El miedo es ese pequeño cuarto oscuro donde los objetivos negativos son revelados".

Michael Pritchard.


Capítulo 4: Miedo

Ya era de noche, tan oscuro que las paredes de su despacho se habían teñido de negro a excepción de la mesa de su despacho donde solo quedaba su lámpara que iluminaba de manera miserable la figura de su cara.

Para alguien como Lucius Malfoy sorprenderse de algo no era habitual en él. Había visto muchas cosas a lo largo de su vida y también las había sufrido. Incluso, desde que era un niño había sido educado para evitar mostrar gran parte de sus emociones. No por altivez, ni por arrogancia, si no para que nunca supieran en que estaba pensando. Sin embargo, la vida siempre guardaba excepciones, excepciones raras y retorcidas que solo una mente enferma podría crear. Y una de ellas era la situación en la que estaba comprometido.

Ni en mil años se habría imaginado ver a la repugnante sangresucia alias; Hermione Granger estaría trabajando en la empresa que el mismo dirigía.

«Hermione Granger, te presento a Lucius Malfoy.»

Esas eran las palabras del idiota de Rigel que resonaban con fuerza, una y otra y otra vez en su mente. Pero sobre todo la expresión de horror de Granger al ver quién era su jefe. Y diablos, ahora se estaba maldiciendo como nunca lo había echo antes. Incluso le parecía preferible estar unos cuantos meses en Azkaban con tal de no estar en presencia de aquella mujer que le destruyó su vida, y su reputación.

Malfoy se frotó los ojos con cansancio. No podía creer la pésima suerte que tenía, pero por otro lado, tampoco podía cargarle el muerto a algo tan ambiguo como el azar del destino. Gran parte de la situación que había era por su culpa, por no decir toda. Solo tenía que haber mirado el informe de la nueva persona que vendría a trabajar. Solo tenía que haber echo eso. Una simple acción fácil de hacer.

Pero no lo hizo, y ahí era donde erradicaba su problema. Había estado demasiado ocupado tratando de recuperar todas y cada una de las fincas que habían pertenecido a su familia.

Sabía que podía echarla con tan solo un dedo, era su empresa, pero… siempre había un maldito "pero" de por medio. Aunque el fuera quien mandara, tenía un jefe mayor, que fue él que le permitió empezar a trabajar y volver a amasar una fortuna decente. No podía quejarse, vino a Francia sin nada, con la vana esperanza de recuperar parte del patrimonio familiar que le correspondía por derecho propio. Desde luego que los "mal nacidos", como Lucius llamaba a los magistrados (que gran parte de ellos habían estado a favor de Voldemort) le habían quitado todos y cada una de sus propiedades en Londres. Lo bueno era, que sabía más que de sobra que no podrían hacer nada en París, donde no tenían potestad para quitarle nada.

La situación era más enrevesada de lo que uno podría imaginar.

El ministerio en si mismo era suyo, cada piedra y cada cimiento le pertenecían. Pero no lo que había en su interior.

«Donde está la ley, está la trampa» pensó con cierta ironía.

Al parecer, cuando sus entepasados viajaron a Inglaterra, abandonando así sus propiedades, el estado mágico se había echo dueño de sus latifundios. Y dichos latifundios fueron perteneciendo a diversos magos… y claro, cuando volvió a por lo que le correspondían… no fue una sorpresa del todo amarga descubrir que la antigua residencia de la familia Malfoy había sido convertida en una sede diplomática que estaba destinada a luchar a favor de los muggles y de toda esa berborrea absurda y barata de sectores minoritarios donde la ley ayudaba a los más desprotegidos.

«Panda de hipócritas» pensó con una ferviente furia al recordar como gran parte de los magos y brujas de Francia estaban a favor de la limpieza de sangre.

Podría haber sido mucho, mucho, mucho peor.

Revisó las carpetas que el idiota de Narro le había colocado en su mesa de escritorio.

Narro… si él pudiera le habría retorcido el cuello en ese mismo lugar. Ese mago se hacía tonto mejor que nadie, y eso lo hacía una persona muy, muy peligrosa.

Alguien llamó a su puerta, a lo que Lucius se limitó a decir un; "adelante" para ver una cara conocida.

—¿Me e perdido algo Lucius?

El hombre alzó la cabeza y vio esa sonrisa de corderito degollado de Rigel. Oh, si. Algún día lo mataría por lo impertinente que era.

—Tú sabías que esa… —Malfoy tuvo que controlar su lengua — niña, era Granger ¿verdad?

Narro sonrió de oreja a oreja.

—Puede que supiera algo más de lo que parecía.

