"Las paredes que construimos a nuestro alrededor para mantener fuera la tristeza, también impiden que entre la alegría."
Jim Rohn
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Capítulo 7: Frío III.
Hermione no podía evitar sentir que no había descansado en absoluto. A pesar de la arrollante amabilidad de Narro al haberla permitido tener un merecido sueño en condiciones tras noches enteras de insomnio.
¿Pero porqué seguía tan agotada? ¿porqué sentía que sus párpados pesaban tanto? ¿porqué a cada lugar que iba la perseguía el sueño? La bruja no comprendía porque la somnolencia se había quedado impregnada en su sistema. No solo eso, su estómago comenzaba a doler demasiado. No era de manera continuada. Si no en momentos puntuales. A veces, el dolor era ligero, simples molestias que cualquiera podría tener, mientras que otras… a veces llegaba a estar paralizada por segundos con tal de que no sentir sus tripas enredándose las unas con las otras.
El estrés iba en aumento, el hambre que, por alguna razón que no lograba comprender había desaparecido. Teniendo siempre esa sensación de malestar en su estómago. Y una extraña sensación de mareos continuados que no se desprendían de ella ni por un segundo.
Hermione se miró al espejo de los lavabos del ministerio.
Estaba espantosa.
Su cabello se había debilitado y el poder que alguna vez tuvo se fue decayendo como las hojas de los árboles en otoño. Sus ojeras junto con unas bolsas bajo sus ojos la daban un aspecto horrible y su piel… daba asco, el tono dorado que alguna vez tuvo se fue transformando en una piel más pálida y enfermiza. Estaba más delgada… estaba enfermándose, pero Hermione se negaba a verlo.
No quería darse cuenta.
¿Que pasaría si eso realmente sucediera?
La Gryffindor se secó las manos con su jersey marrón.
¿Porqué estaba tan nerviosa? ¿porqué se estresaba tanto?
Tenía buenos motivos para hacerlo.
Hoy visitarían en la prisión de "Losobliés" o como Marie la había explicado, la cárcel de los olvidados. Y ese no era el problema. Visitar a un condenado o no, no suponía ningún problema para alguien como Hermione. Pero si, quien la acompañaba.
Lucius Malfoy.
Por alguna condena razón, Rigel se había empeñado en que tenían que ir los dos. ¿Es que no había alguien lo suficientemente válido para hacer esa revisión carcelaria?
¡Ja!, ella no era tan tonta, sabía que ese mago se traía entre manos ¿pero el qué? ¿que ganaba tratando de juntarlos? ¿hacer que sus necesidades de matarse se redujeran? Por que no veía otra explicación lógica. ¿Acaso no había ningún puñetero mago de toda la condenada Francia que pudiera ir con Malfoy? ¿Era la única? ¿esa era la realidad?
Y una mierda.
Hermione se sobó la mejilla mirando su reverberación con una expresión de resignación total.
—En que lío te has metido Granger.
De alguna forma, la hizo gracia hablarse a si misma, e incluso la animó un poco más (aunque esperaba no recibir ninguna respuesta de su reflejo en su vida)
—¿Estás lista Granger?
Una voz sonó detrás de la puerta de los lavabos para las mujeres.
Si, en definitiva, mataría a Narro no solo por complicarla la vida, si no por tener el descaro de meterla prisa. Más aún cuando se trataba de ir bajo el mismo techo con Lucius. Aunque por suerte, simplemente el patriarca Malfoy estaría presente en el interrogatorio del ex-mortífago.
Hermione abrió la puerta y vio a un Rigel sonriente.
La bruja jamás lo habría creído, pero nunca pensó que ver a alguien sonriendo la habría molestado tanto.
—Oh vamos Granger no hay de qué preocuparse. Él está encadenado.
"Malfoy no está encadenado, Rigel" pensó con sarcasmo.
Hermione salió del ministerio junto con el mago que no paraba de parlotear sobre algo que ni ella misma estaba dispuesta a escuchar.
La bruja alzó su cálida mirada al cielo nublado de París. Estaba gris, y una ligera llovizna caía con gentileza en los suelos parisinos mágicos de Francia. ¿Quizás el propio cielo comprendía su dolor? ¿sus penas? ¿era un consuelo mutuo que se estaban dando?
Ojalá fuera así, no estaba nada animada. No quería ir a ese lugar con Malfoy, no tenía fuerzas. Por alguna razón, los últimos dos días las miradas de Lucius se habían intensificado hacia ella, mirándola con tanto asco y repugnancia que estaba logrando que Hermione se sintiera pequeña. Y eso la molestaba, porque si al menos fueran insultos sabría como lidiar con ellos, pero no con esos ojos de hierro. No cuando realmente no tenía motivos para encararlo. ¿Qué iba a decirle?; ¿que no la mirara? ¿que simplemente se limitara a hacer que no existía?
Ojalá fuera tan fácil.
Pero el verdadero origen del enfado provenía de la misma persona donde había renacido ese enojo.
