Amigos son aquellos extraños seres que nos preguntan como estamos y se esperan a oír la contestación.

Ed Cunningham

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Capítulo 6: Lazos internos.

Hermione estaba cansada. Con una sensación de somnolencia constante que a veces lograba confundir su cabeza y tener momentos en los que permanecía casi desmayada. Se sentía enfermiza, junto con una sensación de debilidad constante que no se desprendía de su cuerpo. Su cabeza la dolía a horrores, a veces sentía martillazos impactando contra su cerebro provocando fuertes dolores de cabeza donde a veces terminaban en desvanecimientos una vez que llegaba a casa.

Y todo por tener que trabajar con Malfoy en la misma habitación.

Sabía que lo que la estaba pasando no era sano, que su salud estaba cayendo en picado e incluso que sus repentinos desmayos tras llegar a su piso eran alarmantes. Pero no había recibido ni una sola miserable carta de Ronald. No había recibido ni una sola lechuza donde él la pudiera aconsejar… no había nada. Solo la añoranza y su ufano deseo de recibir una respuesta de su pareja… de su novio.

Hermione era testaruda, quizás demasiado. Pero había un lado de ella que se negaba a abandonar. Que seguía siendo una cabezota y que, cuanto peor estaba; más reforzaba su convicción de seguir adelante con el caso y no abandonar ni por un momento la idea de alejarse de Francia.

—Granger, ven aquí por favor.

La voz de Narro hizo que la golpeara una fuerte punzada en su cabeza. No sabía si lo que tenía era migrañas o alguna jaqueca pasajera. Pero fuera lo que fuera la estaba martirizando al punto de apretar los dientes cada vez que alguien hablaba.

Alzó la cabeza, y agradeció profundamente de que Malfoy la ignorara olímpicamente. Se levantó de su silla, donde había una gran parte de magos que estaban demasiado concentrados en sus casos como para prestarla atención.

Se dirigió hacia el mago mestizo que la esperaba fuera del despacho, fuera del lugar de trabajo. Justamente en el pasillo donde era un lugar mucho más íntimo. Hermione estaba algo preocupada, Rigel mantenía una expresión fuera de lo común. No era su clásico semblante bonachón y juerguista. Si no uno mucho más serio… y preocupado.

—¿Ocurrió algo señor Narro?

—Soy yo quien debería de hacer esa pregunta.

Hermione no comprendió aquella respuesta y su expresión confusa fue todo lo que necesitó Rigel para saber que la bruja no comprendía a que se refería.

—Hermione, ¿estás comiendo bien? Estás más pálida y tienes ojeras. Se que no es de mi incumbencia el estilo de vida que lleves pero… no creo que te estés cuidando adecuadamente.

La bruja se asustó, no quería abandonar, no quería que nadie pensara que ella estaba débil o tan siquiera que concibieran esa idea. Ella necesitaba trabajar para poder concentrarse, necesitaba trabajar para estar más a gusto consigo misma… necesitaba tener la mente distraída y recopilar datos que podrían servirla. Simplemente no podía darse el lujo de amedrentarse por la presencia de Malfoy… no podía permitirse el lujo de que aquel hombre le afectara tanto.

—Estoy bien, de verdad, simplemente estoy algo cansada.

—Oh vamos, hasta mi hija sabe mentir mejor que tú.

Hermione suspiró.

—Es solo que… estoy un poco cansada, solo necesito habituarme un poco… es solo eso.

—Pero…

—Señor Narro, agradezco su interés por mi salud, pero estoy bien. —alzó la voz con tanta fuerza que fue una forma de decirle; "no te metas en mis asuntos".

El mago asintió con la cabeza sin dejar que esa expresión de preocupación desapareciera de su rostro. Hermione no pudo evitar sentirse culpable. Rigel solo se estaba preocupando por ella, y en vez de agradecérselo lo rechazaba como si fuera un gérmen. No era ella quien hablaba, si no su cansancio y su estrés. La falta de sueño y el hambre que nunca lograba opacar como debía.

—Yo… lo siento, no quería sonar así —se disculpó sin poder mirar a los ojos de Rigel.

—Estás cansada Hermione, necesitas dormir… esto no es bueno para tu salud. ¿no sería mejor que dejaras el caso? solo por unos días.

Hermione solo quería que aquel mago dejara de hablar, lo único que hacía era que su cabeza doliera más y más.

La bruja respiró con fuerza y encaró al mago malhumorada.

—No eres mi jefe, es el señor Malfoy; por lo que no puedes echarme. Y por ahora no e recibido ninguna orden suya.