—Rigel —le adviritió con su voz.

—Vale, vale —alzó el mago en señal de rendición —sabía de sobre quién era. ¡Vamos Lucius! La heroína de guerra Hermione Granger trabajando en una sede diplomática parisina. Me lo habían puesto en bandeja de plata, además, es más que apta para este puesto.

—No la quiero aquí.

Rigel rió sin tapujos.

—Que este castillo sea de tu propiedad no te hace dueño de todos los trabajadores. Y sabes de sobre quién los contrata o deja de contratarlos y me da que el jefazo no le interesa echarla.

Lucius apretó los dientes con tanta fuerza que poco faltaría para que rechinasen. Si, no hacía falta que le recordaran que ese lugar era tan suyo como del gobierno. Y eso enfurecía a cualquiera.

—La pobre chiquilla se puso muy pálida cuando te vio, ocurrió algo en la mansión ¿verdad?

Esta vez, aquel mago altivo e iracundo pasó a uno más afligido… e incluso culpable. El hombre del pelo plateado miró al mago que siempre iba con esos terribles atuendos que para su gusto, eran horribles.

—Si —Lucius se mantuvo en un tenso silencio, recordando aquellas imágenes que no se borraban de su cabeza— la torturaron durante horas con varias sesiones de Cruciatus por una maldita loca, estaba presente pero no hice nada. No hice absolutamente nada por esa niña… —confesó con una brutal honestidad aunque hubo algo que se cayó en lo más profundo de sus entrañas.

Narro se quedó en silencio, escuchando de manera paciente al hombre que tenía en frente.

—Por eso deberías de trasladarla a otro lugar, no digo que haya que expulsarla, pero si cambiarla a otro apartamento. Sería lo más sano para ambos.

Rigel dejó a un lado su carácter bufón, dando lugar a uno más serio.

—La chica Granger… tiene mucha confianza en si misma. No creo que sea acobarde ante ti. Si se va o no, es decisión suya —recalcó con fuerza. —eso no está ni en tus manos, ni en las mías. Solo en las de ella. Y por la impresión que me a dado, esa chica es un torbellino de fuego, y si soy sincero contigo Lucius, no querría tenerla de enemiga. —añadió con algo más humor. Humor que Malfoy supo captar aunque no pudo corresponder.

—No creo que sea lo correcto tenerla aquí. —volvió a repetir.

Rigel, que era perro viejo enarcó una ceja.

—Lucius, ¿es ella quien tiene miedo, o eres tú quien la temes?

El mago no dijo nada, se quedó callado, sumido en unos oscuros pensamientos que no le dejaban ver con más claridad.

—Yo no la tengo miedo. —acentuó con algo de violencia.

—¡Perfecto! Si ella no te teme, ni tú a tampoco ¿por qué estamos teniendo esta absurda conversación?

—¡Empezaste a hacer preguntas ridículas!

—Creí que ya sabías que era ridículo —Rigel negó con la cabeza —muy mal Malfoy, muy mal, ya deberías saber que estoy como una cabra.

Lucius no se inmutó por las palabras de ese hombre que podía considerarlo lo más cercano a un amigo… muy extraño.

—Si no tienes más que decir…

—Antes de que me eches, tienes que revisar la carpeta quince, es importante, es un caso de un ex mortífago de la perimera guerra mágica, es muy importante que lo revises.

El hombre se limitó a asentir.

—¿Eso es todo?

—Sip.

—Pues lárgate de mi despacho —dijo con tranquilidad.

—¿Moi? —se apuntó contra su pecho con una expresión infantiloide.

—Si, tú.

—De fuera vendrán, que de casa te echarán. —sobreactuó fingiendo sentirse ofendido.

Salió por la puerta no sin antes advertirle.

—Le diré a la señorita Granger que ya puede irse, es de las últimas que se va a casa —añadió con sinceridad.

Cuando la puerta se cerró, Lucius se dio el lujo de inclinarse en su silla.

No pensaba que le diría a alguien como Narro lo que sucedió en esa mansión. Sobretodo admitirlo. Pero a sabiendas de que ese mago conocía las partes más repugnantes y asquerosas de él, dudaba que saber un poco más influyera su actitud hacia su persona.

Muy a su pesar, y en contra de sus principios ideológicos acerca de la pureza de sangre, aquel mestizo le había demostrado que era un millón de veces más competente que cualquier otro mago de sangre pura. Y a diferencia de mucho otros, entre ellos se había labrado una extraña amistad basada en una arrollante sinceridad que se brindaba el uno y el otro. Sinceridad, que no había estado acostumbrado por mucho tiempo, en especial cuando había estado rodeado de lameculos sin precedentes. Y si era sincero consigo mismo, el modo en que se conocieron fue de lo más… estrafalario… Como él.

