Lo sientes ese punzante perfume de frío en el aire, el gris en los ojos y esos largos ocasos? Es el invierno que llega.
(Stephen Littleword)
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Capítulo 9: Frío II
Hermione no comprendía como diablos había llegado a la situación actual en la que estaba. Recapitulando; Hermione se fue a la estación de trenes con la intención de ir a ver la preciosa fuente del lobo y la cierva, pero se encontró (no sabía como) con Rigel y ahora estaban tomando un chocolate caliente a la una de la mañana con unos croissant metidos en una bolsa de papel, junto con varios trozos de mantequilla y mermelada; sentados en una minúscula cafetería (que por suerte) no había ni un fantasma mientras se desahogaba contándole absolutamente todo lo que la había ocurrido en el despacho.
—Vamos Hermione, no es para tanto.
Hermione retorció sus dedos con nerviosismo.
—¿Qué no es para tanto? —repitió mientras bebía unos sorbos de su chocolate —¡Soy una bocazas de unas dimensiones que no están escritas!
Hermione quería darse cabezazos contra la pared ¿¡en diablos pensaba al decirle a Malfoy esas horribles palabras!?
—Rigel, hace un par de horas le dije a mi jefe, osea, Malfoy, por si no lo recuerdas; que había destruido la vida de su propio hijo… ¡Oh si! y que Wirlack era mejor persona que él. Oh dios mío, estoy acabada. —se lamentço poniéndose las manos sobre la cabeza.
—Bueno, es innegable que Wirlack tiene mejor sentido del humor. —contestó sin darle mucha importancia.
La chica le sermoneó con la mirada.
—¡Le comparé con un asesino!
—Pero es un asesino majete.
La bruja se echo la palma de la mano en su rostro.
—Rigel, por el amor santísimo de Merlín y toda su corte mágica. ¿Puedes tomarte algo enserio?
El hombre cambió de lleno su expresión, dejó su taza en el platillo impoluto, entrelazó sus dedos dándole un aspecto serio y la miró con solemnidad.
—Nop.
La bruja trató de mantenerse enfadada, de explicarle que no era un niño. Pero entre el rostro inexpresivo pero la forma infantil en la que había contestado logró que Hermione escupiera unas cuantas risas reprimidas.
—Hermione, escúchame —la llamó Narro esta vez con una verdadera seriedad —aunque te conozco de poco tiempo, se con certeza que no eres de las que van soltando la lengua por cualquier minucia. Aparte de que conozco bastante bien a Malfoy y sé de sobre que esa comadreja albina te había provocado.
—Hurón, es hurón.
—¿Hurón?
Hermione asintió.
—Así era como llamábamos a su hijo; Hurón albino.
Rigel estiró el morro mientras se acomodaba en el respaldo de su silla.
—¡Y se lo tenía callado!, huy ¡como me pondré mañana! —profirió con una voz malévola mientras se frotaba las manos como si estuviera urdiendo un terrible plan —hurón albino padre y hurón albino Junior. Que bueno que la familia herede los apodos.
La chica renegaba con la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja.
—La verdad es que mi hija se lleva muy bien con él. De echo, suele preguntarme si Lucius volverá a casa para jugar con él.
Hermione quedó algo sorprendida. Ella sabía más que de sobra que Malfoy no era ningún horrible monstruo, no era un mago que tenía las emociones de una piedra. Pero imaginárselo llevándose bien con una niña de nueve años era una imagen demasiado borrosa para ella.
—Puedo imaginarme que lo volverá loco.
—¡Eso como poco! —exclamó con mofa—un día, Belona le persiguió por toda la casa porque quería ponerle unos rulos mientras decía algo así de que tenía un pelo de princesa.
Hermione casi escupió el chocolate.
—Ya ves, el princeso Malfoy alias hurón albino padre huyendo de una niña con botas y gabardina roja por que quería peinarlo como a una de sus muñecas. Oh, no sabes la imagen que tengo de él ahora mismo.
La bruja trató de imaginárselo y fue tan gracioso que acabó partiéndose de risa. Un mago que luchó con alguien tan temido como Voldemort huyendo de una chiquilla de nueve años que lo perseguía con un peine.