Hermione se quiso dar cabezazos contra la pared al haber dicho aquellas palabras. ¡¿En que diablos pensaba?! Aunque solo fuera por unos segundos, pudo ver con total claridad una punzada de dolor que asomaba por sus ojos, aunque rápidamente fue intercambiada por una brillo de derrota ante la arrolladora obstinación de la bruja.

—Está bien, está bien. Me rindo… —alzó las manos en señal de rendición —solo te pido que te cuides un poco… solo eso.

Hermione asintió afligida. Ella sabía que Narro no se merecía ese tono de voz, y ni mucho menos la forma en la que estaba siendo tratado. No en alguien quien la había ayudado desde el principio con una sonrisa. Pero en ese momento no se sentía con las fuerzas ni con el humor necesario para disculparse. No comprendía porqué estaba tan irritada, porque la molestaba todo lo que la rodeaba.

—Vuelvo al trabajo.

Narro asintió con una suave sonrisa, aunque sus ojos no lo hacían. Y eso Hermione lo sabía muy bien, sabía que había echo daño a Rigel.

Hermione volvió a su mesa y suspiró con desesperación. Todo se estaba saliendo de control, nada iba como ella quería. Harry correspondía a todas sus cartas, e incluso la respondía con la misma pasión con que ella escribía, y lo mismo pasaba con todos los integrantes. Recibía sus cartas ansiosamente pero… ¿porqué Ronald no la contestaba? Sabía que era muy inmaduro por su parte estar más distraída pensando en Ron que en el caso, pero no podía evitarlo. ¿Por qué cuanto más ayuda necesitaba, menos la recibía?

«Céntrate, solo céntrate, tienes trabajo que hacer, ya podrás pensar en él cuando estés en casa» se reprochó a si misma enajenada.

Abrió la carpeta que la habían dado y comenzó a revisar el tedioso y largo informe que tenía. Y sin darle más vueltas, comenzó a escarbar en la vida de Wirlack. Y sobretodo, ¿que diantres pasó con su mentalidad anti muggle para que acabara conviviendo entre ellos?

No lograba encontrar mucho más a parte de callejones sin salida. No había evidencias de su paradero antes de que lo hubiesen encontrado y lo que era más extraño, ni siquiera luchó cuando fue atrapado. Hermione estaba poniendo a su cerebro a trabajar a toda máquina. Sabía que iba a encontrar algún indicio, sabía que tenía algo entre sus ojos pero que se la estaba escapando, algo que no lograba dilucidar que diantres era.

La luz que atravesaba las ventanas propias de una espléndida mañana poco a poco acabó volviéndose en unos suaves y tenues rayos para simplemente desvanecerse.

—¿Quiegues venig con nosotros? vamos a gelajagnos un poco, altegnag un gato.—Hermione alzó la mirada y vio a Marie con una suave sonrisa mientras que todo el salón que anteriormente estaba lleno se había quedado completamente vacío.

Y con ello, la desaparición de Malfoy.

Ya eran las diez y media, hora suficiente para irse a casa y relajarse un poco. Hermione quiso decir que si, que quería salir, sentir la suave brisa en su cara, quería comer y que tenía un hambre voraz. Pero tan pronto como iba a abrir la boca se dio cuenta de un grave error que estaba a punto de cometer.

Si aceptaba, eso significaría estar cerca Lucius, y la verdad, si podía evitarle mejor.

—No, gracias, te lo agradezco, pero prefiero terminar esto, después me iré a casa a descansar.

Marie la miró algo preocupada, pero tampoco dijo nada.

—Está bien, pego ten cuidado, a veces esfogzagte mucho puede hacegte daño. —Marie la apretó la mano haciendo que Hermione se sintiera reconfortada —seguia muy tgiste no teneg tu pgesencia pog culpa del tgabajo.

Hermione la entregó una dulce mirada a pesar de no haberla podido sonreír como a ella la habría gustado.

—Gracias Marie, te prometo tenerlo en cuenta.

La mujer rubia la sonrió con cariño y se fue del salón llenos de mesas atiborrados de papeles, desapareciendo finalmente de su campo de visión.

Hermione dejó escapar un suspiro, y dejó que sus músculos que estiraran. Sentía que estaban demasiado agarrotados, demasiada presión sometida como para no pagar las consecuencias.

¿Realmente estaba sola? ¿realmente podía relajarse? ¿no había peligro?

La bruja sonrió y casi sintió la necesidad de saltar de felicidad.

Ahora si que podría trabajar con mucha más tranquilidad.

Volvió a la lectura pero, preciosa ironía que no podía concentrarse. Cuanto más trataba de buscar respuesta menos las veía. Y para colmo su visión se estaba volviendo borrosa. Quizás había pasado media hora y ni siquiera había sido capaz de pasar de página.