«La pobre chiquilla se puso muy pálida cuando te vio»

Y no la culpaba en absoluto. Era contradictorio lo que había en su mente.

El creía en la pureza de sangre, y lo seguía haciendo. Creía en unos principios mágicos que a él le habían inculcado desde que era pequeño. El realmente quería luchar por un mundo mejor, por una comunidad que había sido sometidos y perseguidos durante demasiado tiempo por unos animales que se hacían llamar muggles. Él quería dar lo mejor que tenía a su familia, como le habían enseñado.

Cuando su padre le ordenó que se uniera a la causa de un tal Voldemort lo aceptó sin problemas. Y lo hizo ilusionado. Quería combatir contra aquellos enemigos que deseaban desestabilizar todo el compendio mágico que había perdurado durante siglos. Ensuciar esos principios éticos que el había memorizado.

Pero no fue así. Para nada.

Fue oscuro, ruin y duro, eso era; jodidamente duro.

Aquel mago que le consideró como un verdadero líder; resultó un ser patético que solo miraba para si mismo, torturando de manera inhuma y cruel a sus fieles seguidores, a sus propios guerreros, aquellos que darían sus brazos, sus piernas o incluso sus vidas, ¿pero su líder sería capaz de hacerlo por ellos? ¡ja!, él jamás se habría molestado ni en levantarlos del suelo. Era un sádico, un monstruo. Matando de la manera más atroz a simples muggles. Nunca podía olvidar las expresiones muertas de aquella pila de cadáveres de esos humanos sin magia.

Hombres, mujeres… niños.

Tragó con amargura.

Los recuerdos mutilaban su cansada alma, y recuerdos que por mucho que quisiera borrar no desaparecerían. Incluso sus manos manchadas de sangre. Sangre incluso, se aquellos a los que amaba. Lo peor de todo fue el modo en que se destruyó a si mismo, a su prole. Hizo que Draco se hundiera en un mundo de destrucción y caos, que se sumergiera en la oscuridad más absoluta donde la muerte y la supervivencia bailaban al son de la vida riéndose de ella. Había destruido la vida de su propio hijo, no le había dado el derecho de elegir, ni siquiera le permitió quejarse, ni siquiera pudo hacer decentemente su labor como padre en protegerlo. Ese labor lo hizo Narcissa, teniendo unas agallas que ni un león habría sido capaz de superar. Él sabía que Draco estaba sufriendo, pero no quiso verlo.

No quiso.

«¿Es ella quien tiene miedo, o eres tú quien la temes?»

Mierda.

Esto era peor de lo que Lucius alguna vez habría creído.

Era precisamente en Granger donde la culpabilidad lo carcomía. Cuando torturaba a descendientes de muggles, recordaba sus ojos. Llenos de un profundo dolor, de una agonía indescriptible que solo alguien quien se hubiese metido en su piel habría sido capaz de entender. Aquellos ojos que alguna vez tuvieron vida, desaparecieron a la misma velocidad de una suave brisa en un desierto de fuego.

Pero con Granger… esa condenada sangresucia… esos ojos… esa mirada.

Aún cuando la muerte la estaba llamando a la puerta, aún cuando podía ver como la muerte la echaba su gélido aliento en sus labios, aún con todo eso… seguía indomable. Pese a que una tortura tan cruel como el Crucio sobrepasaba los límites de la locura humana, ella se mantenía tenaz, irrompible… indómita.

Cuando tuvo el descaro de contestarla de ese modo burlón a Bellatrix. Lucius pensó que la chica no sobreviviría.

Pero no. Comprendió en ese instante que aunque Bellatrix la despellejara o la sometiera a la más cruel de las torturas, la sangre sucia seguiría manteniendo ese espíritu de fuego, esa natural necesidad de luchar contra todos, incluso si tenía que hacerlo contra ella misma.

En el momento en que sus ojos castaños chocaron contra los suyos sintió un fuerte escalofrío que recorrió de pies a cabeza.

Era poderosa.

Dominante.

Sobretodo, poderosa.

Aquellos ojos castaños, empapados entre las lágrimas y su propia sangre le despojaron de todas esas máscaras de hierro, de esa fachada Malfoy que siempre había portado. Haciéndole verse finalmente en un espejo que siempre ignoró, en un reflejo que le tenía demasiado miedo como para hacerle frente. Un simple mago confundido con demasiadas heridas causadas por los errores que había ido cargando a lo largo de toda su vida.