—No sabía que lo conocías de antes.
Rigel sacó uno de los cruasanes de la bolsa para cortarlo en dos y empezar a untar mantequilla con el cuchillo.
—Si, de echo me lo encontré en la fuente donde tu estabas a punto de ir hasta que un imbécil te paró para hacerte ir a una cafetería que podrían usarlo de congelador.
La bruja nunca entendería como era posible que alguien como Rigel pudiera tener ese continuo filtro de humor que nunca se acababa.
—La verdad es que lo encontré en unas condiciones pésimas. —Hermione le prestó especial atención al ver la expresión afligida del hombre —había llegado a París sin apenas dinero y con unas pintas de vagabundo que te hacía querer huir. Créeme, no tiene nada que ver con el Lucius que actualmente conoces.
—¿Por que lo dices?
Rigel se quedó por unos segundos quieto.
—Estaba ido. Era como si su mente estuviera en otro lugar. Se negaba a dormir, y cuando lo hacía se despertaba chillando. Apenas comía, ni siquiera parecía poder hablar. De echo, llegó a un estado tan crítico de salud que tuve que internarlo en un hospital muggle por que en los mágicos le negaban a atenderle. Ningún mago francés le conocía, pero si los magos que habían huido de inglaterra… y bueno, te puedes imaginar lo que pasó.
Hermione trataba de imaginarse la terrible imagen que Narro la estaba describiendo. Se imaginaba a un Lucius aún más demacrado de lo que ya estaba. Mucho más delgado y paranoico recibiendo el rechazo de toda la comunidad mágica por sus crímenes
—Se que en gran parte de su estado era por haber estado durante medio año en Azkaban. —explicó con seriedad —pero algo pasó después de que saliera. Algo que lo dejó… traumatizado. Fuera lo que fuera, se a quedado marcado en su cabeza. Hacía cosas muy raras, y me temo que las sigue haciendo.
—¿A que te refieres?
Rigel miró a su alrededor, como si temiera que alguien los escuchara (que esperaba si eran la una de la mañana). Cuando vio que cualquiera de los camareros estaban demasiado lejos como para poder oírlos se acercó un poco hacia la chica.
—Le e visto hablando solo.
La chica le miró sin comprender.
—Hermione, yo hablo solo, pero conmigo mismo. Palabras sueltas o simples chistes en los que yo me río como un idiota. Pero cuando Malfoy hablaba solo, hablaba como si alguien a su alrededor existiera. Conversaciones en los que Malfoy respondía y a veces lamentaba. No es la primera vez que le oigo disculparse en mitad de la oscuridad.
—Pero… no…
—Lo sé, lo sé. Al principio creía que era algún fantasma o incluso algún polstergate por lo que no me preocupé demasiado. Pero con el tiempo… me dí cuenta que no era nada de eso.
—¿Nunca le preguntaste sobre porque hablaba solo? —preguntó la chica.
Rigel se encorvó ligeramente.
—No me atreví… y sigo sin hacerlo—el mago se frotó las manos con la esperanza de lograr combatir el frío —quería dejarle su espacio personal, veía que tenía tantos problemas que no quería que se le sumara otro. —la expresión vivaracha de Narro desapreció de su rostro —su hijo, Draco. Apenas lo visita. Es más que evidente que le odia y eso le afecta a Lucius. Carga con tantos problemas que se niega a aceptar que necesita ayuda. Y lo peor es que no lo hace por arrogancia.
Hermione procesó las palabras de Rigel. Era más que evidente que no era la única quien estaba sufriendo de una manera horrible los estragos de la guerra.
Sin saber porque, sintió una punzada de culpabilidad al rememorar las palabras que soltó a Malfoy horas antes de estar en la cafetería con Narro. Sabía que no tenía motivos, que fue el propio Lucius quien se había ganado a pulso una verdades más grandes que una catedral.
Como había dicho Rigel, Malfoy cargaba con tantos problemas que se negaba a aceptar ayuda, pero no por orgullo o soberbia. Si no porque simplemente lo había aceptado. Fuera cual fuera la culpa, había permitido llevar de por vida esos temores a sus espaldas aunque lo estuviera matando.