Ella misma. Ella misma por dejarse empequeñecer de ese modo tan absurdo. Por dejar a alguien tan cínico como Malfoy pudiera reírse de ella.
¿Porqué diablos la afectaba tanto? ¿porqué no se revelaba contra él?
¿Porque… ?
¿Porque… ?
Tantas preguntas, tantas cuestiones que no tenían respuesta que no único que lograba era un fuerte dolor de cabeza.
Hermione y Narro cruzaron la calle para meterse en una callejuela pequeña y oscura. Donde la limpieza brillaba por su ausencia. Se metieron en una cabina telefónica diminuta, cerraron la puerta y Rigel comenzó a marcar un número codificado.
—Catorce, uno, dieciocho, diecisiete, doce, cinco, diecisiete y… catorce.
La bruja se sorprendió del larguísimo código numérico que había marcado el mago en la cabina telefónica.
—Es el nombre de Napoleón —explicó el hombre con una sonrisa.
—¿Porqué le pusieron como contraseña ese nombre? Hubo muchos magos franceses que fueron los mejores alquimistas de toda Europa.
Dentro de la cabina se acabó transformando en un extraño ascensor similar a los del ministerio de Londres. El suelo se abrió en dos como si de una trampilla se tratase, dejando que una placa de cristal hiciera la función del suelo, solo que provocando un vértigo horrible a las personas que tuvieran un pánico atroz a las alturas. Lo único bueno, fue el momento en que aparecieron unas correas en el techo, aunque no estaba del todo segura si alegrarse o salir huyendo del lugar.
—Muy cierto, pero Napoleón estuvo metido en el mundo de la magia.
Hermione se sorprendió al escucharlo.
—Pero el era muggle.
—Si, pero descubrió por accidente a la comunidad mágica y en vez de hacer una persecución horrible hacia ellos optó por protegerlos y defenderlos de aquellos que querían descubrirlos. Como entenderás, la comunidad mágica hizo una excepción con él y no le borraron la memoria.—Rugiel comenzó a buscar un papel que tenía en sus bolsillos —Fue muy querido y respetado en el pequeño círculo mágico de Francia y lo que es más importante, jamás pidió nada a cambio por protegerlos y tratar de mantener el secreto.
—¿Es por eso que es tan querido en Francia?
Rigel miró ilusionado el papel donde supuestamente parecía tener algo muy importante.
—Así es, por parte de los muggles fue un gran conquistador que llevó a Francia a una época dorada, mientras que para los magos preservó su legado y los defendió y protegió de aquellos que querían perseguirlos. Puede que en los países vecinos le odiaran, desde luego que tenían sus razones, pero aunque fuera condescendiente con aquellos que se interpusieran en su camino siempre fue muy amable con sus compatriotas; y sobretodo, amaba a su tierra y a sus gentes. Y eso, querida Hermione da muchos puntos. Sobretodo cuando tus reyes son una panda de vagos que destrozan el país.
La chica sonrió algo más, satisfecha de haber aprendido algo nuevo y estar algo más tranquila.
—Será mejor que te sujetes.
Rápidamente un torbellino comenzó a envolverlos como si se tratase de un translador. Y el mareo no tardó en hacerse notar.
¡Ja!, ahora entendía porqué habían colocado esas correas en el techo.
La bruja, desesperada, agarró con fuerza las telas que colgaban y cerró con ojos con tanta presión que sintió una intensa punzada de dolor en sus cuencas.
La transición en la que salieron del ascensor hacia la prisión donde se encontraba Wirlack fue más rápido de lo que alguna vez habría podido creer. Rigel sacó una especie de pase especial, y a especial se refería al ver la expresión de asombro de varios Aurores y al ponerse "tiesos" como decía Narro, al ver de quién se trataba o mejor dicho, quién les mandaba.
Todo era demasiado gris, demasiado lúgubre y triste. Era como si te absorbieran todos los ánimos con tan solo estar en presencia de ese hórrido lugar.
—Bueno, pues estamos oficialmente en "Losoblies"
Hermione Granger miró al mago y la expresión afable que tenía se desdibujó de su rostro. Rigel alzó la varita e hizo un pequeño gesto con la mano haciendo que un paraguas negro apareciera en su mano.
Miró hacia adelante y de algún modo, su campo de visión se volvió lúgubre, sin esperanza… sin vida. Era una larguísimo puente de piedra grisácea que, junto con el tiempo que hacía quitaba la alegría a cualquiera. Había dos Aurores; uno de origen francés y el otro originario de Hungría que los acompañaron en un estremecedor silencio hasta el final del puente donde se encontraba el encargado de vigilar todos y cada una de las celdas.
Era un homber muy mayor, casi anciano, tenía una leve joroba y una mirada en su cara que parecía que la acaban de robar el alma.
—Pollux está junto con Malfoy, ambos nos esperan en la celda. —dijo Narro tratando de distraer de alguna forma a la bruja.