Y eso no tenía sentido, ninguno. Ella solo lo miraba, simplemente sus ojos chocaron con los suyos.

Entonces, ¿¡por qué alguien como ella lo logró!? Eso lo enfurecía, no quería que esa niña estuviera bajo su mismo techo, aunque fuera en el trabajo.

Si ella lo miraba así de nuevo. Con esa fuerza abrumadora…

—Todo es por tu culpa.

Una voz que reconoció con demasiada facilidad resonó en su cabeza. No se atrevía a alzar la mirada, simplemente se sentía demasiado cobarde para hacerlo.

—Lo que le hiciste a Draco… tu propio hijo.

Lucius estaba empezando a hundirse en su propia miseria, más de lo que el querría reconocer.

—Solo eres un producto de mi cabeza —dijo Lucius levantando esta vez la cabeza y enfrentándose a la propietaria de esa voz.

Ahí, en mitad de su elegante despacho estaba Narcissa vestida con un precioso vestido negro que tanto tormento le traía mirándolo con un odio despiadado.

—Puede que sea parte de tu trauma, pero soy tan real como tú. —contestó con hostilidad,

Lucius se pasó las manos por la cabeza. Estaba nervioso, angustiado. La imagen de Narcissa lo perseguía a todas partes.

—Desaparece de mi vista… por favor.

—Desaparece de mi vista, por favor —imitó Narcissa a un bebé con desprecio.

—Deja de hacerme esto… te lo suplico.

La mujer de bellos rasgos lo miró con una frialdad aún mayor que la que su marido podía dar.

—Aquella noche lloré tan fuerte que no podía respirar, todavía me estás matando Lucius. ¿no lo recuerdas?

El hombre tenía los ojos tan abiertos que parecían que iban a saltar de sus cuencas. Pero no podía evitarlo, los recuerdos no dejaban de machacarlo, rasgaban sus entrañas de una manera atroz y salvaje.

—Yo… Narcissa, perdóname, perdóname… perdóname. —suplicó Lucius levantándose de su asiento, acercándose hacia ella.

Él sabía, que quizás aquella mujer no era su esposa, o que simplemente era una jugarreta de su mente. Pero ya habían sido dos años desde que hablaba con esa mujer. Dos años en que el espectro de sus memorias aparecían cuando querían para atormentarlo.

—Lo siento Narcissa, lo siento… lo siento.

La mujer lo miró, había tanto asco en su mirada, tanta repugnancia… era la misma mirada que él solía lanzar a los nacidos muggles. Y vaya que no pudo soportarlo, lo único que pudo hacer fue agachar su cabeza en busca de respuestas coherentes a la situación que estaba teniendo. El problema de aquella alucinación, es que lo conocía demasiado.

Podía buscar ayuda, sabía que lo que le estaba sucediendo no era sano. Pero sentía que tenía que llevar ese crucifijo en su espalda, que tenía que cargar con un dolor que poco a poco lo estaba matando.

—¿Merezco esto Narcissa? ¿realmente lo merezco? —preguntó Lucius, no tanto como si fuera una víctima si no como una mera resignación.

—Por supuesto Lucius, ¿por qué si no estaría aquí? —explicó Narcissa acariciándole el pelo de la única manera que ella sabía hacerlo.

El hombre acabó arrodillándose en el suelo, sintiendo que la presión de sus errores ejercían más y más fuerza en su corazón. Estaba desgarrado, estaba roto. Su alma se había echo añicos hace tiempo, pero no se quejó, puede que sonara masoquista, pero no le importaba cargar con esa agonía. Sabía que ese era el precio que tenía que pagar por todos y cada uno de sus crímenes. Por no haber protegido a Draco, por haberle destruido del modo en que lo hizo, sometiéndole a un trabajo suicida… haciéndole perder ese brillo inocente que tuvo cuando alguna vez fue simplemente un niño travieso.

Lo merecía, y cargaría con los horrores que su mente había soportado durante tanto tiempo, aguantaría su calvario hasta que dejase de respirar.

Lo pagaría con su alma.

—Oh amor, no te preocupes, tú ya me dejaste en la locura, ya me abandonaste como a un perro —dijo Narcissa sin dejar de acariciar el cabello de su marido. —Mereces todo lo que te está pasando.

Lucius se quedó en un alarmante estado de shock, donde su mente parecía haber viajado a otro mundo.

—Si, lo entiendo… lo entiendo. —susurró a una oscuridad alejada del mundo, a una oscuridad axfixiante que lentamente iba ahogándolo en un océano de desolación y destrucción.