—¿Problemas en el paraíso?

Hermione pegó un respingo al escuchar la voz. Alzó la cabeza y se encontró con un Narro sonriente donde cargaba unas bolsas de plástico que dejó encima del escritorio de la chica.

—Yo… yo… —Hermione se ahogaba en sus propias palabras, recordando con vergüenza el comportamiento irascible y hosco que había tenido con el mago —perdón, lo siento no tenía por que hablarte de ese modo.

Narro sonrió aún más, agarró una silla y se sentó frente a ella.

—¿Porqué te disculpas? Es evidente que la falta de sueño y el estrés provoca que uno esté de morros. Era el cansancio el que hablaba por ti. Y eso, no es ningún delito.

Hermione sonrió al escuchar las palabras comprensivas de Narro, más aún la forma en la que la hacía entender que no era necesario disculparse.

—Eso no me da derecho a hablarte así, se que te hice daño…

—Hey, no te martirices Einstain. Lo que realmente me preocupa es la poca atención que tienes hacia tu salud.

Hermione se relajó, sabía que estando con Rigel se algún modo lograba calmarse al punto de no sentir esas continuas náuseas que no la dejaban en paz.

—Es simplemente que a veces me pongo nerviosa.

Rigel se puso más serio, y la miró con intensidad, casi, como si estuviera desnudándola con la mirada, como si fuese capaz de descubrir esos sólidos miedos que tanto quería esconder.

—Es por Malfoy ¿verdad?

Hermione abrió los ojos de par en par, y el poco color que tenía en su cara desapareció por completo.

—Por tu expresión puedo suponer que eso es un si. —dijo con una voz algo apagada, junto con una cincelada de disgusto.

La Gryffindor estaba demasiado nerviosa, sabía que eso no era bueno. Tan pronto como lo escuchó, la bilis subió por su garganta dejándola una desagradable sensación en su laringe. Las manos la temblaban más de lo que quería. ¿Que pasaría ahora? ¿la echarían? ¿la relegarían del caso? ¿creerían que no era lo suficientemente buena?

¿No era suficientemente buena?

¿No lo era?

¿Lo era?

—¡No es por eso! ¡puedo seguir trabajando! —exclamó alterada.

Ella quería trabajar en Francia, quería hacerlo con todas sus fuerzas, aún si eso significaba hacerlo bajo el mismo techo junto con Malfoy. No la importaba, la experiencia y sus gentes la animaban a seguir adelante. Se negaba a renunciar a todo eso por culpa de una persona.

—¡Puedo hacerlo! ¡puedo hacerlo!

El pánico atroz de que pensaran que no podía dar la talla la aterraba más de lo que creía. Más de lo que pensaba, y la ansiedad que la generaba provocaba esos "rebotes" de estrés y angustia.

La mano de Rigel acarició la suya.

Se sintió cálida; robusta; pero con la sensación acogedora de un chocolate caliente en una noche fría de invierno. Similar cuando estaba con la familia Weasley celebrando las navidades. Hermione alzó la cabeza y vio la expresión tranquila y pacífica del mago.

—No está en mi decisión si quieres quedarte o no. Jamás tendré el poder de decidir sobre una persona… ni yo, ni nadie.

—¿No me vas a relegar del caso?

Rigel se echó hacia atrás, acomodándose en su silla.

—Como dijiste anteriormente, yo no soy tu jefe; si no Malfoy.

Hermione sonrió más contenta.

—¿Y tú que eres? —interrogó con argucia.

—¿Yo? —preguntó el mago señalándose a si mismo —un simple asalariado.

—Algún día descubriré que se trae entre manos señor Narro. —aseguró la Gryffindor poniendo una expresión demasiado graciosa como para tomar en serio sus palabras.

El hombre sonrió anchamente mientras trataba de controlar una risa escandalosa.

—¡Merlín no quiera eso!—Rigel abrió las bolsas de plástico y sacó unas cajas de cartón blanco que parecían estar forradas con plástico junto con unos refrescos y dos manzanas—Es Cassoulet y Coq au vin —el mago acercó su "platillo" a la bruja —lo había comprado para llevar, pero por lo visto había comprado de más.

Hermione sonrió anchamente. ¿Había comprado de más? La chica no era tonta, y sabía más que de sobra que esas cajas de cartón llenas de comida habían sido compradas a intención.

—¿Y tu hija? —Hermione abrió la caja de cartón donde se encontró con una comida humeante y deliciosa. Y lo que era Caussolet era un delicioso revuelto de alubias blancas con un montón de embutido variado de diferentes carnes de animales que no logró descifrar a primera vista lo que eran— ¿no estará sola en casa?