«Expiar sus pecados» fue lo que pensó Hermione. ¿Pero a que costo? ¿estaba mereciendo la pena? El Lucius que ella recordaba era un hombre orgulloso, lleno de vida. Aunque fuera un racista de tomo y lomo se podía ver a leguas que era un hombre de familia, se le veía muy feliz con la vida que tenía. El brillo en sus ojos grises junto con ese característico atractivo Malfoy le hacían ver a un hombre lleno de vitalidad y dinamismo… lleno de vida.
Y ahora…
Sus ojos se habían tornado en un oscuro mercurio. Ese brillo estaba desapareciendo, como ese lado tan altivo y orgulloso. O incluso que permitiera a alguien como ella hablarle de ese modo. Sabía de sobra que si Malfoy hubiese querido responder de una forma más hiriente lo habría echo.
Pero no lo hizo.
Simplemente permaneció en silencio, aceptando las duras palabras de la bruja. Quizás no tanto por las palabras en si mismas si no por el hecho de no tener ánimos como para contestarla. El, ¡Lucius Malfoy! Y era ahora cuando se daba cuenta Hermione de cuan alarmante era el cambio de Lucius. Él había tolerado sus palabras, no por que fueran ciertas, si no por desidia; La misma a la que acusaba de haberle destruido la vida.
Malfoy había cambiado. Eso era innegable.
«¿Quién es ahora la mala?»
—No se me ocurrió pensar que una persona podría cambiar tanto. —expresó apenada. —¿cómo pude ser tan idiota?
Narro la miró con cariño.
—Hermione, esto es un consejo como el hombre viejo que soy —dijo el mago mientras juntaba las manos de las chicas con las suyas para darla algo de calor —En una guerra nadie tiene la culpa más que los que lideres de bandos opuestos que nublan las mentes de sus seguidores para beneficio propio. Tanto tú, como Malfoy sois víctimas de una horrible y atroz lucha que a dejado demasiadas heridas sin curar. Se que puede parecer un eufemismo, pero sois más parecidos de lo que creéis. El problema, es que sois demasiado tercos como para admitir que necesitáis ayuda —finalizó dando a la bruja una suave colleja.
Hermione miró con una sonrisa a los ojos negros del mago. Era como un autentico padre, al menos era así como Hermione lo percibía. Era cálido y cariñoso y con suavidad y afecto calmaba sus inquietudes.
Probablemente si su padre hubiese conocido a Rigel se habrían echo muy buenos amigos.
El mago pagó al camarero y ambos acabaron saliendo a las frías y oscuras calles de París.
—¿No crees que es muy tarde para que merodees a estas horas por aquí? ¿que dirá tu hija si te ve llegando tan tarde a casa? —preguntó con humor la bruja.
—Probablemente se sentaría en un sillón, se pondría mi bata y mis zapatillas y se pondría a leer un cuento solo por el placer de esperar y preguntarme; ¿que horas son estas de llegar a casa? —la expresión de Narro era tan… tan de él que Hermione acabó partiéndose de risa —Me temo que a heredado mucho de mi… Mierda, solo le hace falta fumar una pipa y tener a un dogo a sus pies.
Entre risas y pésimos chistes, Hermione acabó finalmente en su piso acompañada por Rigel que la llevó hasta su puerta y para despedirse de ella.
La verdad, con todo lo que había ocurrido, Hermione estaba tan agotada física y emocionalmente que acabó durmiendo del cansancio olvidándose por completo de escribir a Harry y la familia Weasley… incluyendo a Ron.
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Malfoy estaba revisando unos documentos relacionados con el condenado preso que lo estaba volviendo loco. Estaba en la penumbra más absoluta, con una única lámpara que le ofrecía la luz necesaria para poder leer. Sus ojos le dolían y la letra estaba demasiado borrosa como para que pudiera echarle un vistazo en condiciones.
«¿Por que diablos se empeñan en hacer letra minúscula?» pensaba con enfado Lucius.