Si alguien lo viera, tan solo vería a un hombre arrodillado murmurando algo a la nada mientras una mano negra y cadavérica le acariciaba la cabeza.


.

Hermione abrió la puerta de su piso y dejó el abrigo tirado en la entrada sin despegar su bolsa de su mano. No podía creer su mala suerte, era difícil hacerlo.

Su cuerpo se quedó pegado en su puerta procesando todo lo que la había ocurrido. ¿Era real? O una simple jugarreta.

Ojalá fuera una simple broma, pero no era así de ninguna manera. Lucius Malfoy era en verdad su jefe. Uno de sus verdugos estaba en el lugar donde trabajaba, peor aún, trabajaba con aquella persona que la torturaba en sus pesadillas. Las piernas la temblaban y su estómago era un remolino de emociones que subían y bajaban. Aún después de haber vomitado varias veces, seguía teniendo esa misma molesta sensación en su cuerpo.

Esos ojos.

Esa mirada.

Lucius estaba peor de lo que había creído. Estaba igual que cuando le vio por última vez en la batalla de Hogwarts. Tan… echo polvo, tan destrozado. Hermione se dio cuenta de que ese hombre parecía tener serios problemas para dormir, lucía demacrado, y estaba mucho más delgado de lo que alguna vez recordó. La piel se le había pegado demasiado a los pómulos e incluso las ojeras le hacían parecer más enfermo de lo que ya de por si aparentaba. Aunque, eso no significaba que no hubiese dejado de tener ese atractivo tan característico de los Malfoy.

Pero, ¿que más daba su apariencia?

Cuando les habían presentado, Hermione supo mantener la compostura mejor de lo que alguna vez habría creído. Y ahora que se acordaba tenía que felicitarse a si misma.

Cuando la preguntaron si estaba bien, ella supo cómo responder. Simple nerviosismo y añadió con sinceridad cuando la preguntaron por Malfoy, si es que se conocían. Explicó a Marie, que era el padre de un compañero de Hogwarts y que había sido una sorpresa tenerle como jefe de trabajo.

Para muchos había resultado convincente, e incluso dejaron de preguntar. Pero sabía muy bien que Rigel no se había tragado ni una sola de sus palabras. De echo, la había parecido que había echado un vistazo a Malfoy.

Al final, no había sido para tanto. Entonces, si tan mal no había ido ¿por qué tenía seguía teniendo esa sensación de necesitar vomitar? ¿porqué ese malestar en su estómago asegurándola que algo no iba bien?

Hermione ignoró la sensación. Tenía que hacerlo, ella era mucho más fuerte que eso.

Ambos se limitaron en saludarse como si la cuartada de Hermione fuese real.

Cuando Lucius se marchó como si Hermione fuese una criatura que no mereciera la pena mirar se sintió más relajada, más tranquila, aunque eso no significase que no estuviera inquieta.

Marie y Rigel la ayudaron a acomodarse en su nuevo ambiente. La entregaron los libros de derecho que necesitaba estudiar.

Hermione miró la bolsa de tela donde albergaban más de trece libros de derecho mágico, donde echizar la bolsa había sido una gran idea para que dicha bolsa albergara más libros de los que realmente podía. Evidentemente copias que ella podría usar en su piso tantas veces como quisiera. Hermione miró a su gato que la miraba con curiosidad, sin saber de donde venía esa expresión de horror en el rostro de su dueña.

—Supongo que tienes hambre Croockshanks, lástima que yo no —murmuró aquello último con pesar.

Añadió las bolas en el cuenco de su gato y se puso el chándal con el que andaba en casa. Unos simples pantalones deportivos grises y una camiseta blanca de manga larga mientras iba con unas pantunflas por la casa.

Hermione sacó los libros y los puso encima de su mesa, al lado del enorme ventanal con unas hermosas vistas del París mágico. Encendió su lampara y empezó a leer el primer tomo que la correspondía;

"Derecho penal mágico del estatuto del secreto muggle"

La bruja comenzó a pasar las páginas, pero tenía que volver a leerlas una y otra y otra vez. Era incapaz de concentrarse. Simplemente no podía.

La desagradable mirada que le lanzó Lucius al verla, el asco en su estado más puro. Como si ella no fuera más que la pulga de un perro callejero. Esos ojos grises… cielos, había tanto dolor guardado… tanto martirio. Buscaba respuestas de porqué la aterraba tanto esa mirada, del porqué simplemente no podía olvidarse de ella. ¿Por qué la afectaba de ese modo que Malfoy la hiciera sentir así de miserable? ¿no debería de haberse acostumbrado? Draco siempre de las ingeniaba para hacer comentarios hirientes hacia la castaña que de algún modo logró que ni se inmutara, incluso la hizo sentirse orgullosa de lo que era, del lugar de donde venía.