Narro imitó la misma acción de la bruja abriendo el contenido que le correspondía.

Olió la comida y cerró los ojos disfrutando de los maravillosos olores.

—¡Cielos, no! La dejo sola y vuela en dinamita todo el edificio.

Hermione estuvo a punto de escupir toda la comida. No pudo evitar imaginarse a esa niña de botas rojas creando una bomba casera y sobretodo al imaginarse que Seamus Finnigan se habría llevado muy bien con Belona, en especial por su extraño amor hacia pirotecnia.

—Está con mi madre… —Narro se quedó pensativo, dejando que su cara se transformara en una angustiada —ahora que lo pienso… creo que era mejor que volara el edificio por los aires.

Hermione rió con fuerza, luchando por no atragantarse con la comida.

—¿Sabes que es lo peor? Que ahora la a dado por ver películas de Bruce Lee y está convencida de que es una princesa ninja y a ninja me refiero que cree que es china; que es una cazadragones que ha sido raptada y tiene que salvar a un príncipe encerrado por narcotraficantes de cocaína —Narro hizo un puchero mientras colocaba sus manos en la cabeza —lo peor es que a sido mi madre quien la a enseñado esas películas… eso explica lo trastornado que estoy. —murmuró aquello último.

La Gryffindor tuvo que dejar a un lado el plato, porque la verdad, las risas que trataba de callar la estaban ahogando.

—Ahh, señor. Solo espero que no salga igual de loca que yo.

La bruja lo miró con cariño, agradeciendo el intento de hacerla pasar un buen rato lejos del estrés del trabajo, haciendo que esos nervios se fueran disipando con lentitud.

Y por ello, estaría en

—Encontré algo interesante Rigel. —habló Hermione de una manera más informal.

El mago la prestó atención.

—¿De que se trata?

—No encontré absolutamente nada en los archivos del ministerio, no solo de este si no en el de Londres.

Narro se reclinó en su asiento con el ceño fruncido.

—Eso es raro, no importa que tiempo sea, hay ciertos documentos que nunca desaparecen.

—Si, como el DNI de los muggles o incluso la cartilla médica de su nacimiento, pero Wirlack no tiene absolutamente nada. Es como si hubiese desaparecido del mapa en toda la expresión de la palabra.

Narro se pasó la mano por la barbilla pensando con la misma intensidad como lo hacía Granger.

—Si un mago no tienen ningún documento que acredite su existencia, simplemente no puede participar en muchos actos mágicos pero… cuando se trata de un mago del que se le acusa crímenes contra la comunidad mágica… simplemente se les condena al beso de un dementor, sin ningún derecho a juicio —razonó preocupado.

—Lo sé, por eso estuve rebuscado y adivina. Hay un lugar en el que si, que aparece. —Hermione sonrió pegando un bocado al Cassoulet —voy a ponerte a prueba Narro. —bromeó la chica haciendo acopio de la vez que el hombre la examinó cuando entró por primera vez a la sede diplomática.

El hombre se santiguó abriendo los ojos mientras parecía estar rezando al espíritu santo.

—¿Qué lugar es el más seguro del mundo mágico? —preguntó Hermione.

—¿Cual es el lugar más seguro del mundo mundo mágico?… puff, ni idea, vete tu a… —Rigel abrió los ojos y la miró con de complicidad. —Hogwarts —susurró.

—Exacto, ya e enviado una carta a la directora McGonagall para que revise su expediente estudiantil. —Hermione bebió un poco de agua mientras sacaba unos archivos que tenía en los cajones interiores de su escritorio —Grindelwald jamás reclutaría a ineptos, por lo que el señor Wirlack tendría que tener las mejores calificaciones de su clase…

—Y por ende sería más fácil de encontrar.

—Así es.

Rigel la miró con orgullo y quizás, con algo de paternalismo.

—También estuve indagando después de que estallara la primera guerra mágica, y como era de esperar, no había absolutamente nada. Trato de pensar algo, pero incluso si investigo en el centro mágico donde se recopila la ubicación donde se realiza esos hechizos volvemos a estar en el mismo punto de partida.

—Como no tiene documentación es imposible rastrearlo. —razonó el mago.

—Pero hay algo.

Rigel la miró con atención.

—¿Algo? Vamos dímelo ya, me tienes en ascuas.

Granger sonrió al ver a un hombre de casi cincuenta años ansioso como un niño ante las ocultas palabras de la joven bruja.

—No hemos mirado los documentos muggles.

El mago abrió la boca una y otra vez. Asombrado y a la vez algo disgustado consigo mismo.

—¿Cómo no se nos pudo ocurrir?