Hermione asintió con pesadez, de manera casi inperceptible.
—No creo que les sea de ayuda. —intervino el celador —ese tal Wirlack no a mediado palabra en ningún momento, ni siquiera sé si es mudo.
Aquello no era bueno, si querían ayudar a Forneus necesitaban la absoluta colaboración por su parte, maldita sea, ¡era su vida la que estaba en juego!
Los dos magos subieron por unas estrechas escaleras donde solo podían ir el uno detrás del otro. Del mismo modo que el puente era lúgubre pasaba lo mismo con el interior de aquella horrorosa cárcel. Era oscuro, ruin y diabólico y lo que era peor, de algún modo de consumía el alma.
—Celda mil cuatrocientos ocho.
El carcelero sacó unas llaves que fácilmente recordó a Hermione al viejo Filch cuando vigilaba por las oscuras noches nocturnas de Hogwarts.
—Si alguna vez necesitan huir por motivos de seguridad, no duden en encerrarlo. Estas llaves pueden hacer que se paralice el suficiente tiempo para que puedan huir.
La bruja se preocupó.
—¿No es el hechizo Ferrumigne?
—Así es, soy consciente de que se prohibió en todos los países, pero a sabiendas de las sabandijas que se esconden por aquí, ese hechizo es efectivo para mantenerlos a raya.
A Hermione no la agradaba que se tuviera que usar un hechizo tan letal como ese, introduciéndolo en un llave. Si un preso quisiera escaparse, esa llave se volvería incandescente, se volvería en llamas y arremetería contra el cuerpo del mago que quisiera huir, e incluso podría llegar a matarlo. Se podría decir que era una especie de bala mágica con forma de llave que podía matarte lentamente y hacerte pasar por un calvario indescriptible donde el dolor podía llegar arozar la locura.
Tan simple y tan letal.
—Se encontrarán un largo pasillo, sabrán que es su celda por que habrá dos Aurores. Si necesitan algo, llámenme.
Rigel dio las gracias, aceptó la llave y se adentraron en un largo pasillo oscuro y siniestro donde, tal como dijo el celador, estaban dos aurores que custodiaban la entrada.
La bruja estaba más nerviosa de lo que la habría gustado estar. Sabía que Pollux Willckberg era un tipo legal, alguien de fiar como también lo eran los dos Aurores que custodiaban la celda… pero, Malfoy no.
«No seas imbécil Hermione, si te hubiese querido hacer daño lo habría echo tiempo atrás» se riñó a sí misma.
Rigel y ella entraron finalmente a la lúgubre celda de Forneus Wirlack. La celda en si misma era una miseria. Una simple cama de paja y una silla en la otra punta de la habitación. Pero… eso no fue lo que la hizo arrugar su rostro.
Jamás lo pensó, ni en mil años lo habría creído. Pero por una vez, comprendió que una persona podía generar terror con su presencia. Y esta vez, no era Malfoy. Dudaba que él lograra generar tanto poder solo por su mera presencia. Y hasta Voldemort se quedaba corto a su lado. No, ni siquiera Bellarix era capaz de generar tanta pesadez, ni con toda esa abundante locura que regaba con maldad cada partícula de oxígeno que ella respiraba.
Sadismo.
Odio.
Ira.
Todo eso se podía percibir en el ambiente. Era pesado, y a Hermione la costaba respirar. Parecía como si el propio Wirlack se estuviera mofando de ellos mientras consumía todas sus energías. Mientras se deleitaba de su sufrimiento. Una naturaleza atroz que clamaba sangre a sus víctimas, era como si el propio Forneus perteneciera a una raza superior a la de ellos. Como si todos los de su alrededor fueran simples gusanos.
Parecía que aquella ideología supremacista de sangre pura fuese real.
Un hombre que parecía de otra casta superior, un eslabón superior a la raza humana. Tanto poder que emanaba que si el propio Voldemort hubiese sabido de su existencia probablemente le habría pedido de rodillas que se uniera a él.
Hermione contuvo el aliento. Puede que fuera un hombre muy mayor, teniendo los setenta cumplidos, pero el halo de caos y destrucción junto con una maldad latente que era imposible de respirar le hacía saber a todos los presentes que podría matarlos con solo una mirada.
Era alto, y mucho, aunque estuviera sentado y encadenado en las muñecas con pesadas cadenas que colgaban de la pared, se podía percibir que su estatura era de considerable tamaño; Casi los dos metros. Era delgado, pero no por ello significase que fuera débil. Parecía incluso que mantenía esa constitución física con la única intención de ejercer el engaño para aquellos pobres infelices que osaran en retarlo.
El pelo era completamente blanco, aunque con algunas hebras grises que habían quedado en su juventud, lo que la indicaba que debió de tener el pelo oscuro cuando en tiempos pasados, fue joven alguna vez. Era largo, de echo le llevaba algo más abajo de su torso.