¿Entonces porqué?

Hermione estaba echa un lío, solo quería leer el maldito libro que parecía más una biblia. Y no estar pensando en cosas banales y absurdas sin sentido que no venían a cuento con lo que estaba estudiando.

Hermione hizo un esfuerzo tras otro por centrarse en la lectura, pero de nuevo… era incapaz de concentrarse, y eso la frustraba. Había pasado al menos tres horas, tres malditas horas... Ella nunca había sido de las personas que se distrajeran con tonterías. Tal vez Ron o Harry, pero no ella.

Se frotó los ojos con cansancio, estaba desesperada. Quería dormir, necesitaba hacerlo, pero si lo hacía volvería a tener ese sueño aterrador en la casa Malfoy y simplemente no quería tener desagradables pesadillas. Tenía mucha hambre, pero todo lo que comía lo acababa vomitando del estrés.

Estaba echa una auténtica desastre.

Tuvo una lunática idea, para apaciguar aquellas sensaciones que la estaban volviendo loca. Hermione se levantó, agarró el abrigo que había dejado tirado, se llevó el libro de derecho no sin antes guardarse una manzana y salió ufana del piso.

Preguntó a Renoir si conocía una vía rápida y eficaz para ir a la estación de tren. A pesar de la extraña petición echa por la inquilina, sobretodo al ser las dos de la mañana, el buen hombre cumplió con el cometido y la aconsejó de ir a un lugar donde se podía ir directamente a la estación. La joven bruja agradeció al portero y se dirigió hacia un callejón oscuro que muy buenas vibraciones, no daba. Pero la idea de esperar de que un taxista pasara volando por encima suyo a esas horas de la noche… se resistía a intentarlo.

Con algo de valor y mucha, mucha imprudencia se adentró a la callejuela, y justo como le había dicho Renoir, había una chimenea vieja y antigua.

Hermione se metió en ella, manchándose su abrigo negro del hollín y del polvo. Sacó un papel de su bolsillo y dijo;

—«Si en un santiamén me ves, date la vuelta que estás del revés.»

Desde luego que hacer ese viaje sin haber comido nada había sido una de las cosas más tontas que había podido hacer, cosa, que la experiencia se encargaría de hacérselo entender a base de bofetadas.

Hermione tocó con sus zapatillas de casa el suelo de la estación de ferrocarriles. Se hacía extraño verlo. Estaba desértico, no había ni una sola alma que vagase por allí, ni siquiera un fantasma.

Contenta de saber que podría estar sola sin que nadie la molestase, caminó con tranquilidad y total libertad por los pasillos del lugar.

Hermione no pudo evitar sonreír de oreja a oreja al ver que las suntuosas lámparas de araña que adornaban en cada ala, se había convertido en velas flotantes que iluminaban de manera tenue e incluso tierna cada habitáculo de la estación. En cierto modo, la recordaba a Hogwarts, la primera vez que caminó como una niña nerviosa e inquieta por el largo pasillo del comedor.

Con un destino en concreto, Hermione caminó directa a una fuente que había capturado de lleno su atención. Había un banco que no supo ver cuando estuvo la primera vez abarrotado de magos y brujas. Pensando en la suerte que había tenido, se sentó y se quedó observando la bella figura.

El lobo dejándose querer por una cierva blanca.

El bien y el mal.

El estómago de Hermione se fue asentándose lentamente, y el continuo amargor que había en sus entrañas fue desapareciendo. La ansiedad que había sufrido durante toda la mañana era indescriptible. Se sentía mareada, con la sensación de que su cuerpo iba a desfallecer de un momento a otro. Nadie podría culparla, estar al lado de una de las personas que no hizo nada cuando la torturaban no era plato de buen gusto, y había que tener muchas agallas para seguir trabando.

Y ahí estaba el problema.

¿Podría trabajar en el mismo lugar donde Lucius era su jefe? El mismo hombre que aparecía en sus pesadillas, en aquellos aberrantes sueños donde era incapaz de conciliar un poco de descanso decente.

No lo sabía.

Estaba echa un lío, no sabía como debía de comportarse o actuar. ¿Sería imprudente por su parte abandonar su puesto? ¿debía de hacerlo? ¿tendría efectos secundarios en su salud? ¿podría dar la talla? ¿o era mejor darlo todo por perdido y volver a Inglaterra?

