.
Los gritos se hicieron aún mayores… más alto, más fuerte. Que alguien la oyese. Que alguien la ayudase… que alguien la diera cobijo.
Más oxígeno… más… más…
Hermione despertó de su cama pegando una bocanada de aire fresco y asfixiándose en sus propios sollozos. Miró hacia todos los lados, asegurándose de que estaba a salvo. No supo cuantas veces miró de arriba abajo como una maniática para saber si todo estaba bien.
Su cama nueva, su habitación nueva, su pijama nuevo… su vida nueva.
Respiró y miró a Croockshanks que por lo visto había sido su "salvador" al haberse pasado un buen rato mordiéndola en la mano, que podía asegurar que en unas horas la pasaría factura. Pero como sus padres la solían decir; "La intención es lo que cuenta"
La bruja se dio cuenta de que todavía era de noche, las estrellas seguían arrullando con sus luces a todos los ciudadanos. Giró su cabeza a la mesilla y miró la hora de un pequeño despertador.
"Cinco y media de la mañana, que sorpresa" pensó con sarcasmo.
Como siempre, tras ese espantoso sueño, siempre acababa despertándose de una manera u otra en esa misma hora, y minuto. Nunca fallaba.
Se dio cuenta de que había empapado tanto su pijama como su cama de sudor. Por lo que optó por cambiar las sábanas y darse un buen baño. Total, ya estaba despierta. Caminó por el pasillo con cierta modorra, sin poder pensar claramente. ¿Porque seguía teniendo esos sueños? ¿por qué a pesar de tenerlos continuamente siempre tenía el mismo miedo? Lo lógico sería acostumbrarse a ellos, lo lógico sería que se fuera insensibilizando. Pero no.
Nunca ocurría.
La sensación de ahogo era tan real, que a veces tenía miedo de dormir al pensar que moriría asfixiada en una de sus múltiples pesadillas.
Dejó que su pijama de rayas azules cayera en algún lugar del piso y se fue directa al baño. Prendió las luces y se quedó por unos aletargados minutos mirando el cuarto del aseo.
Las baldosas eran tan blancas que casi podían brillar sin la necesidad de ninguna bombilla junto con pequeños hexágonos negros a cada epicentro de los azulejos. Un ventanal que daba la cara al cielo nocturno de París, sujetado por unas cortinas que daban a Hermione la intimidad que necesitaba. Un bonito lavabo de principios de siglo junto con unos sencillos muebles auxiliares de cedro que estaban repartidos por toda la habitación y sobretodo una enorme bañera blanca que estaba en mitad de la sala.
Hermione abrió las manijas echas en forma de ruedas de la tina, mientras comenzaba a llenarlo de sales. Atrajo hacia ella una mesilla con ruedas donde colocó unas toallas para cuando el agua se volviera fría.
¿Era realmente necesario hacer todo eso para limpiarse de todo el sudor que tenía en el cuerpo?
Obviamente no, pero sus nervios estaban a flor de piel, y necesitaba algo que la relajase tanto; que no sintiera su falta de sueño.
Cuando la bañera estaba rebosando de espuma de colores y el humeante vapor de agua donde indicaba que quizás, se había excedido con el agua caliente, supo que ya era el momento indicado para meterse. Se quitó las últimas prendas de su ropa interior y se metió en el agua casi abrasadora de la tina.
Hermione sabía que desde muy pequeña su gusto por el agua caliente era muy preocupante. A veces rayando lo perjudicial. Pero, pese a las veces que la bruja se bañaba en lo máximo que un ser humano podía aguantar, ella disfrutaba como pez en el agua. Era lo más relajante que podía existir. Sus músculos se relajaban al momento, daba igual que clase de día pudiese haber tenido, o incluso si tenía heridas producidas por una pelea. La vida merecía la pena cuando se metía en un baño con agua hirviendo y se quedaba en ese pequeño fragmento de tiempo más feliz que una perdiz.
Hermione sonrió de manera inconsciente cuando hizo una breve vista a sus memorias. Recordando las veces en las que sus padres jugaban con ella en el baño. Con sus patitos de goma y sus toneladas de jabón infantil de baño a la vez que su pelo se rizaba aún más de lo que ya lo tenía, mientras iba cantando canciones recurrentes que salían de la antigua radio de sus padres.
Oh, ya sabía lo que haría después de su nuevo trabajo; Comprar patitos de goma, una radio, jabón y algún champú que la hiciera controlar algo más aquel nido de pájaros al que cariñosamente le llamaba pelo.