Hasta que de repente, sin previo aviso, su puerta se abrió de par en par dejando que la luz exterior entrara por todo el cubículo del despacho.
Ahí estaba Rigel Narro con una bolsa de plástico mirándolo fijamente.
Como el mago había esperado, se encontró a Malfoy revisando informes en los que evidentemente pospuso a leerlos cuando entró.
Ambos se miraron por varios segundos, para que Rigel estallara en sonoras carcajadas.
—¡Vaya tortazo que te a metido Granger!
Lucius apretó con fuerza la mandíbula mientras le hacía pagar las culpas a la pobre pluma que sostenía su mano.
—Madre mía, menudo bofetón. —Narro no paraba de partirse de risa —¡virgen de la Papaya! Te a dejado la mano tatuada en el rostro —terminó con otra risotada.
—¿Podrías recordarme por que no te e matado todavía?
Rigel trató de serenarse mientras se quitaba unas lagrimillas del ojo.
—Creo que por que soy tu amigo.
Lucius rodó los ojos con una evidente exasperación.
—Me haces dudar de ello.
—Vale, vale, ya paro de reírme. Tienes razón, esto no es algo que se deba de tomar a broma.
El mago de origen Vasco mantuvo una expresión seria mientras se acercaba a él para revisar la mejilla del platinado.
—¡Joder, vaya hostias que reparte la señora!
Y como no, Rigel volvió a reírse de Lucius en toda su cara con un descomunal descaro.
—Rigel, te lo advierto, una risa más y te mando a la calle de una patada.
Narro asintió con la cabeza sin abandonar su sonrisa.
—Esto es un botiquín de primeros auxilios. —explicó el hombre mientras le dejaba la bolsa de plástico encima de su mesa. —Ya sabes, por si la gata te vuelve a atacar.
Rigel examinó de reojo la mejilla de Lucius. No era nada serio, solo tenía un pequeño corte en el pómulo junto con una intensa rojez que rodeaba a la herida. Quizás, Hermione no le había golpeado con tanta fuerza como uno podría llegar a pensar. Pero la pálida tez de Malfoy no ayudaba mucho a esconder ese tipo de golpes.
El rubio miró la bolsa la tomó por las asas y la dejó en el suelo.
—Gracias. —expresó con sequedad.
Rigel sonrió de lado.
—Granger me lo a contado todo.
—Oh.
La forma seca y desinteresada en que Malfoy "se sorprendió" hizo que Narro lo mirara con enfado.
—¿Cómo pudistes?
Lucius respiró con fuerza, mientras empezaba a sentir un hormigo donde la furia y la rabia acabarían estallando de un momento para otro.
—Si vas a echarme en cara mis palabras, avísame al menos si vas a soltarme un guantazo.
—De veras que tengo ganas… ¿en que pensabas Lucius? ¿que pasaba por esa cabecita rubia de bote que tienes?
—Por muy divertido que te resulte insultarme tengo cosas más importantes que hacer que discutir contigo.
—¿Más importantes? Joder Lucius, lo tuyo es muy fuerte.
Malfoy volvió a respirar con fuerza. Todo se estaba saliendo de control. Necesitaba leer los estúpidos informes, necesitaba distraerse. La maldita imagen de Granger llorando, llamándose "sangresucia", el modo en que su rostro estaba descompuesto.
Sus ojos.
Solo quería olvidarse de ello. Quería simplemente tratar de ignorar la situación.
Pero Narro no ayudaba mucho.
—Y pensar que no me lo dijiste. Me hieres Malfoy.
—Rigel, de verdad, no estoy de humor…
—¡Te llamaban Hurón albino!… Bueno, al menos a tu hijo, pero que sin problemas ¿eh?, tu también tendrás el tuyo.
Lucius se quedó por unos segundos algo atontado. Sin entender muy bien las palabras que acaba de decir el mago.
—¿Me e perdido algo?
—Te lo tenías bien calladito, —renegaba con la cabeza como si estuviera realmente ofendido— hurón te pega mejor que comadreja. ¡Y pensar que tenías ese apodo para ti solito!
—Ese apodo es para Weasley. —corrigió el rubio.