Tenía unos rasgos feroces y afilados. Una nariz larga y puntiaguda junto con unos rasgos muy agraciados, ahora, tapados por la vejez y las arrugas.
Y sus ojos.
No miraban hacia ningún lado más que el suelo, como si los sujetos que estaban a su alrededor fueran asquerosas lombrices que no merecían la pena de mirar.
Parecía un lobo entre corderos.
Oh, si. Esta vez Hermione Granger tenía a alguien a quien temer de verdad. Hermione comprendió que estaba delante de un verdadero mortífago. Un verdadero asesino.
—No a mediado palabra desde que lo capturamos. —habló Pollux.
—¿Ninguna palabra? ¿nada? —preguntó Rigel incrédulo.
—Absolutamente nada.
Hermione miró de reojo a Malfoy, de manera discreta.
No parecía estar muy ajeno a la conversación. De echo, ni siquiera estaba escuchando lo más mínimo. Su pirada grisácea estaba pegada al preso que tenía delante. Era como si el propio Malfoy estuviera viendo con horror y admiración una bestia horrenda y peligrosa. Con miedo y a la vez que con adoración.
Y no lo culpaba.
—Bueno, habrá que intentarlo. Como dice; "a la tercera va a la vencida" —dijo algo animado Rigel, aunque lo hacía más por autocompasión que por creer que realmente fuera a suceder algo.
Willckberg no dijo nada más allá de callar un suspiro ante el perpetuo silencio de su cliente.
—Veamos señor Wirlack. ¿sabe como se llama?
Silencio.
—¿Sabe porqué está aquí? ¿porqué cree que está preso?
Silencio.
—¿Sabe de qué se le acusa?
La Gryffindor miró con cierta lástima. Sabía que por muchas preguntas que le hicieran a ese preso no iba a conseguir mucho más que la misma respuesta silenciosa.
Nada.
Tanto Pollux como Narro continuaron sus preguntas. Era una verdadera sorpresa el modo en que todavía luchaban por hacer que Forneus lograra decir algo. Hermione pensaba incluso si quizás el celador estaba en lo cierto. Quizás aquel mago era mudo, que algún hechizo le había echo estar así.
Pero dudaba que fuera eso. Si hubiese sido así habría tratado de hablar, de gesticular de expresarse por lenguaje de señas, y desde luego que no era el caso.
Lucius y ella se encontraban en la misma situación. Observando, analizando, examinando al curioso sujeto que habían capturado de lleno su atención. Aunque ambos estuvieran en lados opuestos de la habitación se estaban imitando de manera inconsciente el uno al otro.
—Por favor señor Wirlack, necesitamos su cooperación
La voz de Pollux sonaba desesperaba, cansada de estar hablando solo, de no tener en ningún momento ni una condenada respuesta.
—Oiga, si no contesta a ninguna de las preguntas le juzgarán sin juicio previo ¡le darán a los dementores! —exclamo Rigel cansado de la terquedad del mago.
Como era de esperar, solo hubo silencio. Ni siquiera movió ni un solo músculo de su cuerpo. Ni siquiera cuando escuchó algo tan grave como que estuviese a punto de morir por los dementores.
—Es precisamente lo que quiere —dijo por primera vez Malfoy.
Todos se giraron hacia él, excepto el propio Forneus que se limitaba a mirar el suelo.
—Él, no teme a la muerte. Él la espera. —explicó Lucius. —él quiere que le entreguen a los dementores.
Él quería morir.
Quería hacerlo.
No temía en desaparecer.
Rigel miró a Pollux pasando por Lucius y finalmente descansar su mirada en el cuerpo de Forneus.
—Señor Wirlack; ¿es usted consciente de las palabras que le acaban de decir? —preguntó Narro.
Otro aletargado silencio sin indicio alguno de reacción. !Parecía un condenado mueble!
—Señor Wirlack, le vuelvo a preguntar ¿comprende la gravedad de su situación? ¿realmente desea ser entregado sin juicio previo al ministerio de magia? —volvió a preguntar Rigel.
¿Realmente deseaba morir? ¿tan poco le importaba que fuera a fallecer de esa manera tan horrible y atroz?
Sin embargo, aunque Hermione estuviera de acuerdo con Lucius; había cosas que no tenían sentido. Si Wirlack realmente quisiera morir se vería a un hombre devastado, a un hombre completamente roto. Unos ojos sin vida y sin fuerzas para seguir viviendo. Eso, habría sido lo lógico según la teoría de Malfoy… pero no era así. La energía que se podía respirar en esa celda era de desprecio, de asco, como si toda la situación le enojase por lo ridícula que era. Una persona que quería morir no podría desprender tal cantidad de negatividad. No al menos con esa intensidad y con esa rabia.
Forneus había aceptado su muerte.
Que no era lo mismo que desearla. Y si realmente lo deseara, no sería en el modo en que lo estaban exponiendo.