Pegando un buen suspiro apoyó la cabeza en uno de los lados de aquella suntuosa bañera.
—Esto si que es vida.
Y así fueron pasando las horas y las horas. Y el oscuro manto de estrellas pasó a uno más claros donde una amplia de colores fue dominando la bóveda celeste que ocupaba toda vida conocida.
Hermione se levantó de la bañera, se envolvió en la toalla y se fue del baño, no sin antes lanzar un hechizo que pusiera todo en orden. Realizarlo todo ella a su modo y sin magia. Eso si. Recoger las cosas y ponerlas en su sitio. Ahí era donde entraba la magia.
Fue recogiendo sus prendas de ropa que las había dejado al libre albedrío. Se dirigió a su habitación y abrió el armario de caoba viendo que en su interior estaba toda la ropa que había traído desde Londres en su maleta perfectamente colgada. Agarró una percha donde estaba la ropa que se pondría en su primer día de trabajo y la lanzó a la cama sin ningún tapujo.
Un simple pantalón negro y un jersey fino de cuello alto. Fue poniéndose la ropa hasta que en un momento dado se vio reflejada en el espejo de su habitación.
No se colocó el jersey que estaba a punto de ponerse, ni tampoco la camiseta que llevaba en su interior. Simplemente se limitó a mirarse en el espejo.
Tenía diminutas cicatrices que abarcaban en todo su cuerpo. Como si fuera un rayo que se hubiera metido bajo su piel dorada. La joven Gryffindor frunció el ceño al ver que también había cicatrices blanquecinas en su estómago. Parecía como si el Cruciatus hubiese querido pedirla perdón al haber dibujado esas perfectas raíces en su cuerpo.
Recordó con serenidad cuando los medimagos se quedaron boquiabiertos al ver su extraña condición. La explicaron los motivos de esas "raíces". La salvaje tortura a la que fue sometida sin haber perdido la cordura fue el resultado de su titánico aguante. La fuerza de su coraje al no querer rendirse.
A ella no la importaba tenerlos. De echo, sentía que llevaba un trofeo grabado en su piel, que más que llevarla por un camino lleno de amargor la llevaba al camino del triunfo y de la victoria. En pocas palabras, se sentí orgullosa de esas marcas.
"No me gustan tus cicatrices"
La voz de Ronald chocó contra ella. Contra su mente.
Respiró profundamente. Le quería, lo amaba y mucho. Pero la costaba comprender sus comentarios hirientes y faltos de tacto.
Con cierto amargor que salía de su boca, optó por ignorar esas voces que no venían a cuento y se inclinó por terminar de vestirse. Ya no solo era por esas "raíces" si no por esa fea palabra que había sido grabada a fuego como un maldito animal.
"Sangresucia"
No la molestaba, pero no la gustaba nada que la gente se quedara observando esa cicatriz para después mirarla con pena como si fuera una desvalida.
Terminó de vestirse y algo enfada con ella misma por estar rondando pensamientos que no venían a cuento con el momento.
La chica volvió a mirarse en el espejo.
Ahora si que estaba lista. Su perfecto e impoluto pantalón negro, su jersey de cuello alto y un abrigo largo del mismo color de los pantalones junto con unas botas negras y una coleta donde ningún pelo podía revelarse en contra de su propietaria.
Fue directa hacia la cocina y sacó una bolsa de comida para gatos y la vertió en el bol donde Croockshanks comía.
—Se bueno, no arañes los muebles y tampoco te pases toda la mañana maullando ¿de acuerdo?
El gato naranja pegó un fuerte maullido a modo de respuesta, que fue todo lo que necesitaba Hermione para saber que se comportaría como debía. Aunque estaba segura de que cuando volviera encontraría algo roto. Conocía a ese gato como la palma de su mano.
Se marchó por la puerta con otro regalito aparte del que se encontraría en el trabajo.
Miró a los pies de su puerta y encontró una canasta llena de fruta.
—Parece que alguien nos conoce y nos quiere dar un bonito recibimiento ¿no crees Croockshanks? —preguntó al gato que ahora se había colado por sus piernas. —y muy amable.
Se agachó y recogió el bonito obsequio que la habían ofrecido como bienvenida y lo dejó en una mesa del recibidor, no sin antes coger un melocotón y meterlo en su bolsillo. Sabía que no era conveniente ir sin desayunar, pero estaba demasiado nerviosa como para lograr tragar algo sin que su estómago se volviera un torbellino de mariposas. Así que, cuando la entrara el hambre, tendría algo con lo que poder comer.