—¡Ja! ¡sabía que me ocultabas algo! —le apuntó con un dedo acusador —vamos Lu, no pongas esa cara de vaca con diarrea. Piénsalo; Huron albino padre —dijo mientras alzaba los brazos al aire como si estuviera haciendo aparecer un cartel invisible. —¿O prefieres Hurón albino Senior?
Lucius lo miró con soslayo. Por un momento creyó que le iba a echar en cara las palabras que había soltado a Granger. Realmente creyó por unos instantes que Rigel estaba realmente enfadado con él.
—Ella… ¿está bien?
Rigel se sorprendió por unos segundos que Lucius le hiciera una pregunta como esa. Tampoco había que ser un genio para ver que la mirada de Malfoy había un continuo desagrado que lo perseguía sin fin. Era más que evidente el poco o nada apego que sentía por la señorita Granger. Y sin embargo, a pesar de esa mirada irritada, se molestó en preguntar sobre su estado.
Narro negó con la cabeza mientras se sentaba en una de las sillas del escritorio viendo a Lucius de frente.
—Claro que no —respondió con sinceridad — me contó que tú la molestastes y que ella respondió de la manera en que lo hizo… vamos una bofetada de tomo y lomo,… Estaba muy alterada. Aunque... Sospecho que la preocupaba más el guantazo que te había dado que tus palabras Lucius. —Rigel se echó para atrás mientras se reía con suavidad —si la vieras toda angustiada, era una imagen enternecedora.
El platinado seguía dándole vueltas a la cabeza.
Esos ojos.
Esa mirada.
Sentía una pesadez en el pecho que lo molestaba demasiado. Una sensación de malestar que no acaba, algo similar a una pequeña espina en un dedo.
No era el arrepentimiento lo que torturaba a Malfoy. Si no las palabras de Hermione. El modo en que las dijo, la forma en la que se autoinsultó llamándose sangresucia.
El modo en que lo hizo.
La forma.
"Lo evito por que miedo."
"Wirlack es cien mil veces mejor persona que usted."
—Lucius —llamó con suavidad Rigel.
El rubio alzó la cabeza y lo miró. No había nada más en su mirada que cansancio y fatiga.
—No te martirices.
—Como si fuera hacerlo por una… una… —Lucius quiso llamarla sangresucia, o al menos impura. Pero de su garganta solo salió el silencio. Las imágenes de su expresión, sus palabras, aquel tono— … da igual.
Narro podía parecer tonto; pero serlo y parecerlo eran cosas completamente distintas. Y una de ellas, era ver como la lengua de Malfoy se hacía un nudo. En especial cuando renunciaba a poder despotricar sobre un descendiente de muggles.
—Ahora que me acuerdo; mañana tendrás que revisar la celda de Wirlack y tratar de hablar con él. Lo único que hace es insultar a cada mago que trata de interrogarlo… oh, y decir como nos mataría si no estuviera entre rejas. A mi me dijo que me empalaría con una barra de hierro incandescente y que me untaría con miel para que los osos me arrancaran la piel.
—A mi dijo que dejaría en una piara de cerdos hambrientos y se sentaría en ver como todos ellos me trituran los huesos, ah, no sin antes arrancarme la cabellera y quemarme los ojos para que mi arrogancia dejara de estar… tan presente —explicó Lucius mientras mantenía una expresión taciturna.
Narro estiró el morro con comicidad.
—Creo que le has caído bien.
—No sabes hasta que punto.
El mago mestizo rió con fuerza.
—Lo peor es que no se libra ni siquiera el pobre Pollux, a él le dijo que lo desmembraría y cocinaría su piel para dárselo a su familia. —La expresión de Narro se deformó del disgusto —de pensarlo… se me eriza la piel.
Malfoy estaba de acuerdo con el otro mago. La forma en que Forneus insultaba y amenazaba a todos los incautos que trataban de interrogarlo era más que aterradora. Y fue una de esas principales razones por las que se enfureció tanto cuando vio a la muchacha en la celda.
En los dos días que pasó ella inconsciente en el hospital, más de dos Aurores se habían negado a mantenerlo vigilado. Finalmente acabaron dejando un Auror que vigilara la puerta del inicio del pasadizo a cambio de una gran suma de dinero.