—Sería una buena idea ir por allí, preguntar por los lugareños. Ellos saben más que nadie, estoy segura de que ellos sabrán algo;sobretodo los más ancianos. Estoy segura de que alguna vez hubo algo que los llamara la atención. Si lo que dice el señor Willckberg es cierto; sobre que Gravenson estuvo durante más de cuarenta años conviviendo con lo que más odiaba, es muy probable que alguien recuerde sobre la aparición de un hombre extraño con una personalidad que dejaba mucho que desear o incluso que sucedieran cosas extrañas.

Rigel la miraba con atención, escuchando todas sus palabras con detalle.

—Por su puesto, por lógica alguien tiene que saber algo; en especial los más ancianos. —El mago se pasó las manos por la cara, lo asombrado por rapidez en la que estaban resolviendo el caso. —ahora que lo pienso, podríamos preguntar al muggle que lo vio haciendo magia.

Hermione se reclinó en su silla.

—Eso es otra de las cosas que me parece extraño. —Hermione sacó otra carpeta —si Wirlack no usaba apenas la magia para su vida diaria, durante tanto, tanto, tanto tiempo…

—¿Porqué usarla ahora? —terminó Rigel por ella.

—Si, fue mucho tiempo, tiempo sin haber usado la magia. Y el motivo por el que le encontraron no solo fue por el muggle que fue testigo, si no por el potente hechizo que usó.—la joven bruja le entregó el informe de los Aurores que lo capturaron.

—No lo entiendo, ¿como has obtenido toda esta información?

—Pollux me facilitó todas las herramientas que necesitaba. —le respondió mientras pegaba un bocado a la Coq au vin.

Rigel la miró con una mirada que no supo descifrar, pero le recordaba a una maruja que sabía un secreto al que evidentemente se lo contaría a todo el mundo.

—¿Cómo es que te lo facilitó?

La chica, a sabiendas de por donde iban los tiros respondió entrecerrando los ojos.

—¿Tal vez porque es el abogado del acusado?

El mago abrió la boca para transformarla en una pequeña "o"

—También.

Hermione renegó la cabeza con una suave sonrisa.

—Lee el expediente.

Narro releyó con rapidez el informe.

Mit penitus diligere —dijo asombrado —pe… pero este hechizo es…

—Lo sé, yo también pensé lo mismo; es un conjuro muy poderoso… pero alguien como él no podría haberlo usado.

—Las personas…

—Lo sé, lo sé, pueden cambiar.

—No pareces del todo convencida.

La chica dejó que sus hombros se relajasen.

—¿Al punto de usar magia blanca en su estado más puro? —preguntó Hermione.

Rigel la contempló por unos largos minutos. Su voz no sonaba como alguien quien buscaba un culpable o al menos una cabeza de turco donde arremeter por todo el daño que la hicieron, más bien… era un reflexión, y muy acertada. Era esa duda que asolaba en las mentes de las personas; ¿existía Dios? De ser así, ¿porque dejaba que ocurrieran cosas malas? ¿existía el destino? ¿existe el paraíso? ¿hay vida después de la muerte? Esas preguntas transcendentales que siempre habían rondado en la cabeza humana. Y Granger se encontraba en esa incómoda situación.

¿Tanto podía cambiar una persona?

—Si, incluso eso. —Narro la miró con cariño —todas las personas tenemos un lado oscuro, un lado asqueroso que no queremos mirar ¿entiendes?

La bruja asintió sin estar del todo convencida, no dudaba de eso, no dudaba que una persona a raíz de la experiencia pudiera cambiar de perspectiva. Pero un asesino… alguien como él… eso iba a mayores.

—Solo una cosa Rigel; ¿crees que las personas como él pueden hacer tal cambio? ¿hacer algo tan, tan grande?

El mago la miró con una sonrisa, sus ojos eran tan expresivos que Hermione se sintió profundamente reconfortada. El cierto modo, sus miradas le recordaban a la calidez de sus padres.

—Antes no me dejaste terminar la frase. No iba a decirte que las personas cambian. Eso nunca pasa, ni ahora; ni nunca.

Ella la miró confusa.

—¿Entonces?

—Las personas no cambian, aprenden, que no es lo mismo. —Rigel se inclinó hacia la bruja —yo aprendí a hacerlo, aprendía de lo que veía; por lo que supe como no volver a cometer los mismos errores. Muchas veces lo que te hacen aprender son las personas que te rodean, hablar con ellos; interactuar o hasta discutir… eso, hace pensar y al pensar; aprendes. Probablemente el echo de obligar a Wirlack a experimentar y convivir contra aquello que más odiaba le hizo abrir los ojos… le hizo aprender.