Se fue del edificio, despidiéndose del señor Renoir con una sonrisa que estaba dándole con mucha pena a una botella de zumo de calabaza a modo de consuelo.
Eran las siete de la mañana y era sorprendente la vida que había en las calles.
Alzó la mano con su varita lanzando un destello dorado. No pasaron ni diez segundos cuando un carruaje (esta vez negro) se paró en la acera con un pegaso bayo. La puerta se abrió y Hermione, muy a su divino pesar tuvo que pasar por el mismo proceso que soportó con Narro.
Después de unas idas y venidas y unos cuantos futuros pero inexistentes vómitos, finalmente llego al lugar donde trabajaría. A su empresa. A lo alto se podían leer unas letras de plata que decía;
« Ministère des Statuts Diplomatiques Magiques de France »
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Su francés estaba algo flojo, nunca le dio la importancia que ahora le daba (algo que se recriminaría para el resto de su vida) pero era lo suficiente para poder defenderse y sobretodo, entender lo que la decían y lo que leía.
Suspiró y entró con fuerza por la puerta. Para darse cuenta que esa fuerza, debía de meterla en una conserva. La exagerada cantidad de bullicio que había en aquel lugar junto con los cientos y cientos de magos que iban de un lado a otro quitaban el aliento a cualquiera. Bastaba con verlos para que a Hermione la entrara un estrés que ni ella misma podía controlar. El único consuelo que tenía, fue ver a la espalda de Narro que parecía llevar varias carpetas muy, muy, MUY, pesadas.
¿Que como lo supo?
No conocía a nadie que fuera con una blusa de cuadros (ahora rojas y negras) junto con unos vaqueros medio rotos y… como no, con unas zapatillas deportivas más gastadas que un deportista que las a llevado toda su vida.
Quisiera o no, resaltaba más que Dobby travestido de princesa en un palacio.
Como si el propio mago supiera que alguien le estaba observando por las espaldas se dio la media vuelta para encontrarse a una Hermione Granger más perdida que una acelga en un viñedo.
—¡Hermione! ¿cómo estás?
La expresión del mago al verla era de pura felicidad, y las arrugas de sus ojos se alzaron hacia arriba junto con unos marcados hoyuelos, que no supo deducir si eran a causa genética o por tanto sonreír.
—Cielo santo, perdona por no irte a recoger, pensé hacerlo a las ocho y media, pero por lo visto me has ahorrado el viaje.
Hermione sonrió algo nerviosa, sobretodo por la cantidad de personas que ahora estaban posando sus miradas en ella.
—Pensé que sería bueno si iba más pronto.
El mago sonrió con picardía.
—Ven conmigo, te enseñaré la zona donde trabajarás, mientras, te voy poniendo al tanto y si lo deseas, podrás hacerme las preguntas que quieras. —le aclaró Rigel a la bruja dejándola mucho más tranquila. —tranquila, las preguntas son gratuitas, no te cobraré por ellas—añadió con un guiño en el ojo al ver el tenso silencio de la chica.
Narro caminó por un largo pasillo, algo más deshabitado, lo cual a Hermione la tranquilizó mucho más.
—Te haré de guía turístico en esta jaula de grillos. Lo primero, un poco de historia. Este lugar fue creado allá por año mil seiscientos noventa. A raíz de que se originara en noventa y dos años más tarde el estatuto internacional del secreto. Como ves, los franceses siempre van adelantados a los demás. Por cierto, esta pregunta siempre se los hago a todos a los que van a trabajar aquí. Como vas a estudiar más derecho que un abogado del diablo, no está demás saber si conoces algo de leyes.
—¿Cual es la pregunta entonces?
—¿Cual es la cláusula setenta y tres de la ley mágica del secreto muggle.
Hermione respiró profundamente y rebuscando en esa gigantesca biblioteca que tenía hizo memoria.
—«Cada organismo de gobierno mágico será responsable del ocultamiento, cuidado y control de todas las bestias, seres y espíritus de naturaleza mágica que habiten en los límites de su territorio. Si cualquiera de esas criaturas causara daño a la comunidad muggle o se mostrara ante ella, el organismo mágico gubernamental de esa nación deberá someterse a las sanciones que decida la Confederación Internacional de Magos.» —recitó de memoria.
Narro se dio la vuelta y la miró con orgullo.
—¡Muy bien señorita Einstain!