Vaya sorpresa que fue para él cuando vio que Wirlack la defendía de ese modo.
—Él solo habla con Granger. —recordó Lucius.
—Lo sé, solo tiene palabras amables para ella.—dijo Rigel mientras estiraba su cuerpo —La verdad es que la tiene en un pedestal.
—Si, curiosamente ella es la única que lo hace hablar.
Rigel comenzó a reír con fuerza.
—Creo que la chiquilla no tiene ni idea de como es realmente Wirlack. Aunque no la culpo, si una persona te hace ver solo su lado más amable, es evidente que no puedes tener una mala opinión… Y eso me tiene preocupado.
Lucius frunció el ceño.
—¿Por que lo dices?
—Se que la señorita Granger es sensata, pero tampoco quiero que las dulces palabras de Wirlack la engatusen y acabe haciendo algo imprudente.
—Granger comete idioteces del tamaño de un dragón; pero no creo que ese animal tenga la intención de engatusarla.
Rigel le miró con atención.
—Tienes algo, ¿cierto?
—Si, Granger escribió un informe con todo lujo de detalles después de quedarse desmayada—el platinado abrió un cajón de su mesa y le entregó a Rigel una carpeta donde contenía el escrito de Hermione.
El mago comenzó a leer en voz alta.
—"Antes de quedar inconsciente, el preso comenzó a murmurar el nombre de una mujer llamada Colette. E incluso murmuró con total claridad; "Debes de ser un mensaje de Colette"—Narro se quedó sorprendido y a la vez pensativo —entonces ve en Hermione algo en común con esa mujer misteriosa.
—Es la única explicación lógica a su comportamiento tan… amable.
El otro mago se limitó a reírse con suavidad.
—Entonces mañana comenzaremos con la tortura en tratar de hacerle hablar. Sé que no gusta pero… tienes que bajar con Granger quieras o no quieras.
—Muero de ganas —respondió con sarcasmo el rubio.
Rigel recogió varios archivos y los introdujo en una carpeta mágica que podía cargar con cientos de archivos. Molestó un poco más a Malfoy respecto e ese apodo que tanto le había ocultado. Dobló su abrigo en su brazo y miró con cariño al mago huraño que tenía frente a sus ojos.
—Belona me pregunta si algún día volverás a casa. Te echa mucho de menos.
Un largo silencio se formó en la habitación. No era incómodo, de echo, era un silencio tranquilo y sosegado.
—Si, algún día volveré a casa.
Rigel notó la profundidad de sus palabras. El modo en que las decía. Casi como si fuera un suspiro cargado de añoranza. Como si tratara de perseguir una genuina felicidad que nunca lograría capturar.
—Nos vemos mañana. Ta' luego Lucius o si lo prefieres; Hurón albino senior.
El rubio rodó los ojos preguntándose, si algún día, Rigel llegaría a madurar.
La puerta se cerró y Lucius volvió a quedar en una oscura penumbra.
Solo, con sus pensamientos.
"Una asquerosa sangresucia"
Lucius apretó la mandíbula con más fuerza de la que debía.
¿Por que no paraba de recordar las palabras de Granger? ¿porque lo perseguían de ese modo?
"Tengo mucho, mucho miedo"
Una sensación de amargor capturó su garganta.
Esos ojos, inundados por las lágrimas. Esa expresión rota.
Esa mirada.
Lucius respiró con fuerza mientras que la rabia empezaba a burbujear en su piel.
"Lo sé; soy una impura"
¡Otra vez esa voz! Que alguien la callara, que alguien le ayudara. Que alguien escuchara sus gritos de socorro.
"Una asquerosa sangresucia"
"Asquerosa sangresucia"
"Sangresucia"
"Sangresucia"
—Todo lo que dijo la impura es verdad; Wirlack es mejor persona que tú.
Lucius no tuvo que alzar la vista para saber quién era.
Ahí estaba Narcissa, en la oscuridad de su mente, en los rincones más oscuros de su despacho; con su elegante vestido negro. Con su perfecta piel y su gélido rostro.