Hermione entendió las palabras de Rigel, y no pudo hacer nada más que darle la razón. Era verdad todo lo que dijo, jamás lo habría pensado de ese modo, no habría sabido como hacerlo. La ventaja de Narro era la experiencia que había tenido a los largo de toda su vida y también la que le faltaba.

La bruja agradeció desde lo más profundo de su corazón, el echo de que el mago se molestara en explicarla el comportamiento humano, el echo de cómo una persona podía cambiar de ese modo.

—Gracias —dijo Hermione.

El mago sonrió anchamente y ambos acabaron por terminarse el resto de la comida que Narro había traído. Las horas pasaron con asombrosa rapidez. Y las interminables charlas de Rigel provocaron un efecto relajante en Hermione, logrando olvidar sus náuseas y los nervios que empezaban a pasarla factura.

...

Lucius volvió a la sede diplomática, solo esperaba no encontrarse con esa bruja a la que odiaba profundamente. Sabía que en parte podía echarla en cualquier momento, pero tampoco podía arriesgarse a tener a todo el ministerio mágico encima suyo y sobretodo… El idiota de Rigel… ese condenado… lo único que hacía era amargar su vida como si su vida dependiera de ello.

«No tengo ninguna obligación de ayudarles a defender a un criminal como ese»

Lucius apretó con fuerza la mandíbula. Le molestaba más de lo que a el le habría gustado admitir las palabras de Granger.

El mago abrió la verja de hierro para entrar en el ascensor.

—Te molesta porque te reflejas en él.

A Lucius se le revolvió el estómago. Alzó la mirada hacia su izquierda volviendo a ver a Narcissa en una de las esquinas del ascensor mágico.

—Déjame en paz.

Narcissa sonrió con crueldad.

—¿Dejarte en paz? ¿después de todo lo que hiciste? ¿después de todo el daño que causaste?

Lucius se negó a volver a mirarla y volvió a pusar con desesperación al décimo piso al que quería subir.

—Tú no existes, solo… solo eres una alucinación —se defendió Malfoy con seguridad. Tratando de demostrar que no estaba asustado. —solo estás aquí para torturarme ¡no eres más que un producto de mi mente! — exclamó alarmado en un acto de pánico.

—Soy tan real como tú querido ¿has olvidado la promesa que me hiciste?

El corazón de Lucius estuvo a punt de salirse de su pecho. Su pulso se le paró y por un instante perdió el color de cara.

—Dime Lucius, ¿porqué todo lo que tocas lo destruyes? ¿porqué simplemente… no desapareces? —preguntó Narcissa con una escalofriante sonrisa —¿porqué simplemente dejas de respirar?, ¿no sería lo mejor para todos?… Para Draco… Para mí.

El mago estaba agotado, estaba cansado. Solo quería cerrar los ojos y no ver en su campo de visión el espectro de su esposa. Solo… quería eso. Sabía que se lo merecía, sabía que todo lo que le estaba pasando se lo había ganado a pulso. Lucius realmente creía que no merecía el perdón de nadie.

Nadie quería perdonarlo.

Nadie en su sano juicio perdonaría a alguien tan corrupto como él.

Sus manos temblaban, tenía mucho miedo. Se sentía aterrorizado, ahogándose en su propia amargura. La culpabilidad y los horribles recuerdos no se iban de su mente. El modo en que ignoró el sufrimiento de su hijo. Cerrando los ojos… mirando hacia otro lado y luego; su esposa, su amada compañera… martirizándola con sus acciones, haciendo que ella cargara con la culpa de sus crímenes.

—Mira lo que me obligaste a hacer… por tu culpa estoy así.

Las palabras de su esposa resonaban con fuerza, con tanta que sentía que se iba a romper en dos.

«Por tu culpa»

Lucius sintió el amargor en su garganta, donde su estómago se cerraba de par en par.

«Por tu culpa»

El mago apoyó su cabeza en una de las esquinas del ascensor cerrando los ojos con fuerza mientras trataba de aguantar aquellas voces chillonas de su cabeza que lo estaban volviendo loco.

—Basta, por favor. —suplicó Lucius.

«Por tu culpa»

—Basta Narcissa.

El rubio se tapó los oídos con las manos. En un acto desesperado para que dejase de doler.

«Por tu culpa»

—¡Basta!

Las voces seguían firmes, más fuertes y chillonas. Aquellas palabras no desaparecían de su mente, no lograba hacer que desaparecieran.

«Por tu culpa»

—¡BASTA!

El ascensor se paró y se abrió. No había nadie. Narcissa no estaba. Miró en las esquinas, aterrado ante la idea de volver a verla. Pero no había nadie más allá que su reflejo.

No había peligro.