Rigel se pasó las manos por la cabeza desesperado renegando con la cabeza, del mismo modo que Pollux se limitaba a suspirar con la esperanza de salvarlo echo pedazos y Lucius… optó a salir de la celda con desgano, parecía incluso que estaba decepcionado por su descubrimiento.
De algún modo, la celda se quedó vacía con Forneus en la misma posición en la que le encontraron y a Hermione Granger estática en la misma posición en la que había llegado.
Hermione sabía que lo que iba a hacer era una de las mayores imprudencias que cualquier mago o bruja podría cometer en su sano juicio. Pero a esas alturas, poco importaba si sus acciones distaban de ser, o no con sentido común.
La muchacha, desobedeciendo a toda orden lógica se acercó a Forneus. Algo temblorosa, casi parecía un corderito caminando hacia el matadero.
Ella trataba de autoconvencerse, de que sabía que nada malo iba a pasarla, que Rigel y Pollux junto con dos Aurores que daban más que la talla, estarían allí para socorrerla en caso necesario. Aunque estaban más centrados en hablarse el uno al otro discutiendo sobre lo que podrían hacer con Forneus que en darse cuenta de que Hermione, no había salido de allí y que estaba a solas con un sádico que no dudaría en matarla.
Hermione dio un paso tras otro, y lo que parecía tan lejano al estar al lado de la puerta se volvió cercano e imprudente. Pero no la importaba, sabía que Wirlack quería luchar, que no estaba en su naturaleza rendirse, menos aún cuando era más que latente en el ambiente que ese hombre no era de tirar la toalla. No, su naturaleza le dictaba a luchar contra todos, hasta contra si mismo si eso precisaba.
Hermione se quedó a tan solo un par de metros del preso. Solo unos pocos. Pero a esa distancia, dudaba que pudiera levantarse y tratar de hacerla daño. No olvidaba que Pollux había estado a su lado y el ex-mortífago ni se había inmutado.
Y aún así…
Su pulso se había disparado, mentiría si decía que no tenía miedo. La verdad, estaba aterrada. Pero había algo que superaba todos sus temores. Había algo que tenía ese tal Forneus que la hacía incapaz de creer que ese mago se había limitado a rendirse. Había algo que la decía que debía de ayudarlo. Una vocecilla interna que pese a la ironía, era una voz silenciosa.
—Señor, ¿me escucha? —preguntó Hermione con suavidad y sosiego.
La cabeza de Wirlack se levantó en el acto, como si lo hubiesen despertado de un sueño.
Unos ojos negros como el carbón la miraban con Euforia. Era como si él estuviera contemplando a la criatura más bella y hermosa. Era deleite lo que había en sus ojos y no odio como habría podido esperar.
Hermione estuvo por correr, por salir huyendo, y estuvo a punto de hacerlo si no fuera porque unas manos rápidas y feroces la sujetaron con fuerza atrayéndolo hacia él.
Entre el grito de Hermione y el sonido de las cadenas moviéndose de manera violenta fue más que suficiente para que Rigel, Willckberg y hasta el propio Lucius Malfoy se dieran cuenta de su terrible error al ver que Granger no estaba con ellos.
Hermione apenas podía comprender que era lo que estaba sucediendo. La bruja creía que Wirlack la mataría, que la despellejaría o que al menos trataría de infringirla el mayor dolor posible. Pero no fue así.
Sus rostros estaban apenas a unos centímetros de sus caras. Casi podían rozar sus narices.
La chica estaba más asustada de lo que alguna vez podría haber admitido. Casi tanto, como lo estuvo en la mansión Malfoy.
Forneus agachó la cabeza y se acercó a su cuello, sintiendo como aspiraba su aroma.
—Canela… dulce canela… hueles como ella… hueles como ella. —susurraba como si estuviera en una alucinación más onírica que real.
—Señor… suélteme. —trató de farfullar con todo el valor que tenía. —por favor… le pido que me suelte. —dijo Hermione luchando contra los brazos que la tenían firmemente agarrada por la espalda.
Wirlack, como era de esperar, no hizo caso. Estaba sumido en su propio mundo. Deleitándose con la fragancia de la muchacha. Hundiendo su nariz en aquella deliciosa montaña de rizos dorados.
—Si… —murmuró con una voz profunda y maquiavélica—debes de ser un mensaje de Colette… Colette, mi dulce Colette… —Wirlack cerró los ojos y se deleitó del suave aroma que emanaba la joven bruja.
Miel, canela y un ligero olor afrutado.
La mente del mago oscuro viajó por unos instantes a unos paisajes cálidos y hermosos. Tan tiernos, tan dulces… aquella extraña mujer olía igual que esa felicidad. Esa calidez que había logrado transportarlo a unos momentos de absoluta placer.
Las manos del preso se aferraron con más fuerza en la espalda de Hermione provocando que ciertas punzadas de dolor llegaran a su cerebro.
—Si… tu has sido enviada por ella… es la única explicación. —susurró con suavidad con un halo de ternura.
Hermione no ignoró el nombre de aquella mujer.