—¿Que quieres ahora? —preguntó con verdadero enojo.
—¿Querer Lucius? ¿de verdad lo preguntas? —una expresión de melancolía retrató su rostro saliendo de la oscuridad para que su marido la contemplara con claridad —quiero que me devuelvas lo que me has quitado.
Su marido la miró por primera vez a los heladores ojos azules de su esposa.
El cuerpo de Lucius temblaba, temblaba de miedo y de dolor.
Ahí estaba su difunta esposa mirándolo con un profundo dolor y tristeza. Si al menos fuera odio, podría lidiar con ello. Pero con esa expresión de pena… solo podía apartar la mirada y aguantar el amargor de su boca.
—¿Que puedo darte Narcissa? —inquirió con soslayo sin poder mirarla a los ojos.
—Quiero que me devuelvas mi vida. La que tú me robaste.
Los ojos de Malfoy comenzaron a barnizarse.
Los recuerdos empezaron a asaltarle en su mente. Empezaron a taladrarlo con recuerdos amargos que chupaban su alma.
—Lo siento, de verdad que lo siento… pero no hay magia que pueda hacer eso. —respondió con un profundo dolor. — puedo darte cualquier cosa, pero no me pidas eso.
La mujer miró con indignación el salón de Lucius. Parecía incluso que se sentía indignada de estar ahí.
—Eres patético. —respondió con asco. —no me extraña que Draco te odie.
—No vayas por ese camino Narcissa —la advirtió con su voz.
—Oh, ¿no te gusta lo que digo? —preguntó con una malvada sonrisa —pero si son verdades. Verdades enormes que tú, te niegas a ver.
—Narcissa, te lo pido por favor. Para, hoy no… hoy estoy cansado.
La rubia enarcó una ceja.
—¿Estás cansado? —inquirió con dolor. —¿Y crees que yo no? Todavía siento el dolor Lucius, todavía lo noto. —Narcissa lo miró a los ojos —todavía siento la presión en mi cuello. La que tú ejercías contra mi.
—Narcissa por favor.
El hombre se estaba alarmando más de la cuenta. Empezaba a tener miedo, empezaba a sentir que todo se estaba saliendo de control.
Sus manos temblaban y sus ojos ardían.
—¡Todavía me sigues matando Lucius! ¡por que no lo ves! ¡por que no lo ves! ¡sigo llorando! ¡me sigue doliendo! —la voz de su esposa se quebró por completo. No por lágrimas, si no por rabia.—¡maldigo el día en que te conocí! ¡Te odio! ¡te odio!
El rubio se levantó con violencia y tiró de un solo manotazo todo lo que había en su mesa.
—¡BASTA! —gritó con violencia.
La habitación se quedó en silencio. Casi como si su grito se hubiese echo eco por todo el edificio. Casi incluso, como si hubiese logrado que Narcissa hubiese desaparecido.
—Basta… basta —murmuró con dolor mientras se pasaba las manos por el rostro. —basta.
Necesitaba calma. Necesitaba descasar, necesitaba respirar.
¿Por que nadie podía escuchar sus gritos? ¿por que nadie se daba cuenta de su dolor? ¿por que nadie era capaz de darse cuenta en el agujero en el que estaba atrapado?
¿Es que sus gritos eran demasiado silenciosos?
Lucius acabó arrodillándose al suelo, cayendo gradualmente hasta que sus rodillas tocaron el suelo. Sus manos seguían pegados a su cara. Prefería esa oscuridad, prefería no poder ver nada.
Su cabeza estaba postrada en el piso.
Sus hombros temblaban, su cuerpo lo hacía.
Sentía frío. Mucho frío.
—Lo siento… lo siento… lo siento.
La voz de Lucius se volvió en un extraño trance donde repetía continuamente las mismas palabras.
Cerró los ojos como si fuera un niño pequeño temiendo a la oscuridad, para entender segundos más tarde el verdadero terror al sentir unas manos tan gélidas como el hielo acariciando su cabeza mientras le susurraba palabras epantosas llenas de odio y rabia.
Que terrible era el frío.