Lucius se pasó las manos por la cara, sintiendo sus asperezas impactando contra su piel. Estaba hiendo de mal en peor, estaba perdiendo la cordura, poco a poco, caía en un abismo oscuro y terrible. Un abismos que lo envolvería en la locura más absoluta asilándole de los placeres más tiernos de la vida.

El hombre salió del ascensor y se sorprendió de ver que en una de las salas donde el trabajaba nacía una tenue luz que solamente iluminaba una pequeña franja del pasillo; fruto de las suaves fulgores emitidos por las lámparas.

«¿Quién diablos trabaja hasta las dos de la mañana?»

El lugar estaba en silencio, y era agradable esa idea. Parecía tan pacífico que casi le invitaba a dormir en cualquier parte del pasillo.

El mago se acercó al lugar donde provenía esa luz y le desconcertó la imagen que vio. Quizás no era del todo extraña, pero si inusual.

Rigel estaba en silencio, revisando unos papeles que supuso que serían del ministerio mientras que cierta bruja de Gryffindor estaba recostada en la silla de su escritorio durmiendo plácidamente, no sin antes haber sido envuelta en una cálida manta.

Narro se percató de la presencia del rubio y se giró entregándole la mejor de sus sonrisas. Lucius lo miró con sequedad, sin corresponder a gesto.

—Me temo que alguien estaba muy cansada —susurró sin dejar de sonreír.

Lucius se acercó a ambos, contemplando la escena, no sin antes lanzar a Hermione una mirada cargada de desprecio.

—¿Que hace ella aquí? —dijo en un tono bajo, pero que curiosamente no era lo suficientemente alto como para despertar a alguien.

—No lo sé, creo que trabaja aquí y dicen por ahí que se llama Hermione Granger—Narro estiró la boca hacia abajo como si hubiese echo un descubrimiento digno de los mejores premios— te has quedado alucinando ¿eh?—alzó las cejas — a que si.

Lucius renegó con la cabeza, clamando para que alguien le diera paciencia.

—¿Tú eres tonto?

El mago lo miró con una sonrisa radiante, al punto de que sus ojos brillaban de felicidad. Reacción poco lógica ante alguien que lo recientemente lo había insultado.

—Mi madre dice que tonto es el que hace tonterías.

Iba a matarlo algún día, definitivamente lo mataría.

—Lo siento, siempre quise decir esa frase, pero nunca tuve la oportunidad. —se disculpó Rigel entre suaves risas.

—Me cuesta creerlo.

El mago mestizo cambió su mirada para posarla hacia la chica que estaba durmiendo en un profundo sueño.

—Es una chica muy peculiar ¿no crees?

Lucius miró también en dirección hacia la joven bruja.

No había nada particular en ella. Sus rizos eran un desastre, su piel parecía enfermiza, las bolsas que tenía bajo los ojos junto con las ojeras la daban un aspecto terrible. Sin mencionar su espantoso gusto para vestir; un jersey de lana rojo junto con unos vaqueros y unas zapatillas deportivas… nada acorde a sus gustos.

—No hay nada en especial con ella, es una vulgar impura —escupió con asco.

Rigel sonrió en vez de ofenderse, más aún conociendo de sobre el carácter del rubio.

—¿Sabes donde me la suelo encontrar?

El Slytherin enarcó la ceja.

—Sorpréndeme. —dijo con un tono de voz apagado con cierto matiz malhumorado.

—Está en la fuente del lobo y la cierva.

El mago sonrió de oreja a oreja cuando vio la expresión de asombro por parte del rubio. Simplemente, era la primera vez que lo veía realmente sorprendido.

—Me explicó un día que suele ir allí cuando está nerviosa o cuando simplemente no puede conciliar el sueño. Que tiene algo de magia que logra capturarla por completo… igual que tú.

Lucius ya sabía por que camino trataba de ir el mago. Y eso lo estaba enfureciendo.

—No te atrevas a compararme —el hombre miró a la chica que dormía plácidamente en la silla —con esa sangre sucia.

La rabia burbujeaba por cada vena de su cuerpo, apreciaba la sinceridad de Narro y la verdad, lograba hacer que sus días no fueran tan miserables. Pero que se atreviera a tratar de igualarla a Granger, aquella asquerosa impura que junto con sus amiguitos le había destruido la vida. Que quisiera igualarlo a él, un sangre pura, un perfecto mago dictado por los ideales mágicos más arcaicos, manteniendo el linaje puro en base a sacrificio tras sacrificio… era imperdonable.

Narro no cambió su mirada divertida, ni siquiera se molestó por el tono despectivo con el que usó contra Granger.

—Yo soy mestizo. —añadió el mago con un tono inocente.

Lucius le fulminó con la mirada. Pero por otro lado se ablandó.