Colette. ¿Quién diantres era Colette? ¿quién era para que el propio Forneus se dignara en abrir la boca? ¿Tan importante era?
Hermione cerró los ojos con fuerza. El oxígeno comenzaba a fallarla, y la poderosa magia que estaba desprendiendo Forneus hizo que se agravará aún más su inevitable colapso. No sentía que algo malo la fuese a ocurrir… todo lo contrario. Se sintió extrañamente protegida. Casi como si la propia magia de Forneus la estuviera colmando del descanso tan necesario. Como si estuviese quitando toda esa energía negativa que durante tanto tiempo había acumulado.
«Duerme»
La voz sonaba ronca y pesada. Pero familiar, era cálida y suave. Sonaba como un padre calmando a una hija inquieta.
«Duerme»
Volvió a sonar esa voz. Y retumbó con más fuerza en sus oídos. Era una extraña sensación de borarchera, pero de manera agradable.
Solo tenía que hacer eso, solo tenía que dormir. Tenía tantas ganas, tanta necesidad de poder descansar. Sin sueños… sin pesadillas… sin dolor.
Hermione escuchó a lo lejos las voces de Rigel y de Pollux. También la de los Aurores.
«Duerme»
Se volvió a repetir esa voz ronca y agradable. Hermione no podía evitarlo. Realmente quería ahcer caso omiso a esa espectacular magia que lograba adormilarla como nunca lo habían echo antes. Sus husos no dolían, su espalda tampoco y la cabeza donde tenía contínuas punzadas de dolor por la falta de descanso desaparecieron por completo dejando una agradable sensación placentera de estar flotando en un cómodo colchón.
«Duerme»
—Si —susurró de una manera inaudible, de una forma que solo Forneus pudo escuchar.
La respuesta del hombre fue una suave caricia en el pelo que fue lo que hizo que finalmente la Gryffindor se entregara en los plácidos brazos de Morfeo.
Quizás, podría tener por fin, el reposo que tanto ansiaba.
Si, por fin pudo dormir sin recuerdos.
...
Lucius no lograba comprender que diablos había pasado por la mente de Granger para hacer semejante majadería en acercarse a un demente como lo era Wirlack. Sin protección, sin las precauciones necesarias. ¿Acaso las cadenas no eran suficiente advertencia para ella? ¿es que acaso había que poner con luces de neón diciendo; "asesino despiadado, si te acercas te mata"?
¿¡En qué diablos pensaba!?
Después de que esa niña estúpida se desmayara, hechizaron a Forneus mientras él se reía de una manera desquiciada. La verdad, daba miedo. Incluso la risa demente de Bellatrix, a su lado, parecía una monjita de la caridad.
Y por su culpa, estaban ahora en la situación actual en la que se encontraba.
Vigilando a ese sádico lunático. Aquel maldito no era tonto. Después de que le lanzaran un hechizo que a más de uno le habría dejado inconsciente, el canalla se levantó como si nada (sin soltar a la bruja dormida) y les dijo con toda la calma del mundo que copearía.
«¡Maldito hijo de perra!»
Lucius no es que estuviera enfadado, eso era poco. Estaba iracundo, enajenado hasta lo más profundo de sus entrañas. No tenía ningún sentido lo que sus ojos habían visto. Wirlack estaba desecho, no había ni el más mínimo indicio de que quisiera luchar por su vida. Y de repente, aquella repugnante sangresucia logró hacer lo impensable. Logró que Wirlack colaborara en su propio caso.
Y ahí era donde residía el problema.
Lucius estaba haciendo de niñero con ese psicópata mientras ese desgraciado se tomaba un té en una celda del ministerio diplomático, que, comparada con Losoblies era una habitación de lujo. Una cama en condiciones, junto con una manta de lana gorda por si pasaba frío, un lavabo, calefacción, ropa limpia y suave… oh, y hasta libros por si se aburría (sin mencionar el conjunto de té que había pedido para rematar ese aire de soberbia).
El patriarca de los Malfoy, que estaba sentado, lo miraba de reojo. Sabía que no podría hacer mucho, ni siquiera el mortífago podría huir aunque quisiera. Sin tener que mencionar que había dos Aurores en la puerta final haciendo de vigilancia "por si a Forneus le daba la venada que querer matar a alguien". Sus tobillos estaban atados con unas cadenas mágica que eran irrompibles, y no importaba el hechizo que se usara para ellas. No había nada que las pudiera deshacer a excepción de la persona que la hubiese colocado. En este caso el propio Rigel que andaba demasiado preocupado por esa estúpida bruja sin sentido común.
Y ahora que pensaba en Rigel… iba a matarlo, algún día ¡lo haría!
¡A quién se le ocurre traer a alguien como Wirlack a la propia sede diplomática! ¡en que cabeza cabía semejante locura!
«Vigilalo, volveré cuando sepamos del diagnóstico de la señorita Granger»
Ya estaba dudando si Narro y Hermione no estaban emparentados en sangre. Desde luego que ellos dos estaban como auténticas cabras.