—¿Einstain? ¿conoce a ese físico?
—¿Yo? ¡para nada! ¡Yo había nacido cuando el había muerto! Y eso que te hablo de los años cincuenta.
Hermione rió a carcajada limpia, pegando una risotada que hizo que Narro se parara por unos instantes sin deshacerse de esa sonrisa que tenía en la cara.
—¡No! Lo que quería decir es que estaba sorprendida de que conocieras a un físico muggle.
El hombre miró hacia el techo sin soltar las carpetas que estaban atiborradas de papeles.
—Mi padre era la cosa más muggle que había. Por lo que tengo mucha influencia de esa cultura heredada por su parte, además mi madre siempre fue una mujer muy permisiva con ese tipo de cosas. Algo poco usual en una bruja como lo era ella.
Hermione se sorprendió a la vez que muchas preguntas iban teniendo sus respuestas. De ahí que se vistiera del modo en que lo hacía y quizás esa personalidad tan jovial y espontánea.
—Y después de este brevísimo curriculum personal, seguiremos por el lugar donde vas a trabajar y cagarte en todos los santos de la corte celestial.
Hermione asintió con una sonrisa y mucho más satisfecha. Ya no tanto por esas continuas incógnitas(y absurdas a su parecer) si no porque había un mago que estaba casi igual de habituado al mundo muggle que ella.
—¿Todos hablan francés? —interpeló la chica mientras seguían andando por ese dichoso e interminable pasillo.
—Estás en una sede diplomática señorita Einstain, aquí es obligatorio hablar varias lenguas y entre ellas está el inglés, dado que son donde más lazos internacionales se puede tener. Shack… Shuckl…—Rigel se estaba molestando al ver que no lograba pronunciar como debía aquel sencillo apellido, por lo que optó por el camino rápido— bueno, el ministro negro me confirmó que sabías varios idiomas.
La expresión de Hermione le confirmó que fue todo lo contrario.
—Me temo que el ministro Kingsley Shakelbolt exageró, domino el inglés y entiendo un poco el francés y el búlgaro.
Por el contrario de lo que pudiese parecer Rigel no parecía enojado en absoluto. Más bien, parecía estar disfrutando de la expresión de horror de Granger al ver que aquel ministro había agigantado los conocimientos de Hermione. Los tenía, eso era un echo, era mejor que cualquier otro alumno que hubiese pisado Hogwarts.
—¿Entiendes el búlgaro?
Hermione asintió con calma y algo de vergüenza por el condenado ministro.
—¡Pero eso es buenísimo! ¡búlgaro! Perdona mi curiosidad, ¿pero porque búlgaro?
La bruja recordó con cariño todas las cartas que se escribía con Victor Krum.
—Tengo un buen amigo con el que me carteo que es de Bulgaria, así que pensé que si aprendía un poco de su idioma se pondría contento.
—Y de paso no te sangraban los ojos cada vez que te mandaba cartas en tu idioma ¿me equivoco? —añadió Rigel con argucia.
Hermione se puso colorada de la vergüenza y de las risas. Si, tenía que admitirlo, ese había sido el principal motivo por el que aprendió ese enrevesado idioma.
—Ne beshe lesno da se uchi, nali?
Hermione se sorprendió por la pregunta, en especial por el idioma que estaba usando, pero en seguida comprendió que la estaban poniendo a prueba.
—Ne, no ima nagrada, tova e mnogo priyaten ezik. —la bruja dejó que sus ojos castaños se volvieran rendijas al mirarlo con cierta complicidad— ¿cómo es que sabe búlgaro?
Rigel la miró ufano.
—Digamos que comprendo mejor de lo que crees, tu situación cuando te carteas con otra persona de otra nacionalidad…
—¿Aprendiste por desesperación?
—Creo que ahí te equivocas, fue él quien optó por aprender mi idioma antes de que quisiera arrancarse los ojos.
Hermione sonrió aún más por la brutal sinceridad de Narro, su sinceridad, y su sentido del humor al saber reírse de si mismo.
El mago se paró de repente en una enorme puerta de madera de ébano donde se podía ver en la parte de arriba, en el marco de la puerta una inscripción en latín;
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"Et magicae semper fidelis, semper verum est tibi"
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—¿Está preparada señorita Eisntein? —preguntó Narro con esa incansable sonrisa en su rostro.