—Lo sé.

—¿Pero eso no va en contra de tu ideología?

El rubio tragó con disgusto, no es que sus ideales hubiesen cambiado, seguían ahí presentes, sólidos y firmes como el acero. Pero eso no significaba que fuera incapaz de tener amistades fuera de su círculo de confort. Amistades que habían sido muy dolorosas… tanto, que a veces llegaba a sangrar.

—Mi mejor amigo también era mestizo —susurró con una profunda amargura. —y murió por defender a esa chica y su patético amigo… a toda esa inmundicia—se sinceró el mago.

Rigel le entregó una sonrisa única, privada y leal. Solo para él. Entendiendo el profundo dolor que sentía bajo esas palabras con las que se trataba de escudar.

—¿Es por eso que te martirizas tanto?

El Slytherin no contestó, se limitó a estar en un profundo silencio, arraigado en una oscura necesidad de tener algo de control en sus pensamientos. Lucius dirigió su mirada a la joven que dormía plácidamente en la silla, ajena de todo lo que sucedía a su alrededor.

Y por una vez, no fue odio lo que proyecto contra ella; si no anhelo.

Ella siempre tendría la calidez y el amor de la gente que la rodeaba, de gente que siempre daría su brazo por ella. Gente, que siempre la colmarían de palabras dulces y cálidos agasajos. Gente, que la amaría por su forma de ser.

Ella era afortunada.

—Yo ya estoy exento de todos mis pecados. —finalizó mirando a los ojos de su amigo.

—Pero… ¿te has perdonado a ti mismo?

El patriarca de los Malfoy se alteró.

—¡No te atrevas a tratar de analizarme! —exclamó iracundo.

Hermione se movió un poco ante la violente reacción del rubio, provocando que Narro le reprochara con la mirada.

—Lucius, puedes cabrearte conmigo todo lo que quieras, pero por favor, ten suficiente corazón para no despertar a la pobre Einstain. —El mago se levantó de la silla con sigilo —por cierto, ¿para que has venido hasta aquí?

—No lo sé, ¿tal vez porque vivo aquí? ¿porque literalmente no tengo otro sitio? ¿porque me quitateis todo lo que tenía? ¿te parece suficiente razonamiento? —ironizó con acidez a Narro.

—Je je je je je, me olvidé de eso. —se rascó la cabeza avergonzado —en ese caso, para que su alteza real no sea molestado, despertaré a la señorita Granger para que se pueda ir de sus altísimos aposentos. —bromeó haciendo una exagerada reverencia.

—Haz que se vaya, no la quiero tener aquí ni un minuto más.

Lucius devolvió una última mirada cargada de rencor hacia Granger y se marchó del salón. No quería estar en ese lugar. No quería hablar con nadie. Solo quería irse a dormir y que el mundo se olvidara de él.

—Lucius —llamó con suavidad Rigel.

El mago se paró maldiciéndole de todas las formas posibles.

—¡¿Qué?! —exclamó encarándose al ese imbécil.

—Que duermas bien.

El tono sincero que usó el mestizo junto con su expresión pacífica sin rastro de burla hizo que Lucius se sintiera "ligeramente" culpable de haberle chillado.

—Buenas noches a ti también Rigel.

Y fue ahora, cuando finalmente logró sumergirse en la oscuridad de las habitaciones.


NT

La idea de ver a un Lucius tan amargado de la vida y tan roto y desecho me atrae. Me refiero, creo que es una visión acertada de como habría sido este hombre si hubiesen escrito que hubiese sido de su vida años más tarde.

Os aviso que la relación entre Lucius y Hermione se consolidará de forma lenta. Si lo que quereis es ver una relación rápida... no os lo recomiendo, este no es vuestro fic.

Rigel es un personaje que puede parecer muy bobo, pero la verdad es que me a encantado escribir sobre él, y sobretodo la gran personalidad que tiene. Y la verdad, a habido momentos en los que me e partido de risa al escribirle. De todos modos, prestad mucha atención a todo lo que dice.

Parecerá extraña la relación de amor odio que tiene Lucius y Rigel, pero, en mi humilde opinión creo que es muy sincero y claro. No se andan con tonterías, del mismo modo que Malfoy puede decir todo lo que piensa con total libertad (algo a lo que no está acostumbrado) y Narro... bueno, es simplemente Narro.

Y con esto termino.

Sé que tardé mucho en actualizar, pero tenía que tener un orden correcto sobre las escenas y tampoco sobrecargarlas con humor. Tenía que meterle el dramatismo justo y necesario con sus dosis de ironía en el momento adecuado.

Saludos desde España y espero que os gustara el fic.
Y comentad, eso me haría muy feliz.