Lucius se pasó las manos por la cara, maldiciendo por lo bajo mientras Wirlack parecía estar disfrutando como un sádico de la situación.
El hombre de cabellera rubia alzó la mirada para sentir un halo de temor que revolvió todo su cuerpo.
Wirlack, que parecía estar distraído tomando el té mientras leía dejó de lado esa acción para centrar su mirada en el hombre que estaba fuera de las rejas.
No supo porqué reaccionó de esa manera tan poco razonable, o al menos con sin ese característico control por el que siempre fue reconocido.
—¿Que diablos miras?
Forneus dejó el libro que estaba leyendo y sonrió de manera diabólica.
—¿Cree que no sé quién es? —preguntó el preso mientras se levantaba y se acercaba a las rejas.
Lucius lo miró sin comprender, y por instinto, acabó enderezándose de su silla.
—¿Perdona?
Forneus rió con burla mientras alzaba la cabeza y olía el aire que se había concentrado en la habitación.
—Perfume de "fleur de bouleau" del barato por su puesto, aunque hace ya tiempo que no lo usa. Probablemente usó "parfum de châtaigne" cuando tenía dinero y ahora se tiene que conformar con algo más… asequible para su bolsillo ¿verdad? —la sonrisa de Forneus se ensanchó aún más — por norma, aquellos que usan el perfume de castaño suele ser comprado por las brujas de alta cuna para sus petulantes mariditos ¿cierto? —el mago ladeó la cabeza — ¿que le ocurrió a su esposa? ¿se fue con otro y le dejó abandonado? ¿se cansó de la rata que tenía como esposo?
Lucius se tensó de inmediato.
—No te atrevas a ir por ese camino. —amenazó con odio.
La única respuesta que recibió fue la risotada del mago.
—Oh, los Malfoy nunca cambian. —Forneus lo miró de arriaba a bajo —pelo rubio, rozando el blanco, ojos grises… y esa mirada. Como si todos fueran vasallos. Pobrecito Malfoy, ¿perdió su fortuna eligiendo al bando equivocado y tiene que trabajar en un ministerio de mala muerte? ¿protegiendo a aquellos que su familia despreció?—el mago fingió estar haciendo memoria —¡Oh, espera! Además el ministerio perteneció a su engreída familia. —terminó riendo a carcajadas. —oh, ¡como puede ser la ironía!
Lucius apretaba con demasiada fuerza los nudillos. Sabía muy bien que ese viejo mago solo estaba tratando de provocarlo. Que solo era un truco suyo para distraerlo y lograr cuales quiera que fuera su cometido. Él lo sabía, pero era difícil no caer en sus palabras.
Sin embargo, del mismo modo que Forneus perteneció a la casa Slytherin Malfoy también lo hizo. Y Lucius sabía como usar sus palabras en su contra. Se levantó y lo miró con arrogancia a los ojos negros del preso.
Lo que el propio Lucius ignoraba, era que Wirlack era mucho más astuto de lo que alguna vez habría podido pensar y más despiadado de lo que alguna vez pudo creer.
—Es curioso que lo diga un mago que asesino a tantos muggles, que después huyó a Francia como un cobarde para vivir en un pueblo donde vivía lo que más odiaba, sin poder asesinar a ninguna de esas aberrantes criaturas… ¿durante cuantos años?
—Cuarenta y tres para ser exactos—sonrió de una manera falsa e hipócrita —solo un pequeño detalle Malfoy ¿qué le hace creer que dejé de asesinar a sangre fría?
Lucius se quedó helado. Junto con una extraña sensación de peligro que se incrustó en su piel.
—Oiga, no ponga esa cara de rata muerta ¿de qué se sorprende? Usted es como yo. No cambiamos de ninguna forma. No importa lo que pase, está en nuestra naturaleza comportarnos como estúpidas alimañas engreídas que tienen que matar a los que no sean de su especie.
—No te atrevas a compararme, tú y yo no somos iguales, ni ahora, ni nunca.
Wirlack enarcó la ceja.
—¿No? ¿de donde venía esa mirada de repugnancia absoluta cada vez que esa joven se movía? ¿como si el aire que ella respiraba estuviera infectado? Oh, Malfoy. No somos tan diferentes como se niega a aceptar.
Lucius respiraba con dificultad. La idea de que alguien tan horrible como Wirlack lo conociera hasta ese punto lo asustaba. Le aterraba la idea de que realmente fuera tan evidente el arraigado racismo que sentía hacia los hijos de muggles y lo que era peor, no se sentía culpable.
—Y sin embargo sabías que Granger era una sangresucia, podías haberla matado, pero no lo hiciste. ¿Será que te encariñastes de ellos?
—Eso es diferente Malfoy. Muy, muy diferente.
—Oh, ilumíname.
Forneus sonrió de lado, dejando entre ver las arrugas que había ganado con los años.