La bruja, pese a estar algo nerviosa asintió con la cabeza entusiasmada. Estaba lista para arrasar con todos esos conocimientos que iba a tener a su alcance, toneladas de historia que saciarían a esa bestia llena de curiosidad. Equella biblioteca de Alejandría, volvería a llenarse de todos los saberes a los que fuego le fue arrebatado.
—Cuando quieras.
El hombre la miró con cariño y empujó la puerta.
La bruja se encontró con un escenario completamente distinto al que habría esperado. Había brujas y magos que iban de un lugar para otro, pero sin esa cantidad de estrés como en el piso anterior en el que se había metido. Había libros que literalmente estaban volando hacia las mesas de todos esos magos que estudiaban y repasaban de manera diligente aquellos textos antiguos. Mientras que elfos domésticos (que iban perfectamente vestidos) iban y venían de un lugar a otro con cientos de pesadas carpetas.
—Pero… ¿que es lo que tengo que hacer en realidad?
—Harás el labor de revisar cada informe que pasa por tu mesa. Será sobretodo temas de derecho y cuestiones tan simples como que algún muggle a visto a un burro volando o incluso algún tema de abuso hacia algún que otro elfo doméstico.
Un trabajo agotador, complejo y a la vez sencillo.
—No te preocupes, te daremos todos los libros que vayas a necesitar.
—¿No me están mirando demasiado? —susurró Hermione al mago, al darse cuenta de que estaba siendo diana de cientos de miradas.
No se sentían hostiles, pero eso no significaba que no fuera incómodo.
—¡Oh claro, se me olvidaba! —exclamó Rigel pegándose una mano en la frente— aquí eres más conocida por haber luchado por los derecho de los elfos que de que de ser una heroína de la segunda guerra mágica.
Así que era por eso.
—Muchas de las quejas que mandastes al ministerio fueron enviadas aquí, por lo que muchos están agradecidos por tu interminable lucha a favor de los derechos de los elfos.—Rigel miró a lo lejos del enorme salón. —Ven, te presentaré a una persona que te ayudará en todas las dudas que tengas.
La chica lo siguió, ignorando lo mejor que podía las atentas miradas de cariño de los trabajadores del departamento.
—¡Mari Tere! ¡Mari Tere! —gritó a todo pulmón Rigel haciendo que Hermione dejase de ser el centro de atención, pasando a la pobre víctima a la que iba dirigido ese nombre.
Una mujer de melena rubia, con una falda negra y una blusa roja encogió los hombros como a un niño cuando le descubren en mitad de una travesura.
—Il y aura un jour sacrément lourd où vous cesserez d'être appelé comme ça, tête de vadrouille?! —exclamó desde las espaldas.
—Nop.
La mujer se giró encarando al mago mientras este tenía el descaro de reírse de su reacción.
—Vous êtes né d'un iguane souffrant de retard mental, n'est-ce pas?
Hermione se quedó pasmada ante la brutal belleza que tenía aquella bruja. Tendría unos cuarenta años, aunque era innegable que sus rasgos eran perfectos; los pómulos eran finos y delgados, una nariz perfilada y recta, junto con una piel que parecía marfil. Sus ojos eran verdes y pese a tener una mirada fría, había una calidez natural que emanaba por todo su cuerpo.
—Pobres iguanas, hay que hacer una manifestación en contra de su discriminación. —razonó Narro(si es que podía) con una expresión seria.
Rigel se giró hacia Hermione y esta vez con una expresión ligerísimamente más seria.
—Señorita Einstain, esta es Marie Ternavoulle. Mari Tere para los amigos.
—Lo segía si lo fuegamos, pego a ti no te daba ni agua. —la mujer dejó esa gélida mirada al mago y dirigió una muy cálida a la joven Gryffindor— Tu debes de seg, Hegmione Granger. Un placeg conocegte. Yo estagé aquí paga aseogagte en todo lo que necesites.
La chica asintió, recuperando algo más la seriedad.
—Ven conmigo queguida, te guiagé antes de que este imbécil te lleve al pog el camino incogegto.
—¡Oye! pero si sabes que te quiero un montón. —se quejó haciendo un falso puchero.
—Y yo, pego a mil metgos bajo el suelo, encadenado y con una maldita guillotine en el cuello.
Hermione sonrió ante la extraña relación de amor-odio que se profesaban entre ellos.
Finalmente, y tras unos momentos de lucidez y madurez, ambos adultos la acompañaron a una pequeña sala. Dejaron la puerta abierta de par en par. Era muy personal donde tenía una enorme mesa de trabajo y una enorme pila de libros de derecho (bastante antiguos por lo que pudo deducir) que la ayudaría a trabajar, de echo; Parecía más un despacho que una sala de estudio.