¿Qué era lo que realmente debía de hacer? Ojalá tuviera un respuesta, ojalá pudiera consultárselo con alguien. Pero no sabía.

Escribiría a Ronald, eso era lo que iría hacer cuando llegara a casa, le escribiría diciéndole quién era su jefe, y qué creía que debía de hacer. Por que, por primera vez en mucho tiempo, Hermione se hallaba sin respuestas, sin un texto escrito que pudiera decirla cómo debía de actuar en una situación como en la que estaba ahora.

Tenía una respuesta ambigua en su mente, más que su mente, en su instinto. Pero sabía que a veces, hacerle caso no era sinónimo de un acto inteligente.

Hermione alzó la cabeza, mirando a la hermosa cierva que lamía la herida de aquel precioso lobo negro.

De algún modo, la belleza de aquella estatua logró calmar aquella furiosa marea de preguntas sin respuestas que tanto la martirizaban y sobretodo, logró que su estómago se abriera un poco.

La bruja sacó de su bolsillo la manzana de aquella cesta de frutas que algún buen vecino la había dejado, y con algo de impaciencia comenzó a engullir la fruta. Al principio tenía miedo de que su estómago no lo aceptara y acabara vomitándolo. Por suerte, no fue el caso.

Tal vez, la tranquilidad y el remanso que le daba el lugar en el que estaba, fue un buen incentivo para que su estómago se tranquilizase y dejara de sentir un miedo terrible al punto de que este mismo se negase a comer. Hermione sabía que su nivel de ansiedad estaba en unos picos altísimos y que eso sería muy perjudicial para su salud, pero por otro lado… era ella.

Cuanto más la negasen algo, más se motivaba para cumplirlo. Cuanto más la despreciaban, más fuerzas tomaba para hacer aquello que la habían dicho que no podría. La fuerza de Hermione era algo contradictoria. Era como una droga para ella. Cuanto más la negaran algo, para ella era como si la animases a hacerlo con los comentario más positivos que podían hacerle a una persona.

Y la situación en la que estaba era precisamente esa droga.

Sabía de sobra que podía renunciar en el mismo momento que había visto quién era su jefe. Lo sabía. Pero se negaba a hacerlo. Ya no era cuestión de orgullo o prepotencia. Ni siquiera eso.

Simplemente rendirse no iba con ella.

Por eso quería preguntarle a Ron que haría si estuviera en su lugar, ¿sería inteligente quedarse? ¿o mejor echar pies en polvorosa?

Hermione sacó de la bola el libro de derecho con la vana esperanza de lograr leerlo. ¡Y vaya! Que suerte la suya que si pudo leerlo sin distracciones. Sentía de algún modo, que la cierva blanca la protegía y la cuidaba, velando por ella.

—¿Señorita Einstain?

Hermione miró hacia la derecha donde provenía esa voz.

—¿Rigel?

La expresión de desconcierto por parte de ambos era demasiado cómico. Sobretodo porque Narro iba con un pijama de patitos estampados con una camiseta con un enorme pato donde se podía leer; "vas a perder la cabeza" junto con un albornoz rosa y con una taza con un unicornio que iba cabalgando en un arcoiris... Si, un hombre de casi dos metros, con unos rasgos que, a pesar de ser amables podían asegurarte de que con un tortazo te podía mandar al otro barrio llevaba las uñas pintadas de un precioso color rosa fuxia… aquella imagen lo guardaría para toda la eternidad.

Nadie habría podido culpar a Hermione de haber pegado la mayor de las risotadas que resonaban con fuerza en toooda la estación.

—Si, si, ríete todo lo que quieras, que mañana no me podrás ver así.

La chica trató de disculparse, pero no podía por la sencilla razón de que se ahogaba con sus propias risas.

Narro no se ofendió en absoluto, de echo sonrió al entender a la perfección los motivos de esa carcajada. El mago se sentó al lado de la chica con una taza humeante de lo que parecía café.

—Perdón… cielos, perdón —se disculpó como pudo la bruja.

—Señorita Einstain, jamás te disculpes con nadie por reírte.

Hermione logró tranquilizarse un poco, pero con una risa floja que siempre se asomaba por su cara.

—¿Si me permites, que haces aquí a estas horas? Deberías de estar soñando con la almohada.

La Gryffindor se apartó las lagrimillas que salían de sus ojos.

—Tengo una pésima capacidad para dormir, me cuesta mucho, la verdad. Pensé que si venía aquí lograría estar un poco más… somnolienta.—Hermione le miró —¿y por que estás aquí, a estas horas?