—Ella no es una sangresucia. Al menos en el sentido figurado —explicó mientras se volvía a sentar a los pies de la cama, mirando de frente a Lucius.
—No te entiendo.
—Ella tiene esa calidez… ella hace que el frío desaparezca. Los demonios que te persiguen huyen para no volver, sus manos son cálidas, ella espanta a los miedos. Ella es luz, el felicidad.
—¿Dé que diablos estás hablando?
La expresión de Forneus se endureció.
—No se trata de sangresucia o sangrepura. No, no. Ya no se trata del vulgar racismo que hoy en día conocemos. Se transforma en algo mucho, mucho más antiguo. Algo más arcaico y místico. —su voz se suavizó, del mismo modo que su rostro.— Es el bien y el mal. Calor y frío, blanco y negro, hombre y mujer. Cuando conoces a una persona que es así, te das cuenta de que estás en un grado de inferioridad y lo que es más increíble; no te importa.—cerró los ojos, y pareció por unos momentos que el propio mago se había ido a otro mundo— Te gusta, por que las sensaciones son tan deliciosas, tan… espectaculares. Que puedes ignorar todos y cada uno de tus ideales.
Lucius analizó con profundidad aquellas palabras.
—Dudo que Granger pueda hacer eso, no tiene esa capacidad mágica.
—No, Malfoy, te estás equivocando. No se trata de magia ni de poder… se trata de otra cosa.
—¿Dé que se trata entonces?
Forneus abrió los ojos, dejando que su mirada se quedara fijada en el techo de su celda.
—Redención y perdón.
Lucius se sintió estafado por aquellas palabras. De echo, estaba más alterado de lo que a él le habría gustado en admitir. ¿El bien y el mal? Qué clase de tontería era esa? ¿acaso el haber estado conviviendo con tanto muggle le había atontado el cerebro?
—Estás mal de la cabeza. —finalizó mientras se daba la media vuelta. Poco le importaba lo que dijera ese demente, solo quería salir de allí y dejar de escuchar mejaderías. O al menos, eso era lo que se decía a si mismo.
El mago que estaba detrás de las rejas se encogió de hombros con una sonrisa maquiavélica.
—Quizás, pero al menos no me persigue el cadáver de mi mujer.
Lucius se paró en seco. Giró la cabeza casi aterrado por aquellas palabras que fueron tan pesadas como el plomo. No había ni rastro de color por su cara, solo una expresión de calvario permanente que se quedó dibujado en su rostro. Las manos le temblaron en el acto, y una extraña sensación glacíal se quedó en sus huesos.
Frío. Hacía demasiado frío.
Otra vez sentía esa horrible sensación de abandono. Esa estela fantasmal de amargura que volvía a calarse dentro de su piel.
—¿Ves a que me refiero Malfoy?
Lucius tembló sin control. Los recuerdos vinieron de golpe en su mente. Ese rostro, esa expresión, esos ojos. El traje negro, las lágrimas.
Solo quería cerrar los ojos y huir, ya estaba muy cansado. Estaba cansado de toda ese sufrimiento y dolor. De ese continuo martirio.
Lucius escuchó a lo lejos la voz de Narro llamándole, diciéndole que Granger se había recuperado, que no la había pasado nada malo.
Pero en esos instantes lo único que pudo hacer fue ponerse pálido al ver una vez más a su esposa mirándolo con repugnancia.
Nota del Autor.
Muy buenas a todos. Supongo que este capítulo habrá sido un sube y baja de emociones (al menos para los personajes) donde al pobre Lucius y la pobre Hermione tienen que lidiar con tantos problemas que a veces pueden con ellos.
Vayamos al grano.
Pensé que Forneus tenía que ser alguien atractivo en su carácter. Ya sabéis, que fuera alguien que te cayese bien a pesar de que quieres huir de él.
Para aquellos avispados (si es que alguno se a dado cuenta) usé la habitación 1408 de la película y novela de Stephen King, que, para los que sepan de que va, Forneus tiene muuuucho que ver -es simplemente un pequeño aviso-
Ya e visto algún que otro comentario que me piden que vaya más deprisa con la relación de los personajes. Y es por eso que escribo esto.
NO PUEDO.
No es que no quiera, es que realmente no puedo hacerlo. Va en contra de mi naturaleza. Aparte de que sería un crimen atroz. Son dos personajes muy complejos, personajes que tienen sus problemas y sus traumas, como sus miedos o sus alegrías. Y si derepente hago que Lucius vea a Hermione con otros ojos de la noches a la mañana… siento que sería muy mediocre. Tiene que haber una evolución entre ambos. Sobretodo en dos personas tan dispares como ellos dos.
Por eso es donde Forneus se mete de por medio, donde tiene un protagonismo muy importante y donde se convertirá en el principal promotor de Lucius haciéndole ver (desde una forma demasiado retorcida) que se pueden hacer excepciones.
Y ya terminé.
Besos desde España.
(Escribidme cabrones, eso me haría jodidamente feliz)