—Aquí trabajagas, no te pgeocupes pog tu primeg día, te enseñage las instalaciones junto con un pase que necesitas paga podeg entrag en la biblioteca y teneg la infogmacion que necesites. —la explicó Marie con afecto.
—Y si alguna vez tienes algún problema, no importa que tan tonto seas, por favor y esto te lo digo con toda la seriedad del mundo, no dudes en decírnoslo a Marie o a mi. Insisto, por muy bobo que sea para tí. —dijo con una brutal seriedad Rigel que Hermione pensó por un segundo que alguien se estaba haciendo pasar por él. —Por favor, prométemelo. Mejor dicho, prométenoslo.
La bruja asintió con la cabeza junto con una suave sonrisa.
Rigel sonrió aliviado.
—Ahora que me acuerdo, tendrás que conocer a tu jefe. —Narro se quedó pensativo mirando a Marie— venía hoy, ¿verdad?
—Oie, de echo tendgía que estag aquí.
Narro se encogió de hombros.
—Bueno, ya le verás algún día. Es un poco serio y parece que está cabreado con el mundo, pero es buen tipo. Estoy seguro de que te caerá muy bien.
—¿Pero no sabe que e venido?
—Eeeeeh, se supone que si, pero dudo mucho que se haya mirado una tonelada de papeleo para mirar el currículum de un nuevo asalariado.
En parte lo comprendía, pero por alguna razón estaba empezando a sentirse mal... demasiado mal. Había algo que la estaba incomodando, como si su propio instinto fuera a avisarla de algo muy malo iba a ocurrirla.
—¡Oh, hablando de rey de Roma! —exclamó el mago con entusiasmo al girar la cabeza hacia fuera de su "despacho"
Marie sonrió e hizo que Hermione la siguiera. Pero no debió de hacerlo. No ante esa imponente figura negra, no ante esa cabellera platina que caía sobre los hombros. Aunque estuviera de espaldas, aunque no le viera la cara. Supo de inmediato de quién se trataba.
Ese pelo casi blanco, esa postura dominante…
Esos ojos.
Esos recuerdos.
Esa mirada.
El asco, el dolor.
El pulso salió disparado, su corazón estaba a punto de salirse por el pecho junto con un miedo atroz que estaba nublando su juicio. El rostro de Hermione palideció en segundos. Pareciendo un cadáver andante. Una expresión de horror se formó en su rostro. No podía ser, lo que estaba viendo, no era posible. Tenía que ser simplemente una horrible pesadilla. Una mala broma proyectada por su cansada mente. No podía estar sucediendo.
—Hermione Granger, te presento a Lucius Malfoy.
NT
Ministère des Statuts Diplomatiques Magiques de France Ministerio de estatutos magícos diplomáticos de Francia
Ne beshe lesno da se uchi, nali? No fue fácil aprenderlo ¿verdad?
Ne, no ima nagrada, tova e mnogo priyaten ezik. No, pero tiene su recompensa, es un idioma bonito.
et magicae semper fidelis, semper verum est tibi Siempre fieles a la magia, siempre fiel a uno mismo.
Il y aura un jour sacrément lourd où vous cesserez d'être appelé comme ça, tête de vadrouille. Habrá algún día maldito pesado que dejes de llamarse así, cabeza fregona.
Vous êtes né d'un iguane souffrant de retard mental, n'est-ce pas? A tí te parió una iguana con retraso mental ¿verdad?
...
Antes que nada, ya sé muy bien que cuando torturaron a Hermione nunca respondió de esa manera, ni tampoco que por culpa de un cruciatus tuviera esas "raizes" plasmadas en su cuerpo, sin embargo, creí que eso daría más riqueza al fic. Además de que la pobre Hermione tiene esos sueños tan crudos y violentos. E de informar con antelación (por si las moscas) que esta Hermione tiene mucho carácter, por lo que si buscáis a una Hermione echa una mierda que necesita que la sequen las lágrimas... me temo que no es vuestro fic.
Quiero añadir otra cosa, mi francés es miserable por lo que usar el traductor es mi mejor herramienta. Así que, si tengo algo mal escrito, mea culpa. Y con esto termino.
Espero lograr terminar el fic, y que os guste a todos los lectores (eso me haría muy feliz) así que por favor. Si veis algún fallo, no dudeis en decírmelo en la caja de comentarios.
Un saludo.