—Mi hija, que se había empeñado en mirar por enésima vez blancanieves y los siete enanitos…

Hermione lo sintió mucho por él, pero tuvo que interrumpirlo.

—¿Tu hija ve películas muggles?

—Me temo que se lo inculqué, la dije que también existía otro tipo de magia que los magos no sabíamos hacer y ahora… es cuando me arrepiento. Si hubiese un concurso de películas infantiles te aseguro que me acordaría de cada diálogo.

Rigel sonrió dando un sorbo al contenido de la taza y estiró sus brazos mirándose las uñas.

—Como puedes observar también e sido sujeto del experimento de mi queridísima princesita que no quería irse a dormir—Rigel se quedó pensativo como si hubiera echo un asombroso descubrimiento—, que por cierto, ahora que me dado cuenta; estoy divino. Estas uñas no las superan ni las chicas de la peluquería.

Pobre Hermione, no pudo ser capaz de volver a contener una risotada.

Si antes la dolía el estómago por el estrés, ahora la dolería por las risas.

—¿Cuantos años tiene tu hija?

—Nueve, ahora mismo está en la etapa en la que confirma con seguridad que es una princesa con botas rojas y que tiene que liberar a los monstruos que están debajo de su cama para que no se sientan solos… en este caso, su padre la tiene que ayudar a encontrarlos para que duerman con ella —el mago negaba con la cabeza —y yo que de pequeño le tenía miedo al hombre del saco.

—Creo que tu hija se haría amiga de él.

Narro giró la cabeza hacia la joven bruja.

—Merlín no quiera eso, el hombre del saco acabaría dejando su trabajo para tomar un té imaginario con mi hija.

Hermione sonrió con una infinita ternura al escuchar las palabras de Narro. Era guapo a su manera, no era precisamente atractivo, pero si sabía como hacer que las personas ignoraran el físico centrándose únicamente en su personalidad. No comprendía porque Rigel tuvo que luchar por el amor de su esposa, cuando la comicidad que desprendía aquel hombre valía más de mil Adonis a sus pies.

—¿Cómo se llama tu hija? —preguntó Hermione.

—Belona.

—Como la diosa griega.

Rigel sonrió de oreja a oreja.

—Oh, no sabes como la viene el nombre. Esa niña es capaz de domar a un dragón sin dejar de comportarse como un princesita caprichosa—argumentó con orgullo dando otro sorbo a su taza.

—Sé que esto no tiene mucho que ver, pero ¿porqué está aquí? Me refiero, justamente en la estación. —preguntó con más confianza la bruja.

El mago descansó la cabeza en el borde del banco, dejando que su vista se quedara flotando en la bóveda pintada de estilo barroco.

—Cuando finalmente logré convencer a mi hija de que todos los monstruos estaban durmiendo encima de su cama, tenía que revisar varios informes; tan tediosos que pensé que me moriría del aburrimiento, cuando terminé de completarlos, me di cuenta de que me faltaba el chocolate caliente que mi hija siempre toma para desayunar, así que recordé que la estación en el único sitio donde tienen bolsitas de cacao en polvo, abiertos durante las veinticuatro horas del día. Y esa es la razón por la moi, está con estas pintas y a estas horas.

Rigel dejó escapar una risita culpable, y sin dejar de apoyar su cabeza en el bordillo del banco la giró un poco para mirar a los ojos de la leona.

—Pero ahora soy yo quién me tiene una pregunta rondado en la cabeza, ¿porqué estás justamente en esta parte de la estación?

Hermione se quedó por unos segundos meditabunda, no tanto por las dudas si no por la calma que empezaba a llenar su mente.

—Creo que esta fuente tiene mucha magia, de algún modo parece que de un momento a otro va a cobrar vida… no lo sé, no te podría dar una respuesta en concreto ni aunque quisiera. Simplemente me e enamorado de ella.

—Cuando llegué aquí por primera vez, esta fuente captó por completo mi atención. Cuando era joven solía venir aquí en busca de respuestas cuando sentía la ausencia de mi padre.

—¿Te ayudó alguna vez?

Rigel tomó una expresión algo más melancólica, pero sin faltar a su naturaleza bufona.

—Si, es algo irónico, pero aquí e conocido a mucha gente a los que considero como familia.

—Hermione, te vi algo pálida cuando conociste a Malfoy.

La chica se sorprendió al ver que le llamaba por su nombre, y más aún cuando se expresión se volvió más seria.

—Si el trabajo te incomoda o ves que no puedes con ello…

—Te lo diré, no te preocupes, sin embargo, tengo una pregunta.

Rigel sonrió.

—Soy todo oídos.